El encuentro de Jesús con una mujer a punto
de ser lapidada “¡Quien
esté sin pecado que tire la primera piedra!”
Juan 8,1-11
Oración inicial
Señor Jesús,
envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con
el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de
la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de
Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que
parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida
y resurrección.
Crea en
nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en
los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que
sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los
discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y
testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de
fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María,
que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.
Lectura
- Clave de
lectura:
El texto de
hoy nos lleva a meditar sobre las desavenencias entre Jesús y los escribas y
fariseos. Jesús, por su predicación y su modo de obrar, no es hombre grato a
los doctores de la ley y a los fariseos. Por esto, tratan por todos los medios
de poderlo acusar y eliminar. Le colocan delante una mujer, sorprendida en
adulterio, para saber de su boca si debían o no observar la ley que ordenaba
lapidar a una mujer adúltera. Querían provocar a Jesús. Haciéndose pasar por
personas fieles a la ley, se sirven de la mujer para argumentar contra Jesús.
La historia
se repite muchas veces. En las tres religiones monoteístas: judaica, cristiana
y musulmana, con el pretexto de fidelidad a la ley de Dios, han sido condenadas
y masacradas muchas personas. Y hasta el presente, esto continúa. Bajo la
apariencia de fidelidad a las leyes de Dios, muchas personas están marginadas
de la comunión y hasta de la comunidad. Se crean leyes y costumbres que
excluyen y marginan a ciertas categorías de personas.
Durante la
lectura de Juan 8, 1-11, conviene leer el texto como si fuese un espejo en el
que se refleja precisamente nuestra rostro. Leyéndolo, intentemos observar bien
las conductas, las palabras y los gestos de las personas que aparecen en el
episodio: escribas, fariseos, la mujer, Jesús y la gente.
- Una división
del texto para ayudarnos en su lectura
Jn 8, 1-2: Jesús se dirige al templo para enseñar a la gente
Jn 8, 3-6a: Los adversarios le provocan
Jn 8, 6b: La reacción de Jesús , escribe en la tierra
Jn 8, 7-8: Segunda provocación, y la misma reacción de Jesús
Jn 8, 9-11: Epílogo final - Texto:
En
aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó
de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre
ellos, les enseñaba.
Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una
mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron:
«Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés
nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices?».
Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder
acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo.
Como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: «Aquel de ustedes
que no tenga pecado, que le tire la primera piedra». Se volvió a agachar y
siguió escribiendo en el suelo.
Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a
escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron
solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.
Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: «Mujer,
¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?». Ella le
contestó: «Nadie, Señor». Y Jesús le dijo: «Tampoco yo te
condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar».
Un momento de silencio orante
para que la Palabra de Dios pueda entrar en
nosotros e iluminar nuestra vida.
Algunas preguntas
para
ayudarnos en la meditación y en la oración.
- ¿Cuál l es el
punto de este texto que más te ha gustado o que te ha llamado más la atención?
- Hay diversas
personas o grupos de personas que aparecen en este episodio. ¿Qué dicen y qué
hacen?
- Trata de
ponerte en el lugar de la mujer: ¿Cuáles eran sus sentimientos en aquel momento?
- ¿Porqué Jesús
comenzó a escribir en tierra con el dedo?
- ¿Cuáles son
los pasos que nuestra comunidad debe y puede hacer para acoger a los marginados?
