VI. La Fraternidad Mendicante

  1. En la perspectiva de la propia Regla de San Alberto . 
  2. En la perspectiva de la lectura teresiana y sanjuanista . 
  3. En la perspectiva de algunas Congregaciones femeninas. 
  4. En la perspectiva de la Reforma de Touraine. 
  5. En la perspectiva del laicado carmelitano. 
  6. En la perspectiva del proceso formativo. 
  7. En la perspectiva de la vivencia de las Monjas. 

1. En la perspectiva de la propia Regla de San Alberto

La novedad de la vida mendicante radica en la insistencia en la fraternidad como revelación de la Buena Noticia del amor de Dios para con los “menores”, los pobres. Fraternidad mendicante era la fraternidad de los “menores”, es decir, del pueblo pobre que necesitaba crear entre sí lazos de solidaridad para poder sobrevivir en las ciudades. Ser mendicante significaba optar por vivir en una fraternidad pobre, de “menores”. Eran los llamados frailes menores.

Las características de la fraternidad mendicante en la Regla del Carmen:

1. Tener un prior escogido entre los hermanos (Rc 4).

Lo primero que la Regla establece es tener un prior y no un abad. El prior es elegido por los frailes y no impuesto desde arriba. Ejerce su autoridad en conjunto con los otros frailes, en la elección del lugar (Rc 5), en la indicación de la celda (Rc 6). De este modo, involucra a todos y crea en ellos un sentido de corresponsabilidad y de participación.

2. No cambiar de “lugar” (convento) (Rc 8).

En una fraternidad mendicante, el compromiso no es, como en el eremitismo anterior, con un determinado monje más santo, pero sí con la comunidad y con el ideal expresado en la Regla. Para impedir el regreso a ese eremitismo la Regla establece: No se permita a ningún hermano, a no ser con la autorización del prior en ejercicio, cambiarse de lugar de morada que le ha sido indicado o cambiarlo con otro. El ermitaño carmelita renuncia a la itinerancia y somete su vida al juicio de la comunidad.

3. La celda del prior debe estar en la entrada (Rc 9)

Lo mismo vale para la cela del prior que debe quedar en la entrada. Tanto los nuevos candidatos como los visitantes y peregrinos que vienen al lugar, todos son escogidos y orientados por el prior que representa a la comunidad.

4. No se tenga propiedad sino tener todo en común (Rc 12)

La comunión de bienes era un punto característico de las fraternidades mendicantes. La preocupación por que todo fuese distribuido de acuerdo con las necesidades de cada uno es una expresión de esta fraternidad.

5 Por ser evangelizadores itinerantes de los pobres, pueden tener burros (Rc 13)

Este número fue aumentado en 1247. Como acontecía en toda fraternidad mendicante, los frailes carmelitas se ausentan de casa para el trabajo de la evangelización. De cara a este trabajo se permite que tengan jumentos para poder viajar.

6. Todos son responsables de todo y del bienestar de cada uno (Rc 15)

La reunión semanal es una expresión típica de la cultura capitular, própia de las fraternidades mendicantes. En ella se trataba sobre el bien común y del bienestar de cada uno, así como de la corrección fraterna (15);

7. En los viajes misioneros pueden comer la carne que el pueblo les ofrece (Rc 17)

Inicialmente no podian comer carne, mas la vida mendicante los llevó a pedir la reformulación de este punto y la licencia para comer carne fue aprobada por el papa en 1247.

Ser fraternidad orante y profética en medio del pueblo.

La fraternidad no es una tarea al lado de las otras, sino una actitud de vida que debe permear todo. La Fraternidad es como “meditar día y noche en la ley del Señor”. Así como Dios es presencia constante, también el hermano y la hermana deben ser presencia constante. El ejercicio de la fraternidad nace de la experiencia de Dios y conduce a una experiencia más profunda de Dios.

Además de lo que ya vimos, otros números de la Regla estimulan la vivencia de la fraternidad: la eucaristía como don de la entrega de sí por los otros es la raíz de la fraternidad (Rc 14); el oficio en común favorece el sentimiento fraterno de estar juntos ante el Padre (Rc 11); la mesa común (Rc 7), el compartir los bienes (Rc 12) y el trabajo en común para el sustento (Rc 20) favorecen la fraternidad. La fraternidad es prueba de fuego!

