Grandeza de nuestra vocación
J.M. + J.T.
1. ¡He aquí, por fin, a Sabel, que viene a colocarse con su lápiz cerca de su Francisca querida! Digo con su lápiz porque la instalación de corazón a corazón hace mucho que está hecha. ¿verdad?, y permanecemos unidas las dos. ¡Cuánto me gusta nuestro encuentro de la noche!. Es como el preludio de la comunión que se establecerá entre nuestras almas del cielo a la tierra. Me parece que estoy inclinada sobre ti, como una madre sobre su hijo predilecto. Levanto los ojos, miro a Dios, después los bajo a ti, exponiéndote a los rayos de su Amor. Francisca, no le hablo de ti, pero El me comprende mejor, prefiere mi silencio. Hija mía querida, quisiera ser santa para poder ayudarte desde aquí abajo, esperando hacerlo allá arriba. ¡Qué no sufriría yo para obtenerte las gracias de fortaleza que necesitas!
2. Quiero responder a tus preguntas. Tratemos primeramente de la humildad. He leído sobre ella en el libro de que te he hablado páginas magníficas. El piadoso autor dice que nada puede «turbar» al humilde, que él posee «la paz imperturbable, porque se ha precipitado en un abismo tal que nadie irá a buscarle hasta allí». Dice también que el humilde encuentra el mayor consuelo de su vida en el sentimiento de su «impotencia» «ante Dios». Francisquita, el orgullo no es una cosa que se puede destruir con un golpe de espada. Ciertamente, algunos actos heroicos de humildad, como se ve en las vidas de los Santos, le dan un golpe, no mortal, pero que por lo menos le debilitan considerablemente. Pero, fuera de estos casos, hay que hacerle morir cada día. “Quotidie morior, gritaba San Pablo; muero cada día” (I Cor. 15, 31).
3. Francisca, esta doctrina de morir a sí mismo, que es, sin embargo, la ley después que Cristo ha dicho: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que tome su cruz y se renuncie” (Mt. 16, 24), esta doctrina, que parece tan austera, es de una suavidad deliciosa, cuando se mira el término de esta muerte, que es la vida de Dios en lugar de nuestra vida de pecado y miserias. Es lo que quería decir San Pablo cuando escribía: “Despojaos del hombre viejo y revestíos del nuevo, según la imagen del que le ha creado” (Col. 3, 9‑10). Esta imagen es Dios mismo. ¿Te acuerdas de ese deseo que El expresa tan formalmente el día de la creación: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza?” (Gen. 1, 26). ¡Oh!, ya ves, si pensásemos más en el origen de nuestra alma, las cosas de la tierra nos parecerían tan pueriles que no tendríamos otra cosa que desprecio hacia ellas… San Pedro escribe en una de sus epístolas “que hemos sido hechos partícipes de la naturaleza divina” (II Pe. 1, 4), y San Pablo recomienda que “conservemos hasta el fin el principio de su ser que El nos ha dado” (Heb. 3, 14).
4. Me parece que el alma que tiene conciencia de su grandeza entra en esta “santa libertad de los hijos de Dios” de que habla el Apóstol (Rom. 8, 21), es decir, que ella trasciende todas las cosas y se trasciende a sí misma. Me parece que el alma más libre es la que más se olvida de sí misma. Si se me preguntase el secreto de la felicidad, yo diría que es no tenerse en cuenta a sí mismo, negarse en todo tiempo. He aquí un modo eficaz de hacer morir el orgullo: ¡matarle de hambre! Ya ves, e! orgullo es el amor de nosotros mismos; pues bien, es necesario que el amor de Dios sea tan fuerte que apague todo nuestro amor propio. San Agustín dice que nosotros tenemos dentro dos ciudades, la ciudad de Dios y la ciudad del YO. En la medida que crezca la primera se destruirá la segunda. Un alma que viviese en la fe, bajo la mirada de Dios, que tuviese el “ojo simple” de que habla Cristo en el Evangelio, es decir, esa pureza «de intención» «que no mira más que a Dios», esa alma me parece que viviría siempre en la humildad. Ella sabría reconocer los dones recibidos, pues «la humildad es la verdad». Pero ella no se apropia nada, lo dirige todo a Dios, como hacía la santa Virgen.
