IV. La Importancia del Trabajo

 

  1. En la perspectiva de la propia Regla de San Alberto
  2. En la perspectiva de la lectura teresiana y sanjuanista. 
  3. En la perspectiva de algunas Congregaciones femeninas . 
  4. En la perspectiva de la Reforma de Touraine. 
  5. En la perspectiva del laicado carmelitano . 
  6. En la perspectiva del proceso formativo . 
  7. En la perspectiva de la experiencia de las Monjas .

1. En la perspectiva de la propia Regla de San Alberto

Los textos de la Regla sobre el trabajo

Son dos los motivos que llevan a la Regla a insistir en el trabajo. (1) El primer motivo es: impedir la entrada de huéspedes indeseados entre nosotros. Ustedes deben hacer algún tipo de trabajo para que el diablo siempre los encuentre ocupados y no consiga, a través de su ociosidad, alguna brecha para penetrar en sus almas. O sea, en la puerta del alma del Carmelita debe estar escrito: ¡Ocupada! ¡Trabajando! ¡Entrada prohibida!! (2) El segundo motivo es: vivir del propio trabajo. El que no quiera trabajar que tampoco coma. En este punto la Regla invoca ampliamente el ejemplo de Pablo que trabajaba para poder sobrevivir e no ser peso para ninguno. El trabajo es un medio de inserción entre los “menores” y hace que la relación entre los miembros de la comunidad sea más armoniosa, ya que impide que uno sea peso inútil para los otros. La realidad dura de la vida, marcada por el trabajo, forma parte integrante del camino que lleva a Dios.

El contexto de la Regla sobre el trabajo

Contexto anterior: En los números anteriores (Rc 18 e 19), la Regla habla de la armadura de Dios. El trabajo (Rc 20) forma parte de esta armadura. Además del cinto, la coraza, el casco, el escudo, la espada, el carmelita debe usar como arma el trabajo. La Regla no especifica el tipo de trabajo. En aquel tiempo, podía ser un trabajo más espiritual: meditación, lectura, estudio, copiar libros, o un trabajo más físico: crianza de animales, labranza, construcción. Hoy en día podría ser éste u otro tipo de trabajo.

Contexto posterior: Al final del capítulo sobre el trabajo (Rc 20), citando la carta de Pablo, la Regla concluye pidiendo que los frailes trabajen en silencio. Seguidamente, en el inicio del capítulo sobre el silencio (Rc 21), retoma este mismo argumento diciendo: El apóstol recomienda el silencio cuando manda que se trabaje en silencio. Para la Regla, trabajo y silencio se complementan, el trabajo es la parte externa de una lucha que, a través del silencio, alcanza la interioridad.

Este doble contexto anterior y posterior revela dos aspectos importantes del trabajo. A través del trabajo, por una parte, impedimos la entrada del diablo de fuera hacia dentro de nosotros y, por otra parte, facilitamos la salida, de dentro hacia fuera de nosotros, de la fuerza que nace y crece en nosotros por la práctica del silencio. A través del trabajo, luchamos para que la maldad no entre en nosotros y, al mismo tiempo, esta lucha hace que, por medio del silencio, la salvación del Señor y la bendición en el Espíritu Santo, deseadas a todos en el prólogo de la Regla (Rc 1), sean liberadas desde dentro hacia la comunidad y, a través de la comunidad, hacia la sociedad. Pues dentro de la gente, en lo más profundo de nosotros, en la raíz de nuestro ser, habita Dios. Es en esa presencia silenciosa de Dios en nosotros que está la célula inicial de la victoria.

El trabajo crea así una calle en una dirección única. De afuera hacia dentro, es dirección prohibida. De dentro hacia afuera corre la fuerza de la vida nueva, originada por el silencio y liberada por el trabajo. Realmente, “este camino santo y bueno, es el que debemos andar”.

