Oración

Oración: todos los derechos, Nuevo diccionario de espiritualidad. Ed. Paulinas. 1015-1024

ORACIÓN

Sumario:
I Definición de la oración
II El carácter específicamente cristiano de la oración
   1 Abba Padre
   2 Oración en Cristo y a Cristo
   3 Creo en el Espíritu Santo.
III Oración presencia y escucha de Dios
   1 La iniciativa divina
   2 El papel de la Sagrada Escritura
   3 El papel de la comunidad de fe
   4 El papel del pobre
IV La centralidad de la Eucaristía
   1 Dar gracias siempre y en todo lugar
   2 Oración y sacrificio de sí mismo.
   3 La eucaristía Oración y evangelización
    4 El papel de los demás sacramentos
V Tradición sacerdotal y tradición profética
   1 El papel del sacerdote
   2 Las desviaciones del sacerdotalismo
   3 La tradición profética
VI Las devociones.

 


La historia de la salvación comienza en el momento en que el hombre se hace capaz de recibir la revelación en la respuesta y en la oración. Para nosotros el hombre no se define a partir del uso de ciertos instrumentos o desde la posibilidad de cambiar el ambiente en que vive. Ni siquiera es suficiente la definición de homo sapiens. Se define como homo orans en cuanto que adora escucha y responde a Dios confiriendo verdad a su propia existencia.

Sin oración el hombre no llega a la verdad ni descubre su nombre. Nuestra existencia es un don. Somos llamados por la palabra creadora de Dios y esta palabra es una invitación a vivir conscientemente en su presencia. Viviendo a través de la llamada que nos da la vida, podemos encontrarnos en la escucha y en la respuesta a quien nos da un nombre único y todo lo que somos. No podemos encontrar nuestra identidad mas que volviéndonos a Dios, que es origen y fin de nuestra vida.

I Definición de la oración.

No nos es posible definir al hombre sin recurrir al entendimiento de la oración. Y, del mismo modo, no podemos comprender la verdadera naturaleza y la meta de la oración sin comprender la vocación total del hombre. ¿Quién es el hombre que reza? ¿Es oración el reflexionar sobre el misterio del propio ser? ¿Es oración el acto de quien admira la grandeza del universo o intenta comprender el significado de su propia existencia?. Ciertamente estos actos son fundamentales en el hombre, pues en ellos expresa su dignidad y su dinámica hacia lo verdadero y lo bueno, pero no se puede definir todo eso como oración. Las tres notas indispensables con que se caracteriza la estructura interna de quien experimenta la realidad de la oración son. «La fe en un Dios personal, vivo. La fe en su presencia real un dramático diálogo entre el hombre y Dios, al que se sabe presente». Será útil que reflexionemos sobre cada uno de estos tres elementos.

a) Fe en un Dios personal, vivo.

No se habla a una idea, a una cosa o a una fuerza impersonal. Quien hace oración sabe que se encuentra frente a la sabiduría suprema, que lo conoce. No basta una fe en el significado de la vida o en una persona humana, sino que es necesaria la fe en Dios, en el Amor.

b) Fe en la presencia real de Dios.

El que hace oración tiene fe en la presencia real y activa de Dios, que se revela y nos invita de esta forma a que le respondamos. «Una presencia verdadera es posible tan sólo como respuesta a la revelación real de Dios. La fe vive de la oración. Realmente la fe viva en su esencia no es otra cosa que oración En el momento en que creemos de veras, nos expresamos con la oración, y allí donde cesa la oración cesa también la fe viva».

c) Confianza en que el Dios que nos ha hablado y sigue revelándose escuchara nuestra oración.

La oración supone, por lo tanto, una relación tu-yo y yo tu. La fe que da fuerza a la oración se puede condensar de la siguiente forma. «Tu eres y yo soy gracias a ti y tu me invitas a vivir contigo». El creyente que piensa que no debe despertar a Dios se expresa drásticamente en el profeta Elías. «Elías comenzó a burlarse de ellos, dándoles este consejo ‘Gritad más fuerte, pues es Dios’. Pero esta cavilando, o retirado, o se encontrara de viaje, tal vez esté durmiendo, y tenga que despertarse» (1Re 18,27).

Estas tres condiciones constitutivas de la oración se dan allí donde existe religión auténtica. Pero esto no excluye el que la conceptualización pueda no ser así de clara. Puede suceder que una persona determinada se declare panteísta, mientras que en realidad hace oración y considera a Dios como un «tu». Allí donde se hace oración con confianza y con fe viva, allí esta la presencia del Espíritu de Dios. Y la gracia de Cristo no esta ausente, aunque quien hace oración no conozca ni a Jesús ni el misterio de la Trinidad.


II El carácter específicamente cristiano de la oración.

«Ante Dios no hay acepción de personas» (Rom 2,11.) Al hablar, por lo tanto, del carácter específico de la oración cristiana no debemos vanagloriarnos frente a los que no son cristianos. Se impone, sin embargo, la meditación sobre los muchos motivos de reconocimiento por la vocación que se nos ha reservado, y la consecuencia de dar testimonio atractivo y convincente de nuestra oración. El cristiano que reza sabe qué es la vida eterna conocer a Dios como padre del Señor Jesús, conocer a Cristo como verdadero Dios y verdadero hombre, mediador entre nosotros y el Padre, y creer en el Espíritu Santo, que ora en nosotros.


1 Abba ¡Padre¡.

Todas las oraciones de todos los tiempos alcanzan su culminación en Cristo, el cual llama a Dios omnipotente «Padre» de forma única su «Abba, ¡Padre!» resuena en los corazones de los apóstoles, y con este nombre Jesús nos invita y nos enseña a dirigirnos a Dios. El Resucitado dice a María Magdalena «Subo al Padre mío y Padre vuestro, Dios mío y Dios vuestro» (Jn 20,17). No creemos solamente en un Dios personal, creador, omnipotente, sino que lo adoramos y lo amamos como Padre, nuestro y del Señor Jesús. Esto nos da una confianza única, pero no olvidemos que él esta «en los cielos», es decir, que se trata del Dios santo, mientras que nosotros somos las criaturas, no pocas veces, lamentablemente, pecadoras. Cuanto mas conscientes seamos del pecado, tanto mayores serán no solo nuestro temor, sino también la gratitud, la alegría y la felicidad en la oración.

Cristo ha hecho visible al Padre. Pero nuestra oración no podrá unirse a la suya cuando invoca al Padre, si no nos unimos también al amor que ha manifestado a todos los hombres

Cada uno de nosotros esta delante de Dios con un nombre irrepetible, mas para encontrar ese nombre debemos vivir la solidaridad de la salvación, que expresa nuestra fe en nuestro Padre y en Cristo, solidaridad de salvación encarnada.


2 Oración en Cristo y a Cristo.

En Cristo se nos hace mas cercano el Padre y se manifiesta como «Dios con nos otros» Sólo en Cristo podemos atrever nos a decir «Padre nuestro». Es Cristo quien nos da el valor de orar con confianza, de él aprendemos a adorar a Dios en espíritu y verdad, y esta adoración tiene valor en tanto en cuanto se une a la suya y se ofrece en su nombre. La oración cristiana tiene como base no sólo la fe en Cristo, sino también su conocimiento.

En la liturgia nuestra oración suele dirigirse al Padre por medio de Cristo nuestro Señor. El, verdadero hombre asume nuestras oraciones y les da el valor de la suya. Pero Jesús es también verdadero Dios, por eso nuestra oración litúrgica comunitaria, y con mayor razón nuestra oración personal, puede dirigirse directamente a él. No se piense que de esta forma se deja relegado al Padre, antes bien, en Cristo se fortifica la unión con Dios en el Espíritu Santo. A Cristo puede ofrecerse un culto latréutico.

