Carta a la Orden del Prepósito General con motivo de la canonización de la beata Isabel de la Trinidad

CARTA A LA ORDEN DEL PREPÓSITO GENERAL CON MOTIVO DE LA CANONIZACIÓN DE LA BEATA ISABEL DE LA TRINIDAD

Estimados hermanos y hermanas en el Carmelo,

A un año de distancia de la canonización de los esposos Martin, nos disponemos a celebrar otro acontecimiento de gracia que nos llena de alegría. A 110 años de su muerte, el 16 de octubre, nuestra hermana Isabel Catez será inscrita en el canon de los santos de la Iglesia, entrando así a formar parte en pleno de la grande y gloriosa familia de los santos del Carmelo.

Los motivos para dar gracias al Señor y reflexionar sobre la importancia que este evento puede tener en el camino que nuestra Orden está haciendo, son múltiples. La rica y estimulante enseñanza que el Papa Francisco presenta con sus palabras y con sus iniciativas –pienso en la encíclica Laudato si’ y en el año Jubilar de la Misericordia– nos puede ayudar a comprender algunos aspectos de actualidad del testimonio y de la enseñanza espiritual de esta ilustre hermana nuestra, tan querida y apreciada en los círculos espirituales, aunque poco conocida por la mayoría de los fieles. Sin embargo, su vida de joven vivaz, sensible, encantadora, llena de talentos, generosamente empeñada en la vida eclesial, vinculada a la familia, emocionalmente exuberante y capaz para la amistad, amante de la belleza y en todo conquistada y polarizada por el misterio de la Trinidad que Jesucristo nos ha comunicado, ¡debería hacerla interesante!

Isabel nos puede ayudar a aprovechar la fuente abundante y siempre fresca de la Trinidad, que da vitalidad, sentido, perseverancia gozosa a nuestra consagración y misión. Ella ofrece a todos un ejemplo inspirador de cómo la inmersión en el misterio de la vida divina permite realizarse en plenitud.

En esta carta quiero proponer algunas claves de relectura de los escritos de Isabel[1]1 con el fin de comprender su actualidad, teniendo en cuenta algunos fenómenos contradictorios de los tiempos en que vivimos: la fragmentación del yo, cada vez menos capaz de ser identificado en las buenas relaciones a causa de su confusión y desconfianza; el ansia de hacernos presentes para sentirnos vivos, a través de una visibilidad mediática, que por otra parte no consigue hacernos presentes a nosotros mismos; la búsqueda frenética y ruidosa de actividades con que llenar el tiempo, que nos ocupan y agitan, y nos impiden escuchar, sentir y reflexionar en profundidad; el uso de la belleza y un disfrute selectivo de la realidad con fines consumísticos, que rechaza la gratuidad impidiendo acoger la belleza inherente a las cosas, desfigurando la naturaleza; el sentimiento generalizado de estar al borde de un abismo, a merced de fuerzas desconocidas e incontrolables, que hace inútil toda búsqueda del bien, en un mundo cada vez más marcado por la violencia, la miseria y la inseguridad, sin la posibilidad de un oasis de paz; el sufrimiento y la muerte vividas como desgracia, enfatizados o banalmente ignorados por nuestra cultura, que no consigue reconocer su valor.

¿Cómo unificar nuestras vidas?

Un hilo conductor une la experiencia de la pequeña Isabel con el momento de su muerte, aun joven pero ya madura: la intuición de que lo único importante es «vivir por amor». El Dios que es capaz de ganar su temperamento fogoso y colérico y cautivar su corazón sensible y sediento de belleza, lo encuentra en Jesús crucificado por amor (cfr. Carta 133). En Él ve y toca un amor apasionado y apasionante, que la conquista y la convence, en una edad temprana, para hacerse toda suya. Es el encuentro que tiene lugar el día más importante de su vida, el día de su primera comunión,

«aquel día que de Jesús fue morada el alma mía / y de Dios posesión mi corazón. / De tal modo que a partir de aquella hora / después de ese coloquio misterioso, / de aquella conversación divina, deliciosa / solo aspiraba a darle yo mi vida / a devolverle algo de su gran amor / al Amado de la Eucaristía / que moraba en mi débil corazón / llenándolo de todos sus tesoros» (Poesía 47).

Las dificultades que debe afrontar en su proceso de maduración –como la pugna entre el deseo de entrar en el Carmelo y la oposición de su querida madre; el querer permanecer en la intimidad con Jesús y el tener que asistir a bailes donde los jóvenes fascinados por su belleza la pretendían; el sentirse llamada a la soledad, que requiere desprendimiento y separación, y el estar envuelta en tantas actividades artísticas y sociales; el dar a Dios todo su corazón y al mismo tiempo estar disponible y cercana a sus amigas– encuentran su solución en la atracción que ejerce sobre ella, «el sobreabundante amor» de Cristo, que brilla desde la cruz, el madero capaz «de encender el fuego del amor» (Carta 138).

