Oración

Tomado de: LEON-DUFOUR. Xavier, Vocabulario de teología bíblica

I. LA ORACIÓN EN LA HISTORIA DE ISRAEL

La constante más estable de las oraciones del AT es sin duda su relación con el plan salvífico de Dios: se ora a partir de lo que ha sucedido, de lo que sucede o, para que suceda algo, a fin de que se dé a la tierra la salvación de Dios. El contenido de la oración de Israel la sitúa por tanto en la historia. Por su parte la historia sagrada está marcada por la oración: es sorprendente observar cuántos grandes momentos de esta historia están señalados por la oración de los mediadores y del pueblo entero, que se apoyan en el conocimiento del designio de Dios para obtener su intervención en la hora presente. Vamos a dar sólo algunos ejemplos, que serán luego confirmados por la oración de Cristo y de su esposa, la Iglesia.

1. Moisés.

Moisés domina todas las figuras de orantes del AT. Su oración, tipo de la oración de intercesión, anuncia la de Jesús. En consideración de Moisés salva Dios al pueblo Ex 33,17, haciendo clara distinción entre ambos 32,10 33,16. Esta oración es dramática 32,32; sus argumentos siguen el esquema de toda súplica: —llamamiento al amor de Dios: «esta nación es tu pueblo» 33,13 32,11 Num 11,12—, llamamiento a su justicia y fidelidad: —que te reconozcan, recuerda tus acciones pasadas—, consideración de la gloria de Dios: ¿qué dirán los otros si nos abandonas? Ex 32,11-14. También de la oración, una oración más contemplativa y que transforma a Moisés para bien de los otros 34,29-35, brota la obra de Moisés legislador. El ciclo de Moisés guarda finalmente el recuerdo y el tipo de una perversión de la oración: «tentar a Dios». En estos casos la oración sigue la pendiente de la codicia, contrariamente al llamamiento de la gracia hacia el designio divino: en el episodio de Meriba y en el de las codornices se pone a Dios a prueba Ex 16,7 Sal 78 106,32. Esto equivale a decir que se creerá en él si hace nuestra voluntad Jdt 8,11-17.

2. Reyes y profetas.

El anuncio mesiánico del profeta Natán suscita en David una oración, cuya esencia es esto: «Obra como tú lo has dicho» 2Sa 7,25 1Re 8,26. Asimismo Salomón al inaugurar el templo incluye en su oración a todas las generaciones venideras (oficio de la dedicación: 1Re 8,10-16); predomina un elemento de contrición 1Re 8,47, que volverá a hallarse después de la destrucción del templo Bar 2.1-3,8 Neh 9. Se nos ha conservado otras oraciones reales 2Re 19,15-19 2Par 14,10 20,6-12 33,12.18. La oración por el pueblo entraba sin duda en las funciones oficiales del rey.

Por el poder de intercesión Gen 18,22-32 merece Abraham ser llamado profeta 20,7; los profetas fueron hombres de oración (Elías: 1Re 18,36s Sant 5,17s) y también intercesores, como Samuel Jer 15,1, Amós Am 7,1-6, y sobre todo Jeremías. En este último verá la tradición «al que ora mucho por el pueblo» 2Mac 15,14. La función de intercesor supone una conciencia clara a la vez de la distinción y de la relación que se establecen entre el individuo y la comunidad. Esta conciencia (también Jer 45,1-5) es la que constituye la riqueza de la oración de Jeremías, paralela en diversos puntos a la de Moisés, pero ilustrada más abundantemente. Unas veces es el que implora la salvación del pueblo 10,23 14,7ss.19-22 37,3., cuyos dolores hace suyos 4,19 8,18-23 14,17s; otras veces se queja de él 15,10 12,1-5 y hasta clama venganza 15,15 17,18 18,19-23: otras se interesa por su propia suerte 20,7-18.. Son numerosas las relaciones de forma y de fondo entre estas oraciones y la colección de los salmos.

Esdras y Nehemías oran también a la vez por sí mismos y por los otros Esd 9,6-15 Neh 1,4-11. Más tarde los Macabeos no se baten tampoco sin orar 1Mac 5,33 11,71 2Mac 8,29 15,20-28. La importancia de la oración personal formulada crece sencillamente en los libros postexílicos que aportan así un precioso testimonio Jon 2,3-10 Tob 3.11-16 Jdt 9,2-14 Est 4,17. Estas oraciones fueron escritas para ser leídas en un relato, después de lo cual puede uno apropiárselas, y la Iglesia invita a hacerlo. Pero el fin de los que formaron el salterio como colección era que se rezase: ninguna oración de Israel se puede comparar coa el salterio por razón de su carácter universal.

II. LOS SALMOS, ORACIÓN DE LA ASAMBLEA

Maravillas de Yahveh Sal 104., mandamientos Sal 15 81., profetismo Sal 50, sabiduría Sal 37., toda la Biblia confluye en los salmos como por capilaridad y en ellos se convierte en oración. El sentimiento de la unidad de la oración del pueblo elegido fue el que presidió su elaboración, como también su adopción por la Iglesia. Dios, al darnos el salterio, nos pone en la boca las palabras que quiere oír, nos indica las dimensiones de la oración.

1. Oración comunitaria y personal.

Con frecuencia la nación entera exulta, se acuerda o se lamenta: «¡acuérdate!», «¿hasta cuándo?» Sal 44 74 77; otras veces, la comunidad de los piadosos Sal 42,5; los cánticos de las subidas. El templo, presente o lejano, medio de resonancia de la oración de la asamblea Sal 5,8 28,2 48,10, se evoca frecuentemente en ellos. Se invoca a los justos Sal 119,63, que sirven de argumento: no pierdan la fe al vernos caer Sal 69,7; se les pondrá al corriente cuando sea escuchada la oración Sal 22,23=Heb 2,12.

A pesar de la constante repetición de las mismas expresiones, el salterio no es un mero formulario o ceremonial. El acento espontáneo indica su origen en una experiencia personal. Aparte las oraciones propiamente individuales, sobre todo el lugar que se asigna al rey ilustra la igual importancia que se da al individuo y a la comunidad: el rey es con un título eminente una persona única, y al mismo tiempo el grupo halla en él su símbolo viviente. La atribución tradicional de la colección a David, que fue el primer salmista, indica su enlace con la oración mediadora de Jesús, hijo de David.

2. Oración de la prueba.

La oración de los salmos parte de la existencia en sus diversas situaciones. En ella se percibe poco el perfume de la soledad Sal 55,7 11,1; en cambio se oye mucho la plaza pública y la guerra Sal 55 59 22,13s.17, cosa que convierte al salterio en un texto más caótico y ruidoso de lo que algunos podrían esperar de un libro de oraciones. Si se llama a Dios con estos gritos, con estos rugidos Sal 69,4 6,7 22,2 102,6, es que todo entra en juego, que se tiene necesidad de él con toda la persona, alma y cuerpo Sal 63,2. El cuerpo, con sus pruebas y sus goces, ocupa en esta oración el lugar que le corresponde en la vida Sal 22 38.. El salmista busca todos los bienes, el tór Sal 4 y sólo los espera de Dios.

Por el hecho de no renunciar a vivir con Dios ni a caminar acá en la tierra, se prepara al crisol de la prueba. Fuera de esta perspectiva —la experiencia de la dirección de Dios en los caminos del hombre que marcha— no se puede comprender su oración. Los gritos de súplica parten de los momentos en los que se pone a prueba la espera de la fe. ¿se frustra o no el designio de Dios sobre el individuo o el pueblo? En torno al suplicante se ignora la oración Sal 53,5; se le acosa: «¿Dónde está tu Dios?» Sal 42,4, y él mismo se interroga Sal 42-43 73: su certeza no es de esas a las que la vida no puede sustraer ni aportar nada. Esto ilustra los pasajes en uyle la inocencia se proclama a sí misma, no por pura complacencia, sino frente al peligro y porque el enemigo, siempre presente, la niega Sal 7,4ss y 26, que se reza en la misa.

3. Oración asegurada.

El leitmotiv de la oración de los salmos es batah: fiarse Sal 25,2 55,24.. Esta confianza que pasa de la risa a las lágrimas y viceversa Sal 116,10 23,4 119,143 se equilibra entre la súplica y la acción de gracias. Se dan gracias incluso antes de haber obtenido algo Sal 140,14 22,25ss Jn 11,41. Los salmos que sólo contienen alabanza son una parte importante de la colección. Los tres jóvenes que alaban juntos en el horno constituyen una imagen genérica para el salterio.

4. Oración en busca del verdadero bien.

El hombre, al esperar de Dios el bien, cualquiera que sea, es invitado a superarse mediante el descubrimiento de que Dios mismo se da juntamente con este bien. Se declara el gozo de vivir bajo la mirada de Dios, de estar con él, de habitar su casa Sal 16 23 25,14 65,5 91 119,33ss. En cuanto a la esperanza de que Dios dé acceso al hombre a su propia vida, no se puede afirmar que se alimente de ella la oración de los salmos; sin embargo, en ella se presiente este don gratuito Sal 73,24ss 16. El que esté modelado por la oración de los salmos estará preparado para recibirlo y hallará en ellos la forma de expresar esta experiencia.

5. El salterio, oración de Jesús.

En efecto, la revelación de Jesús autorizará una transposición y un enriquecimiento de las esperanzas del salmista; no suprimirá su raíz en nuestra condición humana. Además, la aplicación de los salmos a Cristo podrá hacerse independientemente de toda transposición: los salmos serán su oración Mt 26,30; los salmos lo formarán, como a todos los que le rodean. Una piedad atenta al interior de Jesucristo ¿podría descuidar este documento básico?

III. LA ORACIÓN TAL COMO LA ENSEÑA JESÚS

El Hijo de Dios se situó con la encarnación en medio de la demanda incesante de los hombres. La alimenta con esperanza respondiendo a ella; al mismo tiempo alaba, estimula o educa la fe Lc 7,9 Mt 9,22.29 15,28. Su enseñanza, situada sobre este fondo vivido, se extiende primeramente sobre la manera de orar, más abundantemente que sobre la necesidad de la oración: «cuando oréis, decid…» Lc 11,2.

1. Los Sinópticos.

El padrenuestro es el centro de esta enseñanza Lc 11,2ss Mt 6,9-13. De la invocación de Dios como Padre, que prolonga rebasándola la intimidad de los salmos Sal 27,10 103,13 Is 63,16 64,7 dimana toda la actitud del orante. Esta invocación es un acto de fe y ya un don de sí mismo que sitúa a uno en el circuito de la caridad. De ahí proviene que, totalmente en la línea de la oración bíblica, anteponga a todo la preocupación por el designio de Dios: por su nombre, por su reino Mt 9,38, por la actualización de su voluntad. Pero pide también ese pan (que él ofrece en la eucaristía), luego el perdón, después de haberse uno reconciliado con los hijos del mismo Padre, finalmente la gracia de no verse arrastrado por las pruebas del tiempo venidero.

Las otras prescripciones encuadran o completan el padrenuestro y nombran con frecuencia al Padre. La impresión dominante es que la certeza de ser escuchados es fuente y condición de la oración Mt 18,19 21,22 Lc 8,50. Marcos lo expresa en la forma más directa: «Si no vacila en su corazón, sino que cree que sucederá lo que dice, le será concedido» Mc 11,23 9,23 y sobre todo Sant 1,5-8. Ahora bien, si uno está seguro, es que ora al Padre Lc 11,13 Mt 7,11. La interioridad se funda en la presencia del Padre que ve en lo secreto Mt 6,6 6,4.18. No amontonar ni remachar las palabras Mt 6,7 como si Dios estuviera lejos de nosotros, a la manera del Baal burlado por Elías 1Re 8,26ss, siendo así que es nuestro Padre. Perdonar Mc 11,25 p Mt 6,14.

Orar en unión fraterna Mt 18.19. Tener presentes las propias faltas con una oración contrita Lc 18.9-14.

Hay que orar sin cesar Lc 18,1 11,5-8: debe ser probada nuestra perseverancia, debe expresarse la vigilancia del corazón. La necesidad absoluta de la oración se enseña en el contexto de los últimos tiempos Lc 18,1-7, hechos próximos por la pasión; de lo contrario sería uno sumergido por «todo lo que debe suceder» Lc 21,36 22,39-46; asimismo el padrenuestro se termina implorando a Dios contra la tentación.

