Lectio mar, 28 jun, 2022

San Ireneo

Oración inicial

Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz; concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor.

Lectura del santo Evangelio según Mateo 8,23-27

Jesús subió a una barca junto con sus discípulos. De pronto se levantó en el mar una tempestad tan fuerte, que las olas cubrían la barca; pero él estaba dormido. Los discípulos lo despertaron, diciéndole: «Señor, ¡sálvanos, que perecemos!».

Él les respondió: «¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?». Entonces se levantó, dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma. Y aquellos hombres, maravillados, decían: «¿Quién es éste, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?»

Reflexión

  • Mateo escribe para las comunidades de judíos convertidos de los años 70 que se sentían como un barco perdido en el mar revuelto de la vida, sin mucha esperanza de poder alcanzar el puerto deseado. Jesús parece que duerme en el barco, porque ellos no veían ningún poder divino que los salvara de la persecución. Mateo recoge diversos episodios de la vida de Jesús para ayudar las comunidades a descubrir, en medio de la aparente ausencia, la acogedora y poderosa presencia de Jesús vencedor, que domina el mar (Mt 8,23-27), que vence y expulsa el poder del mal (Mt 9,28-34) y que tiene poder de perdonar los pecados (Mt 9,1-8). Con otras palabras, Mateo quiere comunicar la esperanza y sugerir que las comunidades no deben temer nada. Este es el motivo del relato de la tormenta calmada del evangelio de hoy.
  • Mateo 8,23: El punto de partida: entrar en el barco. Mateo sigue el evangelio de Marcos, pero lo acorta y lo incluye en el nuevo esquema que él adoptó. En Marcos, el día fue pesado por el mucho trabajo. Una vez terminado el discurso de las parábolas (Mc 4,3-34), los discípulos llevan a Jesús al barco y, de tan cansado que está, Jesús se duerme encima de una travesera (Mc 4,38). El texto de Mateo es mucho más breve. Solamente dice que Jesús entra en el barco, y los discípulos lo acompañan. Jesús es el Maestro, los discípulos siguen al maestro.
  • Mateo 8,24-25: La situación es desesperada: “! Estamos a punto de perecer!” El lago da Galilea está cerca de altas montañas. A veces, por los resquicios de las rocas, el viento sopla fuerte sobre el lago produciendo repentinas tormentas. Viento fuerte, mar agitado, barco lleno de agua. Los discípulos eran pescadores experimentados. Si ellos piensan que están a punto de hundirse, quiere decir que la situación es peligrosa. Pero Jesús no parece darse cuenta, y sigue durmiendo. Ellos gritan: “Señor, ¡sálvanos! Que estamos pereciendo». En Mateo, el sueño profundo de Jesús no es sólo señal de cansancio, es también expresión de confianza tranquila de Jesús en Dios. ¡El contraste entre la actitud de Jesús y de los discípulos es grande!
  • Mateo 8,26: La reacción de Jesús: “¿Por qué tenéis miedo?” Jesús se despierta, no por las olas, sino por el grito desesperado de los discípulos. Se dirige a ellos y dice: “¿Por qué tenéis miedo? ¡Hombres de poca fe!” Luego, él se levanta, amenaza los vientos y el mar, y todo queda en calma. La impresión que se tiene es que no era necesario aplacar el mar, pues no había ningún peligro. Es como cuando uno llega a casa de un amigo, y el perro, al lado del dueño de la casa, empieza a ladrar al visitante. Pero no es necesario tener miedo, porque el dueño está presente y controla la situación. El episodio de la tormenta calmada evoca el éxodo, cuando la multitud, sin miedo, atravesó las aguas del mar (Ex 14,22). Jesús rehace el éxodo. Evoca al profeta Isaías, que decía al pueblo: “Cuando atravieses las aguas, ¡yo estaré contigo!” (Is 43,2). Por fin, el episodio de la tormenta calmada evoca la profecía anunciada en el Salmo 107:
    Los que viajaron en barco por el mar, para traficar por las aguas inmensas, contemplaron las obras del Señor, sus maravillas en el océano profundo. Con su palabra desató un vendaval, que encrespaba las olas del océano: ellos subían hasta el cielo, bajaban al abismo, se sentían desfallecer por el mareo, se tambaleaban dando tumbos como ebrios, y su pericia no les valía de nada.
    Pero en la angustia invocaron al Señor, y él los libró de sus tribulaciones: cambió el huracán en una brisa suave y se aplacaron las olas del mar; entonces se alegraron de aquella calma, y el Señor los condujo al puerto deseado. (Sal 107,23-30)
  • Mateo 8,27: El miedo de los discípulos: “¿Quién es este hombre?” Jesús preguntó: “¿Por qué tenéis miedo?” Los discípulos no saben qué responder. Admirados, se preguntan: “¿Quién es éste, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?” A pesar de haber vivido tanto tiempo con Jesús, no saben todavía quién es. ¡Jesús sigue siendo un extraño para ellos! ¿Quién es éste?
  • ¿Quién es éste? ¿Quién es Jesús para nosotros, para mí? Esta debe ser la pregunta que nos lleva a continuar la lectura del Evangelio, todos los días, con el deseo de conocer más y más el significado y el alcance de la persona de Jesús para nuestra vida. De esta pregunta nace la Cristología. No nació de altas consideraciones teológicas, sino del deseo que los primeros cristianos tenían de encontrar siempre nuevos nombres y títulos para expresar lo que Jesús significaba para ellos. Son decenas y decenas los nombres, los títulos y los atributos, desde carpintero hasta hijo de Dios, que Jesús recibe: Mesías, Cristo, Señor, Hijo amado, Santo de Dios, Nazareno, Hijo del Hombre, Esposo, Hijo de Dios, Hijo del Dios altísimo, Hijo de María, carpintero, Profeta, Maestro, Hijo de David, Rabuni, Bendito el que viene en el nombre del Señor, Hijo, Pastor, Pan de vida, Resurrección, Luz del mundo, Camino, Verdad, Vida, Rey de los judíos, Rey de Israel, etc., etc. Cada nombre, cada imagen es un intento para expresar lo que Jesús significaba para ellos. Pero un nombre, por muy bonito que sea, nunca llega a revelar el misterio de una persona, mucho menos de la persona de Jesús. Jesús no cabe en ninguno de estos nombres, en ningún esquema, en ningún título. Él es mayor que todo, supera todo. No puede ser enmarcado. El amor capta, la cabeza ¡no! Es a partir de la experiencia viva del amor, que los nombres, los títulos y las imágenes reciben su pleno sentido. Al final, ¿quién es Jesús para mí, para nosotros?

Para la reflexión personal

  • ¿Cuál era el mar agitado en el tiempo de Jesús? ¿Cuál era el mar agitado en la época en que Mateo escribió su evangelio? ¿Cuál es hoy el mar agitado para nosotros?
    Alguna vez, ¿las aguas agitadas de la vida han amenazado con ahogarte? ¿Qué te salvó?
  • ¿Quién es Jesús para mí? ¿Cuál es el nombre de Jesús que mejor expresa mi fe y mi amor?

Oración final

Una edad a otra encomiará tus obras, pregonará tus hechos portentosos.
El esplendor, la gloria de tu majestad, el relato de tus maravillas recitaré. (Sal 145,4-5)

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Lectio lun, 27 jun, 2022

Tiempo Ordinario

Oración inicial

Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz; concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor.

Lectura del santo Evangelio según Mateo 8,18-22

Al ver Jesús que la multitud lo rodeaba, les ordenó a sus discípulos que cruzaran el lago hacia la orilla de enfrente.

En ese momento se le acercó un escriba y le dijo: «Maestro, te seguiré a dondequiera que vayas». Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en donde reclinar la cabeza».

Otro discípulo le dijo: «Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre». Pero Jesús le respondió: «Tú sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos».

Reflexión

  • Desde la 10ª Semana del Tiempo Ordinario hasta la 12ª Semana, durante tres semanas, meditamos los capítulos de 5 a 8 del evangelio de Mateo. Dando secuencia a la meditación del capítulo 8, el evangelio de hoy presenta las condiciones del seguimiento de Jesús. Jesús decide ir para otra orilla del lago y una persona le pide seguirle (Mt 8,18-22).
  • Mateo 8,18: Jesús manda pasar a la otra orilla del lago. Jesús había acogido y curado a todos los enfermos que la gente le había traído (Mt 8,16). Mucha gente se juntó a su alrededor. Viendo esa multitud, Jesús decidió ir para la otra orilla del lago. En el evangelio de Marcos, de donde Mateo saca gran parte de sus informaciones, el contexto es diferente. Jesús acababa de terminar el discurso de las parábolas (Mc 4,3-34) y dijo: “¡Vamos para el otro lado!” (Mc 4,35), y en el barco de donde había hecho el discurso (cf. Mc 4,1-2), los discípulos lo llevan a otro lado. De tan cansado que estaba, Jesús se durmió en la popa sobre el cojín. (Mc 4,38).
  • Mateo 8,19: Un doctor de Ley quiere seguir a Jesús. En el momento en que Jesús decide atravesar el lago, un doctor de ley se acerca y dice: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.” Un texto paralelo de Lucas (Lc 9,57-62) trata el mismo asunto, pero de una forma algo distinta. Según Lucas, Jesús había decidido ir para Jerusalén donde iba ser condenado a muerte. Tomando rumbo hacia Jerusalén, entra en el territorio de Samaría (Lc 9,51-52), donde tres personas piden seguirle (Lc 9,57.59.61). En Mateo, que escribe para judíos convertidos, la persona que quiere seguir a Jesús es un doctor de la ley. Mateo acentúa el que es una autoridad de los judíos la que reconoce el valor de Jesús y que pide ser discípulo. En Lucas, que escribe para paganos convertidos, las personas que quieren seguir a Jesús son samaritanos. Lucas acentúa una apertura ecuménica de Jesús  que  acepta también a no judíos como discípulos.
  • Mateo 8,20: La respuesta de Jesús al doctor de la Ley. La respuesta de Jesús es idéntica tanto en Mateo como en Lucas, y es una respuesta muy exigente que no deja dudas: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.” Quien quiere ser discípulo de Jesús tiene que saber lo que hace. Tiene que examinar las exigencias y calcular bien, antes de tomar una decisión (cf. Lc 14,28-32). “Del mismo modo, cualquiera de ustedes que no renuncia a todo lo que tiene, no puede ser discípulo mío” (Lc 14,33).
  • Mateo 8,21: Un discípulo pide poder enterrar a su padre que ha fallecido. Alguien que era discípulo pide permiso para poder enterrar a su padre: «Señor. Déjame ir primero a enterrar a mi padre». Con otras palabras, pide a Jesús que remita a más tarde la travesía del lago, para después del entierro de Jesús. Enterrar a los padres era un deber sagrado de los hijos (cf Tb 4,3-4).
  • Mateo 8,22: La respuesta de Jesús. De nuevo, la respuesta de Jesús es muy exigente. Jesús no aplaza su viaje para el otro lado del lago y dice a su discípulo: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos”. Cuando Elías llamó a Eliseo, dejó que Eliseo volviera a casa para despedirse de sus padres (1Reyes 19,20). Jesús es mucho más exigente. Para entender todo el alcance de la respuesta de Jesús conviene recordar que la expresión Deja que los muertos sepulten a sus muertos era un proverbio popular usado por la gente para significar que no hay que gastar energía en cosas que no tienen futuro y que no tienen nada que ver con la vida. Un proverbio así no puede tomarse al pie de la letra. Debe mirarse el objetivo con qué fue usado. Así que, aquí en nuestro caso, por medio del proverbio, Jesús acentúa la exigencia radical de la vida nueva a la que llama a las personas y que exige abandonarlo todo para poder seguir a Jesús. Describe las exigencias del seguimiento de Jesús.
  • Seguir a Jesús. Como los rabinos de la época, Jesús reúne a discípulos y discípulas. Todos ellos «siguen a Jesús«. Seguir era el término que se usaba para indicar la relación entre el discípulo y el maestro. Para los primeros cristianos, Seguir a Jesús significaba tres cosas muy importantes, enlazadas entre sí:
    1. Imitar el ejemplo del Maestro: Jesús era el modelo que había que imitar y re-crear en la vida del discípulo y de la discípula (Jo 13,13-15). La convivencia diaria permitía un confronto constante. En la «escuela de Jesús” se enseñaba sólo una única materia: el Reino, y este Reino se reconocía en la vida y en la práctica de Jesús.
    2. Participar del destino del Maestro: Quien seguía a Jesús debía  comprometerse con él a «estar con él en sus en sus pruebas» (Lc 22,28), inclusive en las persecuciones (Mt 10,24-25) y en la cruz (Lc 14,27). Tenía que estar dispuesto a morir con él (Jn 11,16).
    3. Tener la vida de Jesús dentro de sí: Después de Pascua, a la luz de la resurrección, el seguimiento asume esta tercera dimensión: «Vivo, más no vivo yo, es Cristo que vive en mí» (Gl 2,20). Se trata de la dimensión mística del seguimiento, fruto de la acción del Espíritu. Los cristianos tratan de rehacer en sus vidas el camino que Jesús había recorrido, muriendo en defensa de la vida y resucitado por el poder de Dios (Fil 3,10-11).

