{"id":2116,"date":"2019-02-22T10:03:53","date_gmt":"2019-02-22T16:03:53","guid":{"rendered":"http:\/\/www.ocdmx.org\/?p=2116"},"modified":"2019-07-22T10:08:05","modified_gmt":"2019-07-22T16:08:05","slug":"luz","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.ocdmx.org\/?p=2116","title":{"rendered":"Luz"},"content":{"rendered":"<p>El tema de la luz atraviesa toda la revelaci\u00f3n b\u00edblica. La separaci\u00f3n de la luz y de las tinieblas fue el primer acto del Creador (G\u00e9n 1,3s). Al final de la historia de la salvaci\u00f3n la nueva creaci\u00f3n (Ap 21,5) tendr\u00e1 a Dios mismo por luz (21,23). De la luz f\u00edsica que alterna ac\u00e1 abajo con la sombra de la noche se pasar\u00e1 as\u00ed a la luz sin ocaso que es Dios mismo (1Jn 1,5). La historia misma que se desarrolla en el \u00ednterin toma la forma de un conflicto en que se enfrentan la luz y las tinieblas, enfrentamiento id\u00e9ntico al de la vida y de la muerte (cf. Jn 1,4s). No hay una metaf\u00edsica dualista que venga a cristalizar esta visi\u00f3n dram\u00e1tica del mundo, como sucede en el pensamiento iranio. Pero no por eso deja de ser el hombre objeto del conflicto: su suerte final se define en t\u00e9rminos de luz y de tinieblas como en t\u00e9rminos de vida y de muerte. El tema ocupa, pues, un puesto central entre los simbolismos religiosos a que recurre la Escritura.<\/p>\n<p>I. EL DIOS DE LUZ. 1. <em>El creador de la luz. <\/em>La luz, como todo lo dem\u00e1s, no existe sino como criatura de Dios: luz del d\u00eda, que emergi\u00f3 del caos original (G\u00e9n 1,1-5); luz de los astros que iluminan la tierra d\u00eda y noche (1,14-19). Dios la env\u00eda y la vuelve a llamar, y ella obedece temblando (Bar 3,33). Por lo dem\u00e1s, las tinieblas que alternan con ella se hallan en la misma situaci\u00f3n, pues el mismo Dios \u00abhace la luz y las tinieblas\u00bb (Is 45,7; Am 4, 13 LXX). Por eso luz y tinieblas cantan el mismo c\u00e1ntico en alabanza del Creador (Sal 19,2s; 148,3; Dan 3,71s). Toda concepci\u00f3n m\u00edtica queda as\u00ed radicalmente eliminada; pero esto no es obst\u00e1culo para que la luz y las tinieblas tengan un significado simb\u00f3lico.<\/p>\n<p><em>El Dios vestido de luz. <\/em>En efecto, como las otras criaturas, la luz es un signo que manifiesta visiblemente algo de Dios. Es como el reflejo de su gloria. Por este t\u00edtulo forma parte del aparato literario que sirve para evocar las teofan\u00edas. Es el vestido en que Dios se envuelve (Sal 104,2). Cuando aparece, \u00absu resplandor es semejante al d\u00eda, de sus manos salen rayos\u00bb (Hab 3,3s). La b\u00f3veda celestial, sobre la que reposa su trono, es resplandeciente como el cristal (\u00c9x 24,10; Ez 1,22). Otras veces se le representa rodeado de fuego (G\u00e9n 15,17; \u00c9x 19,18; 24,17; Sal 18,9; 50,3) o lanzando los rel\u00e1mpagos de la tormenta (Ez 1,13; Sal 18,15). Todos estos cuadros simb\u00f3licos establecen un nexo entre la presencia divina y la impresi\u00f3n que hace al hombre una luz deslumbradora. En cuanto a las tinieblas, no excluyen la presencia de Dios, puesto que \u00e9l las sondea y ve lo que acaece en ellas (Sal 139,11s; Dan 2,22). Sin embargo, la tiniebla por excelencia, la del <em>seol, <\/em>es un lugar en el que los hombres son \u00abarrancados de su mano\u00bb (Sal 88,6s. 13). En la oscuridad ve, pues, Dios sin dejarse ver, est\u00e1 presente sin entregarse.