2. Juan presenta bajo un aspecto muy unificado la pedagogía de la oración, paso de la demanda a la verdadera oración, y del deseo de los dones de Dios al del don que aporta a Dios mismo, como lo leíamos ya en los salmos. Así la samaritana es llevada de sus deseos propios al del don de Dios Jn 4,10, y las multitudes al «alimento que perdura en vida eterna» Jn 6,27. Por eso la fe no es sólo condición de la oración, sino que es también su efecto: el deseo es a la vez escuchado y purificado Jn 4,50.53 11,25.45.

IV. LA ORACIÓN DE JESÚS

1. Su oración y su misión.

No hay nada en el Evangelio que mejor revele la necesidad absoluta de la oración que el lugar que la misma ocupa en la vida de Jesús. Ora con frecuencia en la montaña Mt 14,23, solo (ibid.), aparte Lc 9,18, incluso cuando «todo el mundo [le] busca» Mc 1,37. Sería un error reducir esta oración al único deseo de intimidad silenciosa con el Padre: atañe a la misión de Jesús o a la educación de los discípulos. Éstas se menciona en cuatro notaciones de la oración propias de Lucas: en el bautismo Lc 3,21, antes de la elección de los doce 6,12, en la transfiguración 9,29, antes de enseñar el padrenuestro 11,1. Su oración es el secreto que atrae a sus más allegados y en el que les hace penetrar cada vez más 9,18. Es algo que se refiere a ellos: oró por la fe de los suyos. El nexo entre su oración y su misión es manifiesto en los cuarenta días que la inauguran en el desierto, pues hacen revivir, rebasándolo, el ejemplo de Moisés. Esta oración es una prueba: Jesús triunfará mejor que Moisés del proyecto satánico de tentar a Dios Mt 4,7=Dt 6,16 Massa, y ya antes de su pasión nos muestra de qué obstáculos habrá de triunfar nuestra propia oración.

2. Su oración y su pasión.

La prueba decisiva es la del fin, cuando Jesús ora y quiere hacer que sus discípulos oren con él en el Monte de los Olivos. Este momento contiene toda la oración cristiana; filial: «Abba»; segura: «todo te es posible»; prueba de obediencia en que es rechazado el tentador: «no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres» Mc 14,36. A tientas también, como las nuestras, en cuanto a su verdadero objeto.

3. Su oración y su resurrección.

Finalmente, escuchada aun más allá de lo esperado. Los alientos que le da el ángel Lc 22,43 son la respuesta inmediata del Padre para el momento presente, pero la epístola a los Hebreos nos muestra en forma radical y osada que la resurrección fue la que escuchó esta oración tan verdaderamente humana de Cristo, que «habiendo ofrecido en los días de su vida mortal oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas al que era poderoso para salvarle de la muerte, fue escuchado por razón de su piedad» Heb 5,7. La resurrección de Jesús, momento central de la salvación de la humanidad, es una respuesta a la oración del Hombre-Dios, que reanuda todas las peticiones humanas de la historia de la salvación Sal 2,8: «¡pídeme!».

4. La noche de la Cena.

Aquí Jesús, habiendo primero dicho, entre otras cosas, cómo se debe orar, ora luego él mismo. Su enseñanza coincide con la de los Sinópticos en cuanto a la certeza de ser escuchado (parresía en 1Jn 3,21 5,14), pero la condición «en mi nombre» abre nuevas perspectivas. Se trata de pasar de la petición más o menos instintiva a la verdadera oración. Así pues, el «hasta aquí no habéis pedido nada en mi nombre» Jn 16,24 puede aplicarse a gran número de bautizados. Orar «en nombre» de Cristo supone más que una fórmula, así como hacer una gestión en nombre de otro supone un nexo real entre ambos. Orar así no significa únicamente pedir las cosas del cielo, sino querer lo que quiere Jesús; ahora bien, su querer es su misión: que su unidad con el Padre venga a ser el fundamento de la unidad de los llamados. «Que todos sean uno como tú, Padre, en mí y yo en ti» Jn 17,22s. Estar en su nombre y querer lo que él quiere es también caminar en sus mandamientos, el primero de los cuales impone esta caridad que se pide. Por lo tanto la caridad es todo en la oración: su condición y su término. El Padre da todo a causa de esta unidad. Así la afirmación constante de los Sinópticos, de que toda oración es escuchada, se confirma aquí tratándose de corazones renovados: «sin hablar en parábolas» Jn 16,29. Se da una situación nueva, pero ésta cumple la promesa del día de Yahveh, en que «todos los que invoquen el nombre de Yahveh serán salvos» Jl 3,5 Rom 10,13; la oración de la cena promulga la era esperada, en la que los beneficios del cielo corresponderán a los deseos de la tierra Os 2,23-25 Is 30,19-23 Zac 8,12-15 Am 9,13. Tal es la oración de Jesús, que trasciende la nuestra; raras veces dice «ruego», generalmente dice «pido», y una vez «quiero» (al fin: Jn 17,24). Esta oración expresa su intercesión (eterna según Heb 7,25) y revela el contenido interior tanto de la pasión como de la comida eucarística. En efecto, la eucaristía es la prenda de la presencia total de Dios en su don y la posibilidad del intercambio perfecto.

V. LA ORACIÓN DE LA IGLESIA

1. La comunidad.

La vida de la Iglesia se inicia en el marco de la oración de Israel. El evangelio de Lucas se acaba en el templo, donde los apóstoles estaban «continuamente alabando a Dios» Lc 24,53 Act 5.12. Pedro ora a la hora de sexta Act 10,9; Pedro y Juan van a la oración de la hora de nona 3,1 Sal 55,18 y nuestro oficio de sexta y de nona. Se elevan las manos al cielo 1Tim 2,8 1Re 8,22 l s 1,15, de pie y a veces de rodillas Act 9,40 1Re 8,54. Se cantan salmos Ef 5,19 Col 3,16. «Todos, con un mismo corazón, eran asiduos a la oración» Act 1,14. Esta oración comunitaria, preparación de pentecostés, prepara después todos los grandes momentos de la vida eclesial a través de los Hechos: la elección del sucesor de Judas 1,24-26, la institución de los Siete 6,6 que debe precisamente contribuir a facilitar la oración de los Doce 6,4. Se ora por la liberación de Pedro 4,24-30, por los bautizados de Felipe en Samaria 8,15. Vemos orar a Pedro 9,40 10,9 y a Pablo 9,11 13.3 14,23 20.36 21,5.. El Apocalipsis nos aporta ecos de la oración hímnica de la asamblea Ap 5,6-14.

2. San Pablo.

a. Lucha. Pablo acompaña las palabras que designan la oración con la mención «sin cesar», «en todo tiempo» Rom 1,10 Ef 6,18 2Tes 1,13.11 2,13 Flm 4 Col 1,9 o «noche y día» 1Tes 3,10 1Tim 5,5. Concibe la oración como una lucha: «luchad conmigo en las oraciones que dirigís a Dios por mí» Rom 15,30 Col 4,12, lucha que se confunde con la del ministerio Col 2,1. Para «ver el rostro» de los tesalonicenses ora «con la mayor instancia» 1Tes 3,10, que es en el estilo de Pablo un superlativo intraducible, el mismo que emplea para definir la manera como Dios nos escucha Ef 3,20. «Tres veces he suplicado al Señor», dice 2Cor 12,8, para que desaparezca el aguijón que lleva clavado en la carne.

b. Oración apostólica. El ejemplo que acabamos de citar es único, puesto que en su oración, indisolublemente ligada con el designio divino que se realiza en su misión, todas las peticiones formuladas explícitamente atañen a la promoción del reino de Dios. Esto comporta deseos concretos: que se apruebe la colecta en favor de Jerusalén Rom 15,30s, que tenga fin una tribulación 2Cor 1,11, que logre la libertad Flm 22; por esto y por otras cosas Flp 1,19 1Tes 5,25; pide oraciones como lo indica a los colosenses 4,12 que Epafra luche por ellos en la oración. La oración aparece claramente en san Pablo como un elemento de unión en el interior del cuerpo de Cristo que se construye (v. también 1Jn 5,16).

c. Acción de gracias. Se nota constantemente en él el vaivén tradicional entre súplica y alabanza: «oraciones y súplicas con acciones de gracias» Flp 4,6 1Tes 5,17s 1Tim 2,1. Él mismo comienza sus epístolas (excepto Gal y 2Cor por razones precisas) dando gracias por los progresos de los destinatarios y refiriendo sus oraciones para que Dios complete sus gracias Flp 1,9. Parece que la acción de gracias atrae a sí todos los demás componentes de la oración: después de lo que hemos recibido de una vez para siempre en Jesucristo, no se puede ya orar sin partir de este don, y si se pide es para poder dar gracias 2Cor 9,11-15.

d. Oración en el Espíritu del Hijo. Pablo aporta una luz concreta sobre el papel del Espíritu en la oración que nos une con la santísima Trinidad. Como lo hacemos todavía todos en los momentos de oración litúrgica, dirige sus oraciones por Cristo al Padre. Es raro que se dirija al «Señor», es decir, a Jesús 2Cor 12,8 Ef 5,19, pero Col 3,16, paralelo, habla de «Dios» en lugar del Señor. Ahora bien, lo que nos hace orar por Cristo (= en su nombre), es precisamente el Espíritu de adopción Rom 8,15. Por él decimos, como Jesús, «Padre», y esto bajo la fórmula familiar de Abba, término que los judíos reservaban a sus padres terrenales y no habrían aplicado nunca al Padre del cielo. Este favor no puede venir sino de arriba; «Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Abba!, ¡Padre!» Gal 4,6 Mc 14,36.

Así queda realmente satisfecha la necesidad que experimenta la humanidad de justificar su oración en una iniciativa divina. En el corazón de nuestra oración hay, más profundamente que una actitud filial, un ser de hijos. Así, a través de nuestras vacilaciones Rom 8,26 el Espíritu que ora en nosotros da a nuestra oración la seguridad Heb 4,14ss Sant 4,3ss de llegar a las profundidades de donde Dios nos llama, que son las de la caridad. Ya sabemos cómo llamar a este don, que es origen y término de la oración; es el Espíritu de amor ya recibido Rom 5,5 y sin embargo todavía pedido Lc 11,13. En él pedimos un mundo nuevo, en el cual está uno seguro de ser escuchado. Fuera de él se ora «como paganos». En él toda la oración es lo contrario de una fugó: un llamamiento que acelera el encuentro del cielo y de la tierra: «El Espíritu y la esposa dicen: ‘¡Ven!.. Sí, ¡ven, Señor Jesús!’» Ap 22,17.20.

ODIO

Tomado de: LEON-DUFOUR. Xavier, Vocabulario de teología bíblica

El odio es lo contrario del amor, pero le está también muy próximo. Si el amor de Amnón a Tamar se vuelve de repente aversión violenta, es que su pasión era ardiente 2Sa 13,15. No pocas fórmulas bíblicas que oponen en forma absoluta esta pareja de amor y odio Gen 29,18.31 Mt 5,43 6,24, suponen esta reacción natural del amor de aborrecer lo que antes era todo para él. Este estado de ánimo supone el Dt en el caso del marido que repudia a su mujer Dt 22,13.16. Esta violencia de las reacciones es una de las bases del lenguaje semítico, que recurre fácilmente a parejas de palabras opuestas sin notar los matices intermedios. Pero la realidad no responde siempre al vigor del lenguaje, y así en un matrimonio polígamo se puede decir que la mujer que no es la preferida, o que sencillamente es menos amada, es odiada Dt 21,15 Gen 29,31ss. Estas observaciones pueden explicar ciertas fórmulas sorprendentes Lc 14,26 Mt 10,37, pero dejan intacto el problema religioso que plantea el odio: ¿Por qué y cómo se presenta el odio en la humanidad? ¿Qué quiere decir la Biblia cuando aplica la noción de odio a Dios? ¿Qué actitud adoptó Cristo frente al odio?

I. EL ODIO ENTRE LOS HOMBRES

1. El mundo entregado al odio.

El odio entre los hombres es un hecho de todos los tiempos. El Génesis señala su presencia desde la primera generación humana Gen 4,2-8 y los sabios lo observan con mirada penetrante Prov 10,12 14,20 19,7 26,24ss Eclo 20,8. Pero acerca de este hecho pronuncia la Biblia un juicio de valor. El odio es un mal, fruto del pecado, pues Dios hizo a los hombres hermanos para que vivieran en el amor mutuo. El caso tipo de Caín muestra bien cuál es el proceso del odio: nacido de la envidia, tiende a la supresión del otro y conduce al homicidio. Esto basta para denunciar su origen satánico, como lo explica el libro de la Sabiduría: el diablo, envidioso de la suerte del hombre, le tomó odio y provoco su muerte Sab 2,24. Desde entonces está el mundo entregado al odio Tit 3,3.

