{"id":2056,"date":"2018-07-19T10:06:53","date_gmt":"2018-07-19T16:06:53","guid":{"rendered":"http:\/\/www.ocdmx.org\/?p=2056"},"modified":"2019-07-19T10:11:50","modified_gmt":"2019-07-19T16:11:50","slug":"dios","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.ocdmx.org\/?p=2056","title":{"rendered":"Dios"},"content":{"rendered":"<p>La Biblia no contiene tratado alguno sobre Dios. No se retira ni se distancia como para describir un objeto, no nos invita a hablar de Dios, sino a escucharle cuando habla y a responderle confesando su gloria y sirvi\u00e9ndole. A condici\u00f3n de permanecer en la obediencia y en la acci\u00f3n de gracias, es posible formular lo que de s\u00ed mismo dice Dios en la Biblia. Dios no habla de s\u00ed de la misma manera en el AT y en el NT, cuando se dirige a nosotros por sus profetas y cuando nos habla por su Hijo (Heb 1,1s). En \u00e9ste m\u00e1s que en ning\u00fan otro asunto se impone en forma rigurosa la distinci\u00f3n entre el AT y el NT, ya que \u00abnadie vio jam\u00e1s a Dios; s\u00f3lo lo ha dado a conocer el Hijo \u00fanico que est\u00e1 en el seno del Padre\u00bb (Jn 1,18). As\u00ed como hay que desechar la oposici\u00f3n her\u00e9tica entre el Dios vindicativo del AT y el Dios de bondad del NT, as\u00ed tambi\u00e9n hay que mantener que s\u00f3lo Jes\u00fas nos descubre el secreto del \u00fanico Dios de los dos Testamentos.<\/p>\n<p>AT.<\/p>\n<p>1. DIOS ES PRIMERO. Desde \u00abel principio\u00bb (G\u00e9n 1,1; Jn 1,1) existe Dios, y su existencia se impone como un hecho inicial, que no tiene necesidad de ninguna explicaci\u00f3n. Dios no tiene origen ni devenir; el AT ignora las teogon\u00edas que, en las religiones del antiguo Oriente, explican la construcci\u00f3n del mundo por la g\u00e9nesis de los dioses. Dado que s\u00f3lo \u00e9l es \u00abel primero y el \u00faltimo\u00bb (Is 41,4; 44,6; 48,12), el mundo entero es obra suya, es \u00abcreaci\u00f3n\u00bb suya.<\/p>\n<p>Siendo Dios el primero, no tiene que presentarse, se impone al esp\u00edritu del hombre por el mero hecho de ser Dios. En ninguna parte se supone un descubrimiento de Dios, un proceder progresivo del hombre que le conduzca a establecer \u00absu existencia. Conocerle es ser conocido (cf. Am 3,2) y descubrirle en la ra\u00edz de la propia existencia; huir de \u00e9l es todav\u00eda sentirse perseguido por su mirada (G\u00e9n 3,10; Sal 139,7).<\/p>\n<p>Como Dios es primero, tan luego se da a conocer se acusan francamente su personalidad, sus reacciones, sus designios. Por poco que todav\u00eda se sepa de \u00e9l, desde el instante en que se le descubre se sabe que Dios quiere algo preciso y que sabe exactamente ad\u00f3nde va y lo que hace.<\/p>\n<p>Esta anterioridad absoluta de Dios est\u00e1 expresada en las tradiciones del Pentateuco en dos formas complementarias. La tradici\u00f3n llamada yahvista pone en escena a Yahveh desde el comienzo del mundo, y ya mucho antes del episodio de la zarza ardiente lo muestra persiguiendo su \u00fanico designio. Las tradiciones eloh\u00edstas subrayan, por el contrario, la novedad que aporta la revelaci\u00f3n del nombre divino a Mois\u00e9s, pero marcan al mismo tiempo que con vocablos diversos, que son casi siempre ep\u00edtetos del nombre divino <em>El, se <\/em>hab\u00eda dado ya Dios a conocer. En efecto, Mois\u00e9s no puede reconocer a Yahveh como el verdadero Dios si no ten\u00eda ya, en forma oscura, pero neta, conocimiento de Dios. Esta identidad del Dios de la raz\u00f3n y del Dios de la revelaci\u00f3n, esta prioridad de Dios, presente al esp\u00edritu del hombre desde su primer despertar, est\u00e1. indicada a todo lo largo de la Biblia por la identificaci\u00f3n inmediata y constante entre Yahveh y Eloh\u00edm, entre el Dios que se revela a Israel y el Dios que pueden nombrar las naciones.<\/p>\n<p>Por eso, todas las veces que Yahveh se revela present\u00e1ndose, se nombra y se define pronunciando el nombre de El\/Eloh\u00edm, con todo lo que evoca: \u00abel Dios de tu padre\u00bb (\u00c9x 3,6), \u00abel Dios de vuestros padres\u00bb (\u00c9x 3,15), \u00abvuestro Dios\u00bb (\u00c9x 6,7), \u00abDios de ternura y de piedad\u00bb (\u00c9x 34,6), \u00abtu Dios\u00bb (Is 41,10; 43,3), o sencillamente \u00abDios\u00bb (lRe 18,21. 