{"id":2062,"date":"2018-07-19T10:21:11","date_gmt":"2018-07-19T16:21:11","guid":{"rendered":"http:\/\/www.ocdmx.org\/?p=2062"},"modified":"2019-07-19T10:31:01","modified_gmt":"2019-07-19T16:31:01","slug":"enfermedad-curacion","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.ocdmx.org\/?p=2062","title":{"rendered":"Enfermedad &#8211; Curaci\u00f3n"},"content":{"rendered":"<p>La enfermedad, con su cortejo de sufrimientos, plantea un problema a los hombres de todos los tiempos. Su respuesta depende de la idea que se hagan del mundo en que viven y de las fuerzas que los dominan. En el antiguo Oriente se miraba a la enfermedad como una plaga causada por esp\u00edritus mal\u00e9ficos o enviada por dioses irritados por alguna falta cultual. Para obtener la curaci\u00f3n se practicaban exorcismos destinados a expulsar a los demonios y se imploraba el perd\u00f3n de los dioses con s\u00faplicas y sacrificios; la literatura babil\u00f3nica conserva formularios de las dos especies. As\u00ed la medicina era ante todo cosa de los sacerdotes; en parte estaba pr\u00f3xima a la magia. Har\u00e1 falta el esp\u00edritu observador de los griegos para que se desarrolle en forma aut\u00f3noma como ciencia positiva. La revelaci\u00f3n b\u00edblica, partiendo de este estado de cosas, deja a un lado el aspecto cient\u00edfico del problema. Se aplica exclusivamente al significado religioso de la enfermedad y de la curaci\u00f3n en el designio de la salvaci\u00f3n.<\/p>\n<p>AT.<\/p>\n<p>LA ENFERMEDAD. 1. La salud supone cierta plenitud de fuerza vital; la enfermedad se concibe ante todo como un <em>estado de flaqueza y de debilidad <\/em>(Sal 38,11). M\u00e1s all\u00e1 de esta comprobaci\u00f3n emp\u00edrica, las observaciones m\u00e9dicas son muy someras; se limitan a lo que se ve: afecciones de la piel, heridas y fracturas. fiebre y agitaci\u00f3n (as\u00ed en los salmos de enfermos: Sal 6; 32; 38; 39; 88; 102). La clasificaci\u00f3n de las diversas afecciones es vaga (por ejemplo, en el caso de la lepra). Las causas naturales ni siquiera se buscan, a excepci\u00f3n de las que son obvias: las heridas, una ca\u00edda (2Sa 4,4), la vejez, cuya decadencia describe el Eclesiast\u00e9s con humor sombr\u00edo (Ecl 12,1-6; cf. G\u00e9n 27,1; 1Re 1,1-4; y por contraste Dt 34,7). En efecto, para el hombre religioso lo esencial reside en otro lugar: \u00bfqu\u00e9 significa la enfermedad para el que la sufre? 2. En un mundo, en el que todo depende de la <em>causalidad divina, <\/em>la enfermedad no es excepci\u00f3n; es imposible no ver en ella un golpe de Dios que hiere al hombre (\u00c9x 4,6; Job 16,12ss; 19,21; Sal 93,11s). Igualmente en dependencia de Dios se puede tambi\u00e9n reconocer en ella la intervenci\u00f3n de seres superiores al hombre: el \u00e1ngel exterminador (2Sa 24,15ss; 2Re 19,35; cf. \u00c9x 12, 23), las plagas personificadas (Sal 91, 5s), Sat\u00e1n (Job 2,7)&#8230; En el juda\u00edsmo postex\u00edlico la atenci\u00f3n se dirigir\u00e1 cada vez m\u00e1s a la acci\u00f3n de los demonios, esp\u00edritus mal\u00e9ficos, cuyo influjo en el mundo en que vivimos se echa de ver por la enfermedad. Pero \u00bfpor qu\u00e9 este influjo demon\u00edaco?, \u00bfpor qu\u00e9 esta presencia del mal ac\u00e1 abajo, si Dios es el se\u00f1or absoluto? 