2. El justo es objeto de odio.

Desde sus orígenes remotos, el esquema «envidia-odio-homicidio» se aplica siempre en el mismo sentido: el impío odia al justo y se conduce como su enemigo. Así Caín con Abel, Esaú con Jacob, los hijos de Jacob con José, los egipcios con Israel Sal 105,25, los reyes impíos con los profetas 1Re 22,8, los malos con los piadosos de los salmos, los extranjeros con el ungido de Yahveh Sal 18 21, con Sión Sal 129, con Jerusalén Is 60,15. Es, pues, una ley permanente: al que Dios ama es odiado, sea porque su preferencia suscite envidia, sea porque represente un reproche viviente para los pecadores Sab 2,10-20. En todo caso Dios mismo, a través de su elegido, es tomado por blanco y hecho’ objeto de odio 1Sa 8,7 Jer 17,14s.

3. ¿Puede odiar el justo?

¿Puede odiar el justo en respuesta al odio de que es víctima? En el interior del pueblo de Dios está prescrito amar al prójimo Lev 19,17s; así la legislación ordena dar muerte al asesino que ha matado a otro por odio Dt 19,11ss, precisamente en el momento en que se esfuerza por afinar la práctica de la venganza de la sangre instituyendo ciudades de refugio Dt 19,1-10.

Hay, sin embargo, otros casos: el de los malos que odian a los justos, el de los enemigos del pueblo de Dios; unos y otros se conducen como enemigos de Dios Num 10,35 Sal 83,3. La conducta que dicta aquí el amor de Dios puede parecer sorprendente. Israel odiará a los enemigos de Dios para no imitar su conducta: tal es el sentido de la guerra santa Dt 7,1-6. El justo desgraciado, que podría verse tentado a envidiar a los malos y a imitarlos Prov 3,31 Sal 37 73, para guardarse del pecado odiará al partido de los pecadores Sal 26,4s 101,3ss. «Amar a los que odian a Yahveh» 2Par 19,2 sería pactar con los impíos y hacerse infiel Sal 50,18-21. Al amor celoso de Dios debe responder un amor no dividido Sal 119,113 97,10. En todas las cosas hay que abrazar su causa: amar lo que él ama, odiar lo que él odia Am 5,15 Prov 8,13 Sal 45,8. ¿Cómo, pues, no odiar a los que le odian Sal 139,21s?

Esta actitud no está exenta de ambigüedad y de peligro: ¿no se llegará fácilmente a ver en todo enemigo personal o nacional un enemigo de Dios para acaparar en forma egoísta los privilegios de la elección divina? El peligro no era quimérico: los sectarios que Qumrán, al declarar «odio eterno» al partido de Belial, identificaban de hecho el «partido de Dios» con su grupo cerrado. «Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo» Mt 5,43: no era tal la letra de la antigua ley, pero muchos admitían esta interpretación abusiva, dictada por un exclusivismo estrecho.

II. ¿EXISTE ODIO EN DIOS?

¿Cómo se puede hablar de odio a propósito del Dios de amor? Efectivamente, Dios no puede odiar a ninguno de los seres que él mismo ha hecho Sab 11,24, y sería una injuria acusarle de odiar a su pueblo Dt 1,27 9,28. Pero el Dios de amor es también el Dios santo, el Dios celoso. Su mismo amor implica una repulsión violenta hacia el pecado. Odia la idolatría, la de los cananeos Dt 12,31 16,22 o la de Israel Jer 44,4. Odia la hipocresía cultual Am 5,21 Is 1,14, la rapiña y el crimen Is 61,8, el falso juramento Zac 8,17, el repudio Mal 2,16, y más en general la colección de pecados que enumera Prov 5,16-19. Ahora bien, el pecador forma en cierta manera cuerpo con su pecado; se pone en posición de enemigo (es decir, de «odiador» de Dios: Ex 20,5 Dt 7,10 Sal 139,21 Rom 1,30). La incompatibilidad total que por su falta establece entre Dios y él se traduce también en la Biblia en términos de odio: Dios odia al violento Sal 11,5, al idólatra Sal 31,7, al hipócrita Eclo 27,24 y en general a todos los malhechores Sal 5,6ss. Odia a Israel infiel Os 9,15 Jer 12,8, como odió a los cananeos a causa de sus crímenes Sab 12,3. El caso es algo más complejo cuando declara: «He amado a Jacob y odiado a Esaú» Mal 1,2 Rom 9,13: este odio es todavía provocado por las violencias de Edom para con Israel Sal 137,7 Ez 25,12ss Abd 10-14, pero traduce también las preferencias de la elección, semejante a la del hombre que «ama» a una de sus esposas y «odia» a la otra.

Pero si esta preferencia y esta repulsión son realidades muy positivas y en las que se afirma Dios con toda su fuerza, sin embargo, sólo se les puede dar el nombre de odio a condición de purgar esta palabra de todo lo que, en nuestro mundo pecador, comporta en materia de rencor malvado, de voluntad de perjudicar y de destruir. Así pues, si Dios odia el pecado ¿se puede decir que odia verdaderamente al pecador, él que «no quiere su muerte, sino que se convierta y viva» Ez 18,23? Dios, a través de la elección y del castigo, persigue un único designio de amor para todos los hombres; su amor tendrá la última palabra. Se ha revelado plenamente en Jesús. Así el NT no habla nunca de odio en Dios.

III. JESÚS FRENTE AL ODIO

1. El odio del mundo contra Jesús.

Jesús, que aparece en un mundo agitado por la pasión del odio, ve converger hacia él todas las formas de éste: odio del elegido de Dios, al que se envidia Lc 19,14 Mt 27,18 Jn 5,18, odio del justo cuya presencia condena Jn 7,7 15,24; los jefes de Israel le odian también porque quieren acaparar ellos mismos la elección divina Jn 11,50. Por lo demás, tras ellos le odia todo el mundo malvado Jn 15,18: en él odia la luz porque sus obras son malas Jn 3,20. Así se realiza el misterio anunciado en la Escritura, del odio ciego, inmotivado Jn 15,25: por encima de Jesús apunta al Padre mismo Jn 15,23s. Jesús muere, pues, víctima del odio; pero con su muerte mata al odio Ef 2,14.16, pues esta muerte es un acto de amor que reintroduce el amor en el mundo.

2. El odio del mundo contrae los cristianos.

Todo el que siga a Jesús conocerá la misma suerte. Los discípulos serán odiados «por causa de su nombre» Mt 10,22 24,9. No deben extrañarse de ello 1Jn 3,13; deben incluso regocijarse Lc 6,22, pues así son asociados al destino de su maestro; el mundo los odia porque no son de este mundo Jn 15,19 17,14. Así se revela el enemigo, que estaba en actividad desde los orígenes Jn 8,44; pero Jesús oró por ellos, no para que fueran retirados del mundo, sino para que fueran preservados del maligno.

3 Odiar el mal y no a los hombres.

Como Jesús, en quien no tiene nada el príncipe de este mundo Jn 14,30 8,46 como el Dios santo, el Padre santo Jn 17,11, también los discípulos tendrán odio al mal. Sabrán que hay incompatibilidad radical entre Dios y el mundo 1Jn 2,15 Sant 4,4, entre Dios y la carne Rom 8,7, entre Dios y el dinero Mt 6,24. Para suprimir en sí mismos toda complicidad con el mal, renunciarán a todo y llegarán hasta a odiarse a sí mismos Lc 14,26 Jn 12,25. Pero frente a los otros hombres no habrá el menor odio en su corazón: «el que odia a su hermano está en las tinieblas» 1Jn 2,9.11 3,15. El amor es la única regla, incluso para con los enemigos Lc 6,27. Así, al final de la historia se ha esclarecido la situación. Con su venida cambió el Señor la faz del mundo: en otro tiempo reinaba en él el odio Tit 3,3; ahora ha pasado ya el tiempo de Caín. Sólo el amor da la vida y nos hace semejantes a Dios 1Jn 3,11-24.

OBEDIENCIA

Tomado de: LEON-DUFOUR. Xavier,Vocabulario de teología bíblica

La obediencia, lejos de ser una sujeción que se soporta y una sumisión pasiva, es una libre adhesión al designio de Dios todavía encerrado en el misterio, pero propuesto por la palabra de la fe, que permite por tanto al hombre hacer de su vida un servicio de Dios y entrar en su gozo.

I. LA CREACIÓN OBEDECE A DIOS. En la creación misma, fuera del hombre, aparece como un presentimiento de esta obediencia y de este gozo. Que el Señor ponga un garfio a Behemot Job 40,24 o divida a Rahab Sal 89,11, es prueba de su dominio soberano: Que Jesús calme la tempestad o expulse a los demonios es prueba de que, al igual que los demonios, «los vientos y el mar le obedecen» Mt 8,27 p Mc 1,27, y es tos gestos de poder provocan un temor religioso; pero lo que, más que el silencio del universo que reconoce a su dueño, maravilla a la Biblia y la hace prorrumpir en acciones de gracias, es el ímpetu gozoso con que las criaturas acuden a la voz de Dios: «Los astros brillan… complacidos; él los llama y dicen: ‘Henos aquí’ y brillan con gozo para el que los creó» Bar 3,34s Sal 104,4 Eclo 42,23 43,13-26. Ante este ardor con que las más bellas de las criaturas cumplen la misión que Dios les asigna en el universo, la humanidad «encerrada en la desobediencia» Rom 11.32 evoca inconsciente y dolorosamente lo que habría debido ser su obediencia. y Dios le hace entrever y esperar lo que puede ser la obediencia espontánea y unánime de la creación liberada por la obediencia de su Hijo Rom 8,19-22.

II. EL DRAMA DE LA DESOBEDIENCIA. 1. Ya en los orígenes desobedece Adán a Dios, arrastrando en su rebelión a todos sus descendientes Rom 5,19 y sujetando la creación a la vanidad 8,20. La rebelión de Adán muestra por contraste lo que es la obediencia y lo que Dios aguarda de ella: es la sumisión del hombre a la voluntad de Dios, la ejecución de un mandamiento, cuyo sentido y cuyo precio no vemos nosotros, pero cuyo carácter de imperativo divino percibimos. Si Dios exige nuestra obediencia, es que tiene un designio que realizar, un universo que construir, y que necesita nuestra colaboración, nuestra adhesión en la fe. La fe no es la obediencia, sino su secreto; la obediencia es el signo y el fruto de la fe. Si Adán desobedece, es que olvidando la palabra de Dios ha escuchado la voz de Eva y la del tentador Gen 3,4ss.

2. Para salvar a la humanidad suscita Dios la fe de Abraham, y para asegurarse de esta fe la hace pasar por la obediencia: «Deja tu país» Gen 12,1, «Camina en mi presencia y sé perfecto» 17,1, «Toma a tu hijo… ofrécelo en holocausto» 22,2. Toda la existencia de Abraham reposa en la palabra de Dios, pero esta palabra le impone constantemente avanzar a ciegas y realizar gestos cuyo sentido no se le alcanza. De este modo la obediencia es para él una prueba, una tentación de Dios 22,1, y para Dios un testimonio sin precio: «Tú no me has rehusado a tu hijo único» 22,16.

3. La alianza supone exactamente el mismo proceso «Todo lo que ha dicho Yahveh lo haremos, y obedeceremos», responde Israel adhiriéndose al pacto que Dios le propone Ex 24,7. La alianza implica un tratado, la ley, una serie de mandamientos e instituciones que encuadran la existencia de Israel y que están destinados a hacerle vivir como pueblo de Dios. Varias de estas disposiciones imponen deberes de obediencia a los hombres, para con los padres Dt 21,18-21, los reyes, los profetas, los sacerdotes 17,14-18.22. Con frecuencia estos deberes están ya inscritos en la naturaleza del hombre, pero la palabra de Dios, incorporándolos a su alianza, hace de la sumisión del hombre una obediencia en la fe. Dado que la fidelidad a la ley no es verdadera sino en la adhesión a la palabra y a la alianza de Dios, la obediencia a sus preceptos no es una sumisión de esclavos, sino un proceso de amor. Ya el primer Decálogo opera el enlace: «…los que me aman y guardan mis mandamientos» Ex 20,6; el Deuteronomio la reasume y la desarrolla Dt 11,13-22: los salmos celebran en la ley el gran don de amor de Dios a los hombres y la fuente de una obediencia de amor Sal 19,8-11 119.

