Gozo

La revelación del Dios creador y salvador provoca en el hombre un gozo desbordante. ¿Cómo contemplar la creación sin proclamar: «Yo tengo mi gozo en Yahveh» (Sal 104, 34) y sin desear que Dios se regocije en sus obras (104,31)? Frente a Dios, que actúa en la historia, el gozo invade al que no es insensato (92,5ss) haciéndose comunicativo: «Venid, gritemos de alegría a Yahveh…, la roca de nuestra salvación (95,1); «Alégrense los cielos y salte de júbilo la tierra… ante Yahveh, pues viene» (96,1lss). Y si viene, es para invitar a sus siervos fieles a entrar en su propio gozo y para abrirles el acceso al mismo (Mt 25,21).

AT. I. LAS ALEGRÍAS DE LA VIDA. Las alegrías de la vida humana son un elemento de las promesas de Dios (Dt 28,3-8; Jer 33,11), que castiga la infidelidad con su privación (Dt 28,30-33.47s; Jer 7,34; 25,10s). El humilde gozo que el hombre halla con la mujer que ama (Ecl 9,9), en el fruto de su trabajo (3,22), alimentándose y divirtiéndose un poco (2, 24; 3,12s) resiste a la crítica despiadada del mismo Eclesiastés, que alaba este gozo, con el cual puede el hombre olvidar las calamidades de la vida; es la parte que Dios le otorga (5,16-19). En efecto, el vino fue creado para proporcionar alegría (Jue 9,13; Sal 104,15) a quien lo usa con moderación (Eclo 31,27); así la vendimia misma es tiempo de alegría (Is 16,10), al igual que la siega (mies) (Sal 126,5s). En cuanto al gozo de que una mujer colma a su marido con su gracia y su virtud (Prov 5,18; Eclo 26,2.13), es la imagen de los goces más altos (Is 62,5); para los esposos la fecundidad es causa de júbilo (1Sa 2,1.5; Sal 113,9; cf. Jn 16,21), sobre todo si su hijo es bueno (Prov 10,1).

Además de las alegrías ruidosas de los grandes días, coronación del rey (1Re 1,40), victoria (1Sa 18,6) o regreso de prisioneros (Sal 126,2s), hay otras que no se pueden comunicar a un extraño (Prov 14,10). El sabio conoce el valor de esta alegría del corazón, que es incluso factor de buena salud (Prov 17,22) y a la que se puede contribuir con una buena palabra (12,25) o con una mirada benévola (15,30). Dios condena sólo los goces perversos, los que se persiguen haciendo mal (2,14), en particular la alegría maligna que la desgracia del justo procura a sus enemigos (Sal 13,5; 35,26).

II. LAS ALEGRÍAS DE LA ALIANZA. Dios, de quien vienen las sanas alegrías de la vida, ofrece a su pueblo otras más altas: las que ha de hallar en la fidelidad a la alianza.

1. Alegrías del culto comunitario. En el culto halla Israel el gozo de alabar a Dios (Sal 33,1), que se ha dignado ser su rey (Sal 149,2) y que le invita a regocijarse en su presencia (Dt 12,18); gusta también la suavidad de una reunión fraterna (Sal 133). Halla así el medio de resistir a la tentación de los cultos cananeos, cuyos ritos sensuales son abominados por Dios (Dt 12,30s; 23,18s). Las fiestas se celebran en un clima de entusiasmo y de júbilo (Sal 42,5; 68,4s; 100,2) y recuerdan al pueblo «el día que ha hecho el Señor para su gozo y su alegría» (Sal 118,24); algunas de estas celebraciones han hecho época, por ejemplo, la pascua de Ezequías (2Par 30, 21-26), la del retorno del exilio (Esd 6,22) y sobre todo la fiesta de los tabernáculos, en que Esdras, después de haber hecho leer la ley, proclamó: «Este día es santo… No os aflijáis: el gozo de Yahveh es nuestra fuerza» (Neh 8,10). Para fomentar este gozo plenario prescribe la ley al pueblo que vaya a surtirse en la fuente, reuniéndose en Jerusalén para las tres fiestas anuales a fin de obtener las bendiciones divinas (Lev 23,40; Dt 16,11.14s). En esta fuente desea Dios que todas las naciones vayan a proveerse (Is 56,6s).

