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El Papa a los vicarios episcopales y delegados para la Vida Consagrada: Profundizad en el valor de la reciprocidad, 28.10.2016

El Santo Padre ha recibido esta mañana en la  Sala Clementina a los participantes en el Congreso internacional  para los vicarios  episcopales  y los delegados para la Vida Consagrada en curso en la Universidad Pontificia Antonianum de Roma, del 28 al 30 de octubre manifestando, a través de ellos, su aprecio a todos los obispos por la atención que prestan a la vida consagrada. Después, propuso tres temas de reflexión a los vicarios y delegados, llamados a ayudar al obispo en todo lo que concierne esta materia: La vida consagrada en la Iglesia particular, la erección de nuevos institutos  y las relaciones mutuas entre los pastores y los consagrados.

“La vida consagrada es un don para la Iglesia, nace en la Iglesia, crece en la Iglesia, está totalmente orientada a la Iglesia” –dijo el Papa, hablando del primer tema y  citando la Carta apostólica escrita en 2014 a los consagrados y consagradas en ocasión del Año de la Vida Consagrada  Es un principio que no se puede olvidar ni por los pastores ni por  por los consagrados.  Efectivamente, la vida consagrada “expresa simbólicamente” y con una fuerza especial “la contribución de un don carismático al sacerdocio bautismal y al sacerdocio ministerial” y “como tal, se coloca en la dimensión carismática de la Iglesia” .Compete a los obispos recibirla  “con alegría y gratitud”,  demostrando hacia ella benevolencia, paternidad y amor atento, reiteró refiriéndose esta vez a la carta Iuvenescit Ecclesiae, publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe el pasado mes de mayo.

La vida consagrada es un “capital espiritual que contribuye al bien de todo el Cuerpo de Cristo, y no sólo de las familias religiosas –subrayó-Por eso, he pedido y pido  hoy a todos los pastores y a vosotros, vicarios y delegados para la Vida Consagrada que la recibáis con cordialidad y alegría como una realidad que “está  en el corazón de la Iglesia” y “como un elemento decisivo de su misión”, ya que “pertenece sin discusión a su vida y a su santidad». Animo así  a los pastores, y a vosotros con ellos, a mostrar una atención  especial a la promoción en vuestras Iglesias de los diferentes carismas, tanto antiguos como nuevos, a estar cerca de las personas consagradas, con ternura y amor, a enseñar al pueblo de Dios el valor de la vida consagrada”.

Francisco recordó a los consagrados  que “la autonomía y la exención no se pueden confundir con el aislamiento y la independencia. Hoy más que nunca es necesario  vivir la adecuada autonomía y la exención, en los institutos que la tengan, en estrecha relación con la inserción, para que la libertad carismática  y la catolicidad de la vida consagrada se expresen también en el contexto de la Iglesia  particular. Esta no respondería plenamente a lo que Jesús quiso para su Iglesia, si careciese de la vida consagrada, que es parte de su estructura esencial, de la misma manera que el laicado y el ministerio ordenado. Por ese motivo, a la luz del Concilio  Vaticano II, hoy hablamos de co-esencialidad de los dones jerárquicos y carismáticos que manan del único Espíritu de Dios y alimentan la vida de la Iglesia y su acción misionera. Todos estos dones están destinados a contribuir, de diferentes maneras, a la edificación de la Iglesia, en relación armoniosa y complementaria entre sí. Los pastores están llamados a respetar, sin manipular, “la multidimensionalidad que constituye la Iglesia, y a través de la cual la Iglesia se manifiesta”. Las personas consagradas, por su parte, recuerden que  no son “un patrimonio cerrado”, sino “una faceta integrada en el cuerpo de la Iglesia, atraída hacia el centro, que es Cristo”.

El segundo tema de reflexión fue la erección de nuevos institutos de vida consagrada  y aquí, el Pontífice señaló que tanto antes como después del Concilio Vaticano II habían surgido y “seguirán surgiendo varios institutos de vida consagrada. El Espíritu no cesa de soplar donde quiere. Si la responsabilidad del obispo diocesano es discernir y reconocer la autenticidad de los dones carismáticos y erigir en la diócesis institutos de vida consagrada, esto no puede hacerse –señaló-  sin un discernimiento sereno y apropiado que, además de los criterios indicados en el número 18 de la carta apostólica Iuvenescit Ecclesia , tenga  en cuenta la originalidad del carisma, su dimensión profética, su inserción en la vida de la Iglesia particular, la comunión afectiva y efectiva con ésta y con la Iglesia universal, el compromiso con la evangelización, también en su dimensión social. También debe comprobar que el fundador o  la fundadora  hayan demostrado madurez eclesial, con una vida que no contradiga la acción del Espíritu Santo,  suscitador de los carismas, y que dichos carismas se  armonicen adecuadamente en la comunión eclesial. Por último, recuerdo la obligación de consultar siempre previamente  a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, como dispuse recientemente, a propósito de una aclaración sobre el canon 579”.

“A la hora de erigir  un nuevo instituto advirtió no podemos  pensar solamente en su utilidad para la Iglesia particular. Los obispos, sus vicarios y delegados, así como la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, no pueden ser simplistas en el ejercicio de esta grave responsabilidad. Los pastores deben considerar que  al erigir un nuevo instituto están, indudablemente,  ejerciendo un derecho  propio, pero al mismo tiempo,  asumen una responsabilidad en nombre  de la Iglesia universal  ya que  dicho instituto está destinado a crecer y salir de los confines de la diócesis en que nació. Y también hay que considerar con prudencia el deber de proporcionar una formación adecuada a los candidatos. Dado que se trata de una decisión delicada, es bueno que los obispos se dejen  ayudar por aquellos que tienen  experiencia de la vida consagrada, y entre ellos podéis estar vosotros, queridos hermanos”.

El tercer punto abordado por el Papa fue el de las relaciones mutuas entre los pastores y los consagrados, en el que los vicarios y delegados episcopales desempeñan un papel importante.“Sé que este tema será estudiado durante este Congreso- pero en el Sínodo del 94 se pidió la revisión de la Instrucción Mutuae relationes: llevamos algo de retraso- observó-  En la actualidad es objeto de un estudio específico de la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica y de la Congregación para los Obispos,  a las cuales pedí la revisión del documento Mutuae relationes.

“Además de la actualización de las normas que deben regir las relaciones mutuas entre los obispos y todas las formas de vida consagrada, masculina y femenina, se trata de profundizar en el valor de la reciprocidad, que compromete a los pastores y  a los consagrados. No hay relaciones mutuas allí donde algunos mandan y otros se someten, por miedo o por conveniencia. Hay relaciones mutuas, en cambio,  donde se cultiva el diálogo, la escucha respetuosa, la hospitalidad recíproca, el encuentro  y el conocimiento, la búsqueda común de la verdad, el deseo de cooperación fraterna por el bien de la Iglesia, que es “casa de comunión” . Todo esto es responsabilidad, tanto de los pastores como de los consagrados. Todos estamos llamados, en este sentido, a ser “pontífices” constructores de puentes. Nuestro tiempo requiere comunión en el respeto de la diversidad. No tenemos miedo de la diversidad que viene del Espíritu”.

Por último, el Santo Padre pidió a todos  una atención especial a las hermanas contemplativas. “Como afirmé en la reciente constitución apostólica Vultum Dei quaerere, esta forma de sequela Christi, arraigada “en el silencio del claustro”, representa en la Iglesia y para la Iglesia, ” el corazón orante, guardián de gratuidad y de rica fecundidad apostólica ” que genera ” preciosos frutos de gracia y misericordia “y”multiforme santidad” –dijo citando ese documento-  La Iglesia,  también la Iglesia particular, necesita “faros que indiquen la ruta para llegar al puerto” , ” antorchas que acompañan el camino de los hombres y de las mujeres en la noche oscura del tiempo”, de estos «centinelas de la aurora  que anuncian la salida del sol”.  E invitó a los presentes a acompañarlas “con amor fraternal, tratándolas  siempre como mujeres adultas, respetando sus competencias, sin interferencia indebidas. Acompañadlas prestándoles  ayuda en todo lo que se refiere a los elementos esenciales de su vida, tal como se presentan en la mencionada Constitución Apostólica, y teniendo en cuenta la Instrucción que emanará  la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de vida Apostólica. Centrar toda la atención solamente en un elemento, por importante que sea, como es el caso de la clausura o de la autonomía,  podría llevar a un desequilibrio vital  que tendría consecuencias tristes para la vida de estas hermanas”.

“Queridos hermanos terminó amad la vida consagrada y con este fin asegúraos de conocerla en profundidad. Construid relaciones mutuas a partir de la eclesiología de comunión, del principio de co-esencialidad, de la justa autonomía que compite a los consagrados. Saludad de mi parte a vuestros obispos y a todos los consagrados de vuestras diócesis. Os aseguro mi oración, y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Gracias, y ¡buen congreso!”

Carta a la Orden del Prepósito General con motivo de la canonización de la beata Isabel de la Trinidad

CARTA A LA ORDEN DEL PREPÓSITO GENERAL CON MOTIVO DE LA CANONIZACIÓN DE LA BEATA ISABEL DE LA TRINIDAD

Estimados hermanos y hermanas en el Carmelo,

A un año de distancia de la canonización de los esposos Martin, nos disponemos a celebrar otro acontecimiento de gracia que nos llena de alegría. A 110 años de su muerte, el 16 de octubre, nuestra hermana Isabel Catez será inscrita en el canon de los santos de la Iglesia, entrando así a formar parte en pleno de la grande y gloriosa familia de los santos del Carmelo.

Los motivos para dar gracias al Señor y reflexionar sobre la importancia que este evento puede tener en el camino que nuestra Orden está haciendo, son múltiples. La rica y estimulante enseñanza que el Papa Francisco presenta con sus palabras y con sus iniciativas –pienso en la encíclica Laudato si’ y en el año Jubilar de la Misericordia– nos puede ayudar a comprender algunos aspectos de actualidad del testimonio y de la enseñanza espiritual de esta ilustre hermana nuestra, tan querida y apreciada en los círculos espirituales, aunque poco conocida por la mayoría de los fieles. Sin embargo, su vida de joven vivaz, sensible, encantadora, llena de talentos, generosamente empeñada en la vida eclesial, vinculada a la familia, emocionalmente exuberante y capaz para la amistad, amante de la belleza y en todo conquistada y polarizada por el misterio de la Trinidad que Jesucristo nos ha comunicado, ¡debería hacerla interesante!

Isabel nos puede ayudar a aprovechar la fuente abundante y siempre fresca de la Trinidad, que da vitalidad, sentido, perseverancia gozosa a nuestra consagración y misión. Ella ofrece a todos un ejemplo inspirador de cómo la inmersión en el misterio de la vida divina permite realizarse en plenitud.

En esta carta quiero proponer algunas claves de relectura de los escritos de Isabel[1]1 con el fin de comprender su actualidad, teniendo en cuenta algunos fenómenos contradictorios de los tiempos en que vivimos: la fragmentación del yo, cada vez menos capaz de ser identificado en las buenas relaciones a causa de su confusión y desconfianza; el ansia de hacernos presentes para sentirnos vivos, a través de una visibilidad mediática, que por otra parte no consigue hacernos presentes a nosotros mismos; la búsqueda frenética y ruidosa de actividades con que llenar el tiempo, que nos ocupan y agitan, y nos impiden escuchar, sentir y reflexionar en profundidad; el uso de la belleza y un disfrute selectivo de la realidad con fines consumísticos, que rechaza la gratuidad impidiendo acoger la belleza inherente a las cosas, desfigurando la naturaleza; el sentimiento generalizado de estar al borde de un abismo, a merced de fuerzas desconocidas e incontrolables, que hace inútil toda búsqueda del bien, en un mundo cada vez más marcado por la violencia, la miseria y la inseguridad, sin la posibilidad de un oasis de paz; el sufrimiento y la muerte vividas como desgracia, enfatizados o banalmente ignorados por nuestra cultura, que no consigue reconocer su valor.

¿Cómo unificar nuestras vidas?

Un hilo conductor une la experiencia de la pequeña Isabel con el momento de su muerte, aun joven pero ya madura: la intuición de que lo único importante es «vivir por amor». El Dios que es capaz de ganar su temperamento fogoso y colérico y cautivar su corazón sensible y sediento de belleza, lo encuentra en Jesús crucificado por amor (cfr. Carta 133). En Él ve y toca un amor apasionado y apasionante, que la conquista y la convence, en una edad temprana, para hacerse toda suya. Es el encuentro que tiene lugar el día más importante de su vida, el día de su primera comunión,

«aquel día que de Jesús fue morada el alma mía / y de Dios posesión mi corazón. / De tal modo que a partir de aquella hora / después de ese coloquio misterioso, / de aquella conversación divina, deliciosa / solo aspiraba a darle yo mi vida / a devolverle algo de su gran amor / al Amado de la Eucaristía / que moraba en mi débil corazón / llenándolo de todos sus tesoros» (Poesía 47).