En la invocación de la Virgen, de los santos y de los ángeles, la cuestión es distinta. No se trata ya de culto o de adoración, sino de la comunicación que manifiesta nuestra fe en la comunión de los santos. La invocación de los santos vivifica también nuestra unión con Cristo, recordándonos que en él somos una sola familia.


3 Creo en el Espíritu Santo.

La oración específicamente cristiana expresa una fe viva en la Trinidad. Creemos en el Espíritu Santo, dador de vida y que es adorado juntamente con el Padre y con el Hijo. Podemos adorar a Dios en espíritu y en verdad precisamente porque somos hijos de Dios guiados por el Espíritu. «Porque no recibisteis el espíritu de esclavitud para recaer de nuevo en el temor, sino que recibisteis el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar Abba, ¡Padre¡. El mismo Espíritu da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios» (Rom 8,15-16).

Es el Espíritu Santo quien nos da la sabiduría y el gusto de una oración correcta. Nos hace vigilantes en la espera del Señor y atentos a los signos de los tiempos que son los signos de la presencia de Dios. Y así se hace posible gracias al Espíritu la oración, que es integración entre fe y vida.


III Oración: presencia y escucha de Dios.

Dios esta siempre presente, pero esta presencia suya es recibida y transforma nuestra vida solo si oramos. Por medio de la oración se cumple la reciprocidad de las conciencias y la presencia recíproca. La presencia divina es fuente de vida y de luz. En la oración tomamos conciencia de ella y nos abrimos a la vida y a la luz. En ella vivimos con intensidad el momento presente, porque encontramos al Señor de la historia en el reconocimiento y en el agradecimiento por cuanto nos ha dado en el pasado y en la espera de la transfiguración final.


1 La iniciativa divina.

En la oración específicamente cristiana se manifiesta una gran conciencia de la iniciativa divina Dios nos ha amado antes de que nosotros existiéramos y nos llama antes de que hayamos dado el mas mínima paso hacia él. Esta iniciativa del Señor la subraya toda nuestra fe. La justificación, es decir, la justicia que nos salva, la paz mesiánica, la reconciliación, todo se concibe como don gratuito e iniciativa de Dios. «Todo viene de Dios, que nos reconcilia con él por medio de Cristo» (2 Cor 5,18). La experiencia mística de los santos se caracteriza por la conciencia de esta iniciativa, y tanto mayor será el progreso de la vida espiritual del hombre cuanto más atento y agradecido esté al don que se le hace.

Sería un error atribuir la iniciativa y el carácter gratuito solamente a los fenómenos sobrenaturales. Para el hombre de oración todas las cosas llevan la marca de la iniciativa divina e invitan a la alabanza, a la gratitud y a la adoración. Dios habla mediante las realidades creadas. Todo ha sido creado en el Verbo todas las obras de Dios son palabras, mensajes, dones e invitaciones para darte gracias y alegrarnos. Sabemos que el acto de admiración ante la belleza de lo creado no puede llamarse oración, no obstante, es indispensable para su desarrollo. De hecho, cuanto mas progresa una persona en la oración, tanto mayor es su admiración por lo creado, porque todo le habla de la grandeza, de la majestad, de la sabiduría y de la bondad de Dios. Todas las cosas son palabras de un Padre que con sus dones nos llama a la solidaridad, a la justicia y a la caridad fraterna. Por ello el cristiano disfruta al contemplar la evolución del mundo, pues todo aparece y se convierte en mensaje mediante el Verbo eterno y con vistas a la encarnación.

«Los cielos narran la gloria de Dios y la obra de sus manos pregona el firmamento» (Sal 19,2). Especialmente la presencia de Dios se manifiesta en el hombre creado a su imagen Dios esta presente en nosotros mismos y en el prójimo como creador, redentor y artífice que lleva adelante, para acabarla, la obra que tan maravillosamente ha comenzado. Esta obra maestra es una invitación a colaborar con él, debemos ser coartifices y correveladores de su amor. Todo hombre esta llamado a convertirse en signo visible, en sacramento de la presencia de Dios, para recordar su activísima presencia e invitar a la alabanza, a la acción de gracias y a la intercesión. La escucha de la palabra de Dios, presente en lo creado y sobre todo en el hombre, se convierte en oración si adoramos y alabamos a Dios, al tiempo que demostramos, frente a toda realidad que nos circunda, la responsabilidad, que constituye una auténtica respuesta al Creador.

La iniciativa mas inaudita del Padre es la encarnación del Verbo eterno en Cristo Jesús. Este Verbo resuena en toda obra creada, en todos los acontecimientos de bondad, de justicia, de belleza y de auténtica alegría. «El Verbo se hizo carne y habitó con nosotros y nosotros vimos su gloria, gloria cual de unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1 14). Esta iniciativa del Padre exige tanto más nuestra gratitud y nuestra adoración cuanto más conscientes somos de nuestra dignidad Dios nos ha amado el primero cuando éramos pecadores, su iniciativa inmerecida imprime un tono preciso a la oración de los fieles, ésta es amor agradecido, amor que debe ser digno de aquel con que Dios nos ha precedido en la encarnación, en la muerte y en la resurrección de Cristo. La presencia del Verbo eterno hecho carne es una gracia y una llamada a imbuir toda idea y toda acción de un amor capaz de corresponder de alguna forma al amor de Dios. Todas las palabras y obras de Dios adquieren esplendor y fuerza atractiva si se consideran con vistas al Verbo encarnado. «Porque por él mismo fueron creadas todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra, lo invisible y lo visible, todo fue creado por él y para él; y el mismo existe antes que todas las cosas y todas en él subsisten» (Col 1,16-17).

Cristo no es solamente la palabra definitiva y completa del Padre —palabra en la que se nos da el significado de toda obra—, sino que también es la respuesta perfecta. En su humanidad, unida al Verbo eterno, Cristo responde en nombre de toda la creación y también en nuestro nombre. Y así se convierte él en gracia para nosotros y en obligación de unirnos a él y de transformar nuestra vida para darle una respuesta auténtica y total, reconocida y solidaria en la salvación, a la medida de su respuesta, que, en la sangre, fue la expresión suprema de la solidaridad.

La oración específicamente cristiana esta marcada por el hecho de que Dios no se expresa nunca con palabras vacías, sino que su palabra es eficaz, es acontecimiento y es obra visible. Así pues, la oración del cristiano jamás puede disociarse de la historia de la salvación y de los acontecimientos sino que debe integrarse como palabra que lleva frutos de caridad, de justicia, de creatividad y de fidelidad.