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2. En la perspectiva de la lectura teresiana y sanjuanista

Ni en Teresa ni en Juan de la Cruz entra el trabajo en sus escritos doctrinales y, menos, como un elemento que caracterice el carisma. Sin embargo, ella vuelve sobre el tema con relativa frecuencia en sus cartas y en los escritos que regulan más directamente la vida ordinaria de las carmelitas. Y ha alargando el círculo destinatario de sus consejos a los descalzos. Justamente, refiriéndose a éstos, dice que es “importantísimo para los descalzos”, “que se ponga mucho (=que se insista) en el trabajo de manos, que importa infinitísimo, y alude a lo que está en la regla y constituciones (Ct 20/9/76; 120, 10); “le pedí mucho que pusiese los ejercicios, aunque fuese hacer cestas o cualquier cosa…, porque adonde no hay estudio es cosa importantísima” (Ct 12/12/76; 156, 10). Recordando el primer encuentro con el P. Ambrosio Mariano, dice que, al mostrarle la regla, le gustó mucho “en especial de vivir de la labor de sus manos”. Y añade: “yo estaba en lo mismo” (F 17, 9).

Remite a san Pablo para evitar “pedir” y “ayudarse con la labor de sus manos” (Cst 9); que “cada una procure trabajar para que coman las demás. Téngase en cuenta con lo que manda la regla: que quien quisiere comer, que ha de trabajar; y con lo que decía san Pablo” (ib 24). Hasta aconseja “contar lo que han ganado de sus manos…, para animarlas a agradecer a las que hicieren mucho”. “Este tener cuenta con la labor, dejado el provecho temporal, para todo aprovecha mucho” (VD 12).

En la presentación de las betas de Villanueva de la Jara destaca “el trabajo que tenían en ganar de comer, porque nunca quisieron pedir limosna” (F 28, 39); “cada una trabajaba lo más que podía” (ib 41). Hasta se recrea en el “estilo” de hilar de alguna monja, “según bracea” (Ct 13/10/76; 128; 12). También se hace eco en las cartas de las diversas labores de las comunidades (28/8/75; 86, 22; F 28, 38.41).

El trabajo está vinculado con la pobreza ( 2) y la cuestión de fundar sus comunidades con renta o de pobreza. Se podrá ver las muchas fluctuaciones en esta materia (cf Ct 11, 9 , 24, 27; 22, 5).

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3. En la perspectiva de algunas Congregaciones femeninas

El trabajo en nuestras vidas

La organización de nuestra vida, teniendo como inspiración la Regla del Carmen, nos lleva a reflexionar sobre el trabajo. Garantizamos el sustento de nuestra vida administrando la economía de modo que a ninguno falte lo necesario para vivir con dignidad.

Es la conciencia de responsabilidad comunitaria la que nos anima a desempeñar nuestras tareas con dedicación y sentido de pertenencia.

Como participantes de la sociedad buscamos actuar en las áreas de la educación, de la salud, de la formación de liderazgos y en sectores diversos de la vida humana.

Insertas en la iglesia desempeñamos nuestra vocación de cara a la misión. Lo hacemos como continuadoras de la misión de Jesús que siempre tuvo una dedicación especial a los pobres.

Conscientes de que el trabajo dignifica la vida humana procuramos afinar nuestros dones a través de los estudios específicos para una formación adecuada al trabajo que realizamos.

Contemplamos nuestras casas, espacio de las obras y de las actividades en favor de la misión, y reconocemos el valor del patrimonio construido.

Se hace visible nuestro caminar histórico, que nos compromete cada vez más con la sociedad humana con la que convivimos y a la que servimos a través de nuestro trabajo.

Por fin, con un toque femenino de ser, procuramos mejorar nuestra capacidad en el servir, superando las discriminaciones en el trabajo de las mujeres. En una lucha consciente, progresiva y permanente, como consagradas, colaboramos como partícipes de tantos proyectos alternativos que anuncian una nueva comprensión del trabajo productivo y denuncian las injusticias practicadas con los niños y las mujeres de una sociedad excluyente.