III. CRISTO, NUESTRA OBEDIENCIA. Pero nadie obedece a Dios. Israel es «una casa rebelde» Ez 2,5, son «hijos rebelados» Is 1,2; «gloriándose en su ley, deshonra a Dios infringiéndola» Rom 2,23; no puede hacer valer superioridad alguna sobre el pagano, pues como él está «incluido en la desobediencia» 3.10 11,32. El hombre, esclavo del pecado, aunque desde el fondo de él mismo aspira a obedecer a Dios, es incapaz de hacerlo 7.14. Para llegar a ello, para que halle «la ley en el fondo de su ser» Jer 31,33, es preciso que Dios envíe a su siervo, que «todas las mañanas despierte [su] oído» Os 50.4 a fin de que pueda decir «Heme aquí que vengo… a hacer tus voluntades» Sal 40,7ss.

«Así como por la desobediencia de uno solo la multitud fue constituida pecadora, así por la obediencia de uno solo la multitud será constituida justa» Rom 5,19. La obediencia de Jesucristo es nuestra salvación y por ella nos es dado volver a la obediencia a Dios. La vida de Jesucristo fue, desde «su entrada en el mundo» Heb 10,5 y «hasta la muerte de cruz» Flp 2,8, obediencia, es decir, adhesión a Dios a través de una serie de intermediarios: personajes, acontecimientos, instituciones, Escrituras de su pueblo, autoridades humanas. Venido «para hacer no [su] voluntad, sino la voluntad del que [le] ha enviado» Jn 6,38 Mt 26,39, pasa toda su vida en los deberes normales de la obediencia a los padres Lc 2.51, a las autoridades legítimas Mt 17,27. En su pasión llega al colmo su obediencia, al entregarse sin resistir a poderes inhumanos e injustos, «haciendo a través de todos estos sufrimientos la experiencia de la obediencia» Heb 5,8 haciendo de su muerte el sacrificio más precioso a Dios, el de la obediencia 10.5-10 1Sa 15,22.

IV. LA OBEDIENCIA DEL CRISTIANO. Jesucristo, que por su obediencia fue constituido «el Señor» Flp 2,11 revestido de «todo poder en el cielo y en la tierra» Mt 28,18, tiene derecho a la obediencia de toda criatura. Por él, por la obediencia a su Evangelio y a la palabra de su Iglesia 2Tes 3.14 Mt 10,40 p alcanza el hombre a Dios en la fe Act 6,7 Rom 1,5 10,3 2Tes 1,8 escapa a la desobediencia original y entra en el misterio de la salvación: Jesucristo es la única ley del cristiano 1Cor 9,21. Esta ley comprende también la obediencia a las autoridades humanas legítimas: padres Col 3,20, maestros 3,22 esposos 3,18 poderes públicos. Reconociendo en todas partes la «autoridad de Dios» Rom 13,1-7. Pero como el cristiano no obedece nunca sino para servir a Dios, es capaz, si es preciso, de enfrentarse con una orden injusta y «obedecer a Dios más que a los hombres» Act 4,19.

MISERICORDIA

Tomado de: LEON-DUFOUR. Xavier, Vocabulario de teología bíblica

El lenguaje corriente, influenciado sin duda por el latín de iglesia, identifica la misericordia con la compasión o el perdón. Esta identificación, aunque valedera, podría velar la riqueza concreta que Israel, en virtud de su experiencia, encerraba en la palabra. En efecto, para él la misericordia se halla en la confluencia de dos corrientes de pensamiento, la compasión y la fidelidad.

El primer término hebreo (ra’hamim) expresa el apego instintivo de un ser a otro. Según los semitas, este sentimiento tiene su asiento en el seno materno (rehem: 1Re 3,26), en las entrañas (rahamim) — nosotros diríamos: el corazón— de un padre Jer 31,20 Sal 103,13, o de un hermano Gen 43,30: es el cariño o la ternura; inmediatamente se traduce por actos: en compasión con ocasión de una situación trágica Sal 106,45, o en perdón de las ofensas Dan 9,9.

El segundo término hebreo (hesed), traducido ordinariamente en griego por una palabra que también significa misericordia (eleos), designa de suyo la piedad, relación que une a dos seres e implica fidelidad. Con esto recibe la misericordia una base sólida: no es ya únicamente el eco de un instinto de bondad, que puede equivocarse acerca de su objeto o su naturaleza, sino una bondad consciente, voluntaria; es incluso respuesta a un deber interior, fidelidad con uno mismo.

Las traducciones de las palabras hebreas y griegas oscilan de la misericordia al amor, pasando por la ternura, la piedad o conmiseración, la compasión, la clemencia, la bondad y hasta la gracia (heb. len), que, sin embargo, tiene una acepción más vasta. A pesar de esta variedad, no es, sin embargo, imposible circunscribir el concepto bíblico de la misericordia. Desde el principio hasta el fin manifiesta Dios su ternura con ocasión de la miseria humana; el hombre, a su vez, debe mostrarse misericordioso con el prójimo a imitación de su Creador.

AT

I. EL DIOS DE LAS MISERICORDIAS

Cuando el hombre adquiere conciencia de ser desgraciado o pecador, entonces se le revela con más o menos claridad el rostro de la misericordia infinita.

1. En socorro del miserable.

No cesan de resonar los gritos del salmista: «¡Piedad conmigo, Señor!» Sal 4,2 6,3 9,14 25,16; o bien las proclamaciones de acción de gracias: «Dad gracias a Yahveh, pues su amor (hesed) es eterno» Sal 107,1, esa misericordia que no cesa de mostrar con los que claman a él en su aflicción, por ejemplo, los navegantes en peligro Sal 107,23, con los «hijos de Adán» cualesquiera que sean. Se presenta, en efecto, como el defensor del pobre, de la viuda y del huérfano: éstos son sus privilegiados.

Esta convicción inquebrantable de los hombres piadosos parece tener su origen en la experiencia por que pasó Israel en el momento del éxodo. Aun cuando el término misericordia no se halla en el relato del acontecimiento, la liberación de Egipto se describe como un acto de la misericordia divina. Las primeras tradiciones sobre el llamamiento de Moisés lo sugieren en forma inequívoca: «He visto la miseria de mi pueblo. He prestado oído a su clamor… conozco sus angustias. Estoy resuelto a liberarlo» Ex 3,7s.16s. Más tarde el redactor sacerdotal explicará la decisión de Dios por su fidelidad a la alianza 6,5. En su misericordia no puede Dios soportar la miseria de su elegido; es como si al contraer alianza con él lo hubiera convertido en un ser «de su raza» Act 17,28s: un instinto de ternura lo une a él para siempre.

2. La salud del pecador.

Pero ¿qué sucederá, sin embargo, si este elegido se separa de él por el pecado? La misericordia se impondrá todavía, por lo menos si el pecador no se endurece; porque, conmovida por el castigo que acarrea el pecado, quiere salvar al pecador. Así, con ocasión del pecado, entra el hombre más profundamente en el misterio de la ternura divina.

a. La revelación central. En el Sinaí es donde Moisés oye a. Dios revelar el fondo de su ser. El pueblo elegido acaba de apostatar. Pero Dios, después de haber afirmado que es libre para usar gratuitamente de misericordia con quien le plazca Ex 33,19, proclama que sin hacer mella a su santidad, la ternura divina puede triunfar del pecado: «Yahveh es un Dios de ternura (rahum) y de gracia (hanun), lento para la ira y abundante en misericordia (hesed) y fidelidad (emet), manteniendo su misericordia (hesed) hasta la milésima generación, soportando falta, transgresión y pecado, pero sin disculparla, castigando la falta… hasta la tercera y cuarta generación» Ex 34,6s. Dinos no pasa la esponja por el pecado: deja que repercutan sus consecuencias en el pecador hasta la cuarta generación, lo cual muestra qué cosa tan seria es el pecado. Pero su misericordia, conservada intacta hasta la milésima generación, le hace aguardar con paciencia infinita. Tal es el ritmo que marcará las relaciones de Dios con su pueblo hasta la venida de su Hijo.

b. Misericordia y castigo. En efecto, a todo lo largo de la historia sagrada muestra Dios que si debe castigar al pueblo que ha pecado, se llena de conmiseración tan luego éste clama a él desde el fondo de su miseria. Así el libro de los Jueces está marcado por el ritmo de la ira que se inflama contra el infiel y de la misericordia que le envía un salvador Jue 2,18. La experiencia profética va a dar a esta historia acentos extrañamente humanos. Oseas revela que si Dios ha decidido no usar ya misericordia con Israel Os 1,6 y castigarlo, su «corazón se revuelve dentro de él, sus entrañas se conmueven» y decide no dar ya desahogo «al ardor de su ira» 11,8s; así un día el infiel será de nuevo llamado «Ha recibido misericordia» (Ruhama: 2,3). En el momento mismo en que los profetas anuncian las peores catástrofes conocen la ternura del corazón de Dios: «¿Es, pues, Efraím para mí un hijo tan querido, un niño tan mimado, para que cuantas veces trato de amenazarle, me enternezca su memoria, se conmuevan mis entrañas y no pueda menos de desbordarse mi ternura?» Jer 31,20 Is 49,14s 54,7.

c. Misericordia y conversión. Si Dios mismo se conmueve de tal manera ante la miseria que acarrea el pecado, es que desea que el pecador se vuelva hacia él, que se convierta. Si de nuevo conduce a su pueblo al desierto, es porque quiere «hablarle al corazón» Os 2,16; después del exilio se comprenderá que Yahveh quiere simbolizar con la vuelta a la tierra la vuelta a él, a la vida Jer 12,15 33,26 Ez 33,11 39,25 Is 14,1 49,13. Sí, Dios «no guarda rencor eterno» Jer 3,12s, pero quiere que el pecador reconozca su malicia; «que el malvado se convierta a Yahveh, que tendrá piedad de él, a nuestro Dios, que perdona abundantemente» Is 55,7.

d. El llamamiento del pecador. Israel conserva, pues, en el fondo del corazón la convicción de una misericordia que no tiene nada de humano: «Él ha herido, él vendará nuestras llagas» Os 6,1. «¿Qué Dios como tú, que borra la falta, que perdona lo mal hecho, que no excita para siempre su ira, sino que se complace en otorgar gracia? Una vez más, ten piedad de nosotros, conculca nuestras iniquidades y arroja a lo hondo del mar nuestros pecados» Miq 7,18s. Así resuena constantemente el grito del salmista resumido en el Miserere: «Apiádate de mí en tu bondad. En tu gran ternura borra mi pecado» Sal 51,3.

3. Misericordioso con toda carne.

Aunque la misericordia divina no conoce más límite que el endurecimiento del pecador Is 9,16 Jer 16,5.13, sin embargo, durante mucho tiempo se la tuvo como reservada a sólo el pueblo elegido. Pero Dios, con su sorprendente magnanimidad, acabó por fin con este residuo de tacañería humana (ya Os 11,9). Después del exilio se comprendió la lección. La historia de Jonás es la sátira de los corazones estrechos que no aceptan la inmensa ternura de Dios Jon 4,2. El Eclesiástico dice claramente: «la piedad del hombre es para su prójimo, pero la piedad de Dios es para toda carne» Eclo 18,13.

Finalmente, la tradición unánime de Israel Ex 34,6 Nah 1,3 Jl 2,13 Neh 9,17 Sal 86,15 145,8 es magníficamente recogida por el salmista, sin la menor nota de particularismo: «Yahveh es ternura y gracia, lento para la ira y abundante en misericordia; no disputa a perpetuidad, no guarda rencor para siempre; no nos trata según nuestras faltas… Cuan tierno es un padre para con su hijo, así lo es Yahveh para con el que le teme; sabe de qué hemos sido amasados, se acuerda del polvo que somos» Sal 103,8ss.13s. «Dichosos los que esperan en él, pues de ellos se apiadará» Is 30,18, porque «eterna es su misericordia» Sal 136, porque en él está la misericordia Sal 130,7.