Una forma de presencia activa de Dios la constituyen los signos de los tiempos (cf. especialmente SC 43, GS 4, UR 4). Para quien no cree y se niega a prestar su propio corazón a la escucha de la palabra, el libro de la historia es un libro sellado y carente de sentido. Mas para el cristiano que conoce a Cristo y reconoce en él al señor de la historia, los acontecimientos históricos se convierten en una palabra poderosa que requiere una respuesta solidaria. Esta dimensión de la vida cristiana queda delineada en el Apocalipsis. «Vi en la mano derecha del que está sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos. Vi un ángel poderoso, que exclamaba con fuerte voz. ¿Quién es digno de abrir el libro y de romper los sellos?» (5,1 2). Y la apertura de los sellos se describe a continuación en términos dramáticos y solemnes «Un cordero en pie, como degollado, tenía siete cuernos y siete ojos (éstos son los Siete Espíritus de Dios, enviados por todo el mundo). Se acerco y tomo el libro de la derecha del que es taba sentado en el trono. Cuando hubo tomado el libro, los cuatro animales y los veinticuatro ancianos se prosternaron delante del cordero, teniendo cada uno en la mano un arpa y copas de oro llenas de perfumes (las oraciones de los santos). Ellos cantaban un cántico nuevo. Tu eres digno de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque has sido degollado y has rescatado para Dios con tu sangre a los hombres de toda tribu, lengua y pueblo y nación. Tu has hecho para nuestro Dios un Reino de Sacerdotes reinando sobre la tierra» (5,6-10). Así pues, cuando el cordero abre los sellos no aparecen cartas escritas, sino acontecimientos de la historia, que manifiestan un significado profundo y ofrecen «las oraciones de los santos».

En la sensibilidad a los signos de los tiempos y en la vida solidaria y responsable radica el carácter propio de los cristianos, reino de sacerdotes. Esta dimensión hace evidente la imposibilidad de que la oración cristiana se reduzca a una simple recitación de formulas. Ante el creyente se abre siempre la perspectiva y el programa del «Padrenuestro». El es vida integración entre fe y vida por la vigilancia frente a los signos de los tiempos y por la prontitud de una respuesta personal y solidaria.


2 El papel de la Sagrada Escritura.

La Sagrada Escritura es palabra de Dios de forma privilegiada. Sin una actitud de disponibilidad a la respuesta, no se la puede meditar ni resulta provechosa. No olvidemos que la Escritura narra la historia de las relaciones de Dios con el género humano y de este género humano —formado de santos, profetas y- pecadores— con Dios. Por eso habla a cuantos permanecen integrados voluntariamente en esta historia y están dispuestos a ser coagentes de la misma junto con Cristo y con los santos

El estudio científico de la Escritura presta un servicio precioso a la misma oración y a una vida inspirada en ella, porque ayuda a comprender la dinámica de la historia de la salvación y las circunstancias concretas en las que Dios habla y solicita una respuesta existencial y orante. Quien lee la Biblia esperando únicamente recibir consuelo de ella sin estar dispuesto a corresponderle como coautor de la historia salvífica, quebranta la dinámica de la palabra divina y ve esfumarse su propia meta. Pero tampoco el que estudia el texto sagrado con actitud crítica sin espíritu de oración se encuentra en la longitud de onda que permite captar su auténtico significado.

Todos, al menos una vez en nuestra vida deberíamos sentir la exigencia de leer la Biblia entera con especial atención, porque ella nos enseña a escuchar y a responder con toda nuestra vida Entonces sería para nosotros lo que debe ser una escuela de oración. No todas las oraciones del Antiguo Testamento representan para el cristiano una respuesta adecuada a Dios. La situación del Antiguo Testamento es distinta de la nuestra. Algunas de aquellas oraciones muestran todavía la penumbra de la época de la espera. Pero la imperfección misma de aquellos sentimientos debe transformarse en motivo de gratitud por el don de la luz que hemos recibido en Cristo. Y no se olvide que aquella imperfección refleja la lenta trayectoria de la conversión de cada hombre, incluso del hombre de hoy. El hecho de que nuestra imperfección pueda compararse de alguna forma con la de los santos del Antiguo Testamento, debe ser motivo de confusión y de humilde propósito ante la gracia superabundante de Cristo, debemos aprender a orar como Cristo nos ha enseñado y como los grandes santos de la nueva alianza lo han experimentado. Antes de leer la Escritura pongámonos en presencia de Dios con plena conciencia y recordemos que por medio de ella quiere el Señor hablarnos e invitarnos a dar una respuesta en todas las circunstancias en que se encuentre nuestra vida. Si no reflexionamos sobre el significado de la palabra que nos es dirigida y sobre las exigencias que implica para nuestra vida no es una lectura y es cucha auténticas.


3 El papel de la comunidad de fe.

El creyente no parte de cero en su oración Es siempre un ser que ha renacido en la comunidad de fe, de esperanza, de amor y de alabanza de Dios. También ésta es una iniciativa gratuita de Dios, una invitación al reconocimiento y a la docilidad. A la comunidad nos unimos en la escucha de la palabra de Dios en la búsqueda de los signos de los tiempos, en la respuesta cultual y existencial. Tanto mas eficaz será para nosotros el apoyo de la comunidad cuanto más dispuestos estemos a dar nuestra aportación a su vida de fe y de compromiso total y a su culto, recordando que en la comunidad se manifiesta para nosotros la plena comunión de los santos. Esta comunión no se olvida precisamente en la eventualidad de que la comunidad visible se manifieste como comunidad débil y pecadora.

La conciencia de la unión con todos los santos aumenta nuestra confianza en la oración y al mismo tiempo nos impele a la solidaridad tanto en la oración como en la vida. La gratitud por la intercesión de los santos será una razón para interceder por todos los hombres.


4 El papel del pobre.

En la tradición profética la oración es un descubrimiento de la palabra que Dios dirige mediante el pobre. La acogida humilde agradecida y generosa del pobre es un progreso en el conocimiento de Dios y en la verdadera oración.

El hombre imagen de Dios, nos revé la el rostro divino si nos acercamos al prójimo con un amor generoso y desinteresado. Si aceptamos al otro esperando de el una posible recompensa, no se dará verdadera trascendencia del yo hacia el otro. En cambio, si servimos humildemente al pobre reconociendo su derecho a nuestra solidaridad en su dignidad y en su miseria, entonces escuchamos verdaderamente la voz de Dios, la cual procede tanto de lo alto como de lo bajo. Este es uno de los pensamientos centrales de la filosofía y de la teología de Manuel Levinas «El otro que en tanto otro se sitúa en una dimensión de altura y de abatimiento —glorioso abatimiento—, tiene la cara del pobre, del extranjero, de la viuda y del huérfano y, a la vez, del Señor llamado a investir y a justificar mi libertad».

Quien reconoce en el pobre la dignidad y el derecho de ser amado y ayudado supera el propio yo y se hace persona en diálogo, mientras el otro se formula la invitación mas gloriosa y urgente a responder. Respondiendo de esta forma al pobre se responde a Dios y se llega a un conocimiento mas profundo de la trascendencia divina, condición necesaria para una oración especificamente cristiana. Y es sumamente conveniente que recordemos siempre que esta oración es posible a todo hombre de buena voluntad


IV La centralidad de la Eucaristía.

Lo que hemos dicho hasta aquí sobre la oración específicamente cristiana, encuentra su punto central en la eucaristía. En ella adoramos al Padre en Cristo con Cristo y por Cristo en ella recibimos el don del Espíritu que al mismo tiempo nos hace capaces de acoger tal don supremo y de transformar nos nosotros mismos en don. La eucaristía es el centro del culto de la Iglesia, ella crea siempre de nuevo la comunión de fe, de esperanza, de caridad y de adoración en espíritu y verdad.


1 Dar gracias siempre y en todo lugar.

Eucaristía significa acción de gracias Jesús tomando el cáliz de la salvación aceptando su suprema vocación de Sumo Sacerdote y de víctima, «dio gracias». Al celebrar la eucaristía entramos en la misma dimensión. Toda perversión y alienación entró en el mundo porque el género humano no quiso dar gracias y se negó a honrar a Dios como Dios. «Ellos son inexcusables, porque habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, se oscureció su insensato corazón» (Rom 1 21). En la acción de gracias y en la adoración en espíritu y verdad ofrecida por Jesucristo al Padre se cumple nuestra redención. Entrando en esta dimensión de gratitud, el hombre se hace participe de la redención y coartífice con Cristo.