Para los que desean profundizar más en el
tema
- Contexto
literario:
Los versados
en las Escrituras dicen que el Evangelio de Juan, crece lentamente, o sea, que
ha sido escrito poco a poco. A través del tiempo, hasta finales del primer
siglo, los miembros de las comunidades de Juan, en Asia Menor, recordaban y
añadían detalles a los hechos de la vida de Jesús. Uno de estos hechos, al que
se han añadido estas particularidades, es nuestro texto, el episodio de la
mujer que está a punto de ser lapidada (Jn 8,1-11). Poco antes de nuestro
texto, Jesús había dicho: “¡Si alguno tienen sed, que venga a mí y beba!” (Jn
7,37). Esta declaración provoca muchas discusiones (Jn 7,40-53). Los fariseos
llegan hasta ridiculizar a la gente, considerándola ignorante por el hecho de
creer en Jesús. Nicodemos reacciona y dice: “Nuestra Ley ¿juzga quizás a alguien
sin primero haberlo escuchado y saber qué hace?” (Jn 51-52). Después de nuestro
texto encontramos una nueva declaración de Jesús: “¡Yo soy la luz del mundo!” (Jn
8,12), que provoca una discusión con los judíos. Entre estas dos afirmaciones, con
sus subsiguientes discusiones, viene colocado el episodio de la mujer que la
ley hubiera condenado, pero que es perdonada por Jesús. (Jn 8,1-11). Este
contexto anterior y posterior sugiere el hecho de que el episodio ha sido
inserto para aclarar que Jesús, luz del mundo, ilumina la vida de las personas
y aplica la ley mejor que los fariseos.
Juan 8,1-2: Jesús y
la gente
Después de la
discusión, descrita al final del capítulo 7 (Jn 7,37-52), todos se vuelven a
casa (Jn 7,53). Jesús no tiene casa en Jerusalén. Por esto, se va al Monte de
los Olivos.
Allí
encuentra un jardín, donde acostumbra a pasar la noche en oración (Jn 18,1). Al
día siguiente, antes de la salida del sol, Jesús se encuentra de nuevo en el
templo. La gente se acerca para poder escucharlo. De ordinario la gente se
sentaba en círculo alrededor de Jesús y Él enseñaba. ¿Qué habrá podido enseñar
Jesús? Con seguridad todo muy bello, puesto que la gente llega antes de la
aurora para poderlo escuchar.
Juan 8, 3-6a: Las
provocaciones de los adversarios
Improvisadamente,
llegan algunos escribas y fariseos que llevan con ellos una mujer sorprendida
en flagrante adulterio. La colocan en medio del círculo entre Jesús y la gente.
Según la ley, esta mujer debe ser lapidada. (Lev 20,10; Dt 22,22.24). Y le
dicen: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Ahora
bien, Moisés en la Ley, nos mandó lapidar a una mujer como ésta. ¿Tú qué
dices?” Era una provocación, una trampa. Si Jesús hubiese dicho: “Aplicad la
ley”, los escribas habrían dicho a la gente: “No es tan bueno como parece,
porque ordena matar a la mujer”. Si hubiese dicho: “No la matéis” hubieran
dicho: “No es tan bueno como parece, porque no observa la ley”. Bajo la
apariencia de fidelidad a Dios, manipulan la ley y se sirven de una mujer para
poder acusar a Jesús.
Juan 8, 6b: La
reacción de Jesús: escribe en tierra
Parecía una
trampa sin escapatoria. Pero Jesús no se asusta. No se pone nervioso. Mas bien
al contrario. Con calma, como persona dueña de la situación, se inclina y
comienza a escribir en tierra con el dedo. Escribir en tierra ¿qué significado
tiene? Algunos creen que Jesús está escribiendo en la tierra los pecados de los
acusadores. Otros dicen que es un simple gesto de quien es dueño de la
situación y no hace caso a las acusaciones de los otros. Pero es posible que se
trate también de un acto simbólico, de una alusión a cualquier cosa muy común.
Si tú escribe una palabra en la tierra, a la mañana siguiente no la
encontrarás, porque el viento o la lluvia la habrán desfigurado, borrado.
Encontramos
una alusión a lo que vamos diciendo en Jeremías, donde se lee que los nombres
atribuidos a Dios son escritos en tierra, o sea quiere decir que no tienen
futuro.
El viento o
la lluvia lo harán desaparecer (cf. Jer 17,13) Quizás Jesús quiere decir a los
otros: el pecado del que acusáis a esta mujer, Dios lo ha perdonado ya con
estas letras que estoy escribiendo en la tierra. ¡De ahora en adelante no
recordarán más los pecados!