II. «LO QUE YO QUIERO ES MISERICORDIA»

Si Dios es ternura, ¿cómo no exigirá a sus criaturas la misma ternura mutua? Ahora bien, este sentimiento no es natural al hombre: homo homini lupus! Lo sabía muy bien David, que prefería «caer en las manos de Yahveh, porque es grande su misericordia, antes que en las manos de los hombres» 2Sa 24,14. También en este punto va Dios progresivamente educando a su pueblo.

Condena a los paganos, que sofocan la misericordia Am 1,11. Lo que quiere es que se observe el mandamiento del amor fraterno Ex 22,26, muy preferible a los holocaustos Os 4,2 6,6; quiere que la práctica de la justicia sea coronada por un «amor tierno» Miq 6,8. Si se quiere verdaderamente ayunar, hay que socorrer al pobre, a la viuda, al huérfano, no hurtar el cuerpo ante el que es nuestra propia carne Is 58,6-11 Job 31,16-23. Cierto que el horizonte fraterno está todavía limitado a la raza o a la creencia Lev 19,18, pero el ejemplo mismo de Dios ensanchará poco a poco los corazones humanos hasta las dimensiones del corazón de Dios: «Yo soy Dios, no hombre» Os 11,8 Is 55,7. El horizonte se extenderá sobre todo gracias al mandamiento de no saciar la sed de venganza, de no guardar rencor. Pero sólo quedará realmente despejado con los últimos libros de sabiduría, que en este punto esbozan ya el mensaje de Jesús; el perdón debe ejercerse con «todo hombre» Eclo 27,30-28,7.

NT

I. EL ROSTRO DE LA MISERICORDIA DIVINA

1. Jesús, «sumo sacerdote misericordioso» Heb 2,17. Jesús, antes de realizar el designio divino, quiso «hacerse en todo semejante a sus hermanos», a fin de experimentar la miseria misma de los que venía a salvar. Por consiguiente, sus actos todos traducen la misericordia divina, aun cuando no estén calificados así por los evangelistas. Lucas puso muy especial empeño en poner de relieve este punto. Los preferidos de Jesús son los «pobres» Lc 4,18 7,22; los pecadores hallan en él un «amigo» 7,34, que no teme frecuentarlos 5,27.30 15,1s 19,7. La misericordia que manifestaba Jesús en forma general a las multitudes Mt 9,36 14,14 15,32 adquiere en Lucas una fisonomía más personal: se dirige al «hijo único» de una viuda Lc 7,13 o a un padre desconsolado 8,42 9,38.42. Jesús, en fin, muestra especial benevolencia a las mujeres y a los extranjeros. Así queda redondeado y cumplido el universalismo: «toda carne ve la salvación de Dios» 3,6. Si Jesús tuvo así compasión de todos, se comprende que los afligidos se dirijan a él como a Dios mismo, repitiendo: «Kyrie eleison!» Mt 15,22 17,15 20,30s.

2. El corazón de Dios Padre.

Este rostro de la misericordia divina que mostraba Jesús a través de sus actos, quiso dejarlo retratado para siempre. A los pecadores que se veían excluidos del reino de Dios por la mezquindad de los fariseos, proclama el evangelio de la misericordia infinita, en la línea directa de los mensajes auténticos del AT. Los que regocijan el corazón de Dios no son los hombres que se creen justos, sino los pecadores arrepentidos, comparables con la oveja o la dracma perdida y hallada Lc 15,7.10; el Padre está acechando el regreso de su hijo pródigo y cuando lo descubre de lejos «siente compasión» y corre a su encuentro 15,20. Dios ha aguardado largo tiempo, y aguarda todavía con paciencia a Israel, que no se convierte, como una higuera estéril 13,6-9.

3. La sobreabundancia de la misericordia.

Dios es, pues, ciertamente el «Padre de las misericordias» 2Cor 1,3 Sant 5,11, que otorgó su misericordia a Pablo 1Cor 7,25 2Cor 4,1 1Tim 1,13 y la promete a todos los creyentes Mt 5,7 1Tim 1,2 2Tim 1,2 Tit 1,4 2Jn 3. El cumplimiento del designio de misericordia en la salvación y en la paz, tal como lo anunciaban los cánticos al alborear el Evangelio Lc 1,50.54.72.78, lo muestra Pablo claramente en toda su amplitud y sobreabundancia.

El ápice de la epístola á los Romanos está en esta revelación. Mientras que los judíos acababan por desconocer la misericordia divina estimando que ellos se procuraban la justicia a partir de sus obras, de su práctica de la ley, Pablo declara que ellos también son pecadores y que por tanto tienen necesidad de la misericordia por la justicia de la fe. Frente a ellos los paganos, a los que Dios no había prometido nada, son atraídos a su vez a la órbita inmensa de la misericordia. Todos deben, pues, reconocerse pecadores a fin de participar todos de la misericordia: «Dios incluyó a todos los hombres en la desobediencia para usar con todos misericordia» Rom 11,32.

II. SED MISERICORDIOSOS

La «perfección» que Jesús, según Mt 5,48, exige a sus discípulos, consiste según Lc 6,36 en el deber de ser misericordiosos «como vuestro Padre es misericordioso». Es una condición esencial para entrar en el reino de los cielos Mt 5,7, que Jesús reitera después del profeta Oseas Mt 9,13 12,7. Esta ternura debe hacerme prójimo del miserable al que encuentro en mi camino, a ejemplo del buen Samaritano Lc 10,30-37, debe llenarme de compasión para con el que me ha ofendido Mt 18,23-35, porque Dios ha tenido compasión conmigo 18,32s. Así seremos nosotros juzgados según la misericordia que hayamos practicado, quizás inconscientemente, para con Jesús en persona Mt 25,31-46.

Mientras que la ausencia de misericordia entre los paganos desencadena la ira divina Rom 1,31, el cristiano debe amar y «simpatizar» Flp 2,1, tener una auténtica compasión en el corazón Ef 4,32 1Pe 3,8; no puede «cerrar sus entrañas» ante un hermano que se halla en la necesidad: el amor de Dios no mora sino en los que practican la misericordia 1Jn 3,17.

HORA

Tomado de: LEON-DUFOUR. Xavier,

Vocabulario de teología bíblica

En la Biblia se divide sin duda la historia en épocas, en meses, en días y en horas; pero tiempo, día y hora desbordan con frecuencia esta acepción cronológica y presentan un significado religioso. Como el tiempo de la visita de Yahveh o el día de la salvación, la hora marca las etapas decisivas del designio de Dios.

1. La hora escatológica.

La apocalíptica judía, convencida de la proximidad de los últimos tiempos, los tiempos de la plenitud, descompone en días y en horas el tiempo previsto para la intervención divina; todos los instantes importan cuando se acerca el fin. Daniel se entera de que su visión se refiere a «la hora del tiempo» y que la ira actuará «para las horas del tiempo del fin» Dan 8,17.19, «pues el tiempo corre hacia horas» 11,35. En realidad habrá una hora definitiva, la de la consumación, que verá la ruina del enemigo 11,40.45 Ap 18,10.17.19. Igualmente el libro apócrifo de Henoc cuenta las horas en que se suceden los pastores de Judá; en Qumrán se piensa en el «tiempo del fin».

En este clima anuncia Cristo la hora del triunfo final del Hijo del hombre. Hora perfectamente desconocida a los humanos: tal es la hora del juicio Mt 24,36.44.50 p Jn 5,25.28, la de la siega (mies) Ap 14,15ss. No menos imprevista será la hora de las diversas visitas que anunciarán la hora final: pruebas generales Ap 3,10 o particulares 9,15. El creyente debe mantenerse pronto para esta hora precisa, aunque indeterminada Mt 25,13. Por lo demás, sabe que la hora está próxima y que, en cierto sentido, ha llegado ya Jn 4,23 y está en marcha 5,25.28: es la «última hora» 1Jn 2,18, la de la «vigilancia activa» Rom 13,11, pero también del culto perfecto, en la intimidad del Padre, por el Espíritu Jn 4,23.

2. La hora mesiánica.

En realidad, de una manera menos espectacular, la hora viene con Jesús: la hora del anuncio del reino (quizá Jn 2,4), sobre todo la de su pasión y de su gloria, que lleva a remate el desarrollo del plan salvador de Dios.

Los sinópticos la designan con una fórmula sencilla y solemne: «He aquí que ha llegado la hora, etc.» Mt 26,45 p. Más que un preciso momento del tiempo, la hora corona el conjunto de la fase suprema de su actividad, como lo hace la hora de la mujer, cuyos dolores marcan la aparición de una nueva vida Jn 16,21. Es una hora de sufrimiento, cuya aproximación desencadena un rudo combate interior Mc 14,35. Porque es también la hora del enemigo y del triunfo aparente de las tinieblas Lc 22,53. Pero todavía más es la hora de Dios, fijada por él solo y vivida por Jesús según la voluntad del Padre. Venido para hacer esta voluntad, acepta esta hora, a pesar de la angustia que le proporciona Jn 12,27: ¿no es también la de su gloria 12,23 y la de su plena actividad salvífica 12,24?

Según Juan, Jesús la llama una vez «mi hora»: hasta tal punto hace suya esta voluntad de Dios. Toda su actividad de taumaturgo y de profeta la ordena en función de esta hora. Nadie, ni siquiera la madre de Jesús, puede derogar el plan divino y solicitar un milagro sin que Jesús evoque la venida de su hora Jn 2,4 (para afirmarla o negarla, según las opiniones divergentes de los críticos). El evangelista generaliza hablando de «su hora». Todo intento de arresto o de lapidación es vano en tanto no haya llegado su hora 7,30 8,20: las veleidades humanas se estrellan contra esta determinación divina. Pero cuando llega «la hora de pasar de este mundo al Padre» 13,1, hora del amor llevado hasta el extremo, el Señor va a la muerte libremente, dominando los acontecimientos, como un pontífice que ejecuta los ritos de su liturgia 14,29s 17,1.

Así, tras la apariencia, según la cual los acontecimientos se suceden sin coordinación, todo va dirigido hacia un fin que se ha de lograr a su tiempo, en su día, en su hora. Las horas de esta marcha están determinadas, como lo estarían hoy día las de un plan económico o político. Las hay dolorosas, como la hora en que Jesús es abandonado por sus discípulos Jn 16.32; pero todas tienden ala gloria, la hora del retorno del Señor glorificado; en su precisión misma dan todas testimonio del designio de Dios que guía la historia Act 1,7.

CUERPO Y ESPÍRITU

(antropología, alma, eucaristía). La Biblia no ha desarrollado una antropología dualista, separando el cuerpo del alma* o espíritu*, sino que concibe al ser humano (varón y mujer) como unidad personal. En ese sentido, el cuerpo no es algo que el hombre «tiene», sino el mismo ser del hombre en su dimensión cósmica (barro de la tierra). Hay un tipo de corporalidad que pasa y termina y que puede incluso vincularse con el pecado. Pero la corporalidad radical pertenece al ser del hombre: viene de Dios que ha modelado el cuerpo humano, forma parte de su historia* (de sus relaciones con los otros hombres) y queda asumida en la resurrección*. El Nuevo Testamento utiliza dos palabras para hablar de cuerpo.

Sarx es el cuerpo en su debilidad humana, cuerpo que está vinculado con la sangre y que es incapaz de conocer los misterios de Dios (Mt 16,17); sin embargo, en contra de las tendencias gnósticas, el cuerpo no es malo, sino que puede entenderse y se entiende como expresión de unidad interhumana (hombre y mujer forman una sarx: Mc 10,8). El mismo Logos de Dios se ha hecho sarx, encarnándose así en la debilidad de la vida humana (Jn 1,14), y, de esa forma, Jesús ha podido decir, por experiencia, que la sarx es débil (cf. Mc 14,28).