Es fácil advertir la dimensión eucarística en todas las partes de la misa y su manifestación en todos los momentos de la vida y de la oración de los fieles.

El rito penitencial del comienzo y sus evocaciones durante la misa son una confesión de alabanza, un alabar al Señor porque es bueno. Podemos recordar nuestros pecados sin desesperación ni frustración, porque conocemos al Redentor y reconciliador, porque sabemos que estamos redimidos y reconociendo esta redención obtendremos la liberación del egoísmo.

Durante la misa ofrecemos oraciones, suplicas e intercesiones en espíritu de gratitud (cf. Flp 4,6), conscientes de que van unidas a las de Cristo y de los santos.

Al escuchar la palabra de Dios, respondemos «Damos gracias a Dios», o bien «Gloria a ti Señor». No es posible recibir la bendición de la palabra de Dios sin escucharla y acogerla con espíritu de gratitud.

La profesión de fe en la recepción gozosa y grata de la buena nueva transforma la vida en una fe agradecida que da fruto en la caridad y la justicia.

En el ofertorio afirmamos que todo lo que somos y lo que poseemos es don de Dios. Este don tiene una dimensión social, y a él debe asociarse el hombre en el servicio del reino de Dios y del prójimo, y solamente entregándose en respuesta a Dios puede gozar de su presencia.

Con estas disposiciones podemos entrar en la gran oración eucarística que nos muestra como vía de salvación el dar gracias siempre y en todo lugar. En la proclamación de la muerte y de la resurrección del Señor se profundiza la fe en la redención del sufrimiento y de la muerte. La acción de gracias debe estar, por tanto presente en el momento del sufrimiento y de la muerte unidos al sufrimiento y la muerte de Cristo para alabanza del Padre.


2 Oración y sacrificio de sí mismo.

Cristo se hace presente y se entrega en la eucaristía. Ungido por el Espíritu Santo, se entrego para gloria del Padre y por la salvación de los hombres en toda su vida, y de forma particular en el momento de la muerte Cristo resucitado esta presente en el poder del Espíritu Santo y continua dándose y enviando este mismo Espíritu a los hombres para que sepan entregarse a la gloria de Dios Padre en el servicio del prójimo. Tan sólo de esta forma el hombre participa verdaderamente en el sacrificio eucarístico y recibe la comunión que permite a Cristo continuar su obra salvífica en él y por su medio. También así aceptamos nosotros nuestra misión maravillosa ser mensajeros de paz y de reconciliación.


3 La Eucaristía oración y evangelización.

La eucaristía es acción de gracias que responde a la proclamación solemne y central del mensaje evangélico. Si los fieles y los sacerdotes supieran celebrar y vivir el memorial de la muerte y resurrección de Cristo, su vida se transformaría bajo todos los aspectos en testimonio gozoso y agradecido de la salvación. Será, por tanto, la celebración eucarística lo que decida el porvenir de la evangelización.

A la Iglesia se le ha prometido, precisamente con vistas a la evangelización, la presencia particular y la asistencia del Señor. Esta presencia tiene su punto culminante en la eucaristía, en una comunidad que da gracias por el Evangelio y que vive en él hasta el punto de hacer de sus miembros un evangelio viviente. No habrá nunca una crisis peligrosa para las vocaciones sacerdotales y religiosas cuando se sepa celebrar la eucaristía, proclamar el Evangelio y responder con gratitud, quien vive de esta forma sabe que la consagración al servicio de la buena nueva es uno de los dones más grandes de Dios.


4 El papel de los demás sacramentos.

Referidos a la eucaristía, también los demás sacramentos son esenciales para la oración específicamente cristiana. Los sacramentos son proclamación de la buena nueva en una forma muy concreta y en un ambiente cultual. Son una intercesión en la comunión de los santos. Son oración de suplica expresa da ante los signos de la promesa. Son puntos de encuentro entre la palabra de Dios que toca y transforma al hombre y su respuesta con Cristo en la comunidad de fe.

En el bautismo el Padre, que proclamó hijo suyo a Cristo en el bautismo del Jordán, nos llama solemnemente para ser hijos suyos en Cristo. Confirmados por la palabra sacramental podemos atrevernos a llamar con la misma confianza «Padre nuestro» al Dios omnipotente. La inserción en el cuerpo místico de Cristo no nos permite olvidar la solidaridad que caracteriza a nuestra vida, por ello siempre debemos decir explícita o implícitamente «Padre nuestro». En el bautismo celebramos precisamente aquello que Cristo recibía en la sangre de la alianza nueva y eterna. De esta forma la oración, que se apoya en él, nos dirige constantemente hacia la eucaristía celebración central y culminante de la nueva y eterna alianza que une entre si a todos los bautizados.

En el santo crisma recibimos el sello del Espíritu Santo. La oración específicamente cristiana se expresa en el credo. «Creemos en el Espíritu Santo». La tercera persona de la Trinidad es un don personal. La oración que corresponde a este don superabundante es sobre todo la oración de acción de gracias y de alabanza. Esta espiritualidad encuentra su traducción concreta en el descubrimiento del bien en nosotros y en los demás en el reciproco reconocimiento que nutre a la oración de alabanza y de acción de gracias.

La celebración del sacramento de la reconciliación nos prepara a gozar de la comunión. Quien ha cometido un pecado mortal no puede ser digno de celebrar la eucaristía sin haber gozado antes del perdón y de la reconciliación de Dios. Pero aun en el caso de que un cristiano no cometa normalmente pecados que provoquen la muerte no por esto debe olvidarse del sacramento de la reconciliación, ha de celebrarlo como confesión de alabanza y de acción de gracias. Celebrar este sacramento —y así lo subraya el nuevo rito— significa orar tanto por parte del sacerdote como por parte del penitente en un dialogo que nos abre a nuevas dimensiones personales y sociales. El sacerdote alaba y adora la misericordia divina mientras proclama en la absolución y en el dialogo de fe el don de la paz. La recepción de este don por parte del pecador no puede dejar de expresarse en alabanza y acción de gracias.

La ordenación sacerdotal es especialmente una efusión del Espíritu para que el ordenado tenga un recuerdo reconocido y pueda celebrar y vivir cada vez mas dignamente la eucaristía, con una vida que la refleja de continuo. La vocación sacerdotal es en primer lugar una vocación a ser hombre y maestro de oración para que todo el pueblo sacerdotal de Dios pueda llegar a la adoración en espíritu y verdad.

El matrimonio entre cristianos es sacramento de forma distinta, porque los esposos reciben la certeza de la presencia de Cristo siempre que están unidos en su nombre. «Porque así como Dios antiguamente se adelantó a unirse a su pueblo por una alianza de amor y de fidelidad así ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio. Además permanece con ellos para que los esposos con su mutua entrega se amen con perpetua fidelidad, como él mismo amó a la Iglesia y se entrego por ella» (GS 48). El recuerdo agradecido que honra la presencia eficaz de Cristo une a los esposos, a los padres y a los hijos de tal forma que cada vez los hace mas conscientes de Dios y mas abiertos entre si. Es, por lo tanto, fundamental la oración de la familia. Compete a los padres iniciar a los hijos en la oración que es integración entre la fe y la vida.


V Tradición sacerdotal y tradición profética.