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2. En la perspectiva de la lectura teresiana y sanjuanista

Principalmente Teresa ha destacado la fraternidad como rasgo caracterizante del carisma carmelitano, estrechamente también a la oración, con una misma pedagogía: la renovación del yo comunitario y orante (C 4-18): oración constructora de la comunidad; comunidad, escuela de oración. Fraternidad, iglesia doméstica “espejo” de la comunidad eclesial. En resumen, personas adultas en relación con Dios y entre sí.

La conexión íntima entre oración-contemplación y fraternidad al servicio de la iglesia misionera, la captó lúcidamente Teresa desde el momento en que llegó a sus oídos la escisión protestante, como en enfrentamiento entre “letrados” y “espirituales”. De este signo de los tiempos arranca su propuesta de diálogo de éstos para que los primeros vitalicen su teología y los segundos teologicen su espiritualidad.

Y que el diálogo con Dios, la oración-contemplación -“los ojos en vuestro Esposo” (C 2, 1)—se convierta en el principio y en el horizonte de toda la labor misionera de la iglesia. Frente al intento de de rehacer la unidad con la guerra (“brazo secular”), o por la esmerada exposición del doga y de la moral (Concilio tridentino). La doctora de la iglesia propone elevar el nivel contemplativo de la iglesia, nota esencial, primaria de la misma, intrínseca a su misma vocación de enviada.

Teresa, agraciada de una fuerte “visión” de la iglesia escatológica y de su realidad histórica, quiso adelantar aquélla y aproximar ésta a su vocación de comunión consumada. La iglesia escatológica, “nuestra verdadera tierra”, la de los “verdaderos vivos” (V 38, 6), “están llenos de caridad” (C 28, 13). Llamada es signo revelador de la comunidad trinitaria: “Estas soberanas se conocen, éstas se aman, y unas con otras se deleitan” (E 7, 3). Lo único verdaderamente esencial de la comunidad es la relación interpersonal definida por estos tres verbos. Dice el “coste” necesario para llegar a convertir en un “cielo” las comunidades que funda: “contentarse sólo de contentar a Dios y no hacer caso de contento propio” (C 13, 7). De este modo, “estando encerradas peleamos por él” /C 3, 5), predicamos con “obras” (C 15, 6), miembros del “colegio de Cristo” (C 27, 6).

Marca con fuerza la dimensión teologal de la fraternidad, comunidad de Dios: “él nos escogió”, “el nos ha trajo” aquí”, “nos juntó aquí” (C 1, 5: 3, 1; 8, 1.8),“él anda entre nosotras” (V 32, 11; 33, 14), nos ha dado unos a otros como deudos” (C 9, 4). Comunidad-Betania (C 17, 6). Comunidad para: dimensión misionera: servir a la iglesia (C 1, 5; 3, 1-2.10); “vuestra conversación para provecho de las almas” (C 20, 3), “para bien de la iglesia” (C 3, 10). Constante catequesis teresiana a sus hermanas (CC 53, 1.14). Sirviendo, se santifican, no se santifican para servir.

Y comunidades con un fuerte humanismo: “todas iguales han de ser iguales” (C 27, 6), número restringido para fomentar las relaciones y el “estilo” de familia: “mientras más santas, más conversables con sus hermanas” (C 41, 7), fuertes en la virtud y no “en el rigor” /Ct 12/12/76; 156, 10); alegres: “amiga soy de que se alegren” (Ct 1/2/80; 316, 14; cf 4/6/78/238, 9 nota). Aconseja a sus hermanas que digan a algún “espiritual” timorato: que “todo es lenguaje de perfección” (9/1/77; 172, 10). Comunidades teresianas que irradian: “espejos de España” (Ct 12/12/76; 156, 3; 13/12/76; 158, 7) e imagen viva de la iglesia primitiva (F 3, 18).

Aunque el discurso sanjuanista es sobrio en este campo, su vida nos aparece luminosa y radicalmente comunitaria, generosamente consagrada a sus hermanas hasta en las más menudas circunstancias ordinarias. Pero nos ha dejado apuntes de sus querencias comunitarias. Desde el principio rector de la unidad de desarrollo del amor a Dios y a los hermanos (3S 23, 1), pasando por su aplicación en el corazón de la noche purificadora (1N 12, 8; 13, 8; 2N 19, 3). Cautelas es un texto antológico para sentar teologalmente la vida de la fraternidad. Pero su testimonio, en la hora de la verdad, vale por las páginas que no escribió: “Y adonde no hay amor, ponga amor y encontrará amor” (Ct 26). Colofón de su vida y de su doctrina, plenitud de sus “olvidos”: “Ame mucho a los que la contradicen y no le man…” (Ct 33).

