Bautismo

Es uno de los sacramentos mencionados por T, si bien su presencia en los escritos teresianos sea muy modesta. Ella había sido bautizada en la parroquial abulense de san Juan Bautista, a los ocho días de nacer, el 4 de abril de 1515, miércoles santo. Lo testifica así una inscripción latina, de fecha tardía, existente aún hoy sobre la pila bautismal de dicha parroquia, de la que eran feligreses don Alonso y su familia.

La Santa recuerda en una de sus Exclamaciones (7,1) el bautismo de Jesús, en el que destaca la palabra del Padre que dice tener sus deleites en Jesús, punto de referencia para el asombro de Teresa ante la otra palabra bíblica según la cual Dios tiene sus “deleites con los hijos de los hombres” (Prov 8,31): tema de gran resonancia doctrinal en la espiritualidad de Teresa (V 14,10 y M 1,1,1). – También son de gran relieve doctrinal sus esporádicas alusiones a nuestro bautismo-sacramento. En Vida (32,6), el dolor y la oración de Teresa por los “luteranos” se funda especialmente en el hecho de que “eran ya por el bautismo miembros de la Iglesia”, de la que se separan por la herejía. – En cambio, en el Camino, aunque sea de soslayo, expresa su convicción de que el bautismo –ya antes de la consagración religiosa– es un desposorio del bautizado con Cristo: “Nosotras estamos ya desposadas –y todas las almas por el bautismo–, antes de las bodas y que nos lleve a su casa el desposado…” (CE 38,1). Es decir, las bodas con Cristo serán cuando nos lleve a su casa en el cielo (en el sentido de las parábolas evangélicas Mt 22,4); pero aquí en la tierra están ya preparadas o preludiadas por el desposorio de cada alma con El en el bautismo. Desposorio y matrimonio, “desposarse” y “casarse”, en las usanzas sociales de su época eran dos grados muy diversos del proceso conyugal. Los dos pasajes de Vida y de Camino, destacan dos aspectos importantes de la teología bautismal: el sentido eclesial y el aspecto esponsal del sacramento.

En resumen, T destaca en el bautismo tres datos importantes para la vida espiritual del cristiano: a) que en el bautismo se nos otorga la gracia de la inocencia (E 3,2); b) que el bautismo hace a todo cristiano –sin exclusión de los herejes– miembro de la Iglesia (V 32,6); c) y que por el bautismo “todas las almas” están unidas al Señor con vínculo esponsal (CE 38,1) y que por ello la vida presente es una pausa de espera “antes de las bodas y que nos lleve a su casa el desposado” (C 22,7).

T. Álvarez

Todos los derechos: Diccionario Teresiano, Gpo. Ed. FONTE

 

Adviento

El tiempo de preparación a la Navidad está presente no sólo en la liturgia sino en la vida cotidiana de los Carmelos fundados por T. Como la cuaresma, también las cuatro semanas de adviento son espera de la “Pascua del Señor” (así designada por el pueblo y por T). Se espera el nacimiento de Jesús en solidaridad con la Virgen y san José. Aunque menos que la cuaresma, también el ciclo de adviento reviste carácter ascético penitencial (Cons 18, 3). La Santa misma, en más de una ocasión, asegura que aunque “cansadísima… no he quebrantado el adviento”, es decir, ha practicado “ayunos y disciplinas” (cta 167, 4). Con todo, no le agrada que se exagere: a Gracián, enfermizo, lo disuade de dormir en el suelo las noches de adviento (cta 104, 5) Para ambientar el adviento comunitario, se procura alguno de los sermonarios en uso (cta 248,15).

Pero el adviento concluía con una exaltación festiva y gozosa. Ya en vísperas de Navidad, sabemos que fray Juan de la Cruz dramatizaba la práctica de las “posadas” (la Virgen y san José que llegan a Belén pidiendo asilo), para cuya escenificación compuso él una copla emotiva y en la que participaba toda la comunidad. Práctica probablemente introducida por la Santa en sus Carmelos y que en ellos ha durado hasta hoy.

En los “libros de romances y coplas” o en los centones poéticos de los Carmelos fundados por ella (Valladolid, Medina…) o por su discípula Ana de Jesús (Madrid) se conservan numerosos villancicos que festejan “la calenda” previa a Navidad o que escenifican la práctica de las “posadas”. Por ejemplo, las “coplas para la noche de la calenda”: “si queréis darnos posada / a mí y a aquesta doncella / con lo que nacerá della / os quedará bien pagada” (de Valladolid: primero de una serie de poemas “a lo mismo”).

Entre los villancicos de la Santa (Poesías 11-17), sólo se conservan los dedicados a la Navidad, Circuncisión y Reyes. Ninguno de adviento.