Entre los textos preferidos de Isabel está el incipit del himno de la Carta a los Efesios, donde San Pablo anuncia el destino glorioso del hombre diciendo que hemos sido pensados, bendecidos y predestinados desde la eternidad «para ser santos e inmaculados ante él por el amor» (Ef 1,4). Por eso «un alma que discute con su yo, que se ocupa de sus sensibilidades, que va detrás de un pensamiento inútil, de un deseo cualquiera, esta alma dispersa sus fuerzas», porque «no está toda ordenada a Dios» (Últimos Ejercicios, 3). Todo lo que no se hace por Dios es nada (cfr. Carta 340), vacía en lugar de llenar, disgrega en lugar de unir. No es la tarea lo que disgrega, sino el no creer «que un Dios, que se llama Amor, habita en nosotros» (Carta 330), el no estar unidos al Ser que nos ama, al Padre que en Cristo nos espera en su casa y con su Espíritu nos sostiene en nuestro camino.

El gran acto de fe –nos recuerda Isabel haciéndose eco del Evangelista Juan– es creer en este inmenso amor que Dios nos tiene (cfr. El Cielo en la Fe, 20). La unificación de la persona se da, por lo tanto, a través del poder del acto de fe y repercute en la sensibilidad. De modo que, para crecer en armonía, sanar las heridas de la vida y madurar como personas, no hay que tener como objetivo el cuidado de nosotros mismos, o la superación de nuestra propia debilidad, sino más bien, salir de nosotros mismos, abandonar el propio yo (cfr. Últimos Ejercicios, 26) en un provechoso intercambio con el yo de Cristo, que «quiere consumir nuestra vida para cambiarla en la suya, la nuestra llena de vicios, la suya llena de gracia y de gloria, toda preparada para nosotros con tal que nos renunciemos» (El Cielo en la Fe, 18).

El secreto está, entonces, en reconocer cuánto somos amados, fijando los ojos en el Maestro que ha venido a encender el fuego del amor y quiere verlo arder en sus discípulos para derramarlo de forma visible en todo el mundo. El amor divino es tan excesivo y sin medida, que arrastra al alma que se lo permite, haciéndola constante, ya no sujeta a las sacudidas imprevisibles e inevitables de la vida, «porque ve al Invisible» y por lo tanto «no se detiene en consuelos o sentimientos»; sucede incluso que «cuanto más probada es, más crece su fe, porque ella pasa por encima de todos los obstáculos para ir a reposarse en el seno del Amor infinito, que no puede hacer sino obras de amor» (El Cielo en la Fe, 20 ). Después de todo, ésta es la experiencia humana del Hijo enviado por el Padre a la tierra y acogida por la humilde Madre, éste es el anhelo inscrito en el ser de cada hombre, ésta es la gracia del bautismo, que por eso supone un nuevo nacimiento, una iluminación permanente para quien hace memoria, el comienzo de la vida eterna (cfr. El Cielo en la Fe, 2).

La inmadurez, para ella, radica en la indecisión respecto a la unión con Dios, en el permanecer centrado en sí mismo y no elegir el amor. La acción con la cual Dios nos transforma y unifica es un fenómeno casi físico, una consumación del amor propio, del miedo al sufrimiento, de los vicios, de la aversión a Dios, que nos pide ceder nuestra voluntad para enraizarnos en el amor, «doble corriente entre El que es y la que no es» (Carta 131).

La miseria, lugar bendecido de la misericordia

Si queremos llegar a ser –con nuestra consagración y nuestro trabajo– signo eficaz de la acción del Padre «estamos llamados a fijar nuestros ojos en su Misericordia» (Misericordiae vultus, 3). A menudo, de hecho, ya sea de forma explícita o implícita, una pregunta se instala en nuestra mente y nos esteriliza deteniendo iniciativas y arrebatando el entusiasmo: ¿qué hago con mi debilidad? Sería mucho mejor si no existiera, tal vez sería más fuerte; si fuera invulnerable, cuántos problemas menos… ¡Y el ideal se vuelve inalcanzable! De este modo la mesa de la desesperación y de la frustración está servida ante nosotros.

Isabel razona de manera completamente distinta, como también el Papa Francisco cuando, contemplando el misterio de la pasión de Jesús, dice que la fuerza de la ternura es conocida solamente cuando nos decidimos a entrar en contacto con la existencia concreta de los demás, sin mantenernos a distancia del drama humano, tocando nuestra carne sufriente y la de los demás (cfr. Evangelii gaudium, 269-270). Hablando con su hermana Guita, nuestra santa le sugiere que elimine la palabra desánimo de su vocabulario: cuanto más se siente la debilidad y más escondido parece el Señor, más tenemos que alegrarnos, recordando que «el abismo de tu miseria, Guitita, atrae el abismo de su misericordia» (Carta 298). La vida interior es un abismo porque en ella está el Dios que nos ama de manera inmutable, es un abismo de amor que poseemos (cfr. Carta 292).

