Buscar a Jesús en lo cotidiano

GRÜN, A.,

Buscar a Jesús en lo cotidiano.
Ejercicios en la vida diaria.

Narcea, Madrid, 1998, 123 pp.

Son originalmente unos Ejercicios radiofónicos que dio Grün por Radio Vaticano en 1997, y que luego salieron en libro. Tienen el esquema de los Ejercicios personales y en la vida cotidiana. Son doce meditaciones para orar personalmente en torno a textos bíblicos significativos. Pautas para organizarse tiempos de reflexión: cómo distribuir el día y no perderse. Orientaciones interesantes para los que no pueden unirse a unos Ejercicios organizados. Todo esto lo sugiere ya en la amplia introducción.

Son doce meditaciones fáciles de entender, invitando al lector a entrar dentro. Sigue el esquema de un diálogo con el lector, llevándolo a personalizar los textos bíblicos, con preguntas sobre la propia vida, y terminando con una oración.

Los textos comentados son: Lc 15: La dracma; Mc 7: Curación del sordomudo; Mc 1: Curación del leproso; Mt 6: Cómo orar; Rm 8: Espíritu de hijos: Abba; Lc 9: Transfiguración: «Tú, mi hijo amado»; Lc 10: Marta y María; 1ª. Pe 1: Sed santos; Flp 3: Todo basura comparado con Cristo; Jn 13: Los amó hasta el extremo; Jn 21: «Es el Señor».

Grün es un monje prolífico en publicaciones, siempre interesantes para el gran público por su facilidad en transmitir una espiritualidad conectada con los grandes temas de la psicología y la preocupación actuales. En estos últimos años, el público español le presta especial atención, y con razón.

– Miguel Márquez

Jesucristo

GESCHÉ, A.,

Jesucristo

Sígueme, Salamanca, 2002, 270 pp.

El que hasta no hace mucho fuera profesor de la Universidad de Lovaina, Adolphe Gesché, es un autor sobradamente conocido entre nosotros. A ello ha contribuido la traducción al español de algunas de sus obras, en las que ha intentado hablar bien del hombre y de Dios. En la que ahora presentamos se propone hablar correctamente de la relación entre Dios y el hombre, lo que hace que se pregunte por la figura de Cristo. Él, no sólo habló de Dios y del hombre, sino que ilumina extraordinariamente la relación entre uno y otro.

Según el autor, el tratado de cristología habría que enfocarlo desde la relación Dios-hombre. Sin olvidar las cuestiones clásicas, es deseable abrir y proyectar la cristología «hacia una memoria colectiva». Hasta tal punto el Cristo de la fe pertenece a la historia que se ha constituido en un verdadero hecho de civilización. En Cristo y desde Cristo, el hombre no sólo se comprende a sí mismo, sino que comprende también a Dios, ya que en él (Cristo) Dios y hombre se encuentran maravillosamente. Pero dicha comprensión es difícilmente pensable sin un reajuste del discurso cristológico que exprese con claridad haber visto a Dios en el hombre. Se trata, en el fondo, de elaborar una cristología narrativa, capaz de dar cuenta de las cosas de Dios y del hombre. Para ello, después de dejar claro el lugar que Cristo ocupa en la fe cristiana, el autor plantea la relación entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe. Debate crucial en la modernidad que aquí se afronta mediante las nociones de identidad histórica e identidad dogmática, a las que se añade la de identidad narrativa que constituye el nudo e interfaz en que todo se decide. Otras cuestiones de las que tradicionalmente se ocupa la cristología son la resurrección de Jesús y su título de Hijo de Dios. Son cuestiones difíciles, pero que no se pueden eludir. Consciente de ello, el autor, desde un procedimiento narrativo, intenta demostrar el sentido de cada una de ellas para concluir diciéndonos que no sólo el hombre es capaz de Dios, sino que también Dios es capaz del hombre, en el sentido de que su amor es deseo de humanidad. Aquí radica el secreto de la cristología y éste es el mensaje de la Navidad: mostrarnos, no ya sólo a un Verbum incarnatum, sino incarnandum (San Bernardo), que se reviste de nuestra humanidad. Dios y el hombre se atraen e interpretan mutuamente. ¿No habrá llegado la hora —se pregunta Gesché— de que los cristianos se den cuenta de ello?.

– Jesús García Rojo

Una mujer ante la verdad. Aproximación a la filosofía de Edith Stein

GARCÍA ROJO, E.,

Una mujer ante la verdad.
Aproximación a la filosofía de Edith Stein

EDE, Madrid, 2002, 320 pp.

La ciencia, decía Aristóteles, tiene por objeto la verdad. Sin embargo, alcanzar la verdad completa es algo que supera las posibilidades de la ciencia. Muchos siglos después, Edith Stein afirma que la verdad es una, pero nosotros sólo la percibimos de forma fragmentada. Es tal su grandeza y sublimidad que nunca puede ser abarcada del todo. En consecuencia, la tarea del ser humano será buscar la verdad de por vida. Es lo que hizo Edith Stein, en quien verdad y vida se compenetran tanto que terminan por ser inseparables. Para ella la verdad es una cuestión vital, eminentemente antropológica. No por otra razón el tema de la persona es un tema que atraviesa y engarza todos sus escritos; fue, por así decirlo, la preocupación de toda su vida. Pero —y no podía ser de otra manera— Edith Stein reflexiona sobre el ser humano desde su condición de mujer y, también, desde su condición de judía y cristiana. Y la conclusión a la que llega es que la verdad habita dentro del hombre. En esto coincide con San Agustín y con tantos otros autores que invitan al hombre a entrar dentro de sí a fin de encontrar lo que busca. Aunque sólo fuera por eso tendríamos que estar agradecidos a quienes hacen tal invitación. En el caso de Edith Stein, la invitación viene respaldada por una rica trayectoria personal entretejida de acontecimientos vividos intensamente.

El libro que presentamos parte, precisamente, de una serie de acontecimientos que fueron decisivos en la vida de Edith Stein y sin los cuales difícilmente se comprendería su obra. Nos referimos, naturalmente, a su obra filosófica que ha ido elaborando en diálogo con las entonces vigentes corrientes de pensamiento y que tiene una marcada orientación histórica. De esto, de los referentes culturales y de la reacción que suscitan, se ocupa el capítulo segundo. En el tercero, el autor describe lo que podríamos denominar itinerario filosófico de Edith Stein, pasando a presentarnos, en el siguiente, el tema de la persona humana. Son dos capítulos muy importantes por cuanto nos hacen ver el valor que para ella tenía la filosofía y cómo entendía la realidad del hombre. En el quinto y último capítulo se nos dice que para Edith Stein la verdad del hombre es inconcebible al margen de Dios. El hombre, creado a imagen de Dios, está llamado a participar de la vida divina. Ignorar esto es ignorar la verdad del hombre.

Con frecuencia, el autor deja que sea la propia Edith Stein la que nos hable. Es una forma de entrar en contacto directo con textos llenos de fuerza y frescura. Gracias a uno de ellos nos enteramos de lo que en cierta ocasión dijo a un amigo: que ha vivido más que ha filosofado. Es posible que la frase sorprenda a más de uno. Es una frase que tiene su sentido, y que comprenderán quienes lean el libro.

– Jesús García Rojo

El arte de la oración

SANZ DE MIGUEL, E.,

El arte de la oración

Madrid, EDE, 2010, 188 pp.

El autor de este libro nos ofrece en sus páginas, su propia experiencia de vida de oración, y algunas de sus enseñanzas relacionadas con el tema de la oración, a lo largo de los últimos 20 años, y muy en particular las reflexiones ofrecidas a la Comunidad de Carmelitas Descalzas de San José de Ávila en 2009.