36s). Entre el nombre de Dios y el de Yahveh se establece una relaci\u00f3n viva, una dial\u00e9ctica: el Dios de Israel, para poder revelarse como Yahveh, se afirma como Dios, pero revel\u00e1ndose como Yahveh dice en forma absolutamente nueva qui\u00e9n es Dios y qu\u00e9 es.<\/p>\n<p>EL, ELOH\u00cdM, YAHVEH. En la pr\u00e1ctica, <em>El <\/em>es el equivalente arcaico y po\u00e9tico de Eloh\u00edm; como Eloh\u00edm, como nuestra palabra Dios, El es a la vez nombre com\u00fan, que designa la divinidad en general, y nombre propio, que designa la persona \u00fanica y definitiva, que es Dios. Eloh\u00edm es plural; no un plural mayest\u00e1tico, ignorado por el hebreo, como tampoco una supervivencia polite\u00edsta, inveros\u00edmil para la mentalidad israelita en un punto tan sensible, sino probablemente resto de una concepci\u00f3n sem\u00edtica com\u00fan, que percibe lo divino como una pluralidad de fuerzas. 1. <em>El. <\/em>El es conocido y adorado fuera de Israel. Como nombre com\u00fan designa la divinidad en casi todo el mundo sem\u00edtico; como nombre propio es el de un gran dios, que parece haber sido dios supremo en el sector oeste de este mundo, en particular en Fenicia y en Cana\u00e1n. \u00bfFue <em>El <\/em>desde los or\u00edgenes sem\u00edticos un dios com\u00fan, supremo y \u00fanico, cuya religi\u00f3n, pura, pero fr\u00e1gil, habr\u00eda sido m\u00e1s tarde eclipsada por un polite\u00edsmo m\u00e1s seductor y corrompido? \u00bfFue m\u00e1s bien el dios jefe y gu\u00eda de los diferentes clanes semitas, dios \u00fanico para cada clan, pero incapaz de hacer prevalecer su unicidad cuando tropezaba con otros grupos, y luego degradado como una de las figuras del pante\u00f3n pagano? Esta historia es oscura, pero lo cierto es que los patriarcas nombran a su Dios El con diferentes ep\u00edtetos, El Ely\u00f3n (G\u00e9n 14,22), El R\u00f3i (16,13), El \u00d1addai (17,1; 35,11; 48,3), El Betel (35,7), El Olam (21,33), y que, en particular en el caso de El Ely\u00f3n, el dios de Melquisedec, rey de Salem, este El es presentado como id\u00e9ntico con el Dios de Abraham (14,20ss). Estos hechos muestran no s\u00f3lo que el Dios de Israel es el \u00abjuez de toda la tierra\u00bb (18,25), sino tambi\u00e9n que es susceptible de ser reconocido y adorado efectivamente como el verdadero Dios aun fuera del pueblo elegido.<\/p>\n<p>Sin embargo, este reconocimiento es excepcional; en la mayor\u00eda de los casos los dioses de las naciones no son dioses (Jer 2,11; 2Re 19,18). El\/Eloh\u00edm no es pr\u00e1cticamente reconocido como el verdadero Dios sino revel\u00e1ndose a su pueblo con el nombre de Yahveh. La personalidad \u00fanica de Yahveh da al rostro divino, siempre m\u00e1s o menos p\u00e1lido y constantemente desfigurado por los diversos paganismos, una consistencia y una vida que se imponen.<\/p>\n<p>2.\u00a0<em>Yahveh. <\/em>En Yahveh revela Dios lo que hace y lo que es, su nombre y su acci\u00f3n. Su acci\u00f3n es maravillosa, inaudita, y su nombre, misterioso. Al paso que las manifestaciones de El a los patriarcas sobrevienen en un pa\u00eds familiar, en formas sencillas y pr\u00f3ximas, Yahveh se revela a Mois\u00e9s en el marco salvaje del desierto y en el desamparo del exilio, en la figura temerosa del fuego (\u00c9x 3,1-15). La revelaci\u00f3n complementaria de \u00c9x 33,18-23; 34,1-7 no es menos terror\u00edfica. Sin embargo, este Dios de santidad devoradora es un Dios de fidelidad y de salvaci\u00f3n. Se acuerda de Abraham y de sus descendientes (3,6), est\u00e1 atento a la miseria de los hebreos en Egipto (3,7), resuelto a liberarlos (3,8) y a hacer su felicidad. El nombre de Yahveh, con el que se manifiesta, responde a la obra que tiene entre manos. Sin duda alguna este nombre comporta un misterio; por s\u00ed mismo dice algo inaccesible: \u00abYo soy quien soy\u00bb (3,14); nadie puede forzarlo y ni siquiera penetrarlo. Pero dice tambi\u00e9n algo positivo, una presencia extraordinariamente activa y atenta, un poder invulnerable y liberador, una promesa inviolable: \u00abYo soy.