Si utilizamos la luz de la fe encontramos la confianza y el amor, que nos permiten bajar a nuestras profundidades, en lugar de quedarnos quietos en la superficie revuelta del mar de la vida. Así experimentamos el abismo que es Dios, íntimamente ligado a nuestro ser, y al llegar al fondo, «es ahí en lo más profundo donde se efectuará este encuentro divino, donde el abismo de nuestra nada, de nuestra miseria, se encontrará cara a cara con el Abismo de la misericordia, de la inmensidad del todo de Dios» (El Cielo en la Fe, 4).

Sólo reconociendo esta verdad, que es el corazón del mensaje evangélico, es posible reconocer a

«Dios bajo el velo de la humanidad» (Últimos Ejercicios, 4) y escuchar la palabra en el presente. Si queremos encontrar la paz, debemos inclinarnos y lanzarnos «en el abismo de nuestra nada»: de ahí nacerá la adoración, «el éxtasis del amor» (Últimos Ejercicios, 21). De ahí surge la confianza: el miedo de nuestra debilidad desaparece, porque «el Fuerte está en mí y su poder lo puede todo; obra, dice el apóstol, más allá de lo que podemos esperar» (Carta 333).

¿Cuánta esperanza, por lo tanto, es posible si es cierto que «el alma más débil, incluso la más culpable es aquella que tiene más razones para esperar», ya que «posee en el centro de sí misma un Salvador que quiere purificarla a cada minuto» (Carta 249), ya que «su misión es perdonar» (Carta 145). Tenemos que ver nuestra nada, nuestra miseria e impotencia, en silencio reconociendo serenamente que no somos capaces de progreso ni de perseverancia, y presentarlas ante la misericordia del Maestro (cfr. El Cielo en la Fe, 12). De esta manera podemos encontrar la libertad y la paz que son la expresión de la reconciliación consigo mismo en Cristo –«Él está en mí, yo soy su santuario / ¡Oh! ¿No es esta la Visión de paz?» (Poesía 88)– deseando que Él crezca en nosotros, y por medio de este crecimiento, pueda ser conocido por los hombres. Por lo tanto, la santidad está a nuestro alcance, ya que se encuentra en un movimiento de abajamiento, no de elevación:

«Tiene necesidad el Todopoderoso / de bajar, para difundir su amor. / Busca un corazón que le comprenda/ y en él quiere su mansión fijar./ […] Mírame, mejor comprenderás / el don de sí, el anonadamiento. / Para engrandecerme debes siempre bajar, / sea tu reposo el rebajarte. / El encuentro siempre se hace ahí.» (Poesía 91).

La Eucaristía es la totalidad de la Trinidad que nos invade

El misterio de la Santísima Trinidad es el abismo en el cual Isabel perdiéndose a sí misma se encuentra (cfr. Carta 62). Es «una inmensidad de amor que nos desborda por todas partes» (Carta 199), que impregna y anima cada fibra del ser; que desemboca en el alma en la medida en que la persona alcanza con la fe la gracia bautismal y se conforma progresivamente a Cristo. El horizonte de la realidad se dilata siempre más (cfr. Carta 89) y todo se ilumina, porque Cristo la introduce en la profundidad del alma, «en aquellos abismos donde no se vive sino de Él» (Carta 125), haciéndola participar de su mirada, de sus sentimientos, de su corazón: «Él fascina, Él arrebata. Bajo su mirada el horizonte se hace tan bello, tan vasto, tan luminoso…» (Carta 128). La Trinidad no es una verdad abstracta y complicada, sino la vida de Los Tres –así los llama – que en su gozosa comunión crean el mundo y la humanidad haciéndolos participar del esplendor del Amor, de la Luz y de la Vida. Dios es el Padre, su Hijo y su Espíritu: «nuestra morada, nuestra casa, la casa paterna de donde no debemos salir jamás» (El Cielo en la Fe, 2)

En la lógica de la fe, raíces y consecuencias existenciales del ser cristiano están estrictamente vinculadas: vivir en la fe, conocer el amor de Cristo crucificado por nosotros, habitar en una luz que hace hermosos aun los momentos más dolorosos de la vida, ser transformados por el Espíritu como le sucedió a María, vivir habitados por la Trinidad, encontrar la paz del cielo sobre la tierra, para Isabel son sinónimos.

