Justificación y santificación. La primera etapa de la vida espiritual

AZURBIALDE, S.

Justificación y santificación.
La primera etapa de la vida espiritual.

Santander, Sal Terrae, 2016, 400 pp.

Estamos ante una obra que quiere ser, y de hecho lo ha logrado, pionera en la búsqueda de una presentación de la espiritualidad cristiana que nace de la revelación buscada en las fuentes, en la misma Palabra de Dios, en los evangelios. Nuestro autor, como verdadero “eremita”, busca en esas fuentes, limpiándolas de tanto lodo que impide descubrir la limpieza del agua. Necesitamos descubrir esas aguas transparentes, cristalinas de la revelación para descubrir la plenitud de nuestra propia realización.

La obra forma parte de un trabajo más amplio del autor que comenzó con otra obra: Humanidad de Cristo, lógica del amor y Trinidad. A partir del anuncio evangélico de la llegada del reino se abre el camino para comprender la acción de Dios, que cuenta con una verdadera conversión, que acoge la justicia salvadora de Dios, para desplegar el amplio camino de la divinización del hombre a través de la relación con Dios, donde se actualiza la verdad de lo que es el hombre que viene a hacerse partícipe en Cristo de su misma santidad.

Los cuatro capítulos, en los que se desarrolla la obra responden a las cuatro realidades que constituyen el proceso vital a desarrollar. Cada capítulo consta de dos partes: una para desarrollar la materia, otra para presentarla desde su vivencia. Los títulos de los capítulos son: Anuncio del Reinado de Dios y llamada a la conversión; La experiencia de la “justicia salvífica de Dios”; El combate espiritual y el sentido cristiano de la ascesis; La santificación.

El autor tiene muy claro que hay un peligro en toda búsqueda de Dios, que convierte la vida espiritual en un buscar la perfección al margen del don, mediante la huida de la finitud (p. 311). Es en este punto donde nos parece que la presencia del don habría que haberla retrotraído al Origen, en el sentido que lo hacen nuestros dos grandes místicos, Teresa y Juan de la Cruz, la una contemplando el alma como castillo luminoso, que tiene en su centro a Dios, el otro pensando que el Padre concibe la humanidad desde siempre como esposa del Hijo, y no simplemente como la superación del pecado original. Es cierto que insiste nuestro autor en la relación interpersonal (p. 313). Son, sin duda, estas reflexiones finales las que ponen mejor de relieve la intención del autor, y lo valioso de su aportación. – Francisco Brändle.