Partiendo de una constatación contradictoria que existe en las sociedad actual, la presencia de un laicismo agresivo y una búsqueda difusa de la transcendencia con sus reflexiones sobre la oración intenta contrarrestar la presencia del laicismo y fundamentar, apoyar y fomentar esa búsqueda difusa de transcendencia. Y lo hace centrando sus reflexiones sobre el tema central y vital, de la oración cristiana. Y decimos cristiana, porque es de lo que trata de enseñar en el arte de la oración. Estudia la naturaleza de la oración cristiana, sellada por su carácter de encuentro interpersonal con Dios y encuentro en clave de amor, dimensión que irá analizando, estudiando el tema de la oración en San Pablo, en Teresa de Jesús y en el Catecismo de la Iglesia Católica, que trata de descubrir su plena comunión con la oración en la Biblia, de manera especial en la oración de Jesús, a través, sobre todo, del análisis de su oración original, del Padre Nuestro. Subrayo los contenidos; que pone de relieve de todas y cada una de las peticiones de la oración evangélica. Sorprende la ausencia de referencia teresiana, conociendo las reflexiones que La Santa nos ha dejado en su libro Camino de Perfección.

La última parte de su libro, la dedica a reflexionar sobre la oración litúrgica, en especial a través de la Liturgia de las Horas, que sigue llamando Oficio Divino y la presencia de los salmos en esa oración litúrgica de la Iglesia, oración litúrgica en la que estudia la presencia del canto.

El lenguaje es sencillo y al alcance de toda clase de personas, por lo que auguramos que este libro contribuya a vivir la experiencia oracional, a la que Juan Pablo II convocaba a toda la Iglesia en la celebración del nuevo milenio.

– Segundo Fernández

Justificación y santificación. La primera etapa de la vida espiritual

AZURBIALDE, S.

Justificación y santificación.
La primera etapa de la vida espiritual.

Santander, Sal Terrae, 2016, 400 pp.

Estamos ante una obra que quiere ser, y de hecho lo ha logrado, pionera en la búsqueda de una presentación de la espiritualidad cristiana que nace de la revelación buscada en las fuentes, en la misma Palabra de Dios, en los evangelios. Nuestro autor, como verdadero “eremita”, busca en esas fuentes, limpiándolas de tanto lodo que impide descubrir la limpieza del agua. Necesitamos descubrir esas aguas transparentes, cristalinas de la revelación para descubrir la plenitud de nuestra propia realización.

La obra forma parte de un trabajo más amplio del autor que comenzó con otra obra: Humanidad de Cristo, lógica del amor y Trinidad. A partir del anuncio evangélico de la llegada del reino se abre el camino para comprender la acción de Dios, que cuenta con una verdadera conversión, que acoge la justicia salvadora de Dios, para desplegar el amplio camino de la divinización del hombre a través de la relación con Dios, donde se actualiza la verdad de lo que es el hombre que viene a hacerse partícipe en Cristo de su misma santidad.

Los cuatro capítulos, en los que se desarrolla la obra responden a las cuatro realidades que constituyen el proceso vital a desarrollar. Cada capítulo consta de dos partes: una para desarrollar la materia, otra para presentarla desde su vivencia. Los títulos de los capítulos son: Anuncio del Reinado de Dios y llamada a la conversión; La experiencia de la “justicia salvífica de Dios”; El combate espiritual y el sentido cristiano de la ascesis; La santificación.

El autor tiene muy claro que hay un peligro en toda búsqueda de Dios, que convierte la vida espiritual en un buscar la perfección al margen del don, mediante la huida de la finitud (p. 311). Es en este punto donde nos parece que la presencia del don habría que haberla retrotraído al Origen, en el sentido que lo hacen nuestros dos grandes místicos, Teresa y Juan de la Cruz, la una contemplando el alma como castillo luminoso, que tiene en su centro a Dios, el otro pensando que el Padre concibe la humanidad desde siempre como esposa del Hijo, y no simplemente como la superación del pecado original. Es cierto que insiste nuestro autor en la relación interpersonal (p. 313). Son, sin duda, estas reflexiones finales las que ponen mejor de relieve la intención del autor, y lo valioso de su aportación. – Francisco Brändle.

El poder de la oración

LAFRANCE, J.,

El poder de la oración

Madrid, Narcea, 2014

La oración hace brotar en nosotros la gracia del Espíritu de Dios y está al alcance de todos y todos tenemos la posibilidad de orar.

Jean, cita en la introducción a Serafin de Sarov cuando explica la excelencia de la oración sobre todas las demás actividades espirituales: “Es cierto que toda buena acción hecha en nombre de Cristo confiere la gracia del Espíritu Santo, pero la oración es la única práctica que está siempre a nuestra disposición… cada uno tiene siempre la posibilidad de orar, el rico como el pobre, el notable como el hombre vulgar, el fuerte como el débil, el de buena salud como el enfermo, el virtuoso como el pecador”.

El autor divide el libro en tres partes: Desde lo hondo, grito a ti; perseverantes en la oración y dichosa la que ha creído. “Las páginas de este libro se podrían resumir en una sola frase: creed en el poder de la oración. Parece superfluo que, teniendo la promesa de Jesús en el Evangelio: “Lo que pidáis al padre en mi nombre, os lo concederé”, haya que recurrir a largas explicaciones para convencernos del poder de la oración” (contraportada).

Al final del libro en la p. 196, nos habla el autor de la única solución que hay que tomar. No hay que tener miedo y hay que estar convencido del poder de la oración ‘¡Todo es posible al que cree!’ Griñón de Monfort decía: “”Se ha dado un gran paso en la vida espiritual, cuando se sabe transformar todas las resoluciones en peticiones”.

Esta es la única decisión que hay que tomar en la vida, la decisión de suplicar, que, a fuerza de ser repetida, se hace permanente. San Macario dice que Dios no necesita más que nuestra resolución, pues está siempre pronto a compadecerse de nosotros y a iluminarnos, con tal que queramos entregarnos nosotros mismos. “Aquel que, cada día, se es fuerza en perseverar en la oración es consumido por el amor espiritual de un deseo divino e inflamado, de una ardiente languidez de Dios, y recibe la gracia espiritual de la perfección santificante” (san Macario El Grande).

Lafrance presenta, al final de la introducción, un deseo al lector expresado en esta oración: ¡Que el Espíritu Santo te haga entrar en el misterio de la súplica y conocerás el poder de la oración!.

Jean Lafrance, sacerdote francés, maestro y director espiritual. En sus libros nos deja ver su amplia experiencia como practicante de la oración de Jesús y su conocimiento tanto de los místicos orientales como de San Juan de la Cruz y Santa Teresita del Niño Jesús.

– Eusebio Gómez Navarra.

Dios habla en la soledad. Diálogos sobre la vida espiritual

SALVADOR, M.

Dios habla en la soledad.
Diálogos sobre la vida espiritual.

Madrid, Narcea, 2010, 138 pp.

Al presentar este libro hemos añadido el subtítulo del mismo, por que solo en él se detalla con claridad el tema central del mismo y la forma literaria de la que el autor se vale para desarrollar su pensamiento.

Mario de Cristo Salvador, es Fundador se la Fraternidad Monástica Virtual dedicada a preparar páginas webs gratuitas para organizaciones monásticas y religiosas. Es también practicante de la oración de Jesús y propagador del hesicasmo. Nos ofrece este libro, en el que en forma dialógica, a través de preguntas y respuestas entre el maestro espiritual y el novicio, mantenidas junto al fuego de la chimenea, ante el icono, o en el frío de la celda se va adoctrinando al novicio, para que empiece y avance en el camino de la oración que le lleve a la experiencia contemplativa.

En capítulos generalmente breves y en lenguaje sencillo van desfilando sus reflexiones sobre los temas que están presentes a lo largo del camino espiritual como por ejemplo, cómo comenzar a orar, cómo vencer las distracciones, qué papel tiene la ascesis en la vida espiritual, qué hacer ante las dudas de la fe y de la vocación, etc. …

Pensamos que resultará útil, y de acicate para animarse a empezar y avanzar en el camino de la vida espiritual. La brevedad de sus capítulos ayudará a su lectura y a su reflexión sobre su contenido a todos los que quieran recorrer el camino de la interioridad y del diálogo con Dios que sigue hablando en la soledad. – Segundo Fernández

El Papa a los vicarios episcopales y delegados para la Vida Consagrada: Profundizad en el valor de la reciprocidad, 28.10.2016

El Santo Padre ha recibido esta mañana en la  Sala Clementina a los participantes en el Congreso internacional  para los vicarios  episcopales  y los delegados para la Vida Consagrada en curso en la Universidad Pontificia Antonianum de Roma, del 28 al 30 de octubre manifestando, a través de ellos, su aprecio a todos los obispos por la atención que prestan a la vida consagrada. Después, propuso tres temas de reflexión a los vicarios y delegados, llamados a ayudar al obispo en todo lo que concierne esta materia: La vida consagrada en la Iglesia particular, la erección de nuevos institutos  y las relaciones mutuas entre los pastores y los consagrados.

