V. La Importancia del Silencio

  1. En la perspectiva de la propia Regla de San Alberto. 
  2. En la perspectiva de la lectura teresiana y sanjuanista. 
  3. En la perspectiva de algunas Congregaciones femeninas. 
  4. En la perspectiva de la Reforma de Touraine. 
  5. En la perspectiva del laicado carmelitano. 
  6. En la perspectiva del proceso formativo. 
  7. En la perspectiva de la vivencia de las Monjas.

1. En la perspectiva de la propia Regla de San Alberto

Las diversas partes del texto de la Regla sobre la práctica del Silencio

1) Describe el valor del silencio. Cita dos frases del profeta Isaías: “La justicia es cultivada por el silencio”, y “”Es en el silencio y en la esperanza donde se encontrará su fuerza”. Por ser recomendado por el profeta, ¡este silencio es profético!

2) Organiza la práctica del silencio. Adapta el silencio al ritmo diferente del día y de la noche. El silencio de la noche nos envuelve y nos hace silenciar. El día es más ruidoso y produce distracción. Exige un esfuerzo interior mayor para hacer silencio.

3) Recomienda el control de la lengua. Con frases de la Biblia, señala los peligros del mucho hablar y enseña cómo hacer para cultivar el silencio.

4) Señala el objetivo de la práctica del silencio. La práctica del silencio procura evitar un descuido que conduce a la muerte. ¡El silencio enfrenta a la muerte y conduce a la vida!

5) Resumen final: Al final, retoma la frase inicial del profeta reafirmando que la práctica del silencio e el camino para la justicia.

Los dos aspectos del silencio profético recomendado por la Regla

El primer aspecto del silencio profético tiene que ver con la lucha por la justicia y está expresado en la frase de Isaías: La justicia es cultivada por el silencio. Cultivar la justicia por medio del silencio significa silenciar dentro de nosotros, todo aquello que impide la visión justa de las cosas. Significa hacer que la realidad aparezca desde lo que ella es en sí misma y no como aparece desfigurada a través de la propaganda y de la ideología dominante. Este primer aspecto del silencio es fruto de nuestro esfuerzo. Exige disciplina y control, estudio y reflexión. Hoy en día el flujo de las palabras e imágenes es tanto que nos impide percibir la realidad tal como ella es. Nos envuelve de tal manera que acabamos hallando normal lo que, en la realidad, es una situación de muerte. Por ejemplo, la violencia se ha hecho tan normal y tan presente, que ya nos acostumbramos. Vivimos en una situación de muerte, y no nos damos cuenta. Y muchas veces, el consumismo mata cualquier esfuerzo de conciencia crítica. El silencio profético coloca el dedo en esta llaga escondida. El profeta señala la muerte, no porque le gusta la muerte, sino para que la vida se pueda manifestar. Es una exigencia de la propia vida que sean señalados los falsos e ilusorios caminos de la muerte, para que podamos despertar e iniciar el cambio o conversión, tanto en vida personal como en la convivencia social. Este cultivo consciente del silencio genera en nosotros la justicia.

El segundo aspecto del silencio profético es fruto de la acción del Espíritu de Dios en nosotros y se expresa en la segunda cita del profeta Isaías: En el silencio y en la esperanza está su fuerza. Despejado el acceso a la fuente por nuestro esfuerzo activo el cual procura conocer la realidad tal como ella es, el agua brotará de dentro de nosotros e inundará nuestro ser. El silencio producido en nosotros al enfrentarnos con la situación de muerte, a pesar de doloroso, es fuente de esperanza y de vida. Produce la fuerza de la resistencia. Da fuerza para que la gente soporte la situación de muerte, porque creemos que de la muerte del trigo caído en la tierra brota vida nueva. Es el caminar en la Noche Oscura en la espera de la llegada de la luz de la que habla San Juan de la Cruz.

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2. En la perspectiva de la lectura teresiana y sanjuanista

Silencio-soledad

Dos términos muy próximos en significado. Con una clara tendencia a expresar vivencias del espíritu más que situaciones externas que, por supuesto, también recomiendan. En Juan de la Cruz, tanto el silencio como la soledad forman parte de un código lingüístico sumamente rico y esencial de su discurso espiritual. Lo señala ya el hecho de su emparejamiento con términos de densa significación: “recogimiento, silencio espiritual , desnudez y pobreza de espíritu” (Caut 1); 2S 29, 5); “soledad y desnudez” (2S 23, 4; Cánt 22, 8); soledad y enajenamiento de todas las cosas” (Cánt 14, 27; Ll 3, 38.; “recogimiento y soledad” (Ll 3, 45.63.65); “soledad y libertad y tranquilidad de espíritu” (Ll 3, 46).

