Tiempo de Pascua
La misión de los discípulos y
el testimonio del apóstol Tomás Juan 20,19-31
Oración inicial
¡Oh Padre!, que en el día del Señor reúnes a todo tu pueblo para celebrar a
Aquél que es el Primero y el Último, el Viviente que ha vencido la muerte;
danos la fuerza de tu Espíritu, para que, rotos los vínculos del mal,
abandonados nuestros miedos y nuestras indecisiones, te rindamos el libre
servicio de nuestra obediencia y de nuestro amor, para reinar con Cristo en la
gloria.
LECTIO
Clave de lectura:
Estamos en el así llamado “libro de la resurrección” donde se narran, sin
una continuidad lógica, diversos episodios que se refieren a Cristo Resucitado
y los hechos que lo prueban. Estos hechos están colocados, en el IV Evangelio,
en la mañana (20, 1-18) y en la tarde del primer día después del sábado y ocho
días después, en el mismo lugar y día de la semana. Nos encontramos de frente
al acontecimiento más importante en la historia de la Humanidad, un
acontecimiento que nos interpela personalmente. “Si Cristo no ha resucitado
vana es nuestra predicación, y vana es también nuestra fe.. y vosotros estáis
aún en vuestros pecados” (1Cor 15, 14. 17) dice el apóstol Pablo, que no había
conocido a Jesús antes de la Resurrección, pero que lo predicaba con toda su
vida, lleno de celo. Jesús es el enviado del Padre. Él también nos envía. La
disponibilidad de “andar” proviene de la profundidad de la fe que tenemos en el
Resucitado. ¿Estamos preparado para aceptar Su “mandato” y a dar la vida por su
Reino? Este pasaje no se refiere sólo a la fe de aquéllos que no han visto
(testimonio de Tomás), sino también a la misión confiada por Cristo a la
Iglesia.
Una posible división del texto
para facilitar la lectura:
- 20, 19-20: aparición a los apóstoles y muestra de las llagas
- 20, 21-23: don del Espíritu para la misión
- 20, 24-26: aparición particular para Tomás ocho días después
- 20, 27-29: diálogo con Tomás
- 20, 30-31: finalidad del evangelio según Juan
El texto:
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.» Dicho esto, sopló y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»
Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros.» Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.» Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío.» Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.»
Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos signos que no están escritos en este libro. Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.
Un momento de silencio
para conseguir depositar la Palabra en nuestro corazón
MEDITATIO
Algunas preguntas para ayudar a
la meditación:
- ¿Quién o qué cosa ha suscitado
mi interés y maravilla en la lectura que he hecho?
¿Es posible que haya algunos que se profesen cristianos,
pero que no crean en la Resurrección de Jesús?
- ¿Tan importante es creer? ¿Qué
cambia si sólo nos quedásemos con su enseñanza y su testimonio de vida? ¿Qué
significado tiene para mí el don del Espíritu para la misión? ¿Cómo continúa,
después de la Resurrección, la misión de Jesús en el mundo? ¿Cuál es el
contenido del anuncio misionero? ¿Qué valor tiene para mí el testimonio de
Tomás? ¿Cuáles son, si las tengo, las dudas de mi fe? ¿Cómo las afronto y
progreso? ¿Sé expresar las razones de mi fe?
Comentario:
Al atardecer de aquel día, el
primero de la semana: los discípulos están viviendo
un día extraordinario. El día siguiente al sábado, en el momento en el que
viene escrito el IV evangelio, es ya para la comunidad “ el día del Señor” (Ap
1-10), Dies Domini (domingo) y tiene
más importancia que la tradición del sábado para los Judíos.
Mientras
estaban cerradas las puertas: una anotación para indicar
que el cuerpo de Cristo Resucitado, aún siendo reconocible, no está sujeto a las
leyes ordinarias de la vida humana.
Paz a vosotros: no es un deseo, sino la paz que había prometido cuando estaban afligidos
por su partida (Jn 14, 27; 2Tes 3, 16; Rom 5, 3), la paz mesiánica, el
cumplimiento de las promesas de Dios, la liberación de todo miedo, la victoria
sobre el pecado y sobre la muerte, la reconciliación con Dios, fruto de su
pasión, don gratuito de Dios. Se repite por tres veces en este pasaje, como
también la introducción (20, 19) se repite más adelante (20, 26) de modo
idéntico.