2. Gozos de la fidelidad personal. Este gozo, ofrecido a todos, es la parte de los humildes, que constituyen el verdadero pueblo de Dios (Sal 149,4s); como Jeremías, devoran la palabra divina, que es la alegría de su corazón (Jer 15,16); ponen su gozo en Dios (Sal 33,21; 37,4; Jl 2, 23) y en su ley (Sal 19,9), que es su tesoro (119,14.111.162) y que constituye sus delicias en medio de la angustia (119,143); estos humildes buscadores de Dios pueden, pues, regocijarse (34,3; 69,33; 70,5; 105, 3), justificados como están por la gracia (32,10s) y por la misericordia de Dios (51,10.14). Su unión confiada con este Señor, que es su único bien (16,2; 73,25.28), les hace entrever perspectivas de gozo eterno (16,9ss), del cual es un gusto anticipado su intimidad con la sabiduría divina (Sab 8,16).

3. Gozos escatológicos. Israel vive, en efecto, en la esperanza. Si el culto le recuerda las altas gestas de Dios, y en primer lugar el Éxodo, es para hacerle desear un nuevo éxodo en el que se revele el Dios sin igual, salvador universal (Is 45,5.8.21s). Entonces será el gozo mesiánico, cuya superabundancia anunciaba Isaías (9, 2); el desierto exultará (35,1); ante la acción de Dios gritarán los cielos de alegría, la tierra se gozará (44, 23; 49,13), al paso que los cautivos liberados llegarán a Sión dando gritos de alegría (35,9s; 51,11) para ser allí revestidos de salud y de justicia (61,10) y para gustar el gozo eterno (61,7) que colmará su esperanza (25, 9). Entonces los servidores de Dios cantarán, lleno el corazón de gozo, en una creación renovada, porque Dios creará a Jerusalén «gozo» y a su pueblo «alegría», a fin de regocijarse en ellos y de procurar a todos un júbilo sin fin (65,14.17ss; 66,10). Tal es el gozo que Jerusalén aguarda de su Dios, el santo y el eterno, cuya misericordia va a salvarla (Bar 4, 22s.36s; 5,9). El artífice de esta obra de salvación es su rey, que viene a ella en humildad; acójalo ella en la exultación (Zac 9,9).

NT. I. EL GOZO DEL EVANGELIO. Este rey humilde es Jesucristo, que anuncia a los humildes el gozo de la salvación y se lo da con su sacrificio.

1. El gozo de la salvación anunciado a los humildes. La venida del salvador crea un clima de gozo que ha hecho sensible Lucas, más que los otros evangelistas. Aun antes de que se regocijen con su nacimiento (Lc 1, 14), en la visita de María salta de gozo el precursor en el seno de su madre (1,41.44); y la Virgen, a la que la salutación del ángel había invitado a la alegría (1,28: gr. khaire = alégrate), canta con tanto gozo como humildad al Señor que se ha hecho su hijo para salvar a los humildes (1,42.46-55). El nacimiento de Jesús es un gran gozo para los ángeles que lo anuncian y para el pueblo al que viene a salvar (2,10.13s; cf. Mt 1, 21); este nacimiento colma la esperanza de los justos (Mt 13,17 p) que, como Abraham, exultaban ya al pensar en él (Jn 8,56).

En Jesús está ya presente el reino de Dios (Mc 1,15 p; Lc 17.21); Jesús es el esposo cuya voz arrebata de gozo al Bautista (Jn 3,29) y cuya presencia no permite a sus discípulos ayunar (Lc 5,34 p). Éstos tienen la alegría de saber que sus nombres están escritos en los cielos (10,20), porque son del número de los pobres, a los que pertenece el reino (6,20 p), tesoro por el cual se da todo con alegría (Mt 13,44); y Jesús les ha enseñado que la persecución, confirmando su certeza, debía intensificar su alegría (Mt 5,10ss p).