La Eucaristía es la clave de esta visión luminosa y profética de la vida. En la experiencia de Isabel, desde el día de su primera comunión, la comunión sacramental con Jesús y la adoración prolongada de su darse continuamente a nosotros, que se hace visible en la Hostia consagrada, será la fuente experimental, la puerta de comunicación, el lugar de confluencia de todas las iluminaciones y gracias que recibirá en su breve e intensa vida. Entrando en la capilla, mientras que el Santísimo Sacramento está expuesto, le «parece que es el cielo el que se abre, y es así en realidad, porque Aquel a quien adoro en la fe es el mismo que los bienaventurados ven cara a cara» (Carta 137). «Nada refleja mejor el amor del Corazón de Dios que la Eucaristía. Es la unión, la comunión, es Él en nosotros, nosotros en Él. Y ¿No es esto el cielo en la tierra? El cielo en la fe, esperando la visión cara a cara tan deseada.» En la espera de este encuentro «todo desaparece y parece que ya se penetra en el misterio de Dios» (Carta 165). En la Eucaristía, la realidad del cielo se hace presente, comunicada y personalizada por el Espíritu a cada alma, porque el cielo es «el que el Espíritu Santo crea en ti» (Carta 239). La Eucaristía es un hecho tan vital, que Isabel se empeñó en conseguir el objetivo de ser digna de recibir la comunión eucarística diaria (en un tiempo en el que no era una práctica habitual): «Entonces, Dios mío, estaré en el colmo de mis deseos: recibiros cada día, y además vivir unida a Vos de una comunión a otra, en vuestra intimidad ¡Ah!, es el paraíso en la tierra!» (Diario, 150). Como San Francisco, Isabel, considera la Eucaristía en estrecha relación con la Navidad, de la cual emana la espléndida luz que hace visible a nuestros ojos el desconcertante misterio de la Encarnación, el comienzo del cumplimiento de la salvación y la glorificación de la humanidad por la efusión del amor y de la unión íntima con Dios, que por la fe se realiza en el corazón humano (cfr. Poemas 75.86.88.91).

En esta íntima transfusión de amor la experiencia humana cambia radicalmente. ¿Qué podemos descubrir y «tocar con la mano» –de nosotros, de Dios, de los demás, de la realidad– comunicando con plena confianza en el misterio de la fe?

En realidad, somos una humanidad Si pensamos por un momento al peso cada vez mayor que tiene –en nuestras relaciones, en la formación de la opinión pública, en el crecimiento de los jóvenes– la visibilidad de su propia imagen y el hacerse «disponible» a través las situaciones de la vida cotidiana que manifiestan nuestro deseo de querer ser reconocidos «por los demás», nos damos cuenta de lo diferente que es el discurso de Isabel y su experiencia personal. Para ella no hay otra posibilidad de ser verdaderamente ella misma y hacerse presente al otro, de una manera real y no efímera, que colocándose en la profundidad donde se encuentra nuestra imagen humana en la persona divina de la imagen de Cristo-imagen visible del Padre.

Cuando el hombre no se reconoce o no es reconocido como un espacio de comunicación personal, no representa nada –y por lo tanto no tiene ningún valor–. En cambio, abriéndose a la luz resplandeciente de la fe, la persona «descubre a su Dios presente, viviendo en ella; a su vez, ella permanece presente en Él, en la bella simplicidad, que Él la guarda con un cuidado celoso» (Últimos Ejercicios, 5). Todo se vuelve precioso si descubrimos esta intimidad invisible y tratamos de conectar nuestra experiencia humana a ella, centrando la mirada en los misterios de su vida, tratando de percibir sus sentimientos, conforme surgen a partir de los Evangelios, para hacerlos propios: «Me parece que convendría estar muy cerca del divino Maestro, comunicar mucho con su alma, identificarse con todos sus movimientos y entregarse como Él a la voluntad del Padre» (Carta 158). El valor de nuestras acciones se dispararía a las estrellas llegando a ser por empatía interior «sacramento de Cristo»; a través cada expresión de nuestra existencia –alegre o triste, de fortaleza o debilidad– podría «darse nuestro Dios Santísimo, el Dios crucificado todo Amor». Esto implica «dejarse transformar en una misma imagen con Él» por medio de

«la fe, que contempla y ora sin cesar. La voluntad al fin cautiva y que no se separa más. El corazón

verdadero, puro y exultante bajo la bendición del Maestro» (Notas Íntimas 14). Esta mística paulino- carmelitana supera el intento vano de encontrarse a sí mismos en el reconocimiento de los demás, a los que presentamos nuestra apariencia exterior y nuestras capacidades; nos encontramos y encontramos al otro buscando al Otro, mirándonos conscientes de que somos –todos– a imagen de Cristo:

«Que yo sea para Él una humanidad complementaria en la que renueve todo su Misterio. Y Tú, ¡oh Padre Eterno!, inclínate sobre esta pequeña criatura tuya, “cúbrela con tu sombra”, (cfr. Mt 17, 5) y no veas en ella sino al “Amado en quien has puesto todas tus complacencias” (cfr ivi)» (Notas Íntimas 15).