\u00bb El verbo ser, al que ciertamente hace alusi\u00f3n el nombre de Yahveh, si ya no expresa inmediatamente el concepto metaf\u00edsico de la existencia absoluta, designa en todo caso una existencia siempre presente y eficaz, un <em>adesse <\/em>m\u00e1s bien que un <em>esse. <\/em>Pero esta presencia abarca al universo desde su primero hasta su \u00faltimo d\u00eda, y unifica el pasado, el presente y el futuro: \u00abEl que desde el principio llam\u00f3 a las generaciones, yo, Yahveh, que era al principio, y soy el mismo siempre y ser\u00e9 en los \u00faltimos tiempos\u00bb (Is 41, 4). As\u00ed, a condici\u00f3n de no olvidar el acento de presencia salv\u00edfica y personal, la traducci\u00f3n de los LXX, \u00abel que es\u00bb, y la traducci\u00f3n francesa adoptada por las versiones jud\u00edas <em>l\u2019Eternel <\/em>(el Eterno), son equivalentes sugestivos. Los nombres de El\/Eloh\u00edm muestran el nexo que puede relacionar con el verdadero Dios las religiones naturales; el nombre de Yahveh, por el contrario, no se revel\u00f3 sino a Israel y s\u00f3lo tiene sentido para el pueblo que hizo la experiencia de su conducta. Por eso, si es leg\u00edtimo tratar de precisar lo que fue la religi\u00f3n de los patriarcas y la fisonom\u00eda del Dios al que adoraban, es vano preguntarse si el Dios Yahveh era conocido antes de Mois\u00e9s. Si su mismo nombre se hallara en otras religiones, s\u00f3lo podr\u00eda tratarse de una continuidad material: Yahveh no se revela sino en su iniciativa \u00fanica y sobrenatural, el gesto por el que rescata a Israel y crea su pueblo.<\/p>\n<p>DIOS HABLA DE S\u00cd MISMO. Yahveh es el eco, repetido por los hombres en tercera persona, de la revelaci\u00f3n hecha por Dios en primera persona: <em>ehyeh,<\/em> <em>\u00abyo soy\u00bb. <\/em>Este nombre que lo dice todo, Dios mismo lo comenta constantemente con las diversas f\u00f3rmulas que da de s\u00ed mismo.<\/p>\n<p><em>Dios viviente. <\/em>La f\u00f3rmula \u00abVivo yo\u00bb en la boca de Dios es quiz\u00e1s una creaci\u00f3n tard\u00eda de Ezequiel; en todo caso es el eco de una f\u00f3rmula muy antigua y muy popular de la fe de Israel: \u00abVive Yahveh\u00bb (Jue 8,19; 1Re 17,1&#8230;). Expresa seguramente la impresi\u00f3n que tiene el hombre frente a Yahveh, impresi\u00f3n de una presencia extraordinariamente activa, de una espontaneidad inmediata y total \u00abque no se fatiga ni se cansa\u00bb (Is 40,28), \u00abque no duerme ni dormita\u00bb (Sal 121,4). Su lenguaje en el Horeb, en el momento en que revela su nombre, traduce sin duda esta intensidad de vida, esta atenci\u00f3n a su obra: \u00abHe visto&#8230; he prestado o\u00eddos&#8230; conozco&#8230; estoy resuelto&#8230; te env\u00edo\u00bb (\u00c9x 3,7-10); el \u00abYo soy\u00bb, preparado por estas expresiones no puede ser menos din\u00e1mico que ellas.<\/p>\n<p><em>Dios santo. <\/em>\u00abLo juro por mi santidad\u00bb (Am 4,2), \u00abYo soy el Santo\u00bb (Os 11,9). Esta vitalidad irresistible, y sin embargo totalmente interior, este ardor que devora y hace vivir a la vez, es la santidad. Dios es santo (Is 6,3), su nombre es santo (Am 2,7; Lev 20,3; Is 17,15&#8230;) y la irradiaci\u00f3n de su santidad santifica a su pueblo (\u00c9x 19,6). Su santidad abre ante Dios un abismo infranqueable a toda criatura; ninguna puede afrontar su proximidad, el firmamento vacila, las monta\u00f1as se derriten (Jue 5,4s; \u00c9x 19,16&#8230;) y toda carne tiembla, no s\u00f3lo el hombre pecador que se ve perdido, sino hasta los serafines inflamados, indignos de parecer ante Dios (Is 6,2).<\/p>\n<p><em>\u00abYo soy un Dios celoso\u00bb <\/em>(\u00c9x 20,5). El celo intransigente de Dios es otro aspecto de su intensidad interior. Es la pasi\u00f3n que pone en todo lo que hace y en todo lo que toca. No puede soportar que una mano extra\u00f1a venga a profanar las cosas que le importan, las cosas que su atenci\u00f3n \u00absantifica\u00bb y hace sagradas. No puede soportar que decaiga ninguna de sus empresas (cf. \u00c9x 32,12; Ez 36,22&#8230;), no puede \u00abceder a nadie su gloria\u00bb (Is 48,11).