“Nuestra vocación específica en el Carmelo nos indica con claridad con cuál estilo debemos colocarnos al servicio de los hermanos: el estilo amable, ardiente y discreto de María de Nazaret que movió el corazón de los misioneros de todas las épocas y que nos permite expresar plenamente también nuestra femininidad. Estilo caracterizado por el ardor del anuncio del evangelio del amor y de la paz, por el compromiso con la justicia, por la vivacidad y creatividad en individuar modalidades concretas para un servicio evangélicamente eficaz, por la tenacidad y por la disponibilidad, hasta el martirio, en enfrentar las inevitables dificultades, por la apertura a la colaboración con todos aquellos que buscan sinceramente el Reino de Dios y por el respeto a la cultura de cada pueblo.” (Ratio Institutionis, cap 4, n.13)

Así escribió nuestra fundadora M.M.Crucifixa: “Trabaje con entusiasmo, como verdadera misionera Carmelita: Dificultades, todos las encontramos, pero esto nos debe hacer más fuertes y valientes para corresponder a la ardua empresa que la Providencia nos confió”.

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4. En la perspectiva de la Reforma de Touraine

Vivamente recomendado en la Regla, que cita más de una vez frases de San Pablo como refuerzo, el Legislador insiste en la necesidad del trabajo para los ermitaños en el Carmelo.

Con el traslado para Europa y el cambio de estilo de vida, de monjes a frailes, y las adaptaciones de la Regla al nuevo contexto, el texto sobre el Trabajo no se modificó: la ocupación del tiempo y el cuidado en procurar el propio sustento siguieron siendo muy importantes, como parte de la ascesis y del desprendimento propio, además de la necesidad de ejercitar el corpo. Si antes el Trabajo miraba sobre todo al cuidado de la limpieza del monasterio y de mantenimiento de la huerta, sembradío, las frutas y crianza de aves y otros animales para el sustento y el transporte, en Europa el Trabajo principal gira en torno a la misión pastoral: el estudo, la atención del pueblo en el proprio convento, la “cura de almas”, la oración, los sacramentos, los diversos tipos de apostolado.

La Reforma de Touraine discutió la cuestión del servicio apostólico: el “dejar a Dios por Dios”. En este caso, hubo dos tendencias: la que restringía al mínimo el apostolado fuera del convento – a esta corrente pertencia el Venerable Juan de S. Sanón, defensor de una vida predominantemente contemplativa eremítica; y la tendencia liderada por Phillipe Tibault, el principal articulador de la Reforma, que defendía la tesis de la vida llamada “mixta” en aquella época, o sea: una vida contemplativa apostólica. Ganó esta tendencia, manteniendo el respeto hacia aquellos frailes que prefería el estilo de vida más recogido, el apostolado de la oración, de los escritos espirituales y la atención del pueblo de Dios que acudía a los conventos solicitando direción espiritual. El própio Juan de S. Sansón fue dircetor espiritual de pobres y ricos, entre estos, de importantes figuras de la nobreza y del clero francés de la época.

En el Brasil, la Provincia Carmelita Reformada Turonense, creada en el Nordeste brasileño a final del siglo XVII, com la ciudad de Recife/ estado de Pernambuco como sede, asumió la vida contemplativa apostólica, con misiones populares en los pueblos y caseríos del interior nordestino, el servicio pastoral en las iglesias conventuales, las escuelas claustrales donde estudiaban los candidatos a las órdenes religiosas carmelitas y también laicos, y la misión entre los indígenas, en las aldeas remotas. Ell mismo que introdujo la Reforma en el Brasil y primer provincial turonense, el Venerable Fray Juan de San José, al terminar su período de superior mayor, se retiró a trabajar en aldeas misioneras indígenas en el Río Grande del Norte, confiados a la Provincia Reformada Pernambucana.