Las dificultades que debe afrontar en su proceso de maduración –como la pugna entre el deseo de entrar en el Carmelo y la oposición de su querida madre; el querer permanecer en la intimidad con Jesús y el tener que asistir a bailes donde los jóvenes fascinados por su belleza la pretendían; el sentirse llamada a la soledad, que requiere desprendimiento y separación, y el estar envuelta en tantas actividades artísticas y sociales; el dar a Dios todo su corazón y al mismo tiempo estar disponible y cercana a sus amigas– encuentran su solución en la atracción que ejerce sobre ella, «el sobreabundante amor» de Cristo, que brilla desde la cruz, el madero capaz «de encender el fuego del amor» (Carta 138).

Entre los textos preferidos de Isabel está el incipit del himno de la Carta a los Efesios, donde San Pablo anuncia el destino glorioso del hombre diciendo que hemos sido pensados, bendecidos y predestinados desde la eternidad «para ser santos e inmaculados ante él por el amor» (Ef 1,4). Por eso «un alma que discute con su yo, que se ocupa de sus sensibilidades, que va detrás de un pensamiento inútil, de un deseo cualquiera, esta alma dispersa sus fuerzas», porque «no está toda ordenada a Dios» (Últimos Ejercicios, 3). Todo lo que no se hace por Dios es nada (cfr. Carta 340), vacía en lugar de llenar, disgrega en lugar de unir. No es la tarea lo que disgrega, sino el no creer «que un Dios, que se llama Amor, habita en nosotros» (Carta 330), el no estar unidos al Ser que nos ama, al Padre que en Cristo nos espera en su casa y con su Espíritu nos sostiene en nuestro camino.

El gran acto de fe –nos recuerda Isabel haciéndose eco del Evangelista Juan– es creer en este inmenso amor que Dios nos tiene (cfr. El Cielo en la Fe, 20). La unificación de la persona se da, por lo tanto, a través del poder del acto de fe y repercute en la sensibilidad. De modo que, para crecer en armonía, sanar las heridas de la vida y madurar como personas, no hay que tener como objetivo el cuidado de nosotros mismos, o la superación de nuestra propia debilidad, sino más bien, salir de nosotros mismos, abandonar el propio yo (cfr. Últimos Ejercicios, 26) en un provechoso intercambio con el yo de Cristo, que «quiere consumir nuestra vida para cambiarla en la suya, la nuestra llena de vicios, la suya llena de gracia y de gloria, toda preparada para nosotros con tal que nos renunciemos» (El Cielo en la Fe, 18).

El secreto está, entonces, en reconocer cuánto somos amados, fijando los ojos en el Maestro que ha venido a encender el fuego del amor y quiere verlo arder en sus discípulos para derramarlo de forma visible en todo el mundo. El amor divino es tan excesivo y sin medida, que arrastra al alma que se lo permite, haciéndola constante, ya no sujeta a las sacudidas imprevisibles e inevitables de la vida, «porque ve al Invisible» y por lo tanto «no se detiene en consuelos o sentimientos»; sucede incluso que «cuanto más probada es, más crece su fe, porque ella pasa por encima de todos los obstáculos para ir a reposarse en el seno del Amor infinito, que no puede hacer sino obras de amor» (El Cielo en la Fe, 20 ). Después de todo, ésta es la experiencia humana del Hijo enviado por el Padre a la tierra y acogida por la humilde Madre, éste es el anhelo inscrito en el ser de cada hombre, ésta es la gracia del bautismo, que por eso supone un nuevo nacimiento, una iluminación permanente para quien hace memoria, el comienzo de la vida eterna (cfr. El Cielo en la Fe, 2).

La inmadurez, para ella, radica en la indecisión respecto a la unión con Dios, en el permanecer centrado en sí mismo y no elegir el amor. La acción con la cual Dios nos transforma y unifica es un fenómeno casi físico, una consumación del amor propio, del miedo al sufrimiento, de los vicios, de la aversión a Dios, que nos pide ceder nuestra voluntad para enraizarnos en el amor, «doble corriente entre El que es y la que no es» (Carta 131).

La miseria, lugar bendecido de la misericordia

Si queremos llegar a ser –con nuestra consagración y nuestro trabajo– signo eficaz de la acción del Padre «estamos llamados a fijar nuestros ojos en su Misericordia» (Misericordiae vultus, 3). A menudo, de hecho, ya sea de forma explícita o implícita, una pregunta se instala en nuestra mente y nos esteriliza deteniendo iniciativas y arrebatando el entusiasmo: ¿qué hago con mi debilidad? Sería mucho mejor si no existiera, tal vez sería más fuerte; si fuera invulnerable, cuántos problemas menos… ¡Y el ideal se vuelve inalcanzable! De este modo la mesa de la desesperación y de la frustración está servida ante nosotros.

Isabel razona de manera completamente distinta, como también el Papa Francisco cuando, contemplando el misterio de la pasión de Jesús, dice que la fuerza de la ternura es conocida solamente cuando nos decidimos a entrar en contacto con la existencia concreta de los demás, sin mantenernos a distancia del drama humano, tocando nuestra carne sufriente y la de los demás (cfr. Evangelii gaudium, 269-270). Hablando con su hermana Guita, nuestra santa le sugiere que elimine la palabra desánimo de su vocabulario: cuanto más se siente la debilidad y más escondido parece el Señor, más tenemos que alegrarnos, recordando que «el abismo de tu miseria, Guitita, atrae el abismo de su misericordia» (Carta 298). La vida interior es un abismo porque en ella está el Dios que nos ama de manera inmutable, es un abismo de amor que poseemos (cfr. Carta 292).

Si utilizamos la luz de la fe encontramos la confianza y el amor, que nos permiten bajar a nuestras profundidades, en lugar de quedarnos quietos en la superficie revuelta del mar de la vida. Así experimentamos el abismo que es Dios, íntimamente ligado a nuestro ser, y al llegar al fondo, «es ahí en lo más profundo donde se efectuará este encuentro divino, donde el abismo de nuestra nada, de nuestra miseria, se encontrará cara a cara con el Abismo de la misericordia, de la inmensidad del todo de Dios» (El Cielo en la Fe, 4).

Sólo reconociendo esta verdad, que es el corazón del mensaje evangélico, es posible reconocer a

«Dios bajo el velo de la humanidad» (Últimos Ejercicios, 4) y escuchar la palabra en el presente. Si queremos encontrar la paz, debemos inclinarnos y lanzarnos «en el abismo de nuestra nada»: de ahí nacerá la adoración, «el éxtasis del amor» (Últimos Ejercicios, 21). De ahí surge la confianza: el miedo de nuestra debilidad desaparece, porque «el Fuerte está en mí y su poder lo puede todo; obra, dice el apóstol, más allá de lo que podemos esperar» (Carta 333).

¿Cuánta esperanza, por lo tanto, es posible si es cierto que «el alma más débil, incluso la más culpable es aquella que tiene más razones para esperar», ya que «posee en el centro de sí misma un Salvador que quiere purificarla a cada minuto» (Carta 249), ya que «su misión es perdonar» (Carta 145). Tenemos que ver nuestra nada, nuestra miseria e impotencia, en silencio reconociendo serenamente que no somos capaces de progreso ni de perseverancia, y presentarlas ante la misericordia del Maestro (cfr. El Cielo en la Fe, 12). De esta manera podemos encontrar la libertad y la paz que son la expresión de la reconciliación consigo mismo en Cristo –«Él está en mí, yo soy su santuario / ¡Oh! ¿No es esta la Visión de paz?» (Poesía 88)– deseando que Él crezca en nosotros, y por medio de este crecimiento, pueda ser conocido por los hombres. Por lo tanto, la santidad está a nuestro alcance, ya que se encuentra en un movimiento de abajamiento, no de elevación:

«Tiene necesidad el Todopoderoso / de bajar, para difundir su amor. / Busca un corazón que le comprenda/ y en él quiere su mansión fijar./ […] Mírame, mejor comprenderás / el don de sí, el anonadamiento. / Para engrandecerme debes siempre bajar, / sea tu reposo el rebajarte. / El encuentro siempre se hace ahí.» (Poesía 91).

La Eucaristía es la totalidad de la Trinidad que nos invade

El misterio de la Santísima Trinidad es el abismo en el cual Isabel perdiéndose a sí misma se encuentra (cfr. Carta 62). Es «una inmensidad de amor que nos desborda por todas partes» (Carta 199), que impregna y anima cada fibra del ser; que desemboca en el alma en la medida en que la persona alcanza con la fe la gracia bautismal y se conforma progresivamente a Cristo. El horizonte de la realidad se dilata siempre más (cfr. Carta 89) y todo se ilumina, porque Cristo la introduce en la profundidad del alma, «en aquellos abismos donde no se vive sino de Él» (Carta 125), haciéndola participar de su mirada, de sus sentimientos, de su corazón: «Él fascina, Él arrebata. Bajo su mirada el horizonte se hace tan bello, tan vasto, tan luminoso…» (Carta 128). La Trinidad no es una verdad abstracta y complicada, sino la vida de Los Tres –así los llama – que en su gozosa comunión crean el mundo y la humanidad haciéndolos participar del esplendor del Amor, de la Luz y de la Vida. Dios es el Padre, su Hijo y su Espíritu: «nuestra morada, nuestra casa, la casa paterna de donde no debemos salir jamás» (El Cielo en la Fe, 2)

En la lógica de la fe, raíces y consecuencias existenciales del ser cristiano están estrictamente vinculadas: vivir en la fe, conocer el amor de Cristo crucificado por nosotros, habitar en una luz que hace hermosos aun los momentos más dolorosos de la vida, ser transformados por el Espíritu como le sucedió a María, vivir habitados por la Trinidad, encontrar la paz del cielo sobre la tierra, para Isabel son sinónimos.

La Eucaristía es la clave de esta visión luminosa y profética de la vida. En la experiencia de Isabel, desde el día de su primera comunión, la comunión sacramental con Jesús y la adoración prolongada de su darse continuamente a nosotros, que se hace visible en la Hostia consagrada, será la fuente experimental, la puerta de comunicación, el lugar de confluencia de todas las iluminaciones y gracias que recibirá en su breve e intensa vida. Entrando en la capilla, mientras que el Santísimo Sacramento está expuesto, le «parece que es el cielo el que se abre, y es así en realidad, porque Aquel a quien adoro en la fe es el mismo que los bienaventurados ven cara a cara» (Carta 137). «Nada refleja mejor el amor del Corazón de Dios que la Eucaristía. Es la unión, la comunión, es Él en nosotros, nosotros en Él. Y ¿No es esto el cielo en la tierra? El cielo en la fe, esperando la visión cara a cara tan deseada.» En la espera de este encuentro «todo desaparece y parece que ya se penetra en el misterio de Dios» (Carta 165). En la Eucaristía, la realidad del cielo se hace presente, comunicada y personalizada por el Espíritu a cada alma, porque el cielo es «el que el Espíritu Santo crea en ti» (Carta 239). La Eucaristía es un hecho tan vital, que Isabel se empeñó en conseguir el objetivo de ser digna de recibir la comunión eucarística diaria (en un tiempo en el que no era una práctica habitual): «Entonces, Dios mío, estaré en el colmo de mis deseos: recibiros cada día, y además vivir unida a Vos de una comunión a otra, en vuestra intimidad ¡Ah!, es el paraíso en la tierra!» (Diario, 150). Como San Francisco, Isabel, considera la Eucaristía en estrecha relación con la Navidad, de la cual emana la espléndida luz que hace visible a nuestros ojos el desconcertante misterio de la Encarnación, el comienzo del cumplimiento de la salvación y la glorificación de la humanidad por la efusión del amor y de la unión íntima con Dios, que por la fe se realiza en el corazón humano (cfr. Poemas 75.86.88.91).

En esta íntima transfusión de amor la experiencia humana cambia radicalmente. ¿Qué podemos descubrir y «tocar con la mano» –de nosotros, de Dios, de los demás, de la realidad– comunicando con plena confianza en el misterio de la fe?