Para la reflexión personal

  • Ser discípulo, discípula, de Jesús. Seguir a Jesús. ¿Cómo estoy viviendo el seguimiento de Jesús?
  • Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo tienen nido; pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza. ¿Cómo vivir hoy esta exigencia de Jesús?

Oración final

Los que lo miran quedarán radiantes, no habrá sonrojo en sus semblantes. Si grita el pobre, Yahvé lo escucha, y lo salva de todas sus angustias. (Sal 34,6-7)

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Lectio Dom, 26 jun, 2022

El difícil proceso en la formación de los discípulos. Cómo nacer de nuevo.

Lucas 9,51-62

Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.

Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

Lectura

Clave de lectura:

En el contexto del Evangelio de Lucas, el texto de este domingo se encuentra al  principio de la nueva fase de las actividades de Jesús. Los frecuentes conflictos de mentalidad con el pueblo y con las autoridades religiosas (Lc 4,28; 5,21.30; 6,2.7; 7,19.23.33-34.39) confirmaron a Jesús a lo largo del camino como el Mesías Siervo, previsto por Isaías (Is 50, 4-9; 53,12) y asumido por Él desde el comienzo de su actividad apostólica (Lc 4,18). A partir de esto, Jesús empieza a anunciar su pasión y muerte (Lc 9,22.43-44) y decide ir a Jerusalén (Lc 9,51) Este cambio de ruta de los acontecimientos produce una crisis en los discípulos (Mc 8,31-33). Ellos no entienden y tienen miedo (Lc 9,45), porque en ellos continúa dominando la mentalidad antigua sobre el Mesías glorioso. Lucas describe varios episodios en los que aflora la vieja mentalidad de los discípulos: deseo de ser el más grande (Lc 9,46-48); voluntad de controlar el nombre de Jesús (Lc 9,49-50); reacción violenta de Santiago y de Juan ante el rechazo de los samaritanos de acoger a Jesús (Lc 9,51-55). Lucas indica también cómo Jesús se esfuerza en hacer entender a sus discípulos la nueva idea de su misión. El texto de este domingo (Lc 9,51-62) describe algunos ejemplos de cómo hacía Jesús para formar sus discípulos.

Una división del texto para ayudar en su lectura:

Lucas 9,51-52: Jesús decide ir a Jerusalén
Lucas 9,52b-53: Una aldea de Samaría no ofrece acogida
Lucas 9,54: Reacción de Juan y Santiago frente al no samaritano
Lucas 9,55-56: Reacción de Jesús frente a la violencia de Santiago y Juan
Lucas 9,57-58: Primera propuesta de seguir a Jesús
Lucas 9,59-60: Segunda propuesta de seguir a Jesús
Lucas 9,61-62: Tercera propuesta de seguir a Jesús

El texto:

Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén. Envió mensajeros por delante y ellos fueron a una aldea de Samaria para conseguirle alojamiento; pero los samaritanos no quisieron recibido, porque supieron que iba a Jerusalén. Ante esta negativa, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: «Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?». Pero Jesús se volvió hacia ellos y los reprendió. Después se fueron a otra aldea.

Mientras iban de camino, alguien le dijo a Jesús: «Te seguiré a dondequiera que vayas». Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza».

A otro, Jesús le dijo: «Sígueme». Pero él le respondió: «Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre». Jesús le replicó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios».

Otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia». Jesús le contestó: «El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios».

Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

  1. ¿Cuál es el punto del texto que te ha gustado más y que más te ha impresionado?
  2. ¿Qué defectos y limitaciones de los discípulos se descubren en el texto?
  3. ¿Cuál es la pedagogía de Jesús y que Él usa para corregir estos defectos?
  4. ¿Cuáles son los hechos del Antiguo Testamento que se recuerdan en los textos?
  5. ¿Con cuáles de estas tres vocaciones (vv. 57-62) te identificas? ¿Por qué?
  6. ¿Cuál es el defecto de los discípulos de Jesús más presente en nosotros, sus discípulos de hoy?

Una clave de lectura

para profundizar mucho más en el tema.

Contexto histórico de nuestro texto:

El contexto histórico del Evangelio de Lucas tiene siempre estos dos aspectos: el contexto del tiempo de Jesús de los años treinta, en Palestina, y el contexto de las comunidades cristianas de los años ochenta, en Grecia, para las que Lucas escribe su Evangelio.

En el tiempo de Jesús en Palestina. Para Jesús no fue cosa fácil formar a sus discípulos. Porque no es por el hecho de que una persona vaya con Jesús o que vive en  comunidad, por lo que esta persona es ya santa y perfecta. La mayor dificultad viene de “la levadura de los fariseos y de Herodes” ( Mc 8,15), o sea, de la ideología dominante de la época, promovida por la religión oficial (fariseos) y por el gobierno ( herodianos).

Combatir esta levadura hacía parte de la formación que Jesús daba a sus discípulos. Porque el modo de pensar de los grandes tenía raíces profundas y renacía, siempre de nuevo, en la cabeza de los pequeños, de los discípulos. El texto que meditamos este domingo nos da una idea de cómo Jesús afrontaba este problema.

Al tiempo de Lucas, en las comunidades de Grecia. Para Lucas era importante ayudar a los cristianos a no dejarse llevar por “la levadura” del imperio romano y de la religión pagana. Lo mismo vale para hoy. El “fermento” del sistema neoliberal, divulgado por los medios de comunicación, propaga la mentalidad consumística, contraria a los valores del Evangelio. No es fácil para la persona descubrir que la están engañando: “¿Esto que tengo en la mano acaso no es falso?” (Is 44,20)

Comentario del texto:

Lucas 9,51-52 : Jesús decide ir a Jerusalén“.
Mientras se iban cumpliendo los días de su asunción”. Esta afirmación indica que Lucas lee la vida de Jesús a la luz de los profetas. Quiere dejar bien claro a los lectores que Jesús es el Mesías, en el que se cumple lo que los profetas anunciaron. El modo mismo de hablar aparece en el evangelio de Juan: “Sabiendo Jesús que era llegada su hora de pasar de este mundo al Padre,” (Jn 3,1). Jesús, obediente al Padre, “se dirige decididamente a Jerusalén”.

Lucas 9,52b-53: Una aldea de Samaría no ofrece hospitalidad.
La hospitalidad era una de las bases de la vida comunitaria. Difícilmente, dejaba la  gente pasar la noche a alguno fuera, sin acogerlo (Gén 18,1-5; 19,1-3; Jue 19,15-21). Pero en el tiempo de Jesús la rivalidad entre judíos y samaritanos empujaba a la gente de la Samaría a no acoger a los judíos en peregrinación hacia Jerusalén y esto obligaba a los judíos a no pasar por la Samaría, cuando se dirigían a Jerusalén. Preferían caminar por la parte del valle de Jordán.
Jesús no está de acuerdo con esta discriminación y pasa por la Samaría. Por lo que sufre las consecuencias de la discriminación y no recibe hospitalidad.

Lucas 9,54: Reacción violenta de Santiago y Juan ante el rechazo samaritano
Inspirado por el ejemplo del  profeta  Elías,  Santiago  y  Juan  quieren  que  descienda fuego para que extermine a los habitantes de aquella aldea. (2Re 1,10.12; 1Re 18,38). Piensan que por el simple hecho de que están con Jesús, todos deben acogerlos. Ellos poseen la vieja mentalidad, la de ser gente privilegiada.  Piensan  tener  a  Dios  de  su parte para defenderlos.

Lucas 9,55-56: Reacción de Jesús ante la violencia de Santiago y Juan
“Jesús se volvió y los reprendió”. Algunas biblias basándose en manuscritos antiguos, dicen también: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois. El Hijo del hombre no ha venido para tomar la vida de los hombres, sino para salvarla”. El hecho de que alguien esté con Jesús, no da derecho a nadie a pensar que es superior a los otros o que los otros deben rendirle honores. El “Espíritu” de Jesús pide lo contrario: perdonar setenta veces siete (Mt 18,22). Jesús escoge el perdonar al ladrón que le rogaba en la cruz. (Lc 23,43).

Lucas 9,57-58: Primera propuesta de seguir a Jesús
Uno le dice: “Te seguiré adondequiera que vayas”. La respuesta de Jesús es muy clara y sin tapujos. No deja dudas: el discípulo que quiere seguir a Jesús debe imprimir en la mente y en el corazón lo siguiente: Jesús no tiene nada, ni siquiera una piedra donde reclinar la cabeza.
Las zorras y los pájaros le llevan en esto ventaja, porque por lo menos tienen guaridas y nidos.

Lucas 9, 59-60: Segunda propuesta de seguir a Jesús
Jesús dijo a otro: “¡Sígueme!” Esta misma palabra les fue dirigida a los primeros discípulos: “¡Sígueme!” (Mc 1,17.20; 2,14). La reacción de la persona llamada es positiva. Está dispuesta a seguir a Jesús. Sólo pide permiso para poder enterrar a su padre. La respuesta de Jesús es dura: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios”.
Probablemente que se trata de un proverbio popular usado para decir que se debe ser radical en las decisiones que se toman. Aquel que se dispone a seguir a Jesús debe dejar todo detrás de sí. Es como si muriese a todo lo que posee y resucitase a otra vida.

Lucas 9,61-62: Tercera propuesta de seguir a Jesús
Un tercer caso: “Te seguiré, pero déjame antes despedirme de los de mi casa”. De nuevo la respuesta de Jesús es dura y radical: “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios”. Jesús es más exigente que el Profeta Elías cuando éste llamó a Eliseo para que fuera su discípulo (1 Re 19,19-21). El Nuevo Testamento supera al Antiguo en la exigencia y en la práctica del amor.

Profundizando: Jesús Formador:
El proceso de formación de los discípulos era exigente, lento y doloroso. Porque no es fácil hacer nacer en ellos una nueva experiencia de Dios, una nueva visión de la vida y del prójimo. ¡Es como nacer de nuevo! (Jn 5-9). La mentalidad antigua renace y reaparece en la vida de las personas, de las familias y de las comunidades. Jesús no escatima esfuerzos para formar a sus discípulos. Dedicaba a esto mucho tiempo. No siempre lo consiguió. Judas lo traicionó, Pedro lo negó y, en el momento de la prueba, todos le abandonaron. Solamente las mujeres y Juan permanecieron cercanos a Él, junto a la cruz. Pero el Espíritu Santo que Jesús les envió después de la resurrección, completó la operación iniciada por Él (Jn 14,26; 16,13). Además de lo que ya hemos observado en el texto de este domingo (Lc 9,51-62), Lucas habla de otros muchos casos para indicar cómo hacía Jesús para formar a los discípulos y ayudarlos a superar la mentalidad engañosa de la época.

En Lucas 9,46-48 los discípulos discuten entre ellos para saber quién es el más grande. Aquí, la mentalidad competitiva y de lucha por el poder, característica de la sociedad del Imperio Romano, se infiltraba ya en la pequeña comunidad de Jesús, que apenas está comenzando.

Jesús ordena tener una mentalidad contraria. Toma a un niño, lo coloca junto a Él y se identifica con él diciendo: “¡El que acoge a un pequeño como éste, me acoge a mí, y el que me acoge a mi, acoge al Padre!” Los discípulos discuten sobre quién era el más grande, y Jesús ordena mirar y acoger al más pequeño. Y este es el punto sobre el que Jesús insiste mayormente y sobre el que dio más testimonio: “No he venido para ser servido, sino para servir” (Mc 10,45).

En Lucas 9,49-50, una persona que no era del grupo de los discípulos, se servía del nombre de Jesús para expulsar los demonios. Juan lo vio y se lo prohibió: “Se lo hemos impedido porque no era de los nuestros”. En nombre de la comunidad Juan impide una buena acción. Él pensaba que era el dueño de Jesús y quería prohibir que otros usaran el nombre de Jesús para hacer el bien. Quería una comunidad cerrada en sí misma. Aquí se manifiesta la vieja mentalidad del “¡Pueblo elegido, Pueblo separado! Jesús responde: “No se lo impidáis, porque quien no está contra vosotros, está por vosotros. El objetivo de la formación no puede conducir a un sentimiento de privilegio y de posesión, sino que debe conducir a una actitud de servicio. Para Jesús, lo que importa no es si la persona forma parte o no de la comunidad, sino más bien si hace o no el bien que la comunidad debe hacer.

