Carta apostólica del santo Padre Francisco con ocasión del año de la vida consagrada
¡¡BASTA YA!!
México, D.F. a 12 de noviembre de 2014
CEM B. 160 / 2014
¡¡BASTA YA!!
Mensaje de los Obispos de México
Los Obispos de México decimos: ¡Basta ya! No queremos más sangre. No queremos más muertes. No queremos más desparecidos. No queremos más dolor ni más vergüenza. Compartimos como mexicanos la pena y el sufrimiento de las familias cuyos hijos están muertos o están desaparecidos en Iguala, en Tlatlaya y que se suman a los miles de víctimas anónimas en diversas regiones de nuestro país. Nos unimos al clamor generalizado por un México en el que la verdad y la justicia provoquen una profunda transformación del orden institucional, judicial y político, que asegure que jamás hechos como estos vuelvan a repetirse.
Reunidos para reflexionar sobre los desafíos actuales, vemos en esta crisis un llamado para construir un país que valore la vida, dignidad y derechos de cada persona, haciéndonos capaces de encontrarnos como hermanos.
En el año 2010, en la exhortación pastoral “Que en Cristo nuestra paz, México tenga vida digna” advertíamos sobre el efecto destructor de la violencia, que daña las relaciones humanas, genera desconfianza, lastima a las personas, las envenena con el resentimiento, el miedo, la angustia y el deseo de venganza; afecta la economía, la calidad de nuestra democracia y altera la paz.
Con tristeza reconocemos que la situación del país ha empeorado, desatando una verdadera crisis nacional. Muchas personas viven sometidas por el miedo, la desconfianza al encontrarse indefensas ante la amenaza de grupos criminales y, en algunos casos, la lamentable corrupción de las autoridades. Queda al descubierto una situación dolorosa que nos preocupa y que tiene que ser atendida por todos los mexicanos, cada uno desde su propio lugar y en su propia comunidad.
En nuestra visión de fe, estos hechos hacen evidente que nos hemos alejado de Dios; lo vemos en el olvido de la verdad, el desprecio de la dignidad humana, la miseria y la inequidad crecientes, la pérdida del sentido de la vida, de la credibilidad y confianza necesarias para establecer relaciones sociales estables y duraderas.
En medio de esta crisis vemos con esperanza el despertar de la sociedad civil que, como nunca antes en los últimos años, se ha manifestado contra la corrupción, la impunidad y la complicidad de algunas autoridades. Creemos que es necesario pasar de las protestas a las propuestas. Que nadie esté como buitre esperando los despojos del país para quedar satisfecho. La vía pacífica, que privilegia el diálogo y los acuerdos transparentes, sin intereses ocultos, es la que asegura la participación de todos para edificar un país para todos.
Estamos en un momento crítico. Nos jugamos una auténtica democracia que garantice el fortalecimiento de las instituciones, el respeto de las leyes, y la educación, el trabajo y la seguridad de las nuevas generaciones, a las que no debemos negarles un futuro digno. Todos somos parte de la solución que reclama en nosotros mentalidad y corazón nuevos, para ser capaces de auténticas relaciones fraternas, de amistad sincera, de convivencia armónica, de participación solidaria.
Nos vemos urgidos junto con los actores y responsables de la vida nacional a colaborar para superar las causas de esta crisis. Se necesita un orden institucional, leyes y administración de justicia que generen confianza. Es indispensable la participación de la ciudadanía para el bien común. Sin el acompañamiento y la vigilancia por parte de la sociedad civil, el poder se queda en manos de pocos.
Ante la situación que enfrentamos, los Obispos de México queremos unirnos a todos los habitantes de nuestra nación, en particular a aquellos que más sufren las consecuencias de la violencia, acompañándoles, en su dolor, a encontrar consuelo y a recuperar la esperanza.
Jesucristo es nuestra paz. Él está presente en su Palabra, en la Eucaristía, en donde dos o más se reúnen en su nombre, en todo gesto de amor misericordioso y en el compromiso por construir la paz en la verdad y la justicia.
Con esta certeza, redoblaremos nuestro compromiso de formar, animar y motivar a nuestras comunidades diocesanas para acompañar espiritual y solidariamente a las víctimas de la violencia en todo el país. A colaborar con los procesos de reconciliación y búsqueda de paz. A respaldar los esfuerzos de la sociedad y sus instituciones a favor de un auténtico Estado de Derecho en México. A seguir comunicando el Evangelio a las familias y acompañar a sus miembros para que se alejen de la violencia y sean escuelas de reconciliación y justicia.
Agradecemos al Papa Francisco su cercanía y preocupación en estas circunstancias. Unidos a él, celebraremos el próximo 12 de diciembre la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, haciendo una jornada de oración por la paz. Le pediremos su intercesión por la conversión de todos los mexicanos, particularmente la de quienes provocan sufrimiento y muerte.
Que Santa María de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive, que reclama a sus hijos desaparecidos y ruega por la paz en México, interceda por nosotros para que una oleada de amor nos haga capaces de reconstruir la sociedad dañada.
Por los obispos de México
El Sínodo agradece a las familias del mundo su testimonio de fidelidad, de fe y de amor
III ASAMBLEA GENERAL EXTRAORDINARIA
DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS
MENSAJE
Los Padres Sinodales, reunidos en Roma junto al Papa Francisco en la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, nos dirigimos a todas las familias de los distintos continentes y en particular a aquellas que siguen a Cristo, que es camino, verdad y vida. Manifestamos nuestra admiración y gratitud por el testimonio cotidiano que ofrecen a la Iglesia y al mundo con su fidelidad, su fe, su esperanza y su amor.