5. Francisca, todos los movimientos de orgullo que sientes en ti no son faltas más que cuando la voluntad los consiente. Cuando esto no hay, podrás sufrir mucho pero no ofendes a Dios. Esas faltas que se te escapan, como me dices, sin reflexionar, denotan sin duda un fondo de amor propio; pero esto, querida mía, forma parte de nosotros… Lo que el buen Dios te pide es que nunca te detengas voluntariamente en cualquier pensamiento de orgullo, y no hacer nunca un acto inspirado por él; porque esto no está bien. Y si todavía notas alguna de estas cosas, no hay que desanimarse, porque es aún el orgullo el que se irrita, sino debes «exponer tu miseria», como Magdalena a los pies del Maestro, y pedirle que te libre. ¡Le gusta tanto que el alma reconozca su impotencia! Entonces, como decía una gran santa, «el abismo de la inmensidad de Dios se encuentra cara a cara con el abismo de la nada» de la creatura y Dios estrecha esa nada.
6. No es orgullo, hija querida, pensar que no quieres una vida fácil. Yo creo que Dios quiere que tu vida discurra en un ambiente donde se respire el aire divino. ¡Oh!, ya ves, tengo una compasión profunda de las almas que no viven más alto que la tierra y sus cosas vanas. Me parece que son esclavas, y quisiera decirles: Sacudid ese yugo que pesa sobre vosotras. ¿Qué hacéis con estos lazos que os encadenan a vosotras mismas y a las cosas más pequeñas que vosotras? Me parece que los bienaventurados en este mundo son los que tienen suficiente desprecio y olvido de sí para elegir la Cruz por su porción. Cuando se sabe colocar la alegría en el sufrimiento ¡qué deliciosa paz!
7. “Cumplo en mi carne lo que falta a la Pasión de Jesucristo por su cuerpo, que es la Iglesia” (Col. 1, 24). He aquí lo que constituía la felicidad del Apóstol. Este pensamiento me persigue y te confieso que experimento una alegría íntima y profunda al pensar que Dios me ha escogido para asociarme a la Pasión de su Cristo, y este camino del Calvario que subo cada día me parece más bien la ruta de la felicidad. ¿No has visto esas estampas que representan a la muerte segando con la hoz? Pues bien, ése es mi estado; me parece que la siento destruirme así… Para la naturaleza esto es a veces doloroso, y te aseguro que si me quedase ahí, no sentiría más que flaqueza en el sufrimiento. Pero esto es la consideración humana, y muy pronto «abro el ojo de mi alma a la luz de la fe», y esta fe me dice que es el amor el que me destruye, quien me consume lentamente, y mi alegría es inmensa y me ofrezco a él como presa.
8. Francisca, para llegar a la vida ideal del alma creo que hay que vivir en lo sobrenatural, es decir, no obrar nunca “naturalmente”… Hay que tomar conciencia de que Dios está en lo más íntimo de nosotros y que hay que ir a todo con El. Entonces nunca se es superficial, aun haciendo las acciones más ordinarias, porque no se vive en estas cosas, las supera. Un alma sobrenatural no trata nunca con las causas segundas, sino solamente con Dios. ¡Oh!, ¡cómo se simplifica su vida, cómo se acerca a la vida de los bienaventurados, cómo está libre de ella misma y de todas las cosas! Para ella todo se reduce a la unidad, a ese “único necesario” (Lc. 10, 42) de que hablaba el Maestro a la Magdalena. Entonces ella es verdaderamente grande, verdaderamente libre, porque ella “ha encerrado su voluntad en la voluntad de Dios”
9. Francisca mía, cuando se contempla nuestra eterna predestinación parecen las cosas visibles tan despreciables… Escucha a San Pablo: “A los que Dios ha conocido en su presencia, los ha predestinado a ser conformes con la imagen de su Hijo” (Rom. 8, 29). ¡Esto no es todo. Vas a ver, mi pequeña, que tú perteneces al número de los “conocidos”.) “Y a los que ha conocido, los ha llamado”: es el bautismo quien te ha hecho hija de adopción (Rom. 8, 15), el que te ha marcado con el sello de la Santa Trinidad. “A los que El ha llamado, El los ha justificado”: ¡cuántas veces lo has sido tú por el sacramento de la penitencia y por todos estos toques de Dios en tu alma, sin que te des cuenta!