Los discípulos tienen razón de regocijarse de los milagros de Jesús que atestiguan su misión (Lc 19,37ss); pero no deben poner su alegría en el poder milagroso que Cristo les comunica (10,17); no es sino un medio, destinado no a procurar una vana alegría a hombres como Herodes, curioso de lo maravilloso (23,8). Sino a hacer que sea Dios alabado por las almas rectas (13,17) y a atraer a los pecadores al salvador, disponiéndolos a acogerlo con alegría y a convertirse (19,6.9). De esta conversión se regocijarán los discípulos como buenos hermanos (15,32), como se regocijan en el cielo el Padre y los ángeles (15,7.10.24), como se regocija el buen pastor, cuyo amor ha salvado a las ovejas extraviadas (15,6; Mt 18,13). Pero para compartir su gozo hay que amar como él ha amado.

2. El gozo del Espíritu, fruto de la cruz. En efecto, Jesús, que había exultado de gozo porque el Padre se revelaba por él a los pequeños (Lc 10,21s), da su vida por estos pequeños, sus amigos, a fin de comunicarles el gozo, cuya fuente es su amor (Jn 15,9-15), mientras que al pie de su cruz sus enemigos ostentan su alegría maligna (Lc 23,35ss). Por la cruz va Jesús al Padre; los discípulos deberían regocijarse de ello si le amaran (Jn 14,28) y si comprendieran el fin de esta partida, que es el don del Espíritu (16,7). Gracias a este don vivirán de la vida de Jesús (14,16-20) y, porque pedirán en su nombre, obtendrán todo del padre; entonces su tristeza se cambiará en gozo, su gozo será perfecto y nadie se lo podrá quitar (14,13s; 16,20-24).

Pero los discípulos comprendieron tan poco que la pasión conduce a la resurrección, y la pasión destruye de tal manera su esperanza (Lc 24,21) que el gozo de la resurrección les parece increíble (24,41). Sin embargo, cuando el resucitado, después de haberles mostrado las Escrituras cumplidas y de haberles prometido la fuerza del Espíritu (24,44.49; Act 1,8) sube al cielo, experimentan gran gozo (Lc 24,52s); la venida del Espíritu la hace tan comunicativa (Act 2,4.11) como inquebrantable: «están llenos de gozo de ser juzgados dignos de sufrir por el nombre» del salvador, cuyos testigos son (Act 5, 41; cf. 4,12; Lc 24,46ss).

II. EL GOZO DE LA VIDA NUEVA. La palabra de Jesús produjo su fruto: los que creen en él tienen en sí mismos la plenitud de su gozo (Jn 17,13); su comunidad vive en una alegría sencilla (Act 2,46) y la predicación de la buena nueva es en todas partes fuente de gran alegría (8,8); el bautismo llena a los creyentes de un gozo que viene del Espíritu (13,52; cf. 8,39; 13,48; 16,34) y que hace que los apóstoles canten en medio de las peores pruebas (16,23ss).

Las fuentes del gozo espiritual. El gozo es, en efecto, fruto del Espíritu (Gál 5,22) y una nota característica del reino de Dios (Rom 14, 17). No se trata del entusiasmo pasajero que suscita la palabra y que destruye la tribulación (cf. Mc 4,16), sino del gozo espiritual de los creyentes que, en la prueba, son ejemplo (1Tes 1,6s) y que, con su gozosa generosidad (2Cor 8,2; 9,7), con su perfección (2Cor 13,9), con su unión (Flp 2,2), con su docilidad (Heb 13, 17) y su fidelidad a la verdad (2Jn 4; 3Jn 3s) son ahora y serán en el día del Señor el gozo de sus apóstoles (1Tes 2,19s).