“La vida consagrada es un don para la Iglesia, nace en la Iglesia, crece en la Iglesia, está totalmente orientada a la Iglesia” –dijo el Papa, hablando del primer tema y  citando la Carta apostólica escrita en 2014 a los consagrados y consagradas en ocasión del Año de la Vida Consagrada  Es un principio que no se puede olvidar ni por los pastores ni por  por los consagrados.  Efectivamente, la vida consagrada “expresa simbólicamente” y con una fuerza especial “la contribución de un don carismático al sacerdocio bautismal y al sacerdocio ministerial” y “como tal, se coloca en la dimensión carismática de la Iglesia” .Compete a los obispos recibirla  “con alegría y gratitud”,  demostrando hacia ella benevolencia, paternidad y amor atento, reiteró refiriéndose esta vez a la carta Iuvenescit Ecclesiae, publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe el pasado mes de mayo.

La vida consagrada es un “capital espiritual que contribuye al bien de todo el Cuerpo de Cristo, y no sólo de las familias religiosas –subrayó-Por eso, he pedido y pido  hoy a todos los pastores y a vosotros, vicarios y delegados para la Vida Consagrada que la recibáis con cordialidad y alegría como una realidad que “está  en el corazón de la Iglesia” y “como un elemento decisivo de su misión”, ya que “pertenece sin discusión a su vida y a su santidad». Animo así  a los pastores, y a vosotros con ellos, a mostrar una atención  especial a la promoción en vuestras Iglesias de los diferentes carismas, tanto antiguos como nuevos, a estar cerca de las personas consagradas, con ternura y amor, a enseñar al pueblo de Dios el valor de la vida consagrada”.

Francisco recordó a los consagrados  que “la autonomía y la exención no se pueden confundir con el aislamiento y la independencia. Hoy más que nunca es necesario  vivir la adecuada autonomía y la exención, en los institutos que la tengan, en estrecha relación con la inserción, para que la libertad carismática  y la catolicidad de la vida consagrada se expresen también en el contexto de la Iglesia  particular. Esta no respondería plenamente a lo que Jesús quiso para su Iglesia, si careciese de la vida consagrada, que es parte de su estructura esencial, de la misma manera que el laicado y el ministerio ordenado. Por ese motivo, a la luz del Concilio  Vaticano II, hoy hablamos de co-esencialidad de los dones jerárquicos y carismáticos que manan del único Espíritu de Dios y alimentan la vida de la Iglesia y su acción misionera. Todos estos dones están destinados a contribuir, de diferentes maneras, a la edificación de la Iglesia, en relación armoniosa y complementaria entre sí. Los pastores están llamados a respetar, sin manipular, “la multidimensionalidad que constituye la Iglesia, y a través de la cual la Iglesia se manifiesta”. Las personas consagradas, por su parte, recuerden que  no son “un patrimonio cerrado”, sino “una faceta integrada en el cuerpo de la Iglesia, atraída hacia el centro, que es Cristo”.

El segundo tema de reflexión fue la erección de nuevos institutos de vida consagrada  y aquí, el Pontífice señaló que tanto antes como después del Concilio Vaticano II habían surgido y “seguirán surgiendo varios institutos de vida consagrada. El Espíritu no cesa de soplar donde quiere. Si la responsabilidad del obispo diocesano es discernir y reconocer la autenticidad de los dones carismáticos y erigir en la diócesis institutos de vida consagrada, esto no puede hacerse –señaló-  sin un discernimiento sereno y apropiado que, además de los criterios indicados en el número 18 de la carta apostólica Iuvenescit Ecclesia , tenga  en cuenta la originalidad del carisma, su dimensión profética, su inserción en la vida de la Iglesia particular, la comunión afectiva y efectiva con ésta y con la Iglesia universal, el compromiso con la evangelización, también en su dimensión social. También debe comprobar que el fundador o  la fundadora  hayan demostrado madurez eclesial, con una vida que no contradiga la acción del Espíritu Santo,  suscitador de los carismas, y que dichos carismas se  armonicen adecuadamente en la comunión eclesial. Por último, recuerdo la obligación de consultar siempre previamente  a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, como dispuse recientemente, a propósito de una aclaración sobre el canon 579”.

“A la hora de erigir  un nuevo instituto advirtió no podemos  pensar solamente en su utilidad para la Iglesia particular. Los obispos, sus vicarios y delegados, así como la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, no pueden ser simplistas en el ejercicio de esta grave responsabilidad. Los pastores deben considerar que  al erigir un nuevo instituto están, indudablemente,  ejerciendo un derecho  propio, pero al mismo tiempo,  asumen una responsabilidad en nombre  de la Iglesia universal  ya que  dicho instituto está destinado a crecer y salir de los confines de la diócesis en que nació. Y también hay que considerar con prudencia el deber de proporcionar una formación adecuada a los candidatos. Dado que se trata de una decisión delicada, es bueno que los obispos se dejen  ayudar por aquellos que tienen  experiencia de la vida consagrada, y entre ellos podéis estar vosotros, queridos hermanos”.

El tercer punto abordado por el Papa fue el de las relaciones mutuas entre los pastores y los consagrados, en el que los vicarios y delegados episcopales desempeñan un papel importante.“Sé que este tema será estudiado durante este Congreso- pero en el Sínodo del 94 se pidió la revisión de la Instrucción Mutuae relationes: llevamos algo de retraso- observó-  En la actualidad es objeto de un estudio específico de la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica y de la Congregación para los Obispos,  a las cuales pedí la revisión del documento Mutuae relationes.

“Además de la actualización de las normas que deben regir las relaciones mutuas entre los obispos y todas las formas de vida consagrada, masculina y femenina, se trata de profundizar en el valor de la reciprocidad, que compromete a los pastores y  a los consagrados. No hay relaciones mutuas allí donde algunos mandan y otros se someten, por miedo o por conveniencia. Hay relaciones mutuas, en cambio,  donde se cultiva el diálogo, la escucha respetuosa, la hospitalidad recíproca, el encuentro  y el conocimiento, la búsqueda común de la verdad, el deseo de cooperación fraterna por el bien de la Iglesia, que es “casa de comunión” . Todo esto es responsabilidad, tanto de los pastores como de los consagrados. Todos estamos llamados, en este sentido, a ser “pontífices” constructores de puentes. Nuestro tiempo requiere comunión en el respeto de la diversidad. No tenemos miedo de la diversidad que viene del Espíritu”.

Por último, el Santo Padre pidió a todos  una atención especial a las hermanas contemplativas. “Como afirmé en la reciente constitución apostólica Vultum Dei quaerere, esta forma de sequela Christi, arraigada “en el silencio del claustro”, representa en la Iglesia y para la Iglesia, ” el corazón orante, guardián de gratuidad y de rica fecundidad apostólica ” que genera ” preciosos frutos de gracia y misericordia “y”multiforme santidad” –dijo citando ese documento-  La Iglesia,  también la Iglesia particular, necesita “faros que indiquen la ruta para llegar al puerto” , ” antorchas que acompañan el camino de los hombres y de las mujeres en la noche oscura del tiempo”, de estos «centinelas de la aurora  que anuncian la salida del sol”.  E invitó a los presentes a acompañarlas “con amor fraternal, tratándolas  siempre como mujeres adultas, respetando sus competencias, sin interferencia indebidas. Acompañadlas prestándoles  ayuda en todo lo que se refiere a los elementos esenciales de su vida, tal como se presentan en la mencionada Constitución Apostólica, y teniendo en cuenta la Instrucción que emanará  la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de vida Apostólica. Centrar toda la atención solamente en un elemento, por importante que sea, como es el caso de la clausura o de la autonomía,  podría llevar a un desequilibrio vital  que tendría consecuencias tristes para la vida de estas hermanas”.