En realidad, somos una humanidad Si pensamos por un momento al peso cada vez mayor que tiene –en nuestras relaciones, en la formación de la opinión pública, en el crecimiento de los jóvenes– la visibilidad de su propia imagen y el hacerse «disponible» a través las situaciones de la vida cotidiana que manifiestan nuestro deseo de querer ser reconocidos «por los demás», nos damos cuenta de lo diferente que es el discurso de Isabel y su experiencia personal. Para ella no hay otra posibilidad de ser verdaderamente ella misma y hacerse presente al otro, de una manera real y no efímera, que colocándose en la profundidad donde se encuentra nuestra imagen humana en la persona divina de la imagen de Cristo-imagen visible del Padre.

Cuando el hombre no se reconoce o no es reconocido como un espacio de comunicación personal, no representa nada –y por lo tanto no tiene ningún valor–. En cambio, abriéndose a la luz resplandeciente de la fe, la persona «descubre a su Dios presente, viviendo en ella; a su vez, ella permanece presente en Él, en la bella simplicidad, que Él la guarda con un cuidado celoso» (Últimos Ejercicios, 5). Todo se vuelve precioso si descubrimos esta intimidad invisible y tratamos de conectar nuestra experiencia humana a ella, centrando la mirada en los misterios de su vida, tratando de percibir sus sentimientos, conforme surgen a partir de los Evangelios, para hacerlos propios: «Me parece que convendría estar muy cerca del divino Maestro, comunicar mucho con su alma, identificarse con todos sus movimientos y entregarse como Él a la voluntad del Padre» (Carta 158). El valor de nuestras acciones se dispararía a las estrellas llegando a ser por empatía interior «sacramento de Cristo»; a través cada expresión de nuestra existencia –alegre o triste, de fortaleza o debilidad– podría «darse nuestro Dios Santísimo, el Dios crucificado todo Amor». Esto implica «dejarse transformar en una misma imagen con Él» por medio de

«la fe, que contempla y ora sin cesar. La voluntad al fin cautiva y que no se separa más. El corazón

verdadero, puro y exultante bajo la bendición del Maestro» (Notas Íntimas 14). Esta mística paulino- carmelitana supera el intento vano de encontrarse a sí mismos en el reconocimiento de los demás, a los que presentamos nuestra apariencia exterior y nuestras capacidades; nos encontramos y encontramos al otro buscando al Otro, mirándonos conscientes de que somos –todos– a imagen de Cristo:

«Que yo sea para Él una humanidad complementaria en la que renueve todo su Misterio. Y Tú, ¡oh Padre Eterno!, inclínate sobre esta pequeña criatura tuya, “cúbrela con tu sombra”, (cfr. Mt 17, 5) y no veas en ella sino al “Amado en quien has puesto todas tus complacencias” (cfr ivi)» (Notas Íntimas 15).

Llegar a ser personas de comunión, que la irradian. Cada persona lleva consigo a las personas que la han marcado en su vida: las personas que la han generado, las que han contribuido a su formación y las que han estado a su lado en los momentos cruciales de la Encontrándonos, encontramos y comunicamos también algo de las personas que llevamos en nuestro ser.

El sublime misterio de la «nueva encarnación», que se realiza en el alma dejándose amar por el Crucificado hasta el fondo de la propia miseria, amándolo de nuestra parte en gratitud «hasta el agotamiento», es el «no soy yo, es Él que vive en mí» (Poesía 75), que permite al amor encarnado en Cristo irradiarse (cfr. Notas íntimas 15). La comunión, que todos los hombres de buena voluntad buscan construir y que en nuestra época está cada vez más dañada y dolida, se puede realizar solamente en la medida en que se realizará la voluntad divina de «restaurar todas las cosas en Cristo». El camino está marcado e Isabel lo describe así: «Contemplemos, pues, esta imagen adorada, permanezcamos sin cesar bajo su irradiación, para que ella se imprima en nosotras; después vayamos a todas las cosas con la actitud de alma con que iba nuestro Maestro santo» (El Cielo en la Fe, 27).

Amor a Cristo, a la Iglesia y a los hombres van a la par y se sostienen mutuamente. Ensimismarse con Cristo para tener «el alma llena de su alma, de su oración; todo el ser cautivado y entregado» y

«entrar en todas sus alegrías, compartir todos sus dolores», nos hace «ser fecundos, corredentores, dar a

luz almas a la gracia, multiplicar los hijos adoptivos del Padre, los rescatados por Cristo, los coherederos de su gloria» (Notas Íntimas 13). Dar gloria a Dios es hacer visible a Cristo –su vida– en nuestra existencia. Aquí se revela que la inconstancia y la flojera en la oración son proporcionales a la inconsciencia en la vocación que es nuestra identidad: «comulgaré por usted a Aquel que es Fuego consumidor para que Él la transforme cada vez más en Él mismo, para que usted pueda darle toda gloria» (Carta 328). En efecto el alma, en contacto con el Espíritu Santo, «se convertirá en una llama de amor, que se reparte en todos los miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia» (Carta 250). Solamente así,

«con nuestra generosidad/ a la Iglesia podremos ayudar/ y se verá que reina ya el Amor/ anticipo de la Morada celestial» (Poesía 94); «vivir de amor o vivir de su vida/ en sus apóstoles nos convertirá./ Muy grande es el poder de un alma así inundada/ De que lo obtiene todo, estoy muy convencida» (Poesía 77).

Vivir el sufrimiento como bendición. Es verdad que no hemos sido creados para sufrir sino para gozar, no para morir sino para vivir, y habría que añadir: no para poseernos egoístamente sino para entregarnos En el fondo del miedo y del rechazo al sufrimiento se puede encontrar una cerrazón, una soledad profunda, el ídolo de la belleza física y de la eficiencia, el orgullo, en última instancia la falta de una experiencia abisal –para decirlo con Isabel– del amor divino-humano. Isabel lo ha vivido, se ha sumergido y se ha dejado arrollar, pidiéndolo con insistencia para sí misma y para las personas queridas en sus coloquios íntimos con los Tres.

Hay palabras que –de solo oírlas nombrar– nos evocan sentimientos de tristeza, nos hacen sospechar y no nos gustan, como víctima, sacrificio, inmolación, negación, olvido de sí, sin embargo son los únicos que delinean en la Escritura y en la experiencia espiritual, la necesidad de la Pascua y la verdad del amor para alguien. Isabel lo entendía bien y por eso decía: «Pidámosle que nos haga veraces en nuestro amor, es decir, hacer de nosotros víctimas de sacrificio, porque me parece que el sacrificio no es más que el amor puesto en obra» (Carta 250). Por eso, es fuente de felicidad pensar «que el Padre me ha predestinado para ser conforme a la imagen de su Hijo crucificado» (Carta 324).

La Eucaristía es sacramento de comunión, banquete del cielo, banquete festivo porque alguien se ha inmolado, sacrificado, dejado aniquilar por nosotros. Podemos percibir entonces la centralidad teológico-espiritual de expresiones como la siguiente y la belleza de la perspectiva eucarística que abre:

«Una hostia buscas, Maestro adorado/ y quieres en tu caridad/ perpetuar tu vida para siempre/ encarnándote entre la humanidad,/ deseas que siempre suba al Padre/ el sacrificio y la adoración» (Poesía 91).

La paz y el descanso no nacen de la ausencia de problemas y sufrimientos, sino cuando se «sabe apreciar la felicidad del sufrimiento y verlo como la revelación del “gran amor” (Ef 2,4) del que habla San Pablo» (Carta 323 bis); si el «dolor es la revelación del amor» se hace precioso y bendito y puede llegar a ser «mi residencia amada, allí donde encuentro la paz y el descanso; es allí donde estoy segura de encontrar a mi Maestro y de permanecer con él» (Carta 323). Por esto un cristiano no debería tener otro ideal que el de «ser transformado en Jesús crucificado» (Carta 324): descubriendo que Cristo está vivo en el dolor, recibiría fuerza en las circunstancias dolorosas y frustrantes de la vida. Por tanto, a la luz de la eternidad, sacrificios, luchas, miserias son motivo de alegría, no de tristeza (cfr. El Cielo en la Fe, 30); el secreto es aprender a refugiarse siempre «en la oración de su Maestro […], desde la cruz Él te veía, rogaba por ti y esa oración permanece eternamente viva y presente delante de su Padre. Es ella la que te salvará de tus miserias» (Carta 324).

El sufrimiento, es «prueba» de la falta de amor, y se convierte en «eco» del amor divino que empuja para entrar en el corazón e irradiar a la humanidad. En la enfermedad más dolorosa se puede llegar a ser signos de esperanza para quien está a nuestro lado y para quien sufre sin esperanza, si la vivimos como el misterio de Cristo muerto y resucitado que celebra con su discípulo su Misa (cfr. Carta 309).

El tiempo está rescatado. La luz de la eternidad ofrece la perspectiva justa sobre la realidad porque, dando a la vida el sentido de un origen y de un fin buenos, la coloca dentro de un proceso en el que los acontecimientos individuales se relativizan y son rescatados de una absolutización que los haría explotar, sobrecargándolos de Al mismo tiempo, la plenitud del ser personal se va preparando a través de todas las opciones que hacemos, las acciones que realizamos, las palabras que pronunciamos: «¡Qué cosa tan seria es la vida!, cada minuto se nos ha dado para «enraizarnos más en Dios» (Carta 333) y llegar a parecernos en la vida al modelo divino en una unión siempre más íntima con Él.

La Trinidad «desea tenernos consigo, no solo durante la eternidad, sino ya en el tiempo, que es la eternidad comenzada aunque siempre en constante progreso» (El Cielo en la Fe, 1) ¿Qué hacer para que este proceso se actúe en nosotros? El secreto está en «olvidarse, abandonarse, no buscarse a sí mismo, mirar al Maestro, solamente a Él, recibir igualmente como venidos directamente de su amor, la alegría y el dolor » (Carta 333).

En esta dimensión contemplativa es posible leer los acontecimientos, de lo más pequeño a lo más grande, como expresión de la voluntad del Padre –como lo hizo Cristo– de manera que para el que cree

«cada acontecimiento y suceso, cada sufrimiento y cada alegría son un sacramento» (El Cielo en la Fe, 10). En todo es posible comunicarse con él, la realidad se hace significativa, los sucesos se interrelacionan y los puntos se tocan dejando ver una trama hermosa, sensata, conveniente para el propio crecimiento humano. Si el Verbo eterno entró en la realidad y se unió en cierto modo a cada hombre, entonces «a través de todo puedo contemplarle,/ desde la tierra, a la luz de la fe/ […] unirme a Él, tocarle por la fe» (Poesía 91).

Isabel lo había aprendido en la larga espera antes de entrar al monasterio, que favoreció una interiorización del lugar de la contemplación y de la unión con Dios, al punto de vivirlo en medio de circunstancias mundanas, concentrándose en lo esencial de la vocación y del testimonio cristiano: la realidad de la fe, la concreción de la voluntad divina, la presencia de Dios en medio de las circunstancias cotidianas.

No es posible experimentar que «no hay suficiente tiempo», es decir experimentar que lo que hacemos nos quita vida, porque no se le encuentra sentido o porque representa una huida de nosotros mismos. La fe, si no la domesticamos, nos mantiene despiertos, atentos a coger la gracia de Dios que nos suceden todos los días, recogidos «a la luz de su palabra creadora, en aquella fe “en el gran amor con que nos amó” (Ef 2,4) que permite a Dios colmar el alma “según su plenitud (Ef 3,19)”» (El Cielo en la Fe, 34).

Vivir «desde el interior», agradecidos y conectados con la vida verdadera. La santidad es vivir

«en contacto con Él en el fondo del abismo sin fondo, desde el interior» (El Cielo en la Fe, 32). «Desde el interior» es la expresión que resume el carisma y la misión eterna de Isabel de la Trinidad: vivir la relación con Dios, el misterio de la Iglesia, las relaciones de amistad, las actividades, las tribulaciones de la existencia, los acontecimientos de la propia época, conciente y tenazmente dentro de la estrecha unión con el Verbo encarnado, crucificado y resucitado, que se está donando constantemente a cada criatura. Al sumergirse en el Misterio de la fe corresponde el pasar del propio yo a la ladera del Yo divino con la consecuente dilatación del horizonte vital y de la mirada; consolidarse en la fe es la única cosa necesaria en nuestra vida, porque nos permite «actuar bajo la gran luz de Dios, jamás según las impresiones y la imaginación» (La Grandeza de Nuestra Vocación, 11). Es la experiencia del cielo sobre la tierra, del realismo de la vida divina en la comunión de los santos, de las realizaciones sensibles –ya aquí aunque todavía no en plenitud– de las palabras de verdad y de vida que la revelación nos entrega como nuestra luminosa herencia de hijos de Dios.