Llegar a ser personas de comunión, que la irradian. Cada persona lleva consigo a las personas que la han marcado en su vida: las personas que la han generado, las que han contribuido a su formación y las que han estado a su lado en los momentos cruciales de la Encontrándonos, encontramos y comunicamos también algo de las personas que llevamos en nuestro ser.

El sublime misterio de la «nueva encarnación», que se realiza en el alma dejándose amar por el Crucificado hasta el fondo de la propia miseria, amándolo de nuestra parte en gratitud «hasta el agotamiento», es el «no soy yo, es Él que vive en mí» (Poesía 75), que permite al amor encarnado en Cristo irradiarse (cfr. Notas íntimas 15). La comunión, que todos los hombres de buena voluntad buscan construir y que en nuestra época está cada vez más dañada y dolida, se puede realizar solamente en la medida en que se realizará la voluntad divina de «restaurar todas las cosas en Cristo». El camino está marcado e Isabel lo describe así: «Contemplemos, pues, esta imagen adorada, permanezcamos sin cesar bajo su irradiación, para que ella se imprima en nosotras; después vayamos a todas las cosas con la actitud de alma con que iba nuestro Maestro santo» (El Cielo en la Fe, 27).

Amor a Cristo, a la Iglesia y a los hombres van a la par y se sostienen mutuamente. Ensimismarse con Cristo para tener «el alma llena de su alma, de su oración; todo el ser cautivado y entregado» y

«entrar en todas sus alegrías, compartir todos sus dolores», nos hace «ser fecundos, corredentores, dar a

luz almas a la gracia, multiplicar los hijos adoptivos del Padre, los rescatados por Cristo, los coherederos de su gloria» (Notas Íntimas 13). Dar gloria a Dios es hacer visible a Cristo –su vida– en nuestra existencia. Aquí se revela que la inconstancia y la flojera en la oración son proporcionales a la inconsciencia en la vocación que es nuestra identidad: «comulgaré por usted a Aquel que es Fuego consumidor para que Él la transforme cada vez más en Él mismo, para que usted pueda darle toda gloria» (Carta 328). En efecto el alma, en contacto con el Espíritu Santo, «se convertirá en una llama de amor, que se reparte en todos los miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia» (Carta 250). Solamente así,

«con nuestra generosidad/ a la Iglesia podremos ayudar/ y se verá que reina ya el Amor/ anticipo de la Morada celestial» (Poesía 94); «vivir de amor o vivir de su vida/ en sus apóstoles nos convertirá./ Muy grande es el poder de un alma así inundada/ De que lo obtiene todo, estoy muy convencida» (Poesía 77).

Vivir el sufrimiento como bendición. Es verdad que no hemos sido creados para sufrir sino para gozar, no para morir sino para vivir, y habría que añadir: no para poseernos egoístamente sino para entregarnos En el fondo del miedo y del rechazo al sufrimiento se puede encontrar una cerrazón, una soledad profunda, el ídolo de la belleza física y de la eficiencia, el orgullo, en última instancia la falta de una experiencia abisal –para decirlo con Isabel– del amor divino-humano. Isabel lo ha vivido, se ha sumergido y se ha dejado arrollar, pidiéndolo con insistencia para sí misma y para las personas queridas en sus coloquios íntimos con los Tres.

Hay palabras que –de solo oírlas nombrar– nos evocan sentimientos de tristeza, nos hacen sospechar y no nos gustan, como víctima, sacrificio, inmolación, negación, olvido de sí, sin embargo son los únicos que delinean en la Escritura y en la experiencia espiritual, la necesidad de la Pascua y la verdad del amor para alguien. Isabel lo entendía bien y por eso decía: «Pidámosle que nos haga veraces en nuestro amor, es decir, hacer de nosotros víctimas de sacrificio, porque me parece que el sacrificio no es más que el amor puesto en obra» (Carta 250). Por eso, es fuente de felicidad pensar «que el Padre me ha predestinado para ser conforme a la imagen de su Hijo crucificado» (Carta 324).

La Eucaristía es sacramento de comunión, banquete del cielo, banquete festivo porque alguien se ha inmolado, sacrificado, dejado aniquilar por nosotros. Podemos percibir entonces la centralidad teológico-espiritual de expresiones como la siguiente y la belleza de la perspectiva eucarística que abre:

«Una hostia buscas, Maestro adorado/ y quieres en tu caridad/ perpetuar tu vida para siempre/ encarnándote entre la humanidad,/ deseas que siempre suba al Padre/ el sacrificio y la adoración» (Poesía 91).