Les mostró las manos y el
costado: Jesús refuerza las pruebas evidentes y tangibles de que
es Él el que ha sido crucificado. Sólo Juan recuerda especialmente la herida
del costado producida por la lanza de un soldado romano, mientras Lucas tiene
en cuenta las heridas de los pies (Lc 24-39). Al mostrar las heridas quiere
hacer evidente que la paz que Él da, viene de la cruz (2Tim 2, 1-13). Forman
parte de su identidad de Resucitado (Ap 5, 6)
Los discípulos se alegraron de
ver al Señor: Es el mismo gozo que expresa el profeta Isaías al
describir el banquete divino (Is 25, 8-9), el gozo escatológico, que había
preanunciado en los discursos de despedida, gozo que ninguno jamás podrá
arrebatar (Jn 16, 22; 20, 27). Cfr. También Lc 24, 39-40; Mt 28, 8; Lc 24, 41.
Como el Padre me envió, también
yo os envío: Jesús es el primer misionero, el “apóstol y sumo
sacerdote de la fe que profesamos” (Ap 3, 1). Después de la experiencia de la
cruz y de la resurrección se actualiza la oración de Jesús al Padre (Jn 13, 20;
17, 18; 21, 15, 17). No se trata de una nueva misión, sino de la misma misión
de Jesús que se extiende a todos los que son sus discípulos, unidos a Él como
el sarmiento a la vid (15, 9), como también a su Iglesia (Mt 28, 18-20; Mc 16,
15-18; Lc 24, 47-49). El Hijo eterno de Dios ha sido enviado para que “el mundo
se salve por medio de Él” (Jn 3, 17) y toda su existencia terrena, de plena
identificación con la voluntad salvífica del Padre, es una constante
manifestación de aquella voluntad divina de que todos se salven. Este proyecto histórico
lo deja en consigna y herencia a toda la Iglesia y de modo particular, dentro de
ella, a los ministros ordenados.
Sopló sobre ellos: el gesto recuerda el soplo de Dios que da la vida al hombre (Gn 2, 7); no
se encuentra otro en el Nuevo Testamento. Señala el principio de una creación
nueva.
Recibid el Espíritu Santo: después que Jesús ha sido glorificado viene dado el Espíritu Santo (Jn 7,
39). Aquí se trata de la transmisión del Espíritu para una misión particular,
mientras Pentecostés (Act 2) es la bajada del Espíritu Santo sobre todo el
pueblo de Dios.
A quienes perdonéis los
pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan
retenidos: el poder de perdonar o no perdonar (remitir) los pecados
se encuentra también en Mateo de forma más jurídica (Mt 16, 19; 18, 18). Es
Dios quien tiene el poder de perdonar los pecados, según los escribas y
fariseos (Mc 2, 7), como según la tradición (Is 43, 25). Jesús tiene este poder
(Lc 5, 24) y lo transmite a su Iglesia.
Conviene no proyectar sobre este texto, en la meditación, el desarrollo
teológico de la tradición eclesial y las controversias teológicas que
siguieron. En el IV evangelio la expresión se puede considerar de un modo
amplio. Se indica el poder de perdonar los pecados en la Iglesia como comunidad
de salvación, de la que están especialmente dotados aquéllos que participan por
sucesión y misión del carisma apostólico. En este poder general está también
incluso el poder de perdonar los pecados después del bautismo, lo que nosotros
llamamos “sacramento de la reconciliación” expresado de diversas formas en el
curso de la historia de la Iglesia.
Tomás, uno de los Doce, llamado
el Mellizo: Tomás es uno de los protagonistas del IV evangelio, se
pone en evidencia su carácter dudoso y fácil al desánimo (11, 16; 14, 5). “Uno
de los doce” es ya una frase hecha (6, 71), porque en realidad eran once.
“Dídimo” quiere decir Mellizo , nosotros podremos ser “mellizos” con él por la
dificultad de creer en Jesús, Hijo de Dios muerto y resucitado.
¡Hemos visto al Señor! Ya antes
Andrés, Juan y Felipe, habiendo encontrado al mesías, corrieron para anunciarlo
a los otros (Jn 1, 41-45). Ahora es el anuncio oficial por parte de los
testigos oculares (Jn 20, 18).