La caridad que hace comulgar a los creyentes en la verdad (1Cor 13, 6) les procura un gozo constante alimentado por su oración y su acción de gracias incesantes (I1Tes 5,16; F1p 3,1; 4,4ss). ¿Cómo dar gracias al Padre por haber sido transferidos al reino de su Hijo muy amado, sin experimentar alegría (Col 1,11ss)? Y la oración. asidua es fuente de gozo y alegría porque la anima la esperanza y porque el Dios de la esperanza responde a ella colmando de gozo al creyente (Rom 12,12; 15, 13). También Pedro invita a éste a bendecir a Dios con exultación; su fe, probada por la aflicción, pero segura de obtener la salvación, le procura un gozo inefable, que es un gusto anticipado de la gloria (1Pe 1,3-9).

El testimonio del gozo en la prueba. Pero este gozo no pertenece sino a la fe probada. Para disfrutar de alegría cuando se revele la gloria de Cristo, es preciso que su discípulo se regocije en la medida en que participe de sus sufrimientos (1Pe 4, 13). Como su maestro, prefiere acá abajo la cruz al gozo (Heb 12,2); acepta con gozo verse despojado de sus bienes (Heb 10,34), teniendo por gozo supremo verse puesto a prueba en todas las formas (Sant 1,2). Para los apóstoles como para Cristo, la pobreza y la persecución conducen al gozo perfecto. Pablo, en su ministerio apostólico, saborea este gozo de la cruz; es un elemento de su testimonio: los ministros del Señor, «afligidos», están «siempre gozosos» (2Cor 6,10). El apóstol sobreabunda de gozo en sus tribulaciones (2Cor 7,4); con un desinterés total, se regocija con tal que se anuncie a Jesucristo (Flp 1,17s) y halla su gozo en sufrir por sus fieles y por la Iglesia (Col 1,24). Invita incluso a los filipenses a compartir el gozo que experimentaría él en derramar su sangre como supremo testimonio (Flp 2,17s).

Conclusión. La comunión en el gozo eterno. Pero la prueba tendrá fin, y Dios vengará la sangre de sus servidores juzgando a Babilonia, que se ha embriagado de ella; entonces habrá alegría en el cielo (Ap 18,20; 19,1-4), donde se celebrarán las nupcias del cordero; los que tomen parte en ellas darán gloria a Dios en la alegría (19,7ss). Tendrá lugar la manifestación y el despliegue del gozo perfecto, que desde ahora es la parte de los hijos de Dios; porque el Espíritu que les ha sido dado los hace comulgar con el Padre y con su Hijo Jesucristo (Jn 1,2ss; 3,1s.24).

Todos los derechos: Vocabulario de teología bíblica, X. Léon-Dufour

Fuerza

La Biblia entera habla de fuerza y sueña con ella, al mismo tiempo que anuncia la caída final de los violentos y la promoción de los pequeños. Esta paradoja se desarrolla hasta la predicación de la cruz, donde lo que parece «debilidad de Dios» es proclamado más fuerte que el hombre (1Cor 1,25). Así el gigante Goliat, «hombre de guerra desde su juventud», que se yergue con su espada, su lanza y su venablo, es vencido por David, muchacho rubio, provisto de una honda y cinco piedras, pero que avanza en nombre de Yahvelí (1Sa 17,45). Y Pablo caracteriza así el método divino: «lo débil del mundo lo ha escogido Dios para confundir a los fuertes» (1Cor 1,27).

No se trata de una apología de la debilidad, sino de una glorificación de la «fuerza de Dios para la salvación del creyente» (Rom 1,16). Con estas palabras no quiere Pablo, como lo hará más tarde el Islam, exaltar un poder divino por encima de la nada de los mortales; opone la fuerza que halla el hombre en Dios a la impotencia en que se encuentra sin Dios; con Dios, luchará uno victoriosamente contra mil (Jos 23,10; Lev 26,8); sin Dios, se verá uno obligado a huir al ruido de una hoja seca (Lev 26,36). «Con Dios haremos proezas», canta el salmista (Sal 60, 14). «Todo lo puedo en aquel que me hace fuerte», exclama san Pablo (Flp 4,13).