Bibl. – Víctor García de la Concha y A. Mª Pellitero, Libro de romances y coplas del Carmelo de Valladolid (c. 1590-1609). Salamanca 1982; J. M. Díaz Cerón, Obras completas de Cecilia del Nacimiento. Madrid 1971 (especialmente los poemas 43-69).

T. Álvarez

Todos los derechos: Diccionario Teresiano, Gpo. Ed. FONTE

Adoración / adorar

1. Los términos “adorar/adoración” están poco presentes en los escritos teresianos. Poco presentes también los otros vocablos alusivos a las expresiones corporales de adoración según la Biblia, cuales: “postración/postrarse” (que aparece sólo en las rúbricas de las Constituciones), “inclinarse profundamente”, “humillar la frente o la cabeza” (ausentes en sus escritos), “arrodillarse” (presente únicamente en el texto dudoso de la carta 107). Emplea, en cambio, las expresiones “estar de rodillas”, “hincarse de rodillas”, etc., postura normal en ella y en la comunidad, tanto en la oración personal como en momentos especiales de la liturgia. Pero sin relevancia doctrinal.

2. En los escritos teresianos, la adoración se expresa comúnmente en dos actitudes características del espíritu: la bendición y el asombro. Bendecir a Dios o a Cristo, y asombrarse ante su presencia o ante las obras de sus manos. Ambos gestos, con abolengo bíblico. Baste recordar a san Pablo: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo…”, oración con que comienza la carta a los Efesios. Y su exclamación en Rom 11,33: “¡Oh abismo de riqueza y sabiduría de Dios! ¡qué insondables sus designios!…” Flexiones, si no idénticas, muy similares en los textos y en el espíritu de Teresa.

En ella, es frecuente el “¡bendito seáis!”, “¡bendito por siempre!”, dirigido a Dios o a Cristo o a su misericordia infinita…, con innumerables variantes (gratitud, alabanza, piropo a la manera popular, anhelo, glorificación) y con alta densidad de sentido. “Sea bendito por siempre, que tanto da y tan poco le doy yo” (Vida 39,6), “Bendito sea Él, que de todas las cosas saca bien, cuando es servido, amén” (ib 14). – (cf Tomás Álvarez, Así oraba Teresa. Burgos 1982, pp. 190-202, en que se recoge un florilegio selecto de estas bendiciones). Es su forma espontánea de “glorificar”, a la manera del “Benedictus” evangélico. Una de sus íntimas, Ana de Jesús, en el proceso de canonización de la Santa, atestigua que pese a sus grandes enfermedades, Teresa “casi nunca dejaba de rezar el oficio divino, y esto con tanta devoción, que cuando íbamos por los caminos y rezaba fuera del coro, siempre rodeaba el salmo de arte que hubiese de decir ella el verso de Gloria Patri…” (BMC 18, 473).

No menos expresivo de su actitud de adoración es el “asombro”, que a veces raya en “estupor religioso” ante la divinidad, ante sus designios en la historia de los hombres o la historia de salvación de T misma. Es frecuente en ella la alternancia de los dos típicos sentimientos religiosos de “fascinatio et horror”. Los expresa a su modo. La fascina que Él sea u obre como es y obra, cosa que “a mí me acaba el entendimiento” (V 18,3). Y a la vez el “horror”: “¡Oh largueza infinita, cuán magníficas son vuestras obras! Espanta a quien no tiene ocupado el entendimiento en cosas de la tierra…” (ib). Las dos modulaciones adorativas (bendición y admiración) pueden comprobarse en ese pasaje de Vida: “¡Oh Señor mío. Qué bueno sois! ¡Bendito seáis para siempre!… Pues daros gracias por tan grandes mercedes, no sé cómo. Con decir disparates, me remedio…” (18, 3). – Cf Tomás Álvarez, Admiración, estupor, espantarse… en “Estu­dios Teresianos” III, p. 313-330.

Igualmente, todas o casi todas las Exclamaciones son oraciones de asombro adorativo, desde los motivos más variados: la vida y la muerte, la vocación y los pecados, el cielo y el infierno, la pasión y la gloria de Jesús, sus llagas…: “¡Oh fuentes vivas de las llagas de mi Dios, cómo manaréis siempre con gran abundancia para nuestro mantenimiento…!” (Excla­mación 9, 2). En los soliloquios del Camino de Perfección irrumpirá reiteradamente el gesto de admiración ante el misterio de la Eucaristía o ante el misterio de las relaciones del Padre Eterno con Jesús: “Vos, Padre Eterno, ¡cómo lo consentisteis!… ¡Cómo lo consentís…!” (33, 3-4).

Adoración es la actitud adoptada desde la vida de cada día ante “solo Dios”. La convicción de que “solo Dios basta”. Ese sentido del “solo Dios” es la raíz misma de la vida contemplativa. Quintaesencia de la vida religiosa en el Carmelo de San José es la consigna: “solas con Él solo”. “Su trato (de las Hermanas) es entender cómo irán adelante en el servicio de Dios”. “A solas gozar de su Esposo Cristo”. “Esto es siempre lo que han de pretender: solas con Él solo” (V 36, 25.29).