Muy frecuentemente encontramos estos términos en contexto de contemplación. La acción de Dios en la contemplación causa silencio del “discurso natural”, soledad y silencio contemplativo (Ll 3, 39.43.45.46.53.54.63); “soledad y quietud de las potencias” (Ll 3, 63.66). La contemplación introduce en, es “soledad sonora” (D 165.79. 27.108. 118; 3S 3, 4; 2N 24, 3; Cánt 14, 25-26; 39, 12; Ll 3, 34). Soledad: presencia a Dios y soledad de todas las cosas (Cánt 14, 24; 34, 5; 35, 5-7).

Una atención especial merece la estrofa 35 de Cántico: En sentido negativo: Soledad como opción personal en que se quiso vivir /1.2.7). La define: “querer carecer por su Esposo de las cosas y bienes del mundo” (4),. En sentido positivo: “quietud [en] en único y solitario amor del Esposo” (6). Soledad perfecta = perfecta unión (4); “sola y libre de otras afecciones” (5). En esta soledad sólo el Esposo “obra” y “la guía a Sí mismo” (7), “sin otro algún medio”(6). La soledad, “espacio” en el que realiza la unión con Dios.

Los dos doctores carmelitas hablan de la soledad penosa como una prueba muy fuerte de preparación para el matrimonio espiritual: “extremo de soledad”, “desierto y soledad” (V 20, 10); experiencia de estar “crucificada entre el cielo y la tierra” (ib 11), en la que nadie puede hacerle compañía, “como no fuese el que ama” (6M 11, 5). “Puesta alejadísima y remotísima de toda criatura”, “en una profundísima y anchísima soledad”, en un “inmenso desierto” (2N 17, 6).

Pero también ofrecen nuestros santos llamadas al silencio físico. Teresa se refiere al silencio “mayor” del que habla la regla (C 10,6; Cst 7; Ct 8/11/61; 395; 20). En la tornera aprecia que “sea corta de razones [de pocas palabras]” , “es mucha virtud para porteras de estas casas”; “oír y responder” (Ct Princ../8/71; 32, 3); “el mejor negociar es callar y hablar con Dios” /Ct 15/3/77; 187, 6).

Juan + nos ofrece un rico y sugerente florilegio sobre el silencio casi siempre en la relación fraterna en la vida comunitaria: “para ser religioso (Caut 6); como fruto de un comportamiento adecuado (7). “El refrenar la lengua” /Sant 1, 26), “se entiende no menos de la lengua interior que de la exterior” (ib 9). Silencio respetuoso sobre la comunidad (AV 2). Silencio comprensivo sobre lo negativo del prójimo (D 108.117.134.146.147). Abundantes llamadas a guardar “la lengua interior y exterior” (D 165.81.84.140.142). “Mejor es vencerse en la lengua que ayunar a pan y agua” (181).

Rebello, A. Silence and Recollection in the Writings and Life of st. Jonh of the Cross, Pontificia studiorum Universitas st. Thomas A., Angelicum,2003.

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3. En la perspectiva de algunas Congregaciones femeninas

La palabra que nace del Silencio

La práctica del silencio e nuestra vida nos enseña a oír la Palabra que viene de Dios, que es el mismo Dios, y la palabra que viene de los hermanos. “La Palabra se hizo Carne y habitó entre nosotros.” (Jn, 1, 1)

Del silencio nace la sabiduría que busca “vivir en obsequio de Jesucristo. ”Es una práctica purificadora de los sentimientos y de los pensamientos, por donde pasa la verdadera comunicación. La Regla insiste en el valor del silencio y nuestra vida apostólica supone que somos profesionales del silencio para que nuestra palabra sea siempre la Buena Noticia de Dios a los hermanos.

Desde el punto de vista humano sabemos reconocer cómo es difícil evitar los comentarios inútiles, el hablar mucho, sobre todo sin decir nada con profundidad. La palabra va perdiendo su fuerza cuando hablamos de todo y no oímos con una escucha contemplativa. La escucha contemplativa va más allá del oído.

Escogemos el vivir la dimensión contemplativa de la vida, y por eso nos educamos para el silencio. Podemos escribir páginas sobre páginas en relación al silencio, pero si no enfrentamos los desafíos de esta práctica, de nada sirve

¿Cómo vamos a oír sobre la necesidad del otro si no guardamos silencio? ¿Cómo leer los signos de los tiempos si faltamos con nuestro mucho hablar? ¿Cómo evitar que seamos tragadas por la fuerza periodística de las noticias que pueblan nuestros oídos?

Este punto de la Regla nos incita a buscar una profunda transformación en la forma de comprender el silencio para que la “justicia sea cultivada”. Tal vez aquí tengamos que aprender del silencio de nuestro pueblo en sus vigilias y romerías. Calla el dolor para cultivar solamente el amor en forma de sencillas y fervorosas oraciones. “Yo no sé rezar, solo sé repetir: te quiero amar.”