LA FUERZA DE LOS ELEGIDOS DE DIOS. 1. La fuerza que impone. El israelita sueña con la fuerza porque sueña con imponerse en forma duradera al mundo que le rodea: «Seas fuerte en Efrata, desearán a Booz; tengas renombre en Belén» (Rut 4,11). La fuerza que ayuda a imponerse es en primer lugar la fuerza de los brazos (Sal 76,6) y de los lomos (Sal 93,1), la de las rodillas que no flaquean, del corazón que se mantiene firme en la lucha (Sal 57,8); es también la fuerza que representa la potencia vital de un ser, su salud y su fecundidad (Gén 49,3); o también su potencia económica, esa que Israel consume pagando tributo o comprándose aliados (Os 7,9; Is 30,6). Finalmente, si es escandalosa la fuerza que sacan los malos de sus riquezas (Job; Sal 49,73), por el contrario, la virtud, por ejemplo la de la «mujer fuerte» (Prov 31.10-31), es digna de elogio.

Puesto que se trata de imponerse al exterior, ser fuerte significa en realidad «ser más fuerte que». El fuerte opone al enemigo la resistencia de la piedra, del diamante (Ez 3,9), del bronce (Job 6,12), la resistencia de la roca, a la que no hace mella el asalto furioso de los mares (Sal 46,3s), la resistencia de la ciudadela inexpugnable (Is 26,5), del nido encaramado a alturas inaccesibles (Abd 3). El fuerte se mantiene en pie, mientras que el débil se tambalea y cae, tendido como muerto: «Yahveh es mi roca, mi baluarte… Mi ciudadela, mi refugio… Un Dios que me ciñe de fuerza y me mantiene en pie sobre las alturas» (Sal 18;62, 3). Esta fuerza de oposición no puede ser puramente defensiva. En la lucha por la vida es uno vencedor o vencido: no hay soluciones intermedias. Ei ungido de Yahveh, al que la fuerza divina ayuda a mantenerse en pie frente a un mundo coligado, verá al fin rodar a sus pies a todos sus enemigos (Sal 18,48), sin que ninguno de ellos pueda escaparle (Sal 21,9). A juzgar por la insistencia de los salmos reales, se impone esta verdad: no hay paz sin victoria total y definitiva.

2. La fuerza al servicio de Dios. Si Israel sueña así con la fuerza, lo hace con miras a realizar el plan de Dios. De lo contrario, ¿cómo hubiera podido Josué conquistar la tierra de Canaán (Jos 1,6) y cómo hubiera podido el pueblo alcanzar la salvación (Is 35,3s)? No hará falta menos fuerza, aunque en otro plano, para tener parte en el reino del NT, «corroborados en toda virtud por el poder de la gloria, para el ejercicio alegre de la paciencia y de la longanimidad» (Col 1,11). La fuerza necesaria al cristiano aparece también como potencial de vida y como oposición victoriosa. Siendo participación de la fuerza misma de Cristo resucitado, que está sentado a la diestra de Dios Padre (Ef 1,19s), hace del cristiano vencedor del mundo (Jn 5,5), dándole dominio sobre todo poder del mal (Mc 15,17s), primero en sí mismo (Jn 2,14; 5,18) (en lo cual no insistía en absoluto el AT), y luego en torno a él. El Espíritu del Señor es poder de resurrección también para nosotros (Flp 3,10s), fortifica en nosotros al hombre interior (Ef 3,16), hasta permitirnos entrar por nuestra plenitud en la plenitud misma de Dios (3,19).

LA FUERZA EN LA DEBILIDAD. El hombre no posee en sí mismo la fuerza que pueda proporcionarle la salvación: «No es la muchedumbre de los ejércitos la que salva al rey… Vano es para la salvación el caballo» (Sal 33,16s). Esta confesión de impotencia es sin duda un lugar común en toda oración. Los mortales, desarmados frente a un mundo más fuerte que ellos, tratan de poner de su lado el poder de los dioses. Pero la Biblia se guarda bien de proporcionar así al hombre recetas eficaces para compensar su impotencia natural. Dios es quien nos requiere para su servicio; si hace al hombre fuerte, es para que cumpla su voluntad y realice su designio (Sal 41,10; 2Cor 13,8).