La paz y el descanso no nacen de la ausencia de problemas y sufrimientos, sino cuando se «sabe apreciar la felicidad del sufrimiento y verlo como la revelación del “gran amor” (Ef 2,4) del que habla San Pablo» (Carta 323 bis); si el «dolor es la revelación del amor» se hace precioso y bendito y puede llegar a ser «mi residencia amada, allí donde encuentro la paz y el descanso; es allí donde estoy segura de encontrar a mi Maestro y de permanecer con él» (Carta 323). Por esto un cristiano no debería tener otro ideal que el de «ser transformado en Jesús crucificado» (Carta 324): descubriendo que Cristo está vivo en el dolor, recibiría fuerza en las circunstancias dolorosas y frustrantes de la vida. Por tanto, a la luz de la eternidad, sacrificios, luchas, miserias son motivo de alegría, no de tristeza (cfr. El Cielo en la Fe, 30); el secreto es aprender a refugiarse siempre «en la oración de su Maestro […], desde la cruz Él te veía, rogaba por ti y esa oración permanece eternamente viva y presente delante de su Padre. Es ella la que te salvará de tus miserias» (Carta 324).

El sufrimiento, es «prueba» de la falta de amor, y se convierte en «eco» del amor divino que empuja para entrar en el corazón e irradiar a la humanidad. En la enfermedad más dolorosa se puede llegar a ser signos de esperanza para quien está a nuestro lado y para quien sufre sin esperanza, si la vivimos como el misterio de Cristo muerto y resucitado que celebra con su discípulo su Misa (cfr. Carta 309).

El tiempo está rescatado. La luz de la eternidad ofrece la perspectiva justa sobre la realidad porque, dando a la vida el sentido de un origen y de un fin buenos, la coloca dentro de un proceso en el que los acontecimientos individuales se relativizan y son rescatados de una absolutización que los haría explotar, sobrecargándolos de Al mismo tiempo, la plenitud del ser personal se va preparando a través de todas las opciones que hacemos, las acciones que realizamos, las palabras que pronunciamos: «¡Qué cosa tan seria es la vida!, cada minuto se nos ha dado para «enraizarnos más en Dios» (Carta 333) y llegar a parecernos en la vida al modelo divino en una unión siempre más íntima con Él.

La Trinidad «desea tenernos consigo, no solo durante la eternidad, sino ya en el tiempo, que es la eternidad comenzada aunque siempre en constante progreso» (El Cielo en la Fe, 1) ¿Qué hacer para que este proceso se actúe en nosotros? El secreto está en «olvidarse, abandonarse, no buscarse a sí mismo, mirar al Maestro, solamente a Él, recibir igualmente como venidos directamente de su amor, la alegría y el dolor » (Carta 333).

En esta dimensión contemplativa es posible leer los acontecimientos, de lo más pequeño a lo más grande, como expresión de la voluntad del Padre –como lo hizo Cristo– de manera que para el que cree

«cada acontecimiento y suceso, cada sufrimiento y cada alegría son un sacramento» (El Cielo en la Fe, 10). En todo es posible comunicarse con él, la realidad se hace significativa, los sucesos se interrelacionan y los puntos se tocan dejando ver una trama hermosa, sensata, conveniente para el propio crecimiento humano. Si el Verbo eterno entró en la realidad y se unió en cierto modo a cada hombre, entonces «a través de todo puedo contemplarle,/ desde la tierra, a la luz de la fe/ […] unirme a Él, tocarle por la fe» (Poesía 91).

Isabel lo había aprendido en la larga espera antes de entrar al monasterio, que favoreció una interiorización del lugar de la contemplación y de la unión con Dios, al punto de vivirlo en medio de circunstancias mundanas, concentrándose en lo esencial de la vocación y del testimonio cristiano: la realidad de la fe, la concreción de la voluntad divina, la presencia de Dios en medio de las circunstancias cotidianas.

No es posible experimentar que «no hay suficiente tiempo», es decir experimentar que lo que hacemos nos quita vida, porque no se le encuentra sentido o porque representa una huida de nosotros mismos. La fe, si no la domesticamos, nos mantiene despiertos, atentos a coger la gracia de Dios que nos suceden todos los días, recogidos «a la luz de su palabra creadora, en aquella fe “en el gran amor con que nos amó” (Ef 2,4) que permite a Dios colmar el alma “según su plenitud (Ef 3,19)”» (El Cielo en la Fe, 34).