Vida teologal

La sobria y densa referencia de la regla a las vida teologal recibe espléndida iluminación en la obra sanjuanista. Como todos reconocen es el eje vertebral de su doctrina espiritual. Su palabra a la iglesia. Porque en las virtudes teologales encuentra respuesta a dos querencias profundas de su condición humana y de creyente: la necesidad de un purificación plena de su ser y de una unión de todo su ser personal con Dios trino. Fuera de la vida teologal no ve respuesta a estas dos esenciales, complementarias dimensiones de nuestra vocación humano-cristiana: (2N 21, 11-12). Tesis desarrollada en este capítulo y en su paralelo 2S 6. Presente en toda su obra escrita. Exigido este planteamiento por la vocación fundante de la vida humana: la unión, la participación de la vida de Dios. Siendo ésta “sobrenatural”, requiere “medios” sobrenaturales. Y “el único medio próximo de la unión con Dios es la fe-esperanza.amor”. Una realidad, las tres “andan en uno” (2S 24, 8). Nos dan y comunican al mismo Dios (Cánt 12, 4), infusiones divinas en acto, desde Dios, que nos capacitan para la respuesta. La gracia precede siempre al mandamiento, el don a la respuesta humana. “Es tanta la semejanza entre ella [la fe] y Dios, que no hay otra diferencia sino ser visto Dios o creído” (2S 9, 1). Todo peregrinaje de búsqueda, insatisfactorio siempre –“no saben decirme lo que quiero” (Cánt 6)-, termina en la inmersión en la fe: se vuelve el alma “a la fe, como la que en sí encierra y encubre la figura y hermosura de su Amado” (Cant 12, 1). “Fe fundada en Cristo” (2S 22, 7.8). Por eso, Juan + nos hace trascender y sobrepasar todas las experiencias, hasta las ricas y auténticas, de Dios porque “no tienen que ver con Dios”: no son él (Cant 1, 3-4). Sólo y siempre se produce el encuentro con Dios en fe. Un claro y relevante testimonio de su acompañamiento espiritual puede leerse en la carta 19: “sólo vivir en fe oscura y verdadera, y esperanza cierta y caridad entera”. ¿Por qué? Porque “hartas pruebas le tiene dadas Dios de que puede…”. La vida teologal es el vestido o disfraz, el traje del hombre nuevo.

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3. En la perspectiva de algunas Congregaciones femeninas

Nuestras congregaciones Carmelitas nacieron para testimoniar el amor de Dios a los más pobres. Desde los orígenes llevamos la marca del grupo de mendicantes que emergieron en la Iglesia como señal de profecía del Reino de Dios.

Así es que las Fundadoras, a partir de una fuerte experiencia de Dios, se organizaron y dieron sentido a su vocación acercándose a los “menores” y haciendo con ellos la historia de los mendicantes.

“Estamos llamadas a vivir en fraternidades orantes, disponibles para la misión en medio de los pobres y excluidos de la sociedad.” O, “llamadas para servir a Dios, a los pobres y a los enfermos”. Y también “como carmelitas dedicadas a una misión concreta de caridad cristiana y de formación humana, para responder a las necesidades de los tempos, continuamos la línea mendicante de los primeros carmelitas a través del ejercicio de la caridad en las obras: asilos de ancianos, infancia abandonada, educación, privilegiando a los más necesitados.”

Aunque tengamos este origen no nos es familiar la expresión “Espiritualidad Mendicante”. Esta oportunidad que tenemos de profundizar en a Regla colectivamente nos llega como una luz que nos muestre dónde debemos poner nuestra atención.

Algunas Congregaciones más que otras, tienen la conciencia de estar con los pobres y de hacer con ellos el camino del desprendimiento, del a desinstalación, de la lucha por superar toda forma de dominación y de prejuicio.

Otras Congregaciones son conscientes de estar con los ojos puestos en los pobres, pero sus pies están distantes de donde ellos viven.