Pidiendo estar enteramente presente en la Trinidad adorada, despierta en la fe y abandonada a su acción creadora, Isabel desea que «cada minuto me haga penetrar más en la profundidad de tu Misterio» (Notas Íntimas 15); vivir «desde dentro» significa apoyar totalmente el propio ser en la Trinidad «Dios todo amor»: esta intimidad «ha sido el bello sol que ha iluminado mi vida, haciendo de ella ya como un cielo anticipado. Es lo que me sostiene hoy en el dolor» (Carta 333). Si permitimos a la infinita belleza imprimirse en nosotros es posible, aún en un mundo donde «todo está manchado», ser personas

«hermosas con su hermosura, luminosa con su luz» (Carta 331), que crecen en la gratitud y están siempre en la alegría de los hijos de Dios (cfr. La Grandeza de Nuestra Vocación, 12), capaces de recoger un reflejo de su belleza y de su amor en la naturaleza y en las personas.

Una sana relación con las creaturas exige «reconocer los propios errores, pecados, vicios o negligencias, y arrepentirse de corazón, cambiar desde dentro» (Laudato si’, 218), reconociendo agradecidos que el mundo es un don recibido de las manos del Padre. Este reconocimiento empuja a actuar en la gratuidad y respeto, sin abusar de ninguna realidad, conscientes de que todos los seres componen una estupenda comunión universal. El mundo «no se contempla desde fuera sino desde dentro, reconociendo los lazos con los cuales el Padre nos ha unido a todos los seres» (ivi, 220), ciertos de que «Cristo ha asumido en sí este mundo material y ahora, resucitado, permanece en lo íntimo de cada ser, circundándolo con su afecto y penetrándolo con su luz» (ivi, 221). Gracias a los sacramentos –en particular en la Eucaristía– en los cuales la naturaleza es asumida en Dios y transformada en mediación, «estamos invitados a abrazar el mundo en un nivel distinto» (ivi, 235) de aquel del provecho y de la explotación. Es extraordinaria la sintonía entre el Papa Francisco, que mira y pone las bases de una ecología integral, e Isabel:

«El Señor, en el culmen del misterio de la Encarnación, quiso alcanzar nuestra intimidad a través de un fragmento de materia. No desde arriba, sino desde adentro, para que en nuestro mismo mundo pudiéramos encontrarlo a Él. En la Eucaristía ya está realizada la plenitud, y es el centro vital del universo, El Señor, el foco desbordante de amor y de vida inagotable. […] La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. El mundo que salió de las manos de Dios vuelve a él en feliz y plena adoración” (ivi, 236).

María, modelo de la escucha que hace fecundos

«Recógete, es en tu alma/ donde el misterio se ha cumplido./ Jesús, Esplendor del Padre,/ se ha encarnado en ti./ Con la Virgen Madre/ estrecha a tu Amado/Él es tuyo» (Poesía 86). María es la criatura que no se puede contar sino solamente contemplar, porque ha penetrado de manera única el misterio de Cristo; se puede invocar su ayuda, aprender de ella como cuidar el don, poniéndose en sus manos maternas: «Esta Madre de gracia va a formar mi alma, para que su hijita sea una imagen viva “expresiva” de su primer hijo, el Hijo del Eterno, Aquel que fue la perfecta alabanza de gloria de su Padre» (Últimos Ejercicios, 2).

En ella todo acontece en el interior y por eso es el modelo del discípulo que se deja alcanzar y transformar por la Palabra viva del Padre, permaneciendo dócil a la acción creadora del Espíritu; como discípula de su Hijo , nos enseña a adorar en silencio, a sufrir y a estar bajo la cruz, para contribuir a la obra de la redención; humilde, libre de sí misma, olvidada de sí, llena de caridad y dispuesta a correr en ayuda, siempre recogida «tan recogida dentro con el Verbo de Dios» (Últimos Ejercicios, 40). Isabel siente una profunda admiración por la Virgen Madre, siente estupor por su humilde grandeza, que ha hecho abrirse el cielo, ella que es vientre en el que los tres han hecho morada en su criatura (cfr. Poesía 79):

«Piensa lo que pasaría en el alma de la Virgen cuando, después de la Encarnación poseía en ella al Verbo encarnado, al Don de Dios… ¡En qué silencio, en qué recogimiento, en qué adoración más profunda debió sumergirse en el fondo de su alma para estrechar a aquel Dios de quien era Madre!» (Carta 183).

María es el testigo intrépido de un acontecimiento enorme; lo es por la fuerza de su silencio que la hace capaz de escuchar en profundidad, que consiente al Espíritu imprimir en ella al Hijo eterno: ella nos enseña cómo preparar «en nuestra alma una morada toda sosegada en la que cante siempre el cántico del amor, de la acción de gracias» (Carta 165); nos enseña cómo escuchar: «Oh, que viva yo a tu escucha/ siempre tranquila en la fe,/ adorándote en todo/ solo viviendo de ti» (Poesía 88). La pasión de escucharlo es gusto de la armonía, capacidad de sintonía con el alma de Cristo, consciente que El «tanto tiene que decirnos» (Carta 164). En efecto, como María también nosotros somos «Uno» con el Señor, que se entrega a nosotros y mora en nuestra alma. De aquí la exigencia del silencio, que es cosa difícil de alcanzar, «para escuchar siempre, para penetrar más en su Ser infinito, está identificada con Aquel a quien ama, le encuentra en todo, le ve irradiar a través de todas las cosas» (Carta 133). En la persona nace una alabanza sin fin, una adoración del don de Dios que aumenta la caridad y la pasión por dar a conocer a Cristo, al punto que «alabanza de la gloria» llega a ser la nueva identidad:

«Una alabanza de gloria es un alma que mora en Dios, que le ama con un amor puro y desinteresado, sin buscarse en la dulzura de este amor; que le ama por encima de sus dones, incluso cuando no hubiera recibido nada de Él […]. Es un alma de silencio que permanece como una lira bajo el toque misterioso del Espíritu Santo para que Él arranque de ella armonías divinas[…]. Es un un alma que mira fijamente a Dios en la fe y en la simplicidad. Es un reflector de todo lo que Él es. Es como un abismo sin fondo en el cual Él puede verterse y expansionarse[…]. Una alabanza de gloria es, en fin, un ser que siempre permanece en actitud de acción de gracias. Cada uno de sus actos, de sus movimientos, cada uno de sus pensamientos, de sus aspiraciones, al mismo tiempo que la arraigan más profundamente en el amor, son como un eco del Sanctus eterno» (El Cielo en la Fe, 43).

Conclusión

Isabel de la Trinidad es un don precioso para nosotros y para la Iglesia en esta época marcada por la crisis de identidad, depresión, indiferencia, codicia desenfrenada, deformación de la naturaleza y manipulación humana. Ella testimonia de un modo valiente, bello y con convicción, el realismo de las verdades en que creemos y nos ayuda a comprender que si no recuperamos la dimensión escatológica de nuestra fe, ésta pierde eficacia y se vuelve inútil, sin incentivo ni fuerza transformadora.

Sabemos cuál es su misión, qué está haciendo, en qué nos pide colaborar, con amor ardiente y agradecido a la Trinidad:

«En el cielo mi misión será la de atraer a las almas, ayudándolas a salir de sí mismas para unirse a Dios por un movimiento todo simple y amoroso, y conservarlas en ese gran silencio interior, que permite a Dios imprimirse en ellas, transformarlas en Sí mismo” (Carta 335).

Agradezcámosle las palabras escritas en su última carta, que, conociendo su corazón, están también dirigidas a nosotros:

«Querido hermanito, antes de ir al cielo, tu Isabel quiere decirte una vez más su afecto y su proyecto de asistirte, día a día, hasta que te juntes con ella en el cielo […]. Tendrás que sostener luchas, hermanito mío, encontrarás obstáculos en el camino de la vida, pero no te desanimes, llámame. Sí, llama a tu hermanita, así aumentarás la felicidad de su cielo. Ella será muy feliz ayudándote a triunfar, a permanecer digno de Dios […]. Cuando esté cerca de Dios recógete en la oración, y así nos volveremos a encontrar todavía mejor» (Carta 342).

[1] Las citas de los textos de Isabel son de la edición de Obras Completas, Editorial de Espiritualidad, Madrid 1986 (traducción al español por el P. Fortunato Antolín, O.C.D. de la edición crítica preparada por el P. Conrad de Meester, O.C.D.

Vultum Dei quaerere

Síntesis de la Constitución Apostólica Vultum Dei quarere

Premisa

La promoción de una formación adecuada, la centralidad de la lectio divina, los criterios específicos para la autonomía de las comunidades contemplativas, la pertenencia de los monasterios a una federación: estos son algunos puntos de la Constitución Apostólica “Vultum Dei quaerere – La búsqueda del rostro de Dios”, (VDQ) firmada por Francisco el 29 de junio y dedicada a la vida contemplativa femenina. Los motivos del documento, explica el Pontífice, son el camino recorrido por la Iglesia y “el rápido avance de la historia humana” en los cincuenta años transcurridos desde el Concilio Vaticano II. De ahí la necesidad de entablar un diálogo con la sociedad contemporánea, salvaguardando al mismo tiempo “los valores fundamentales” de la vida contemplativa, cuyas características – el silencio, la escucha, la estabilidad – “pueden y debe constituir un desafío para la mentalidad de hoy”. Introducido por una amplia reflexión sobre la importancia de las monjas y de las contemplativas para la Iglesia y para el mundo, el documento indica 12 temas de reflexión y discernimiento para la vida consagrada en general y concluye con 14 artículos dispositivos.

La importancia de la vida contemplativa

En un mundo que busca a Dios, aunque no siempre de manera consciente – escribe el Papa – las personas consagradas están llamadas a ser “sapientes interlocutores” para “reconocer los interrogantes que Dios y la humanidad nos plantean”. Por eso, su búsqueda de Dios nunca debe detenerse. Francisco expresa su aprecio a las “hermanas contemplativas”, haciendo hincapié en que “la Iglesia las necesita” para llevar “la buena noticia del Evangelio” a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Y no se trata de una misión fácil, dada la realidad actual “que obedece a lógicas de poder, de economía y de consumo”. Sin embargo, el reto que el Pontífice propone a las contemplativas es ser “faros y antorchas” que guían y acompañan el camino de la humanidad, “centinelas de la aurora” que indican al mundo Cristo “camino, verdad y vida”. “Don inestimable e irrenunciable” para la Iglesia – dice VDQ – “la vida consagrada es una historia de amor apasionado por el Señor y por la humanidad que se despliega a través de “la apasionada búsqueda del rostro de Dios” ante el cual “todo cobra su verdadero sentido”, porque se mira con “ojos espirituales” que permiten contemplar “el mundo y las personas con la mirada de Dios”. Y frente a las “tentaciones”, el Papa insta a las contemplativas a sostener con valentía “la lucha espiritual”, venciendo con tenacidad, en particular, “la tentación que desemboca en la apatía, en la rutina, en la desmotivación, en la desidia paralizadora”.

Los 12 temas de reflexión y discernimiento

* Formación y oración: Por lo tanto, el Papa invita a “reflexionar y discernir sobre los siguientes doce temas de la vida consagrada en general y, en particular, de la tradición monástica”, para “ayudar a las contemplativas a alcanzar el fin propio de su específica vocación”. El primer tema es la formación: itinerario “que debe llevar a la configuración con el Señor Jesús”, supone un proceso que no termina nunca y por ello “pide la continua conversión a Dios”. De aquí, la llamada del Papa a los monasterios para que “presten mucha atención al discernimiento vocacional y espiritual, sin dejarse llevar por la tentación del número y de la eficiencia”. Asimismo, el Papa recuerda que la formación requiere “un amplio espacio de tiempo”, entre los nueve y los doce años. El segundo tema indicado es la oración: “meollo de la vida consagrada”, que no debe vivirse como “un repliegue” de la vida monástica en sí misma, sino como un “ensanchar el corazón para abrazar a toda la humanidad”, en particular a los que sufren, como los presos, los emigrantes, los refugiados y perseguidos, las tantas familias heridas, las personas en paro, los pobres, los enfermos, las víctimas de dependencias. “Rezáis e intercedéis” por las “suertes de la humanidad”, escribe el Papa a las contemplativas. Así las comunidades llegarán a ser “verdaderas escuelas de oración” alimentada por la “belleza escandalosa de la Cruz”.