Nosotros, pastores de la Iglesia, también nacimos y crecimos en familias con las más diversas historias y desafíos. Como sacerdotes y obispos nos encontramos y vivimos junto a familias que, con sus palabras y sus acciones, nos mostraron una larga serie de esplendores y también de dificultades.
La misma preparación de esta asamblea sinodal, a partir de las respuestas al cuestionario enviado a las Iglesias de todo el mundo, nos permitió escuchar la voz de tantas experiencias familiares. Después, nuestro diálogo durante los días del Sínodo nos ha enriquecido recíprocamente, ayudándonos a contemplar toda la realidad viva y compleja de las familias.
Queremos presentarles las palabras de Cristo: “Yo estoy ante la puerta y llamo, Si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, entraré y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20). Como lo hacía durante sus recorridos por los caminos de la Tierra Santa, entrando en las casas de los pueblos, Jesús sigue pasando hoy por las calles de nuestras ciudades. En sus casas se viven a menudo luces y sombras, desafíos emocionantes y a veces también pruebas dramáticas. La oscuridad se vuelve más densa, hasta convertirse en tinieblas, cuando se insinúan el mal y el pecado en el corazón mismo de la familia.
Ante todo, está el desafío de la fidelidad en el amor conyugal. La vida familiar suele estar marcada por el debilitamiento de la fe y de los valores, el individualismo, el empobrecimiento de las relaciones, el stress de una ansiedad que descuida la reflexión serena. Se asiste así a no pocas crisis matrimoniales, que se afrontan de un modo superficial y sin la valentía de la paciencia, del diálogo sincero, del perdón recíproco, de la reconciliación y también del sacrificio. Los fracasos dan origen a nuevas relaciones, nuevas parejas, nuevas uniones y nuevos matrimonios, creando situaciones familiares complejas y problemáticas para la opción cristiana.
Entre tantos desafíos queremos evocar el cansancio de la propia existencia. Pensamos en el sufrimiento de un hijo con capacidades especiales, en una enfermedad grave, en el deterioro neurológico de la vejez, en la muerte de un ser querido. Es admirable la fidelidad generosa de tantas familias que viven estas pruebas con fortaleza, fe y amor, considerándolas no como algo que se les impone, sino como un don que reciben y entregan, descubriendo a Cristo sufriente en esos cuerpos frágiles.
Pensamos en las dificultades económicas causadas por sistemas perversos, originados “en el fetichismo del dinero y en la dictadura de una economía sin rostro y sin un objetivo verdaderamente humano” (Evangelii gaudium, 55), que humilla la dignidad de las personas. Pensamos en el padre o en la madre sin trabajo, impotentes frente a las necesidades aun primarias de su familia, o en los jóvenes que transcurren días vacíos, sin esperanza, y así pueden ser presa de la droga o de la criminalidad.
Pensamos también en la multitud de familias pobres, en las que se aferran a una barca para poder sobrevivir, en las familias prófugas que migran sin esperanza por los desiertos, en las que son perseguidas simplemente por su fe o por sus valores espirituales y humanos, en las que son golpeadas por la brutalidad de las guerras y de distintas opresiones. Pensamos también en las mujeres que sufren violencia, y son sometidas al aprovechamiento, en la trata de personas, en los niños y jóvenes víctimas de abusos también de parte de aquellos que debían cuidarlos y hacerlos crecer en la confianza, y en los miembros de tantas familias humilladas y en dificultad. Mientras tanto, “la cultura del bienestar nos anestesia y […] todas estas vidas truncadas por la falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera” (Evangelii gaudium, 54). Reclamamos a los gobiernos y a las organizaciones internacionales que promuevan los derechos de la familia para el bien común.
Cristo quiso que su Iglesia sea una casa con la puerta siempre abierta, recibiendo a todos sin excluir a nadie. Agradecemos a los pastores, a los fieles y a las comunidades dispuestos a acompañar y a hacerse cargo de las heridas interiores y sociales de los matrimonios y de las familias.
***
También está la luz que resplandece al atardecer detrás de las ventanas en los hogares de las ciudades, en las modestas casas de las periferias o en los pueblos, y aún en viviendas muy precarias. Brilla y calienta cuerpos y almas. Esta luz, en el compromiso nupcial de los cónyuges, se enciende con el encuentro: es un don, una gracia que se expresa –como dice el Génesis (2,18)– cuando los dos rostros están frente a frente, en una “ayuda adecuada”, es decir semejante y recíproca. El amor del hombre y de la mujer nos enseña que cada uno necesita al otro para llegar a ser él mismo, aunque se mantiene distinto del otro en su identidad, que se abre y se revela en el mutuo don. Es lo que expresa de manera sugerente la mujer del Cantar de los Cantares: “Mi amado es mío y yo soy suya… Yo soy de mi amado y él es mío” (Ct 2, 17; 6, 3).
El itinerario, para que este encuentro sea auténtico, comienza en el noviazgo, tiempo de la espera y de la preparación. Se realiza en plenitud en el sacramento del matrimonio, donde Dios pone su sello, su presencia y su gracia. Este camino conoce también la sexualidad, la ternura y la belleza, que perduran aún más allá del vigor y de la frescura juvenil. El amor tiende por su propia naturaleza a ser para siempre, hasta dar la vida por la persona amada (cf. Jn 15,13). Bajo esta luz, el amor conyugal, único e indisoluble, persiste a pesar de las múltiples dificultades del límite humano, y es uno de los milagros más bellos, aunque también es el más común.