<\/p>\n<p><em>\u00abNo tendr\u00e1s otros dioses fuera de m\u00ed\u00bb <\/em>(\u00c9x 20,3). La intransigencia de Dios tiene por objeto esencial a \u00ablos otros dioses\u00bb. El monote\u00edsmo israelita no es fruto de una reflexi\u00f3n metaf\u00edsica, de una integraci\u00f3n pol\u00edtica, ni de una evoluci\u00f3n religiosa. Es una afirmaci\u00f3n de la fe y es tan antiguo en Israel como la fe, es decir, como la certeza de su elecci\u00f3n, de haber sido escogido entre todos los pueblos por Dios, de quien son todos los pueblos. Este monote\u00edsmo de la fe pudo durante largo tiempo conciliarse con representaciones que implicaban la existencia de \u00abotros dioses\u00bb, por ejemplo, de Kam\u00f3 3 en Moab (Jue 11,23s), o la imposibilidad de adorar a Yahveh fuera de las fronteras de \u00absu heredad\u00bb (1Sa 26,19). Pero desde los or\u00edgenes no puede Yahveh soportar una presencia concurrente, y toda la historia de Israel es un despliegue de sus victorias sobre sus rivales, los dioses de Egipto, los Baales de Cana\u00e1n, las divinidades imperiales de Asur y de Babilonia, hasta el triunfo definitivo que pone en evidencia la nada de los falsos dioses. Triunfo que se alcanza a veces con milagros, pero que es constantemente el triunfo de la fe. Jerem\u00edas, que anuncia la ruina total de Jud\u00e1 y de Jerusal\u00e9n, nota con el tono de una mera observaci\u00f3n que los dioses de las naciones \u00abno son siquiera dioses\u00bb (Jer 2,11), sino \u00abseres inexistentes\u00bb (5,7). En pleno exilio, frente a los prestigios de la idolatr\u00eda, del seno de un pueblo vencido y deshonrado irrumpen las afirmaciones definitivas: \u00abAntes de m\u00ed no hubo dios alguno, y ninguno habr\u00e1 despu\u00e9s de m\u00ed; yo, yo soy Yahveh, y fuera de m\u00ed no hay salvador\u00bb (Is 43,10s&#8230;). El recuerdo del Horeb parece evidente, y es significativa la continuidad espiritual entre textos tan profundamente diferentes: Yahveh es el \u00fanico Dios porque es el \u00fanico capaz de salvar, \u00abel primero y el \u00faltimo\u00bb, siempre presente, siempre atento. Si la idolatr\u00eda le hiere \u00abmortalmente\u00bb, es que pone en tela de juicio su capacidad y su voluntad de salud, es que niega que est\u00e9 siempre presente y activo, que sea realmente Yahveh.<\/p>\n<p><em>\u00abYo soy Dios y no hombre\u00bb <\/em>(Os 11,9). Dios es absolutamente diferente del hombre; es esp\u00edritu, y el hombre es carne (cf. Is 31,3), fr\u00e1gil y perecedero como la hierba (Is 40,7s). Esta diferencia es tan radical que el hombre la interpreta siempre falsamente. En el poder de Dios ve la fuerza eficaz, pero no la fidelidad del coraz\u00f3n (cf. N\u00fam 23,19), en su santidad s\u00f3lo ve distancia infranqueable, sin sospechar que es a la vez proximidad y ternura: \u00abYo soy el santo en medio de ti y no me complazco en destruir\u00bb (Os 11,9). La trascendencia incomprensible de Dios hace que sea al mismo tiempo \u00abel alt\u00edsimo\u00bb en su \u00abmorada elevada y santa\u00bb, y el \u00abque habita con el hombre contrito y humillado\u00bb (Is 57,15). Es el todopoderoso y el Dios de los pobres, hace resonar su voz en el estruendo de la tormenta (Ex 19,18ss) y en el murmullo de la brisa (1Re 19,12), es invisible y ni siquiera Mois\u00e9s vio su rostro (Ex 33,23), pero al recurrir, para revelarse, a los reflejos del coraz\u00f3n humano, descubre su propio coraz\u00f3n; proh\u00edbe toda representaci\u00f3n de \u00e9l, toda imagen de la que el hombre pudiera hacer un \u00eddolo adorando la obra de sus manos, pero se ofrece a nuestra imaginaci\u00f3n con los rasgos m\u00e1s concretos; es el \u00abcompletamente otro\u00bb que desborda toda comparaci\u00f3n (Is 40,25), pero en todas partes est\u00e1 en su casa y en modo alguno es para nosotros un extra\u00f1o; sus reacciones y su comportamiento se traducen por nuestros gestos m\u00e1s familiares: \u00abmodela\u00bb con sus manos la arcilla de que saldr\u00e1 el hombre (G\u00e9n 2,7), acerroja tras No\u00e9 la puerta del arca (G\u00e9n 7,16) para estar seguro de que no se ha de perder ninguno de sus moradores; tiene el \u00edmpetu triunfal del jefe de guerra (Ex 15,3&#8230;) y la solicitud del pastor por sus animales (Ez 34,16); tiene el universo en su mano y tiene para el min\u00fasculo Israel el apego de un vi\u00f1ador a su vi\u00f1a (Is 5,1-7), la ternura del padre (Os 11,1) y de. la madre (Is 49,15), la pasi\u00f3n del hombre que ama (Os 2,16s).