Ahora bien, ya se trate de la fuerza o de otros dones de Yahveh, Israel acaba por olvidar su origen, apropiándoselos y haciéndose independiente de aquél, del que ha recibido todo: «Guárdate de decir: la fuerza, el vigor de mi brazo son los que me han procurado este poder» (Dt 8,17). Mantener el equívoco sería abrir el camino para renegar de Dios. Así Yahveh, para dar a entender que no se es fuerte sino por él y en él, se escoge hombres de apariencia modesta, pero cuyo corazón está seguro (1Sa 16,7), con preferencia a personas que, como Saúl, sobresalen de entre todos, de los hombres arriba (1Sa 10.23). Quiere obrar con medios humanos de lo más humildes: «el pueblo que ha venido contigo es demasiado numeroso para que yo les entregue a Madián en las manos. Israel podría gloriarse a mis expensas y decir: mi propia mano me ha liberado» (Jue 7,2; Is 30,15ss). Así, el Señor revela a Pablo: «Mi gracia te basta, pues mi fuerza se despliega en la flaqueza» (2Cor 12,9).

En efecto, su gloria no puede resplandecer de otra manera. Cuando el hombre no puede ya nada, entonces interviene Dios (Is 29,4), de tal manera que resulte bien claro que él solo ha obrado. No hace el menor caso del orden de grandeza de las realidades naturales: volcando su desprecio sobre los príncipes (Sal 107,40), hace, pues, sentar a su lado al pobre, al que ha levantado del polvo (Sal 113,7). Halla su gloria en la exaltación de su siervo que, desechado por la sociedad, se niega a defenderse por sus propias fuerzas y sólo espera la salvación de Dios; la manifiesta en su plenitud en la resurrección de Jesús crucificado, misterio cuya predicación constituye el mensaje mismo de la potencia de Dios (1Cor 1,18).

La humildad cristiana es la de María en el Magníficat. No se reduce al sentimiento de la debilidad de criatura, o de pecador, sino que es al mismo tiempo toma de conciencia de una fuerza que procede enteramente de Dios: «Este tesoro lo llevamos en vasos de arcilla, para que se vea bien que este poder extraordinario pertenece a Dios y no viene de nosotros» (2Cor 4,7).

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Fuego

Desde la elección de Abraham el signo del fuego resplandece en la historia de las relaciones de Dios con su pueblo (Gén 15,17). Esta revelación bíblica no tiene la menor relación con las filosofías de la naturaleza o con las religiones que divinizan el fuego. Sin duda Israel comparte con todos los pueblos antiguos la teoría de los cuatro elementos; pero, en su religión, el fuego tiene sólo valor de signo, que hay que superar para hallar a Dios. En efecto, cuando Yahveh se manifiesta «en forma de fuego», ocurre esto siempre en el transcurso de un diálogo personal; por otra parte, este fuego no es el único símbolo que sirve para traducir la esencia de la divinidad: o bien se halla asociado con símbolos contrarios, como el soplo o hálito, el agua o el viento, o bien se transforma en luz.

AT. TEOFANÍAS. 1. En la experiencia fundamental del pueblo en el desierto, el fuego presenta a la santidad divina en su doble aspecto, atractivo y temeroso. En el monte Horeb, Moisés es atraído por el espectáculo de la zarza ardiente que no es «devorada» por el fuego; pero la voz divina le notifica que no puede aproximarse si Dios no lo llama y si él no se purifica (Ex 3,2s). En el Sinaí humea la montaña bajo el fuego que la rodea (19,18), sin que por ello quede destruida; mientras que el pueblo tiembla de pavor y no debe acercarse, Moisés se ve, en cambio, llamado a subir cerca de Dios, que se revela. Así, cuando Dios se manifiesta como un incendio devorador, no lo hace para consumir todo lo que halla a su paso, puesto que llama a los que él vuelve puros.