Soma es el hombre entero, en cuando distinto de cada uno de sus miembros tomados por aislado (cf. Mt 5,29-30). El soma es el hombre en su identidad, como distinto de las cosas que tiene, de los vestidos que se pone (cf. Mt 6,22-26). Especial importancia recibe el soma en dos contextos, vinculados entre sí, uno eucarístico y otro eclesial. Jesús dice ante el pan «esto es mi soma», en el sentido de corporalidad que se abre y se entrega a los demás, para compartirla con ellos (cf. Mc 14,22 par); éste es el soma que la mujer unge para la resurrección, apareciendo así como signo de la corporalidad pascual de Jesús y los cristianos (cf. Mc 14,8; Jn 20,14). El cuerpo de Jesús resucitado se expresa en la Iglesia, de tal forma que en ella hay muchos pero forman un solo cuerpo, que es el mismo Cristo (cf. Rom 12,5; 1 Cor 10,17; 12,2). La carta a los Efesios ha desarrollado este simbolismo, pero distinguiendo ya entre Cristo, que es la cabeza, y el cuerpo que es la Iglesia (Ef 4,15-16). En ese contexto se sitúa la gran formulación sobre la unidad teológica (divina y humana) de la Iglesia: «Esforzaos por guardar la unidad del Espíritu, en el vínculo de la paz. Hay un sólo cuerpo y un Espíritu, como es una la esperanza de vuestra vocación, a la que habéis sido llamados. Hay un Señor, una fe, un sólo bautismo. Hay un Dios que es Padre de todos» (Ef 4,3-6). La unidad de Dios Padre y la Unidad del Señor Jesús (expresada en fe y bautismo) se convierte por medio del Espíritu en unidad del cuerpo que es la Iglesia.

Cf. M. LEGIDO, La Iglesia del Señor. Un estudio de eclesiología paulina, Universidad Pontificia, Salamanca 1978; J. A. T. ROBINSON, El cuerpo. Estudio de teología paulina, Ariel, Barcelona 1968.

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CRUZ

1. Muerte de Jesús

(muerte, Jesús). El signo de la cruz constituye quizá la mayor aportación del cristianismo a la simbología de las religiones. Ciertamente, un tipo de cruz se ha utilizado desde hace mucho tiempo, como símbolo solar (cruces aspadas, lauburus) o como signo de todo el cosmos, especialmente en clave espacial (cuatro líneas abiertas a los cuatro puntos cardinales que se cruzan en un centro). Sin embargo, ninguno de esos elementos constituye el rasgo específico de la cruz cristiana, que ha empezado siendo un signo de tortura y un patíbulo donde Jesús ha muerto, en contra de las expectativas y esperanzas de sus seguidores. Pero esa cruz, con un hombre muerto en ella, siendo en principio el escándalo supremo de la fe, se ha interpretado después, partiendo de la pascua, como símbolo mesiánico y como principio de seguimiento cristiano.

El escándalo de la cruz ha sido formulado de manera clásica por Pablo: «Los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los gentiles, en cambio, para los llamados, poder y sabiduría de Dios, porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1,2225). Más aún, Pablo sabe que, conforme a la Ley de Israel, la cruz es una maldición: «Maldito es aquel que ha sido colgado de un madero» (Gal 3,10, con cita de Dt 27,26). Los evangelios han escenificado esa maldición de la cruz en unos relatos de fuerte dramatismo. Los espectadores que pasan ante el Calvario se mofan de Jesús crucificado y, de un modo especial, lo hacen los sacerdotes y escribas, indicando con sus burlas que Dios ha rechazado a Jesús. La cruz no es para ellos un signo de presencia, sino de abandono de Dios: «¡Ay, tú que destruías el templo y lo reedificabas en tres días! ¡Sálvate a ti mismo, bajando de la cruz!… Y de manera semejante, los sumos sacerdotes, riéndose entre sí, con los escribas, decían: ¡A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse! ¡El Mesías! ¡El rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos! (Mc 15,2832). El mismo Jesús reconoce el escándalo y grita: «Eloí, Eloí, lemá sabactaní?, es decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34), ratificando con su fracaso y soledad el escándalo de una vida humana sometida a la injusticia y sufrimiento.

Un escándalo anunciado: era necesario. Para aquellos que saben leer las Escrituras y la paradoja de la historia humana, la cruz se ha venido a presentar como signo supremo de solidaridad de Jesús con los pobres, llegando a ser de esa manera un símbolo mesiánico. Esto es lo que han descubierto y formulado los cristianos cuando han dicho que era necesario (dei): era necesario que el Hijo del Hombre padeciera (Mc 8,31 par), compartiendo así la suerte de los hombres y mujeres que buscan y fracasan, que sufren y no logran descubrir la verdad. Ellos, los dolientes de la tierra, los perdedores de la historia son ahora la comunidad de Jesús, forman su Iglesia. Ésta no es una necesidad ontológica, vinculada a los mitos del eterno retorno del sufrimiento, sino una necesidad histórica, que la Escritura había ido descubriendo y mostrando en algunos de sus textos más paradigmáticos (el siervo* sufriente del Segundo Isaías, el justo perseguido de Sab 2). Este descubrimiento de la necesidad del sufrimiento constituye la primera norma interpretativa cristiana del Antiguo Testamento, el principio hermenéutico supremo de la Iglesia (cf. Lc 24,26.44; Hch 1,16).

El Cristo crucificado. Los investigadores no han llegado todavía a un acuerdo total sobre la manera en que Jesús entendió su tarea mesiánica; pero es evidente que el letrero de la cruz: «Jesús nazareno, rey de los judíos» (cf. Mc 15,26 par) ha golpeado la conciencia de los cristianos, de manera que han querido destacar la verdad de ese letrero. Lo que Pilato había hecho escribir en son de burla y condena lo toman ellos como signo de la verdad de Dios. En esa línea se sitúan las más solemnes confesiones de Pablo, que entiende a Jesús crucificado como presencia y revelación suprema de Dios (cf. 1 Cor 1,13.22; Flp 2,8; 3,18). Lo que era escándalo insalvable se convierte así en principio de fe. La cruz es la señal más alta de la presencia de Dios.

Tomar la cruz. Desde aquí se puede dar un paso más y afirmar que el camino de la cruz constituye el signo distintivo de los creyentes. Así lo dice Pablo cuando afirma que sólo quiere conocer a Cristo y a Cristo crucificado (1 Cor 2,2), para añadir después que él mismo desea estar y está crucificado con Jesús (cf. Gal 2,20; 3,1). Desde aquí se entienden las palabras más novedosas de los sinópticos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará» (Mc 8,34-35). Rehacer el camino de la cruz de Jesús desde su mensaje de Reino, en clave de pascua; ésta es la novedad del cristianismo.

Cf. R. E. BROWN, La muerte del Mesías I, Verbo Divino, Estella 2005; H. SCHÜRMANN, ¿Cómo entendió y vivió Jesús su muerte?, Sígueme, Salamanca 1982; El destino de Jesús. Su vida y su muerte, Sígueme, Salamanca 2004.

2. Signo de Dios

(Dios, encarnación, pasión, resurrección). A partir de la experiencia cristiana primitiva, expresada por Pablo y los sinópticos, lo mismo que por el evangelio de Juan (cf. Jn 12,32), la cruz ha venido a presentarse como signo de Dios y de la salvación de los hombres.

Podemos presentar a Dios sin cruz, como una esfera, encerrado en su quietud eterna, sin dolores ni problemas, sin cambios ni muerte en el mundo. Notas suyas serían la inmutabilidad, autocontemplación y poderío: lo tiene todo y por tanto nada necesita. Frente a los restantes seres que ha creado, él se enclaustra inexorable en su propia perfección. Un Dios así, sin Cruz ni amor, es para muchos hombres y mujeres de este tiempo un enemigo. Pero el Dios de Jesucristo se introduce por la Cruz en nuestra historia y muere dentro de ella en favor de los humanos. Es un Dios de libertad, no es poder que goza obligando a que los otros le rindan reverencia, sino amor que se ofrece en gratuidad, abriendo así un espacio de vida compartida para todos.

Los cristianos confiesan que Dios se expresa (se realiza humanamente) en la historia salvadora de la Cruz de Cristo. Así entienden la Cruz como un momento integrante del proceso de amor, que brota del Padre, suscitando al Hijo como ser distinto de sí mismo y capaz de responderle. El mismo Padre se regala (se pierde) dando su vida a Jesucristo: no clausura para sí riqueza alguna, no conserva egoístamente nada, sino que entrega a Jesús todo lo que tiene para que él pueda realizarse li El Hijo Jesús, que ha recibido la vida del Padre, se la ofrece nuevamente, poniéndose en sus manos cuando entrega su vida por el Reino (en favor de los humanos). Entendida así, la Cruz, como expresión de entrega personal (poner la vida en manos del otro), pertenece a la esencia del amor, forma parte del misterio interno de Dios, entendido según Jn 17 y Mt 11,25-27 como amor del Hijo y del Padre. Dios es amor y no hay amor sin que el amante ofrezca su vida al amado, como el Padre que se entrega absolutamente al Hijo. No hay amor sin que el amado responda en acogimiento y confianza (Jesús se ofrece al Padre, poniéndose en sus manos). Esto es lo que aparece representado y realizado humanamente en la Cruz. Eso significa que la cruz pertenece al misterio de Dios. En ella se expresa el don del Padre que regala su vida al Hijo (poniéndose en sus manos) y el don del Hijo que responde, devolviéndole la vida.

Históricamente, Jesús ha expresado la cruz del amor divino en formas de dolor y muerte violenta. Ha querido vivir y ha vivido el amor divino (gratuidad, plena confianza) en medio del conflicto y egoísmo de la historia. Así ha entregado su vida en amor, dejándose matar por el Reino, en cruz que se vuelve asesinato. De esa forma ha expresado el amor pleno del Padre desde la conflictividad de una historia de violencia. Dios ha realizado su misterio de amor (Cruz pascual) dentro de una historia de violencia (Cruz de pecado). Humanamente mirada, la Cruz concreta de Jesús nace del pecado: él muere porque le han matado, como víctima de un asesinato donde se condensan todas las sangres de la historia (cf. Mt 23,35). De esa forma, en un plano histórico, la cruz es resultado de la lucha humana y expresión de la maldad más alta (pecado original) de la historia. Pero, mirada en otro plano, ella aparece como Cruz pascual: momento en que se expresa y culmina el amor de Dios dentro del mundo. Precisamente allí donde los hombres quieren imponerse por la fuerza, instaurando su violencia, revela Dios su amor y Jesús le responde en amor pleno, muriendo en favor de ellos. Ambas cruces (la del pecado y la de la pascua) son inseparables y forman la única Cruz del Hijo de Dios (del amor trinitario) dentro de la historia. Por ella ha expresado Jesús su amor mesiánico en clave de gratuidad (ha muerto por el Reino) y el Padre Dios le ha respondido de forma salvadora, acogiéndole en la muerte y resucitándole en su amor (Espíritu Santo), para bien de los hombres.

La necesidad de la cruz es necesidad de gracia y no de imposición o destino cósmico. Según eso, el dei (era necesario: cf. Mc 8,31 par; Lc 24,7.26) forma parte del misterio de la gracia de Dios que sólo puede relacionarse con los hombres en gesto de amor que se entrega y da vida. Mirada así, la cruz pertenece al tiempo primigenio de la realización de Dios que sólo existe amando de manera creadora. Por eso, la Cruz no es algo que Dios ponga a la fuerza sobre las espaldas de los otros, reservándose egoístamente un gozo sin Cruz, sino que ella constituye el centro y camino del misterio divino: sólo siendo Cruz en sí Dios puede ofrecerla a los humanos para que en ella culminen su existencia. Lo contrario podría ser sadismo. Por la Cruz, sabemos que el hombre sólo es dueño de sí mismo y creador de vida en la medida en que se entrega, como semilla de vida, en favor de los otros: «si el grano de trigo no muere…» (Jn 12,24). Sólo quien pierde su vida para bien de los demás la encuentra y recupera.