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5. En la perspectiva del laicado carmelitano

LAICADO: OCD

La Regla, el trabajo y el apostolado

El Seglar Carmelita debe reconocer en el trabajo un medio eficaz para el ejercicio más digno y más humano de su vida evangélica. Teniendo siempre presente que el trabajo, con su acción, no sólo transforma las cosas y a la sociedad, sino que, sobre todo, perfecciona a la persona, pues es un medio para cultivarse, superarse y trascender. La persona vale más por lo que “es” que por lo que “tiene” y todo lo que realice para lograr más justicia, mayor fraternidad y un humano planteamiento en los problemas sociales, será su tarea. Los progresos técnicos sólo nos deben ofrecer material para la promoción humana (GS 35 y 67). También debemos tomar en cuenta que estamos “trabajando” espiritualmente para lograr nuestra “perfección”, y que, conforme al Evangelio, debemos alentarnos y ayudarnos unos a otros como Comunidad.

Los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y misión de ser anunciadores del evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo (ChL 33). La espiritualidad del Carmelo despierta en el Seglar el deseo de un compromiso apostólico mayor, al darse cuenta de todo lo que implica su llamada a la Orden. Consciente de la necesidad que tiene el mundo del testimonio de la presencia de Dios (AA 4. 10; ChL 16-17. 25. 28-29), responde a la invitación que la Iglesia dirige a todas las asociaciones de fieles seguidores de Cristo comprometiéndolos con la sociedad humana a través de una participación activa en las metas apostólicas de su misión en el marco del propio carisma. Como fruto de esta participación en la evangelización el Seglar comparte un gusto renovado por la oración, la contemplación, la vida litúrgica y sacramental.

En su compromiso apostólico llevará la riqueza de su espiritualidad con los matices que confiere a todos los campos de la evangelización: misiones, parroquias, casas de oración, Institutos de espiritualidad, grupos de oración, pastoral de la espiritualidad. Con su aportación peculiar como laicos carmelitas podrán ofrecer al Carmelo Teresiano impulsos renovados para encontrar válidas indicaciones para nuevos dinamismos apostólicos (VC 55) con una fidelidad creativa a su misión en la Iglesia.

El Carmelita Seglar tiene un deber particular de testimonio y de servicio para con el prójimo, en conformidad con su propia vocación, el don de Dios no es solamente personal, sino que está dado para toda la Iglesia. Por ello, el Seglar en particular, y cada Comunidad, han de estar dispuestos para secundar las iniciativas de apostolado de la Iglesia local –diócesis y parroquia-, especialmente las que van en consonancia con el espíritu de la Orden: ejercicios espirituales, grupos de oración, charlas sobre la espiritualidad carmelitana, incremento de la vida litúrgica, círculos bíblicos, etc. Aprovechando todos los medios de comunicación en las obras de apostolado.

En cada Comunidad se designan miembros señalados para coordinar distintas iniciativas apostólicas, como las misiones, las vocaciones, la atención a los enfermos y la asistencia a los pobres, ancianos, huérfanos, marginados, indígenas, etc.

Los hermanos enfermos tienen un papel muy destacado en el apostolado de la Comunidad a través del ofrecimiento de sus sufrimientos y oración. El Consejo de cada Comunidad dará una especial atención a sus enfermos, apoyándolos y estimulándolos a participar en los proyectos y trabajos del grupo

LAICADO: OC

Para los Pobres la Vida es frágil y sagrada. Hay que tomarla en serio.

1.4 Creo, Carlos, que lo que mas atrae a nuestro pueblo pobre-en- comunidad al Carmelo y a su Regla de vida es la manera sincera, sencilla y práctica en que la Regla ama y respeta la Vida.

1.5 Para el pueblo pobre y para el Carmelo lo concreto es puerta a lo universal. El pensamiento del pobre es concreto. Para el “la humanidad” no existe. Existen las personas. Números 4, 5, 6, 7 y 23, entre otros de la Regla, recuerdan al pueblo este principio que fundamenta su experiencia: lo concreto es puerta a lo universal. La persona con quien uno puede contar y el lugar donde uno puede estar son el punto de partida de nuestra experiencia humana y de la experiencia de Dios en medio de ella (ver la lectura del Cantar de los Cantares en la tradición del Carmelo).