<\/p>\n<p><em>Dios es luz. <\/em>No obstante este recurso al simbolismo de la luz, antes del libro de la Sabidur\u00eda no se aplicar\u00e1 a la esencia divina. La sabidur\u00eda, efusi\u00f3n de la gloria de Dios, es \u00abun reflejo de la luz eterna\u00bb, superior a toda luz creada (Sab 7,27. 29s). El simbolismo alcanza aqu\u00ed un grado de desarrollo, del que el NT se servir\u00e1 m\u00e1s copiosamente.<\/p>\n<p>2.\u00a0LA LUZ, DON DE Dios. <em>1. La luz de los vivos. <\/em>\u00abLa luz es suave, y a los ojos agrada ver el sol\u00bb (Ecl 11,7). Todo hombre ha pasado por esta experiencia. De ah\u00ed una asociaci\u00f3n estrecha entre la luz y la vida: nacer es \u00abver la luz\u00bb (Job 3,16; Sal 58,9). El ciego que no ve la \u00abluz de Dios\u00bb (Tob 3,17; 11,8) tiene un gusto anticipado de la muerte (5,11s); viceversa, el enfermo al que libra Dios de la muerte se regocija de ver brillar de nuevo en s\u00ed mismo \u00abla luz de los vivos\u00bb (Job 33,30; Sal 56,14), puesto que el <em>Seol <\/em>es el reino de las tinieblas (Sal 88,13). Luz y tinieblas tienen as\u00ed para el hombre valores opuestos que fundan su simbolismo.<\/p>\n<p><em>Simbolismo de la luz. <\/em>En primer lugar, la luz de las teofan\u00edas comporta un significado existencial para los que son agraciados con ellas, sea que subraye la majestad de un Dios hecho familiar (\u00c9x 24,10s), sea que haga sentir su car\u00e1cter temeroso (Hab 3,3s). A esta evocaci\u00f3n misteriosa de la presencia divina, la met\u00e1fora del rostro luminoso a\u00f1ade una nota tranquilizadora de benevolencia (Sal 4,7; 31,17; 89,16; N\u00fam 6,24ss; cf. Prov 16,15). Ahora bien, la presencia de Dios al hombre es sobre todo una presencia tutelar. Con su ley ilumina Dios los pasos del hombre (Prov 6,23; Sal 119,105); es tambi\u00e9n la l\u00e1mpara que le gu\u00eda (Job 29,3; Sal 18,29). Libr\u00e1ndolo del peligro ilumina sus ojos (Sal 13,4); es as\u00ed su luz y su salvaci\u00f3n (Sal 27,1). Finalmente, si el hombre es justo, le conduce hacia el gozo de un d\u00eda luminoso (Is 58,10; Sal 36,10; 97,11; 112,4), mientras que el malvado tropieza en las tinieblas (Is 59,9s) y ve extinguirse su l\u00e1mpara (Prov 13,9; 24,20; Job 18,5s). Luz y tinieblas representan as\u00ed finalmente las dos suertes que aguardan al hombre, la felicidad y la desgracia.<\/p>\n<p><em>Promesa de la luz. <\/em>No tiene, pues, nada de extra\u00f1o hallar el simbolismo de la luz y de las tinieblas en los profetas, en perspectiva escatol\u00f3gica. Las tinieblas, azote amenazador que experimentaron los egipcios (\u00c9x 10,21&#8230;), constituyen uno de los signos anunciadores del d\u00eda de Yahveh (Is 13,10; Jer 4,23; 13, 16; Ez 32,7; Am 8,9; Jl 2,10; 3,4; 4,15): para un mundo pecador \u00e9ste ser\u00e1 tinieblas y no luz (Am 5,18; cf. Is 8,21ss).