Este amor se difunde naturalmente a través de la fecundidad y la generatividad, que no es sólo la procreación, sino también el don de la vida divina en el bautismo, la educación y la catequesis de los hijos. Es también capacidad de ofrecer vida, afecto, valores, una experiencia posible también para quienes no pueden tener hijos. Las familias que viven esta aventura luminosa se convierten en un testimonio para todos, en particular para los jóvenes.
Durante este camino, que a veces es un sendero de montaña, con cansancios y caídas, siempre está la presencia y la compañía de Dios. La familia lo experimenta en el afecto y en el diálogo entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas. Además lo vive cuando se reúne para escuchar la Palabra de Dios y para orar juntos, en un pequeño oasis del espíritu que se puede crear por un momento cada día. También está el empeño cotidiano de la educación en la fe y en la vida buena y bella del Evangelio, en la santidad. Esta misión es frecuentemente compartida y ejercitada por los abuelos y las abuelas con gran afecto y dedicación. Así la familia se presenta como una auténtica Iglesia doméstica, que se amplía a esa familia de familias que es la comunidad eclesial. Por otra parte, los cónyuges cristianos son llamados a convertirse en maestros de la fe y del amor para los matrimonios jóvenes.
Hay otra expresión de la comunión fraterna, y es la de la caridad, la entrega, la cercanía a los últimos, a los marginados, a los pobres, a las personas solas, enfermas, extrajeras, a las familias en crisis, conscientes de las palabras del Señor: “Hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35). Es una entrega de bienes, de compañía, de amor y de misericordia, y también un testimonio de verdad, de luz, de sentido de la vida.
La cima que recoge y unifica todos los hilos de la comunión con Dios y con el prójimo es la Eucaristía dominical, cuando con toda la Iglesia la familia se sienta a la mesa con el Señor. Él se entrega a todos nosotros, peregrinos en la historia hacia la meta del encuentro último, cuando Cristo “será todo en todos” (Col 3,11). Por eso, en la primera etapa de nuestro camino sinodal, hemos reflexionado sobre el acompañamiento pastoral y sobre el acceso a los sacramentos de los divorciados en nueva unión.
Nosotros, los Padres Sinodales, pedimos que caminen con nosotros hacia el próximo Sínodo. Entre ustedes late la presencia de la familia de Jesús, María y José en su modesta casa. También nosotros, uniéndonos a la familia de Nazaret, elevamos al Padre de todos nuestra invocación por las familias de la tierra:
Padre, regala a todas las familias la presencia de esposos fuertes y sabios, que sean manantial de una familia libre y unida.
Padre, da a los padres una casa para vivir en paz con su familia.
Padre, concede a los hijos que sean signos de confianza y de esperanza y a jóvenes el coraje del compromiso estable y fiel.
Padre, ayuda a todos a poder ganar el pan con sus propias manos, a gustar la serenidad del espíritu y a mantener viva la llama de la fe también en tiempos de oscuridad.
Padre, danos la alegría de ver florecer una Iglesia cada vez más fiel y creíble, una ciudad justa y humana, un mundo que ame la verdad, la justicia y la misericordia.
Carta del Papa Francisco con motivo del V Centenario
A Monseñor Jesús García Burillo
Obispo de Ávila
Ávila
Querido Hermano:
El 28 de marzo de 1515 nació en Ávila una niña que con el tiempo sería conocida como santa Teresa de Jesús. Al acercarse el quinto centenario de su nacimiento, vuelvo la mirada a esa ciudad para dar gracias a Dios por el don de esta gran mujer y animar a los fieles de la querida diócesis abulense y a todos los españoles a conocer la historia de esa insigne fundadora, así como a leer sus libros, que, junto con sus hijas en los numerosos Carmelos esparcidos por el mundo, nos siguen diciendo quién y cómo fue la Madre Teresa y qué puede enseñarnos a los hombres y mujeres de hoy.
En la escuela de la santa andariega aprendemos a ser peregrinos. La imagen del camino puede sintetizar muy bien la lección de su vida y de su obra. Ella entendió su vida como camino de perfección por el que Dios conduce al hombre, morada tras morada, hasta Él y, al mismo tiempo, lo pone en marcha hacia los hombres. ¿Por qué caminos quiere llevarnos el Señor tras las huellas y de la mano de santa Teresa? Quisiera recordar cuatro que me hacen mucho bien: el camino de la alegría, de la oración, de la fraternidad y del propio tiempo.