“Queridos hermanos terminó amad la vida consagrada y con este fin asegúraos de conocerla en profundidad. Construid relaciones mutuas a partir de la eclesiología de comunión, del principio de co-esencialidad, de la justa autonomía que compite a los consagrados. Saludad de mi parte a vuestros obispos y a todos los consagrados de vuestras diócesis. Os aseguro mi oración, y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Gracias, y ¡buen congreso!”

Carta a la Orden del Prepósito General con motivo de la canonización de la beata Isabel de la Trinidad

CARTA A LA ORDEN DEL PREPÓSITO GENERAL CON MOTIVO DE LA CANONIZACIÓN DE LA BEATA ISABEL DE LA TRINIDAD

Estimados hermanos y hermanas en el Carmelo,

A un año de distancia de la canonización de los esposos Martin, nos disponemos a celebrar otro acontecimiento de gracia que nos llena de alegría. A 110 años de su muerte, el 16 de octubre, nuestra hermana Isabel Catez será inscrita en el canon de los santos de la Iglesia, entrando así a formar parte en pleno de la grande y gloriosa familia de los santos del Carmelo.

Los motivos para dar gracias al Señor y reflexionar sobre la importancia que este evento puede tener en el camino que nuestra Orden está haciendo, son múltiples. La rica y estimulante enseñanza que el Papa Francisco presenta con sus palabras y con sus iniciativas –pienso en la encíclica Laudato si’ y en el año Jubilar de la Misericordia– nos puede ayudar a comprender algunos aspectos de actualidad del testimonio y de la enseñanza espiritual de esta ilustre hermana nuestra, tan querida y apreciada en los círculos espirituales, aunque poco conocida por la mayoría de los fieles. Sin embargo, su vida de joven vivaz, sensible, encantadora, llena de talentos, generosamente empeñada en la vida eclesial, vinculada a la familia, emocionalmente exuberante y capaz para la amistad, amante de la belleza y en todo conquistada y polarizada por el misterio de la Trinidad que Jesucristo nos ha comunicado, ¡debería hacerla interesante!

Isabel nos puede ayudar a aprovechar la fuente abundante y siempre fresca de la Trinidad, que da vitalidad, sentido, perseverancia gozosa a nuestra consagración y misión. Ella ofrece a todos un ejemplo inspirador de cómo la inmersión en el misterio de la vida divina permite realizarse en plenitud.

En esta carta quiero proponer algunas claves de relectura de los escritos de Isabel[1]1 con el fin de comprender su actualidad, teniendo en cuenta algunos fenómenos contradictorios de los tiempos en que vivimos: la fragmentación del yo, cada vez menos capaz de ser identificado en las buenas relaciones a causa de su confusión y desconfianza; el ansia de hacernos presentes para sentirnos vivos, a través de una visibilidad mediática, que por otra parte no consigue hacernos presentes a nosotros mismos; la búsqueda frenética y ruidosa de actividades con que llenar el tiempo, que nos ocupan y agitan, y nos impiden escuchar, sentir y reflexionar en profundidad; el uso de la belleza y un disfrute selectivo de la realidad con fines consumísticos, que rechaza la gratuidad impidiendo acoger la belleza inherente a las cosas, desfigurando la naturaleza; el sentimiento generalizado de estar al borde de un abismo, a merced de fuerzas desconocidas e incontrolables, que hace inútil toda búsqueda del bien, en un mundo cada vez más marcado por la violencia, la miseria y la inseguridad, sin la posibilidad de un oasis de paz; el sufrimiento y la muerte vividas como desgracia, enfatizados o banalmente ignorados por nuestra cultura, que no consigue reconocer su valor.

¿Cómo unificar nuestras vidas?

Un hilo conductor une la experiencia de la pequeña Isabel con el momento de su muerte, aun joven pero ya madura: la intuición de que lo único importante es «vivir por amor». El Dios que es capaz de ganar su temperamento fogoso y colérico y cautivar su corazón sensible y sediento de belleza, lo encuentra en Jesús crucificado por amor (cfr. Carta 133). En Él ve y toca un amor apasionado y apasionante, que la conquista y la convence, en una edad temprana, para hacerse toda suya. Es el encuentro que tiene lugar el día más importante de su vida, el día de su primera comunión,

«aquel día que de Jesús fue morada el alma mía / y de Dios posesión mi corazón. / De tal modo que a partir de aquella hora / después de ese coloquio misterioso, / de aquella conversación divina, deliciosa / solo aspiraba a darle yo mi vida / a devolverle algo de su gran amor / al Amado de la Eucaristía / que moraba en mi débil corazón / llenándolo de todos sus tesoros» (Poesía 47).

Las dificultades que debe afrontar en su proceso de maduración –como la pugna entre el deseo de entrar en el Carmelo y la oposición de su querida madre; el querer permanecer en la intimidad con Jesús y el tener que asistir a bailes donde los jóvenes fascinados por su belleza la pretendían; el sentirse llamada a la soledad, que requiere desprendimiento y separación, y el estar envuelta en tantas actividades artísticas y sociales; el dar a Dios todo su corazón y al mismo tiempo estar disponible y cercana a sus amigas– encuentran su solución en la atracción que ejerce sobre ella, «el sobreabundante amor» de Cristo, que brilla desde la cruz, el madero capaz «de encender el fuego del amor» (Carta 138).

Entre los textos preferidos de Isabel está el incipit del himno de la Carta a los Efesios, donde San Pablo anuncia el destino glorioso del hombre diciendo que hemos sido pensados, bendecidos y predestinados desde la eternidad «para ser santos e inmaculados ante él por el amor» (Ef 1,4). Por eso «un alma que discute con su yo, que se ocupa de sus sensibilidades, que va detrás de un pensamiento inútil, de un deseo cualquiera, esta alma dispersa sus fuerzas», porque «no está toda ordenada a Dios» (Últimos Ejercicios, 3). Todo lo que no se hace por Dios es nada (cfr. Carta 340), vacía en lugar de llenar, disgrega en lugar de unir. No es la tarea lo que disgrega, sino el no creer «que un Dios, que se llama Amor, habita en nosotros» (Carta 330), el no estar unidos al Ser que nos ama, al Padre que en Cristo nos espera en su casa y con su Espíritu nos sostiene en nuestro camino.

El gran acto de fe –nos recuerda Isabel haciéndose eco del Evangelista Juan– es creer en este inmenso amor que Dios nos tiene (cfr. El Cielo en la Fe, 20). La unificación de la persona se da, por lo tanto, a través del poder del acto de fe y repercute en la sensibilidad. De modo que, para crecer en armonía, sanar las heridas de la vida y madurar como personas, no hay que tener como objetivo el cuidado de nosotros mismos, o la superación de nuestra propia debilidad, sino más bien, salir de nosotros mismos, abandonar el propio yo (cfr. Últimos Ejercicios, 26) en un provechoso intercambio con el yo de Cristo, que «quiere consumir nuestra vida para cambiarla en la suya, la nuestra llena de vicios, la suya llena de gracia y de gloria, toda preparada para nosotros con tal que nos renunciemos» (El Cielo en la Fe, 18).

El secreto está, entonces, en reconocer cuánto somos amados, fijando los ojos en el Maestro que ha venido a encender el fuego del amor y quiere verlo arder en sus discípulos para derramarlo de forma visible en todo el mundo. El amor divino es tan excesivo y sin medida, que arrastra al alma que se lo permite, haciéndola constante, ya no sujeta a las sacudidas imprevisibles e inevitables de la vida, «porque ve al Invisible» y por lo tanto «no se detiene en consuelos o sentimientos»; sucede incluso que «cuanto más probada es, más crece su fe, porque ella pasa por encima de todos los obstáculos para ir a reposarse en el seno del Amor infinito, que no puede hacer sino obras de amor» (El Cielo en la Fe, 20 ). Después de todo, ésta es la experiencia humana del Hijo enviado por el Padre a la tierra y acogida por la humilde Madre, éste es el anhelo inscrito en el ser de cada hombre, ésta es la gracia del bautismo, que por eso supone un nuevo nacimiento, una iluminación permanente para quien hace memoria, el comienzo de la vida eterna (cfr. El Cielo en la Fe, 2).