<\/p>\n<p>Los antropomorfismos pueden ser ingenuos, pero siempre expresan en forma profunda un rasgo esencial del verdadero Dios: si cre\u00f3 al hombre a su imagen, es capaz de revelarse a trav\u00e9s de las reacciones del hombre. Sin genealog\u00eda, sin esposa, sin sexo, si es diferente de nosotros, no es que sea menos hombre que nosotros, sino que, por el contrario, es en perfecci\u00f3n el ideal del hombre que nosotros so\u00f1amos: \u00abDios no es un hombre para mentir ni un hijo de hombre para retractarse\u00bb (N\u00fam 23,19). Dios nos supera siempre, y siempre en la direcci\u00f3n en que menos lo esper\u00e1bamos.<\/p>\n<p>LOS NOMBRES DADOS A DIOS POR EL HOMBRE. El Dios del AT se revela finalmente en el comportamiento de los que le conocen y en los nombres que le dan. A primera vista se cree poder distinguir los t\u00edtulos oficiales, empleados en el culto comunitario, y los ep\u00edtetos creados por la piedad personal. En realidad se descubren los mismos ep\u00edtetos, con las mismas resonancias, en la oraci\u00f3n colectiva y en la oraci\u00f3n individual. Dios es tanto \u00abla roca de Israel\u00bb (G\u00e9n 49,24; 2Sa 23,3&#8230;) como \u00abmi roca\u00bb (Sal 18,3s; 144,1) o sencillamente \u00abroca\u00bb (Sal 18,32), \u00abmi escudo\u00bb (Sal 18,3; 144,2) y \u00abnuestro escudo\u00bb (Sal 84,10; 89,19), \u00abel pastor de su pueblo\u00bb (Miq 7,14&#8230;) y \u00abmi pastor\u00bb (Sal 23,1). Signo de que el encuentro con Dios es personal y vivo.<\/p>\n<p>Estos ep\u00edtetos son de una sencillez sorprendente, est\u00e1n tomados de las realidades familiares, de la vida cotidiana. La Biblia ignora las interminables letan\u00edas de Egipto o de Babilonia, los t\u00edtulos que se multiplican en torno a las divinidades paganas. El Dios de Israel es infinitamente grande, pero est\u00e1 siempre al alcance de la mano y de la voz; es el alt\u00edsimo <em>(ely\u00f3n), <\/em>el eterno Colom), el santo, pero al mismo tiempo .\u00abel Dios que me ve\u00bb <em>(El R\u00f3i, G\u00e9n <\/em>16, 13). Casi todos sus nombres lo definen por su relaci\u00f3n con los suyos: \u00abel terror de Isaac\u00bb (G\u00e9n 31,42.53), \u00abel fuerte de Jacob\u00bb (49,24), el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob (\u00c9x 3,6), el Dios de Israel, nuestro Dios, mi Dios, mi Se\u00f1or. Incluso el ep\u00edteto \u00abel santo\u00bb, que lo aparta rigurosamente de toda carne, se convierte en sus labios en \u00abel santo de Israel\u00bb (Is 1,4&#8230;) haciendo de esta santidad algo que pertenece al pueblo de Dios. En esta posesi\u00f3n rec\u00edproca aparece el misterio de la alianza y el anuncio de la relaci\u00f3n que une con su Hijo \u00fanico al Dios de nuestro Se\u00f1or Jesucristo.<\/p>\n<p>NT. 1. ACCESO A DIOS EN JESUCRISTO. En Jes\u00fas se revel\u00f3 Dios en forma definitiva y total: habi\u00e9ndonos hecho el don de su propio Hijo, no tiene ya nada que reservarse y no puede ya menos de dar (cf. Rom 8, 32). La certeza fundamental de la Iglesia, el descubrimiento que ilumina todo el NT es que con la vida, la muerte y la resurrecci\u00f3n de Jes\u00fas ha realizado Dios su gesto supremo, y que ahora ya todo hombre puede tener acceso a \u00e9l. Este gesto \u00fanico y definitivo puede adoptar nombres diversos seg\u00fan las perspectivas. Las f\u00f3rmulas m\u00e1s arcaicas proclaman sencillamente: \u00abA este Jes\u00fas crucificado&#8230; Dios lo ha hecho Se\u00f1or y Cristo&#8230; la promesa es para vosotros, para vuestros hijos y para los que est\u00e1n lejos\u00bb (Act 2,36-39). \u00abPor \u00e9l, arrepentimiento y remisi\u00f3n de los pecados\u00bb (Act 5,31). Estas expresiones parecen modestas, pero, aunque menos expl\u00edcitas, llevan ya tan lejos como las f\u00f3rmulas m\u00e1s plenas de Pablo sobre el \u00abmisterio de Dios, que es Cristo\u00bb (Col 1,27; 2,2), \u00aben quien tenemos&#8230; acceso al Padre\u00bb (Ef 2,18; 3,12) o como las de Juan: \u00abA Dios nadie le ha visto jam\u00e1s; el Hijo \u00fanico que est\u00e1 