* Palabra de Dios, Eucaristía y Reconciliación: Como tercer tema de reflexión Francisco indica la centralidad de la Palabra de Dios: “fuente primera de toda espiritualidad y principio de comunión para las comunidades”, que se explicita en la lectio divina, que ayuda a dar el paso “del texto bíblico a la vida”, a “llenar la distancia entre espiritualidad y cotidianeidad”, llevando “de la escucha al conocimiento y del conocimiento al amor”. La palabra de Dios, por lo tanto – es la recomendación del Papa – debe ritmar la jornada “personal y comunitaria” de las contemplativas, ayudándolas, gracias a “una especie de instinto sobrenatural”, a “discernir lo que viene de Dios y lo que, por el contrario, puede llevar lejos de él”. Por último, Francisco recuerda que la lectio divina debe transformarse en actio, es decir, convertirse en “don para los demás por la caridad”. Sucesivamente, como cuarto punto, la VDQ recuerda la importancia de los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación, sugiriendo, en particular, “prolongar la celebración con la adoración eucarística” y vivir la práctica de la penitencia como una “ocasión privilegiada para contemplar el rostro misericordioso del Padre”. De hecho, experimentando el perdón de Dios, se puede ser “ser profetas y ministros de misericordia e instrumentos de reconciliación, perdón y paz” que tanto necesita hoy nuestro mundo.

* Vida fraterna y autonomía de los monasterios: El quinto tema indicado en la Constitución Apostólica es la vida fraterna en comunidad, entendida como “reflejo del modo de ser de Dios y de su entrega” y “primera forma de evangelización”. Por ese motivo, el Papa subraya la necesidad de “un proceso continuo de crecimiento de la vida comunitaria” que lleve a vivir una “auténtica comunión fraterna”. “Una comunidad existe porque nace y se edifica con el aporte de todos”, escribe el Papa, cultivando una “fuerte espiritualidad de comunión” y de “mutua pertenencia”. Se trata de un testimonio muy necesario en una “sociedad marcada por divisiones y desigualdades”. “Es posible y bello vivir juntos –se lee en el documento- a pesar de las diferencias generacionales, de formación y, a veces, culturales”. Por el contrario, estas diferencias no obstaculizan el camino fraternal, sino que “lo enriquecen” porque “unidad y comunión no significan uniformidad”. Al mismo tiempo, se recuerda la importancia de “venerar a los ancianos y amar a los jóvenes” armonizando “la memoria y el futuro” de las comunidades. El sexto tema atañe a la autonomía de los monasterios. En propósito Francisco señala que si, por una parte, la autonomía favorece la estabilidad, la unidad y la contemplación de una comunidad, no debe sin embargo “significar independencia o aislamiento”. En este sentido, se invita a las contemplativas a preservarse “de la enfermedad de la autoreferencialidad

* Federaciones y clausura: Estrechamente vinculado al anterior está el séptimo tema en que el Papa reitera la importancia de las Federaciones como “estructura de comunión entre los monasterios que comparten el mismo carisma”. Destinadas a promover la vida contemplativa en los monasterios y a garantizar la ayuda en la formación, como también en las necesidades concretas, las Federaciones, según indica el Pontífice “tendrán que favorecerse y multiplicarse”. El octavo tema, se refiere a la clausura. “Signo de la unión exclusiva de la Iglesia-esposa con su Señor” que se codifica en diversas formas, desde la “papal” que “excluye colaboración en los distintos ministerios pastorales” a la “común”, que es, en cambio “menos cerrada”. No obstante, esa pluralidad en una misma Orden ha de considerarse “como una riqueza y no como un impedimento para la comunión”.

* Trabajo y silencio: Como noveno punto, el Papa Francesco indica el trabajo. Recordando el lema benedictino “ora et labora”, se exhorta a las contemplativas a trabajar “con devoción y fidelidad, sin dejarse condicionar por la mentalidad de la eficiencia y del activismo de la cultura contemporánea” que podría “apagar el espíritu de contemplación”. El trabajo, por tanto, debe interpretarse como un “contribuir en la obra de la creación”, un “servir a la humanidad” y un ser “solidarias con los pobres” para mantener “una relación equilibrada entre la tensión hacia el Absoluto y el compromiso en las responsabilidades cotidianas”. El décimo tema tocado por la VDQ es el silencio, entendido como espacio “de escucha y de ruminatio de la Palabra”, “vacío de sí para dejar espacio a la acogida”, silencio para “escuchar a Dios y el clamor de la humanidad”. Modelo de todo ello – escribe el Papa – es María que “pudo acoger la Palabra porque era mujer de silencio”, un silencio “rico de caridad”.

* Los medios de comunicación y la ascesis: Consciente, pues, de los cambios de la sociedad y de la “cultura digital” que “influye de manera decisiva en la formación del pensamiento y en la manera de relacionarse con el mundo”, Francisco propone como undécimo tema los medios de comunicación. “Instrumentos útiles para la formación y la comunicación”, los define el Papa, exhortando, sin embargo, a las contemplativas a un “prudente discernimiento” para que “no sean ocasión para la distracción y la evasión de la vida fraterna en comunidad, ni sean nocivos para vuestra vocación o se conviertan en obstáculo para vuestra vida enteramente dedicada a la contemplación”. El último y duodécimo tema está dedicado a la ascesis hecha de “sobriedad, desprendimiento de las cosas, entrega de sí en la obediencia, transparencia en las relaciones” comunitarias. Al haber elegido una vida de estabilidad, la ascesis se convierte en “signo elocuente de fidelidad” para nuestro mundo globalizado y sin raíces y también en ejemplo para “la humanidad de hoy, marcada y a veces rota por tantas divisiones”, de cómo “permanecer” al lado del prójimo, incluso frente a las diversidades, las tensiones, los conflictos y las fragilidades. La ascesis no es una huida del mundo “por miedo” – subraya Francesco – porque las monjas “siguen estando en el mundo, sin ser del mundo”. Su profecía será, pues, la de “interceder constantemente por la humanidad” ante el Señor, escuchando “el clamor” de los que son “víctimas de la cultura del descarte”. Así, en “profunda comunión con la Iglesia”, las contemplativas serán la “escalera” por la que Dios baja para encontrar al hombre y el hombre sube para encontrar a Dios.

Los 14 artículos dispositivos

La Conclusión dispositiva de la VDQ se divide en 14 artículos que, de hecho, definen en términos jurídicos lo expresado anteriormente por el Pontífice. En particular:

– El artículo. 3, dedicado a la formación permanente y el discernimiento vocacional, establece que las contemplativas pueden participar en cursos específicos de formación “aunque sea fuera de su monasterio, manteniendo un clima adecuado y coherente con las exigencias del carisma” y que “hay que evitar en modo absoluto el reclutamiento de candidatas de otros Países con el único fin de salvaguardar la supervivencia del monasterio”.

– El artículo. 7 exhorta a las contemplativas que ejercen “el ministerio de la autoridad” a “favorecer un clima gozoso de libertad y de responsabilidad” para “promover la comunicación en la verdad”.

– El artículo. 8 enumera los requisitos necesarios para la autonomía jurídica de la comunidad, entre los cuales la capacidad real de formación y de gobierno, la inserción en la Iglesia local y la posibilidad de subsistencia. Cuando no subsistan estos requisitos la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica “estudiará la oportunidad de constituir una comisión ad hoc” para “revitalizar el monasterio, o para encaminarlo hacia el cierre”.

– El artículo. 9 hace hincapié en que “en principio, todos los monasterios han de formar parte de una federación”, que podrá configurarse no tanto y no sólo según un criterio geográfico, sino de afinidades de espíritu y tradiciones. Si un monasterio no pudiera ser federado la VDQ reitera que tendrá que pedir permiso a la Santa Sede, a la que corresponde realizar “el oportuno discernimiento”.

– Por último, el artículo. 14 establece que la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica promulgue instrucciones para la aplicación de los doce temas indicados anteriormente, de acuerdo con los carismas de las diversas familias monásticas. Dichas instrucciones tendrán que someterse a la aprobación de la Santa Sede.

Presentación del Cardenal Schönborn de la Exhortación “Amoris laetitia”

La tarde del 13 de marzo de 2013, las primeras palabras que el Papa recién elegido, Francisco, dirigió a las personas en la plaza de San Pedro y a todo el mundo fueron: “Buenas tardes”. Tan sencillos como este saludo son el lenguaje y el estilo del nuevo texto del Papa Francisco. La Exhortación no es tan breve como este simple saludo, pero sí tan realista. En estas 200 páginas el Papa Francisco habla de “amor en la familia” y lo hace de una forma tan concreta y tan sencilla, con palabras que calientan el corazón, como las de aquel buenas tardes del 13 de marzo de 2013. Este es su estilo, y él espera que se hable de las cosas de la vida de la manera más concreta posible, sobre todo si se trata de la familia, de una de las realidades más elementales de la vida.

Para decirlo ya de antemano: los documentos de la Iglesia a menudo no pertenecen a un género literario de los más asequibles. Este texto del Papa es legible. Y el que no se deje asustar por su longitud encontrará alegría en la concreción y el realismo de este documento. El Papa Francisco habla de las familias con una claridad que pocas veces se encuentra en los documentos del magisterio de la Iglesia.

Antes de entrar en el texto, me gustaría decir, de una manera muy personal, el por qué lo he leído con alegría, con gratitud, y siempre con gran emoción. En la enseñanza eclesial sobre el matrimonio y la familia a menudo hay una tendencia, tal vez inconsciente, a abordar con dos enfoques estas dos realidades de la vida. Por un lado están los matrimonios y las familias “normales”, que obedecen a la regla, en los que todo está “bien”, y está “en orden”, y luego están las situaciones “irregulares” que plantean un problema. Ya el mismo término “irregular” sugiere que hay una clara distinción.

Por lo tanto, el que se encuentra en el lado de los “irregulares” tiene que dar por sentado que los “regulares” están en la otra parte. Sé personalmente, debido a mi propia familia, lo difícil que es esto para los que vienen de una familia “patchwork”. En estas situaciones las enseñanzas de la Iglesia, pueden hacer daño, pueden dar la sensación de estar excluidos.

El Papa Francisco ha puesto su exhortación bajo el lema: “Se trata de integrar a todos” (AL 297), porque se trata de una comprensión fundamental del Evangelio: ¡Todos necesitamos misericordia! “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra” (Juan 8: 7). Todos nosotros, independientemente del matrimonio y la situación familiar en la que nos encontramos, estamos en camino. Incluso un matrimonio en el que todo “va bien” está en camino. Debe crecer, aprender, superar nuevas etapas. Conoce el pecado y el fracaso, necesita reconciliación y nuevos comienzos, y esto hasta edad avanzada. (AL 297).

El Papa Francisco ha conseguido hablar de todas las situaciones sin catalogar, sin categorizar, con esa mirada fundamental de benevolencia que tiene algo que ver con el corazón de Dios, con los ojos de Jesús, que no excluyen a nadie (AL 297), que acogen a todos y a todos conceden la “alegría del Evangelio”. Por eso la lectura de Amoris laetitia es tan reconfortante. Nadie debe sentirse condenado, nadie despreciado. En este clima de acogida, la enseñanza de la visión cristiana del matrimonio y de la familia, se convierte en invitación, estímulo, alegría del amor en la que podemos creer y que no excluye, verdadera y sinceramente, a nadie. Por eso, para mí Amoris laetitia es sobre todo, y en primer lugar, un “acontecimiento lingüístico”, como lo fue Evangelii gaudium. Algo ha cambiado en la enseñanza eclesial. Este cambio de lenguaje se percibía ya durante el camino sinodal. Entre las dos sesiones sinodales de octubre de 2014 y octubre de 2015 se puede ver claramente cómo el tono se haya enriquecido en estima, como se hayan aceptado sencillamente las diversas situaciones de la vida, sin juzgarlas ni condenarlas inmediatamente. En Amoris laetitia ha pasado a ser el tono lingüístico constante. Detrás de esto no hay, por supuesto, solamente una opción lingüística, sino un profundo respeto ante cada persona que nunca es, en primer lugar, un “caso problemático”, una “categoría”, sino un ser humano inconfundible, con su historia y su camino con y hacia Dios. En Evangelii Gaudium el Papa Francisco decía que deberíamos quitarnos los zapatos ante la tierra sagrada del otro (EG 36). Esta actitud fundamental atraviesa la entera exhortación. Y es también la razón más profunda para las otras dos palabras clave: discernir y acompañar. Estas palabras no se aplican únicamente a las “situaciones llamadas irregulares” (Francisco hace hincapié en este ¡“las llamadas”!), sino que valen para todas las personas, para cada matrimonio, para cada familia. Todas, de hecho, están en camino, y todas necesitan “discernimiento” y “acompañamiento”.

Mi gran alegría ante este documento reside en el hecho de que, coherentemente, supera la artificiosa, externa y neta división entre “regular” e “irregular” y pone a todos bajo la instancia común del Evangelio, siguiendo las palabras de San Pablo: “Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos misericordia”. (Rom 11, 32).