La inmadurez, para ella, radica en la indecisión respecto a la unión con Dios, en el permanecer centrado en sí mismo y no elegir el amor. La acción con la cual Dios nos transforma y unifica es un fenómeno casi físico, una consumación del amor propio, del miedo al sufrimiento, de los vicios, de la aversión a Dios, que nos pide ceder nuestra voluntad para enraizarnos en el amor, «doble corriente entre El que es y la que no es» (Carta 131).

La miseria, lugar bendecido de la misericordia

Si queremos llegar a ser –con nuestra consagración y nuestro trabajo– signo eficaz de la acción del Padre «estamos llamados a fijar nuestros ojos en su Misericordia» (Misericordiae vultus, 3). A menudo, de hecho, ya sea de forma explícita o implícita, una pregunta se instala en nuestra mente y nos esteriliza deteniendo iniciativas y arrebatando el entusiasmo: ¿qué hago con mi debilidad? Sería mucho mejor si no existiera, tal vez sería más fuerte; si fuera invulnerable, cuántos problemas menos… ¡Y el ideal se vuelve inalcanzable! De este modo la mesa de la desesperación y de la frustración está servida ante nosotros.

Isabel razona de manera completamente distinta, como también el Papa Francisco cuando, contemplando el misterio de la pasión de Jesús, dice que la fuerza de la ternura es conocida solamente cuando nos decidimos a entrar en contacto con la existencia concreta de los demás, sin mantenernos a distancia del drama humano, tocando nuestra carne sufriente y la de los demás (cfr. Evangelii gaudium, 269-270). Hablando con su hermana Guita, nuestra santa le sugiere que elimine la palabra desánimo de su vocabulario: cuanto más se siente la debilidad y más escondido parece el Señor, más tenemos que alegrarnos, recordando que «el abismo de tu miseria, Guitita, atrae el abismo de su misericordia» (Carta 298). La vida interior es un abismo porque en ella está el Dios que nos ama de manera inmutable, es un abismo de amor que poseemos (cfr. Carta 292).

Si utilizamos la luz de la fe encontramos la confianza y el amor, que nos permiten bajar a nuestras profundidades, en lugar de quedarnos quietos en la superficie revuelta del mar de la vida. Así experimentamos el abismo que es Dios, íntimamente ligado a nuestro ser, y al llegar al fondo, «es ahí en lo más profundo donde se efectuará este encuentro divino, donde el abismo de nuestra nada, de nuestra miseria, se encontrará cara a cara con el Abismo de la misericordia, de la inmensidad del todo de Dios» (El Cielo en la Fe, 4).

Sólo reconociendo esta verdad, que es el corazón del mensaje evangélico, es posible reconocer a

«Dios bajo el velo de la humanidad» (Últimos Ejercicios, 4) y escuchar la palabra en el presente. Si queremos encontrar la paz, debemos inclinarnos y lanzarnos «en el abismo de nuestra nada»: de ahí nacerá la adoración, «el éxtasis del amor» (Últimos Ejercicios, 21). De ahí surge la confianza: el miedo de nuestra debilidad desaparece, porque «el Fuerte está en mí y su poder lo puede todo; obra, dice el apóstol, más allá de lo que podemos esperar» (Carta 333).

¿Cuánta esperanza, por lo tanto, es posible si es cierto que «el alma más débil, incluso la más culpable es aquella que tiene más razones para esperar», ya que «posee en el centro de sí misma un Salvador que quiere purificarla a cada minuto» (Carta 249), ya que «su misión es perdonar» (Carta 145). Tenemos que ver nuestra nada, nuestra miseria e impotencia, en silencio reconociendo serenamente que no somos capaces de progreso ni de perseverancia, y presentarlas ante la misericordia del Maestro (cfr. El Cielo en la Fe, 12). De esta manera podemos encontrar la libertad y la paz que son la expresión de la reconciliación consigo mismo en Cristo –«Él está en mí, yo soy su santuario / ¡Oh! ¿No es esta la Visión de paz?» (Poesía 88)– deseando que Él crezca en nosotros, y por medio de este crecimiento, pueda ser conocido por los hombres. Por lo tanto, la santidad está a nuestro alcance, ya que se encuentra en un movimiento de abajamiento, no de elevación:

«Tiene necesidad el Todopoderoso / de bajar, para difundir su amor. / Busca un corazón que le comprenda/ y en él quiere su mansión fijar./ […] Mírame, mejor comprenderás / el don de sí, el anonadamiento. / Para engrandecerme debes siempre bajar, / sea tu reposo el rebajarte. / El encuentro siempre se hace ahí.» (Poesía 91).

La Eucaristía es la totalidad de la Trinidad que nos invade

El misterio de la Santísima Trinidad es el abismo en el cual Isabel perdiéndose a sí misma se encuentra (cfr. Carta 62). Es «una inmensidad de amor que nos desborda por todas partes» (Carta 199), que impregna y anima cada fibra del ser; que desemboca en el alma en la medida en que la persona alcanza con la fe la gracia bautismal y se conforma progresivamente a Cristo. El horizonte de la realidad se dilata siempre más (cfr. Carta 89) y todo se ilumina, porque Cristo la introduce en la profundidad del alma, «en aquellos abismos donde no se vive sino de Él» (Carta 125), haciéndola participar de su mirada, de sus sentimientos, de su corazón: «Él fascina, Él arrebata. Bajo su mirada el horizonte se hace tan bello, tan vasto, tan luminoso…» (Carta 128). La Trinidad no es una verdad abstracta y complicada, sino la vida de Los Tres –así los llama – que en su gozosa comunión crean el mundo y la humanidad haciéndolos participar del esplendor del Amor, de la Luz y de la Vida. Dios es el Padre, su Hijo y su Espíritu: «nuestra morada, nuestra casa, la casa paterna de donde no debemos salir jamás» (El Cielo en la Fe, 2)

En la lógica de la fe, raíces y consecuencias existenciales del ser cristiano están estrictamente vinculadas: vivir en la fe, conocer el amor de Cristo crucificado por nosotros, habitar en una luz que hace hermosos aun los momentos más dolorosos de la vida, ser transformados por el Espíritu como le sucedió a María, vivir habitados por la Trinidad, encontrar la paz del cielo sobre la tierra, para Isabel son sinónimos.

La Eucaristía es la clave de esta visión luminosa y profética de la vida. En la experiencia de Isabel, desde el día de su primera comunión, la comunión sacramental con Jesús y la adoración prolongada de su darse continuamente a nosotros, que se hace visible en la Hostia consagrada, será la fuente experimental, la puerta de comunicación, el lugar de confluencia de todas las iluminaciones y gracias que recibirá en su breve e intensa vida. Entrando en la capilla, mientras que el Santísimo Sacramento está expuesto, le «parece que es el cielo el que se abre, y es así en realidad, porque Aquel a quien adoro en la fe es el mismo que los bienaventurados ven cara a cara» (Carta 137). «Nada refleja mejor el amor del Corazón de Dios que la Eucaristía. Es la unión, la comunión, es Él en nosotros, nosotros en Él. Y ¿No es esto el cielo en la tierra? El cielo en la fe, esperando la visión cara a cara tan deseada.» En la espera de este encuentro «todo desaparece y parece que ya se penetra en el misterio de Dios» (Carta 165). En la Eucaristía, la realidad del cielo se hace presente, comunicada y personalizada por el Espíritu a cada alma, porque el cielo es «el que el Espíritu Santo crea en ti» (Carta 239). La Eucaristía es un hecho tan vital, que Isabel se empeñó en conseguir el objetivo de ser digna de recibir la comunión eucarística diaria (en un tiempo en el que no era una práctica habitual): «Entonces, Dios mío, estaré en el colmo de mis deseos: recibiros cada día, y además vivir unida a Vos de una comunión a otra, en vuestra intimidad ¡Ah!, es el paraíso en la tierra!» (Diario, 150). Como San Francisco, Isabel, considera la Eucaristía en estrecha relación con la Navidad, de la cual emana la espléndida luz que hace visible a nuestros ojos el desconcertante misterio de la Encarnación, el comienzo del cumplimiento de la salvación y la glorificación de la humanidad por la efusión del amor y de la unión íntima con Dios, que por la fe se realiza en el corazón humano (cfr. Poemas 75.86.88.91).