1.6 Los pobres-en-comunidad nos enseñan tres lugares en la Regla que, según su experiencia de pobres, son lugares sagrados porque aseguran la vida y permiten que ésta continua:

1.7 En sus propias palabras: “La Regla valora el trabajo (nm 20). Nosotros nos sentimos identificados porque para nosotros el trabajo es un valor.” “La comida hay que trabajarla.”

1.7.1 La resolución del conflicto, no por la fuerza y la violencia, sino en fe y amor: “En las dificultades que a diario sufre la Comunidad, la Regla nos ofrece las armas espirituales para poder sostenernos. (ver nn. 18-19)”

1.7.2 “No nos dejen solos” es una frase que familias y comunidades repiten a los misioneros y demás personas de la Iglesia que los visitan. Para nuestra gente este anhelo de comunión eclesial es la semilla que engendra la Regla del Carmelo: una Comunidad local y concreta en búsqueda de eclesialidad, es decir, una comunión de hermanos en comunión con la Iglesia (ver números 1, 3, 4 y 5 de la Regla).

1.8 El compromiso y la gratuidad sostienen la Vida.

1.8.1 Para los pobres la seguridad no consiste en saber con que se cuenta, sino con quien se cuenta en la vida. La seguridad de los pobres está en las personas y en la comunidad (ver Juan 19, 25-27). Es mutualidad.

El compromiso consiste en saber con quien cuenta la persona y quien cuenta con uno. Los pobres descubren en la Regla que este compromiso es de Jesús y con Jesús y con la comunidad (como encarnación del Espíritu de Jesús – Mt. 18,20) (ver números 4, 22 y 23).

1.8.2 El compromiso es gratuito y se sostiene en la gratuidad:

– “Todo es de todos.” (nm. 12 de la Regla)

– Especialmente la propia vida de la persona (nm. 24)

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6. En la perspectiva del proceso formativo

(Empleados en algún trabajo)

El Trabajo permite imitar a Cristo y a Pablo.

El trabajo le permite al carmelita imitar a Cristo y a Pablo. Jesús asumió la condición humana en medio de los pobres (2Co 8,9: Mt 13,55: Flp 2,6-7: Heb 4,15) y emigrantes de Judá a Nazaret (Lc 2,4). Trabajó en el campo y como carpintero (Mt 133,55: Mc 6,3) y tuvo que pagar impuestos (Mc 2,14.15). Jesús enseñó a vivir una vida de trabajo, aparentemente cotidiana y sin valor, pero en cuya vida se esconde una semilla que se vuelve predicación de la buena nueva y denuncia de los que oprimen.

La Regla presenta a Pablo como quien enseña, siguiendo su ejemplo no podrán fallar. La insistencia de que Pablo con su trabajo no fue carga para los demás, debió ser afirmada como correctivo.

El trabajo manual era considerado por los griegos, como algo propio de los esclavos. Pablo una vez convertido al cristianismo perdió su clientela judía, para sus tiendas. Se le presentaron 3 opciones: pedir colegiatura a sus discípulos (costumbre rabínica), vivir de limosnas (1Co 9,6-14), emplearse como profesor en casa de los ricos (caso de Aristóteles). Pablo opta por trabajar con sus manos (1Co 4,12), a pesar de ser ciudadano romano (He 22,25-29) y ya no como administrador de un padre rico sino como obrero (2Co 11,9). Menciona que su trabajo: era cansado (1Co 4,12), de día y noche (1Te 2,9: 2Te 3,8) y horas extras (2Co 6,5: 11,27). No era un salario alto, pues pasaba necesidad (2Co 11,9. 27: 2Co 6,10) y se ve en la necesidad de pedir apoyo para si, a la comunidad de Filipo (Flp 4,15-16), y para los pobres de Jerusalén (1Co 16,1-4).