3. Todo eso adquiere proporciones nuevas a nivel místico, en la experiencia de la transcendencia divina. Es en esa experiencia donde a Teresa se le ha agudizado el sentido de la majestad de Dios. “Su divina Majestad” o “Vuestra Majestad”, que originariamente era simple versión del vocabulario social en uso, pasa a ser exponente de la transcendencia, de la hermosura, de la verdad de Dios. Ante ella, Teresa adopta la actitud de “acatamiento”. (El “Tesoro de la lengua” define: acatamiento “vale honrar y tratar con reverencia y respeto alguna persona, porque la miramos con recato y cuidado de no ofenderla ni aun con la vista”. – Ese sentido de “acatamiento” aparece desde el primer soliloquio orante del Libro de la Vida: “¡Oh Señor mío!, pues parece tenéis determinado que me salve… ¿no tuvierais por bien –no por mi ganancia, sino por vuestro acatamiento– que no se ensuciara tanto posada adonde tan continuo habíais de morar?” (1, 8).

Es clásico su texto sobre el señorío y la majestad de Dios: “porque entiendo no es como los que acá tenemos por señores, que todo el señorío ponen en autoridades postizas… ¡Oh Rey de la gloria y señor de todos los reyes, cómo no es vuestro reino armado de palillos, pues no tiene fin!… ¡Oh Señor mío, oh rey mío! ¡Quién supiera ahora representar la majestad que tenéis! Es imposible dejar de ver que sois gran Emperador en Vos mismo, que espanta mirar esta majestad…!” (V 37, 5-7). Está convencida de que, después de cada arrobamiento, “quedan unas verdades en esta alma (en ella) tan fijas, que cuando no tuviera fe que le dice quién es y que está obligada a creerle por Dios, le adorara desde aquel punto por tal, como hizo Jacob cuando vio la escala…” (M 6,4,6).

Desde lo hondo de esa experiencia surge en ella la radical sensación de “aniquilamiento” ante Dios, o la incontenible voluntad de aniquilarse para rendir ante Él la propia existencia o devolverle todo el propio ser, en un gesto absoluto de adoración. “Porque ¿qué hace, Señor mío, quien no se deshace toda por Vos? Y ¡qué de ello, qué de ello, qué de ello –y otras mil veces lo puedo decir– me falta para esto!” (V 39, 6). Él “es una llama grande, que parece abrasa y aniquila todos los deseos de la vida…” (V 38,18). – “Cuando yo me llegaba a comulgar y me acordaba de aquella majestad grandísima…, y miraba que era el que estaba en el Santísimo Sacramento, los cabellos se me espeluzaban, y toda parecía me aniquilaba” (ib 19).

Pero esa voluntad de aniquilamiento, “ser nada” para que Él sea “el todo”, no tiene tinte sombrío ni mortífero. Más bien, fluye con una especie de onda lírica y gozosa en los poemas de Teresa, no sólo ante la hermosura divina (“¡Oh hermosura que excedéis / a todas las hermosuras …!”), sino en el deseo torrencial de “ser para El”. Lo reitera en su poema “Vuestra soy, para Vos nací”:

“Veis aquí mi corazón,
yo lo pongo en vuestra palma,
mi cuerpo, mi vida, mi alma,
mis entrañas y afición…
Dadme muerte, dadme vida…
Que a todo digo que sí”.

Es quizá la suprema forma de adoración del místico acá en la tierra.

BIBL. – T. Álvarez, Así oraba Teresa, Burgos 1989.

T. Álvarez

Todos los derechos: Diccionario Teresiano, Gpo. Ed. FONTE

Acompañamiento espiritual

Tal y como hoy se entiende esta dimensión de la vida del hombre, ni el término ni el complejo de rasgos significativos hoy vigentes lo encontramos en los escritos de santa Teresa de Jesús. Sin embargo, los contenidos correspondientes, tal y como los podía entender Teresa de Jesús y la época histórica en la que ella vivió, los podemos descubrir en su totalidad. Tratemos de acercarnos, pues, a la doctrina teresiana.

  1. Predisposición del alma teresiana, frente a la dirección

Se nos impone «adentrarnos» en el alma teresiana, antes de afrontar el tema. Y en este entrar dentro de su alma descubrimos su gran apertura de espíritu, sus ansias de luz y de verdad. Siendo de natural expansivo, optimista, alegre con esa alegría comunicativa y efusiva, es capaz de contagiar a los demás: «en esto me daba el Señor gracia, en dar contento adondequiera que estuviere» (V 2,8). A este su natural hemos de añadir su «amor a la verdad». Su alma noble, sin dobleces ni segundas intenciones, se asomaba trasparente a sus ojos. Por eso afirmará: «siempre he procurado buscar quien me dé luz» (V 10,8). Y ello porque la luz es el fruto de la verdad. «Gran cosa es la verdad» (cta a Gaspar de Salazar: 7 diciembre 1577 n. 1; cta al P. Nicolás Doria, 21 diciembre 1579 n. 16). Por ello, podrá afirmar: «la verdad padece, mas no perece» (cta a Isabel de San Jerónimo y María de San José, 3 mayo 1579 n. 19).