He aquí otros casos de cómo Jesús educa a sus discípulos y discípulas. Una manera de dar forma humana a la experiencia que Él mismo tenía de Dios Padre. Vosotros podéis completar la lista:

  • los compromete en la misión y al regreso hace la revisión con ellos (Mc 6,7; Lc 9,1-2; 10,1-12,17-20)
  • les corrige cuando se equivocan (Lc 9,46-48; Mc 10,13-15)
  • les ayuda a discernir (Mc 9,28-29)
  • les pregunta cuando no comprenden o son tardos en entender (Mc 4,13; 8,14-21)
  • les prepara para la lucha (Mt 10,17s)
  • reflexiona con ellos sobre los problemas del momento (Lc 13,1-5)
  • les manda observar la realidad (Mc 8,27-29; Jn 4,35; Mt 16,1-3)
  • les coloca frente a las necesidades de las gentes (Jn 6,5)
  • les enseña que las necesidades de las gentes están sobre cualquier prescripción ritual (Mt 12,7.12)
  • les defiende cuando son criticados por los adversarios (Mc 2,19; 7,5-13)
  • se ocupa de su descanso y de su alimentación (Mc 6.31; Jn 21,9)
  • pasa momentos solo con ellos para poder instruirlos (Mc 4,34; 7,1; 9,30-31; 10,10; 13,3)
  • insiste en la vigilancia y enseña a orar (Lc 11,1-13; Mt 6,5-15)

Salmo 19 (18), 8-15

La ley de Dios fuente de formación La ley de Yahvé es perfecta, hace revivir; el dictamen de Yahvé es veraz, instruye al ingenuo. Los preceptos de Yahvé son rectos, alegría interior; el mandato de Yahvé es límpido, ilumina los ojos.

El temor de Yahvé es puro, estable por siempre; los juicios del Señor son veraces, justos todos ellos, apetecibles más que el oro, que el oro más fino; más dulces que la miel, más que el jugo de panales.

Por eso tu siervo se empapa en ellos, guardarlos trae gran ganancia;

Pero ¿quién se da cuenta de sus yerros? De las faltas ocultas límpiame.

Guarda a tu siervo también del orgullo, no sea que me domine; entonces seré irreprochable, libre de delito grave.

Acepta con agrado mis palabras, el susurro de mi corazón, sin tregua ante ti, Yahvé, Roca mía, mi redentor.

Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

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Lectio sáb, 25 jun, 2022

Inmaculado Corazón de la Bienaventurada Virgen María

Oración inicial

Oh Dios, que has preparado una digna morada del Espíritu Santo en el corazón de la Bienaventurada Virgen María, concédenos también a nosotros , tus fieles, por su intercesión ser templos vivos de tu gloria. Por nuestro Señor…

Lectura del santo Evangelio según Lucas 2,41-51

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén para las festividades de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, fueron a la fiesta, según la costumbre. Pasados aquellos días, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Creyendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino; entonces lo buscaron, y al no encontrarlo, regresaron a Jerusalén en su busca.

Al tercer día lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían se admiraban de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, sus padres se quedaron atónitos y su madre le dijo: «Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia». Él les respondió: «¿Por qué me andaban buscando? ¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?» Ellos no entendieron la respuesta que les dio.

Entonces volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad. Su madre conservaba en su corazón todas aquellas cosas.

Reflexión

  • “Cada año por la fiesta da Pascua”. Estas palabras nos ayudan a definir mejor el contexto espiritual en el que el texto se desarrolla, y de este modo se convierten , para nosotros, en la puerta de entrada en el misterio, en el encuentro con el Señor y con su obra de gracia y de misericordia sobre nosotros.

Junto a María y José, junto a Jesús, también nosotros podemos vivir el don de una nueva Pascua, de un “paso”, una superación, un movimiento espiritual que nos lleva “a la otra parte”, a más allá de. El paso es claro y fuerte; lo intuimos siguiendo a la Virgen María en esta experiencia suya con el Hijo Jesús. Es el paso de la calle al corazón, de la dispersión a la interioridad, de la angustia a la pacificación.

A nosotros nos queda ponernos en camino, descender también en el camino y unirnos a la caravana, a la comitiva de los peregrinos que están saliendo hacia Jerusalén para la celebración de la fiesta de Pascua.

  • “Iban”. Este es sólo el primero de una larga serie de verbos de movimiento, que se suceden a lo largo de los versos de este texto. Quizá puede ayudarnos el fijarlos con un poco de atención: “ salieron”; “volvían”; “comitiva” ( del latín cum-ire: “caminar juntos”); “viaje”; “volvieron”; “bajó con ellos”; “vino”.

En paralelo con este gran movimiento físico, hay también un profundo movimiento espiritual, caracterizado por el verbo “buscar”, expresado de modo repetido: “ se pusieron a buscarlo”; “se volvieron en su busca”; “angustiados te buscábamos”; “ ¿por qué me buscabais?”.

Esto nos hace comprender que el viaje, el verdadero recorrido al que esta Palabra del Señor nos invita, no es un viaje físico sino espiritual; es un viaje de búsqueda de Jesús, de su presencia en nuestra vida. Es esta la dirección en la que debemos movernos, junto con María y José.

  • “Se pusieron a buscarlo”. Una vez que hemos determinado el núcleo central del texto, su mensaje fundamental, es importante que nos abramos a una comprensión más profunda de esta realidad. También porque Lucas usa dos verbos diferentes para expresar la “búsqueda”: el primero – anazitéo- en los vv. 44 y 45, que indica una búsqueda esmerada, repetida, atenta, como de quien pasa revista a algo, de abajo a arriba; y el segundo- zitéo- en los vv. 48 y 49, que indica la búsqueda de algo que se ha perdido y que se quiere encontrar. Jesús es el objeto de todo este movimiento profundo e interior del ser; es el objeto del deseo, del anhelo del corazón…
  • “angustiados”. Resulta muy hermoso ver cómo María abre su corazón delante de Jesús, contándole todo lo que ha visto, todo lo que ha sentido dentro de sí. Ella no teme desnudarse ante su Hijo, no teme contarle sus sentimientos y la experiencia que le ha marcado en lo profundo. Pero ¿qué es la angustia, este dolor que ha visitado a María y a José en la búsqueda de Jesús, que se había perdido? El término que encontramos viene usado sólo cuatro veces en todo el Nuevo Testamento y siempre por Lucas. Lo encontramos en boca del rico Epulón, que lo repite hablando de sí, ahora en el infierno, lejos de Dios, cuando dice: “Sufro terriblemente” (Lc 16, 24- 25). Y después vuelve en los Hechos de los Apóstoles, cuando Lucas narra la partida de Pablo de Éfeso y nos presenta el dolor de aquella separación: “ sabían que no volverían a verlo más” ( Hech 20, 38). Por tanto, la angustia que prueba a María nace precisamente de la separación, de la ausencia, de la lejanía de Jesús. Cuando él no está, desciende la angustia a nuestro corazón. Volverlo a encontrar es el único modo posible de recuperar la alegría de vivir.

“guardaba todas estas cosas en su corazón”. María no comprende la palabra de Jesús, el misterio de su vida y de su misión y por esto calla, acoge, crea espacio, desciende al corazón. Este es el verdadero recorrido de crecimiento en la fe y en la relación con el Señor.

Todavía Lucas nos ofrece un verbo muy hermoso y significativo, un compuesto del verbo “custodiar”-diá-tiréo, que quiere decir literalmente “custodiar a través de”. Es decir, la operación espiritual que María realiza dentro de sí y que nos entrega, como don precioso, como herencia buena para nuestra relación con el Señor, es aquella que nos conduce en un recorrido intenso, profundo, que no se para en la superficie o a la mitad, que no se vuelve hacia atrás sino que va hasta el fondo. María nos toma de la mano y nos guía a través de todo nuestro corazón, todos sus sentimientos, su experiencia. Y ahí, en el secreto de nosotros mismos, en nuestro interior, aprenderemos a encontrar al Señor Jesús, al que quizá habíamos perdido.

Para la reflexión personal

  • Esta Palabra del Señor, en su simplicidad, es también muy clara ,muy directa. La invitación a salir, a tomar parte en la fiesta de Pascua está dirigida también a mí. ¿Me decido, entonces, a levantarme, a ponerme en movimiento, a afrontar el tramo de camino que el Señor pone delante de mí? Y más: ¿acepto entrar a formar parte de la comitiva de aquellos que han optado en su corazón por el santo viaje?
  • ¿Siento como mía la experiencia de la búsqueda del Señor? ¿O bien no me parece importante, no siento la falta, me parece poder hacerlo todo por mí? ¿Me he percatado en mi vida alguna vez de haber perdido al Señor, de haberlo dejado lejos, de haberlo olvidado?
  • La angustia, de la que habla María, ¿ha sido alguna vez mi compañera de viaje, presencia triste en mi jornada, o en periodos largos de mi vida? Quizá sí. Descubrir, gracias a esta Palabra, que la angustia viene provocada por la ausencia del Señor, por la pérdida de él, ¿me es de ayuda, me ofrece una luz, una clave de lectura para mi vida?
  • ¿La vida del corazón, que María traza con tanta claridad ante mí, hoy, me parece que se puede recorrer?

¿Deseo empeñarme en este desafío, conmigo mismo, con el ambiente que me circunda, quizá con quien vive más cerca de mí? ¿Estoy dispuesto a optar por descender un poco más en profundidad, para aprender a “custodiar a través de”, es decir, hasta el fondo, conmigo mismo totalmente? ¿Para mí el Señor y la relación con él es muy importante, muy involucradora? ¿Es el, sí o no, el Amigo precioso, la Presencia más querida a la que quiero abrir de par en par mi corazón…?

Oración final

Mi corazón exulta en el Señor, mi salvador. Mi corazón se regocija por el Señor, mi poder se exalta por Dios; mi boca se ríe de mis enemigos, porque gozo con tu salvación.

Se rompen los arcos de los valientes, mientras los cobardes se ciñen de valor. Los hartos se contratan por el pan, mientras los hambrientos engordan; la mujer estéril da a luz siete hijos, mientras la madre de muchos queda baldía. El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta; da la pobreza y la riqueza, humilla y enaltece.

Él levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para hacer que se siente entre príncipes
y que herede un trono de gloria.
(Cántico de Ana, 1 Samuel 2, 1-8)

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Lectio vie, 24 jun, 2022

Solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús

La oveja perdida y encontrada
La verdadera conversión: de la justicia a la misericordia
Lucas 15, 3-7

Oración inicial

Padre mío, vengo hoy ante ti con el corazón dolorido, porque sé que estoy entre el número de aquéllos, que aun siendo pecadores, se creen justos. Siento en mí el peso de mi corazón hecho de piedra y de hierro. Quisiera estar también yo, hoy, entre el número de los que se acercan a tu Hijo para escucharlo: no quisiera obrar como los escribas y fariseos que, delante de tu amor, murmuran y critican.

Te ruego, Señor mío, que toques mi corazón con tus palabras, con tu presencia y embelésalo con una sola mirada, con una sola de tus caricias. Llévame a tu mesa, para que yo también pueda comer tu buen pan, o aunque sean las migajas, a tu Hijo Jesús, grano de trigo convertido en espiga y Alimento de salvación. No me dejes fuera, sino déjame entrar al banquete de tu misericordia. Amén

Lectura

El texto:

Jesús dijo a los fariseos y a los escribas esta parábola: «¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido’.

Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos, que no necesitan convertirse»

El contexto:

Este brevísimo pasaje constituye sólo el comienzo del gran capítulo 15 del Evangelio de Lucas, un capítulo muy centrado, casi el corazón del Evangelio o de su mensaje. Aquí, de hecho, están reunidos los tres relatos de la misericordia, como en una única parábola: la oveja, la moneda y el hijo son imágenes de una sola realidad, llevan en sí toda la riqueza y preciosidad del hombre ante los ojos de Dios, el Padre. Aquí está el significado último de la encarnación y de la vida de Cristo en el mundo: la salvación de todos, Judíos y Griegos, esclavos o libres, hombres o mujeres.

Ninguno debe permanecer fuera del banquete de la misericordia.

En efecto, precisamente el capítulo precedente a éste nos cuenta la invitación a la mesa del rey y nos dirige también a nosotros esta llamada: “¡Venid, todo está listo!” Dios nos espera, junto al puesto que ha preparado para nosotros, para hacernos sus comensales, para hacernos también a nosotros partícipes de su gozo.