3. Por un movimiento espont\u00e1neo, el sentido religioso del hombre establece un <em>nexo entre la enfermedad y el pecado. <\/em>La revelaci\u00f3n b\u00edblica no lo contradice; \u00fanicamente precisa las condiciones en que debe entenderse este nexo. Dios cre\u00f3 al hombre para la felicidad (cf. G\u00e9n 2).<\/p>\n<p>La enfermedad, como todos los otros males humanos, es contraria a esta intenci\u00f3n profunda; no entr\u00f3 en el mundo sino como consecuencia del pecado (cf. G\u00e9n 3,16-19). Es uno de los signos de la ira de Dios contra un mundo pecador (cf. \u00c9x 9,1-12). Comporta especialmente este significado en el marco de la doctrina de la alianza: es una de las maldiciones principales que alcanzar\u00e1n al pueblo de Dios infiel (Dt 28,21s. 27ss. 35). La experiencia de la enfermedad debe, pues, tener como resultado agudizar en el hombre la conciencia del pecado. Que es as\u00ed se comprueba efectivamente en los salmos de s\u00faplica: la demanda de curaci\u00f3n va siempre acompa\u00f1ada de una confesi\u00f3n de las faltas (Sal 38,2-6; 39,9-12; 107,17). Sin embargo, surge la cuesti\u00f3n de si toda enfermedad tiene por causa el pecado personal del que es afligido por ella. Aqu\u00ed no es tan precisa la doctrina. El recurso al principio de responsabilidad colectiva proporciona s\u00f3lo una respuesta insuficiente (cf. Jn 9,2). El AT s\u00f3lo entrev\u00e9 soluci\u00f3n en dos direcciones.<\/p>\n<p>Cuando la enfermedad aflige a veces a los justos, tales como Job o Tobit, puede ser una prueba providencial destinada a mostrar su fidelidad (Tob 12,13). En el caso del justo doliente por excelencia, el siervo de Yahveh, adquirir\u00e1 un valor de expiaci\u00f3n por las faltas de los pecadores (Is 53,4s).<\/p>\n<p>II.\u00a0LA CURACI\u00d3N. 1. El AT no proh\u00edbe en modo alguno el recurso a las <em>pr\u00e1cticas m\u00e9dicas: <\/em>Isa\u00edas las emplea para curar a Ezequ\u00edas (2Re 20,7), y Rafael para curar a Tobit (Tob 11, 8.l1s). Es corriente el uso de ciertos medicamentos sencillos (cf. Is 1,6; Jer 8,22; Sab 7,20) y el Sir\u00e1cida hace incluso un hermoso elogio de la profesi\u00f3n m\u00e9dica (Eclo 38,1-8.12s). Lo que se proscribe son las pr\u00e1cticas m\u00e1gicas ligadas con los cultos idol\u00e1tricos (2Re 1,1-4), que contaminan con frecuencia la medicina misma (cf. 2Par 16,12).<\/p>\n<p>Pero <em>ante todo es a <\/em>Dios <em>a quien hay que recurrir, <\/em>porque \u00e9l es el se\u00f1or de la vida (Eclo 38,9ss.14). \u00c9l es el que hiere y el que cura (Dt 32, 39; cf. Os 6,1). Es el m\u00e9dico del hombre, por excelencia (\u00c9x 15,26). As\u00ed los enfermos se dirigen a sus representantes, sacerdotes (Lev 13, 49ss; 14,2ss; cf. Mt 8,4) y profetas (lRe 14,1-13; 2Re 4,21; 8,7ss). Confesando humildemente sus pecados, imploran la curaci\u00f3n como una gracia. El salterio los muestra exponiendo su miseria, implorando el socorro de Dios, suplicando a su omnipotencia y a su misericordia (Sal 6; 38; 41; 88; 102&#8230;). Por la confianza en \u00e9l se preparan a recibir el favor implorado. \u00c9ste les llega a veces en forma de un milagro (1Re 17,17-24; 2Re 4,18-37; 5). En todo caso tiene valor de signo: Dios se ha inclinado hacia la humanidad doliente para aliviar sus males.