Teresa de Jesús invita a sus monjas a «andar alegres sirviendo» (Camino 18,5). La verdadera santidad es alegría, porque “un santo triste es un triste santo”. Los santos, antes que héroes esforzados, son fruto de la gracia de Dios a los hombres. Cada santo nos manifiesta un rasgo del multiforme rostro de Dios. En santa Teresa contemplamos al Dios que, siendo «soberana Majestad, eterna Sabiduría» (Poesía 2), se revela cercano y compañero, que tiene sus delicias en conversar con los hombres: Dios se alegra con nosotros. Y, de sentir su amor, le nacía a la Santa una alegría contagiosa que no podía disimular y que transmitía a su alrededor. Esta alegría es un camino que hay que andar toda la vida. No es instantánea, superficial, bullanguera. Hay que procurarla ya «a los principios» (Vida 13,l). Expresa el gozo interior del alma, es humilde y «modesta» (cf. Fundaciones 12,l). No se alcanza por el atajo fácil que evita la renuncia, el sufrimiento o la cruz, sino que se encuentra padeciendo trabajos y dolores (cf. Vida 6,2; 30,8), mirando al Crucificado y buscando al Resucitado (cf. Camino 26,4). De ahí que la alegría de santa Teresa no sea egoísta ni autorreferencial. Como la del cielo, consiste en «alegrarse que se alegren todos» (Camino 30,5), poniéndose al servicio de los demás con amor desinteresado. Al igual que a uno de sus monasterios en dificultades, la Santa nos dice también hoy a nosotros, especialmente a los jóvenes: «¡No dejen de andar alegres!» (Carta 284,4). ¡El Evangelio no es una bolsa de plomo que se arrastra pesadamente, sino una fuente de gozo que llena de Dios el corazón y lo impulsa a servir a los hermanos!
La Santa transitó también el camino de la oración, que definió bellamente como un «tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabernos nos ama» (Vida 8,5). Cuando los tiempos son “recios”, son necesarios «amigos fuertes de Dios» para sostener a los flojos (Vida 15,5). Rezar no es una forma de huir, tampoco de meterse en una burbuja, ni de aislarse, sino de avanzar en una amistad que tanto más crece cuanto más se trata al Señor, «amigo verdadero» y «compañero» fiel de viaje, con quien «todo se puede sufrir», pues siempre «ayuda, da esfuerzo y nunca falta» (Vida 22,6). Para orar «no está la cosa en pensar mucho sino en amar mucho» (Moradas IV,1,7), en volver los ojos para mirar a quien no deja de mirarnos amorosamente y sufrirnos pacientemente (cf. Camino 26,3-4). Por muchos caminos puede Dios conducir las almas hacia sí, pero la oración es el «camino seguro» (Vida 213). Dejarla es perderse (cf. Vida 19,6). Estos consejos de la Santa son de perenne actualidad.
¡Vayan adelante, pues, por el camino de la oración, con determinación, sin detenerse, hasta el fin! Esto vale singularmente para todos los miembros de la vida consagrada. En una cultura de lo provisorio, vivan la fidelidad del «para siempre, siempre, siempre» (Vida 1,5); en un mundo sin esperanza, muestren la fecundidad de un «corazón enamorado» (Poesía 5); y en una sociedad con tantos ídolos, sean testigos de que «solo Dios basta» (Poesía 9).
Este camino no podemos hacerlo solos, sino juntos. Para la santa reformadora la senda de la oración discurre por la vía de la fraternidad en el seno de la Iglesia madre. Esta fue su respuesta providencial, nacida de la inspiración divina y de su intuición femenina, a los problemas de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo: fundar pequeñas comunidades de mujeres que, a imitación del “colegio apostólico”, siguieran a Cristo viviendo sencillamente el Evangelio y sosteniendo a toda la Iglesia con una vida hecha plegaria. «Para esto os junto El aquí, hermanas» (Camino 2,5) y tal fue la promesa: «que Cristo andaría con nosotras» (Vida 32,11). ¡Que linda definición de la fraternidad en la Iglesia: andar juntos con Cristo como hermanos! Para ello no recomienda Teresa de Jesús muchas cosas, simplemente tres: amarse mucho unos a otros, desasirse de todo y verdadera humildad, que «aunque la digo a la postre es la base principal y las abraza todas» (Camino 4,4). ¡Cómo desearía, en estos tiempos, unas comunidades cristianas más fraternas donde se haga este camino: andar en la verdad de la humildad que nos libera de nosotros mismos para amar más y mejor a los demás, especialmente a los más pobres! ¡Nada hay más hermoso que vivir y morir como hijos de esta Iglesia madre!
Precisamente porque es madre de puertas abiertas, la Iglesia siempre está en camino hacia los hombres para llevarles aquel «agua viva» (cf. Jn 4,10) que riega el huerto de su corazón sediento. La santa escritora y maestra de oración fue al mismo tiempo fundadora y misionera por los caminos de España. Su experiencia mística no la separo del mundo ni de las preocupaciones de la gente. Al contrario, le dio nuevo impulso y coraje para la acción y los deberes de cada día, porque también «entre los pucheros anda el Señor» (Fundaciones 5,8).
Ella vivió las dificultades de su tiempo -tan complicado- sin ceder a la tentación del lamento amargo, sino más bien aceptándolas en la fe como una oportunidad para dar un paso más en el camino. Y es que, «para hacer Dios grandes mercedes a quien de veras le sirve, siempre es tiempo» (Fundaciones 4,6). Hoy Teresa nos dice: Reza más para comprender bien lo que pasa a tu alrededor y así actuar mejor. La oración vence el pesimismo y genera buenas iniciativas (cf. Moradas VII, 4,6). ¡Éste es el realismo teresiano, que exige obras en lugar de emociones, y amor en vez de ensueños, el realismo del amor humilde frente a un ascetismo afanoso! Algunas veces la Santa abrevia sus sabrosas cartas diciendo: «Estamos de camino» (Carta 469,7.9), como expresión de la urgencia por continuar hasta el fin con la tarea comenzada. Cuando arde el mundo, no se puede perder el tiempo en negocios de poca importancia. ¡Ojalá contagie a todos esta santa prisa por salir a recorrer los caminos de nuestro propio tiempo, con el Evangelio en la mano y el Espíritu en el corazón!