La estructura:

El versículo 3 hace de introducción y nos envía a la situación precedente, a saber, aquélla en la que Lucas describe el movimiento gozoso, de amor y conversión, de los pecadores y de los publicanos, los cuales, sin miedo, siguen acercándose a Jesús para escucharlo. Es aquí donde se ceba la murmuración, la rabia, la crítica y por tanto el rechazo de los fariseos y de los escribas, convencidos de poseer en sí mismos la justicia y la verdad.

Por tanto la parábola que sigue, estructurada en tres relatos, quiere ser la respuesta de Jesús a estas murmuraciones; en el fondo, repuesta a nuestras críticas, a nuestros refunfuños contra Él y su amor inexplicable.

El versículo 4 se abre con una pregunta retórica, que supone ya una respuesta negativa: ninguno se comportaría como el buen pastor, como Cristo. Y por el contrario precisamente allí, en su comportamiento, en su amor por nosotros, por todos, está la verdad de Dios. Los versículos 5 y 6 cuentan la historia, describen las acciones, los sentimientos del pastor: su búsqueda, el compartir este gozo con los amigos. Al final, con el versículo 7, Lucas quiere dibujar el rostro de Dios, personificado en el Cielo: Él espera con ansia el regreso de todos sus hijos. Es un Dios, un Padre que ama a los pecadores que se reconocen necesitados de su misericordia, de su abrazo y no puede complacerse en aquéllos que se creen justos y permanecen alejados de Él.

Meditar la palabra

Un momento de silencio orante:

Ahora, como los publicanos y pecadores, también yo deseo acercarme al Señor Jesús para escuchar las palabras de su boca, para prestar atención, con el corazón y con la mente a cuanto Él quiera decirme Me abro, ahora, me dejo alcanzar de su voz, de su mirada hacia mí, que me llega hasta el fondo.

Algunas pistas para profundizar:

“¿Quién de vosotros?”

Se necesita partir de esta pregunta fortísima de Jesús, dirigida a sus interlocutores de aquel momento, pero dirigida también hoy a nosotros. Estamos seriamente puestos de frente a nosotros mismos, para entender qué somos, cómo somos en lo profundo. “¿Quién es de vosotros un verdadero hombre?”, dice Jesús. Así como pocos versículos después dirá: “¿Qué mujer?”. Es un poco la misma pregunta que cantaba el salmista diciendo: “¿Qué cosa es el hombre?” (8,5) y que repetía Job, hablando con Dios: “¿Qué cosa es este hombre?” (7,17).

Por tanto, nosotros aquí, en este brevísimo relato de Jesús, en esta parábola de la misericordia, encontramos la verdad: llegamos a comprender quién es verdaderamente hombre, entre nosotros. Pero para hacer esto, se necesita que encontremos a Dios, escondido en estos versículos, porque debemos confrontarnos con Él, en Él reflejarnos y encontrarnos. El comportamiento del pastor con su oveja nos dice qué debemos hacer, cómo debemos ser y nos desvela cómo somos en realidad, pone al descubierto nuestras llagas, nuestra profunda enfermedad. Nosotros, que nos creemos dioses, no somos a veces ni siquiera hombres.

Veamos el por qué…

“noventa y nueve – uno”

He aquí que la luz de Dios nos pone enseguida frente a una realidad muy fuerte, comprometida, para nosotros. Encontramos en este Evangelio, un rebaño, uno como tantos, bastante numeroso, quizás de un hacendado rico: cien ovejas. Número perfecto, simbólico, divino. La plenitud de los hijos de Dios, todos nosotros, cada uno, uno por uno, ninguno puede quedar excluido. Pero en esta realidad sucede una cosa impensable: se crea una división enorme, desequilibrada al máximo. De una parte noventa y nueve ovejas y de la otra una sola. No hay una proporción aceptable. Sin embargo estas son las modalidades de Dios. Nos viene enseguida pensar e interrogarnos a cuál de los dos grupos pertenecemos. ¿Estamos entre las noventa y nueve? ¿O somos aquella única, la sola, tan grande, tan importante de hacer la contraparte a todo el resto del rebaño?

Miremos bien el texto. La oveja única. La sola, sale pronto del grupo porque se pierde, descarrila, vive en suma, una experiencia negativa, peligrosa, quizás mortal. Pero sorprendentemente el pastor no la deja andar de ninguna manera, no se lava las manos; al contrario, abandona las otras, que habían quedado con él y va en busca de ella. ¿Es posible una cosa así? ¿Puede ser justificado un abandono de estas dimensiones? Aquí comenzamos a entrar en crisis, porque seguramente habíamos pensado espontáneamente clasificarnos entre las noventa y nueve, que permanecen fieles. Y por el contrario el pastor se va y corre a buscar a aquella mala, que no merecía nada, sino la soledad y el abandono que se había buscado. ¿Y qué sucede después? El pastor no se rinde, no piensa volver atrás, parece no preocuparse de sus otras ovejas, las noventa y nueve. El texto dice que él “va tras la perdida, hasta que la encuentra”. Es interesantísima esta preposición “tras”; parece casi una fotografía del pastor, que se inclina con el corazón, con el pensamiento, con el cuerpo sobre aquella única oveja.

Examina el terreno, busca sus huellas, que él seguramente conoce y que las ha grabado en las palmas de sus manos (Is 49,16); interroga al silencio, para sentir si se oye todavía el eco lejano de sus balidos. La llama por su nombre, le repite los modos convencionales de llamarla, aquél con el que todos los días la escucha y acompaña. Y finalmente la encuentra. Sí, no podía ser de otro modo. Pero no hay castigo, ni violencia, ni dureza. Sólo un amor infinito y gozo rebosante.

Dice Lucas: “Se la pone sobre sus hombros todo contento.” Y hace fiesta, en casa, con los amigos y vecinos. El texto no cuenta ni siquiera que el pastor haya vuelto al desierto a recoger las otras noventa y nueve.

Teniendo en cuenta todo esto, está claro, clarísimo, que debemos ser nosotros aquella única, aquella sola oveja, tan amada, tan preferida. Debemos reconocer que nos hemos descarriado, que hemos pecado, que sin el pastor no somos nada. Este es el gran paso que la palabra del Evangelio nos llama a realizar, hoy: liberarnos del peso de nuestra presunta justicia, dejar el yugo de nuestra autosuficiencia y ponernos, también nosotros, de la parte de los pecadores, de los impuros, de los ladrones.

He aquí por qué Jesús comienza preguntándonos: “¿Quién de vosotros?”

“en el desierto”

Este es lugar de los justos, de quien se cree a tono, sin pecado, sin mancha. No han entrado todavía en la tierra prometida, están fuera, lejanos, excluidos del gozo, de la misericordia.

Como los que no aceptaron la invitación del rey y se excusaron. Quién con una excusa, quién con otra.

En el desierto y no en la casa, como aquella oveja única. No en la mesa del pastor, donde hay pan bueno y substancioso, donde hay vino que alegra el corazón. La mesa preparada por el Señor: Su Cuerpo y su Sangre. Donde el Pastor se convierte él mismo en cordero, cordero inmolado, alimento de vida.

Quien no ama a su hermano, quien no abre el corazón a la misericordia, como hace el pastor del rebaño, no puede entrar en la casa, sino que permanece fuera. El desierto es su heredad, su morada. Y allí no hay comida, ni agua, ni redil para el rebaño.

Jesús come con los pecadores, con los publicanos, las prostitutas, con los últimos, los excluidos y prepara la mesa, su banquete con exquisitas viandas, con vinos excelentes, con alimentos suculentos (Is 25, 6). A esta mesa somos invitados también nosotros.

Pasos paralelos interesantes:

2 Samuel 12, 1-4:«Había dos hombres en una ciudad, el uno era rico y el otro era pobre. El rico tenía ovejas y bueyes en gran abundancia; el pobre no tenía más que una corderilla, sólo una, pequeña, que había comprado. Él la alimentaba y ella iba creciendo con él y sus hijos, comiendo su pan, bebiendo en su copa, durmiendo en su seno igual que una hija…

Mateo 9, 10-13:

Y sucedió que estando él a la mesa en la casa, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?» Mas él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.»

Lucas 19, 1-10:

Zaqueo Lucas 7, 39:

Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora.»

Lucas 5, 27-32:

Después de esto, salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: «Sígueme.» Él, dejándolo todo, se levantó y le siguió. Leví le ofreció en su casa un gran banquete. Había un gran número de publicanos y de otros que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y sus escribas refunfuñaban diciendo a los discípulos: «¿Cómo es que coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?» Les respondió Jesús: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores.»

Mateo 21, 31-32:

«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en él.

Breve comentarios de la tradición espiritual del Carmelo:

Sta. Teresa del Niño Jesús:

Hablando del P. Jacinto Loyson, que había abandonado la Orden del Carmen y después también abandonó la Iglesia, Teresa escribe así a Celina: “Es cierto que Jesús desea más de nosotros para hacer volver a esta oveja perdida al redil…” (L129) “Jesús priva a sus ovejas de su presencia sensible, para dar sus consuelos a los pecadores…” (L 142).Hablando de Pranzini, de quien había leído la conversión en el momento supremo, antes de la ejecución, cuando tomando el crucifijo besó las santas llagas, escribe así: “ Después su alma voló a recibir la sentencia misericordiosa de Aquel que declara que en cielo habrá más gozo por un sólo pecador que hace penitencia, que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia. (MA 46 r)

Beata Isabel:

» El sacerdote en el confesionario es el ministro de este Dios tan bueno, que deja las noventa y nueve ovejas fieles para correr a buscar a aquella sola que se ha perdido…” (Diario, 13.03.1899).

San Juan de la Cruz:

“Era tan grande el deseo que el Esposo tenía de liberar y redimir a su esposa de la mano de la sensualidad y del demonio, que habiéndolo ya realizado, se alegra como el buen Pastor que después de haber caminado mucho encuentra a la oveja perdida y con gran gozo se la coloca en las espaldas” (CB XXI, Anotaciones).

La Palabra y la Vida

Algunas preguntas:

  • “…habiendo perdido una de ellas…”. El evangelio reclama enseguida nuestra atención sobre la realidad fuerte y dolorosa del extravío, de la pérdida. Aquella única oveja del rebaño se ha salido del camino, se aleja de las otras. No se trata sólo de un suceso, algo que pasa, sino es más bien una característica de la oveja; en efecto en el versículo 6 se le llama “la perdida”, como si éste fuese su verdadero nombre.
  • Aquí está el punto de partida, la verdad. Porque es de nosotros de quien se habla. Somos nosotros los hijos dispersos, los extraviados, los errantes, los pecadores, los publicanos. Es inútil que continuemos creyéndonos justos, considerarnos mejores que los otros, dignos del Reino, de la presencia de Dios, con el deber de enfadarnos, de murmurar contra Jesús, que, al contrario, atiende al que yerra. Debo preguntarme, ante este evangelio, si estoy dispuesto a realizar este camino profundo de conversión, de revisión interior muy fuerte. Debo decidirme de una vez de qué parte quiero estar: si dejarme poner sobre las espaldas del buen pastor o permanecer distante, solo al fondo, con mi justicia. Pero si no sé usar la misericordia, si no sé acoger, perdonar, estimar, ¿cómo puedo esperar todo esto para mí?
  • “…las noventa y nueve en el desierto…” Debo abrir los ojos a esta realidad: el desierto.

¿Dónde creo que estoy yo? ¿dónde habito? ¿A dónde camino? ¿Cuáles son mis verdes pastizales? Creo estar al seguro, habitar en la casa del Señor, entre sus hijos fieles y quizás sea verdaderamente así. “ En verdes praderas me hace reposar” dice el salmo. Pero yo ¿me siento en este reposo? Y entonces ¿por qué estoy tan inquieto, insatisfecho, siempre a la búsqueda de algo nuevo, mejor, más grande? Miro mi vida:

¿ no es un poco un desierto? Donde no hay amor y compasión, donde me quedo cerrado a mis hermanos y no sé acogerlos tales como son, con sus limitaciones, con los errores que cometen, con los sufrimientos que quizás me procuran, allí nace el desierto, allí me desespero y me siento hambriento y sediento. Este es el momento de dejarme cambiar el corazón: reconocerme miserable para convertirme en misericordioso.