<\/p>\n<p>En efecto, la enfermedad, aun cuando tenga cierto sentido, no deja de ser un mal. Por eso las promesas escatol\u00f3gicas de los profetas prev\u00e9n su <em>supresi\u00f3n en el mundo <\/em>nuevo, en el que Dios colocar\u00e1 a los suyos en los \u00faltimos tiempos; nada ya de enfermos (Is 35,5s), nada de sufrimiento ni de l\u00e1grimas (25,8; 65,19)&#8230; En un mundo liberado del pecado deben desaparecer las consecuencias del pecado que pesan solidariamente sobre nuestra raza. Cuando el justo doliente haya tomado sobre s\u00ed nuestras enfermedades, seremos curados gracias a sus llagas (53,4s).<\/p>\n<p>NT.<\/p>\n<p>JES\u00daS ANTE LA ENFERMEDAD. 1. A lo largo de todo su ministerio <em>halla Jes\u00fas enfermos <\/em>en su camino. Sin interpretar la enfermedad en una perspectiva demasiado estrecha de retribuci\u00f3n (cf. Jn 9,2s), ve en ella un mal del que sufren los hombres, una consecuencia del pecado, un signo del poder de Sat\u00e1n sobre los hombres (Lc 13,16). Siente piedad para con ellos (Mt 20,34), y esta piedad inspira su acci\u00f3n. Sin detenerse a distinguir lo que es enfermedad natural de lo que es posesi\u00f3n demon\u00edaca, \u00abexpulsa a los esp\u00edritus y cura a los que est\u00e1n enfermos\u00bb (Mt 8, 16 p). Las dos cosas van de la mano.<\/p>\n<p>Manifiestan igualmente su poder (cf. Lc 6,19) y tienen finalmente el mismo sentido: significan el triunfo de Jesus sobre Sat\u00e1n y la instauraci\u00f3n del reinado de Dios en la tierra conforme a las Escrituras (cf. Mt 11, 5 p). No ya que la enfermedad deba en adelante desaparecer del mundo; pero la fuerza divina que finalmente la vencer\u00e1 est\u00e1 desde ahora en acci\u00f3n ac\u00e1 abajo. Por eso Jes\u00fas, ante todos los enfermos que le dicen su confianza (Mc 1,40; Mt 8,2-6 p), manifiesta una sola exigencia: que crean, pues todo es posible a la fe (Mt 9,28; Mc 5,36 p; 9,23). Su fe en \u00e9l implica la fe en el reino de Dios, y esta fe es la que los salva (Mt 9,22 p; 15,28; Mc 10,52 p).<\/p>\n<p>2.\u00a0Los milagros de curaci\u00f3n anticipan, pues, en cierto grado el estado de perfecci\u00f3n que la humanidad hallar\u00e1 finalmente en el Reino de Dios, conforme a los profetas. Pero comportan tambi\u00e9n un <em>significado simb\u00f3lico <\/em>relativo al tiempo actual. La enfermedad es un s\u00edmbolo del estado en que se halla el hombre pecador: espiritualmente es ciego, sordo, paral\u00edtico&#8230; La curaci\u00f3n del enfermo es, pues, tambi\u00e9n un s\u00edmbolo: representa la curaci\u00f3n espiritual que Jes\u00fas viene a operar en los hombres. Perdona los pecados del paral\u00edtico y, para mostrar que tiene tal poder, le cura (Me 2,1-12 p). Este alcance de los milagros-signos es se\u00f1alado sobre todo en el 4.\u00b0 evangelio: la curaci\u00f3n del paral\u00edtico de Bezata significa la obra de vivificaci\u00f3n llevada a cabo por Jes\u00fas (Jn 5, 1-9. 19-26) y la del ciego de nacimiento lo presenta como la luz del mundo (Jn 9). Los gestos de Jes\u00fas para con los enfermos son un preludio de los sacramentos cristianos. Jes\u00fas vino, en efecto, ac\u00e1 abajo, como m\u00e9dico de los pecadores (Mc 2,17 p), m\u00e9dico que para quitar los achaques y las enfermedades los toma sobre s\u00ed (Mt 8,17 = Is 53,4). Tal ser\u00e1 en efecto el sentido de su pasi\u00f3n: Jes\u00fas participar\u00e1 de la condici\u00f3n de la humanidad doliente para poder finalmente triunfar de sus males.<\/p>\n<p>II.\u00a0LOS AP\u00d3STOLES Y LA IGLESIA ANTE LA ENFERMEDAD. 