Obviamente, este principio continuo de “inclusión”, preocupa a algunos. ¿No se habla aquí a favor del relativismo? ¿No se convierte en permisivismo la tan evocada misericordia? ¿Se ha acabado la claridad de los límites que no se deben superar, de las situaciones que objetivamente se definen como irregulares, pecaminosas? Esta exhortación ¿no favorece una cierta laxitud, un “anything goes”? ¿La misericordia propia de Jesús no es, a menudo en cambio, una misericordia severa, exigente?

Para aclarar esto el Papa Francisco no deja duda alguna sobre sus intenciones y nuestra tarea: “Los cristianos no podemos renunciar a proponer el matrimonio con el fin de no contradecir la sensibilidad actual, para estar a la moda, o por sentimientos de inferioridad frente al descalabro moral y humano. Estaríamos privando al mundo de los valores que podemos y debemos aportar. Es verdad que no tiene sentido quedarnos en una denuncia retórica de los males actuales, como si con eso pudiéramos cambiar algo. Tampoco sirve pretender imponer normas por la fuerza de la autoridad. Nos cabe un esfuerzo más responsable y generoso, que consiste en presentarlas razones y las motivaciones para optar por el matrimonio y la familia, de manera que las personas estén mejor dispuestas a responder a la gracia que Dios les ofrece” (AL 35).

El Papa Francisco está convencido de que la visión cristiana del matrimonio y de la familia tiene, también hoy en día, una fuerza de atracción inmutable. Pero exige “una saludable reacción autocrítica”: “Tenemos que ser humildes y realistas, para reconocer que a veces nuestro modo de presentar las convicciones cristianas, y la forma de tratar a las personas, han ayudado a provocar lo que hoy lamentamos”, (AL 36). “Hemos presentado un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificiosamente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales. Esta idealización excesiva, sobre todo cuando no hemos despertado la confianza en la gracia, no ha hecho que el matrimonio sea más deseable y atractivo, sino todo lo contrario” (AL 36).

Permítanme relatarles una experiencia de Sínodo de octubre pasado: Que yo sepa, dos de los trece “circuli minores” comenzaron su trabajo haciendo que cada participante contase su propia situación familiar. Pronto se descubrió que casi todos los obispos o los otros participantes del “circulus minor” enfrentaban, en sus familias, los temas, las preocupaciones, las “irregularidades” de las cuales, nosotros en el Sínodo, habíamos hablado de forma algo abstracta. El Papa Francisco nos invita a hablar de nuestras familias “tal cual son” .Y ahora, lo magnífico del camino sinodal y de su proseguimiento con el Papa Francisco: Este sobrio realismo sobre las familias “tal cual son” ¡no nos aleja para nada del ideal! Por el contrario: el Papa Francisco consigue con el trabajo de ambos Sínodos situar a las familias en una perspectiva positiva, profundamente rica de esperanzas. Pero esta perspectiva alentadora sobre las familias exige esa “conversión pastoral” de la que hablaba Evangelii gaudium de una manera tan emocionante. El siguiente párrafo de Amoris laetitia recalca las líneas directrices de esa “conversión pastoral”: “Durante mucho tiempo creímos que con sólo insistir en cuestiones doctrinales, bioéticas y morales, sin motivar la apertura a la gracia, ya sosteníamos suficientemente a las familias, consolidábamos el vínculo de los esposos y llenábamos de sentido sus vidas compartidas. Tenemos dificultad para presentar al matrimonio más como un camino dinámico de desarrollo y realización que como un peso a soportar toda la vida. También nos cuesta dejar espacio a la conciencia de los fieles, que muchas veces responden lo mejor posible al Evangelio en medio de sus límites y pueden desarrollar su propio discernimiento ante situaciones donde se rompen todos los esquemas. Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas” (AL 37).

El Papa Francisco habla de una profunda confianza en los corazones y en la nostalgia de los seres humanos. Se percibe aquí la gran tradición educacional de la Compañía de Jesús a la responsabilidad personal. Habla de dos peligros contrarios: El “laissez-faire” y la obsesión de querer controlar y dominar todo Por un lado es cierto que “la familia no puede renunciar a ser lugar de sostén, de acompañamiento, de guía… Siempre hace falta una vigilancia. El abandono nunca es sano”. (AL 260).

Pero la vigilancia puede volverse también exagerada: “Pero la obsesión no es educativa, y no se puede tener un control de todas las situaciones por las que podría llegar a pasar un hijo (…). Si un padre está obsesionado por saber dónde está su hijo y por controlar todos sus movimientos, sólo buscará dominar su espacio. De ese modo no lo educará, no lo fortalecerá, no lo preparará para enfrentar los desafíos. Lo que interesa sobre todo es generar en el hijo, con mucho amor, procesos de maduración de su libertad, de capacitación, de crecimiento integral, de cultivo de la auténtica autonomía” (AL 261). Encuentro muy iluminante poner en conexión este pensamiento sobre la educación con aquellos relacionados con la praxis pastoral de la Iglesia. De hecho, en este sentido el Papa Francisco habla muy seguido de la confianza en la conciencia de los fieles: “Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas” (AL 37). La gran cuestión obviamente es ésta: ¿cómo se forma la conciencia?, ¿cómo llegar a aquello que es el concepto clave de todo este gran documento, la clave para comprender correctamente la intención de Papa Francisco: “el discernimiento personal”, sobre todo en situaciones difíciles, complejas? El discernimiento es un concepto central de los ejercicios ignacianos. Estos de hecho deben ayudar a discernir la voluntad de Dios en las situaciones concretas de la vida. Es el discernimiento el que hace de la persona una personalidad madura, y el camino cristiano quiere ser de ayuda al logro de esta madurez personal: “no para formar autómatas condicionados del externo, tele comandados, sino personas maduras en la amistad con Cristo. Solo allí donde ha madurado este “discernimiento” personal es también posible alcanzar un “discernimiento pastoral”, el cual es importante sobre todo ante “situaciones que no responden plenamente a lo que el Señor nos propone” (AL 6).De este “discernimiento pastoral” habla el octavo capítulo, un capítulo probablemente de gran interés para la opinión pública eclesial, pero también para los medios.

Debo todavía recordar que el Papa Francisco ha definido como central los capítulos 4 y 5 (“los dos capítulos centrales”), no solamente en sentido geográfico, sino por su contenido: “no podremos alentar un camino de fidelidad y de entrega recíproca si no estimulamos el crecimiento, la consolidación y la profundización del amor conyugal y familiar” (AL 89). Estos dos capítulos centrales de Amoris laetitia serán probablemente saltados por muchos para arribar inmediatamente a las “papas calientes”, a los puntos críticos. De experto pedagogo el Papa Francisco sabe bien que nada atrae y motiva tan fuertemente como la experiencia positiva del amor. “Hablar del amor” (AL 89), esto procura claramente una gran alegría al Papa Francisco, y él habla del amor con gran vivacidad, comprensibilidad, empatía. El cuarto capítulo es un amplio comentario al Himno de la caridad del 13 capítulo de la 1 carta a los Corintios. Recomiendo a todos la meditación de estas páginas. Ellas nos animan a creer en el amor (cfr. 1 Juan 4,16) y a tener confianza en su fuerza. Es aquí que “crecer”, otra palabra clave del Amoris laetitia, tiene su sede principal: en ningún otro lugar se manifiesta tan claramente como en el amor, que se trata de un proceso dinámico en el cual el amor puede crecer, pero también puede enfriarse. Puedo solamente invitar a leer y gustar este delicioso capítulo. Es importante notar un aspecto: el Papa Francisco habla aquí con una claridad rara, del rol que también las pasiones, las emociones, el eros, la sexualidad tienen en la vida matrimonial y familiar. No es casual que el Papa Francisco cite aquí de modo particular a Santo Tomás de Aquino que atribuye a las pasiones un rol muy importante, mientras que la moral moderna a menudo puritana, las ha desacreditado o descuidado.

Es aquí que el título de la Exhortación del Papa encuentra su plena expresión:¡Amoris laetitia! Aquí se entiende cómo es posible llegar “a descubrir el valor y la riqueza del matrimonio” (AL 205). Pero aquí se hace también dolorosamente visible cuanto mal hacen las heridas de amor. Como son lacerantes las experiencias de fracaso de las relaciones. Por esto no me maravilla que sea sobre todo el octavo capítulo el que llama la atención y el interés. De hecho la cuestión de cómo la Iglesia trate estas heridas, de cómo trate los fracasos del amor se ha vuelto para muchos una cuestión-test para entender si la Iglesia es verdaderamente el lugar en el cual se puede experimentar la misericordia de Dios.

Este capítulo debe mucho al intenso trabajo de los dos Sínodos, a las amplias discusiones en la opinión pública y eclesial. Aquí se manifiesta la fecundidad del modo de proceder del Papa Francisco. Él deseaba expresamente una discusión abierta sobre el acompañamiento pastoral de situaciones complejas y ha podido ampliamente fundarse sobre los textos que los dos Sínodos le han presentado para mostrar cómo se puede “acompañar, discernir e integrar la fragilidad” (AL 291).

El Papa Francisco hace explícitamente suyas las declaraciones que ambos Sínodos le han presentado: “los Padres sinodales alcanzaron un consenso general, que sostengo” (AL 297). En lo que respecta a los divorciados vueltos a casar con rito civil él sostiene: “Acojo las consideraciones de muchos Padres sinodales, quienes quisieron expresar que (…) la lógica de la integración es la clave de su acompañamiento pastoral (…). Ellos no sólo no tienen que sentirse excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, sintiéndola como una madre que les acoge siempre” (AL 299).

Pero ¿qué significa esto concretamente? Muchos se ponen con razón esta pregunta. Las respuesta decisivas se encuentran en Amoris laetitia 300. Estas ofrecen ciertamente todavía materia para ulteriores discusiones. Pero estas son también una importante aclaración y una indicación para el camino a seguir: “Si se tiene en cuenta la innumerable variedad de situaciones concretas (…) puede comprenderse que no debía esperarse del Sínodo o de esta Exhortación una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos”. Muchos se esperaban tal norma. Quedarán desilusionados. ¿Qué es posible? El Papa lo dice con toda claridad: “Sólo cabe un nuevo aliento a un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares”. Y de cómo puede y debe ser este discernimiento personal y pastoral, es el tema de la entera sección de Amoris laetitia 300-312. Ya en el Sínodo del 2015, en el apéndice a los enunciados del circulus germanicus fue propuesto un “Itinerarium” del discernimiento, del examen de conciencia que el Papa Francisco hizo suyo.

“Se trata de un itinerario de acompañamiento y de discernimiento que orienta a estos fieles a la toma de conciencia de su situación ante Dios”. Pero el Papa Francisco recuerda también que “este discernimiento no podrá jamás prescindir de las exigencias de verdad y de caridad del Evangelio propuesto por la Iglesia” (AL 300).

El Papa Francisco menciona dos posiciones erróneas. Una es aquella del rigorismo: “un pastor no puede sentirse satisfecho sólo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones «irregulares», como si fueran piedras que se lanzan sobre la vida de las personas. Es el caso de los corazones cerrados, que a menudo se esconden aún detrás de las enseñanzas de la Iglesia” (AL 305). Por otra parte la Iglesia no debe absolutamente “renunciar a proponer el ideal pleno del matrimonio, el proyecto de Dios en toda su grandeza” (AL 307).

Se pone naturalmente la pregunta: ¿qué dice el Papa respecto del acceso a las personas que viven en situaciones “irregulares”? Ya el Papa Benedicto había dicho que no existen “simples recetas” (AL 298, NOTA 333). Y el Papa Francisco vuelve a recordar la necesidad de discernir bien las situaciones (AL 298). “El discernimiento debe ayudar a encontrar los posibles caminos de respuesta a Dios y de crecimiento en medio de los límites. Por creer que todo es blanco o negro a veces cerramos el camino de la gracia y del crecimiento, y desalentamos caminos de santificación que dan gloria a Dios” (AL 305). El Papa Francisco nos recuerda una frase importante que había escrito en Evangelii Gaudium 44: “un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades” (AL 305). En el sentido de esta “via caritatis” (AL 306) el Papa afirma, de manera humilde y simple, en una nota (351), que se puede dar también la ayuda de los sacramentos en caso de situaciones “irregulares”. Pero a este propósito él no nos ofrece una casuística de recetas, sino que simplemente nos recuerda dos de sus frases famosas: “a los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de tortura, sino el lugar de la misericordia del Señor” (EG 44) y la Eucaristía “no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (EG 44).