No es bueno que seamos mujeres silenciadas, sino que procuremos el sentido de la palabra. Callar para que podamos penetrar el sentido de aquello que el otro nos quiere decir.

Es importante que reconozcamos el ruido que viene de dentro y de fuera de nosotros. Partimos de esta experiencia para que hagamos un silencio fecundo. De esta experiencia nace el grito de quien necesita comunicarse porque la comunicación es el elemento esencial de la relación entre las personas. Podemos siempre preguntarnos: ¿cuándo es que nuestro silencio se torna fecundo?

“La misionera carmelita vive intensamente su espiritualidad entre los dos polos: de la soledad, del silencio y de la contemplación y el de la celebración comunitaria de los misterios litúrgicos, uno alimentando al otro.“

“La purificación del corazón, el silencio interior, la vida en la presencia de Dios, la confianza en la Divina Providencia, elementos característicos de nuestra espiritualidad, nos darán siempre más, la sensibilidad que brota de la fe y que nos hará descubrir la llamada del Señor en el mundo que nos rodea, especialmente en el mundo de los pobres. “ (C.D.P –102).

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4. En la perspectiva de la Reforma de Touraine

Sin duda uno de los puntos de mayor insistencia en las Reformas del Carmelo en los siglos XV, XVI y XVII. Se trataba de recuperar algo de importancia singular en la Tradición Carmelitana, condición necesaria para hacer resurgir la vida contemplativa, después de los años de relajación o flexibilización de la disciplina religiosa.

En este sentido, la Reforma Turonense se esfuerza, en primer lugar, en implantar en los conventos los decretos de Reforma emanados del Concilio Tridentino, que restablecían el ambiente de recogimiento interno y externo, adecuado al silencio fecundo y productivo, generador de vida espiritual y de compromiso apostólico. Se establecen tiempos de “silencio estricto”, generalmente desde la oración de la noche hasta la primera refección de la mañana y la recomendación insistente para que se cumpla el silencio que la Regla prescribe durante el día.

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5. En la perspectiva del laicado carmelitano

LAICADO OCD

El Silencio en nuestra Regla

El silencio es el camino que nos lleva al encuentro con nosotros mismos, con los otros y con Dios. Solo en el silencio podemos tomar conciencia de nuestras capacidades y de nuestras limitaciones

Todo lo que es definitivo nace y se consuma en el seno del silencio: la vida, la muerte, la eternidad, la gracia, el pecado… Dios es silencio, Él lo penetra todo, lo conserva y lo sostiene, y nadie se da cuenta. Dios es silencio desde siempre y para siempre. Opera silenciosamente en las profundidades de nuestro ser.

La gracia de Dios actúa en silencio, nadie sabe cómo sucede, pero se inserta en nuestra propia naturaleza. El silencio es el camino que nos introduce en el misterio de Dios y de nuestro ser. También el pecado es el supremo misterio del silencio. Así, podemos concluir que todo lo definitivo nos lleva al silencio y que el silencio no es una obligación, sino una necesidad.

Nos equivocamos cuando pensamos que fuera encontramos el sentido de nuestra propia vida, es introduciéndonos en el silencio donde encontramos la salud y la vitalidad. El silencio es el retorno a la vida después de andar vagando exteriormente en busca de emociones, de evasiones, de consuelos… En lo profundo de mi corazón es donde estoy en comunión con todos, donde puedo relacionarme y acercarme al Otro y a los otros.

La travesía de Cristo, como Hombre, se hizo en completo silencio. El contemplativo queda mudo por este hecho ante el hecho de que Dios, a su paso por la experiencia humana, ni siquiera brilló: fue eclipse y silencio.

El silencio también purifica, podemos comparar al silencio con el otoño en que todo se cae, el árbol se deja ver, pero no es una caída de muerte, sino de vida, la salud se recobra dejando salir las impurezas por el camino del silencio, aunque las jornadas resulten a veces muy duras. En el silencio encontramos nuestra propia verdad, porque las verdades no se trasmiten desde fuera si uno no se aproxima a ellas desde dentro

Los modelos los tenemos en Jesús y en María. El modelo creado por Jesús es interior, es una fuerza que engendra vida, sin previa adaptación, sin imposiciones, porque es más acertado descubrir el reino dentro de nosotros diciéndonos cómo debemos actuar, amar, querer, ser, atender, etc.

Lo que más debemos admirar e imitar, en Jesús y en María, es su humildad silenciosa.

Todos los misterios de María estuvieron escondidos en los pliegues del silencio durante la mayor parte de su vida. Sus privilegios estuvieron en silencio, incluso en la Iglesia, durante muchos años.