1 El papel del sacerdote.

El sacerdote participa de la misión profética de Cristo sumo sacerdote. Se define como hombre de oración adorador de Dios en espíritu y verdad, hombre espiritual que puede proclamar el misterio de la salvación en el culto y en la vida, maestro de oración específicamente cristiana.

Quien haya penetrado en el sentido de la precedente reflexión sobre el carácter central de la eucaristía y de los sacramentos, podrá comprender fácilmente el carácter central del papel sacerdotal para que todos los creyentes sepan vivir una oración auténtica y sepan qué es una oración autentica. Por ello creo que los seminarios deberían tener como misión primordial la de ser una escuela de oración, de forma que los sacerdotes puedan siempre vivir en ella como hermanos y testigos visibles de su misión solidaria de promover el espíritu y la práctica de la oración.


2 Las desviaciones del sacerdotalismo.

Ya en el Antiguo Testamento y en la misma historia de la Iglesia, se puede ver con frecuencia una típica desviación, el sacerdotalismo. No se trata, evidentemente, aquí de lo que es nota característica en el sacerdote que participa del sacerdocio profético de Cristo. Se trata, por el contrario de aquellos que no son hombres plena mente espirituales o que, reunidos en grupo, se consideran como clase privilegiada y tienden a mantener a los laicos en una posición subordinada como seres inmaduros, provocando así una grave desviación de la oración. En estas situaciones es fácil encontrar sacerdotes muy escrupulosos en la observancia de las rúbricas más minuciosas (que en el pasado se habían multiplicado de forma impresionante y estaban respaldadas por penas exageradas) o en la pronunciación de ciertas palabras, mientras que se olvidan de la misión principal la adoración de Dios en espíritu y verdad. Esta desviación tiene como consecuencia el reducir la oración a una recitación sin contacto con las alegrías, las esperanzas, las angustias y los sufrimientos de los seres humanos De esta forma viene a faltar una de las notas esenciales, cual es la integración entre fe y vida.

Precisamente en esta decadencia verdadera desintegración— se manifiesta la fuerza del pecado original, es decir, de la sarx (como llamaba Pablo al egoísmo encarnado y a la tendencia decadente del hombre). Allí donde falta la espontaneidad y la creatividad en la oración, la «carne» toma la delantera. Este sacerdotalismo tendencia de la clase sacerdotal demasiado preocupada por su propia superioridad, comprueba la verdad de las afirmaciones de Pablo. “No es que seamos capaces por nosotros mismos de pensar algo como proveniente de nosotros, pues nuestra capacidad viene de Dios, que nos ha capacitado para ser ministros de la Nueva Alianza, no de la letra, sino del Espíritu, pues la letra mata, pero el Espíritu da vida» (2 Cor 3,5 6)


3 La tradición profética.

Contra la degeneración sacerdotalista, Dios en su misericordia envió a los profetas. También había entre ellos sacerdotes, pero no eran mayoría. Cristo es el profeta. Y no pertenece a la clase sacerdotal. La oración profética brilla por la integración de la fe en la vida. Todo su ser se expresa ante Dios en la aceptación. «Aquí estoy, Señor llámame, aquí estoy, envíame».

Modelo de sacerdote y de todos los miembros del pueblo sacerdotal de Dios lo es siempre Cristo, profeta, el adorador del Padre en espíritu y verdad. Jesús nos enseña la síntesis entre oración y vigilancia entre amor de Dios y del prójimo.

Debemos estar reconocidos y agradecidos por la bondad de Dios, que continúa mandando profetas, hombres y mujeres que se distinguen por su espontaneidad y por la creatividad de su oración, por el sentido del presente, por la meditación orante. Allí donde se vive la tradición profética no existe el penoso complejo de inseguridad. La oración profética es el distintivo del pueblo de Dios peregrinante, que camina tras el Señor de la historia. Sobre todo en tiempo de profundas transformaciones culturales y sociales, debemos recurrir a Cristo como profeta y comprobar nuestra continuidad con la historia profética de la Iglesia.


VI Las devociones.

Sería una pérdida el olvidarnos de las devociones que la piedad popular ha hecho tradicionales. En ellas, si se celebran con espíritu adecuado, se encuentra la riqueza de la oración.

Para un católico contará siempre con su estima la visita al Santísimo Sacramento. La renovación litúrgica nos ha hecho mas conscientes del carácter central de la misma celebración eucarística, en la que no deberá faltar la comunión. Pero esto no ha de ser motivo para que olvidemos la visita al Santísimo Sacramento. La presencia humilde y continua de Cristo en el tabernáculo, siempre dispuesto a recibir y visitar a los enfermos, podrá refrescar nuestra memoria agradecida. La mera presencia ante aquel que se queda con nosotros puede traernos paz, alegría y muchas veces un gran entusiasmo, que se expresa en la oración afectiva. La visita al Santísimo Sacramento es una continuación contemplativa de la celebración eucarística y nos prepara a la siguiente. Del mismo modo debe estimarse la bendición eucarística, en ella alabamos la encarnación, la muerte y la resurrección de Cristo en espera de su venida fuente de toda bendición.

Desde los tiempos de san Francisco, el vía crucis ha dado frutos abundantes en la vida de muchos cristianos. Es una devoción fácil y atractiva, que radica también de forma contemplativa en la celebración eucarística.

Entre las devociones más agradables de los cristianos —especialmente de los católicos y de los ortodoxos— se cuenta la veneración de la Virgen María mediante la meditación o el canto del Magníficat, oración magistral de María, reina de los profetas. También el rosario, si se lo recita meditando verdaderamente los misterios principales de nuestra salvación patentiza su relación con la eucaristía. Pero es importante que no sea una recitación mecánica de padrenuestros y avemarías. Debe haber tiempo suficiente para leer el relato evangélico del misterio y tiempo suficiente para la meditación y la oración espontánea, que nos lleven a la recitación recogida de las fórmulas tradicionales de oración. El Vat. II afirma: «La participación en la sagrada liturgia no abarca toda la vida espiritual. En efecto, el cristiano, llamado a orar en común, debe, no obstante, entrar también en su cuarto para orar al Padre en secreto; más aún, debe orar sin tregua, según enseña el Apóstol» (SC 12). Además, el concilio añade normas directivas para la profundización y la renovación de todas las devociones y de los ejercicios piadosos: «Se recomiendan encarecidamente los ejercicios piadosos del pueblo cristiano, con tal que sean conformes a las leyes y a las normas de la Iglesia… Ahora bien, es preciso que estos mismos ejercicios se organicen teniendo en cuenta los tiempos litúrgicos, de modo que vayan de acuerdo con la sagrada liturgia, en cierto modo deriven de ella y a ella conduzcan al pueblo, ya que la liturgia por su naturaleza está muy por encima de ellos» (SC 13).

B. Häring

Lectio sáb, 30 nov, 2019

Lucas 21,34-36

1) Oración inicial

Mueve, Señor, los corazones de tus hijos, para que, correspondiendo generosamente a tu gracia, reciban con mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 21,34-36

«Cuidad que no se emboten vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza, logréis escapar y podáis manteneros en pie delante del Hijo del hombre.»