  • “…va tras la oveja perdida hasta que la encuentra” Hemos visto cómo el texto describe con finura la acción del pastor: deja todas las ovejas y va tras aquella única que se ha extraviado. El verbo puede parecer algo extraño, pero es muy eficaz. Como Oseas dice con respecto a Dios, que habla a su pueblo al que ama, como a una esposa: “Hablaré a su corazón” (2,16). Es un movimiento, un trasporte de amor; un inclinarse paciente, tenaz, que no se rinde, sino que insiste siempre. El amor verdadero, de hecho, no se acaba. Así trata el Señor a cada uno de sus hijos. También a mí. Si miro hacia atrás, si recuerdo mi historia, me doy cuenta de cuánto amor, de cuánta paciencia, de cuánto dolor, ha experimentado Él por mí, para encontrarme, para volverme a dar lo que yo había desperdiciado y perdido. Él jamás me ha abandonado. Lo reconozco. Verdaderamente es así.
    Pero, llegado a este punto, ¿qué hago yo de este amor tan gratuito, tan grande, exuberante? Si lo tengo encerrado en mi corazón, se pierde. No se puede conservar como el maná hasta el día siguiente, pues de lo contrario los gusanos lo pudrirían. Debo, hoy mismo, distribuirlo, difundirlo, ¡Ay de mí si no amo! Y pruebo a examinar mi conducta hacia mis hermanos, a los que me encuentro cada día, con los que comparto mi vida. ¿Cómo es mi proceder con ellos? ¿Me parezco en algo al buen pastor, que va en busca, que se acerca, que se inclina con ternura, atención, amistad o también con amor? ¿Acaso soy superficial, no me importa nadie, dejo que cada cual obre como quiera, viva sus dolores, sin estar dispuesto a compartir, a conllevarlos juntos? ¿Qué clase de hermano, hermana soy yo? ¿Qué padre, qué madre soy?
  • “ Alegraos conmigo”. El pasaje se cierra con una fiesta, termina siendo un verdadero y propio banquete, según la descripción que Lucas hace al final de la parábola. Una cena de un rey, una fiesta solemne, con el mejor alimento, preparado de antemano, para comerlo, llegada la ocasión, con las mejores vestidos, con los pies calzados y anillos al dedo. Un gozo que siempre va creciendo, que contagia, un gozo compartido. Es la invitación que el Padre, el Rey, nos hace cada día, cada mañana; desea que participemos también nosotros por el regreso de sus hijos, nuestros hermanos. ¿Me fastidia esto? ¿Está mi corazón abierto, disponible a este gozo de Dios? ¿Prefiero estar fuera, mejor exigiendo por lo que me parece que no me han dado, la parte del patrimonio que me corresponde, el premio especial para hacer fiesta con quien me parezca? Pero comprendo bien que si no entro ahora en el banquete de Dios, donde están invitados los pobres, los cojos, los ciegos, aquellos a quienes ninguno quiere; si no tomo parte en el gozo común de la misericordia, quedaré fuera por siempre, triste, cerrado en mí mismo, en las tinieblas y en el llanto, como dice el Evangelio.

La Palabra se convierte en Oración

a) Salmo 103, 1-4 8-13

El Señor es bueno y grande en el amor.
Bendice, alma mía, a Yahvé,
el fondo de mi ser, a su santo nombre.
Bendice, alma mía, a Yahvé, nunca olvides sus beneficios.
Él, que tus culpas perdona,
que cura todas tus dolencias,
rescata tu vida de la fosa,
te corona de amor y ternura,
Yahvé es clemente y compasivo,
lento a la cólera y lleno de amor;
no se querella eternamente,
ni para siempre guarda rencor;
no nos trata según nuestros yerros,
ni nos paga según nuestras culpas.
Como se alzan sobre la tierra los cielos,
igual de grande es su amor con sus adeptos;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros crímenes.
Como un padre se encariña con sus hijos,
así de tierno es Yahvé con sus adeptos.

c) Oración final:

¡Oh Padre bueno y misericordioso, alabanza y gloria a ti por el amor que nos has revelado en Cristo tu Hijo! Tú, misericordioso, llama a todos para que sean también misericordia. Ayúdame a reconocerme cada día necesitado de tu perdón, de tu compasión, necesitado del amor y de la comprensión de mis hermanos. Que tu Palabra cambie mi corazón y me vuelva capaz de seguir a Jesús, de salir cada día con Él a buscar a mis hermanos en el amor. Amén.

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Lectio mié, 22 jun, 2022

Tiempo Ordinario

Oración inicial

Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor.

Lectura del santo Evangelio según Mateo 7,15-20

Jesús dijo a sus discípulos: «Cuidado con los falsos profetas. Se acercan a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? Todo árbol bueno da frutos buenos y el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos y un árbol malo no puede producir frutos buenos.

Todo árbol que no produce frutos buenos es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los conocerán».

Reflexión

  • Estamos llegando a las recomendaciones finales del Sermón del Monte. Comparando el evangelio de Mateo con el de Marcos se percibe una gran diferencia en la manera en que los dos presentan la enseñanza de Jesús. Mateo insiste más en el contenido de la enseñanza y lo organiza en cinco grandes discursos, de los cuales el Sermón del Monte es el primero (Mt 5 a 7). Marcos, por más de quince veces, dice que Jesús enseñaba, pero raramente dice lo que él enseñan. A pesar de estas diferencias, los dos concuerdan en un punto: Jesús enseñaba mucho. Enseñar era lo que Jesús más hacía (Mc 2,13; 4,1-2; 6,34). Era su costumbre (Mc 10,1). Mateo se interesaba por el contenido. Marcos ¿se interesaba por el contenido? ¡Depende de lo que entendemos por contenido! Enseñar no es sólo cuestión de comunicar verdades para que la gente las aprenda de memoria. El contenido no está sólo en las palabras, sino también en los gestos y en la manera que Jesús tiene de relacionarse con las personas. El contenido no está nunca desligado de la persona que lo comunica. La persona es la raíz del contenido. La bondad y el amor que transparen en las palabras y en los gestos de Jesús forman parte del contenido. Son su espesor. Contenido bueno sin bondad es como leche derramada. No convence y no hay conversión.
  • Las recomendaciones finales y el resultado del Sermón del Monte en la conciencia de la gente ocupan el evangelio de hoy (Mt 7,15-20) y de mañana (Mt 7,21-29). (La secuencia de los evangelios diarios de la semana no es siempre la de los evangelios mismos).

Mateo 7,13-14: Escoger el camino recto
Mateo 7,15-20: Los profetas se conocen por los frutos
Mateo 7,21-23: No sólo hablar, sino practicar
Mateo 7,24-27: Construir la casa sobre roca
Mateo 7,28-29: La nueva conciencia de la gente

  • Mateo 7,15-16ª: Cuidado con los falsos profetas. En el tiempo de Jesús, había profetas de todo tipo, personas que anunciaban mensajes apocalípticos para envolver a la gente en los diversos movimientos de aquella época. Esenos, fariseos, celotes y otros (cf. At 5,36-37). En el tiempo en que Mateo escribe había también profetas que anunciaban mensajes diferentes del mensaje proclamado por las comunidades. Las cartas de Pablo mencionan estos movimientos y tendencias (cf 1Cor 12,3; Gal 1,7-9; 2,11-14;6,12). No debe haber sido fácil para las comunidades hacer el discernimiento de espíritus. De aquí la importancia de las palabras de Jesús sobre los falsos profetas. La advertencia de Jesús es muy fuerte: «Cuidado con los falsos profetas: ellos vienen vestidos con pieles de oveja, pero dentro son lobos feroces” .Jesús usa esta misma imagen cuando envía a los discípulos y a las discípulas en misión: “Os mando como cordero en medio de lobos” (Mt 10,16 y Lc 10,3). La oposición entre lobo voraz y manso cordero es irreconciliable, a no ser que el lobo se convierta y pierda su agresividad como sugiere el profeta Isaías (Is 11,6; 65,25). Lo que importa aquí en nuestro texto es el don del discernimiento. No es fácil discernir los espíritus. A veces, sucede que intereses personales o grupales llevan a las personas a proclamar como falsos a los profetas que anuncian la verdad que incomoda. Esto aconteció con Jesús. Fue eliminado y condenado a muerte como falso profeta por las autoridades religiosas de la época. De vez en cuando, lo mismo ha ocurrido y sigue ocurriendo en nuestra iglesia.
  • Mateo 7,16b-20 : La comparación del árbol y sus frutos. Para ayudar en el discernimiento de espíritus, Jesús usa la comparación del fruto: “Por los frutos os reconocerán”. Un criterio similar lo había sugerido ya el libro del Deuteronomio (Dt 18,21-22). Y Jesús añade: Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego. En el evangelio de Juan, Jesús completa la comparación: “Si alguna de mis ramas no produce fruto, él lo corta; y limpia toda rama que produce fruto para que  dé más. Esas ramas son arrojadas fuera y se secan como ramas muertas.” (Jn 15,2.4.6)

Para la reflexión personal

  • ¡Falsos profetas! Conoces algún caso en que una persona buena y honrada que proclamaba una verdad incómoda fue condenada como falso profeta?
  • Al juzgar por los frutos del árbol de tu vida personal, ¿cómo te defines: falso o verdadero?

Oración final

Mis ojos languidecen por tu salvación,
por tu promesa de justicia.
Trata a tu siervo según tu amor,
enséñame tus preceptos. (Sal 119,123-124)

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Lectio mar, 21 jun, 2022

San Luis Gonzaga, religioso

Oración inicial

Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor.

Lectura del santo Evangelio según Mateo 7,6.12-14

Jesús dijo a sus discípulos: «No den a los perros las cosas santas ni echen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes y los despedacen.

Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. En esto se resumen la ley y los profetas.

Entren por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y amplio el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por él. Pero ¡qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que conduce a la vida, y qué pocos son los que lo encuentran!».

Reflexión

  • Discernimiento y prudencia al ofrecer las cosas de valor. En sus relaciones con los demás, Jesús pone en guardia ante algunas actitudes peligrosas. Lo primero es no juzgar (7,1-5): se trata de una verdadera prohibición, “no juzguéis”, acción que evita todo desprecio o condena de los otros. El juicio último es competencia exclusiva de Dios; nuestros parámetros y criterios son relativos; están condicionados por nuestra subjetividad. Toda condenación de los demás se vuelve también condenación de sí mismo, por cuanto nos pone bajo el juicio de Dios y se autoexcluye del perdón. Si tu ojo está limpio, es decir, si está libre de todo juicio hacia el hermano, puedes relacionarte con él de manera veraz ante Dios. Vayamos a las palabras de Jesús que el texto nos ofrece: “No deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen” (7,6). A primera vista, este “dicho” de Jesús parece extraño a la sensibilidad del lector moderno. Puede presentarse como un verdadero enigma. En verdad se trata de una manera de decir, de un lenguaje semítico que requiere ser interpretado. En tiempo de Jesús, como en la cultura antigua, los perros no eran muy apreciados porque se consideraban semisalvajes y callejeros (U. Luz). Vayamos ahora al aspecto positivo y didáctico-sapiencial de las palabras de Jesús: no profanar las cosas santas es, a fin de cuentas, una invitación a usar la prudencia y el discernimiento. En el AT las cosas santas son la carne para el sacrificio (Lv 22,14; Es 29,33ss; Nm 18,8-19). También la prohibición de echar las perlas a los puercos resulta incomprensible. Para los hebreos, los cerdos son animales impuros, como la quintaesencia de la repugnancia. Por el contrario, las perlas son lo más precioso que puede haber. La advertencia de Jesús se refiere a aquel que sacia a los perros callejeros con la carne consagrada y destinada al sacrificio. Tal comportamiento resulta malvado y con frecuencia imprudente, pues normalmente a los perros no se les daba de comer y, movidos por su hambre insaciable, podían retroceder y asaltar a sus “bienhechores”. A nivel metafórico, las perlas indicarían las enseñanzas de los sabios y las interpretaciones de la “torâh”. En el evangelio de Mateo, la perla es imagen del reino de Dios (Mt 13,45ss). La interpretación que hace el evangelista al poner esta advertencia de Jesús, es principalmente teológica. Seguramente la interpretación que nos parecerá más acorde con el texto es la lectura eclesial de las palabras de Jesús: una advertencia a los misioneros cristianos de no predicar el evangelio a cualquiera (Gnilka Luz)
  • El camino a seguir. Al final del discurso (7,13-27) Mateo pone, entre otras cuestiones, una exhortación conclusiva de Jesús, que invita a hacer una elección decisiva para entrar en el reino de los cielos: la puerta estrecha (7,13-14). La palabra de Jesús no es sólo algo que hay que comprender e interpretar, sino que sobre todo ha de formar parte de la vida. Ahora bien, para entrar en el reino de los cielos es necesario seguir un camino y entrar en la plenitud de la vida atravesando una “puerta”. El tema del “camino” es muy apreciado en el AT (Dt 11,26-28; 30,15-20; Jr 21,8; Sal 1,6; Sal 118,29-30; Sal 138,4; Sb 5,6-7, etc.). El camino representado en las dos puertas conduce a metas diversas. Una significación coherente de las advertencias de Jesús sería que a la puerta ancha se une el camino ancho que conduce a la perdición, es decir, recorrer un camino ancho siempre es agradable, pero esto no se dice en nuestro texto. Más bien parece que Mateo coincide con el concepto judío de “camino”: siguiendo Dt 30,19 y Jr 21,8 se encuentran dos caminos que se contraponen, el de la muerte y el de la vida. Saber elegir entre dos modos diversos de vida es decisivo para entrar en el reino de los cielos. El que elige la vía estrecha, la de la vida, debe saber que está llena de aflicciones; al decir estrecha indica que en el sufrimiento se encuentra la prueba de la fe.