Como fruto de su vida de silencio, María nos enseña:

– A ser disponibles y receptivos,

– a estar en Dios y Dios dentro de nosotros,

– a que el silencio no es ausencia sino presencia,

– a que la comunicación es más profunda cuando no se dice nada,

– a que el silencio es fecundidad,

– que el silencio produce atención y solicitud por los hermanos,

– el silencio nos viste de fortaleza, nos hace ser nosotros mismos,

Nuestro mundo se ahoga en el mar de la dispersión, por lo que es difícil amar a los hermanos con un corazón disperso. María nos hace ver que el apostolado sin silencio es alienación y que el silencio sin apostolado es comodidad. Es necesario disponernos para que, en el silencio, María nos comunique la fortaleza de su fe, la altura de su esperanza y la profundidad de su amor.

Resumiendo: El silencio es la fuerza que nos unifica en este mundo de dispersión y nos prepara para el diálogo amoroso y fecundo con Dios y con los demás.

LAICADO: OC

Nuestra gente ha descubierto en la Regla tres elementos para un proyecto de vida (una espiritualidad) para mantener viva su esperanza y organizarla:

– “Hacer lo correcto”

– “Se descubre la Verdad por la escucha”

– “La Oración permanente”

1.9 “Hacer lo correcto”

1.9.1 Ser “fieles” (nn 2 y 3) viviendo “en obsequio de Jesucristo” (nm. 2)

1.9.2 Los espacios del Carmelo, desde la comunidad local en adelante, son lugares donde se trata de descubrir lo que Dios quiere y ayudarse mutuamente a cumplir esta voluntad de Dios en un clima y cultura capitular (n. 15).

1.9.3 La comunidad (ver Mt. 18, 20), por tanto, es un lugar de discernimiento permanente en conversación con Dios y los hermanos (nn. 24, 4, 6)

1.10 “Se descubre la Verdad por la escucha.”

1.10.1 La experiencia de Dios está en la escucha (nn. 10, 14, 19 de la Regla).

1.10.2 Hay que escuchar la Palabra de Dios día y noche (nm. 10)

1.10.3 “El silencio nos prepara para darle sentido a la contemplación y descubrir cual es la verdadera imagen de Dios.”

1.11 “La Oración permanente”

1.11.1 La Oración define la Comunidad. Es decir, es la oración y no el estado eclesiástico (clérigo, laico, etc.) lo que define la pertenencia a la comunidad en el Carmelo: En el principio éramos tantos no-clérigos que la Regla organiza la vida de oración de la Comunidad teniéndonos muy en cuenta (nm. 11).

1.11.2 Nuestro principio organizativo en el Carmelo es la Eucaristía:

– La Eucaristía organiza nuestro tiempo y nuestro espacio (nm. 14)

– Nuestra igualdad en fraternidad es eucarística. Nos reúne ‘para oír la santa misa’.

1.11.3 El Padre Nuestro es la Oración de Cabecera en el Carmelo y en la vida del pueblo (nm 11)

– Algunas madres de la Comunidad enseñan el Padre Nuestro a sus hijos e hijas apenas comienzan a balbucear sus primeras palabras..

– Su oración frecuente, consagrada en la Regla, es practicada en algunas comunidades como lectura orante permanente que estructura el día.

Son éstas algunas pistas que nuestro pueblo nos ha enseñado para descubrir la entrada al camino de la Regla. Una vez pasada esta puerta, el pueblo se vuelve compañero de camino y algo nuevo nace….

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6. En la perspectiva del proceso formativo

• Ambiente y clima de silencio;

• Trabajo en silencio;

• Momento diario de oración silenciosa en común;

• Valorización del gran silencio nocturno hasta la conclusión de las laudes o Eucaristía matutina;

• Ejercicio de la escucha del hermano, hermano fraile, pueblo,

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7. En la perspectiva de la vivencia de las Monjas

Las monjas se comprometen seriamente a conservar en el Monasterio el ambiente de soledad y el clima de silencio, viviendo en la clausura, lugar restringido y solitario donde sólo tienen acceso los que son llamados al “Monte Tabor” con Cristo.

Es una lucha y un esfuerzo personal de cada una, procurando así vivir con fidelidad este punto de la Regla, pues “en el mucho hablar no faltará pecado” y “quien usa de muchas palabras hiere su alma”.

El silencio es un medio fundamental para oír la Palabra de Dios y percibir su presencia en la brisa leve.

Cultivar el silencio es cultivar la justicia, es percibir el verdadero sentido de la realidad en que vivimos, siendo capaz de ver el mundo con la mirada de Dios.

En el silencio, la monja vive su consagración, en un constante himno de alabanza, en una alegría que brota de dentro de sí y se extiende a los demás.

El Monasterio es escuela de silencio y oración donde la Maestra es María, la fiel discípula del Señor.

“Las monjas carmelitas inmersas en el silencio y en la oración, llaman a todos los fieles, especialmente a sus hermanos comprometidos con el apostolado activo, al absoluto primado de Dios” ( Juan Pablo II ).