“Y a los que El ha justificado, también los ha glorificado.” ¡Esto es lo que te espera en la eternidad! Pero recuerda que nuestro grado de gloria será el grado de gracia en que nos encuentre al momento de la muerte. Permítele acabar en ti la obra de su predestinación, y para ello escucha aún a San Pablo, que te va a dar un programa de vida.
10. “Caminad en Jesucristo, enraizada en El, edificada sobre El, asegurada en la fe y creciendo en El en la acción de gracias”. Sí, hijita de mi alma y de mi corazón, camina por Cristo Jesús. El te hace este camino ancho, tú no estás hecha para los caminos estrechos de aquí abajo. Enraízate en El, y para esto desarráigate de ti misma, o cosa parecida; es decir, negándote cada vez que te encuentres. Permanece edificada sobre El, muy por encima de todo lo pasajero, allá donde todo es puro, luminoso.
11. Asegúrate en la fe, es decir, no obres más que bajo la luz potente de Dios, nunca según las impresiones y la imaginación. Cree que El te ama, que quiere ayudarte El mismo en las luchas que tendrás que sostener. Cree en su amor, su demasiado gran amor, como dice San Pablo (Ef. 2, 4). Alimenta tu alma de las grandes verdades de la fe, que le revelan toda su riqueza y el fin para el que Dios la ha creado. Si tú vives en todas sus cosas, tu piedad no será una exaltación nerviosa, como temes, sino será verdadera. ¡Es tan hermosa la verdad, la verdad del amor: “El me ha amado, El se ha entregado por mí” ¡Gal. 2, 20)! He aquí, hijita, lo que es ser verdadero.
12. Y después crece en la acción de gracias. Es la última palabra del programa y es su consecuencia: si marchas arraigada en Jesucristo, asegurada en tu fe, vivirás en la acción de gracias. ¡El amor de los hijos de Dios! Me pregunto cómo el alma que ha sondeado el amor que existe en el Corazón de Dios “hacia ella” puede dejar de estar siempre alegre, incluso en todo sufrimiento y dolor. Acuérdate de que “El te ha elegido en El antes de la creación para que seas inmaculada y pura en su presencia, en el amor” (Ef. 1, 4). Es también San Pablo el que dice esto. Por consiguiente, no temas la lucha, la tentación: “Cuando yo soy débil, decía el Apóstol, es entonces cuando soy fuerte, porque la fortaleza de Cristo habita en mí” (2 Cor. 12, 10, 9).
13. Me pregunto qué va a pensar nuestra Reverenda Madre si ve este diario. Ella no me permite escribir más, pues estoy sumamente débil y me siento desfallecer a cada momento. Esta carta será posiblemente la última de tu Sabel; ella ha tardado muchos días en escribírtela, lo que te explicará su incoherencia. Y esta noche no me puedo decidir a dejarte. Estoy sola, son las siete y media de la tarde, la comunidad está en recreación… y yo me creo ya un poco en el cielo en mi celdita, sola con El solo, llevando mi cruz con mi Maestro. Francisca, mi felicidad crece en proporción con mi sufrimiento. ¡Si supieras qué dulzura se encuentra en el fondo del cáliz preparado por el Padre del cielo!
Adiós, Francisca querida, no puedo continuar. Y en el silencio de nuestros encuentros tú adivinarás, tú comprenderás lo que no te digo. Te abrazo. Te amo como una madre a su hijo pequeñito. Adiós, mi pequeñita… «que a la sombra de sus alas te guarde de todo mal» (Sal. 90, 4, 10, 11).
Hna. M. Isabel de la Trinidad
Laudem Gloriae (Este será mi nombre en el cielo)
Un recuerdo respetuoso y filial a tu querida mamá, amistades y a la querida María Luisa.