Algunas Congregaciones tienen conciencia de su peregrinar en dirección hacia los pobres y de un deseo sincero de vivir la profecía, de un servicio de solidaridad para los empobrecidos de nuestra sociedad. Se organizan en asociaciones efectivas para intentar soluciones que liberen de un sistema opresivo e injusto.

Todas las Congregaciones Carmelitas tienen conciencia de que en la médula de la vida consagrada está el encantamiento por la Persona de Jesús. Es la sensibilidad evangélica que nos permite la itinerancia en dirección hacia los pobres, ofreciéndoles los dones más preciosos del Carmelo. Procuran hacer camino como los discípulos de Emaús, entrando en conversación para identificar la presencia de Jesús resucitado en el partir el pan.

La Regla nos ofrece una preciosa pista para vivir con mayor profundidad el ser de mendicante: “Si alguno hiciera más de lo que está prescrito, el Señor se lo recompensará a su vuelta.” El “Más” es siempre una invitación para superar las barreras que nos impiden hacer el Bien, solamente el Bien.

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4. En la perspectiva de la Reforma de Touraine

Iniciamos este item recordando rápidamente lo que la Regla dice sobre la Fraternidad, elemento constitutivo, piedra angular de la vida comunitaria. En primer lugar, el valor de la exigencia de la vida fraterna está e la propia escogencia del “prior” por el método de elección, no de nombramiento por una autoridad eclesiástica fuera del grupo; más bien fruto de un discernimiento del grupo que elige a aquel hermano que tiene más condiciones para cumplir el oficio. No se trata pues de un “padre nombrado” o elegido, sino de un hermano, escogido entre todos para ser el “primer hermano”, el prior, o primus inter pares: primero entre iguales.

Y, como si no bastase la forma en que la comunidad constituye democráticamente a su coordinador, Alberto, en el N º 22 de la Regla, llama la atención del primer prior – y, por extensión, de todos los siguientes – sobre el modo como Cristo Jesús estableció el uso de la autoridad en la Iglesia: “Todo el que quiera ser el mayor entre ustedes sea su servidor, y el que quiera ser el primero, sea su servidor”. El N.º 23 complementa esta recomendación insistiendo en el respeto y en la reverencia de todos para con el escogido, lo que interpreta la disposición de cumplir el voto de obediencia dentro de un horizonte de fraternidad, algo propio del movimiento mendicante en la Vida Religiosa.

La Fraternidad además es enfatizada, según nuestro modo de ver, en la insistencia de la Regla en que todo se realice de mutuo acuerdo entre el prior y la totalidad de la comunidad o su parte “más numerosa e más madura” . Por tanto, no hay lugar para la figura de “el que manda aquí soy yo!”. La necesidad de ponerse de acuerdo, de dialogar sobre los proyectos, actividades, programas, etc., está bien explicitada en el documento albertino (Cf. os Nos. 04, 05 e 06).

Forma parte de las exigencias de la Fraternidad, dentro de la espiritualidad mendicante, la corrección fraterna, sugerida por la Regla para realizarla los domingos “u otros días”, para “tratar del bienestar de las personas”, así como de la “conservación del orden” (Cf. N.º 15). Igualmente, el motivo de construir la celda del prior junto a la entrada del lugar de habitación es para acoger a los que vengan al monasterio.

La imitación de la Iglesia Apostólica, en la cual “todo era común”, y ningún hermano decía que algo era “propiedad suya” (cf. N.º 12), aunque haya sido interpretada en el sentido de la pobreza, vale también como elemento importantísimo en la construcción de la Fraternidad, dentro de la propuesta espiritual del movimiento mendicante. Es una manera concreta de ejercerla, poniendo los bienes materiales al servicio los unos de los otros, utilizándolos comunitariamente, de modo que la comodidad material de los hermanos merezca tanta atención y cuidado como mi propia comodidad.