1. El signo de: reinado de Dios que constituyen <em>las curaciones milagrosas <\/em>no se restringi\u00f3 a la vida terrestre de Jes\u00fas. Desde la primera misi\u00f3n de los ap\u00f3stoles los hab\u00eda asociado Jes\u00fas a su poder de curar las enfermedades (Mt 10,1 p). En su misi\u00f3n definitiva les promete una realizaci\u00f3n continua de este signo para acreditar su anuncio del evangelio (Mc 16,17s). As\u00ed los Hechos notan repetidas veces curaciones milagrosas (Act 3,lss; 8,7; 9,32ss; 14,8ss; 28,8s), que muestran el poder del nombre de Jes\u00fas y la realidad de su resurrecci\u00f3n. Asimismo, entre los carismas menciona Pablo el de curaci\u00f3n (1Cor 12,9.28. 30): este signo permanente contin\u00faa acreditando a la Iglesia de Jes\u00fas y mostrando que el Esp\u00edritu Santo obra en ella. Sin embargo, la gracia de Dios viene ordinariamente a los enfermos en una forma menos espectacular. Los \u00abpresb\u00edteros\u00bb de la Iglesia, reiterando un gesto de los ap\u00f3stoles (Mc 6,13), practican sobre los enfermos unciones de aceite en nombre del Se\u00f1or, mientras que \u00e9stos oran con fe y confiesan sus pecados; esta oraci\u00f3n los salva, pues sus pecados les son perdonados y ellos pueden esperar la curaci\u00f3n, si place a Dios (Sant 5,14ss).<\/p>\n<p>2. Esta curaci\u00f3n no se produce, sin embargo, infaliblemente, como si fuera el efecto m\u00e1gico de una oraci\u00f3n o de un rito. Mientras dure el mundo presente, la humanidad deber\u00e1 sobrellevar las consecuencias del pecado. Pero Jes\u00fas, \u00abtomando sobre s\u00ed nuestras enfermedades\u00bb en la hora de su pasi\u00f3n, les dio un significado nuevo: como todo sufrimiento, tienen ya <em>valor de redenci\u00f3n. <\/em>Pablo, que repetidas veces pas\u00f3 por esta experiencia (G\u00e1l 4,13; 2Cor 1,8ss; 12,7-10) sabe que unen al hombre con Cristo paciente: \u00abLlevamos en nuestros cuerpos los sufrimientos de muerte de Jes\u00fas, a fin de que tambi\u00e9n la vida de Jes\u00fas se manifieste en nuestros cuerpos\u00bb (2Cor 4,10). Al paso que Job no lograba comprender el sentido de su prueba, el cristiano se regocija de \u00abcompletar en su carne lo que falta a las pruebas de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia\u00bb (Col 1,24). En tanto llega el retorno al para\u00edso, en el que los hombres ser\u00e1n curados para siempre por los frutos del \u00e1rbol de vida (Ap 22,2; cf. Ez 47,12), la enfermedad misma, como el sufrimiento y como la muerte, es integrada en el orden de la salvaci\u00f3n. No ya que sea f\u00e1cil de sobrellevar: no deja de ser una prueba, y es caridad ayudar al enfermo a soportarla visit\u00e1ndolo y alivi\u00e1ndolo. \u00abSoportad las enfermedades de todos\u00bb, aconseja Ignacio de Antioqu\u00eda. Pero servir a los enfermos es servir a Jes\u00fas mismo en sus miembros dolientes: \u00abEstaba enfermo y me visitasteis\u00bb, dir\u00e1 el d\u00eda del juicio (Mt 25,36). El enfermo, en el mundo cristiano, no es ya un maldito del que todo el mundo se aparta (cf. Sal 38,12; 41,6-10; 88, 9); es la imagen y el signo de Cristo Jes\u00fas.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">Todos los derechos: <em>Vocabulario de teolog\u00eda b\u00edblica<\/em>, X. L\u00e9on-Dufour<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La enfermedad, con su cortejo de sufrimientos, plantea un problema a los hombres de todos los tiempos. Su respuesta depende de la idea que se hagan del mundo en que viven y de las fuerzas que los dominan. 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