¿No es un desafío excesivo para los pastores, para los guías espirituales, para las comunidades, si el “discernimiento de las situaciones” no está regulado de modo más preciso? El Papa Francisco conoce esta preocupación: “Comprendo a quienes prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna” (AL 308). A esta él objeta diciendo: “Ponemos tantas condiciones a la misericordia que la vaciamos de sentido concreto y de significación real, y esa es la peor manera de licuar el Evangelio” (AL 311).

El Papa Francisco confía en la “alegría del amor”. El amor debe encontrar el camino. Es la brújula que nos indica el camino. Es la meta y el camino mismo. Porque Dios es amor y porque el amor es de Dios. Nada es tan exigente como el amor. El amor no se puede comprar. Por esto nadie debe temer que el Papa Francisco nos invite, con “Amoris laetitia”, a un camino demasiado fácil. “El camino no es fácil pero es pleno de alegría”.

Canonización de Luis y Celia Martin

LoiseCelineMartinBCarta a la Orden
con motivo de la canonización de
Luis y Celia Martin
Roma, 18 octubre 2015

Día Mundial de las Misiones

Queridos hermanos y hermanas en el Carmelo, el próximo domingo 18 de octubre, en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco inscribirá solemnemente los cónyuges Luis Martin y Celia Guérin, padres de Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, en el canon de los santos, que la Iglesia propone como ejemplos de vida cristiana a los fieles de todo el mundo, para que se conviertan en fuente de inspiración y compañeros de camino de los cuales podamos recibir impulso, luz y consuelo.

Es un motivo de gran gozo y de agradecimiento al Señor para todos nosotros, que hemos apenas concluido la celebración del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Ávila, madre de nuestra familia religiosa, en la que la Iglesia reconoce un lugar particularmente lleno de testigos creíbles de la belleza y del amor de Dios.

Esta canonización es un signo más que el Señor nos concede para consolidar nuestra fe y darnos ánimos en nuestro camino de carmelitas, llamados a experimentar la «ternura combativa» del Esposo (cf Evangelii gaudium 85), que con su amor quiere encender la esperanza en el corazón de todos los hombres. Vivimos un período histórico marcado por una profunda transformación, que afecta a todos los ámbitos de la vida humana –costumbres, cultura, religión, sociedad, economía– a un nivel global, desencadenando tensiones y miedos. Nacen sentimientos de inseguridad y de desconfianza recíproca, se crean situaciones de injusticia e inestabilidad, que ponen a dura prueba la convivencia pacífica y la confianza entre las personas, esencial para un camino común y fecundo.

La visión bíblica del hombre, en la duplicidad de su ser varón y mujer, y la comprensión de su significado de cara a la vida ya no son un patrimonio común sino, al contrario, se ponen en tela de juicio. En el centro de esta batalla por la vida está la familia natural, fundada sobre el simple reconocimiento de la diferencia providencial entre hombre y mujer que permite, dentro de una relación de alianza basada en el amor recíproco, generar, cuidar, acrecentar la vida humana, no solo para sí mismo sino para todo ser humano.

La canonización de los cónyuges Martin es un signo de los tiempos que nos tiene que interpelar profundamente porque tiene un valor epocal. La Iglesia, de hecho, guiada por el Espíritu, ha decidido –por primera vez en su historia– canonizar juntos una pareja de esposos, durante la celebración de la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tiene por tema la vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo, en el domingo dedicado a la Jornada mundial de las misiones.

¿ Una familia ejemplar ?

Ha pasado un siglo y medio desde que Luis y Celia, en la media noche del 12 de julio del 1858, se casaron en Alençon, y han cambiado radicalmente muchas cosas, tanto en la Iglesia como en la cultura europea. ¿En qué sentido su matrimonio y la historia de su familia pueden ser ejemplares para nuestros días cuando el modelo mismo de familia y la praxis prevalente están tan lejos de lo que ellos creían y vivían?

Antes de nada, es preciso liberarse de prejuicios y de clichés culturales que catalogan inmediatamente como anticuado y trasnochado todo lo que pertenece al universo del siglo XIX. Si observamos de cerca la vida de la familia Martin, vemos a un hombre y a una mujer que vivieron una historia común, marcada por acontecimientos con los que todavía hoy nos podemos identificar, porque son sencillamente humanos: no son jovencísimos según el standard de la época (cuando se conocieron –y pocos meses después se casaron– ella tenía 27 años y él 35), se unen en matrimonio y ponen en común sus vidas, aprendiendo día tras día a compartir las capacidades, las responsabilidades, las cargas, las alegrías y las penas. Luis tenía una relojería, Celia había iniciado por su cuenta una empresa de producción del famoso bordado de Alençon. Sus trabajos respectivos garantizaban un cierto nivel de vida, que sin embargo lo vivían sin ostentación ni aprensión, a pesar de que en un determinado momento, las condiciones socio-económicas se encrudecieron a consecuencia de la guerra entre Francia y Prusia (1870-1871). Trabajar los dos, concebir nueve hijos, cuidarlos, afrontar el luto por la muerte de cuatro de ellos en una tempranísima edad, no fue ciertamente fácil, sobre todo para Celia, mujer emprendedora, que tenía la responsabilidad de dar trabajo, y por lo tanto sustento, a sus empleadas y a sus familias. Luis estuvo siempre a su lado llevando las cargas con su mujer, con serenidad y delicadeza, apoyándola con su presencia y optando, en un determinado momento, por dejar su trabajo para atender las exigencias de su mujer, que veía cada vez más cansada, y ayudarla a sacar adelante su empresa, sobre todo cuando irrumpió la enfermedad que le afectó de joven, llevándola a la muerte en el 1877, cuando solo contaba 46 años.

Luis se encontró de este modo viviendo su condición de viudo hasta la muerte, que tuvo lugar 17 años después, después de una humillante enfermedad que afectó a sus facultades mentales. Se ocupó de las cinco hijas y de su educación, entregándose enteramente y decidiendo trasladarse de Alençon a Lisieux, desarraigándose con tal de dar a sus hijas la posibilidad de ser seguidas por su tía Celina, con quien existía una relación de estima y cariño. Las cinco entraron en el monasterio. Acompañarlas en este proceso –sobre todo la pequeña Teresa, la predilecta– no fue para él un pequeño sacrificio, aunque lo viviera como una generosa ofrenda de su vida y de sus hijos a Dios, tal y como siempre hizo junto con Celia. Por otra parte, eligió para su familia el slogan de Juana de Arco: Servir a Dios en primer lugar.

El matrimonio: vocación y amistad

El breve elenco de algunos rasgos concretos de la experiencia familiar de Luis y Celia nos permite captar fácilmente las analogías con la experiencia de tantas familias que hoy deben afrontar dificultades económicas, conciliar el ritmo frenético del trabajo con la educación de los hijos, dar un sentido a los sufrimientos que inevitablemente llaman a la puerta, poniendo en peligro la armonía familiar. Pero el motivo por el cual la Iglesia considera ejemplar su testimonio de vida conyugal es mucho más profundo y tiene que ver con la verdad del amor humano dentro del proyecto divino de la creación.

Si vamos a la raíz de su esperiencia, encontramos enseguida dos elementos que nos hacen actuales para ilustrar como puede «funcionar» una relación de amor y poder decir así una palabra a las parejas, sobre todo jóvenes, que están desanimadas ante el ejemplo de tantos naufragios y, aun conservando en el corazón el deseo, no creen que sea posible la fidelidad, resignándose de esta forma a una forma mediocre de vida.

El primer elemento es vivir el encuentro con el otro y el matrimonio como vocación. A esto Luis y Celia fueron preparados por su propia historia personal, dado que los dos habían pensado vivir su vida cristiana consagrándose a Dios. No es este elemento, obviamente, el ejemplar, sino la sensibilidad y actitud para percibir y concebir la propia existencia como un diálogo con el propio Creador, que tiene un proyecto y va dejando señales por el camino que indican, para una mirada atenta, cual es el camino para saciar la sed de proprio corazón. Solamente percibiéndose como un don que viene de Dios y aprendiendo a mirar al otro como rostro del amor del Padre, es cuando es posible construir la propia casa con un fundamento estable. Esto resultó claro para Celia cuando, al ver acercarse a su futuro marido mientras recorrían en sentido opuesto el puente de San Leonardo de Alençon, sintió resonar en sí una voz que le decía: «Questo es el hombre que he preparado para tí».

El segundo elemento es la consecuencia directa de esta mirada y apertura de corazón: vivir la relación con su propia mujer /con su proprio marido en clave de amistad. La estima y el respeto que brotan de la espontaneidad de reconocerse gratuitamente como aliados y del gusto de ser una ayuda el uno para el otro, aportan la paciencia, la humildad, la tenacidad, la ternura, la confianza y la curiosidad necesarias para que la relación no degenere en la búsqueda de sí mismo en el otro, en el intento de ejercer un poder, en el desgaste de lo repetitivo. En expresiones como éstas: «Te sigo en espíritu durante todo el día; me digo: “En este momento hace tal cosa”. No veo el momento de estar a tu lado, mi querido Luis; te amo con todo mi corazón y siento que se duplica mi cariño al verme privada de tu presencia; me resultaría imposible vivir lejos de ti» (Cartas familiares 108); «Siempre soy feliz con él, me hace la vida muy pacífica. Mi marido es un hombre santo, todas las mujeres deberían tener uno igual: este es mi deseo para ellas en este nuevo año» (Cartas familiares 1); o bien, «tu marido es un verdadero amigo, que te ama más que la vida», no es nada dulzarrón, es la expresión de la solidez de un cariño sincero.

Las diferentes sensibilidades, los muchos detalles de la vida conyugal, que a veces producen paulatinamente una distancia y enfrían la intimidad, fueron vividos por Luis y Celia como ocasiones para aportar una mirada cargada de simpatía y de tierna aceptación de la propia diversidad, como aparece en este texto: «Cuando recibas esta carta, estaré ocupada poniendo orden en tu mesa de trabajo; no te alteres, no perderé nada, ni una vieja escuadra, ni un trozo de muelle, vamos nada, y así estará todo limpio por encima y por abajo! No podrás decir que “he cambiado solamente el lugar del polvo”, porque no quedará nada (…). Te abrazo de todo corazón; hoy, pensando que pronto te veré, soy tan feliz que no puedo trabajar. Tu mujer, que te ama más que su vida » (Cartas familiares 46).

La transmisión de la vida: engendrar y educar

Al principio para Celia y Luis vivir el matrimonio y abrirse a la vida no fue fácil. Tenían que comprender que amar a Dios con todo el corazón pasaba a través de la entrega con toda la energía propia al cónyuge, de modo el Padre pudiera cuidar su creación y continuar edificando su Iglesia como familia de los hijos de Dios. Fue la sinceridad de su mutua búsqueda la voluntad de Dios y la docilidad a los consejos de un sacerdote que los acompañaba, lo que les ayudó a comprender la belleza de la vocación matrimonial, pues pensaban vivir en la continencia. Nueve fueron los hijos que nacieron de su unión llenando de alegría sus vidas: «Cuando tuvimos nuestros hijos, nuestras ideas cambiaron un poco: no vivíamos sino para ellos, esta era nuestra felicidad y no la encontramos nunca sino en ellos. Es decir, todo nos resultaba fácil, el mundo no era ya un peso. Para mí era la gran compensación, por eso deseaba tener muchos, para que crezcan para el cielo. Entre ellos, cuatro ya están bien colocados y los otros, sí, los otros irán también a aquel reino celeste, cargados de más méritos, porque habrán luchado durante más tiempo» (Cartas familiares 192).

En este texto aparecen algunos aspectos centrales del modo de vivir la relación con los hijos, que hoy las familias necesitan redescubrir: el nacimiento de un hijo como un regalo, siempre –aun cuando su vida sea breve y trabajosa– porque viene de Dios y lleva a Dios. Educar significa iniciar en el conocimiento del proprio origen bueno, el Padre, enseñar a desear el cielo y a vivir la existencia –los trabajos, el compromiso, los sufrimientos– como una preparación, algo precioso si se acoge con confianza y amor como paso de un camino que lleva a la meta y acrecienta el valor de la persona.