3) Reflexión

• Estamos llegando al final del largo discurso apocalíptico y también al final del año litúrgico. Jesús da un último consejo convocándonos a la vigilancia (Lc 21,34-35) y a la oración (Lc 21,36).
• Lucas 21,34-35: Cuidado para no perder la conciencia crítica. “Cuidad que no se emboten vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra”. Un consejo similar Jesús lo había dado ya cuando le preguntaron sobre la llegada del Reino (Lc 17,20-21). El responde que la llegada del Reino acontece como un relámpago. Viene de repente, sin previo aviso. Las personas han de estar atentas y preparadas, siempre (Lc 17,22-27). Cuando la espera es larga, corremos el peligro de quedar desatentos y no prestar más atención a los acontecimientos “los corazones se embotan por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida”. Hoy, las muchas distracciones nos vuelven insensibles y la propaganda puede hasta pervertir en nosotros el sentido de la vida. Ajenos a los sufrimientos de tanta gente del mundo, no percibimos las injusticias que se cometen.
• Lucas 21,36: La oración como fuente de conciencia crítica y de esperanza. “Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza, logréis escapar y podáis manteneros en pie delante del Hijo del hombre. . La oración constante es un medio muy importante para no perder la presencia de espíritu. La oración nos ayuda a profundizar en nosotros la conciencia de la presencia de Dios en medio de nosotros y, así, sacar fuerza y luz para aguantar los malos días y crecer en la esperanza.
• Resumen del Discurso Apocalíptico (Lc 21,5-36). Hemos pasado cinco días, desde el martes hasta hoy sábado, meditando y profundizando sobre el significado del Discurso Apocalíptico para nuestras vidas. Los tres evangelios sinópticos traen este discurso de Jesús, cada uno a su manera. Vamos a ver de cerca la versión que nos ofrece el evangelio de Lucas. He aquí un breve resumen de lo que meditamos esos cinco días.
Todo el Discurso Apocalíptico es un intento para ayudar a las comunidades perseguidas a situarse dentro del conjunto del plan de Dios y así tener esperanza y valor para seguir firme por el camino. En el caso del Discurso Apocalíptico del evangelio de Lucas, las comunidades perseguidas vivían en el año 85. Jesús hablaba en el año 33. Su discurso describe las etapas o las señales o de la realización del plan de Dios. En todo son 8 señales o periodos desde Jesús hasta el final de los tiempos. Leyendo e interpretando su vida a la luz de las señales dadas por Jesús, las comunidades descubrían en qué medida estaban realizando el plan. Las siete primeras señales habían acontecido ya. Pertenecían todas al pasado. Pero sobre todo en la 6ª y en la 7ª señal (persecución y destrucción de Jerusalén) las comunidades encuentran la imagen o el espejo de lo que estaba ocurriendo en el presente. He aquí las siete señales:
Introducción al Discurso (Lc 21,5-7)
1a señal: los falsos mesías (Lc 21,8);
2a señal: guerras y revoluciones (Lc 21,9);
3a señal: nación contra otra nación, un reino contra otro reino, (Lc 21,10);
4a señal: terremotos en varios lugares (Lc 21,11);
5a señal: hambre, peste y señales en el cielo (Lc 21,11);
6ª señal: la persecución de los cristianos y la misión que deben realizar (Lc 21,12-19) + Misión
7ª señal: la destrucción de Jerusalén (Lc 21,20-24)
Al llegar a esta última señal, las comunidades concluyen: “Estamos en la 6ª y en la 7ª señal”. Y aquí viene la pregunta más importante: “¿Cuánto falta para que llegue el fin?” A aquel que está siendo perseguido no le importa el futuro distinto, quiere saber si estará vivo el día siguiente o si tendrá la fuerza para aguantar la persecución hasta el día siguiente. La respuesta a esta pregunta inquietante la tenemos en la octava señal:
8ª señal: cambios en el sol y en la luna (Lc 21,25-26) que anuncian la llegada del Hijo del Hombre. (Lc 21,27-28).
Conclusión: falta poco, todo está conforme con el plan de Dios, todo es dolor de parto, Dios está con nosotros. Nos da fuerza para aguantar. Vamos a testimoniar la Buena Noticia de Dios traída por Jesús.
En definitiva, Jesús confirma todo con su autoridad (Lc 21,29-33).

4) Para la reflexión personal

• Jesús pide vigilancia para que no seamos sorprendidos por los hechos. ¿Cómo vivo este consejo de Jesús?
• La última petición de Jesús al final del año litúrgico es ésta: Estad en vela, orando en todo tiempo. ¿Cómo vivo este consejo de Jesús en mi vida?

5) Oración final

un gran Dios es Yahvé,
Rey grande sobre todos los dioses;
él sostiene las honduras de la tierra,
suyas son las cumbres de los montes;
suyo el mar, que él mismo hizo,
la tierra firme que formaron sus manos. 
(Sal 95,3-5)

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Lectio vie, 29 nov, 2019

Lucas 21,29-33

1) Oración inicial

Mueve, Señor, los corazones de tus hijos, para que, correspondiendo generosamente a tu gracia, reciban con mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 21,29-33