  1. Buscando la luz que ilumine la verdad

Fueron las «gracias místicas» las que obligaron a Santa Teresa a buscar «dirección espiritual» y «directores de espíritus». Y topó con S. Pedro de Alcántara, el cual «me dio luz en todo y me lo declaró…» (V 30,5). Así podía estar segura de aquella otra sensación de su alma: «veía en mí por otra parte una grandísima seguridad que era Dios, en especial cuando estaba en la oración» (V 23,2). Precisamente por esto busca quien, en nombre de Dios y de la Iglesia, la reconfirme en la luz y la verdad. Serán los «maestros de espíritu» y los «confesores» los que desarrollarán esta misión, siendo interesante observar que hasta el fin de su vida la Santa sigue redactando sus famosas «Relaciones». Y este cuidado que siempre tuvo de acercarse con frecuencia al Sacramento de la Penitencia: «comencé… a confesarme a menudo» (V 4,6), lo practicó con el mayor de los respetos: «procuraba confesarme con brevedad» (V 2,8). Su necesidad de seguridad en las cosas del espíritu estribaba en el concepto que tenía acerca del magisterio de la Iglesia. «…que sabía bien de mí que en cosa de la fe contra la menor ceremonia de la Iglesia que alguien viese yo iba, por ella o por cualquier verdad de la Sagrada Escritura me pondría yo a morir mil muertes» (V 33,5). Por ello, a despecho de todas sus experiencias personales, Teresa se someterá hasta el fin de su vida, al dictamen que la Iglesia le da a través de la mediación sacramental.

  1. Valores que busca en el «Director»

A la base de la experiencia de Teresa, como dirigida, se encuentra la figura de Dios. De hecho, las relaciones entabladas con sus maestros de espíritu no serán otra cosa que una participación a la influencia que sobre ella ejerce el único Maestro: Dios, a través de Cristo y del Espíritu Santo: «…su Majestad fue siempre mi maestro» (V 12,6). Por ello, en los maestros de espíritu, Teresa buscará siempre quien tenga letras. Este aprecio por los letrados germinó y se afianzó poco a poco en ella. Quizás, como punto de partida, haya que colocar la experiencia negativa de ciertos confesores faltos de letras. Su juicio es claro: «…gran daño hicieron a mi alma confesores medio letrados» (V 5,3); «es gran cosa letras, porque estas nos enseñan a los que poco sabemos y nos dan luz…» (V 13,16). «Ser letrado», para Teresa equivale a «tener buen entendimiento», «tener talentos», «ser avisado». Pero Tere­sa no se queda sólo con las «letras». Busca también en el letrado que sepa dar «un tono espiritual» a la vida, como fruto de su experiencia con Dios. Es desde la experiencia de Dios desde donde Teresa apunta hacia otra de las cualidades del «Director»: el discernimiento de espíritus. Bien sabe Teresa que es más un favor y gracia totalmente divinos que una cualidad humana. Por ello, Teresa valorará en sus «Directores» la discreción, la prudencia, la suavidad, la paciencia. Y añadirá también el «amor recíproco», como fruto de las relaciones a ese nivel de intimidad en el espíritu que Teresa entabló con la mayor parte de sus confesores. Se trata de una nueva visión de la «dirección espiritual», basada en el amor, en la amistad y promovida por Teresa. Ella amó a sus directores de una manera especial, aunque siempre en perspectiva de una tercera persona: Dios. Por otra parte, ella también se sintió amada por sus confesores casi siempre.

  1. Comunicadora de luz y verdad

En un cierto momento de su vida, Teresa de dirigida, pasa a ser directora; de necesitada de luz, pasa a ser transmisora de luz. La fuerza del ideal vivido la lleva a comunicarlo y transmitirlo a los demás. Y en este acto transmisor descubre la importancia de una buena formación desde el principio. Por ello su servicio mistagógico se transforma en un servir a la luz y a la verdad.

A partir de estos principios es importante sorprender a Teresa en su acción típicamente orientadora, de consejera, de directora. Y lo primero que tenemos que afirmar es que no ejerce su misión con cualquiera: la realiza con quienes están interesados en la vida de interiorización y en el crecimiento de la intimidad con Dios. Y ejerce la dirección bajo el principio de una relación interpersonal, que la lleva al descubrimiento del plan de Dios, en la aceptación de un compromiso personal y en la identificación vital con Dios.