En esta íntima transfusión de amor la experiencia humana cambia radicalmente. ¿Qué podemos descubrir y «tocar con la mano» –de nosotros, de Dios, de los demás, de la realidad– comunicando con plena confianza en el misterio de la fe?

En realidad, somos una humanidad Si pensamos por un momento al peso cada vez mayor que tiene –en nuestras relaciones, en la formación de la opinión pública, en el crecimiento de los jóvenes– la visibilidad de su propia imagen y el hacerse «disponible» a través las situaciones de la vida cotidiana que manifiestan nuestro deseo de querer ser reconocidos «por los demás», nos damos cuenta de lo diferente que es el discurso de Isabel y su experiencia personal. Para ella no hay otra posibilidad de ser verdaderamente ella misma y hacerse presente al otro, de una manera real y no efímera, que colocándose en la profundidad donde se encuentra nuestra imagen humana en la persona divina de la imagen de Cristo-imagen visible del Padre.

Cuando el hombre no se reconoce o no es reconocido como un espacio de comunicación personal, no representa nada –y por lo tanto no tiene ningún valor–. En cambio, abriéndose a la luz resplandeciente de la fe, la persona «descubre a su Dios presente, viviendo en ella; a su vez, ella permanece presente en Él, en la bella simplicidad, que Él la guarda con un cuidado celoso» (Últimos Ejercicios, 5). Todo se vuelve precioso si descubrimos esta intimidad invisible y tratamos de conectar nuestra experiencia humana a ella, centrando la mirada en los misterios de su vida, tratando de percibir sus sentimientos, conforme surgen a partir de los Evangelios, para hacerlos propios: «Me parece que convendría estar muy cerca del divino Maestro, comunicar mucho con su alma, identificarse con todos sus movimientos y entregarse como Él a la voluntad del Padre» (Carta 158). El valor de nuestras acciones se dispararía a las estrellas llegando a ser por empatía interior «sacramento de Cristo»; a través cada expresión de nuestra existencia –alegre o triste, de fortaleza o debilidad– podría «darse nuestro Dios Santísimo, el Dios crucificado todo Amor». Esto implica «dejarse transformar en una misma imagen con Él» por medio de

«la fe, que contempla y ora sin cesar. La voluntad al fin cautiva y que no se separa más. El corazón

verdadero, puro y exultante bajo la bendición del Maestro» (Notas Íntimas 14). Esta mística paulino- carmelitana supera el intento vano de encontrarse a sí mismos en el reconocimiento de los demás, a los que presentamos nuestra apariencia exterior y nuestras capacidades; nos encontramos y encontramos al otro buscando al Otro, mirándonos conscientes de que somos –todos– a imagen de Cristo:

«Que yo sea para Él una humanidad complementaria en la que renueve todo su Misterio. Y Tú, ¡oh Padre Eterno!, inclínate sobre esta pequeña criatura tuya, “cúbrela con tu sombra”, (cfr. Mt 17, 5) y no veas en ella sino al “Amado en quien has puesto todas tus complacencias” (cfr ivi)» (Notas Íntimas 15).

Llegar a ser personas de comunión, que la irradian. Cada persona lleva consigo a las personas que la han marcado en su vida: las personas que la han generado, las que han contribuido a su formación y las que han estado a su lado en los momentos cruciales de la Encontrándonos, encontramos y comunicamos también algo de las personas que llevamos en nuestro ser.

El sublime misterio de la «nueva encarnación», que se realiza en el alma dejándose amar por el Crucificado hasta el fondo de la propia miseria, amándolo de nuestra parte en gratitud «hasta el agotamiento», es el «no soy yo, es Él que vive en mí» (Poesía 75), que permite al amor encarnado en Cristo irradiarse (cfr. Notas íntimas 15). La comunión, que todos los hombres de buena voluntad buscan construir y que en nuestra época está cada vez más dañada y dolida, se puede realizar solamente en la medida en que se realizará la voluntad divina de «restaurar todas las cosas en Cristo». El camino está marcado e Isabel lo describe así: «Contemplemos, pues, esta imagen adorada, permanezcamos sin cesar bajo su irradiación, para que ella se imprima en nosotras; después vayamos a todas las cosas con la actitud de alma con que iba nuestro Maestro santo» (El Cielo en la Fe, 27).

Amor a Cristo, a la Iglesia y a los hombres van a la par y se sostienen mutuamente. Ensimismarse con Cristo para tener «el alma llena de su alma, de su oración; todo el ser cautivado y entregado» y

«entrar en todas sus alegrías, compartir todos sus dolores», nos hace «ser fecundos, corredentores, dar a

luz almas a la gracia, multiplicar los hijos adoptivos del Padre, los rescatados por Cristo, los coherederos de su gloria» (Notas Íntimas 13). Dar gloria a Dios es hacer visible a Cristo –su vida– en nuestra existencia. Aquí se revela que la inconstancia y la flojera en la oración son proporcionales a la inconsciencia en la vocación que es nuestra identidad: «comulgaré por usted a Aquel que es Fuego consumidor para que Él la transforme cada vez más en Él mismo, para que usted pueda darle toda gloria» (Carta 328). En efecto el alma, en contacto con el Espíritu Santo, «se convertirá en una llama de amor, que se reparte en todos los miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia» (Carta 250). Solamente así,

«con nuestra generosidad/ a la Iglesia podremos ayudar/ y se verá que reina ya el Amor/ anticipo de la Morada celestial» (Poesía 94); «vivir de amor o vivir de su vida/ en sus apóstoles nos convertirá./ Muy grande es el poder de un alma así inundada/ De que lo obtiene todo, estoy muy convencida» (Poesía 77).

Vivir el sufrimiento como bendición. Es verdad que no hemos sido creados para sufrir sino para gozar, no para morir sino para vivir, y habría que añadir: no para poseernos egoístamente sino para entregarnos En el fondo del miedo y del rechazo al sufrimiento se puede encontrar una cerrazón, una soledad profunda, el ídolo de la belleza física y de la eficiencia, el orgullo, en última instancia la falta de una experiencia abisal –para decirlo con Isabel– del amor divino-humano. Isabel lo ha vivido, se ha sumergido y se ha dejado arrollar, pidiéndolo con insistencia para sí misma y para las personas queridas en sus coloquios íntimos con los Tres.

Hay palabras que –de solo oírlas nombrar– nos evocan sentimientos de tristeza, nos hacen sospechar y no nos gustan, como víctima, sacrificio, inmolación, negación, olvido de sí, sin embargo son los únicos que delinean en la Escritura y en la experiencia espiritual, la necesidad de la Pascua y la verdad del amor para alguien. Isabel lo entendía bien y por eso decía: «Pidámosle que nos haga veraces en nuestro amor, es decir, hacer de nosotros víctimas de sacrificio, porque me parece que el sacrificio no es más que el amor puesto en obra» (Carta 250). Por eso, es fuente de felicidad pensar «que el Padre me ha predestinado para ser conforme a la imagen de su Hijo crucificado» (Carta 324).

La Eucaristía es sacramento de comunión, banquete del cielo, banquete festivo porque alguien se ha inmolado, sacrificado, dejado aniquilar por nosotros. Podemos percibir entonces la centralidad teológico-espiritual de expresiones como la siguiente y la belleza de la perspectiva eucarística que abre:

«Una hostia buscas, Maestro adorado/ y quieres en tu caridad/ perpetuar tu vida para siempre/ encarnándote entre la humanidad,/ deseas que siempre suba al Padre/ el sacrificio y la adoración» (Poesía 91).