«¡Ya es tiempo de caminar!» (Ana de San Bartolomé, Últimas acciones de la vida de santa Teresa). Estas palabras de santa Teresa de Ávila a punto de morir son la síntesis de su vida y se convierten para nosotros, especialmente para la familia carmelitana, sus paisanos abulenses y todos los españoles, en una preciosa herencia a conservar y enriquecer.
Querido Hermano, con mi saludo cordial, a todos les digo: ¡Ya es tiempo de caminar, andando por los caminos de la alegría, de la oración, de la fraternidad, del tiempo vivido como gracia! Recorramos los caminos de la vida de la mano de santa Teresa. Sus huellas nos conducen siempre a Jesús.
Les pido, por favor, que recen por mí, pues lo necesito. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide.
Fraternalmente,
Francisco
Mensaje del P. General con motivo del V Centenario
+ Ávila, 14 de octubre de 2014
Convento de «La Santa»
A todos los miembros de la Orden del Carmelo Descalzos, frailes, monjas y seglares y toda la gran familia teresiana, hermanas y hermanos, desde nuestra Casa Madre, la Casa de Teresa: ¡Que la Paz de Cristo, el Jesús de Teresa, esté con todos vosotros!
Después de cinco años y medio de concienzuda preparación personal y comunitaria, llegamos a este día tan deseado, 15 de octubre de 2014, solemnidad de Santa Teresa, en el que iniciamos las celebraciones del V Centenario de su nacimiento ¡Feliz 500º cumpleaños, Santa Madre!
Es para nosotros una magnífica oportunidad este quinto Centenario, para que Teresa continúe a hablarnos con la fuerza de su testimonio y de su pasión. La Santa nos habla de aquello que ha vivido, nos cuenta la historia de un alma -la suya- que después de muchas resistencias ha cedido al amor del Dios vivo y ha descubierto en él la propia verdad, la bondad y la belleza radical. Teresa no ha hecho alarde para sí misma de su experiencia, sino que nos la ha donado para que también nosotros podamos entrar en su misma plenitud de vida y de felicidad, que de otro modo no hubiéramos conocido, quedando prisioneros del mundo.
Constatamos, de día en día, que nuestro ser tiende a reducirse a las proporciones de un mundo dominado por las dinámicas del poder económico y tecnológico. Creemos ser omnipotentes, pero en realidad estamos perdiendo lo más grande que posee el ser humano: su capacidad de amar como Dios lo ama. Teresa nos lleva a esta cima de nuestro ser, al punto de contacto entre el hombre y Dios, el cual tiene un rostro y un nombre, el de Jesucristo crucificado y resucitado.
En el centro del centenario teresiano debe estar aquello que está en el centro del corazón de Teresa y no aquello que está en el centro de nuestros proyectos mundanos, de nuestras iniciativas. En el centro del centenario debemos situar aquello que, a quinientos años de distancia, no ha envejecido, ni mucho menos, ni ha perdido actualidad, es decir, una vida empapada, herida de Dios, a la cual ha sido confiada una misión de crucial importancia: recordar a la Iglesia y al ser humano de todos los tiempos que el centro del hombre es Dios y que el centro de Dios es el hombre.
Tengo miedo de denominar a todo esto mística, porque esta etiqueta podría hacer de Teresa un jardín cerrado, una fuente sellada a la cual sólo pueden acceder unos pocos elegidos. La misión de Santa Teresa es universal y no es sino una nueva propuesta del Evangelio, de la alegría del Evangelio, de su frescura, de su fuerza liberadora y humanizadora.
Teresa comparte con cualquiera, con toda persona en cualquier lugar del mundo cuyo andar se pierde en una ruta hacia ninguna dirección, aquello que ella ha encontrado: una morada y un camino. Precisamente estos son los títulos de sus obras principales: camino y morada. Si lo pensamos bien, son propiamente las dimensiones fundamentales que la vida necesita para existir y ser humana, las cuales sentimos hoy tan amenazadas por un modo de vivir que nos invade y nos dispersa.
A aquel camino y aquella morada en las que Teresa ha vivido debería conducirnos este Centenario. Si no conseguimos ponerlos en el centro, creo que no agradarán a Santa Teresa las celebraciones que organizaremos para ella, por más solemnes, atrayentes y refinadas que sean ¡Teresa es una monja simple y pobre, no lo olvidemos! Una monja con el hábito y las sandalias casi siempre llenos de polvo, con el rostro marcado por el cansancio físico, con el ánimo a menudo envuelto en sufrimientos y preocupaciones por sus hermanas y sus hermanos. Más allá, sin embargo, bajo esta superficie de cansancio y fragilidad, hay una fuerza y una determinación férreas.
Es la fuerza de quien, a pesar de tener que moverse continuamente, permanece en casa; es la decisión de quien, en medio de la complejidad de las situaciones, no pierde de vista la meta que orienta su camino.
¿Cómo haremos para poner en el centro el camino y la morada de Teresa? Releer sus escritos -como hemos hecho unidos a lo largo de estos últimos años-, es ciertamente un primer paso, de importancia fundamental. Pero no podemos quedarnos quietos. Hemos de pasar a la práctica.