Todo esto es convincente y se convierte en una verdad que plasma la conciencia y da fuerzas para el camino, cuando los hijos pueden verlo y casi respirarlo en la carne de los propios padres como algo que da sentido al tiempo y a las actividades. El aspirar de Celia a la santidad, para sí misma y para sus seres queridos, era constante, aun conociendo sus propios límites y el tiempo perdido: «Quiero ser santa: no será fácil, hay mucho que limar y el tronco está duro como una piedra. Hubiera sido mejor empezar antes, cuando era menos difícil, pero, al final: “es mejor tarde que nunca”» (Cartas familiares 110). Escribe a su hermano: «Veo con gusto que eres muy apreciado en Lisieux: estás convirtiéndote en una persona de fama; soy muy feliz, pero antes de nada deseo que tú seas santo» (Cartas familiares 116). Incluso de cara a la hija de carácter difícil, Leonia, que en el colegio la habían definido «una niña terrible», aun con la dolorosa conciencia de sus grandes límites –«la pobre niña está llena de defectos como de una manta. No se sabe por donde agarrarla» (Cartas familiares 185) – no falta la confianza sostenida por la fe en la bondad de Dios y en el abandono a su proyecto de salvación: «El buen Dios es tan misericordioso que siempre he esperado y espero todavía» (ivi).

Conocemos bien, por el testimonio de santa Teresita, la gran intimidad de Luis con Dios y de qué modo lo reflejaba en su rostro: «A veces sus ojos se volvían lúcidos por la emoción, y él se esforzaba por retener las lágrimas; parecía no estar ya unido a la tierra, al ver lo mucho que su alma se embebía en las verdades eternas» (Manuscritto A, 60); «me bastaba mirarlo para saber cómo rezan los santos» (Manuscritto A, 63). Durante su enfermedad, en los momentos de plena conciencia, aun sintiéndose humillado, Luis repetía: «Todo para mayor gloria de Dios!»

En un clima de este tipo, lo espiritual es sustancia de la vida y las cosas se iluminan en la perspectiva de la eternidad, de una forma «natural». La familia puede recuperar así su característica original, a menudo poco reconocida en nuestros días, la de ser «el primer lugar donde aprendemos a comunicar», entendiendo «la comunicación como descubrimiento y construcción de proximidad» (Mensaje del Santo Padre Francesco con ocasión de la 49a Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 17 mayo 2015).

Una pareja sensible, acogedora y generosa

La atención al otro y la gratitud para ser como cada uno es, ejercitada en la relación conyugal y que revierta en el cuidado para el crecimiento moral y espiritual de los hijos, tenía en la familia Martin un importante complemento: la caridad generosa, la acogida de los pobres, la atención a quien está en necesidad. El amor a Dios, cuando existe, es inseparable del amor al prójimo y, en modo especial, hacia quien tiene necesidad de ayuda. Son muchos los episodios en los cuales aparece con claridad en la vida de Celia y Luis la belleza de esta atención al prójimo –empezando por las obreras que trabajan en su fábrica de bordados, a quien trataba como hijas (cfr. Cartas familiares 29)– porque son la carne de Cristo, personas especialmente queridas por Dios (cfr. Evangelii gaudium 24,178). Es una atención a la persona toda entera, a su cuerpo y a su alma, que se convierte en justicia retributiva, en el compartir la propia mesa, en el cuidado y búsqueda de una cama para el mendigo, en la preocupación por confortar con la cercanía sensible de Dios en el momento de la muerte a través de la presencia de un sacerdote, en la generosa ayuda económica a un hermano en dificultad, en el gusto de estar al servicio de la alegría de los demás, en solidarizarse con el sufrimiento de quien ha sufrido una pérdida de un ser querido, en la visita a los enfermos.

La atención a los pobres de los esposos Martin forma parte de un estilo de pobreza que marca en el espíritu de las hijas el sentido concreto de la presencia de Jesús y de la verdad de su Evangelio. Su sobriedad no es cicatería sino la actitud que contrasta la tendencia del corazón a cerrarse en la avaricia de su propio tiempo, de sus propias energías, de sus propios recursos espirituales y materiales. La alegría en la pobreza que los hace ricos en humanidad se alimenta de la experiencia de tener la propia riqueza en acoger la gracia de Cristo, reconociendo las propias debilidades y culpas, recibiendo la misericordia de Dios, para vivir en unión con Él, solidarios con los hermanos hacia los que manifiestan siempre sentimientos de misericordia: «¡Dios mío, qué triste es una casa sin religión! ¡Qué espantosa aparece la muerte! […] Espero que el buen Dios tendrá piedad de esta pobre mujer; ha estado tan mal educada que es completamente excusable» (Cartas Familiares 145); «Reza mucho a san José por el padre de la criada que está gravemente enfermo, me dolería mucho que ese pobrecillo muriese sin confesión» (Cartas Familiares 195); «He tenido tantas cargas que he enfermado yo también […] pero tenía que permanecer en pie una parte de las noches para cuidar de la criada» (Cartas Familiares 123); «He insistido tanto que mi marido ha decidido vender una parte de sus títulos del Crédito Fiduciario, perdiendo así mil trescientos francos de los once mil conseguidos. Si mi hermano tiene necesidad de dinero que me pida enseguida y me diga si necesita que vendamos el resto» (Cartas Familiares 68); «Le he pedido que viniera aquí todas las veces que tuviera necesidad de cualquier cosa, pero no ha venido nunca. Finalmente, al principio del invierno, tu padre se lo encontró un domingo que hacía mucho frío: tenía los pies descalzos y le castañeteaban los dientes. Conmovido por la piedad hacia aquel desgraciado, empezó a hacer todo tipo de gestiones para que entrase en una residencia. […] Tu padre no se ha dado por vencido: se ha tomado a pecho esta situación y ha usado de todas sus influencias para hacerlo entrar en los Inválidos» (Cartas Familiares 175).

La fuente de la santidad de sus vidas

En la homilía de la vigilia de oración por el Sínodo de la Familia celebrada en la Plaza de San Pedro el pasado 3 de octubre, el papa Francisco dijo: «Para comprender hoy la familia, entremos en el misterio de la Familia de Nazaret, en su vida escondida, ordinaria y común, como la de la mayor parte de nuestras familias, con sus penas y sus sencillas alegrías; una vida entretejida de serena paciencia en las contrariedades, de respecto por la condición de cada miembro, de esa humildad que libera y que florece en el servicio; vida de fraternidad que brota de sentirse parte de un mismo cuerpo. Es un lugar –la familia– de santidad evangélica, realizada en las condiciones más normales. Ahí se respira la memoria de las generaciones y se ahondan las raíces que permiten ir lejos. Es el lugar del discernimiento, donde se educa para reconocer el plan de Dios sobre la propia vida y a abrazarlo con confianza. Es el lugar de la gratuidad, de la presencia discreta, fraterna y solidaria, que enseña a salir de sí mismo para acoger al otro, para perdonar y ser perdonados».

Esta descripción nos proporciona la medida de la contemporaneidad de la familia Martin. Su canonización muestra a todas las familias, en primer lugar a las cristianas, la belleza extraordinaria de las cosas ordinarias, cuando la propia historia se recibe de las manos de Dios y se la ofrecemos a Él, con la serena certeza de que «la cosa más sabia y más sencilla en todo esto es abandonarse a la voluntad de Dios y prepararse de antemano a llevar la propia cruz con la mayor valentía posible» (Cartas familiares 51), disponiéndose a «aceptar generosamente la voluntad de Dios, sea cual sea, pues será siempre lo mejor para nosotros» (Cartas familiares 204).

La paz interior, la confiada tenacidad a la hora de asumir positivamente los desafíos que la vida nos pone delante, la capacidad de vivir las relaciones con generosidad poniendo en el centro al otro en su unicidad, que caracterizaron la experiencia matrimonial de Luis y Celia y su relación con los hijos, no son fruto de gracias especiales o de experiencias místicas. Brotan, más bien, de tomar en serio la voluntad de Dios poniéndose serenamente en discusión y de vivir en profundidad la vida de la Iglesia, recibiendo diariamente la gracia del sacramento eucarístico y reforzando su unión con Jesús en la adoración de su amor fiel y ofrecido constantemente en la Hostia Consagrada, orando personalmente y como familia reunida en torno a la Virgen María, participando en la actividad caritativa de la parroquia con gozosa disponibilidad aún en medio de muchos compromisos. Y en todo esto tener siempre tiempo para escuchar a las hijas, dispuestos a corregirlas con firmeza y suavidad, narrarles la vida de Jesús, cuidar de su interioridad haciendo espacio a Dios con una disposición de confiado abandono a su presencia misteriosa y concreta. Sentirse mirados con admirado estupor y respetados en su propia individualidad irrepetible, reconocidos como un bien incondicional, incluso cuando la propia condición fuera fuente de sufrimiento, es un patrimonio de bienestar y positividad impagable e indestructible para la persona que lo recibe. Es la experiencia humana que más se acerca a la mirada de Dios y que por eso abre la puerta del corazón y le permite recorrer los caminos de la santidad, como la historia de esta familia muestra claramente.

La búsqueda asidua de la intimidad con el Señor y con María, vivida ejemplarmente por Luis y Celia, es el mensaje más precioso dejado en herencia a las propias hijas y a nosotros, hijos de Santa Teresa. En su canonización podemos hacer nuestra la invitación dirigida al Carmelo Teresiano a ser más familia, a descubrir la belleza y la importancia de nuestras responsabilidades cotidianas, aprendiendo humildemente de las familias que viven con compromiso la propia vocación y misión.

Nos ánima extraordinariamente constatar que verdaderamente «de un “sí” pronunciado con fe nacen consecuencias que van mucho más allá de nosotros mismos y se extienden por el mundo». Mirando a los esposos Martin y a los frutos visibles de santidad de su ser un solo corazón y una sola alma, nos damos más cuenta que, aprendiendo a comunicar, llegamos a ser «comunidad que sabe acompañar, festejar y dar fruto», y comprendemos que «la familia más bella, protagonista y no problema, es la que sabe comunicar, partiendo del testimonio, la belleza y la riqueza de la relación entre hombre y mujer, y de ahí la que se da entre padres e hijos» (, 17 de mayo de 2015).

Mi deseo es que, a partir de la gracia que recibimos a través de esta canonización, nos comprometamos a conocer de cerca, también a través de la lectura de su correspondencia, el testimonio de esta pareja y nos insertemos creativamente en el camino que la Iglesia esta trazando, invitándonos a redescubrir la familia como sujeto imprescindible para la evangelización y escuela de humanidad.

P. Saverio Cannistrà
Prepósito General

Definidores Generales

Definidores2015Elección de los Definidores generales. L a votación ha tenido lugar esta mañana en el aula capitular. Los resultados de la misma han sido:
P. Vicario General: Agustì Borrell (Ibérica)
P. Segundo Definidor: Lukasz Kansy (Varsovia)
P. Tercer Definidor: George Tambala (Navarra-Malawi)
P. Cuarto Definidor: Johannes Gorantla (Andra-Pradesh)
P. Quinto Definidor: Daniel Chowning (Washington)
P. Sexto Definidor: Fco. Javier Mena (Caribe)
P. Séptimo Definidor: Mariano Agruda (Filipinas)

Saverio Cannistrà reelegido prepósito General OCD

El Padre Saverio Cannistrà reelegido prepósito General OCD

Estimados hermanos y hermanas, es un gozo para nosotros transmitirles la noticia de que hace una hora en el aula capitular ha sido reelegido como Prepósito General de nuestra Orden nuestro hermano el padre Saverio Cannistrà. Fue elegido General en abril de 2009 en Fátima y hoy en Ávila se ha confiado de nuevo en él para que guíe nuestra Orden y nos acompañe en nuestro camino durante otros seis años.

Recordamos que el padre Saverio (Antonio Gennaro) Cannistrà del Sagrado Corazón, nació en la ciudad calabresa de Catanzaro el 3 de octubre de 1958. Cursó estudios de Filología en la Scuola Normale y después trabajó para la editorial Einaudi.

Ingresó en el noviciado de la Provincia italiana de Toscana en la Orden de los Carmelitas Descalzos en 1985 y realizó su profesión simple el 17 de septiembre de 1986. Emitió su profesión Solemne en 1990 y fue ordenado sacerdote el 24 de octubre de 1992.

Doctor en Teología Dogmática por la Universidad Gregoriana de Roma, Saverio Cannistrà, es miembro de la Conferencia Teológica Italiana (área septentrional) y ha participado en numerosos congresos de la Orden. Conocedor de varios idiomas, ha impartido clases en la Facultad de Teología del Teresianum de Roma y la actualidad era profesor de Cristología y Antropología teológica en la Facultad de Teología de Italia central cerca de Florencia.

El P. Saverio fue elegido por primera vez Superior Provincial en el Capítulo Provincial de Toscana del año 2008.

Les pedimos su oración por nuestro hermano P. Saverio y le pedimos a Santa Teresa de Jesús que desde el cielo le ayude para seguir guiando a nuestra familia por los caminos que nos conduzcan a Dios y para que junto a ella, todos nosotros, sepamos demostrar con nuestra vida que: Solo Dios Basta.