  1. Cualidades de la Santa como «Director»

A poco que leamos los escritos de Teresa de Jesús descubriremos sus grandes dotes de maestra de espíritu. Este será el título con el que la Iglesia, ya antes de proclamarla «Doctora», la reconocerá. A la entrada de la Basílica de San Pedro del Vaticano nos encontramos con su imagen y la inscripción siguiente: «mater spiritualium». De hecho, ella será la madre y formadora espiritual de tantas almas, sea dentro de la familia del Carmelo teresiano, sea entre los miembros vivos de la comunidad eclesial e incluso dentro del número de espíritus selectos aún no sacramentalmente pertenecientes a la Iglesia de Jesús. Ella posee, en grado eminente, el don del discernimiento de espíritus. Su experiencia de los caminos espirituales fue verdaderamente única. Experiencia personal de muchos años de vida de oración y experiencia adquirida por el trato con tantas almas santas que le hicieron confidencia de sus progresos y desfallecimientos en el camino de la santidad. También en Teresa de Jesús fueron proverbiales la prudencia y la discreción propias de un espíritu sereno, equilibrado. Ni una palabra dura o hiriente, ni una frase menos ponderada. Siempre prudente, comprensiva. Decía la verdad con un tono y talante de libertad interior verdaderamente asombroso.

  1. Santa Teresa de Jesús ejerciendo de «Directora» de espíritu

Seglares, sacerdotes, religiosos, teólogos, obispos, consultaban a la Santa sus estados de alma. Las primicias de su magisterio espiritual las recibió su propio padre, el severo hidalgo abulense, quien como un parvulito, escuchaba las persuasivas lecciones de espiritualidad de su hija (V 7,10). Emblemática será la dirección ejercida con su hermano Lorenzo, quien desde su llegada de las Indias, se pondrá voluntariamente bajo su dirección. En las Cartas a Lorenzo toca, efectivamente, todos los puntos de la dirección espiritual: deberes sociales y familiares, vida de oración, lucha contra los defectos, mortificación. Teresa tendrá delicadezas y atenciones admirables para con su hermano Lorenzo, no sólo de orden espiritual sino incluso material, enviándole membrillos, mermeladas (cf cta a Lorenzo Cepeda, 24 julio 1576 n. 8) y pastillas muy buenas para reúmas y cabeza (cta a Lorenzo Cepeda, 17 enero 1577,15). Tocará también la parte de la economía en cuanto que ésta se relaciona con su vida moral, dándole normas muy claras (cf cta a Lorenzo Cepeda, 2 enero 1577 nn.15-16). También le orienta en la educación de sus hijos (cf cta a Lorenzo Cepeda, 9 julio 1576 n. 1). Con frecuencia le da consejos sobre la oración (cf cta a Lorenzo Cepeda, 17 enero 1577 n. 12), convenciéndole que debe caminar por el camino del amor. Respecto a ciertos accidentes o movimientos sexuales causados por el ardor de la contemplación, lo mejor –le dice la Santa– es no hacer caso: «De esas torpezas después de que vuestra merced me da cuenta, ningún caso haga, que aunque eso yo no lo he tenido –porque siempre me libró Dios por su bondad de esas pasiones– entiendo debe ser que como el deleite del alma es tan grande hace movimiento con el natural. Iráse gastando con el favor de Dios, como no haga caso de ello» (cta a Lorenzo Cepeda 17 enero 1577 n. 7; ib. 10 febrero 1577 n. 5). Con franqueza abierta le señala sus defectos (cf cta a Lorenzo Cepeda, 9 julio 1576 n. 3; ib 2 enero 1577 nn. 15-17; ib 27 julio 1579 n. 4) y le reprende cuando algo no le parece bien (cf cta a Lorenzo Cepeda, 2 enero 1577 n. 9), rechazando la promesa de obedecerla como a «Director» (cf cta a Lorenzo Cepeda, 17 enero 1577 n. 2). Los consejos ascéticos que Teresa da a su hermano son prudentes. Los cilicios y las disciplinas han de ser usados con mucha prudencia, al igual que la mortificación en el dormir, comer y beber: «Más quiere Dios su salud que su penitencia, y que obedezca» (cta a Lorenzo Cepeda, 27 y 28 febrero 1577 n. 6).