en el seno del Padre lo ha dado a conocer\u00bb (Jn 1,18). Desde el primer d\u00eda sabe la fe cristiana que sobre el Hijo del hombre se abrieron los cielos (Act 7,56; Jn 1,51; cf. Mc 1,10), morada de Dios. Bajo formas variadas y nombres diversos, \u00abrevelaci\u00f3n de la justicia de Dios\u00bb (Rom 3,21), \u00abreconciliaci\u00f3n\u00bb (Rom 5,11; Ef 2,16), \u00abirradiaci\u00f3n de la gloria de Dios sobre nuestros rostros\u00bb (2Cor 3,18), \u00abconocimiento de Dios\u00bb (Jn 17,3), el fondo de la experiencia cristiana es id\u00e9ntico: Dios est\u00e1 a nuestro alcance; con una demostraci\u00f3n inaudita de poder y de amor, se ofrece en la persona de Cristo a quien quiera acogerle.<\/p>\n<p>As\u00ed es una misma cosa adherirse a Jesucristo en la fe y conocer al verdadero Dios: \u00abla vida eterna es&#8230; conocer al \u00fanico Dios verdadero y a su enviado, Jesucristo\u00bb (Jn 17,3). Ante el hecho de Jesucristo, el hombre que llega a la fe, ya venga del juda\u00edsmo o del paganismo, ya haya sido formado por la raz\u00f3n o por la tradici\u00f3n de Israel, descubre el verdadero semblante y la presencia viva de Dios.<\/p>\n<p>REVELACI\u00d3N DEL VERDADERO DIOS, EN JESUCRISTO. <em>1. El id\u00f3latra. <\/em>El id\u00f3latra, enfrentado por Pablo con el Evangelio (Rom 1,16s), descubre en \u00e9l, en Cristo, el verdadero semblante de Dios y el de su propio pecado. El Evangelio de Cristo desenmascara a la vez la perversi\u00f3n de la sabidur\u00eda pagana que \u00abtrueca la gloria del Dios incorruptible por la imagen de un ser perecedero\u00bb (Rom 1,23); la ra\u00edz de esta perversi\u00f3n, \u00abla preferencia dada a la criatura sobre el Creador\u00bb (1,25), \u00abel negarse a darle gloria\u00bb (1,21); y su remate fatal, la degradaci\u00f3n del hombre y la muerte (1,32). \u00abRenunciando a los ido los&#8230; para esperar a Jesucristo\u00bb, descubre el pagano \u00abal Dios vivo y verdadero\u00bb (1Tes 1,9);. vuelve a hallar en el rostro de Cristo la gloria de Dios (2Cor 4,6), de la que estaba apartado (Rom 3,23).<\/p>\n<p><em>Para el pagano que busca a Dios <\/em>a tientas (Act 17,27) y por la sabidur\u00eda es capaz de alcanzar a Dios (1Cor 1,21; Rom 1,20), el descubrimiento que hace en Cristo no es menos nuevo, ni es menos profundo el cambio. En el Dios de Jesucristo reconoce, s\u00ed, la \u00abnaturaleza\u00bb divina, el ser eterno, inalterable, todopoderoso, omnisciente, infinitamente bueno y deseable; pero estos atributos no tienen ya la luz igual y lejana de la evidencia metaf\u00edsica, sino el esplendor fulgurante y misterioso de las iniciativas, por las que Dios ha manifestado su gracia y vuelto hacia nosotros su rostro (cf. N\u00fam 6,25). Su omnisciencia se convierte en la mirada personal que nos sigue en lo secreto (Mt 6,4ss) y escudri\u00f1a el fondo de los corazones (Lc 16,15); su omnipotencia es su capacidad de \u00absuscitar de estas piedras hijos de Abraham\u00bb (Mt 3,9), \u00abde llamar la nada a la existencia\u00bb (Rom 4,17), ya se trate de hacer surgir la creaci\u00f3n, de hacer que nazca un hijo a Abraham o de resucitar de entre los muertos al se\u00f1or Jes\u00fas (Rom 4,24); su eternidad es la fidelidad de su palabra y la solidez de su promesa, es \u00abel reino que Dios prepara a los suyos desde la fundaci\u00f3n del mundo\u00bb (Mt 25,34); su bondad es la maravilla inaudita de que \u00abDios nos haya amado el primero\u00bb (1Jn 4,10.19) cuando \u00e9ramos sus enemigos (Rom 5,10). El conocimiento natural de Dios que, por muy real que sea, no es al fin y al cabo m\u00e1s que un conocimiento m\u00e1s profundo de este mundo, la revelaci\u00f3n de Jesucristo lo sustituye por la presencia inmediata, el abrazo personal del Dios vivo. Porque conocer a Dios es ser conocido por \u00e9l (G\u00e1l 4,9).