Para la reflexión personal

  • ¿Cómo ha impactado en tu corazón la palabra de Jesús? ¿La escuchas para vivir bajo la mirada del Padre y para cambiar personalmente y en tus relaciones con los hermanos?
  • La palabra de Jesús, o mejor, Jesús mismo es la puerta que introduce en la vida filial y fraterna. ¿Te dejas guiar y atraer por la vía estrecha y exigente del evangelio?
    ¿Sigues más bien la vía ancha y fácil, que consiste en hacer lo que a uno le place o lo que conduce a satisfacer los propios deseos, y que pasa por alto las necesidades de los demás?

Oración final

Tu amor, oh Dios, evocamos en medio de tu templo;
como tu fama, oh Dios, tu alabanza
alcanza los confines de la tierra. (Sal 48,10-11)

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Lectio lun, 20 jun, 2022

Tiempo Ordinario

Oración inicial

Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor.

Lectura del santo Evangelio según Mateo 7,1-5

Jesús dijo a sus discípulos: «No juzguen y no serán juzgados; porque así como juzguen los juzgarán y con la medida que midan los medirán.

¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no te das cuenta de la viga que tienes en el tuyo? ¿Con qué cara le dices a tu hermano: ‘Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo’, cuando tú llevas una viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga que tienes en el ojo, y luego podrás ver bien para sacarle a tu hermano la paja que lleva en el suyo».

Reflexión

  • En el evangelio de hoy seguimos la meditación sobre el Sermón del Monte que se encuentra en los capítulos 5 y 6 de Mateo. Durante la 10ª y 11ª Semana del Tiempo Ordinario veremos el capítulo 7. En estos tres capítulos 5, 6 y 7 se presenta una idea de cómo era la catequesis en las comunidades de los judíos convertidos en la segunda mitad del primer siglo en Galilea y en Siria. Mateo juntó y organizó las palabras de Jesús para enseñar cómo debía de ser la nueva manera de vivir la Ley de Dios.
  • Después de haber explicado cómo reestablecer la justicia (Mt 5,17 a 6,18) y cómo restaurar el orden de la creación (Mt 6,19-34), Jesús enseña cómo debe ser la vida en comunidad (Mt 7,1-12). Al final, hay algunas recomendaciones y consejos finales (Mt 7,13-27). Aquí sigue un esquema de todo el sermón del Monte:

Mateo 5,1-12: Las bienaventuranzas: solemne apertura de la nueva Ley.
Mateo: 5,13-16: La nueva presencia en el mundo: Sal de la tierra y Luz del mundo.
Mateo 5,17-19: La nueva práctica de la justicia: relación con la antigua ley.
Mateo 5, 20-48: La nueva práctica de la justicia: observando la nueva Ley
Mateo 6,1-4: La nueva práctica de las obras de piedad: limosna
Mateo 6,5-15: La nueva práctica de las obras de piedad: la oración
Mateo 6,16-18: La nueva práctica de las obras de piedad: el ayuno
Mateo 6,19-21: Nueva relación con los bienes materiales: no acumular
Mateo 6,22-23: Nueva relación con los bienes materiales: visión correcta
Mateo 6,24: Nueva relación con los bienes materiales: Dios y el dinero
Mateo 6,25-34: Nueva relación con los bienes materiales: confiar en la providencia
Mateo 7,1-5: Nueva convivencia comunitaria: no juzgar
Mateo 7,6: Nueva convivencia comunitaria: no despreciar la comunidad
Mateo: 7,7-11: Nueva convivencia comunitaria: la confianza en Dios engendra el compartir
Mateo 7,12: Nueva convivencia comunitaria: la Regla de Oro
Mateo 7,13-14: Recomendaciones finales: escoger el camino recto
Mateo 7,15-20: Recomendaciones finales: al profeta se le reconoce por los frutos
Mateo 7,21-23: Recomendaciones finales: no sólo hablar, también practicar
Mateo 7,24-27: Recomendaciones finales: construir la casa en la roca

  • La vivencia comunitaria del evangelio (Mt 7,1-12) es la piedra de toque. Es donde se define la seriedad del compromiso. La nueva propuesta de la vida en comunidad aborda diversos aspectos: no ver la brizna que está en el ojo del hermano (Mt 7,1-5), no tirar perlas a los puercos (Mt 7,6), no tener miedo a pedir a Dios cosas (Mt 7,7-11). Estos consejos van a culminar en la Regla de Oro: hacer al otro lo que nos gustaría nos hiciesen a nosotros (Mt 7,12). El evangelio de hoy presenta la primera parte: Mateo 7,1-5.
  • Mateo 7,1-2: No juzgar, y no seréis juzgados. La primera condición para una buena convivencia comunitaria es no juzgar al hermano y a la hermana, o sea eliminar los preconceptos que impiden la convivencia transparente. ¿Qué significa esto concretamente? El evangelio de Juan da un ejemplo de cómo Jesús vivía en comunidad con sus discípulos. Jesús dice: “Ya nos les llamaré servidores, porque un servidor no sabe lo que hace su patrón. Les llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que aprendí de mi Padre” (Jn 15,15). Jesús es un libro abierto para sus compañeros. Esta trasparencia nace de su total confianza en los hermanos y en las hermanas y tiene su raíz en su intimidad con el Padre que da fuerza para abrirse totalmente a los demás. Quien convive así con los hermanos y hermanas, acepta al otro como es, sin ideas preconcebidas, sin imponer condiciones previas, sin juzgar al otro. ¡Aceptación mutua sin fingimiento y en total trasparencia! ¡Este es el ideal de la nueva vida comunitaria, nacida de la Buena Nueva que Jesús nos trae de que Dios es Padre/Madre y que, por tanto, todos somos hermanos y hermanas unos de otros.
    Es un ideal tan difícil y tan bonito y atrayente como aquel otro: ”Sed perfecto como el Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48).
  • Mateo 7.3-5: Ver la brizna y no percibir la viga. Enseguida Jesús da un ejemplo: “¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: `Deja que te saque la brizna del ojo’, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu «. Al oír esta frase, solemos pensar en los fariseos que despreciaban a la gente tildándola de ignorante y se consideraban mejores que los demás (cf. Jn 7,49; 9,34). En realidad, la frase de Jesús sirve para todos. Por ejemplo, hoy, muchos de nosotros que somos católicos pensamos que somos mejores que los demás cristianos. Pensamos que los demás son menos fieles al evangelio que nosotros. Vemos la brizna en el ojo del otro, sin ver la viga en nuestros ojos. Esta viga es la causa por la cual, hoy, mucha gente tiene dificultad en creer en la Buena Nueva de Jesús.

Para la reflexión personal

  • No juzgar al otro y eliminar los preconceptos: ¿cuál es la experiencia personal que tengo sobre este punto?
  • Brizna y viga: ¿cuál es la viga en mí que dificulta mi participación en la vida en familia y en comunidad?

Oración final

Rebosan paz los que aman tu ley, ningún contratiempo los hace tropezar. Espero tu salvación, Yahvé, y cumplo tus mandamientos. (Sal 119,165-166)

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Lectio Dom, 19 jun, 2022

Lucas 9, 18-24

Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos contestaron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que alguno de los antiguos profetas que ha resucitado».

Él les dijo: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Respondió Pedro: «El Mesías de Dios». Él les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie.

Después les dijo: «Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día».

Luego, dirigiéndose a la multitud, les dijo: «Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará».

Sobre el texto

El relato evangélico que leemos hoy es la conclusión lógica del leído el domingo anterior. La contemplación de las acciones mesiánicas de Jesús debe llevar a la confesión de fe en Él.

El pasaje de hoy se encuentra en un lugar clave en el evangelio de Lucas, justamente el capítulo que concluye el ministerio mesiánico en Galilea (Lucas 5,1-9,50) y el programa de la formación de los discípulos que se realizará a lo largo de la extensa subida a Jerusalén (9,51-19,48).

Puesto que este pasaje es clave -porque es “programático”- para comprender todo el itinerario de discipulado que se realizará a lo largo de la subida a Jerusalén (nos ocupará prácticamente el resto del año litúrgico) y ya que tendremos que remitirnos a él una y otra vez, le daremos amplio espacio a la presentación de los elementos fundamentales del pasaje.

El texto que leemos hoy, tiene tres partes bien conectadas:
(1) La confesión de fe de Pedro (9,18-20)
(2) La revelación del camino Pascual de Jesús (9,21-22)
(3) Las consecuencias de este camino para el discipulado (9,23-24)

La primera novedad lucana de este pasaje es que está ambientado en una experiencia de oración de Jesús y sus discípulos. Comenzaremos por ahí.

La oración de Jesús en el momento decisivo

A diferencia del relato de Marcos y de Mateo, esta escena no sucede en los alrededores de Cesarea de Filipo, durante una caminata. El ambiente es diferente: la quietud y la soledad de la oración, “Él estaba orando a solas…” (9,18a).

Es característico del evangelio de Lucas el que Jesús se encuentre en oración en los momentos decisivos de su ministerio público. Por ejemplo, a la hora del bautismo (3,21), de la elección de los Doce (6,12), del comienzo de la subida a Jerusalén (9,28-29), de la Pasión (22,41), de la muerte (23,46).  Este es el caso de la escena que ocupa hoy nuestra atención: Jesús ora en el momento de la decisiva revelación de su identidad, del anuncio de su pasión y de la consecuencia de ésta para la vida de sus discípulos.

Se dice que “Él estaba orando a solas” (9,18a), pero paradójicamente “se hallaban con Él los discípulos” (9,19b). También más adelante, una semana después en el monte de la Transfiguración (9,28-32), el día que los enseña a orar (11,1) y cuando los exhorta para combatir al tentador junto con él en la agonía (23,39-46), Jesús ora en presencia de los discípulos.

Como en todas las escenas de oración de Jesús en este evangelio, lo que Jesús busca allí es la guía divina que lo orienta en la realización de su misión: supone confianza y entrega total al proyecto del Padre.  La revelación que viene enseguida va precisamente en esta línea.

La identidad de Jesús es confesada por los discípulos por medio de su portavoz: Pedro

Jesús entonces toma la iniciativa y se dirige a los discípulos para hacerles dos preguntas: “¿Quién dice la gente que soy yo?” (9,18c); “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (9,20a). La pregunta por la identidad indaga en otras palabras sobre el rol que Él cumple en medio de su pueblo y del mundo.

Veamos los diversos aspectos que entran en juego en el diálogo entre Jesús y sus discípulos.

  • La pregunta llega cuando el tiempo está maduro

No es la primera vez que se escuchan preguntas de esta naturaleza. La pregunta por la identidad de Jesús -“¿Quién es Jesús?”- ya había sido planteada en pasajes anteriores en el evangelio de Lucas, por ejemplo:

  • Los escribas y fariseos, escandalizados porque Jesús perdonaba pecados reflexionaban: “¿Quién es éste, que dice blasfemias?” (5,21).
  • Los discípulos llenos de temor ante el milagro de la tempestad calmada se dicen entre sí: “¿Quién es éste, que impera a los vientos y al agua, y le obedecen?” (8,25).
  • El rey Herodes Antipas cuando se entera de la misión de la predicación del Reino se pregunta: “¿Quién es, pues éste, de quien oiga tales cosas?” (9,9).

Inclusive, si miramos el conjunto del evangelio notaremos que Lucas nos habitúa a ver que las grandes acciones de Jesús regularmente llevan a una afirmación sobre quién es Jesús.  Para este evangelista es claro que la respuesta sobre el sentido de la misión que Jesús realiza en el mundo sólo se puede dar a partir de la observación atenta de sus acciones y de la escucha de su Palabra.

La escena de la confesión de fe, en el evangelio de Lucas presupone todo lo que la gente y los discípulos han contemplado en la persona de Jesús en los capítulos 8,22 a 9,17.

Pero esta es la primera vez que Jesús abre el espacio para que los discípulos expresen su propio punto de vista. No más preguntas sino conclusiones.