La paz y el descanso no nacen de la ausencia de problemas y sufrimientos, sino cuando se «sabe apreciar la felicidad del sufrimiento y verlo como la revelación del “gran amor” (Ef 2,4) del que habla San Pablo» (Carta 323 bis); si el «dolor es la revelación del amor» se hace precioso y bendito y puede llegar a ser «mi residencia amada, allí donde encuentro la paz y el descanso; es allí donde estoy segura de encontrar a mi Maestro y de permanecer con él» (Carta 323). Por esto un cristiano no debería tener otro ideal que el de «ser transformado en Jesús crucificado» (Carta 324): descubriendo que Cristo está vivo en el dolor, recibiría fuerza en las circunstancias dolorosas y frustrantes de la vida. Por tanto, a la luz de la eternidad, sacrificios, luchas, miserias son motivo de alegría, no de tristeza (cfr. El Cielo en la Fe, 30); el secreto es aprender a refugiarse siempre «en la oración de su Maestro […], desde la cruz Él te veía, rogaba por ti y esa oración permanece eternamente viva y presente delante de su Padre. Es ella la que te salvará de tus miserias» (Carta 324).

El sufrimiento, es «prueba» de la falta de amor, y se convierte en «eco» del amor divino que empuja para entrar en el corazón e irradiar a la humanidad. En la enfermedad más dolorosa se puede llegar a ser signos de esperanza para quien está a nuestro lado y para quien sufre sin esperanza, si la vivimos como el misterio de Cristo muerto y resucitado que celebra con su discípulo su Misa (cfr. Carta 309).

El tiempo está rescatado. La luz de la eternidad ofrece la perspectiva justa sobre la realidad porque, dando a la vida el sentido de un origen y de un fin buenos, la coloca dentro de un proceso en el que los acontecimientos individuales se relativizan y son rescatados de una absolutización que los haría explotar, sobrecargándolos de Al mismo tiempo, la plenitud del ser personal se va preparando a través de todas las opciones que hacemos, las acciones que realizamos, las palabras que pronunciamos: «¡Qué cosa tan seria es la vida!, cada minuto se nos ha dado para «enraizarnos más en Dios» (Carta 333) y llegar a parecernos en la vida al modelo divino en una unión siempre más íntima con Él.

La Trinidad «desea tenernos consigo, no solo durante la eternidad, sino ya en el tiempo, que es la eternidad comenzada aunque siempre en constante progreso» (El Cielo en la Fe, 1) ¿Qué hacer para que este proceso se actúe en nosotros? El secreto está en «olvidarse, abandonarse, no buscarse a sí mismo, mirar al Maestro, solamente a Él, recibir igualmente como venidos directamente de su amor, la alegría y el dolor » (Carta 333).

En esta dimensión contemplativa es posible leer los acontecimientos, de lo más pequeño a lo más grande, como expresión de la voluntad del Padre –como lo hizo Cristo– de manera que para el que cree

«cada acontecimiento y suceso, cada sufrimiento y cada alegría son un sacramento» (El Cielo en la Fe, 10). En todo es posible comunicarse con él, la realidad se hace significativa, los sucesos se interrelacionan y los puntos se tocan dejando ver una trama hermosa, sensata, conveniente para el propio crecimiento humano. Si el Verbo eterno entró en la realidad y se unió en cierto modo a cada hombre, entonces «a través de todo puedo contemplarle,/ desde la tierra, a la luz de la fe/ […] unirme a Él, tocarle por la fe» (Poesía 91).

Isabel lo había aprendido en la larga espera antes de entrar al monasterio, que favoreció una interiorización del lugar de la contemplación y de la unión con Dios, al punto de vivirlo en medio de circunstancias mundanas, concentrándose en lo esencial de la vocación y del testimonio cristiano: la realidad de la fe, la concreción de la voluntad divina, la presencia de Dios en medio de las circunstancias cotidianas.

No es posible experimentar que «no hay suficiente tiempo», es decir experimentar que lo que hacemos nos quita vida, porque no se le encuentra sentido o porque representa una huida de nosotros mismos. La fe, si no la domesticamos, nos mantiene despiertos, atentos a coger la gracia de Dios que nos suceden todos los días, recogidos «a la luz de su palabra creadora, en aquella fe “en el gran amor con que nos amó” (Ef 2,4) que permite a Dios colmar el alma “según su plenitud (Ef 3,19)”» (El Cielo en la Fe, 34).

Vivir «desde el interior», agradecidos y conectados con la vida verdadera. La santidad es vivir

«en contacto con Él en el fondo del abismo sin fondo, desde el interior» (El Cielo en la Fe, 32). «Desde el interior» es la expresión que resume el carisma y la misión eterna de Isabel de la Trinidad: vivir la relación con Dios, el misterio de la Iglesia, las relaciones de amistad, las actividades, las tribulaciones de la existencia, los acontecimientos de la propia época, conciente y tenazmente dentro de la estrecha unión con el Verbo encarnado, crucificado y resucitado, que se está donando constantemente a cada criatura. Al sumergirse en el Misterio de la fe corresponde el pasar del propio yo a la ladera del Yo divino con la consecuente dilatación del horizonte vital y de la mirada; consolidarse en la fe es la única cosa necesaria en nuestra vida, porque nos permite «actuar bajo la gran luz de Dios, jamás según las impresiones y la imaginación» (La Grandeza de Nuestra Vocación, 11). Es la experiencia del cielo sobre la tierra, del realismo de la vida divina en la comunión de los santos, de las realizaciones sensibles –ya aquí aunque todavía no en plenitud– de las palabras de verdad y de vida que la revelación nos entrega como nuestra luminosa herencia de hijos de Dios.

Pidiendo estar enteramente presente en la Trinidad adorada, despierta en la fe y abandonada a su acción creadora, Isabel desea que «cada minuto me haga penetrar más en la profundidad de tu Misterio» (Notas Íntimas 15); vivir «desde dentro» significa apoyar totalmente el propio ser en la Trinidad «Dios todo amor»: esta intimidad «ha sido el bello sol que ha iluminado mi vida, haciendo de ella ya como un cielo anticipado. Es lo que me sostiene hoy en el dolor» (Carta 333). Si permitimos a la infinita belleza imprimirse en nosotros es posible, aún en un mundo donde «todo está manchado», ser personas

«hermosas con su hermosura, luminosa con su luz» (Carta 331), que crecen en la gratitud y están siempre en la alegría de los hijos de Dios (cfr. La Grandeza de Nuestra Vocación, 12), capaces de recoger un reflejo de su belleza y de su amor en la naturaleza y en las personas.

Una sana relación con las creaturas exige «reconocer los propios errores, pecados, vicios o negligencias, y arrepentirse de corazón, cambiar desde dentro» (Laudato si’, 218), reconociendo agradecidos que el mundo es un don recibido de las manos del Padre. Este reconocimiento empuja a actuar en la gratuidad y respeto, sin abusar de ninguna realidad, conscientes de que todos los seres componen una estupenda comunión universal. El mundo «no se contempla desde fuera sino desde dentro, reconociendo los lazos con los cuales el Padre nos ha unido a todos los seres» (ivi, 220), ciertos de que «Cristo ha asumido en sí este mundo material y ahora, resucitado, permanece en lo íntimo de cada ser, circundándolo con su afecto y penetrándolo con su luz» (ivi, 221). Gracias a los sacramentos –en particular en la Eucaristía– en los cuales la naturaleza es asumida en Dios y transformada en mediación, «estamos invitados a abrazar el mundo en un nivel distinto» (ivi, 235) de aquel del provecho y de la explotación. Es extraordinaria la sintonía entre el Papa Francisco, que mira y pone las bases de una ecología integral, e Isabel:

«El Señor, en el culmen del misterio de la Encarnación, quiso alcanzar nuestra intimidad a través de un fragmento de materia. No desde arriba, sino desde adentro, para que en nuestro mismo mundo pudiéramos encontrarlo a Él. En la Eucaristía ya está realizada la plenitud, y es el centro vital del universo, El Señor, el foco desbordante de amor y de vida inagotable. […] La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. El mundo que salió de las manos de Dios vuelve a él en feliz y plena adoración” (ivi, 236).