La Cruz, una experiencia trinitaria. Retablo de la Cartuja de Miraflores. El signo de la cruz ha sido interpretado de muchas formas a lo largo de la historia cristiana, como pone de relieve el modelo exegético de la Wirkungsgeschichte o historia del influjo del texto. Escogemos como ejemplo una representación clásica: el retablo mayor de la Cartuja de Miraflores, en Burgos, Castilla. Dentro del óvalo de la divinidad, el Padre y el Espíritu, revestidos de símbolos reales, sostienen la cruz. Por encima sobrevuela el pelícano de Dios, la vida como entrega de muerte y como nuevo nacimiento donde se supera la muerte. En la parte inferior aparecen, como entrando en el óvalo sagrado, la madre de Jesús y el discípulo querido, signo y compendio de la Iglesia. El óvalo de Dios es un mandala: el círculo de Dios, completo en sí, pero abriéndose por la cruz de Jesús hacia la Iglesia. Dios es amor en sí mismo, Padre, Hijo y Espíritu, un Dios a quien nadie ha visto, pero que se abre y manifiesta por Jesús crucificado, que brota de su mismo seno divino (cf. Jn 1,18). Como dice Pablo, los judíos quieren obras, señales poderosas del Dios creador; los griegos buscan sabiduría, conocimiento del misterio, pero «nosotros predicamos al Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos, necedad para los griegos (los gentiles). Para nosotros, los elegidos, es Cristo fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1,23-25). Cristo crucificado es la sabiduría, justicia, santidad y redención de Dios (1 Cor 1,30). Pero hay algo más: el Dios de la Cruz de la Cartuja es un Dios que se hace presente como misterio trinitario. Comencemos por los dos extremos, donde están el Padre y el Espíritu, como contrapuestos, formando las dos alas de la divinidad, sosteniendo la cruz de Jesucristo. Ambos, unidos y distintos, Padre y Espíritu son los portadores del misterio. El Padre aparece con los rasgos de gran sacerdote del Antiguo Testamento que recibe la ofrenda de Jesús y le sostiene en el momento mismo de su muerte. El Espíritu presenta también rasgos personales y así forma la pareja o complemento de Dios Padre; lleva en su cabeza la corona imperial, como signo de plenitud, expresión del mundo nuevo que surge por la entrega de Jesús, el Cristo; por otra parte, él aparece como joven todavía no sexuado o, quizá mejor, como doncella, mostrándose así como rostro femenino y materno de Dios. Ciertamente, Dios desborda todas las figuras y representaciones sexuales de la tierra, pero puede presentarse como Padre masculino y como Espíritu femenino, que se reflejan de algún modo en las dos figuras inferiores del retablo, la madre de Jesús y el discípulo amado, que, como hemos dicho, penetran en el óvalo de la divinidad. Pero, dicho esto, debemos añadir que sólo podemos hablar del Padre y el Espíritu mirando al Hijo crucificado a quien ellos sostienen, como amor encarnado que se entrega por los hombres. Eso significa que sólo podemos comprender a Dios mirando hacia la cruz. Y sólo entenderemos la cruz si la miramos desde Dios. Teniendo eso en cuenta podemos volver hacia lo alto de la escena, donde vemos el pelícano de Dios. No es la paloma del Espíritu Santo, sino el ave de la divinidad total, que preside sobre el misterio, indicándonos sus rasgos primordiales. Conforme a una tradición antigua, el pelícano se hiere hasta morir, dando su sangre para que de esa forma puedan crecer y alimentarse los polluelos (hijo) con la vida de su madre. Así sucede en Dios: es la vida que se entrega hasta la muerte, haciendo posible el surgimiento y despliegue de la vida. Se entrega Dios por nosotros en Cristo, como pelícano de amor que muere para dar vida a los hombres. En este contexto, queremos recordar que en el Antiguo Testamento el pelícano era un ave impura (cf. Lv 11,18; Dt 14,17). Aquí aparece, en cambio, como signo de Dios.

Cf. M. KARRER, Jesucristo en el Nuevo Testamento, Sígueme, Salamanca 2002; J. MOLTMANN, El Dios crucificado, Sígueme, Salamanca 1975; X. PIKAZA, Éste es el Hombre. Cristología Bíblica, Sec. Trinitario, Salamanca 1997; H. U. von BALTHASAR, «El misterio pascual», MS III, 2,143-336.

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CREACIÓN

(sábado). Todo el mensaje de la Biblia está centrado en la experiencia de la acción creadora de Dios (que es dador de vida, antes que juez) y en la exigencia de la acción creadora del hombre, que es capaz de responderle, porque aparece como dueño de sí mismo y puede trazar el camino de su propia vida, haciéndose de esa manera a sí mismo. Este descubrimiento del carácter creador del hombre, cuya vida forma parte de la vida* y despliegue de Dios y no puede ponerse al servicio de ninguna otra verdad o realidad, constituye el punto de partida de la antropología bíblica. Eso significa que el futuro de los hombres no se cierra en el círculo del eterno* retorno de la vida, ni se encuentra fijado de antemano, sino que han de trazarlo los mismos hombres, al realizarse a sí mismos.

Génesis. En el fondo de esa visión está el testimonio de Dios creador: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra era un caos informe. Había tinieblas sobre la faz del océano, y el Espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas. Entonces dijo Dios: Sea la luz, y fue la luz…» (Gn 1,1-3). Frente al Dios creador aparece el caos informe, que podemos entender como nada. Decir que existe nada supone que ya es algo; eso significa que no tenemos más remedio que imaginarla y así la imaginamos como una confusión, como un vacío, como el oleaje loco de aguas que van y vienen.

De la nada. Todo el despliegue de la Biblia supone que ese caos (nada) no es un anti-Dios contra el que Dios tuviera que luchar para vencerle; es simplemente nada, aquello que no existe de forma organizada; no es materia (del latín mater, madre); no es un vientre fecundado, ni un huevo que pudiera dar a luz las nuevas creaturas. Pero sólo 2 Mac, empleando un lenguaje más cercano a la filosofía griega, ha podido decir que «Dios lo ha creado todo de la nada» (LXX: ouk ex ontôn; Vulg: ex nihilo). Pues bien, sobre ese caos sobrevuela Dios como «espíritu de vida», como aliento, respiración, vida que se expira e inspira, suscitando nueva vida. No había materia, ni huevo cósmico; sólo nada. Pero había Dios y Dios quería expresarse hacia fuera, fuera de sí mismo, haciendo que surgiera el cosmos… dentro de su mismo proceso de vida. Pues bien, la Biblia añade que ese Dios-Espíritu es, al mismo tiempo, Dios-Palabra que se puede decir, que va diciendo cada una de las cosas que son. Al emplear estas dos imágenes, tomadas de la vida humana (aliento, conversación), el Génesis supone que también los hombres somos creadores, de manera que podemos expresarnos hacia fuera, a través de ese Espíritu, a través de la Palabra.

Por la Sabiduría, por la Ley. La tradición sapiencial supone que Sophia de Dios (hokmah) es la mediadora de la creación y fundamento del sentido/realidad del mundo; por medio de ella ha creado Dios todas las cosas. Pues bien, elaborando un argumento que aparece ya apuntado en Eclo 24, la tradición judía afirmará que Dios ha creado todas las cosas a través de la Ley, es decir, por la Torah (Abot 3,14). Éste es un motivo que de alguna forma nos conduce al centro de las grandes religiones y culturas de la historia. Los chinos han interpretado el tao y los griegos al logos como mediador y centro de toda realidad. Buscan el fondo del ser: quieren descubrir el sentido de lo que existe. Pues bien, para los rabinos ese principio y sentido universal es la Torah: ella ofrece a los hombres el instrumento capaz de mantener en armonía la vida social, la estructura del mundo; ella es su tesoro, la gran joya donde encuentra su sentido y plenitud todo lo humano, ella es mediadora de la creación. (4) Por medio de Cristo. Siguiendo en esa línea, fundados en la experiencia pascual, los cristianos dirán que Dios lo ha creado todo por medio del Logos o palabra de Dios que es Cristo (Jn 1,1-3; Col 1,16; Heb 1,1-3). De esa forma asumen el tema judeohelenista de la creación por la Sabiduría o la Ley, pero le dan un sentido distinto: ellos afirman que Dios ha creado todas las cosas en referencia a un hombre, entendido como expresión definitiva de Dios y centro de universo, que recibe así un carácter «antrópico»: todo existe en referencia al hombre Cristo. Esta experiencia, en la que se vincula creación y redención, divinidad y encarnación, constituye la novedad mayor del cristianismo, que ha sido elaborada después por la teología, sobre todo a partir de la tradición alejandrina.

Cf. F. CASTEL, Comienzos. Gn 1–11, Materiales de Trabajo, Verbo Divino, Estella 1987; R. CROATTO, El hombre en el mundo. Creación y designio Estudio de Génesis 1:1–2:3, La Aurora, Buenos Aires 1974; Crear y amar en libertad. Estudio de Génesis 2:4–3:24, La Aurora, Buenos Aires 1986.

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COSMOS

(idolatría, sabiduría). El término cosmos no pertenece a la tradición bíblica, que habla más bien de «cielo y tierra», sino al mundo cultural griego, pero se ha introducido en la traducción griega de los LXX y, sobre todo, en los libros propios de esa edición bíblica (Eclo, Sab, 4 Mac, etc.). En el Nuevo Testamento aparece con cierta frecuencia (unas 200 veces), para indicar la totalidad del mundo. Sigue teniendo de fondo una experiencia de armonía y equilibrio, pero, en contra de lo que sucede en la cultura griega, el cosmos bíblico es finito, como indica con claridad meridiana la sentencia de Jesús: ¡Qué le vale al hombre ganar todo el cosmos si pierde su alma! (cf. Mc 8,36). Desde este contexto queremos evocar la condena de la adoración del cosmos y la visión del Cristo cósmico.

Libro de la Sabiduría. (1) Condena de la cosmolatría. La cosmolatría o adoración de los poderes cósmicos (interpretados con frecuencia como dioses) ha sido condenada de un modo especial por el libro de la Sabiduría: «Eran naturalmente vanos todos los hombres, que ignoraban a Dios y fueron incapaces de conocer al que Es partiendo de las cosas buenas que están a la vista, que no reconocieron al Artífice fijándose en sus obras, sino que tuvieron por dioses al fuego, al viento, al aire leve, a las órbitas astrales, al agua impetuosa, a las lumbreras celestes, regidoras del mundo. Si, fascinados por su hermosura, creyeron que esas obras eran dioses, sepan cuánto los aventaja su Dueño, pues las creó el autor de la belleza. Y si les asombró el poder y actividad de esas obras, mediten sobre el poder de quien las hizo, pues, por la magnitud y belleza de las criaturas, se descubre por analogía a aquel que les dio el ser» (Sab 13,1-5). El libro de la Sabiduría sabe, lo mismo que Gn 1, que todas las cosas son palabra y signo de Dios, y que el hombre, siendo más que un simple ser de mundo, no puede quedarse en las obras hechas por Dios, sino que, por ellas, se debe elevar hasta el Dios que las hizo. El mundo pertenece al nivel de las obras, es decir, de las cosas fabricadas. Dios, en cambio, es tekhnites o «técnico», hacedor de todas ellas (Sab 13,1.5), siendo por tanto «el que Es» (ton onta: Sab 13,1; cf. Ex 3,14). Por eso, la primera forma de idolatría consiste en adorar las cosas del mundo, como si fueran por sí mismas divinas.

Libro de la Sabiduría. (2) Actitudes ante el cosmos. En el fondo anterior podemos distinguir dos actitudes primordiales. (a) La religión helenista del entorno israelita concibe el mundo como theion, divino, hogar de existencia para el hombre, y en esa línea la religión viene a entenderse como equilibrio cósmico. No son necesarias más palabras que las del mundo. La piedad consiste en ajustarnos religiosamente al cosmos, sabiendo que formamos una parte de su todo. (b) En contra de eso, como buen israelita, el autor de Sab 13,1-9 confiesa que el mundo, cerrado en sí mismo, acaba esclavizando al hombre, si le impide elevarse a la trascendencia de Dios. De todas formas, el autor del libro «comprende» la equivocación de los cosmólatras: «A éstos poco se les puede echar en cara, pues tal vez andan extraviados, buscando a Dios y queriéndole encontrar… Pero ni siquiera éstos son perdonables, porque, si lograron conocer el cosmos, ¿cómo no han conocido primero al Señor (que lo gobierna)?» (Sab 13,6-9). Ésa es la reflexión admirada y sorprendida de un judío que contempla la cultura griega (tal como se ha desarrollado en Alejandría), cuyos filósofos y sabios han logrado descifrar de alguna forma la «ley del universo», abriendo un camino que la ciencia europea posterior (desde el siglo XVII) ha desarrollado, pero sin abrirse por ello a la Sabiduría superior de Dios. Aquellos que se quedan en el mundo y divinizan su belleza y sus contrastes, sus valores y sus sombras, permanecen ciegos: dejan de ver precisamente lo que más importa, el Dios que lo ha creado y el hombre que lo habita. Una antropología puramente cósmica resulta insuficiente para el autor del libro de la Sabiduría y para el conjunto de la Biblia.