Las ventajas para Pablo, por su trabajo manual son: no ser peso para la comunidad (1Te 2,9:2Te 3,8: 2Co 11,9), insertarse en medio de la gran masa del pueblo que vivía como esclavos, romper con el sueño de los ricos, inalcanzable por parte de las mayorías de vivir sin trabajar manualmente, dedicados sólo al estudio y meditación filosófica, anunciar el evangelio gratis (1Co 9,18: 2Co 11,7), y anunciar el evangelio como una realidad al alcance de todos los trabajadores. No como un ideal irrealizable.

Trabajo y vida espiritual:

El trabajo aportaba a la vida espiritual de los carmelitas:

– Un arma de lucha contra el mal, “para que el diablo los encuentre siempre ocupados…”. El trabajo impide que el diablo entre de fuera hacia dentro de la persona. La fuerza del trabajo aquí es de filtro que prohíbe que huéspedes indeseables, cosas inútiles, entren en nosotros. El trabajo es el lado exterior de una lucha que debe nacer del interior a través del silencio.

– La posibilidad de irradiar salvación y bendición desde dentro hacia la comunidad y sociedad. El trabajo nacido del silencio, de la silenciosa presencia de la obra de Dios en nosotros, de su vida nueva, irradia salvación. La fuerza del trabajo no es sólo prohibir que entre el mal, sino de tránsito libre de la fuerza de la vida nueva, expresada por el trabajo. El trabajo tiene una fuerza de testimonio, porque permite dejar salir la fuerza de la novedad de experiencia de Dios de la persona.

– es evitar la ociosidad, “suplicamos que trabajando en silencio ganen su propio pan”: La ociosidad lleva a las personas a meterse en todo, y crear desarmonía en la comunidad (Pablo) y desintegración interior.

– El trabajo otorga resistencia en el espíritu para afrontar las contrariedades que vienen del camino de búsqueda de Dios y su reino, porque la realidad dura de la vida marcada por el trabajo, forma parte de la búsqueda de Dios.

– da libertad para organizar la vida, predicación sin la atadura a los intereses de los bienhechores.

La manera de realizar el trabajo es: “en observancia monástica”. El trabajo ha de ser realizado con calma, con paz, con alegría; con orden, con seriedad, con disciplina; con responsabilidad.

Trabajo y vida fraterna:

A los carmelitas les motivaba el trabajo la vida fraterna ya que proporciona: la posibilidad de compartir y de construir la comunidad, ayuda a que las relaciones fraternas sean más armoniosas, pues impide que uno sea peso para los otros y proporciona sustento.

La regla deja en libertad para que se escoja el tipo de trabajo, sea intelectual (meditación lectura, estudio, copiar libros) o manual (Manual: cría de animales, construcción, venta de los productos etc.)

El trabajo inserta al carmelita en la vida de los pobres, que viven de su trabajo.

• Trabajos de limpieza y conservación de la casa;

• Algunos servicios remunerados;

• En el postulantado, confección y venta de pan.

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7. En la perspectiva de la experiencia de las Monjas

El trabajo es parte integrante de la vida humana y el medio eficaz de perfección personal.

La monja, fiel a lo que la Regla propone, vive en constante equilibrio entre la oración y el trabajo.

Por el mismo la monja se coloca al servicio del Hijo del carpintero, se solidariza con la condición común de hombres y mujeres, con la obligación de proveer el propio sustento, a ejemplo de San Pablo que trabajando con sus propias manos se convirtió en nuestro modelo.

El trabajo mira los bienes temporales y eternos, procurando solamente lo necesario para la vida personal y comunitaria, exigencia de pobreza evangélica.

Cada una procura desempeñar su trabajo con empeño y diligencia con los medios para perfeccionar los dones, siendo ésta una forma poderosa en la lucha contra el mal y la ociosidad.