  • El tipo de pregunta

Jesús nunca le pide a sus discípulos que le den opinión sobre sus discursos o sobre sus obras, lo hace únicamente sobre su propia persona. 

Para Jesús lo que cuenta es lo que están comprendiendo sobre él, ya que los quiere conducir hacia un conocimiento claro y hacia una confesión de fe sin equívocos.  Pues bien, en el centro del Evangelio no está tanto su anuncio sino la mismísima persona de Jesús.

 

  • El punto de vista de la muchedumbre

Como preludio a la declaración del punto de vista de los discípulos, Jesús pregunta cuáles son las opiniones populares sobre él.  Se trata del parecer de las “multitudes” (no de “los hombres”, como escriben Marcos y Mateo).

Se dan las mismas respuestas ya dadas anteriormente en 9,7-8 en boca de Herodes Antipas, voz oficial dentro del mundo de la política. En 9,19 leemos: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había resucitado”. Las tres afirmaciones coinciden en que se trata de un “profeta”.

Desde que inauguró su misión en la sinagoga de Nazareth, Jesús mismo se había presentado en el ropaje de un profeta (“Ningún profeta es bien recibido en su patria”, 4,24), luego el evangelio no hizo sino comprobar una y otra vez su comportamiento profético. La gente lo reconoció así (“un gran profeta se ha levantado entre nosotros”, 7,16), incluso un fariseo cuestionó la autenticidad de Jesús precisamente sobre este punto (“Si éste fuera profeta…”, 7,39).

La gente tiene a Jesús en una alta consideración: ve en Él a una figura profética similar a la de los grandes profetas portavoces de Dios.

Pero la estimación popular aparece inadecuada, ya que Jesús no es ni Elías ni Juan Bautista ni ningún antiguo profeta resucitado. Es verdad que Jesús sostiene una relación especial con Dios,  y por eso es correcto el título de “profeta”, pero se nota que la gente no reconoce aún la relación única y particular que Jesús tiene con Dios. Entonces, ¿dónde se verifica la novedad del profetismo de Jesús, que no parece encajar en la visión popular?

  • El punto de vista de los discípulos: “vosotros” y “yo”

Enseguida Jesús les pide a los discípulos su propia respuesta personal. Nótese el énfasis en el “vosotros” (9,20a). Con ello, Jesús establece un contraste con las “multitudes”, pero también confronta inevitablemente a cada uno sobre la cuestión que decide la vida: la fe.

Se les pregunta a todos, pero es Pedro quien responde como vocero que es capaz de interpretar el sentir de todos y expresarlo. Pedro va directo al título: “El Cristo de Dios” (9,20b). Profundicemos:

(1) El título de “Cristo” ya se lo habían aplicado por primera vez a Jesús los ángeles en la noche del nacimiento (2,11) y se repite con cierta frecuencia a lo largo del evangelio hasta la última página (ver 24,26.46).

(2) En el evangelio de Lucas se siente la necesidad de darle una precisión al título de “Cristo” añadiéndole el determinativo: “de Dios”. Así se enfatiza que Jesús es el “ungido de Dios” destinado para su servicio (ver 2,26; 23,35; Hechos 3,18; 4,26). ¿De qué servicio se trata en última instancia? Esto se comprenderá en el relato de la Pasión (ver 23,35), de ello tendremos una visión anticipada en las líneas que siguen en el pasaje.

Por primera vez los discípulos reconocen de manera explicita que Jesús es el Mesías.

Jesús es el Mesías-Cristo prometido que realiza las esperanzas salvíficas de su pueblo. Pero a Jesús no se le puede “capturar” en los esquemas que proyectan los deseos populares, lo primero que hay que hacer para entenderlo es entrar en sintonía con Dios para comprender su plan de salvación, su proyecto, su sueño de humanidad. Por eso, en este pasaje de la confesión de fe, era necesario el ambiente inicial de oración: ambiente de escucha y obediencia a Dios que determina el recto comprender y actuar.

  • La respuesta correcta proviene de los discípulos y no de la muchedumbre

Vale la pena detenernos un momento antes de continuar la lectura del pasaje. ¿Por qué son los discípulos los que aciertan en la respuesta? ¿Qué vieron los discípulos que no vio la gente?

Que la respuesta correcta provenga de los discípulos, indica cuál es la función o el oficio de ellos con relación a toda la actividad de Jesús con el pueblo, su tarea es llevar al conocimiento del sentido de ésta, en otras palabras, ayudar a entender quién es Jesús.

Recordemos que precisamente, enmarcada entre las preguntas por la identidad de Jesús (9,7-9 y 9,18-20), Lucas nos presentó la multiplicación de los panes: el servicio mesiánico de Jesús.  En ese momento los discípulos vieron lo que el pueblo no había visto (volver sobre la parte final del evangelio del domingo pasado), por eso ellos están en capacidad de responder.

La confesión de quién es verdaderamente Jesús, está en estrecha conexión con lo que Jesús les ha revelado de sí mismo como dador de vida en algunas escenas que los discípulos -separados de la gente- pudieron ver más de cerca: la tempestad calmada (8,22-25), la resurrección de la hija de Jairo (8,49-56), el banquete mesiánico con la multitud (9,12-17), eventos todos que fueron revelatorios solamente para los discípulos.

Por tanto, los discípulos de Jesús son aquellos que, guiado por las claves de lectura que les da el Maestro, pueden ver más profundamente los eventos y enseñanzas que el resto de la gente; son aquellos que pueden constatar, a partir de la valoración de las bendiciones que provienen del Maestro, que Él es más que un profeta; son aquellos que, teniendo como modelo a María (ver 2,19), confrontan continuamente los hechos con las enseñanzas, en otros términos: hacen el itinerario completo de la Palabra (hoy: “lectio divina”): “después de haber oído, conservan la Palabra con corazón bueno y  recto, y dan fruto con perseverancia” (8,15). Los frutos se ven en la correcta confesión de fe y en el compromiso radical con el camino de la Cruz del Mesías.

En fin, los discípulos son aquellos que van más allá del diagnóstico y de la perplejidad de Herodes, de las apreciaciones técnicas de los escribas y fariseos, y del entusiasmo primario de las multitudes, y dan el salto cualitativo de la fe que, comprendiendo la revelación del Maestro, van hasta el fondo de su propuesta y se apropian de su escandalosa novedad profética.  Una opción tendrá su costo.

El doloroso camino del Mesías (9,21-22)

Cuando Pedro confiesa a Jesús como “Cristo de Dios”, ya está aludiendo implícitamente al camino de la Pasión. Esa parece ser la razón por la cual Lucas –a diferencia de Marcos- no nos presenta la reprensión que Pedro recibe por no querer aceptar la Cruz; más bien pareciera que Pedro y sus compañeros ya estuvieran preparados para este momento.

La mirada más bien se centra en la contemplación del destino doloroso de Jesús como manera concreta de asumir el camino “de Dios”.

Viene ahora la revelación que señala la dirección del profetismo de Jesús en misión mesiánica. Notemos (1) el silencio de los discípulos y (2) la voz del Maestro.

  • El Mandato del silencio (9,21)

Jesús se dirige a sus discípulos con autoridad: “Les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie” (9,21).

Jesús acoge la confesión de fe de Pedro y la proyecta hacia adelante. Si les pide silencio no es porque lo dicho anteriormente sea falso sino precisamente porque es verdadero, y porque su comprensión los supera.  Jesús pide el silencio que aprende.

  • Una nueva enseñanza de Jesús (9,22)

He aquí el nuevo aprendizaje que ilumina la comprensión del mesianismo de Jesús. Las nuevas palabras llegan como una pieza fresca de enseñanza.

Jesús se llama a sí mismo ahora “el Hijo del hombre” (ya lo venía haciendo desde 5,24; 6,5.22; 7,34; 9,26.58…). Este calificativo explica mejor la función del Mesías: su camino de gloria por medio del sufrimiento (como lo explicamos antes en esta misma publicación periódica).

Dicho sufrimiento no es absurdo, él tiene sentido dentro del plan divino de salvación –predicho por las Escrituras-, que se realiza en el itinerario de Jesús. Que Dios está obrando por detrás de todos estos acontecimientos, transformando el mal en bien, se nota en la palabrita técnica “debe” (significa: “necesidad divina” o “según la lógica divina de salvar en la historia”), que los evangelistas reservan para este momento (ver Lucas 13,33; 17,25).

La enseñanza de Jesús delinea las cuatro etapas del camino doloroso del Mesías-Hijo del hombre con cuatro verbos en infinitivo:

(1) Debe “sufrir mucho”. Incluye todos los dolores que se narran en el relato de la pasión de Jesús: físicos, morales; por sí mismo, por sus discípulos, por su pueblo. En esta experiencia de Jesús pareciera resonar la verdad de las palabras del Salmo: “Yahvé está cerca de los que tienen roto el corazón, Él salva los espíritus hundidos” (34,19). No olvidemos que la Pasión de Jesús en Lucas descubre en todo instante la presencia luminosa de Dios en medio de la noche del dolor (ver el Salmo 33,20).

(2) Debe “ser rechazado”: esto es, excluido de su pueblo, excomulgado (ver Lucas 20,17).  Será una expulsión oficial. Los tres grupos mencionados componen el Sanedrín: la máxima autoridad religiosa en pleno. Pero la marginación de Jesús, por causa de su opción por los marginados, tiene un sentido, como dice el Salmo: “La piedra que los constructores desecharon en piedra angular se ha convertido” (118,22; ver Lucas 20,17).

(3) Debe “ser matado” (18,33). No se dice crucificado, nunca se profetizó una muerte en Cruz, ésta vendría como resultado de la coyuntura histórica. Lo fundamental es que  el rechazo de Jesús fue hasta las últimas consecuencias. Pues bien, desde eso fondo, el más bajo posible, Dios reconducirá –por el camino de la vida- la compleja historia humana.

(4) Debe “resucitar al tercer día”: la última palabra es de victoria, el triunfo final de la justicia de Dios (ver la profecía de Oseas 6,2). En el verbo griego (literalmente “levantar”) deja entender que hay una resurrección y una exaltación.  El camino del Mesías culmina en la gloria.

Como puede verse, el “debe” va señalando cómo Dios actúa por dentro del tejido de la historia, haciendo allí una dinámica de salvación que transforma la mezquindad humana en fuerza de vida y crecimiento.

La última palabra, la más importante es la de la victoria y la vida: Jesús es un Mesías crucificado pero que resucita. Por eso, cuando el discípulo escuche el llamado de Jesús para compartir su camino tendrá que ver más allá de la renuncia la Buena Noticia de la Resurrección: “ganará la vida”.

Las implicaciones del camino del Mesías para la vida de los discípulos (9,23-24)

La enseñanza de Jesús pasa de la instrucción sobre su destino personal a las consecuencias que dicho destino tiene para la vida de los discípulos, porque ellos son los seguidores del Hijo del hombre sufriente. En pocas palabras Jesús pide una fe que sea tan leal que esté dispuesta a ir hasta el martirio.

Sobre la confesión de fe y el anuncio de la Pasión emergen con mayor claridad (1) las exigencias (9,23) y el sentido de la vocación de los discípulos (9,24).

  • Las exigencias de la vocación de los discípulos (9,23)

Vale la pena que reparemos en ellas, palabra por palabra.

Decía a todos” (9,23a). Jesús levanta la mirada a todos los potenciales discípulos, no sólo para los que ya lo perdieron todo por él sino también para los candidatos.

Si alguno quiere venir en pos de mí” (9,23b). La decisión de seguir a Jesús, que parte de una acto profundo de libertad del discípulo (“Si alguno quiere…”), implica un andar siempre en su ruta. Es curioso que mientras la expresión “ir en pos de…” en el Antiguo Testamento sirve para calificar la idolatría –obedecer a falsos dioses (ver Jueces 2,12; Deuteronomio 13,5; 1 Reyes 18,21), en boca de Jesús es la máxima expresión de la adhesión a Dios en aquel que ha sido confesado como “el Cristo de Dios”.

A quien responde se le piden tres actitudes:

(1) “Niéguese a sí mismo” (9,23c). Es ante todo ser capaces de decirle “no” a lo que no es coherente con la opción por Jesús y que generalmente proviene de sí mismo y de las propias ambiciones, para vivir al estilo de la Cruz. Esto supone un continuo “discernimiento de espíritus”. Esto no será cosa de un día sino de siempre, como se verá enseguida.

(2) “Tome su cruz cada día” (9,23d). Literalmente es tomar la propia cruz y cargarla hasta el lugar de la ejecución. Por lo tanto, en principio es estar preparados para morir por crucifixión. Pero el sentido de la frase de Jesús va más allá: al describir la acción de los ya condenados yendo al patíbulo para la ejecución, Jesús invita a cada discípulo a colocarse en el lugar del que ya está condenado a muerte.