<\/p>\n<p>Sin embargo, el d\u00eda de Yahveh debe tener tambi\u00e9n otra faz, de gozo y de liberaci\u00f3n, para el resto de los justos humillado y angustiado; entonces \u00abel pueblo que caminaba en las tinieblas ver\u00e1 una gran luz\u00bb (Is 9,1; 42,7; 49,9; Miq 7,8s). La imagen tiene un alcance obvio y da lugar a m\u00faltiples aplicaciones. Hace pensar primero en la claridad de un d\u00eda maravilloso (Is 30,26), sin alternancia de d\u00eda y de noche (Zac 14,7), iluminado por el \u00absol de justicia\u00bb (Mal 3,20). No obstante, el alba que amanecer\u00e1 para la nueva Jerusal\u00e9n (Is 60,Iss) ser\u00e1 de otra naturaleza que la del tiempo actual: es el Dios vivo el que personalmente iluminar\u00e1 a los suyos (60,19s). Su ley alumbrar\u00e1 a los pueblos (Is 2,5; 51,4; Bar 4,2); su siervo ser\u00e1 la luz de las naciones (Is 42,6; 49,6).<\/p>\n<p>Para los justos y los pecadores se reproducir\u00e1n as\u00ed en el d\u00eda supremo las dos suertes de las que la historia del \u00c9xodo ofreci\u00f3 un ejemplo llamativo: las tinieblas para los imp\u00edos, pero para los santos la plena luz (Sab 17,1-18,4). \u00c9stos resplandecer\u00e1n como el cielo y los astros, mientras que los imp\u00edos permanecer\u00e1n para siempre en el horror del oscuro <em>leo\/ <\/em>(Dan 12,3; cf. Sab 3,7). La perspectiva va a dar en un mundo transfigurado a la imagen del Dios de luz.<\/p>\n<p>NT. CRISTO, LUZ DEL MUNDO. 1. <em>Cumplimiento de la promesa. <\/em>En el NT la luz escatol\u00f3gica prometida por los profetas ha venido a ser realidad: cuando Jes\u00fas comienza a predicar en Galilea se cumple el or\u00e1culo de Is 9,1 (Mt 4,16). Cuando resucita seg\u00fan las profec\u00edas es para \u00abanunciar la luz al pueblo y a las naciones paganas\u00bb (Act 26,23). As\u00ed los c\u00e1nticos conservados por Lucas saludan en \u00e9l desde la infancia al sol naciente que debe iluminar a los que est\u00e1n en las tinieblas (Lc 1,78s; cf. Mal 3,20; Is 9,1; 42,7), la luz que debe iluminar a las naciones (Lc 2,32; cf. Is 42,6; 49,6). La vocaci\u00f3n de Pablo, anunciador del Evangelio entre los paganos, se inscribir\u00e1 en la l\u00ednea de los mismos textos prof\u00e9ticos (Act 13,47; 26,18).<\/p>\n<p><em>Cristo revelado como luz. <\/em>Sin embargo, por sus actos y sus palabras se ve a Jes\u00fas revelarse como luz del mundo. Las curaciones de ciegos (cf. Mc 8,22-26) tienen en este punto un significado particular, como lo subraya Juan refiriendo el episodio del ciego de nacimiento (Jn 9). Jes\u00fas declara entonces: \u00abMientras estoy en el mundo soy la luz del mundo\u00bb (9,5). En otro lugar comenta: \u00abEl que me sigue no camina en las tinieblas, sino que tendr\u00e1 la luz de la vida\u00bb (8,12); \u00abyo, la luz, vine al mundo para que quien creyere en m\u00ed no camine en las tinieblas\u00bb (12,46). Su acci\u00f3n iluminadora dimana de lo que \u00e9l es en s\u00ed mismo: la palabra misma de Dios, vida y luz de los hombres, luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (1,4.9). As\u00ed el drama que se crea en torno a \u00e9l es un enfrentamiento de la luz y de las tinieblas: la luz brilla en las tinieblas (1,4), y el mundo malo se esfuerza por sofocarla, pues los hombres prefieren las tinieblas a la luz cuando sus obras son malas (3,19). Finalmente, a la hora de la pasi\u00f3n, cuando Judas sale del cen\u00e1culo para entregar a Jes\u00fas, Juan nota intencionadamente: \u00abEra de noche\u00bb (13, 30); y Jes\u00fas al ser arrestado declara: \u00ab\u00c9sta es vuestra hora y el poder de las tinieblas\u00bb (Lc 22,53).