Estamos llamados a reconocer en nosotros mismos aquello que las palabras de Santa Teresa describen, a encontrar, mi casa y mi camino. Advierto que ello no se podrá conseguir si no realizamos elecciones. No sé si tendremos que elegir apagar un poco más a menudo nuestros teléfonos móviles, nuestros ordenadores, nuestras tabletas o bien -lo que es bastante más complejo- tendremos más bien que aprender a hacer de todo ello un uso diverso. De algo sí estoy convencido, es decir, que el Centenario no lo celebraremos adecuadamente sólo haciendo cosas para honrar la memoria de Santa Teresa, sino haciéndonos Teresa, si me aceptáis esta expresión un tanto audaz.
Creo que Teresa nos está diciendo lo que San Pablo decía a sus discípulos de Corinto: vosotros mismos sois mi carta de recomendación, «escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo, no sobre tablas de piedra, sino sobre las tablas de carne de vuestros corazones» (2 Cor 3, 2-3).
En conclusión: ¿A dónde nos lleva el Centenario de Teresa? Nos lleva a nuestros corazones, el lugar donde habita nuestra verdad y la verdad del Dios vivo. Que ellas se encuentren en el nombre y siguiendo las huellas de la Santa: esta es la única celebración que podrá alegrar el corazón de la Madre y hacerle sentir la fecundidad de su búsqueda, de su lucha, de su infatigable peregrinar.
¡Gracias, Teresa, porque no para ti, sino, verdaderamente, para todos nosotros has nacido!
Fr. Saverio Cannistrà, ocd
Prepósito General
Fr. Lorenzo de la Resurrección
Mensaje de NP Gral. Fr. Saverio Cannistrà, OCD, con ocasión del cuarto centenario del nacimiento de Fr. Lorenzo de la Resurrección 1614-2014
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Mensaje del Definitorio Extraordinario – Corea 2014
Queridos hermanos y hermanas:
Atendiendo a la invitación del Padre General hecha en la carta de convocatoria al Definitorio Extraordinario, y en la relación sobre el estado de la Orden en la que nos exhortaba a revisar «la situación actual de la Orden y preparar el momento más solemne y significativo de nuestra familia religiosa que es el Capítulo General», reunidos en la ciudad de Goseong (Corea del Sur) entre los días 26 de agosto y 03 de septiembre, setenta y seis religiosos de todas las circunscripciones de la Orden, acogidos muy fraternamente por parte de nuestros hermanos de la Provincia de Corea en colaboración con la Orden Seglar, después de haber hecho un análisis y discernimiento sobre la vida de nuestra familia religiosa, queremos compartir con ustedes este mensaje.
«Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo» (Mt 18,20). De esta forma hemos experimentado la presencia del Señor en la unidad en medio de la diversidad de los miembros de nuestra Orden y en las aportaciones hechas por todos. Seis días de trabajo bajo la guía de nuestro Padre General, que dieron comienzo escuchando la relación hecha por él y, que irá junto con este mensaje. Relación donde se hicieron evidentes los logros, las dificultades, los desafíos y las esperanzas hacia el futuro.
La evaluación hecha después cinco años y medio de gobierno, resalta el trabajo realizado en el ámbito de la comunicación, el servicio a la vitalidad de la Orden, la necesidad de enmarcar la libertad dentro de un ámbito de responsabilidad a nivel personal y comunitario, superando el culto al propio yo, de manera que busquemos «amar lo que hacemos» y no permanecer en los aspectos más superficiales de la vida. En este sentido, se hace imperioso partir de la realidad del hermano y la hermana más próximos, criterio de discernimiento de nuestro caminar.
Estos días de reflexión nos han ayudado a entender que realizar en la vida nuestra identidad carismática, tal y como nos la propone nuestra Santa Madre Teresa de Jesús; es el fin, el propósito al que tender, la meta que nos orienta a la hora de configurar nuestra existencia como religiosos y como comunidades.
La experiencia carismática va más allá de la mera observancia externa de la norma y de esta manera, conseguimos que elementos tan esenciales de nuestra vida como la fraternidad, no sean realidades únicamente teóricas, sino verdadera «comunicación fraterna», es decir, una verdadera relación de personas al estilo de Teresa de Jesús: «aquí todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar» (C 4,7).
La pregunta fundamental a la que tenemos que responder es de naturaleza antropológica: «¿qué clase de persona quiero ser?», expresada por Teresa en Camino 4, 1 bajo la forma «qué tales habremos de ser», que fue para nosotros lema del pasado Definitorio extraordinario de 2011 en Ariccia (Italia).
La verdad, la sinceridad con la que respondamos a esta pregunta, asumiendo el camino que nos resta para alcanzar el ideal teresiano, será fundamental si queremos ser auténticos testigos de la identidad que la Santa nos legó.
Así pues, estamos decididos a profundizar en los elementos esenciales de nuestra identidad carismática, encarnada en la Iglesia y en el contexto de hoy. Necesariamente tendremos que hacer este camino en comunión con nuestras hermanas Carmelitas descalzas, pues sólo junto a ellas podemos vivir en plenitud nuestro patrimonio carismático. No somos autosuficientes, no se puede llegar a una claridad sobre nuestra identidad carismática sin tener en cuenta la experiencia de nuestras hermanas Carmelitas. Igualmente, queremos tener en cuenta la aportación de nuestros laicos que nos ayuda a encarnar el carisma en la vida de cada día.
Vislumbramos la necesidad de una sólida y constante formación a la vida religiosa, no sólo en la formación inicial, centrada sobre temas y aspectos esenciales de nuestra formación carmelitano-teresiana. Un camino guiado que permita reasimilar los valores fundamentales de nuestra propia vida. Reasumir, releer nuestras Constituciones y rescatar los textos fundamentales que las iluminan y les dan sentido.