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5. En la perspectiva del laicado carmelitano

LAICATO OCD

La Regla y la Vida Fraterna

Como Seglares, hijos e hijas de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz están llamados a “ser ante el mundo testigos de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y una señal del Dios vivo” (LG 38), a través de una vida de oración, de un servicio evangelizador y por medio del testimonio de una comunidad cristiana y carmelitana. “Todos juntos y cada uno de por sí deben alimentar al mundo con frutos espirituales (cf. Gal 5,22) y difundir en él el espíritu de que están animados aquellos pobres, mansos y pacíficos, a quienes el Señor en el Evangelio proclamó bienaventurados (cf. Mt 5,3-9). En una palabra, lo que el alma es en el cuerpo, esto han de ser los cristianos [carmelitas] en el mundo”. Esto lo realizarán como Seglares si, a partir de una contemplación comprometida, logran testimoniar en su vida familiar y social de cada día “esa unidad de vida que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud” (ChL 34).

Llegar a constituir una verdadera “comunidad evangélica” es la meta que se debe proponer, desde sus principios, todo grupo de la Orden Seglar y, en esta labor deben poner su parte todos y cada uno de los miembros pertenecientes a ella (Hech 2, 44-47. 4, 32).

Aquellos que se llaman entre sí “hermanos”, deben serlo de verdad. Para esto es indispensable el trato frecuente que favorezca el mutuo conocimiento y el aprecio sincero de las personas, y todo aquello que ayude a afianzar los lazos fraternos (Fil 2,1-4).

Las juntas de estudio, de apostolado, de asuntos generales y las convivencias, tienen también como propósito favorecer la comunión fraterna entre los Carmelitas Seglares, impulsando su desarrollo personal y grupal, así como el diálogo abierto, cada vez más profundo, entre sus integrantes (Hech 2, 42).

Cada miembro de la Comunidad de la Orden Seglar, se empeñará en realizar todo lo que favorezca la vida fraterna:

a).- El respeto a cada persona y a sus opiniones.

b).- La aceptación sincera de todos y cada uno.

c).- La humildad que nos hace sentirnos “servidores” de los demás.

d).- La puntualidad y asiduidad a las reuniones y actos comunitarios.

Todo Seglar Carmelita ha de tener conciencia de su pertenencia a la Orden de los Carmelitas Descalzos, integrada por Frailes, Monjas y Seglares, favoreciendo la solidaridad entre la comunidad laical y los frailes y monjas de la Orden; pero además, también será consciente de que forma parte de la gran familia del Carmelo, a la que se pertenecen, también, los Institutos Religiosos y Seculares Agregados, los grupos de Laicos Asociados y los Afiliados.

Espiritualidad Mendicante

El Carmelo, originariamente había sido Orden puramente contemplativa y, aunque el ideal contemplativo tiene siempre horizontes apostólicos, en nuestro caso, al trasplantarse a Occidente fue adscrita entre las mendicantes. Santa Teresa se dio perfecta cuenta de ello, lo que la llevó a valorizar plenamente en su ascesis las virtudes características del modo de vida de los Mendicantes.

Las Órdenes Mendicantes son las que a la búsqueda de la perfección, al cuidado por llegar a la unión con Dios, juntan la vida activa. Son Órdenes de vida mixta, y en el lenguaje teológico se llaman también Órdenes Apostólicas, porque tal era la vida de los Apóstoles que ellas reflejan. Se llaman Mendicantes porque introdujeron en la Iglesia, durante el siglo XIII, una nueva modalidad de vida religiosa, fundamentada sobre el principio de una pobreza más estricta aún en Comunidad. Significaba que vivirían de las limosnas recibidas de los fieles, cuya caridad pagarían con la predicación y administración de sacramentos. El concepto de Orden Mendicante como Orden Apostólica, es decir, es la Orden que a la vida contemplativa, une el apostolado ejercido en pobreza

Los hijos e hijas de Santa Teresa pertenecemos a una Orden en la que la solicitud por la salvación de las almas va unida a la búsqueda interior de Dios, en un ambiente de pobreza interior.

El Carmelo, eremítico en sus orígenes, al llegar a Europa se volvió Mendicante por voluntad del Sumo Pontífice. A raíz de este cambio, procuró equilibrar los elementos constitutivos de su vida, como lo demuestran las diversas reformas que se dieron, demostrando que tal equilibrio no era fácil.