Vivir «desde el interior», agradecidos y conectados con la vida verdadera. La santidad es vivir

«en contacto con Él en el fondo del abismo sin fondo, desde el interior» (El Cielo en la Fe, 32). «Desde el interior» es la expresión que resume el carisma y la misión eterna de Isabel de la Trinidad: vivir la relación con Dios, el misterio de la Iglesia, las relaciones de amistad, las actividades, las tribulaciones de la existencia, los acontecimientos de la propia época, conciente y tenazmente dentro de la estrecha unión con el Verbo encarnado, crucificado y resucitado, que se está donando constantemente a cada criatura. Al sumergirse en el Misterio de la fe corresponde el pasar del propio yo a la ladera del Yo divino con la consecuente dilatación del horizonte vital y de la mirada; consolidarse en la fe es la única cosa necesaria en nuestra vida, porque nos permite «actuar bajo la gran luz de Dios, jamás según las impresiones y la imaginación» (La Grandeza de Nuestra Vocación, 11). Es la experiencia del cielo sobre la tierra, del realismo de la vida divina en la comunión de los santos, de las realizaciones sensibles –ya aquí aunque todavía no en plenitud– de las palabras de verdad y de vida que la revelación nos entrega como nuestra luminosa herencia de hijos de Dios.

Pidiendo estar enteramente presente en la Trinidad adorada, despierta en la fe y abandonada a su acción creadora, Isabel desea que «cada minuto me haga penetrar más en la profundidad de tu Misterio» (Notas Íntimas 15); vivir «desde dentro» significa apoyar totalmente el propio ser en la Trinidad «Dios todo amor»: esta intimidad «ha sido el bello sol que ha iluminado mi vida, haciendo de ella ya como un cielo anticipado. Es lo que me sostiene hoy en el dolor» (Carta 333). Si permitimos a la infinita belleza imprimirse en nosotros es posible, aún en un mundo donde «todo está manchado», ser personas

«hermosas con su hermosura, luminosa con su luz» (Carta 331), que crecen en la gratitud y están siempre en la alegría de los hijos de Dios (cfr. La Grandeza de Nuestra Vocación, 12), capaces de recoger un reflejo de su belleza y de su amor en la naturaleza y en las personas.

Una sana relación con las creaturas exige «reconocer los propios errores, pecados, vicios o negligencias, y arrepentirse de corazón, cambiar desde dentro» (Laudato si’, 218), reconociendo agradecidos que el mundo es un don recibido de las manos del Padre. Este reconocimiento empuja a actuar en la gratuidad y respeto, sin abusar de ninguna realidad, conscientes de que todos los seres componen una estupenda comunión universal. El mundo «no se contempla desde fuera sino desde dentro, reconociendo los lazos con los cuales el Padre nos ha unido a todos los seres» (ivi, 220), ciertos de que «Cristo ha asumido en sí este mundo material y ahora, resucitado, permanece en lo íntimo de cada ser, circundándolo con su afecto y penetrándolo con su luz» (ivi, 221). Gracias a los sacramentos –en particular en la Eucaristía– en los cuales la naturaleza es asumida en Dios y transformada en mediación, «estamos invitados a abrazar el mundo en un nivel distinto» (ivi, 235) de aquel del provecho y de la explotación. Es extraordinaria la sintonía entre el Papa Francisco, que mira y pone las bases de una ecología integral, e Isabel:

«El Señor, en el culmen del misterio de la Encarnación, quiso alcanzar nuestra intimidad a través de un fragmento de materia. No desde arriba, sino desde adentro, para que en nuestro mismo mundo pudiéramos encontrarlo a Él. En la Eucaristía ya está realizada la plenitud, y es el centro vital del universo, El Señor, el foco desbordante de amor y de vida inagotable. […] La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. El mundo que salió de las manos de Dios vuelve a él en feliz y plena adoración” (ivi, 236).

María, modelo de la escucha que hace fecundos

«Recógete, es en tu alma/ donde el misterio se ha cumplido./ Jesús, Esplendor del Padre,/ se ha encarnado en ti./ Con la Virgen Madre/ estrecha a tu Amado/Él es tuyo» (Poesía 86). María es la criatura que no se puede contar sino solamente contemplar, porque ha penetrado de manera única el misterio de Cristo; se puede invocar su ayuda, aprender de ella como cuidar el don, poniéndose en sus manos maternas: «Esta Madre de gracia va a formar mi alma, para que su hijita sea una imagen viva “expresiva” de su primer hijo, el Hijo del Eterno, Aquel que fue la perfecta alabanza de gloria de su Padre» (Últimos Ejercicios, 2).