Juan 8, 7-8: Segunda
provocación y la misma reacción de Jesús
Ante la calma
de Jesús, los que se ponen nerviosos son los adversarios. Insisten y quieren
una opinión de Jesús. Y entonces Jesús se levanta y dice: “Quien de vosotros
esté sin pecado tire la primera piedra”. E inclinándose comienza de nuevo a
escribir en la tierra, no entra en una discusión estéril e inútil sobre la ley,
cuando, en realidad el problema es otro. Jesús cambia el centro de la
discusión. En vez de permitir que se coloque la luz de la ley sobre la mujer
para poderla condenar, quiere que sus adversarios se examinen a la luz de lo
que la ley exige de ellos. Jesús no discute la letra de la ley.
Discute y
condena la conducta malévola del que manipula las personas y la ley para defender
los intereses que son contrarios a Dios, autor de la ley. Juan 8,9-11: Epílogo final: Jesús y la mujer
La respuesta
de Jesús desconcierta y desarma a los adversarios. Los fariseos y los escribas
se retiran, llenos de vergüenza, uno tras otro, “comenzando por los más
ancianos”. Ha sucedido lo contrario de lo que ellos querían. La persona
condenada por la ley no era la mujer, sino ellos mismos que se creían fieles a
la ley. Y finalmente Jesús queda sólo con la mujer. Jesús se levanta, se dirige
hacia ella: “Mujer, ¿dónde están?¿Ninguno te ha condenado?” Ella responde:
“¡Ninguno, Señor!” Y Jesús: “¡Yo tampoco te condeno! Ve, y desde ahora no
peques más”. Jesús no permite a nadie usar la ley de Dios para condenar al
hermano, cuando el mismo hermano es pecador. Quien tiene una viga en el propio
ojo, no puede acusar a quien en el ojo tiene sólo una pajita. “Hipócrita, quita
primero la viga de tus ojos y entonces podrás ver bien para quitar la pajita en
el ojo de tu hermano. (Lc 6,42).
Este
episodio, mejor que cualquiera otra enseñanza, revela que Jesús es la luz del
mundo (Jn 11,12) que hace aparecer la verdad. Hace ver lo está escondido en las
personas, en su más íntimo. A la luz de la palabra de Jesús, los que parecían
ser los defensores de la ley, se revelan llenos de pecados y ellos mismos lo
reconocen y se van, comenzando por los más ancianos. Y la mujer, considerada
culpable y rea de la pena de muerte, está en pie delante de Jesús, perdonada,
redimida, llena de dignidad (cf. Jn
3,19-21). El
gesto de Jesús la hace renacer y la restituye como mujer e hija de Dios.
Las leyes sobre
la mujer en el Antiguo Testamento y la reacción de la gente.
Desde Esdras
y Nehemías, la tendencia oficial era la de excluirla de cualquier actividad
pública y de considerarla no idónea para realizar funciones en la sociedad,
salvo la función de esposa y madre. Lo que contribuía mayormente a su
marginación era precisamente la ley de la pureza. La mujer era declarada impura
por ser madre, esposa e hija: por ser mujer. Por ser madre: cuando daba a luz,
era inmunda (Lev 12,1-5). Por ser hija: el hijo que nace la vuelve inmunda
durante cuarenta días (Lev 12,2-4); y todavía más la hija que la vuelve por
ochenta (Lev 12,5). Por ser esposa: las relaciones sexuales, supone dejar
impuros un día completo, tanto a la mujer como al hombre (Lev 15.18).
Por ser
mujer: la menstruación la vuelve impura una semana entera, y causa impureza en
los otros. Quien toca a la que tiene menstruación debe purificarse (Lev
15,19-30). Y no es posible que una mujer mantenga su impureza en secreto,
porque la ley obliga a los otros a denunciarla (Lev 5,3).