Cristo cósmico. Conforme a la visión de Sab, el cosmos no puede ser divinizado ni adorado. Pero, en otra perspectiva, asumiendo y elaborando elementos del pensamiento judeohelenista, la carta a los Colosenses ha vinculado el Cosmos a Jesús, de manera que en él y por él puede ser adorado. «Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, visibles e invisibles, tronos, dominaciones, principados, potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes que todas las cosas, y todas subsisten en él. Él es también la cabeza del cuerpo, de la Iglesia, y es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia, porque al Padre agradó que en él habitara toda la plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz» (Col 1,1520). Una vez que el Evangelio se ha entendido en el contexto de la sabiduría judeohelenista de su tiempo, resulta normal que Jesús aparezca como centro y sentido del cosmos. Se abre así un camino que puede conducir a los discursos gnósticos, alejándose de la carne e historia de Jesús. Pero éste es también un camino que puede y debe recorrerse según el Evangelio, desde el mismo mundo, entendido como signo de culminación y redención cristiana de todo lo que existe. Así lo han puesto de relieve las tres estrofas del himno citado. (a) Preexistencia (Col 1,15-16). El mismo Cristo, ser divino preexistente, es reflejo (imagen) de Dios y principio universal de una creación que consta de seres visibles e invisibles (angélicos). (b) Acción cósmica (1,17-18). El Cristo divino preexistente es mediador cósmico, centro estructurante y cabeza de todo lo que existe, de manera que el mundo aparece así fundado en lo divino. (c) Culminación (1,18b-20). Ese ser divino ha penetrado en el mundo, realizando su obra triunfadora, ha vencido a la muerte, ha logrado un poder universal de salvación no sólo sobre los hombres, sino sobre el mundo entero. En el fondo del himno de Colosenses parece hallarse un texto más antiguo que trataba probablemente de un ser divino entendido como cabeza (centro) del sôma o cuerpo cósmico, destacando así el carácter físico-ontológico de la salvación. Pero el autor de Col ha cristianizado su figura, de manera que sin negar su carácter cósmico, ha puesto de relieve su importancia redentora humana, como cabeza del cuerpo de la Iglesia. De esa forma rechaza un tipo de gnosis que convertiría a Cristo en un ser divino intemporal. Pero, al mismo tiempo, interpreta a Cristo como creador y redentor cósmico, principio, centro y culmen de la realidad. A través de Cristo, Dios no sólo se ha encarnado (haciéndose hombre), sino que se ha «cosmizado», haciéndose de alguna forma signo y salvación de todo el mundo, como habían puesto de relieve, con una filosofía neoplatónica, los grandes Padres de la iglesia alejandrina.

Cf. P. BONNARD, La Sagesse en personne annoncée et venue: Jésus Christ, LD 44, Cerf, París 1966, 69-79; M. HENGEL, Judentum and Hellenismus, SCM, Londres 1981; C. LARCHER, Le Livre de la Sagesse I-III, Gabalda, París 1985; T. OTERO LÁZARO, Col 1,15-20 en el contexto de la carta, Gregoriana, Roma 1999; E. SCHWEIZER, La carta a los Colosenses, Sígueme, Salamanca 1987; J. VÍLCHEZ, Sabiduría, Verbo Divino, Estella 1990.

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CORDERO

(ovejas y cabras, chivo, pascua). Es para el Antiguo Testamento el animal sagrado (sacrificial) por excelencia. El Nuevo Testamento lo vincula con Jesús, «cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (cf. Jn 1,29.36), viniendo a convertirse de esa forma en un símbolo unificador del conjunto de la Biblia. Éstos son algunos de los textos y figuras con los que puede vincularse ese Jesús, Cordero de Dios.

Cordero de la Aquedah o ligadura de Isaac. Aparece vinculado al sacrificio de Isaac, al que sustituye (Gn 22,7-8). Sobre esa base aparece, con frecuencia, como signo de la vida humana. En esa línea se puede afirmar que Dios «perdonó» a Isaac, pero nos ha ofrecido la vida de su Hijo, como auténtico cordero salvador (cf. Rom 8,32).

Cordero pascual. Cuando salieron de Egipto, los hebreos sacrificaron el cordero y con su sangre pintaron el dintel y jambas de sus puertas, de manera que el ángel exterminador pasara de largo ante sus casas, sin matar a sus primogénitos (Ex 11,2-14). Por eso, ellos siguieron comiendo por los siglos el cordero de la pascua, en memoria del paso del Señor, en actitud de agradecimiento. Éste es el cordero que les permitía caminar hacia la libertad, manteniéndoles en vida en medio del gran riesgo de la muerte; era señal de Dios sobre la tierra.

Cordero profético. Al lado del cordero pascual influye la experiencia del cordero manso, que no se opone, ni combate, no se enfrenta con sus carniceros. En ese contexto, perseguido por sus enemigos, Jeremías se ha mirado a sí mismo como un «manso cordero llevado al matadero» (Jr 11,19). En esa línea avanza Segundo Isaías, cuando presenta al Siervo de Yahvé como cordero: «El Señor cargó sobre él nuestros crímenes. Maltratado, se humillaba y no abría la boca: como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia se lo llevaron.

¿Quién meditó en su destino? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron» (Is 53,6-8). Este pasaje misterioso ha servido de reflexión para generaciones de creyentes, judíos y cristianos.

Cordero mesiánico. El texto más significativo está vinculado a un eunuco de la reina de Etiopía, que ha venido como prosélito judío al templo de Jerusalén, preguntando sobre el signo del cordero; pero en el templo no le han respondido y así vuelve sobre el carro sin saber lo que el cordero significa. Entonces se le acerca Felipe evangelista y «partiendo de este mismo pasaje» le presenta el Evangelio (cf. Hch 8,36-40). Comprender el sentido de ese cordero es comprender y aceptar el cristianismo. Sin más dilación, Felipe bautiza al eunuco, que no necesita más catecumenado.

Cordero que quita los pecados del mundo. El evangelio de Juan ha reflexionado sobre el tema del cordero que quita los pecados. Ciertamente, está en el fondo la experiencia de los sacrificios de Israel, entre los cuales se encuentra también el del cordero, para expiación de los pecados (cf. Lv 4,22; 5,7; 9,3; 14,12.24-25, Nm 6,12; etc.). En un sentido, la gran fiesta de la Expiación y de perdón de los pecados está vinculada al chivo* expiatorio (emisario) y no al cordero (cf. Lv 16), pero eso no impide que el conjunto de la liturgia israelita haya visto al cordero como animal expiatorio. Por otra parte, el ritual del sacrificio supone a veces que pueden emplearse por igual cabritos o corderos (Ex 12,5 indica que la pascua se puede celebrar con cordero o cabrito). Pues bien, desde el ese fondo se eleva la palabra de Juan* Bautista refiriéndose a Jesús: «Éste es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). El plural del texto evocado (Is 53,5 se ha vuelto aquí singular: en el fondo, según Juan, sólo hay un pecado, el rechazo del mundo que se opone a Dios. Pues bien, por medio de su entrega Jesús ha destruido ese pecado, volviendo a poner a los hombres ante el misterio de Dios.

(1) El libro del Cordero degollado (Ap 5,5-7) (libro*, ancianos*). En el contexto anterior se comprende la imagen del Cordero como personaje central del Apocalipsis, en la gran visión del Libro: Ap 5. La escena anterior (Ap 4) ha presentado a Dios sentado sobre el trono. Lleva en su derecha el libro de la historia de los hombres. Nadie puede abrirlo y el profeta llora. «Entonces uno de los ancianos me dijo: no llores, ha vencido el león de la tribu de Judá, el descendiente de David, para abrir el libro y desatar sus siete sellos. Entonces, entre el trono con los cuatro vivientes y el círculo de los ancianos, vi un Cordero: estaba de pie, como sacrificado; tenía siete cuernos y siete ojos que son los siete espíritus de Dios enviados a la tierra entera. Se acercó y recibió el libro de la mano derecha del que está sentado sobre el trono. Cuando recibió el libro, los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero… cantando un canto nuevo: ¡Digno eres de recibir el libro y de soltar sus sellos, porque fuiste degollado y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación» (Ap 5,5-9). Normalmente, en los textos apocalípticos (como en Dn, 4 Esd, 2 Bar) suele haber primero una visión enigmática y después viene la aclaración, hecha por un ángel o hermeneuta superior. Aquí se invierte el orden: primero hay una palabra, de tipo israelita (el anciano habla al profeta del león vencedor: Ap 5,5), y luego viene la visión de tipo cristiano (el profeta mira y ve un cordero: 5,6). En ese contexto se entiende la escena. Lloraba el vidente, pues nadie podía abrir el Libro (Ap 4,4). Un Anciano con función de ángel (cf. 7,13; 10,4.8; 17,1; etc.) le consuela: Ha vencido el León de Judá (cf. Gn 49,9: reino davídico), como rey de estepa o selva, animal poderoso, conforme a una imagen conocida en Israel (cf. 1 Mac 3,3-4; 4 Esd 10,60–12,35) y su entorno. Ha vencido el retoño, descendiente, de David (del árbol de Jesé: cf. Is 11,1.10). Del plano animal (león) se pasa así al reino vegetal: árbol fuerte que revive y crece, cargado de vida y futuro, será el Cristo. El anciano dice al profeta que el león-retoño ya ha vencido, de manera que él puede abrir el libro cerrado, donde se contiene todo el despliegue de la historia del Apocalipsis. Pues bien, cuando el vidente mira no descubre un león, sino un Cordero (arnion) degollado, de pie, victorioso, en el centro del corro que forman los vivientes del tetramorfo* y los ancianos.

(2) La identidad del Cordero. Hemos visto al Cordero. Ahora debemos precisar mejor su sentido dentro del Apocalipsis. (a) Podría ser carnero luchador. Algunos piensan que el arnion que ha visto Juan no es un cordero, sino el carnero fuerte (Aries) de la constelación celeste, animal de guerra, como el de Dn 8,3-7. Varios textos apocalípticos (Test XII Pat y 1 Hen 89–90) presentaban la batalla final como combate de animales. En ese contexto debería entenderse el arnion-carnero del texto (cf. Ap 6,15-16; 14,1-5; 17,14). (b) Es Cordero degollado, pues Juan le llama así (es arnion), añadiendo que está degollado; no es carnero luchador (que se dice en griego krios, en los textos ya citados de Daniel LXX). Vence por su muerte, como el Siervo de Is 53; es signo pascual, salva a los hombres por su sangre (Ap 5,9; 7,14; 12,11), no a través de una guerra militar. (c) ¿Es Cordero de la akedah (sacrificio de Isaac: Gn 22)? La tradición judía ha destacado (cf. Targum de las Cuatro copas*) la importancia cósmica y salvadora del cordero de Isaac y en esa línea podrían entenderse algunos elementos de este cordero mártir mesiánico de Ap 5. Sea como fuere, la imagen del Cordero degollado emerge de la tradición israelita, de un modo especial de Is 53,7, donde se presenta al Siervo de Yahvé como «cordero llevado al matadero». La novedad del Apocalipsis está en que lo ha identificado con Jesús, Hijo del Hombre, presente en las iglesias (Ap 2–3) y en que lo muestra como degollado de hecho. Los siete cuernos son su fuerza, el poder de Dios, y se identifican en algún sentido con los siete ojos del mismo Dios que actúa de forma poderosa sobre el mundo. Juan nos había saludado de parte de los Siete Espíritus (Ap 1,4) que eran entorno, irradiación de fuego, del poder de Dios (4,5). Pues bien, ahora descubrimos que esos espíritus son ojos del Cordero que, asumiendo el poder de Dios (cuernos), dirige su mirada hacia todos los misterios de la realidad (cf. 3,1). Sólo el Cordero posee los Espíritus (ojos) de Dios y puede abrir el Libro, revelando sus secretos. El Mesías de Dios es un Cordero sacrificado que todo lo ve, que lo puede todo. Toda la trama posterior del Ap, hasta las Bodas del Cordero (21,1–22,5), brota de esta imagen: el Esposo final de la historia no es un demiurgo machista, sino el Cordero débil que se desposa en amor con la humanidad. Juan, el apocalíptico, ha formulado así su clave hermenéutica más honda. En una perspectiva convergente se sitúa la imagen en Juan evangelista, que presenta a Jesús como «cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29.36).

Cf. J. M. FORD, Revelation, AB 38, Doubleday, Nueva York 1975; B. J. MALINA, On the Genre and Message of Revelation. Star Visions and Sky Journeys, Hendrickson, Peabody MA 1985.

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