Les añadió una parábola: «Mirad la higuera y todos los demás árboles. Cuando veis que echan brotes, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos trae las recomendaciones finales del Discurso Apocalíptico. Jesús insiste en dos puntos: (a) en la atención que hay que dar a los signos de los tiempos (Lc 21,29-31) y (b) en la esperanza, fundada en la firmeza de la palabra de Jesús, que expulsa el miedo y la desesperanza (Lc 21,32-33)..
• Lucas 21,29-31: Mirad la higuera y todos los árboles. Jesús manda mirar la naturaleza: «Mirad la higuera y todos los demás árboles. Cuando veis que echan brotes, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que el Reino de Dios está cerca” Jesús pide que la gente contemple los fenómenos de la naturaleza para aprender de ellos cómo leer e interpretar las cosas que están aconteciendo en el mundo. Los brotes en la higuera son una señal evidente de que el verano está llegando. Así también aquellas siete señales son la prueba de que “¡el Reino de Dios está cerca!” Hacer este discernimiento no es fácil. Una persona sola no se da cuenta del mensaje. Es reflexionando juntos en comunidad que la luz aparece. Y la luz es ésta: experimentar en todo lo que acontece una llamada a no encerrarse en el momento presente, sino mantener el horizonte abierto y percibir en todo una flecha que apunta más allá, hacia el futuro. Pero la hora exacta de la llegada del Reino nadie la sabe. En el evangelio de Marcos, Jesús llega a decir: «Cuanto a ese día o a esa hora, nadie la conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.» (Mc 13,32).
• Lucas 21,32-33: “Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. Esta palabra de Jesús evoca la profecía de Isaías que decía: «Toda carne es hierba y toda su gloria como flor del campo. Sécase la hierba, marchítase la flor cuando pase sobre ella el soplo de Yahvé. Sécase la hierba, marchítase la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre” (Is 40,7-8). La palabra de Jesús es la fuente de nuestra esperanza. ¡Lo que dice acaecerá!
• La venida del Mesías y el fin del mundo. Hoy mucha gente vive preocupada con el fin del mundo. Algunos se basan en una lectura errada y fundamentalista del Apocalipsis de Juan, y llegan a calcular la fecha exacta del fin del mundo. En el pasado, a partir de los “mil años” mencionados en el Apocalipsis (Ap 20,7), la gente solía repetir: “¡El año 1000 pasó, pero el 2000 no pasará!” Por esto, en la medida en que se iba acercando el año 2000, muchos quedaban preocupados. Hubo hasta gente que, angustiada con la llegada del fin del mundo, llegó a suicidarse. Pero en año 2000 pasó y nada aconteció. ¡El fin del mundo no llegó! La misma problemática estaba viva en las comunidades cristianas de los primeros siglos. Ellas vivían en la expectativa de la venida inminente de Jesús. Jesús vendría a realizar el Juicio Final para terminar con la historia injusta del mundo acá abajo e inaugura una nueva fase de la historia, la fase definitiva del Nuevo Cielo y de la Nueva Tierra. Pensaban que esto ocurriría dentro de una o dos generaciones. Mucha gente estaría con vida todavía cuando Jesús iba a aparecer glorioso en el cielo (1Ts 4,16-17; Mc 9,1). Y había hasta personas que habían dejado de trabajar, porque pensaban que la venida fuera cosa de pocos días o de semanas (2Tes 2,1-3; 3,11). Así pensaban. Pero hasta ahora, la venida de Jesús ¡todavía no ha ocurrido! ¿Cómo entender esta demora? En las calles de la ciudad, la gente ve pintadas en las paredes las palabras ¡Jesús volverá! ¿Viene o no viene? ¿Y cómo será su venida? Muchas veces la afirmación “Jesús volverá” es usada para dar miedo a las personas y obligarlas a ir a una determinada iglesia.
En el Nuevo Testamento, el retorno de Jesús es siempre motivo de alegría y de paz. Para los explotados y oprimidos, la venida de Jesús es una Buena Noticia. ¿Cuándo vendrá? Entre los judíos, las opiniones eran muy variadas. Los saduceos y los herodianos decían: “¡Los tiempos mesiánicos llegaron ya!” Pensaban que su bienestar durante el gobierno de Herodes fuera expresión del Reino de Dios. Por esto, no querían cambio y estaban en contra de la predicación de Jesús que convocaba a la gente para cambiar y convertirse. Los fariseos decían: “¡La llegada del Reino va a depender de nuestro esfuerzo en la observancia de la ley!” Los esenios decían: “El Reino prometido llegará sólo cuando hayamos purificado el país de todas las impurezas”. Entre los cristianos había la misma variedad de opiniones. Algunos de la comunidad de Tesalónica en Grecia, apoyándose en la predicación de Pablo, decían: “¡Jesús volverá!” (1 Tes 4,13-18; 2 Tes 2,2). Pablo responde que no era tan simple como se lo imaginaban. Y a los que habían dejado de trabajar decía: “¡Quien no quiere trabajar, que no coma!” (2Tes 3,10). Probablemente se trataba de gente que a la hora del almuerzo iba a mendigar comida a casa del vecino. Los cristianos opinaban que Jesús volvería después que el evangelio fuera anunciado al mundo entero (Hechos 1,6-11). Y pensaban que cuanto mayor fuera el esfuerzo de evangelizar, más rápidamente vendría el fin del mundo. Otros, cansados de esperar, decían: “¡No volverá!” (2 Pd 3,4). Otros basándose en las palabras de Jesús, decían con acierto: “¡Ya está en medio de nosotros!” (Mt 25,40).
Hoy pasa lo mismo. Hay gente que dice: “Como van las cosas, está bien tanto en la Iglesia como en la sociedad”. No quieren cambios. Otros esperan el retorno inmediato de Jesús. Otros piensan que Jesús volverá por medio de nuestro trabajo y anuncio. Para nosotros, Jesús está en medio de nosotros (Mt 28,20). El ya está de nuestro lado en la lucha por la justicia, por la paz, por la vida. Pero la plenitud no ha llegado todavía. Por esto, esperamos con firme esperanza la liberación total de la humanidad y de la naturaleza (Rom 8,22-25).

4) Para la reflexión personal

• Jesús pide que miremos la higuera, para contemplar los fenómenos de la naturaleza. En mi vida ¿aprendí alguna cosa contemplando la naturaleza?
• Jesús dijo: “El cielo y la tierra pasarán, pero mi palabra no pasará”. ¿Cómo encarno estas palabras de Jesús en mi vida?

5) Oración final

Señor, dichosos los que moran en tu casa
y pueden alabarte siempre;
dichoso el que saca de ti fuerzas
cuando piensa en las subidas. (Sal 84,5-6)

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Lectio jue, 28 nov, 2019

Lucas 21,20-28

1) Oración inicial

Mueve, Señor, los corazones de tus hijos, para que, correspondiendo generosamente a tu gracia, reciban con mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 21,20-28

«Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed entonces que se acerca su desolación. Entonces, los que estén en Judea que huyan a los montes; los que estén en medio de la ciudad que se alejen; y los que estén en los campos que no entren en ella; porque éstos son días de venganza en los que se cumplirá todo cuanto está escrito. ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! «Habrá, en efecto, una gran calamidad sobre la tierra y cólera contra este pueblo. Caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que el tiempo de los gentiles llegue a su cumplimiento. «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de la gente, trastornada por el estruendo del mar y de las olas. Los hombres se quedarán sin aliento por el terror y la ansiedad ante las cosas que se abatirán sobre el mundo, porque las fuerzas de los cielos se tambalearán. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación.»

3) Reflexión

• En el evangelio de hoy sigue el Discurso Apocalíptico con más señales, la 7ª y la 8a, que debían de acontecer antes de la llegada del fin de los tiempos o mejor antes de la llegada del fin de este mundo para dar lugar al nuevo mundo, al “cielo nuevo y a la tierra nueva” (Is 65,17). La séptima señal es la destrucción de Jerusalén y la octava es los cambios en la antigua creación.
• Lucas 21,20-24. La séptima señal: la destrucción de Jerusalén. Jerusalén era para ellos la Ciudad Eterna. Y ahora ¡estaba destruida! ¿Cómo explicar este hecho? ¿Dios no tiene en cuenta el mensaje? Es difícil para nosotros imaginarnos el trauma y la crisis de fe que la destrucción de Jerusalén causó en las comunidades de tantos judíos y cristianos. Cabe aquí una breve observación sobre la composición de los Evangelios de Lucas y de Marcos. Lucas escribe en el año 85. Se sirve del evangelio de Marcos para componer su narrativa sobre Jesús. Marcos escribe en el año 70, el mismo año en que Jerusalén estaba siendo cercada y destruida por los ejércitos romanos. Por esto, Marcos escribió dando una cita al lector: “Cuando vierais la abominable desolación instalada donde no debe – el que lee entienda – entonces los que estén en Judea huyan a los montes” (Mc 13,14). Cuando Lucas menciona la destrucción de Jerusalén, Jerusalén estaba en ruinas desde hace quince años. Por esto él omite el paréntesis de Marcos. Lucas dice: «Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed entonces que se acerca su desolación. Entonces, los que estén en Judea que huyan a los montes; los que estén en medio de la ciudad que se alejen; y los que estén en los campos que no entren en ella; porque éstos son días de venganza en los que se cumplirá todo cuanto está escrito. ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Habrá, en efecto, una gran calamidad sobre la tierra y cólera contra este pueblo. Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que el tiempo de los gentiles llegue a su cumplimiento”. Al oír a Jesús que anunciaba la persecución (6ª señal) y la destrucción de Jerusalén (7ª señal), los lectores de las comunidades perseguidas del tiempo de Lucas concluían: “Este es nuestro hoy. ¡Estamos en la 6ª señal!”
• Lucas 21,25-26: La octava señal: mudanzas en el sol y en la luna. ¿Cuándo será el fin? Al final después de haber oído hablar de todas estas señales que ya habían acontecido, quedaba en pie la pregunta: “El proyecto de Dios avanza mucho y las etapas previstas por Jesús se realizaron ya. Ahora estamos en la sexta y en la séptima etapa. ¿Cuántas etapas o señales faltan hasta que llegue el fin? ¿Falta mucho?” La respuesta viene ahora en la 8ª señal: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de la gente, trastornada por el estruendo del mar y de las olas. Los hombres se quedarán sin aliento por el terror y la ansiedad ante las cosas que se abatirán sobre el mundo, porque las fuerzas de los cielos se tambalearán”. La 8ª señal es diferente de las otras señales. Las señales en el cielo y en la tierra son una muestra de lo que está llegando, al mismo tiempo, el fin del viejo mundo, de la antigua creación y el comienzo de la llegada del cielo nueva y de la tierra nueva. Cuando la cáscara del huevo empieza a rasgarse es señal de que lo nuevo está apareciendo. Es la llegada del Mundo Nuevo que está provocando la desintegración del mundo antiguo. Conclusión: ¡falta muy poco! El Reino de Dios está llegando.
• Lucas 21,27-28: La llegada del Reino de Dios y la aparición del Hijo del Hombre. “Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación.” En este anuncio, Jesús describe la llegada del Reino con imágenes sacadas de la profecía de Daniel (Dan 7,1-14). Daniel dice que, después de las desgracias causadas por los reinos de este mundo, vendrá el Reino de Dios. Los reinos de este mundo, todos ellos, tienen figura de animal: león, oso, pantera y bestias salvajes (Dn 7,3-7). Son reinos animales, deshumanizan la vida, como acontece con ¡el reino neoliberal hasta hoy! El Reino de Dios, pues, aparece como un aspecto del Hijo del Hombre, esto es, con un aspecto humano de gente (Dn 7,13). Es un reino humano. Construir este reino que humaniza, es tarea de la gente de las comunidades. Es la nueva historia que debemos realizar y que debe reunir a la gente de los cuatro lados del mundo. El título Hijo del Hombre es el nombre que a Jesús le gustaba usar. Solamente en los cuatro evangelios, este nombre aparece más de 80 (ochenta) veces. Todo dolor que soportamos desde ahora, toda la lucha a favor de la vida, toda la persecución por causa de la justicia, todo el dolor de parto, es semilla del Reino que va a llegar en la 8ª señal.