Una experiencia ulterior hecha en el mismo lugar ayuda a percibir mejor el valor simbólico del fuego. Elías, el profeta semejante al fuego (Ecic 48,1), busca en el Sinaí la presencia de Yahveh. Después del huracán y del temblor de tierra, ve fuego; pero «Yahveh no estaba en el fuego»: aquí un símbolo inverso anuncia el paso de Dios: una brisa ligera (1Re 19,12). Así, cuando Elías sea arrebatado al cielo en un carro de fuego (2Re 2,11), este fuego no será sino un símbolo de tantos para expresar la visita del Dios vivo.

La tradición profética tiende también a situar en su lugar el signo del fuego en el simbolismo religioso. Isaías sólo ve humo en el momento de su vocación y piensa que va a morir por haberse acercado a la santidad divina; pero al salir de la visión sus labios han sido ya purificados por un tizón de fuego (Is 6). En la visión inaugural de Ezequiel la tormenta y el fuego se asocian al arco iris que brilla en las nubes, pero de allí surge una apariencia de hombre: esta evocación recuerda la nube luminosa del Éxodo más que la teofanía del Sinaí (Ez 1). En el apocalipsis de Daniel, el fuego forma parte del marco en que se manifiesta la presencia divina (Dan 7,10), pero, sobre todo, desempeña su papel en la descripción del juicio (7,11).

Las tradiciones deuteronómica y sacerdotal, al interpretar la teofanía del desierto precisaron el doble alcance del signo del fuego: revelación del Dios vivo y exigencia de pureza del Dios santo. Desde el fuego habló Dios (Dt 4,12; 5,4.22.24) y dio las tablas de la ley (9,10), a fin de hacer comprender que no hay lugar a representarlo con imágenes. Pero se trataba también de un fuego destructor (5,25; 18,16), aterrador para el hombre (5,5); sólo el elegido de Dios comprueba que ha podido afrontar su presencia sin morir (4, 33). Israel, una vez llegado a este estadio puede, sin exponerse a confundir a Dios con un elemento natural, mirar a su Dios como «un fuego devorador» (4,24; 6,15); la expresión no hace sino transponer el tema de los celos divinos (Éx 20,5; 34,14; Dt 5,9; 6,15). El fuego simboliza la intransigencia de Dios frente al pecado; devora al que encuentra: de la misma manera Dios respecto al pecador endurecido. No sucede lo mismo con sus elegidos, pero de todas formas, debe transformar a quien entra en contacto con él.

EN EL TRANSCURSO DE LA HISTORIA. 1. El sacrificio por el fuego. Una representación análoga de Dios fuego devorador, se descubre en el uso litúrgico de los holocaustos. En la consunción de la víctima, cuyo humo se elevaba luego hacia el cielo, expresaba quizás Israel su deseo de purificación total, aunque más seguramente su voluntad de anonadarse delante de Dios. Aquí también el fuego tiene sólo valor simbólico, y su uso no santifica cualquier rito: se prohíbe consumir por el fuego al hijo primogénito (Lev 18.21; cf. Gén 22, 7). Pero este valor simbólico tiene gran importancia en el culto: en el altar debe conservarse un fuego perpetuo (Lev 6,2-6), que no haya sido producido por mano de hombre: ¡ay del que osare sustituir el fuego de Dios por un fuego «profano»! (Lev 9,24-10,2). ¿No había intervenido Dios maravillosamente en ocasión de sacrificios célebres: Abraham (Gén 15.17). Gedeón (Jue 6,21), David (1Par 21,26), Salomón (2Par 7,1ss), Elías (1Re 18,38), por último el caso maravilloso de un agua estancada que se convierte en un nuevo fuego perpetuo (2Mac 1,18ss)? Por el fuego acepta Dios el sacrificio del hombre, para sellar con él una alianza cultual.