Si no veo en sus manos la señal
de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano
en su costado, no creeré: Tomás no consigue creer a
través de los testigos oculares. Quiere hacer su experiencia. El evangelio es
consciente de la dificultad de cualquiera para creer en la Resurrección (Lc 24,
34-40; Mc 16, 11; 1Cor 15, 5- 8), especialmente aquéllos que no han visto al
Señor. Tomás es su (nuestro ) intérprete. Él está dispuesto a creer, pero
quiere resolver personalmente toda duda, por temor a errar. Jesús no ve en
Tomás a un escéptico indiferente, sino a un hombre en busca de la verdad y lo
satisface plenamente. Es por tanto la ocasión para lanzar una apreciación a
hacia los futuros creyentes (versículo 29).
Acerca aquí tu dedo y mira mis
manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente: Jesús repite las palabras de Tomás, entra en diálogo con él, entiende sus
dudas y quiere ayudarlo. Jesús sabe que Tomás lo ama y le tiene compasión,
porque todavía no goza de la paz que viene de la fe. Lo ayuda a progresar en la
fe. Para profundizar más en la meditación, se pueden confrontar los lugares
paralelos: 1Jn 1-2; Sal 78, 38; 103, 13- 14; Rom 5, 20; 1Tim 1, 14-16.
¡Señor mío y Dios mío!: Es la
profesión de fe en el Resucitado y en su divinidad como está proclamado también
al comienzo del evangelio de Juan (1, 1) En el Antiguo Testamento “Señor” y
“Dios” corresponden respectivamente a ”Jahvé” y a “Elohim” (Sal 35, 23-24; Ap
4, 11). Es la profesión de fe pascual en la divinidad de Jesús más explicita y
directa. En el ambiente judaico adquiría todavía más valor, en cuanto que se
aplicaban a Jesús textos que se refieren a Dios. Jesús no corrige las palabras
de Tomás, como corrigió aquéllas de los judíos que lo acusaban de querer
hacerse “igual a Dios” (Jn 5, 18ss), aprobando así el reconocimiento de su
divinidad.
Porque me has visto has creído.
Dichosos los que no han visto y han creído: Jesús
nunca soporta a los que están a la búsqueda de signos y prodigios para creer
(Jn 4, 48) y parece reprochar a Tomás. Encontramos aquí un pasaje hacia una fe
más auténtica, un “camino de perfección” hacia una fe a la que se debe llegar
también sin las pretensiones de Tomás, la fe aceptada como don y acto de
confianza. Como la fe ejemplar de nuestros padres (Ap 11) y como la de María
(Lc 1, 45). A nosotros, que estamos a más de dos mil años de distancia de la
venida de Jesús, se nos dice que, aunque no lo hayamos visto, lo podemos amar y
creyendo en Él podemos exultar de “un gozo indecible y glorioso” (1Pt 1, 8).
Estos [signos] han sido
escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que
creyendo tengáis vida en su nombre: El IV evangelio, como
los otros, no tiene la finalidad de escribir la vida completa de Jesús, sino
sólo demostrar que Jesús era el Cristo, el Mesías esperado, el Liberador y que
era Hijo de Dios. Creyendo en Él tenemos la vida eterna. Si Jesús no es Dios,
¡vana es nuestra fe!
ORATIO
Salmo 118 (117)
¡Aleluya!
¡Dad gracias a Yahvé, porque es bueno, porque es eterno su amor!
¡Diga la casa de Israel: es eterno su amor!
¡Diga la casa de Aarón: es eterno su amor!
¡Digan los que están por Yahvé: es eterno su amor!
¡Cómo me empujaban para tirarme!, pero Yahvé vino en mi ayuda. Mi fuerza y mi canto es Yahvé, él fue mi salvación.
Clamor de júbilo y victoria se oye en las tiendas de los justos.
La piedra que desecharon los albañiles se ha convertido en la piedra angular; esto ha sido obra de Yahvé, nos ha parecido un milagro.
¡Éste es el día que hizo Yahvé, exultemos y gocémonos en él!
¡Yahvé, danos la salvación!
¡Danos el éxito, Yahvé!
CONTEMPLATIO
Oración final
Te doy gracias Jesús, mi Señor y mi Dios, que me has amado y llamado, hecho digno de ser tu discípulo, que me has dado el Espíritu, el mandato de anunciar y testimoniar tu resurrección, la misericordia del Padre, la salvación y el perdón para todos los hombres y todas las mujeres del mundo. Verdaderamente eres Tú el camino, la verdad y la vida, aurora sin ocaso, sol de justicia y de paz. Haz que permanezca en tu amor, ligado como sarmiento a la vid, dame tu paz, de modo que pueda superar mis debilidades, afrontar mis dudas, responder a tu llamada y vivir plenamente la misión que me has confiado, alabándote para siempre. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
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