4) Para la reflexión personal

• Persecución de las comunidades. Destrucción de Jerusalén. Desesperación. Ante los acontecimientos que hoy hacen sufrir a la gente ¿me desespero? ¿Cuál es la fuente de mi esperanza?
• Hijo de Hombre es el título que Jesús gustaba usar. El quería humanizar la vida. Cuanto más humano, más divino, decía el Papa León Magno. En mi relación con los demás, ¿soy humano?

5) Oración final

Bueno es Yahvé y eterno su amor,
su lealtad perdura de edad en edad. (Sal 100,5)

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Lectio mié, 27 nov, 2019

Lucas 21,12-19

1) Oración inicial

Mueve, Señor, los corazones de tus hijos, para que, correspondiendo generosamente a tu gracia, reciban con mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 21,12-19

«Pero, antes de todo esto, os echarán mano y os perseguirán, os entregarán a las sinagogas y cárceles y os llevarán ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio. Proponed, pues, en vuestro corazón no preparar la defensa, porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros. Todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

3) Reflexión

• En el evangelio de hoy, que es la continuación del discurso iniciado ayer, Jesús enumera una señal más para ayudar las comunidades a situarse en los hechos y a no perder la fe en Dios, ni el valor para resistir contra los embates del imperio romano. Repetimos las cinco primeras señales del evangelio de ayer:
1a señal: los falsos mesías (Lc 21,8);
2a señal: guerras y revoluciones (Lc 21,9);
3a señal: nación contra otra nación, un reino contra otro reino, (Lc 21,10);
4a señal: terremotos en varios lugares (Lc 21,11);
5a señal: hambre, peste y señales en el cielo (Lc 21,11);
Hasta aquí el evangelio de ayer. Ahora, en el evangelio de hoy, hay una señal más:
6a señal: la persecución de los cristianos (Lc 21,12-19)
• Lucas 21,12. La sexta señal: la persecución Varias veces, en los pocos años que Jesús pasó entre nosotros, avisó a los discípulos de que iban a ser perseguidos. Aquí, en el último discurso, repite lo mismo y hace saber que hay que tener en cuenta la persecución a la hora de discernir los signos de los tiempos: «Pero, antes de todo esto, os echarán mano y os perseguirán, os entregarán a las sinagogas y cárceles y os llevarán ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio”. Y de estos acontecimientos, aparentemente tan negativos, Jesús había dicho: “No os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato. » (Lc 21,9). Y el evangelio de Marcos añade que todas estas señales son «¡apenas el comienzo de los dolores de parto!» (Mc 13,8) Ahora bien, los dolores de parto, aún siendo muy dolorosos para la madre, no son señal de muerte, sino de vida. ¡No son motivos de temor, sino de esperanza! Esta manera de leer los hechos daba mucha tranquilidad a las comunidades perseguidas. Así, leyendo u oyendo estas señales, profetizadas por Jesús en el año 33, los lectores de Lucas de los años ochenta podían concluir: «Todas estas cosas están aconteciendo según el plan previsto y anunciado por Jesús. por tanto, la historia no se escapó de las manos de Dios. ¡Dios está con nosotros!
• Lucas 21,13-15: La misión de los cristianos en la época de la persecución. La persecución no es una fatalidad, ni puede ser motivo de desaliento o de desesperación, sino que hay que considerarla como una oportunidad, ofrecida por Dios, para que las comunidades lleven a cabo la misión de testimoniar con valor la Buena Noticia de Dios. Jesús dice: “esto os sucederá para que deis testimonio. Proponed, pues, en vuestro corazón no preparar la defensa, porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios.”. Por medio de esta afirmación, Jesús anima a los cristianos perseguidos que vivían angustiados. Hace saber que, aunque perseguidos, ellos tenían que cumplir una misión, a saber: dar testimonio de la Buena Noticia de Dios y así, ser una señal del Reino (Hechos 1,8). El testimonio valiente llevaría a la gente a repetir lo que dijeron los magos de Egipto ante las señales y el valor de Moisés y Aarón: “¡Aquí está la mano de Dios!” (Ex 8,15). Conclusión: si las comunidades no deben preocuparse, si todo está en las manos de Dios, si todo estaba ya previsto por Dios, si todo no es que dolor de parto, entonces no hay motivo para quedarse preocupados.
• Lucas 21,16-17: Persecución dentro de la familia. “Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros.”. La persecución no viene de fuera, de parte del imperio, sino que viene de dentro, de la familia misma. En una misma familia, unos aceptaban la Buena Noticia, otros no. El anuncio de la Buena Noticia producía divisiones en la misma familia. Había personas que, basándose en la Ley de Dios, llegaban a denunciar y a matar a sus propios familiares que se declaraban seguidores de Jesús (Dt 13,7-12).
• Lucas 21,18-19: La fuente de esperanza y de resistencia. “Pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. Esta observación final de Jesús recuerda la otra palabra que Jesús había dicho: “¡ni un cabello de vuestra cabeza caerá!” (Lc 21,18). Esta comparación era una llamada fuerte a no perder la fe y a seguir firme en la comunidad. Confirma lo que Jesús había hecho en otras ocasiones: “Quien quiere salvar su vida, la pierde, pero aquel que pierde su vida por causa mía, la salvará” (Lc 9,24).

4) Para la reflexión personal

• ¿Cómo sueles leer las etapas de la historia en tu vida y en la vida de tu país?
• Mirando la historia de la humanidad de los últimos 50 años, la esperanza ¿aumentó o disminuyó en ti?

5) Oración final

Yahvé ha dado a conocer su salvación,
ha revelado su justicia a las naciones;
se ha acordado de su amor y su lealtad
para con la casa de Israel. (Sal 98,2-3)

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