La Reforma de Santa Teresa consiste en el retorno a una vida contemplativa más intensa, pero nuestro antiguo ideal contemplativo no le permite olvidar a la Santa que nuestra Orden es una Orden apostólica, planteando problemas de apostolado en el momento que quiere enseñar a sus hijas los fundamentos de la vida. Quiere vivir y hacer vivir a sus hijas el apostolado carmelitano que se basa en una ferviente vida interior que da al alma poder para alcanzar todo del Corazón Divino, mediante el don total de sí misma. Los Carmelitas debemos ser ofrendas completas para el Señor, sin escatimar nada por darse a Él, sacrificándose por Él enteramente. Los instrumentos del apostolado interior carmelitano, oración y penitencia, reciben su eficacia del grado de amor que la persona le tiene al Señor.

La vocación de la Orden Seglar es verdaderamente eclesial. La oración y el apostolado, cuando son verdaderos, son inseparables. La observación de Santa Teresa de que el propósito de la oración es “el nacimiento de obras buenas” (Moradas V 3, 11) recuerda a la Orden Seglar que las gracias que se han recibido siempre deben tener un efecto en quien las recibe (AA 2-3). Individualmente o como comunidad y, sobre todo como miembros de la Iglesia la actividad apostólica es fruto de la oración. Donde fuera posible y en colaboración con los superiores religiosos y con la debida autorización de los encargados, las comunidades participan en el apostolado de la Orden.

El Carmelita Seglar está llamado a vivir y testimoniar el carisma del Carmelo Teresiano en la Iglesia particular, porción del Pueblo de Dios en la cual se hace presente y actúa la Iglesia de Cristo.[25] Cada uno procura ser un testigo vivo de la presencia de Dios y se responsabiliza de la necesidad de ayudar a la Iglesia dentro de la pastoral de conjunto en su misión evangelizadora bajo la dirección del obispo. Por este motivo, cada uno tiene un apostolado, colaborando con otros en la comunidad, o bien individualmente.

La formación para el apostolado se basa en la teología de la Iglesia sobre la responsabilidad de los laicos[30], y la comprensión del papel de los seglares en el apostolado de la Orden ayuda a darse cuenta del lugar que tiene la Orden Seglar en la Iglesia y en el Carmelo y ofrece una forma práctica para compartir las gracias recibidas por la vocación a él.

LAICADO OC

1.12 La Regla ofrece sabiduría de vida (nm 2):

Nuestro pueblo pobre-en-comunidad no tiene grandes síntesis teológicas ni sofisticadas lecturas socio políticas de la realidad histórica. El pueblo conoce la realidad porque la sufre. El pueblo trata de sortear las dificultades y obstáculos de la vida para salir adelante lo mejor que pueda. Cuando conocen la Regla encuentran en ella ayuda y consejos de vida:

1.12.1 “La Regla es importante porque es parte de la vida.”

1.12.2 “Al vivirla como se debe es una esperanza en medio del caos reinante.”

1.12.3 La Regla ayuda a organizar la vida: “Es una guía, una ley en el camino difícil de la ida” (ver nm. 3)

1.12.4 Es norma de vida que da mucha seguridad porque es respaldada en la Palabra de Dios. No es una fantasía ni un capricho.

1.13 La Regla no se impone. Es una oferta de sensatez.

Convence a la gente la manera como la Regla respeta la realidad de la vida. No se impone sobre ella. Da consejos para vivirla mejor:

– “donde buenamente pueda observarse” (nm 7)

– “si otros justos quehaceres no le ocupan” (nm. 9)

– hay que repartir “según a cada uno fuere menester.” (nm 12)

– y “según pidiere vuestra necesidad.” (nm. 13)

– “donde buenamente pueda hacerse” (nm 14)

– “pues la necesidad no tiene ley.” (nm. 16)

– etc.

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6. En la perspectiva del proceso formativo

5.- Fraternidad . Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo.

La vida fraterna en la experiencia carismática del Carmelo .

La vida fraterna se ubica al interior del carisma carmelitano y va siendo enriquecido por las sucesivas fases del crecimiento histórico del Carmelo.

En la etapa inicial (1189-1214) los carmelitas nacen “heremitae” los ermitaños bula 1226, por su búsqueda de la unión con Dios, a través de la soledad, el silencio y la oración. El carisma expresado en el propositum de la Regla es una “vida dedicada a la comunión con Dios y con los hermanos”.