<\/p>\n<p><em>Cristo transfigurado. <\/em>Mientras Jes\u00fas vivi\u00f3 en la tierra, la luz divina que llevaba en s\u00ed estuvo velada bajo la humildad de su carne. Hay, sin embargo, una circunstancia en la que se hace perceptible a testigos privilegiados en una visi\u00f3n excepcional: la transfiguraci\u00f3n. Este rostro que resplandece, estos vestidos deslumbradores como la luz (Mt 17,2 p) no pertenecen ya a la condici\u00f3n mortal de los hombres: anticipan el estado de Cristo resucitado, que aparecer\u00e1 a Pablo en una luz fulgurante (Act 9,3; 22,6; 26,13); forman parte del simbolismo propio de las teofan\u00edas del AT. En efecto, la luz que resplandece en el rostro de Cristo es la de la gloria de Dios mismo (cf. 2Cor 4,6): en calidad de Hijo de Dios es \u00abel resplandor de su gloria\u00bb (Heb 1,3). As\u00ed, a trav\u00e9s de Cristo luz se revela algo de la esencia divina. No s\u00f3lo Dios \u00abhabita una luz inaccesible\u00bb (1Tim 6,16); no s\u00f3lo se le puede llamar \u00abel Padre de las luces\u00bb (Sant 1,17), sino que, como lo explica san Juan, \u00ab\u00e9l mismo es luz, y en \u00e9l no hay tinieblas\u00bb (Jn 1,5). Por eso todo lo que es luz proviene de \u00e9l, desde la creaci\u00f3n de la luz f\u00edsica el primer d\u00eda (cf. Jn 1,4), hasta la iluminaci\u00f3n de nuestros corazones por la luz de Cristo (2Cor 4,6). Y todo lo que es extra\u00f1o a esta luz pertenece al reino de las tinieblas: tinieblas de la noche, tinieblas del <em>seol y <\/em>de la muerte, tinieblas de Sat\u00e1n.<\/p>\n<p>II.\u00a0LOS HIJOS DE LUZ. 1. <em>Los hombres entre las tinieblas y la luz. <\/em>La revelaci\u00f3n de Jes\u00fas como luz del mundo da un relieve cierto a la ant\u00edtesis de las tinieblas y de la luz, no en una perspectiva metaf\u00edsica, sino en un plano moral: la luz califica la esfera de Dios y de Cristo como la del bien y de la justicia, las tinieblas califican la esfera de Sat\u00e1n como la del mal y de la impiedad (cf. 2Cor 6,14s), aun cuando_ Sat\u00e1n, para seducir al hombre, se disfrace a veces de \u00e1ngel de luz (11,14). El hombre se halla cogido entre las dos y le es preciso escoger, de modo que sea \u00abhijo de las tinieblas\u00bb o \u00abhijo de luz\u00bb. La secta de Qumr\u00e1n recurr\u00eda ya a esta representaci\u00f3n para describir la guerra escatol\u00f3gica. Jes\u00fas se sirve de ella para distinguir el mundo presente del reino que \u00e9l inaugura: los hombres se dividen a sus ojos en \u00abhijos de este mundo\u00bb e \u00abhijos de luz\u00bb (Lc 16,8). Entre unos y otros se opera una divisi\u00f3n cuando aparece Cristo-luz: los que hacen. el mal huyen de la luz para que no sean descubiertas sus obras; los que obran en la verdad vienen a la luz (Jn 3,19ss) y creen en la luz para ser hijos de luz (Jn 12,36).