San Pedro de Alcántara, san Juan de la Cruz recurrieron a la Santa para pedirle su consejo y dirección. De san Pedro de Alcántara es la misma santa Teresa quien nos dice algunas de las confidencias que le hizo aquel hombre «hecho de raíces de árbol» (V 27,17-18), y cómo después de la primera entrevista acordaron mantener correspondencia entre sí y encomendarse a Dios mutuamente (V 30,7). Por desgracia, se han perdido totalmente estas cartas, así como las dirigidas a san Juan de la Cruz. Es, sin embargo, el P. Jerónimo Gracián quien recibe una dirección más continuada. A parte del testimonio de las Fundaciones (F 23,11) en su correspondencia menudean los consejos: le habla de oración (cfr. cta al P. Jerónimo Gracián, 23 octubre 1576 nn. 4-5); le previene contra posibles imprudencias en su ministerio sacerdotal (cf cta al P. Jerónimo Gracián, noviembre 1576); le recomienda moderación en el trabajo (cf cta al P. Jerónimo Gracián, 9 enero 1577 nn. 2-3; ibid.4 octubre 1579 n. 2); le aconseja que duerma lo necesario sin dejarse engañar por el demonio que, con el pretexto de dar más tiempo a la oración, incita a quitar horas de sueño para ir debilitando los cuerpos y los espíritus (cf cta al P. Jerónimo Gracián, FA-12 de la edición del P. Efrén de la Madre de Dios; ib FA-13); y le dice que sus escrúpulos no son más que melancolía (cf cta al P. Jerónimo Gracián, 2 marzo 1576 n. 7). En su órbita entrarán también los Obispos D. Sancho Dávila y D. Teutonio de Braganza.

Capítulo especial merecería lo que se refiere a la dirección de sus monjas. Santa Teresa siente sobre sí la responsabilidad de la formación espiritual de sus hijas. Así las Fundaciones ofrecen a la Santa la ocasión de desviarse de la pintoresca narración de sus viajes de fundadora para entrar en el terreno espiritual. Aprovecha todas las ocasiones. Más aún, parece que las busca. Y así, interrumpe su relato, para dar avisos a las Prioras sobre cómo han de tratar a sus súbditas (F 4), o sobre cómo deben compaginar el trabajo activo con la continua oración (F 5). Son logradísimos los capítulos en que trata de las «sugestiones» en la vida espiritual, de las enfermas de melancolía y de las revelaciones y visiones (cf F 6; 7; 8).

En el Camino de Perfección presentará el sentido de la vocación al Carmelo teresiano en la Iglesia, para que sus hijas no pierdan inútilmente energías espirituales. El asunto principal de todo él es la oración considerada como «camino real» para llegar a la perfección. Todo lo demás, desasimiento de las criaturas, humildad, mortificación, penitencias, silencio… serán disposiciones para la oración y actuarán como clima en el que la oración ha de crecer e intensificarse. O en las Moradas, presentando el camino de la práctica de la vida espiritual, haciendo corresponder los grados de oración a los grados del desarrollo de la vida interior, que engloba toda la persona. O en el Epistolario, en el que nada pasa desapercibido para su mirada de Madre. Se preocupa de las enfermas (cf cta a la M. Ana de la Encarnación, enero 1574); sufre con sus estrecheces económicas (cf cta al P. Nicolás Doria, 21 diciembre 1579 n. 69; a María de San José, 28 junio 1577 n. 9); vela porque no se introduzcan mortificaciones ridículas bajo capa de fervor: «Antes que se me olvide. Sepa que he sabido aquí de unas mortificaciones que se hacen en Malagón de mandar la Priora que a deshora den a alguna algún bofetón y que se le dé otra, y esta invención fue deprendida de acá. El demonio parece enseña en achaque de perfección poner en peligro las almas que ofenden a Dios. En ninguna manera mande ni consienta que se dé una a otra (que también diz que pellizcos), ni lleve con el rigor las monjas que vio en Malagón, que no son esclavas, ni la mortificación ha de ser sino para aprovechar» (cta a María de San José, 11 noviembre 1576 n. 11).

Pero lo que verdaderamente le preocupa es la perfección de sus hijas. En las Cartas a sus hijas nos encontramos con una serie de constantes, de ideas fijas que van cristalizando en consejos altamente espirituales y deliciosamente humanos: oración, obediencia, humildad, paz, alegría. De entre todas sus hijas sobresalen las confidencias a María de San José. Así le dice: «Su manera de oración me contenta mucho. Y el ver que la tiene y que la hace Dios merced, no es falta de humildad, con que entienda que no es suyo –como lo hace– y se da ello a entender cuando la oración es de Dios. Harto le alabo de que vaya tan bien y procuraré dar las albricias que pide» (cta a María de San José, 1 y 2 marzo 1577 n. 4).

No siempre son aprobaciones y alabanzas. Cuando después de una larga campaña de calumnias y serios disgustos se consiguió la deposición de María de San José como Priora de Sevilla, y una vez restablecida la verdad y aprobada su inocencia, quisieron reelegirla, ésta se negó enérgicamente a aceptar de nuevo el cargo. Entonces la Madre le escribe una carta que no admite apelaciones; «Y Vuestra reverencia, mi hija, déjese ahora de perfecciones bobas en no querer tornar a ser Priora. Estamos todos deseándolo y procurándolo, y ella con niñerías, que no son otra cosa… Si Dios nos hiciere esta merced, vuestra Reverencia calle y obedezca, no hable palabra, mire que me enojará mucho. Baste lo dicho para que entendamos que no lo desea» (cta a María de San José, 24 junio 1579 n. 3). Y siempre le recordará. «De cómo le va lo espiritual no me deje de escribir» (cta a María de San José, 8 noviembre 1581 n. 13).