En la segunda etapa (1215-1247) del Carmelo, se da el paso de ermitaños a hermanos de la orden de los eremitas (“fratres ordinis heremitarum” bulas:1245,1246, 1252 y 1256; y 1289). La experiencia carismática de la “vitae formula” de Alberto convierte a los carmelitas en “signo escatológico de la nueva Jerusalén”. La vida fraterna se ve enriquecida con las bases que san Alberto aporta: una regla, un proyecto cristocéntrico y una tendencia escatológica hacia la nueva Jerusalén.

En la tercera etapa (1259- en adelante: hermanos de la orden “fratres ordinis”bula de 1259, i.e. frailes mendicantes), el Papa Inocencio IV enriquece la vida fraterna con la dimensión apostólica. La experiencia carismática en las modificaciones del Papa Inocencio IV convierte a los carmelitas en “instrumento de comunión entre los hombres”. Las modificaciones de Inocencio IV favorecen un tipo de vida fraterna (escucha, acogida y comunión) ad intra y ad extra del grupo. La escucha y búsqueda de respuesta a las inquietudes del mundo y de la iglesia, prestando atención a los valores de los apóstoles en seguimiento de Cristo.

La vida fraterna tiene por tanto las siguientes notas:

– Es una vida fraterna enriquecida por la dimensión eremita. La dimensión eremítica aporta a la vida fraterna una dimensión teologal. Los ermitaños descubrieron como medio para la unión con Dios además del silencio, soledad, oración personal, la relación fraterna. Son personas que en su búsqueda de la unión con Dios, descubrieron la necesidad de la comunión con el hermano. Ser personas dedicadas a la comunión con Dios y con los hombres.

– La vida comunitaria por su parte respeta la necesidad personal del hermano de tener una celda, un espacio personal (Regla cc.3 y 5), de que no se hable de él (Regla c.16), de atender sus necesidades culturales (Regla c.8), físicas (Regla cc.9.12.13)

– Es una vida fraterna organizada en torno a una regla. La regla da a la vida fraterna una organización y medios: escucha de la Palabra de Dios (Regla c.8), en la mesa común (Regla c.4), oración comunitaria (Regla c.8), eucaristía en común (Regla c.10), discernimiento comunitario (colatio) (Regla c.11), trabajo (Regla c.15).

– Es una vida fraterna unida por un proyecto común “vivir en obsequio de Jesucristo”. Es el rasgo cristiano de la vida fraterna, la norma y criterio último de buscar realizar el objetivo de unión con Dios es el seguimiento de Cristo.

– Es una vida fraterna que se reconoce en tensión escatológica, en camino y construcción de una realidad que se acerca, la nueva Jerusalén. La tensión escatológica aporta a la vida fraterna, el compromiso con el proyecto de Jesús, la acogida y colaboración con el reinado de Dios que se aproxima. Ser signos escatológicos de la nueva Jerusalén.

– Es una vida fraterna abierta hacia fuera, con los que llegan de fuera, amigos huéspedes u otros (Regla c.6), con los que nos hospedan (Regla c.13) servicio apostólico: “ser instrumentos de comunión entre los hombres” (modificaciones a la Regla de Inocencia IV).

Espiritualidad mendicante.

La Regla “norma de vida” fue redactada desde la perspectiva de “los menores”, de los laicos itinerantes que fueron a tierra santa para poder vivir una vida dedicada a la comunión con Dios y con los hermanos. Eran laicos que dejaron su tierra para vivir el evangelio de manera radical en tierra santa. No tenían patria ni querrían tener tierra fija. En oposición a la vida de lujo de la iglesia, intentaban imitar a Cristo pobre, en una vida de austeridad. Dedicaban gran tiempo a la oración y meditación de la palabra de Dios. Anunciaban el evangelio en sus viajes. Vivían en una fraternidad y prometían obediencia al prior.

Las características mendicantes de los primeros carmelitas son:

– No tener abad, sino un prior elegido periódicamente entre los hermanos (R c4).

– No tener propiedad, sino tener todo en común como los primeros cristianos (R cap.12).

– No cambiar de lugar, como los ermitaños itinerantes, sino comprometerse con una comunidad (R cap. 8).

– Los nuevos candidatos deben ser acogidos por el prior a través de la comunidad (R cap.9).

– Todos son responsables de todo y del bien estar de cada uno (R cap.15).