Pero no se trata de un martirio en sentido literal sino de la actitud del que mira su propia vida en el mundo como ya terminada. El discípulo pertenece a otro ámbito de vida: su principio inspirador es el amor misericordioso que acoge al otro desde él y no desde uno mismo, el amor que se hace capacidad del otro para redimirlo asumiéndolo en el propio ámbito de vida. 

Y esto no se hace un día sino siempre: se trata del nuevo impulso de vida característico del Reino de Dios.  La frase “cada día”, acentúa la necesidad de una renovación diaria de esta actitud.

(3) “Sígame” (9,23e). La idea de fondo es: “y de esta manera síganme”. La palabra nos remite a esta frase que aparece en el punto de partida del discipulado: “dejándolo todo, le siguieron” (5,11). Con las actitudes anteriores el discípulo irá siempre detrás de Maestro haciendo todo lo que Él hace.  Y el discípulo que toma la Cruz ya está haciendo lo que Jesús hace porque “Todo (discípulo) que esté bien formado será como su Maestro” (6,40b).

  • El sentido de la vocación del discípulo (9,24)

Para comprender mejor no hay como los paralelos.  Jesús finalmente coloca en contraposición dos tipos de personas:

(1) Hay personas que desean preservar su vida (“Quien quiera salvar su vida…”): están ante todo preocupadas por ellas mismas, por su exclusiva felicidad, siendo capaces incluso de dejar a otra persona de lado con tal de no sacrificar los propios sueños; éste es el trasfondo de muchas situaciones de pecado.

Pues bien, Jesús dice que la persona que desee preservar su manera de vivir evitando cualquier sacrificio, la autonegación para optar por los valores del evangelio, esquivando el martirio, “perderá su vida”, o sea, quizás gozará por un rato pero no alcanzará la plenitud de la vida, e incluso se la habrá negado a otros. Este tipo de personas, en el juicio final no gozará de la vida eterna que vendrá (ver 9,26).

(2) Hay personas que están bien dispuestas para perder generosamente su vida (“Quien pierda su vida por mí…”), es decir, que han descubierto a Jesús y “por” Él se la juegan toda, porque sólo desean vivir según los valores de su evangelio, el mayor de todos: el amor de la Cruz, que es vivir radicalmente en función de los demás.

Estas personas, paradójicamente preservan la vida. A través de la experiencia del “perder” (el “darse”) será salvada su vida en un sentido profundo porque ha alcanzado la identidad con el Maestro y con Él recorre el camino que verdaderamente conduce a la gloria. No hay que olvidar que hay una causa: la pérdida es por causa de Jesús, por lealtad personal a Jesús.  Esta lealtad no se quedará sin la contraparte en el tiempo final: “ése salvará su vida”.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

  • ¿Qué opinión de Jesús tiene la gente con la que trato cotidianamente en ambientes distintos a los de mi comunidad de fe? ¿Se parece a la opinión de la gente en tiempos de Jesús?
  • Jesús hoy te pregunta: ¿Y tú, quién dices que soy yo? ¿Qué le contestas a partir de lo que sabes de Él? ¿Qué le contestas a partir de la experiencia que tienes de Él? ¿En qué forma el contacto diario con la Palabra de Dios te lleva a descubrir los rasgos de la identidad de Jesús?
  • “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”. ¿Cuál es tu mayor cruz? ¿Cómo la estás llevando? ¿Hacía dónde la llevas? ¿Qué te hace pensar que es la cruz con la cual sigues a Jesús?
  • ¿Te sientes verdadero/a discípulo/a de Jesús? ¿Qué efectos produce en ti la confrontación de tu vida con las enseñanzas de Jesús?
  • Las enseñanzas de Jesús delinean las cuatro etapas del camino doloroso del Mesías: ¿En qué forma estas cuatro etapas están “marcando” un proceso en la vida de mi grupo o comunidad?

Un Padre de la Iglesia y un pensamiento mariano para este domingo

6.1.    Un Padre de la Iglesia relee el evangelio

San León Magno (del siglo V dC), en una de sus homilías, retomaba la dinámica del pasaje de Lucas: “Que la fe todos se afirme con la predicación del Evangelio, y que ninguno sienta vergüenza de la Cruz de Cristo, por la cual el mundo ha sido redimido. Que ninguno, por tanto, se lamente de sufrir por la justicia, ni ponga en duda la recompensa prometida; porque es por el trabajo que se llega al reposo, por la muerte que se lleva a la vida. Ya que Cristo ha aceptado la debilidad de nuestra pobreza, si nosotros perseveramos en confesarlo y amarlo, somos vencedores de lo que él ha vencido y recibimos lo que Él ha prometido”

6.2.    Un pensamiento mariano inspirado en el evangelio

Dice el cardenal Giovanni Saldarini:

“María es la virgen ‘por’ el Reino de los Cielos, que ha aceptado perder su vida por Jesús y por la salvación mesiánica y de este modo ha salvado su propia vida.

En ella se realiza esta lógica misteriosa de la negación de sí mismo para seguir a Jesús, que realiza en plenitud la vida de la persona”

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Lectio sáb, 18 jun, 2022

Tiempo Ordinario

Oración inicial

¡Oh Dios!, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas; y, pues el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia para guardar tus mandamientos y agradarte con nuestras acciones y deseos. Por nuestro Señor.

Lectura del santo Evangelio según Mateo 6,24-34

«Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro, o bien obedecerá al primero y no le hará caso al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero.

Por eso les digo que no se preocupen por su vida, pensando qué comerán o con qué se vestirán. ¿Acaso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren las aves del cielo, que ni siembran, ni cosechan, ni guardan en graneros y, sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿Acaso no valen ustedes más que ellas? ¿Quién de ustedes, a fuerza de preocuparse, puede prolongar su vida siquiera un momento?

¿Y por qué se preocupan del vestido? Miren cómo crecen los lirios del campo, que no trabajan ni hilan. Pues bien, yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vestía como uno de ellos. Y si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy florece y mañana es echada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe?

No se inquieten, pues, pensando: ¿Qué comeremos o qué beberemos o con qué nos vestiremos? Los que no conocen a Dios se desviven por todas estas cosas; pero el Padre celestial ya sabe que ustedes tienen necesidad de ellas. Por consiguiente, busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura. No se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá ya sus propias preocupaciones.

A cada día le bastan sus propios problemas».

Reflexión

  • El evangelio de hoy nos ayuda a revisar la relación con los bienes materiales y trata dos asuntos de distinto peso: nuestra relación con el dinero (Mt 6,24) y nuestra relación con la Providencia Divina (Mt 6,25-34). Los consejos dados por Jesús suscitan diversas preguntas de difícil respuesta. Por ejemplo, ¿cómo entender hoy la afirmación: «No puedes servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24)? ¿Cómo entender la recomendación de no preocuparnos con la comida, la bebida y la ropa (Mt 6,25)?
  • Mateo 6,24: «Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero. Cada cual tendrá que elegir. Tendrá que preguntarse: “¿Quién ocupa el primer lugar en mi vida: Dios o el dinero?” De esto dependerá la comprensión de los consejos que siguen sobre la Providencia Divina (Mt 6,25-34). No se trata de una opción hecha sólo con la cabeza, sino de una opción de vida bien concreta que envuelve las actitudes.
  • Mateo 6,25: Jesús critica la excesiva preocupación con la comida y el vestido. Esta crítica de Jesús provoca hasta hoy mucho espanto entre la gente, pues la gran preocupación que tiene un padre, una madre de familia es la comida y el vestido para los hijos. El motivo de la crítica es que la vida vale más que la comida y el cuerpo vale más que la ropa. Para aclarar su crítica, Jesús cuenta dos parábolas: de los pajaritos y de las flores.
  • Mateo 6,26-27: La parábola de los pajaritos: la vida vale más que la comida. Jesús manda mirar a los pajaritos. No siembran, no almacenan, y sin embargo tienen siempre algo que comer, porque el Padre celestial los alimenta: “¿No valéis vosotros más que ellos?” Lo que Jesús critica es cuando la preocupación por la comida ocupa todo el horizonte de la vida de las personas, sin dejar espacio para experimentar y saborear la gratuidad de la fraternidad y de la pertenencia al Padre. Por eso, el sistema neoliberal es criminal porque obliga a la gran mayoría de las personas a vivir 24 horas al día preocupándose por la comida y por la ropa, y produce en otra pequeña minoría rica el ansia de comprar y consumir hasta el punto de no dejar espacio para otra cosa. Jesús dice que la vida vale más de los bienes de consumo. El sistema neoliberal impide la vivencia del Reino.
  • Mateo 6,28-30: La parábola de los lirios: el cuerpo vale más que el vestido. Jesús manda mirar las flores, los lirios del campo. ¡Con qué elegancia y belleza Dios los viste! “Si Dios los viste así, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? Jesús insiste en las cosas de la naturaleza, para que viendo las flores y el campo, la gente recuerde la misión que tenemos: luchar por el Reino y crear una convivencia que pueda garantizar comida y vestido para todos.
  • Mateo 6,31-32: No ser como los paganos. Jesús retoma la crítica contra una excesiva preocupación por la comida, la bebida y el vestido. Y concluye: “¡Son los paganos que se preocupan con todo esto!” Debe de haber una diferencia en la vida de los que tienen fe en Jesús y de los que no la tienen. Los que tienen fe en Jesús comparten con él la experiencia de gratuidad de Dios como Padre, Abba. Esta experiencia de paternidad tiene que revolucionar la convivencia. Tiene que engendrar una vida comunitaria que sea fraterna, semilla de una nueva sociedad.
  • Mateo 6,33-34: El Reino en primer lugar. Jesús apunta dos criterios: “Buscar primero el Reino” y “No preocuparse por el día de mañana”. Buscar en primer lugar el Reino y su justicia significa tratar de hacer la voluntad de Dios y permitir a Dios que reine en nuestra vida. La búsqueda de Dios se traduce concretamente en búsqueda de una convivencia fraterna y justa. Donde hay esta preocupación por el Reino, nace una vida comunitaria donde todos viven como hermanos y hermanas y nadie pasará más necesidad. Allí no habrá más preocupación con el día de mañana, esto es, no habrá más preocupación en acumular.
  • Buscar primero el Reino de Dios y su justicia. El Reino de Dios tiene que ser el centro de todas nuestras preocupaciones. El Reino pide una convivencia, donde no haya acumulación, y donde haya compartir, para que todos tengan lo necesario para vivir. El Reino es la nueva convivencia fraterna, en la que cada persona se siente responsable del otro. Esta manera de ver el Reino ayuda a entender mejor las parábolas de los pajaritos y de las flores, pues para Jesús la Providencia Divina pasa por la organización fraterna. Preocuparse por el Reino y su justicia es lo mismo que preocuparse por aceptar a Dios como Padre y ser hermanos y hermanas de otros. Ante el creciente empobrecimiento causado por el neoliberalismo económico, la salida concreta que el evangelio nos presenta y que los pobres encontrarán para su supervivencia es la solidaridad y la organización.
  • Una lama afilada en la mano de un niño puede ser una arma mortal. Una lama afilada en la mano de una persona agarrada con cuerdas es arma que salva. Así son las palabras de Jesús sobre la Providencia Divina. Sería anti-evangélico decir a un padre de familia sin empleo, pobre, con ocho hijos y mujer enferma: «¡No ande preocupado con lo que va a comer y a beber! ¿Por qué preocuparse del vestido y de la salud?» (Mt 6,25.28). Esto lo podemos decir cuando, al imitar a Dios como Jesús, nos organizamos entre nosotros para poder compartir, garantizando a los hermanos la sobre vivencia. De lo contrario seríamos como los tres amigos de Job, para defender a Dios, contaban mentiras sobre la vida humana (Job 13,7). Sería como “disponer de un huérfano y traicionar a un amigo” (Job 6,27). En boca del sistema de los ricos, estas palabras pueden ser armas mortales contra los pobres. En boca del pobre, pueden ser una salida real y concreta para una convivencia mejor, más justa y más fraterna.

Para la reflexión personal

  • ¿Cómo entiendo y vivo la confianza en la Providencia Divina?
  • Como cristianos tenemos la misión de dar una expresión concreta a aquello que nos anima por dentro. ¿Cuál es la expresión que estamos dando a nuestra confianza en la Divina Providencia?

Oración final

Mi lengua proclama tu promesa, pues justos son tus mandamientos. Acuda tu mano en mi socorro, pues he elegido tus ordenanzas. (Sal 119,172-173)

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