Al final de este camino realizado, queremos invitar a toda nuestra familia, frailes, monjas y Orden seglar, en el contexto de la celebración del quinto centenario del nacimiento de nuestra santa Madre, a bajar al valle de la humildad (V 35,14) y desde ahí, conectar con «la savia constante» de nuestro patrimonio común desde las «raíces» de nuestros orígenes hasta las «ramas» de este presente, descubriendo los signos de vida y asumiendo los desafíos que nos presenta. Entrar en este camino con una mirada de fe y esperanza en la historia que nos lleva a una «nueva estación» cuando escuchamos otra vez la voz del Amado, porque el tiempo ha cambiado y un horizonte de vida se despliega: «Levántate hermosa mía y ven» (Ct 2,10).
Levantarnos y salir, en sintonía con el momento actual de la Iglesia y en vísperas del año de la vida consagrada: comunidades que acogen la Palabra y evangelizan, son misioneras. También nosotros acogemos la invitación constante del Papa Francisco: «Cada cristiano y cada comunidad discernirá cual es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (EG 20).
De cara al Capitulo General:
El definitorio nombrara una comisión que preparara un instrumentum laboris a lo largo de los meses de octubre y noviembre. Dicho documento de trabajo será estudiado por las provincias en los meses de diciembre y enero. En marzo, el Definitorio General mandará el instrumentum laboris definitivo a todas las Provincias.
Finalmente, queremos agradecer de manera especial al definitorio General y a la curia general por el esfuerzo realizado en la convocación y preparación del Definitorio Extraordinario; a cada uno de los participantes por el trabajo hecho y, al Carmelo Coreano por toda la atención fraterna que han tenido para con nosotros. Que María, Reina del Carmelo, maestra de Oración y vida interior, nos ayude a recorrer el camino que se presenta ante nosotros.
Nuestra Madre del Carmen
Q
ueridos hermanos y hermanas de la Familia Carmelita:
Se acerca la fiesta de Nuestra Madre del Carmen y, un año más, quisiera hacerles llegar mi más cordial felicitación. Esta fecha significa para todos nosotros un momento entrañable y festivo, en el que, con gozo, celebramos nuestra devoción por la Madre del Señor, bajo la advocación tan popular de la Virgen del Carmen. Un año más, quisiera poner bajo su intercesión nuestros proyectos e ilusiones, nuestras misiones y apostolados, nuestras alegrías y también nuestras preocupaciones. Que María, Nuestra Madre y Hermana, nos ilumine, nos guíe y nos acompañe para que seamos fieles a nuestra vocación y para que sepamos responder con generosidad a la llamada insistente que está haciendo el Papa Francisco a toda la Iglesia a ser verdaderos evangelizadores.
Como quizás recordarán, el año pasado les sugería una posible interpretación de un imagen típica de la devoción a la Virgen del Carmen: la Virgen que desciende al Purgatorio y que salva, con su escapulario, a los que sufren. Les pedía entonces que, a imitación de María, también nosotros descendamos a los purgatorios de la existencia y de forma solidaria y compasiva ayudásemos a los que sufren a salir de esos purgatorios de todo tipo que no faltan en nuestro mundo.
En esta ocasión les pediría que todos los carmelitas (frailes, monjas, religiosas de vida activa, terciarios, cofrades, laicos de los diversos grupos que forman la “familia carmelita”), nos unamos para contemplar, compartir y acrecentar, la belleza que (a veces, muy escondida) existe a nuestro alrededor. Desde sus orígenes, el Carmelo está vinculado a la belleza. El Monte Carmelo es sinónimo de ello en el Primer Testamento y todavía nosotros hoy llamamos a María, Mater et Decor Carmeli (“Madre y hermosura del Carmelo”). Nuestra Orden se ha caracterizado a lo largo de los siglos por esa tendencia a lo poético, a lo artístico… a lo hermoso.
Por ello, les pediría que nuestras vidas constituyesen una alabanza a Dios por la hermosura que nos rodea, y también un compromiso generoso para que esa hermosura no se vea ensombrecida y afeada por el mal, por el pecado, por el sufrimiento de tantos inocentes que padecen las consecuencias del egoísmo y de todas sus ramificaciones (injusticia, violencia, desigualdad…).
Que nuestras vidas como carmelitas, cada cual desde su condición específica, se conviertan en un canto de alabanza al creador y que -como María- también nosotros sepamos proclamar con humildad las maravillas que el Señor ha hecho y hace en nuestras vidas (Lc 1,46-55). Quizás unos de los mayores dramas que vive el mundo moderno es su incapacidad para generar belleza y para descubrir la belleza. En otras ocasiones, la belleza queda reducida a un mero gozo estético, egoísta e insolidario, y entonces deja de ser tal, no es auténtica y produce hartazgo y vacío. Y es que, como decían los antiguos escolásticos, lo bueno y lo bello, el bonum y el puchrum (si son tales) siempre coinciden.
Cuando queremos descubrir lo bello, María, mistagoga y maestra de espiritualidad, orienta nuestras miradas en otra dirección: hacia lo pequeño, hacia lo humilde, hacia lo que no cuenta… María nos invita a descubrir la hermosura en los entresijos de la vida, en lo heroico y noble que a veces no somos capaces de descubrir en la existencia cotidiana.