En ella todo acontece en el interior y por eso es el modelo del discípulo que se deja alcanzar y transformar por la Palabra viva del Padre, permaneciendo dócil a la acción creadora del Espíritu; como discípula de su Hijo , nos enseña a adorar en silencio, a sufrir y a estar bajo la cruz, para contribuir a la obra de la redención; humilde, libre de sí misma, olvidada de sí, llena de caridad y dispuesta a correr en ayuda, siempre recogida «tan recogida dentro con el Verbo de Dios» (Últimos Ejercicios, 40). Isabel siente una profunda admiración por la Virgen Madre, siente estupor por su humilde grandeza, que ha hecho abrirse el cielo, ella que es vientre en el que los tres han hecho morada en su criatura (cfr. Poesía 79):

«Piensa lo que pasaría en el alma de la Virgen cuando, después de la Encarnación poseía en ella al Verbo encarnado, al Don de Dios… ¡En qué silencio, en qué recogimiento, en qué adoración más profunda debió sumergirse en el fondo de su alma para estrechar a aquel Dios de quien era Madre!» (Carta 183).

María es el testigo intrépido de un acontecimiento enorme; lo es por la fuerza de su silencio que la hace capaz de escuchar en profundidad, que consiente al Espíritu imprimir en ella al Hijo eterno: ella nos enseña cómo preparar «en nuestra alma una morada toda sosegada en la que cante siempre el cántico del amor, de la acción de gracias» (Carta 165); nos enseña cómo escuchar: «Oh, que viva yo a tu escucha/ siempre tranquila en la fe,/ adorándote en todo/ solo viviendo de ti» (Poesía 88). La pasión de escucharlo es gusto de la armonía, capacidad de sintonía con el alma de Cristo, consciente que El «tanto tiene que decirnos» (Carta 164). En efecto, como María también nosotros somos «Uno» con el Señor, que se entrega a nosotros y mora en nuestra alma. De aquí la exigencia del silencio, que es cosa difícil de alcanzar, «para escuchar siempre, para penetrar más en su Ser infinito, está identificada con Aquel a quien ama, le encuentra en todo, le ve irradiar a través de todas las cosas» (Carta 133). En la persona nace una alabanza sin fin, una adoración del don de Dios que aumenta la caridad y la pasión por dar a conocer a Cristo, al punto que «alabanza de la gloria» llega a ser la nueva identidad:

«Una alabanza de gloria es un alma que mora en Dios, que le ama con un amor puro y desinteresado, sin buscarse en la dulzura de este amor; que le ama por encima de sus dones, incluso cuando no hubiera recibido nada de Él […]. Es un alma de silencio que permanece como una lira bajo el toque misterioso del Espíritu Santo para que Él arranque de ella armonías divinas[…]. Es un un alma que mira fijamente a Dios en la fe y en la simplicidad. Es un reflector de todo lo que Él es. Es como un abismo sin fondo en el cual Él puede verterse y expansionarse[…]. Una alabanza de gloria es, en fin, un ser que siempre permanece en actitud de acción de gracias. Cada uno de sus actos, de sus movimientos, cada uno de sus pensamientos, de sus aspiraciones, al mismo tiempo que la arraigan más profundamente en el amor, son como un eco del Sanctus eterno» (El Cielo en la Fe, 43).

Conclusión

Isabel de la Trinidad es un don precioso para nosotros y para la Iglesia en esta época marcada por la crisis de identidad, depresión, indiferencia, codicia desenfrenada, deformación de la naturaleza y manipulación humana. Ella testimonia de un modo valiente, bello y con convicción, el realismo de las verdades en que creemos y nos ayuda a comprender que si no recuperamos la dimensión escatológica de nuestra fe, ésta pierde eficacia y se vuelve inútil, sin incentivo ni fuerza transformadora.

Sabemos cuál es su misión, qué está haciendo, en qué nos pide colaborar, con amor ardiente y agradecido a la Trinidad:

«En el cielo mi misión será la de atraer a las almas, ayudándolas a salir de sí mismas para unirse a Dios por un movimiento todo simple y amoroso, y conservarlas en ese gran silencio interior, que permite a Dios imprimirse en ellas, transformarlas en Sí mismo” (Carta 335).

Agradezcámosle las palabras escritas en su última carta, que, conociendo su corazón, están también dirigidas a nosotros:

«Querido hermanito, antes de ir al cielo, tu Isabel quiere decirte una vez más su afecto y su proyecto de asistirte, día a día, hasta que te juntes con ella en el cielo […]. Tendrás que sostener luchas, hermanito mío, encontrarás obstáculos en el camino de la vida, pero no te desanimes, llámame. Sí, llama a tu hermanita, así aumentarás la felicidad de su cielo. Ella será muy feliz ayudándote a triunfar, a permanecer digno de Dios […]. Cuando esté cerca de Dios recógete en la oración, y así nos volveremos a encontrar todavía mejor» (Carta 342).

[1] Las citas de los textos de Isabel son de la edición de Obras Completas, Editorial de Espiritualidad, Madrid 1986 (traducción al español por el P. Fortunato Antolín, O.C.D. de la edición crítica preparada por el P. Conrad de Meester, O.C.D.