  1. Una palabra final

En todo el proyecto, ambicioso, pero maravillosamente realizado en la Santa y por la Santa, del acompañamiento espiritual encontramos tres dimensiones en el pensamiento y en la praxis teresiana. La primera es la del idilio: el deleite, el goce, el asumir vanidosamente las circunstancias y el bromear pícaramente incluso con lo que es drama y tragedia. Es una dimensión pedagógica maravillosa en la Santa. Es una ventanilla para asomarse al alma de Teresa y descubrirla «haciendo suyo aquello que la llega para desde ahí salir a enfrentarse con el problema». Es la famosa «empatía» rogeriana de nuestros días. La segunda es la doctrinal: propone el tríptico teologal, plataforma de vida práctica, que es indispensable para una vida espiritual coherente: sería el descubrir la coherencia de lo vertical, teologal para la relación con Dios: el amor a los otros que es una condición indispensable para poder hacer que el amor a Dios sea concreto y que se manifieste en la oración, trato de amistad con Dios que requiere absolutamente el trato de amistad con los otros; el despegue, ya que para vivir lo vertical uno tiene que romper las amarras: es el desasimiento; la humildad, que es el descubrir y vivir la verdad.

Los tres principios están recogidos con una intuición fenomenal. El primero se refiere a la relación con los otros, relación positiva no negativa; el segundo se refiere a las cosas y recae sobre el tema «pobreza de espíritu»; el tercero es el «yo», la verdad, «para mí la verdad…»: detectar la verdad en mí para adoptar una postura, para andar en verdad; esto es la humildad. Y la tercera es la existencial: el desarraigo frente a las cosas consiste en el desasimiento. La pobreza es la renuncia evangélica a las riquezas, pero es una renuncia que consiste fundamentalmente a esas cosas para que ellas no se agarren a uno. En el hombre hay un instinto nobilísimo, que es el instinto de posesión: el hombre ha nacido para poseer las cosas. Pero en este instinto hay cosas que lo desvían y que al apoderarnos de las cosas, en lugar de hacernos señores de ellas, nos esclavizan. A esto se refiere Teresa cuando nos dice que para poder darnos del todo al TODO es preciso desvincularnos y cuando va a analizar de qué cosas tenemos que desasirnos para obtener esta especie de liberación de espíritu va a recaer sobre cuatro líneas: las cosas, es lo primero de lo que debemos desasirnos; las personas, en cuanto son objetos que están ahí aprehendiendo nuestra afectividad y dejándonos esclavos de una situación; la salud, en cuanto que es un valor que se adhiere a la persona y que nos esclaviza tantísimo; la honra, los bienes espirituales, la falsa estampa de la propia personalidad, lo que uno quiere tener a toda costa para parecer ante los otros como una persona que tiene sobrevalores y que es esclavo de ella.

Si, ya al final de esta reflexión, tuviese que sintetizar el mensaje de Teresa de Jesús acerca del acompañamiento espiritual afirmaría lo siguiente: – Teresa, por su experiencia de Dios, por su fidelidad a la obra de Dios, por su magisterio eclesial, es palabra autorizada para quien hoy quiera recorrer el mismo camino: «buscar a Dios». – Teresa parte de su experiencia. No es ni lineal ni dogmática: es existencial. Sabe que la vida cristiana se vive en el oleaje ondulado del vivir humano. Asume todo lo humano y lo presenta a Dios. – Lo específico de este «Director (a)» es el camino de la oración. La oración es el termómetro y, a la vez, la exigencia. Para orar hay que exigirse (ascesis) y, porque se ora hay que abrirse a la obra de Dios (gracia, virtudes, mística). – El mensaje de Teresa hoy es válido para todos los hombres de buena voluntad. Sus escritos trascienden los límites parciales de su intención original. Su doctrina es válida para todos los seguidores de Jesús. No se la puede reducir sólo al Carmelo (religiosos). Su doctorado la hace eclesial y, por ello, para todo el Pueblo de Dios. – Su actualidad está en volver a recordar al hombre de hoy que vive en un mundo horizontalista, materialista y hedonista el valor de la interioridad del hombre donde se realiza el verdadero drama de la vida.

«La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios» (G. et S. 19). Llevar a ese descubrimiento es la obra y la tarea de Teresa de Jesús en su servicio orientador en el espíritu. Su vida fue un «buscar vivamente a Dios»; su servicio a los hombres fue un «ayudar a buscar a Dios»; su magisterio es el don de la certeza personal en su experiencia de Dios regalado a cuantos, de su mano y con ella como maestra, hermana y compañera de camino quieran seguir buscándolo en su vivir de cada día.