Que el día del Carmen, nuestras novenas y cultos, nuestras liturgias y celebraciones sean también un canto humilde y sereno a la belleza. No caigan en lo rutinario, ni en unas celebraciones desganadas, tributo a un pasado tan glorioso como lejano. No caigamos tampoco en una mera belleza exterior, reducida a rúbricas y pompas, sino que ese día, nuestro corazón sea capaz de elevarse -a través de la serena belleza de la liturgia- sobre las miserias humanas y mirar a la “estrella del mar” para que Ella nos guíe a Jesucristo, Nuestro Señor…
¡Feliz fiesta del Carmen! Que María, Madre y Hermana Nuestra os acompañe siempre. Con afecto fraterno
Fernando Millán Romeral O.Carm.
Prior General
N.P. Sr. san José
19 de marzo, se celebra la fiesta de San José, Esposo de María y Patrono de la Iglesia Universal. Así que dedicamos esta catequesis a él, que merece toda nuestra gratitud y devoción por como fue capaz de custodiar a la Virgen Santa y al Hijo Jesús. Ser custodio es el sello distintivo de José, es su gran misión, ser custodio.
Hoy me gustaría retomar el tema de la custodia de acuerdo con una perspectiva particular: la perspectiva de la educación. Echemos un vistazo a José como el modelo del educador, que custodia y acompaña a Jesús en su camino de crecimiento «en sabiduría, edad y gracia», como dice el Evangelio. Él no era el padre de Jesús: el padre de Jesús era Dios, pero él le hacía de papá a Jesús, le hacía de padre para hacerlo crecer. Y ¿cómo lo ha hecho crecer? En sabiduría, edad y gracia.
Empecemos por la edad, que es la dimensión más natural, el crecimiento físico y psicológico. José, junto con María, se encargaron de Jesús, sobre todo, desde este punto de vista, es decir, lo «criaron», preocupándose de que no le faltara nada de necesario para un desarrollo saludable. No hay que olvidar que el cuidado atento y fiel de la vida del niño también dio lugar a la huida a Egipto, la dura experiencia de vivir como refugiados -José ha sido un refugiado con María y Jesús- para escapar de la amenaza de Herodes. Luego, una vez de vuelta a casa y establecidos en Nazaret, hay todo el largo período de la vida de Jesús en su familia. En aquellos años, José enseñó también a Jesús su trabajo, y Jesús ha aprendido a hacer el trabajo carpintero con su padre José. Así José ha criado a Jesús.
Pasemos a la segunda dimensión de la educación que es la de la «sabiduría. José fue para Jesús ejemplo y maestro de esta sabiduría, que se nutre de la Palabra de Dios. Podemos pensar en cómo José educó al pequeño Jesús a escuchar las Sagradas Escrituras, en especial acompañándole el sábado a la sinagoga de Nazaret. Y José lo acompañaba para que Jesús escuchara la palabra de Dios en la sinagoga.
Y, por último, la dimensión de la «gracia». Dice siempre San Lucas refiriéndose a Jesús: «La gracia de Dios estaba sobre él» (2,40). Aquí, sin duda, la parte reservada a San José es más limitada respecto a los temas de la edad y de la sabiduría. Pero sería un grave error pensar que un padre y una madre no pueden hacer nada para educar a sus hijos a crecer en la gracia de Dios. Crecer en edad, crecer en sabiduría, crecer en gracia. Este es el trabajo que ha hecho José con Jesús: hacerlo crecer, en estas tres dimensiones, ayudarlo a crecer.
Queridos hermanos y hermanas, la misión de San José es sin duda única e irrepetible, porque Jesús es absolutamente único. Y sin embargo, en su custodia a Jesús, educándolo a crecer en edad, sabiduría y gracia, él fue un modelo para todos los educadores, especialmente para cada padre. San José es el modelo del educador y del papá, del padre. Así que encomiendo a su protección a todos los padres, los sacerdotes -que son padres, ¡eh!- y los que tienen un papel educativo en la Iglesia y en la sociedad.
En modo particular quisiera saludar hoy, en el día del papá, a todos los padres, a todos los papás: ¡los saludo de corazón!
Veamos: ¿hay algunos papás en la plaza? Levanten la mano los papás, pero ¡cuántos papás! ¡Felicidades, felicidades en su día!
Pido para ustedes la gracia de estar siempre muy cerca de sus hijos, dejándolos crecer, pero de estar muy cercanos, ¿eh? Ellos tienen necesidad de ustedes, de su presencia, de su cercanía, de su amor. Sean para ellos como San José: custodios de su crecimiento en edad, sabiduría y gracia. Custodios de su camino, educadores. Y caminen con ellos. Y con esta cercanía serán verdaderos educadores. Gracias por todo lo que hacen por su hijos, ¡gracias! Y a ustedes tantas felicidades y buena fiesta del papá, a todos los papás que están aquí, a todos los papás.
Que San José los bendiga y los acompañe.
También algunos de nosotros hemos perdido al papá, se ha ido, el Señor lo ha llamado; tantos que están en la plaza no tienen a su papá. Podemos rezar por todos los papás del mundo, para los papás vivos y también por aquellos difuntos y por los nuestros, y podemos hacerlo juntos, cada uno recordando a su papá, si está vivo o está muerto. Y recemos al grande Papá de todos nosotros, el Padre, un Padre nuestro por nuestros papás: Padre nuestro…
¡Y tantas felicidades a los papás!
S.S. Francisco