Esta
legislación hacía insoportable la convivencia diaria en casa. Siete días, cada
mes, la madre de familia no podía reposar en el lecho, ni sentarse en una
silla, mucho menos tocar al hijo o al marido, si no quería que se contaminasen.
Esta legislación era el fruto de una mentalidad, según la cual la mujer era
inferior al hombre. Algunos proverbios revelan esta discriminación de la mujer
(Ecl 42,9-11; 22,3). La marginación llegaba a tal punto que se consideraba a la
mujer como el origen del pecado y de la muerte y causa de todos los males (Ecl
25,24;42,13-14). De este modo se justifica y se mantiene el privilegio y el
dominio del hombre sobre la mujer. En el contexto de la época, la situación de
la mujer en el mundo de la Biblia no era ni mejor ni peor que la de las demás
personas. Se trataba de una cultura general. Incluso hoy hay muchas personas
que continúan teniendo esta mentalidad. Pero como hoy, así también antes, desde
el principio de la historia de la Biblia, ha habido muchas reacciones en contra
de la exclusión de la mujer, sobre todo después del destierro, cuando se logró
expulsar a la mujer extranjera considerada peligrosa. (cf. Esd 9, 1-3 y
10,1-3). La resistencia de la mujer creció al mismo tiempo que la marginación
era más onerosa. En diversos libros sapienciales descubrimos la voz de esta
resistencia: Cantar de los Cantares, Ruth, Judit, Ester. En estos libros la
mujer aparece no tanto como una madre o esposa, sino como una mujer que sabe
usar su belleza y feminidad para luchar por los derechos de los pobres y así
defender la Alianza contra los gentiles. Es una lucha no tanto a favor del
templo o de las leyes abstractas, cuanto a favor de la vida de la gente.
La
resistencia de la mujer contra su exclusión encuentra también eco en Jesús. He
aquí algunos episodios de la acogida que Jesús les daba:
- La prostituta: Jesús la acoge y defiende
contra el fariseo (Lc 7,36-50).
- La mujer encorvada; Jesús la defiende contra el
jefe de la sinagoga (Lc 13,10-17).
- La mujer considerada
impura es acogida sin ser censurada y
es curada (Mt 5,25-34).
- La
samaritana, considerada como hereje,
es la primera en recibir el secreto de que Jesús es el Mesías (Jn 4,26).
- La mujer extranjera es ayudada por Jesús y ésta
le ayuda a descubrir su misión (Mc 7, 24-30).
- Las madres con los niños, rechazadas por los discípulos, son acogidas por Jesús (Mt 19,13-15).
- Las mujeres
son las primeras en experimentar la presencia de Jesús resucitado (Mt 28,9-10;
Jn 20,16-18).
Oración del Salmo 36 (35)
La bondad de
Dios desenmascara la hipocresía
El pecado es un oráculo para el impío que le habla en el fondo de su corazón;
no tiene temor de Dios ni aun estando en su presencia.
Se halaga tanto a sí mismo que no descubre y detesta su culpa; sólo dice
maldades y engaños, renunció a ser sensato, a hacer el bien. Maquina maldades
en su lecho, se obstina en el camino equivocado, incapaz de rechazar el mal.
Tu amor, Yahvé, llega al cielo, tu fidelidad alcanza las nubes; tu justicia,
como las altas montañas, tus sentencias, profundas como el océano. Tú proteges
a hombres y animales, ¡qué admirable es tu amor, oh Dios!
Por eso los seres humanos se cobijan a la sombra de tus alas;
se sacian con las provisiones de tu casa, en el torrente de tus delicias los
abrevas; pues en ti está la fuente de la vida, y en tu luz vemos la luz.
No dejes de amar a los que te conocen, de ser fiel con los hombres sinceros.
¡Que el pie del orgulloso no me pise, ni me avente la mano del impío!
Ved cómo caen los malhechores, abatidos, no pueden levantarse.
Oración final
Señor Jesús,
te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del
Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza
para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu
Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú
que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los
siglos de los siglos.
Amén.
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