<\/p>\n<p><em>El jud\u00edo, <\/em>que aguardaba a Dios, lo conoc\u00eda ya. En la elecci\u00f3n le hab\u00eda hecho Dios o\u00edr su vocaci\u00f3n; en la alianza hab\u00eda tomado por su cuenta su existencia; por sus profetas le hab\u00eda realmente dirigido la palabra (Heb 1,1); delante de \u00e9l era Dios un ser vivo que lo invitaba al di\u00e1logo. Pero hasta d\u00f3nde deb\u00eda llegar este di\u00e1logo, hasta qu\u00e9 compromiso por parte de Dios y qu\u00e9 respuesta por parte del hombre, todo esto no puede decirlo el AT. Persiste cierta distancia entre el Se\u00f1or y sus m\u00e1s fieles servidores. Dios es un \u00abDios de ternura y de piedad\u00bb (\u00c9x 34,6), tiene la pasi\u00f3n del esposo y la ternura de un padre, pero tras estas im\u00e1genes, que son capaces de dar indefinidamente p\u00e1bulo \u00e1 nuestros sue\u00f1os, aunque todav\u00eda nos disimulan la realidad, \u00bfcu\u00e1l es el secreto que nos reserva? El secreto se revela en Jesucristo. Ante \u00e9l se opera un juicio, la divisi\u00f3n de los corazones. Los que se niegan a creer en Jes\u00fas, por mucho que digan de su Padre: \u00abEs nuestro Dios\u00bb, no lo conocen y s\u00f3lo profieren una mentira (Jn 8,54s; cf. 8,19). A los que creen no los detiene ya secreto alguno, o, mejor dicho, \u00e9stos han entrado en el secreto, en el misterio impenetrable de Dios, se hallan como en su casa en este misterio, <em>oyen <\/em>al Hijo de Dios hacerles la confidencia: \u00abTodo lo que he o\u00eddo a mi Padre os lo he dado a conocer\u00bb (Jn 15,15). Ya nada de figuras, nada de par\u00e1bolas; Jes\u00fas habla del Padre con toda claridad (16,25). Ya no hay que hacerle preguntas (16,23), ya no hay inquietudes (14,1), los disc\u00edpulos \u00abhan visto al Padre\u00bb (14,7). 4. <em>Dios es amor. <\/em>Tal es el secreto (1Jn 4,8.16), al que no se tiene acceso sino por Jesucristo, \u00abreconociendo\u00bb en \u00e9l \u00abel amor que Dios nos tiene\u00bb (4,16). El AT hab\u00eda podido presentir que siendo el amor el gran mandamiento (Dt 6,5; Mt 22,37) y el valor supremo (Cant 8,6s), deb\u00eda ser la definici\u00f3n m\u00e1s exacta de Dios (cf. \u00c9x 34,6). Pero todav\u00eda se trataba de un lenguaje creado por el hombre, de im\u00e1genes que hab\u00eda que traducir. En Jesucristo, Dios mismo nos da la prueba decisiva, exenta de todo equ\u00edvoco, de que el acontecimiento de que depende el destino del mundo, es un gesto de su amor. Al entregar Dios a la muerte por nosotros a \u00absu Hijo muy amado\u00bb (Mc 1,11; 12,6), nos demostr\u00f3 (Rom 5,8) que su actitud definitiva para con nosotros consiste en \u00abamar al mundo\u00bb (Jn 3,16) y que con este gesto supremo e irrevocable nos ama con el amor mismo con que ama a su Hijo \u00fanico y nos hace capaces de amarle con el amor que tiene a su Hijo; nos hace don del amor que une al. Padre y al Hijo y que es el Esp\u00edritu Santo.<\/p>\n<p>LA GLORIA DE Dios EN EL ROSTRO DE JESUCRISTO. La certeza cristiana de ser admitidos en el secreto mismo de Dios no se basa en una deducci\u00f3n: el razonamiento puede explicarse as\u00ed: \u00ab\u00c9l, que entreg\u00f3 a su Hijo \u00fanico, \u00bfc\u00f3mo no nos dar\u00e1 todo?\u00bb (Rom 8,32), pero su fuerza no viene de nuestra l\u00f3gica, sino de la revelaci\u00f3n absoluta que, para nosotros, que vivimos en la carne, constituye la presencia del Verbo, que vive en la carne. Realmente en Cristo \u00abapareci\u00f3 el amor de Dios hacia el hombre\u00bb (Tit 3,4). Aquel al que \u00abnadie ha visto nunca\u00bb (Jn 1,18), Jes\u00fas no s\u00f3lo nos lo describi\u00f3 y pint\u00f3, no s\u00f3lo nos dio una idea exacta de \u00e9l. Siendo \u00e9l el \u00abresplandor de la gloria de Dios y figura de su sustancia\u00bb (Heb 1,3), nos lo hizo ver y en cierto modo nos lo hizo sensible: \u00abel que me ha visto, ha visto al Padre\u00bb (Jn 14,9). No se trata s\u00f3lo de una reproducci\u00f3n, incluso perfecta, de un doble id\u00e9ntico con el original. Jes\u00fas, siendo el Hijo \u00fanico, estando en el Padre y poseyendo en s\u00ed al Padre (14,40), no puede decir una palabra, no puede hacer un gesto sin tornarse al Padre, sin recibir de \u00e9l su impulso y orientar conforme a \u00e9l toda su acci\u00f3n (5,19s.30). Como no puede hacer nada sin mirar al Padre, no puede decir lo que \u00e9l mismo es sin referirse al Padre (Mt 11,27). Como fuente de todo lo que hace y de todo lo que es, hay la presencia y el amor de su Padre; ah\u00ed est\u00e1 el secreto de su personalidad, de la gloria que irradia su rostro (2Cor 4,6) y caracteriza todos sus gestos.