BIBL. – Pier Luigi di S. C., La direction spirituelle d’après les oeuvres majeures de S. Thérèse, en «Etudes Carm» 1951, 205-227; Marcel Lépée, La direction spirituelle d’après les lettres de S. Thérèse, en «EtCarm» 1951, 228-245; E. Renault, La direction spirituelle selon s. Thérèse, en «Bull. de Saint-Sulpice», 5 (1979), 127-147; F. Giardini, Il bisogno di direzione spirituale nell’autobiografia di s. Teresa d’Ávila, en «Ángelicum» 59 (1982), 372-409.

Aniano Álvarez-Suárez

Todos los derechos: Diccionario Teresiano, Gpo. Ed. FONTE

Abnegación

No aparece en el léxico teresiano este cultismo latino, pero sí el morfema homónimo de “negación” (una vez) y otros de significado equivalente: “mortificación”, “renuncia”, “desasimiento”, etc. La negación aludida por T tiene un sentido puramente evangélico y dinámico, como nos recuerda el pleonasmo de términos que usa: “Parecerá esto imposible a los que somos sentidos y poco mortificados. A los principios dificultoso es; mas yo sé que se puede alcanzar esta libertad y negación y desasimiento de nosotros mismos, con el favor del Señor” (C 15,7; id en CE 23,2). El “negarse a sí mismo” complementa la lógica del “seguimiento de Cristo”, imperativo fundamental y condición indispensable (Mt 16,24; Mc 8,34; Lc 9,3) para alcanzar la plena libertad o “estar perfectas”, según el contexto teresiano (C 15,6). La “abnegación” y la “cruz de cada día” son, pues, signos de la decisión amorosa de seguir al Señor, según condensa T en este verso: “Abracemos bien la cruz y sigamos a Jesús” (Po 20,1).

De este “abrazo a la cruz”, que T urge en todos sus escritos, es preciso destacar un par de sugerencias axiológicas y pedagógicas.

1) Disposición radical: Afecta a todo cristiano (LG 42), y es exigencia particular del consagrado a Cristo: “¿Ya no sabéis, hermanas, que la vida del buen religioso y que quiere ser de los allegados de Dios es un largo martirio?” (C 12,2). En estos cc. anteriores de Camino, la Santa ha minutado en qué consiste este “martirio”, sin importarle la tilden de que “va con rigor” pues escribe para quienes están decididas a llegar hasta el “amor perfecto” (C 6) y desean “desasirse de todo” dándose “todas al Todo sin hacernos partes” (C 8,1).

Dejar, en primer lugar, todo lo que se tiene: bienes, honras y deudos que pudieran impedir la entrega al Señor: “por Vos han dejado lo poco que tenían y quisieran tener más para serviros con ello” (C 3,7; cf cc. 2.3.8.9). Pero, en segundo lugar y no menos radical, la abnegación que implica la renuncia a sí mismos, lo que se es: “no basta desasirse de lo dicho si no nos desasimos de nosotras mismas” (C 10, tít). Es decir, nuestro amor propio, nuestras enfermedades y hasta el miedo de morir por Cristo: “determinaos, hermanas, que venís a morir por Cristo y no a regalaros por Cristo” (C 10,5; cf C 11,4; V 13,7; F 27,12). Así la determinación de dar la vida por el Señor expresa la máxima radicalidad del amor personal que intenta acompañar al Maestro hasta el final.

2) Disponibilidad constante: En el sentir teresiano no se oculta que exigencias tan radicales de la abnegación evangélica pueden sonar a exageradas (C 12,4). Las consignas tan drásticas de “ponerse desnudo de todo”, “negarse a sí mismos”, “tragar de una vez la muerte”, etc. coinciden de hecho con la “caridad perfecta”. Por eso llama más la atención que T insista en estas disposiciones como premisa inicial sin la cual “nunca haremos nada” (C 11,4).

Esta pedagogía, que proclama sin paliativos la abnegación desde el principio del camino, la deduce la Santa de la misma formulación evangélica. Su intención es sentar bien a las claras el camino espiritual, desde los “comienzos”. Se podrán matizar las exigencias, acomodarlas a cada itinerario personal, pero nunca perderlas de vista: “Quien de verdad comienza a servir al Señor, lo menos que puede ofrecer es la vida. Pues le ha dado su voluntad, ¿qué teme?” (C 12,2). Así lo había escrito ya en distintos pasajes: “Gran fundamento es el comenzar con determinación de llevar camino de cruz desde el principio” (V 15,13), “pues no han de ser nuestros deseos descansar sino padecer por imitar en algo a nuestro verdadero Esposo” (F 28,43).

Bibl. – Díez, Miguel Ángel, Vivir en obsequio de Cristo: sugerencias teresianas, en MteCarm 88 (1980) 125-182; Herráiz, Maximiliano, Solo Dios basta, Madrid 1981, 142-168.

Miguel Ángel Díez

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