– El situarse en medio del mundo de los menores, aportó a la espiritualidad de los primeros carmelitas, un lugar social y eclesial para vivir en obsequio de Jesucristo y redactar su regla:

– en el ámbito social como pobres obtuvieron, libertad de las expectativas de los señores feudales los “mayores”, un lugar para vivir y poder predicar proféticamente.

– en el ámbito religioso, como laicos e itinerantes, se ubicaron en la base de la pirámide eclesial y en la corriente de renovación de la iglesia para vivir la fraternidad, la pobreza y la oración.

La Regla además fue releída (sufrió adaptaciones) desde una vida cercanía a los “menores” y en consonancia con la vida religiosa que se estaba renovando, el movimiento de los mendicantes.

Un aporte importante fue del papa Gregorio IX quien en el año 1229 inserta a los carmelitas en la vida religiosa mendicante, mediante:

– La prohibición de tener propiedades. Esto lleva a los carmelitas a vivir como los mendicantes en cuanto a su base económica (vivir de limosnas) y al lugar donde establecer sus conventos (no en los campos sino en las ciudades). Las ordenes monásticas vivían de sus tierras y en los campos.

– El derecho que ellos eligiesen a su superior. Tener un superior electo por el grupo era característica de las pequeñas comunidades mendicantes insertas en medio de los pobres.

– Designa la “norma de vida de los carmelitas” como “regla” propia válida para todos los carmelitas y distinta de las ya existentes de los grandes monasterios.

Es en el decreto del papa Inocencio IV (octubre de 1247), se insertan en la regla los cambios introducidos por parte de los carmelitas que querían ser fieles a la inspiración original y a la nueva situación de Europa.

Hubo además en la orden una corriente representada por Nicolás el francés (general 1266-1271), que no quería entrar en un proceso de adaptación sino conservar la vida solitaria del Monte Carmelo y vivir el silencio, la soledad, la oración. Esta corriente no logró imponerse pero es reflejo de una doble tensión contemplación-acción, que ha estado a lo largo de la historia de la orden.

El contexto de relectura de la regla de los carmelitas en Europa está marcado por:

– una ubicación social en medio de las ciudades, al lado de los pobres,

– una ubicación eclesial en la corriente de vida religiosa que quería renovarse “las ordenes mendicantes”,

– un deseo de servicio apostólico “contribuir para la salvación del prójimo y de si mismo” (Sibi et proximis ad salutem proficere), este fue el deseo con que los carmelitas se presentaron ante el papa Inocencio IV en 1246.

Actualmente los “menores”, podrían aportar a la espiritualidad carmelita, un lugar donde poder encontrar respuestas al deseo de renovación, un lugar donde poder ver lo que ya está siendo estructura estéril, lo que hay ya de acomodamiento, las comprensiones del carisma que aunque puedan dar seguridades, han perdido vigor soteriológico, para el pueblo de Dios.

• Ejercicio periódico da corrección fraterna;

• Estilo de vida sencillo;

• Experiencia de la caja común o parcas mesadas;

• Casas de formación en la periferia urbana, con clases populares;

• Compromiso con los pobres, dependientes (alcohólicos y drogadictos);

• Presencia en a los movimientos populares (salud y recolectores de papel);

• Presencia en las CEB’s;

• Presencia entre lo Sin tierra y “assentados”;

• Valorización de la vocación de “Hermano”;

• Prestación de asesorías y formación a los grupos como espacioo formativo y de servicio.

• Participación en encuentros de formandos Carmelitas e intercongregacionales.

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7. En la perspectiva de la vivencia de las Monjas

La fraternidad hace de la comunidad de monjas una verdadera familia, donde en la Eucaristía, el Pan de la unidad, encuentra la fuerza necesaria para superar todo individualismo y diferencias, cultivando las virtudes que facilitan la convivencia fraterna como la comprensión, el perdón, el respeto y el amor mutuo.

Ya la espiritualidad mendicante se vive con la mayor sencillez en los pequeños acontecimientos de cada día. Sabemos que no tenemos morada permanente en este mundo, por eso las monjas luchan por un profundo desprendimiento interior, con la finalidad de crear siempre más espacio para Dios en su corazón. Las monjas entran dentro de sí para encontrar a Dios, en el silencio de todo, y después salen de sí mismas (de su egoísmo) y llevan a Jesús hasta los confines de la tierra por la oración, por el sacrificio y por la renuncia de su propia voluntad.