<\/p>\n<p>EL DIOS DE NUESTRO SE\u00d1OR JESUCRISTO. El Dios de Nuestro Se\u00f1or Jesucristo es su Padre; y Jes\u00fas, cuando se dirige a \u00e9l, lo hace con la familiaridad y el arranque del hijo: <em>Abba. <\/em>Pero es tambi\u00e9n su Dios, porque el Padre, que posee la divinidad sin recibirla de ning\u00fan otro, la da entera a su Hijo, al que engendra desde toda la eternidad, y al Esp\u00edritu Santo, en el que los dos se unen. As\u00ed Jes\u00fas nos revela la identidad del Padre y de Dios,. del misterio divino y del misterio trinitario. Tres veces repite Pablo la f\u00f3rmula que expresa esta revelaci\u00f3n: \u00abel Dios y Padre de Nuestro Se\u00f1or Jesucristo\u00bb (Rom 15,6; 2Cor 11,31; Ef 1,3). Cristo nos revela la Trinidad divina por el \u00fanico camino que nos es, si podemos decirlo as\u00ed, accesible, al que Dios nos ha predestinado cre\u00e1ndonos a su imagen, el camino de la dependencia filial.<\/p>\n<p>Como el Hijo delante de su Padre es el ejemplar perfecto de la criatura delante de Dios, nos revela en el Padre la figura perfecta del Dios que se da a conocer a la recta sabidur\u00eda y que se revel\u00f3 a Israel. El Dios de Jesucristo posee con una plenitud y con una originalidad que el hombre no podr\u00eda imaginar, los rasgos que revelaba de s\u00ed mismo en el AT. Es para Jes\u00fas, como no lo es para ninguno de nosotros, \u00abel primero y el \u00faltimo\u00bb, aquel de quien viene Cristo y al que retorna, el que todo lo explica y de quien todo desciende, cuya voluntad debe cumplirse a toda costa y que siempre basta. Es el santo, el \u00fanico bueno, el \u00fanico Se\u00f1or. Es el \u00fanico, al lado del cual nada cuenta; y Jes\u00fas, para mostrar lo que vale, \u00aba fin de que sepa el mundo que \u00e9l ama a su Padre\u00bb (Jn 14,31), sacrifica todos los esplendores de la creaci\u00f3n y afronta el poder de Sat\u00e1n, el horror de la cruz. Dios es el Dios vivo, siempre activo, atento a todas sus criaturas, apasionado por todos sus hijos, y su ardor devora a Jes\u00fas en tanto no haya entregado el Reino a su Padre (Lc 12,50).<\/p>\n<p>DIOS ES ESP\u00cdRITU. Este encuentro del Padre y del Hijo se hace en el Esp\u00edritu Santo. En el Esp\u00edritu oye Jes\u00fas al Padre decirle \u00abT\u00fa eres mi Hijo\u00bb y recibe su gozo (Mc 1,10). En el Esp\u00edritu hace que vuelva a elevarse al Padre su gozo de ser su Hijo (Lc 10,21s). Como no puede unirse al Padre sino en el Esp\u00edritu, no puede revelar al Padre sin revelar al mismo tiempo al Esp\u00edritu Santo.<\/p>\n<p>Jesucristo, revelando que el Esp\u00edritu es una persona divina, por el mismo hecho revela tambi\u00e9n que \u00abDios es esp\u00edritu\u00bb (Jn 4,24) y lo que esto significa. Si el Padre y el Hijo se unen en el Esp\u00edritu, no se u\u00f1en para gozar el uno del otro en la posesi\u00f3n, sino en el don; es que su uni\u00f3n es un don y produce un don. Pero si el Esp\u00edritu, que es don, sella as\u00ed la uni\u00f3n del Padre y del Hijo, esto indica que en su esencia son don de s\u00ed mismos, que su esencia com\u00fan consiste en darse, en existir en el otro y en hacer que exista el otro. Ahora bien, este poder de vida, de comunicaci\u00f3n y de libertad, es el esp\u00edritu. Dios es esp\u00edritu quiere decir que es a la vez omnipotencia y omni-disponibilidad, afirmaci\u00f3n soberana de s\u00ed mismo y desasimiento total; quiere decir que al tomar posesi\u00f3n de sus criaturas las hace existir en toda su originalidad. Es algo muy distinto de no estar hecho de materia, es escapar a todas las barreras, a todos los retraimientos, es ser eternamente y en cada instante fuerza nueva e intacta, de vida y de comuni\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">Todos los derechos: <em>Vocabulario de teolog\u00eda b\u00edblica<\/em>, X. L\u00e9on-Dufour<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La Biblia no contiene tratado alguno sobre Dios. No se retira ni se distancia como para describir un objeto, no nos invita a hablar de Dios, sino a escucharle cuando habla y a responderle confesando su gloria y sirvi\u00e9ndole. 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