María, modelo de la escucha que hace fecundos

«Recógete, es en tu alma/ donde el misterio se ha cumplido./ Jesús, Esplendor del Padre,/ se ha encarnado en ti./ Con la Virgen Madre/ estrecha a tu Amado/Él es tuyo» (Poesía 86). María es la criatura que no se puede contar sino solamente contemplar, porque ha penetrado de manera única el misterio de Cristo; se puede invocar su ayuda, aprender de ella como cuidar el don, poniéndose en sus manos maternas: «Esta Madre de gracia va a formar mi alma, para que su hijita sea una imagen viva “expresiva” de su primer hijo, el Hijo del Eterno, Aquel que fue la perfecta alabanza de gloria de su Padre» (Últimos Ejercicios, 2).

En ella todo acontece en el interior y por eso es el modelo del discípulo que se deja alcanzar y transformar por la Palabra viva del Padre, permaneciendo dócil a la acción creadora del Espíritu; como discípula de su Hijo , nos enseña a adorar en silencio, a sufrir y a estar bajo la cruz, para contribuir a la obra de la redención; humilde, libre de sí misma, olvidada de sí, llena de caridad y dispuesta a correr en ayuda, siempre recogida «tan recogida dentro con el Verbo de Dios» (Últimos Ejercicios, 40). Isabel siente una profunda admiración por la Virgen Madre, siente estupor por su humilde grandeza, que ha hecho abrirse el cielo, ella que es vientre en el que los tres han hecho morada en su criatura (cfr. Poesía 79):

«Piensa lo que pasaría en el alma de la Virgen cuando, después de la Encarnación poseía en ella al Verbo encarnado, al Don de Dios… ¡En qué silencio, en qué recogimiento, en qué adoración más profunda debió sumergirse en el fondo de su alma para estrechar a aquel Dios de quien era Madre!» (Carta 183).

María es el testigo intrépido de un acontecimiento enorme; lo es por la fuerza de su silencio que la hace capaz de escuchar en profundidad, que consiente al Espíritu imprimir en ella al Hijo eterno: ella nos enseña cómo preparar «en nuestra alma una morada toda sosegada en la que cante siempre el cántico del amor, de la acción de gracias» (Carta 165); nos enseña cómo escuchar: «Oh, que viva yo a tu escucha/ siempre tranquila en la fe,/ adorándote en todo/ solo viviendo de ti» (Poesía 88). La pasión de escucharlo es gusto de la armonía, capacidad de sintonía con el alma de Cristo, consciente que El «tanto tiene que decirnos» (Carta 164). En efecto, como María también nosotros somos «Uno» con el Señor, que se entrega a nosotros y mora en nuestra alma. De aquí la exigencia del silencio, que es cosa difícil de alcanzar, «para escuchar siempre, para penetrar más en su Ser infinito, está identificada con Aquel a quien ama, le encuentra en todo, le ve irradiar a través de todas las cosas» (Carta 133). En la persona nace una alabanza sin fin, una adoración del don de Dios que aumenta la caridad y la pasión por dar a conocer a Cristo, al punto que «alabanza de la gloria» llega a ser la nueva identidad:

«Una alabanza de gloria es un alma que mora en Dios, que le ama con un amor puro y desinteresado, sin buscarse en la dulzura de este amor; que le ama por encima de sus dones, incluso cuando no hubiera recibido nada de Él […]. Es un alma de silencio que permanece como una lira bajo el toque misterioso del Espíritu Santo para que Él arranque de ella armonías divinas[…]. Es un un alma que mira fijamente a Dios en la fe y en la simplicidad. Es un reflector de todo lo que Él es. Es como un abismo sin fondo en el cual Él puede verterse y expansionarse[…]. Una alabanza de gloria es, en fin, un ser que siempre permanece en actitud de acción de gracias. Cada uno de sus actos, de sus movimientos, cada uno de sus pensamientos, de sus aspiraciones, al mismo tiempo que la arraigan más profundamente en el amor, son como un eco del Sanctus eterno» (El Cielo en la Fe, 43).

Conclusión

Isabel de la Trinidad es un don precioso para nosotros y para la Iglesia en esta época marcada por la crisis de identidad, depresión, indiferencia, codicia desenfrenada, deformación de la naturaleza y manipulación humana. Ella testimonia de un modo valiente, bello y con convicción, el realismo de las verdades en que creemos y nos ayuda a comprender que si no recuperamos la dimensión escatológica de nuestra fe, ésta pierde eficacia y se vuelve inútil, sin incentivo ni fuerza transformadora.

Sabemos cuál es su misión, qué está haciendo, en qué nos pide colaborar, con amor ardiente y agradecido a la Trinidad:

«En el cielo mi misión será la de atraer a las almas, ayudándolas a salir de sí mismas para unirse a Dios por un movimiento todo simple y amoroso, y conservarlas en ese gran silencio interior, que permite a Dios imprimirse en ellas, transformarlas en Sí mismo” (Carta 335).

Agradezcámosle las palabras escritas en su última carta, que, conociendo su corazón, están también dirigidas a nosotros:

«Querido hermanito, antes de ir al cielo, tu Isabel quiere decirte una vez más su afecto y su proyecto de asistirte, día a día, hasta que te juntes con ella en el cielo […]. Tendrás que sostener luchas, hermanito mío, encontrarás obstáculos en el camino de la vida, pero no te desanimes, llámame. Sí, llama a tu hermanita, así aumentarás la felicidad de su cielo. Ella será muy feliz ayudándote a triunfar, a permanecer digno de Dios […]. Cuando esté cerca de Dios recógete en la oración, y así nos volveremos a encontrar todavía mejor» (Carta 342).

[1] Las citas de los textos de Isabel son de la edición de Obras Completas, Editorial de Espiritualidad, Madrid 1986 (traducción al español por el P. Fortunato Antolín, O.C.D. de la edición crítica preparada por el P. Conrad de Meester, O.C.D.

La interioridad. Un viaje al centro de nuestro ser

SANTAMARÍA, T.

La interioridad.
Un viaje al centro de nuestro ser.

Bilbao, DDB, 2013, 184 pp.

La presentación de este libro arranca con el famoso cuento de la Ciudad de los pozos de J. Bucay. Este sencillo cuento es la puerta de entrada a esta reflexión sobre la interioridad.

El camino de la interioridad es un viaje al centro de nuestro ser. La interioridad es un proceso mistagógico. Así “el sujeto se descubre habitado interiormente por la esencia divina”. La propuesta que se ofrece en estas páginas es: “alumbrar una acción evangelizadora que conduzca al sujeto a la interioridad”.

Santamaría, licenciado en Teología y Psicología, nos habla en la introducción del contenido del libro.

En el primer capítulo se ofrecen los fundamentos teológicos: hacia una construcción unitaria de la realidad. En el punto de partida se nos advierte que el ser humano contemporáneo está llamado a vivir en un mundo roto, que ejerce sobre las personas una fuerza centrífuga que las aleja de su núcleo personal, de su interioridad.

El ser humano está orientado a vivir en armonía con toda la creación. Sin embargo, el pecado le lleva a una ruptura con Dios, consigo mismo y con los demás. Un drama que sigue repitiéndose por toda la historia de la humanidad.

En el segundo capítulo, “de la mano de las aportaciones del enfoque centrado en la persona y la psicología transpersonal, se profundiza en los dinamismos fundamentales”.

En el tercer capítulo se nos ofrece una propuesta mistagógica. Todos los itinerarios que se ofrezcan deben ayudar a la evangelización, a una experiencia de Dios y a un crecimiento personal en todo momento.”

“Es precisamente Dios, se afirma en la conclusión, quien hace posible este viaje de la persona a su plenificación”.

– Eusebio Gómez Navarra.