<\/p>\n<p><em>De las tinieblas a la luz. <\/em>Todos los hombres pertenecen por nacimiento al reino de las tinieblas, particularmente los paganos \u00aben sus pensamientos entenebrecidos\u00bb (Ef 4, 18). Dios es quien \u00abnos llam\u00f3 de las tinieblas a su admirable luz\u00bb (1Pe 2,9). Sustray\u00e9ndonos al imperio de las tinieblas nos transfiri\u00f3 al reino de su Hijo para que comparti\u00e9ramos la suerte de los santos en la luz (Col I,12s): gracia decisiva, experimentada en el momento del bautismo, cuando \u00abCristo brill\u00f3 sobre nosotros\u00bb (Ef 5,14). Fa otro tiempo \u00e9ramos tinieblas, ahora somos luz en el Se\u00f1or (Ef 5,8). Esto determina para nosotros una l\u00ednea de conducta: \u00abvivir como hijos de la luz\u00bb (Ef 5,8; cf. 1Tes 5,5).<\/p>\n<p><em>La vida de los hijos de luz. <\/em>Era ya una recomendaci\u00f3n de Jes\u00fas (cf. Jn 12,35s): importa que el hombre no deje oscurecer su luz interior, y tambi\u00e9n que vele sobre su ojo, l\u00e1mpara de su cuerpo (Mt 6,22s p). En Pablo se hace habitual la recomendaci\u00f3n. Hay que revestirse las armas de luz y desechar las obras de tinieblas (Rom 13,12s), no sea que nos sorprenda el d\u00eda del Se\u00f1or (1Tes 5,4- 8). Toda la moral entra f\u00e1cilmente en esta perspectiva: el \u00abfruto de la luz\u00bb es todo lo que es bueno, justo y verdadero; las \u00abobras est\u00e9riles de las tinieblas\u00bb comprenden los pecados de todas clases (Ef 5,9-14). Juan no habla de otra manera. Hay que \u00abcaminar en la luz\u00bb para estar en comuni\u00f3n con Dios, que es luz (Jn 1,5ss). El criterio es el amor fraterno: en esto se reconoce si est\u00e1 uno en las tinieblas o en la luz (2,8-11).<\/p>\n<p>El que vive as\u00ed, como verdadero hijo de luz, hace irradiar entre los hombres la luz divina, de la que ha venido a ser depositario. Hecho a su vez luz del mundo (Mt 5,14ss), responde a la misi\u00f3n que le ha dado Cristo.<\/p>\n<p><em>Hacia la luz eterna. <\/em>El hombre, caminando por tal camino, puede esperar la maravillosa transfiguraci\u00f3n que Dios ha prometido a los justos en su reino (Mt 13,43). En efecto, la Jerusal\u00e9n celestial, adonde llegar\u00e1 finalmente, reflejar\u00e1 en s\u00ed misma la luz divina, conforme a los textos prof\u00e9ticos (Ap 21,23ss; cf. Is 60); entonces los elegidos, contemplando la faz de Dios, ser\u00e1n iluminados por esta luz (Ap 22,4s). Tal es la esperanza de los hijos de luz; tal es tambi\u00e9n la oraci\u00f3n que la Iglesia dirige a Dios por los que de ellos han dejado ya la tierra: <em>lux perpetua luceat eis! Ne cadant in obscurum, sed signifer sanctus Michael repraesentet eas<\/em> <em>in lucem sanctam <\/em>(Ofertorio de la Misa de difuntos).<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">Todos los derechos: <em>Vocabulario de teolog\u00eda b\u00edblica<\/em>, X. L\u00e9on-Dufour<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El tema de la luz atraviesa toda la revelaci\u00f3n b\u00edblica. La separaci\u00f3n de la luz y de las tinieblas fue el primer acto del Creador (G\u00e9n 1,3s). 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