Los profetas y el fuego. El pueblo, que practicaba de buena gana sacrificios, no había, sin embargo, querido mirar al fuego del Sinaí. No obstante, el fuego divino desciende entre los hombres en la persona de los profetas, pero entonces se trata ordinariamente de vengar la santidad divina purificando o castigando. Moisés mitiga, como tamizándolo a través de un velo, el resplandor del fuego divino que brilla en su rostro (Ex 34,29); pero consume con el fuego el «pecado» que representaba el becerro de oro (Dt 9,21), y por el fuego se le venga a él de los que se rebelan (Núm 16,35), como en otro tiempo de los egipcios (Éx 9,23). Posteriormente Elías, como Moisés, parece disponer a su arbitrio del rayo para aniquilar a los soberbios (2Re 1,10-14): es una «tea viviente» (Eclo 48,1).

Los profetas escritores suelen anunciar y describir la ira de Dios como un fuego: castigo de los impíos (Am 1,4-2,5), incendio de las naciones pecadoras en un gigantesco holocausto que recuerda las liturgias cananeas de Tofet (Is 30,27- 33), incendio en el bosque de Israel, de modo que el pecado mismo se convierte en fuego (Is 9,17s; cf. Jer 15,14; 17,4.27). Sin embargo, el fuego no está sólo destinado a destruir: el fuego purifica; la existencia misma de los profetas, que no fueron consumidos, es una prueba de esto. El resto de Israel será como un tizón arrancado del fuego (Am 4,11). Si Isaías, cuyos labios fueron purificados por el fuego (Is 6,6), se pone a proclamar la palabra sin parecer atormentado por ello. Jeremías, en cambio, lleva en el corazón algo así como un fuego devorador que no puede contener (Jer 20,9) viniendo a ser el crisol encargado de probar al pueblo (6,27-30); es el portavoz de Dios que dijo: «¿No es mi palabra un fuego?» (23, 29). Así el último día los guías del pueblo han de convertirse en hachones de fuego en medio del rastrojo (Zac 12,6) para ejercer ellos mismos el juicio divino.

Sabiduría y piedad. Los individuos mismos sacan provecho de esta experiencia religiosa. Ya el segundo Isaías hablaba del crisol del sufrimiento que constituye el exilio as 48,10). Así !os sabios comparan los castigos que alcanzan al hombre, con los efectos del fuego. Job es semejante al desgraciado sublevado del desierto o a las víctimas del fuego de Elías (Job 1,16; 15,34; 22,20), que sufren el fuego así como las grandes aguas devastadoras (20,26. 28). Pero junto con este aspecto terrible del fuego vemos también su acción purificadora y transformadora. El fuego de la humillación o de la persecución prueba a los elegidos (Eclo 2,5; cf. Dan 3). El fuego viene a ser hasta el símbolo del amor que triunfa de todo: «el amor es una llama de Yahveh, las grandes aguas no pueden extinguirla» (Cant 8,6s); aquí se oponen uno a otro los dos símbolos mayores, fuego y agua; el que triunfa es el fuego.

AL FIN DE LOS TIEMPOS. El fuego del juicio viene a ser un castigo sin remedio, verdadero fuego de la ira, cuando cae sobre el pecador endurecido. Pero entonces – tal es la fuerza del símbolo – este fuego que no puede ya consumir la impureza. se ceba todavía en las escorias. La revelación expresa así lo que puede ser la existencia de una criatura que se niega a dejarse purificar por el fuego divino, pero queda abrasada por él. Esto dice más que la tradición que refiere el aniquilamiento de Sodoma y Gomorra (Gén 19,24). Apoyándose quizás en las liturgias sacrílegas de la gehena (Lev 18,21: 2Re 16,3; 21,6; Jer 7.31: 19,5s). profundizando las imágenes proféticas del incendio y de la fundición de los metales, se pasa a representar como un fuego el juicio escatológico as 66,15s). El fuego prueba el oro (Zac 13,9). El día de Yahveh es como el fuego del fundidor (Sof 1,18; Mal 3,2), que arde como un horno (Mal 3,19). Ahora bien, este fuego parece arder desde el interior. como el que «sale de en medio de Tiro» (Ez 28,18). «El gusano», de los cadáveres rebeldes, «no morirá y su fuego no se extinguirá» (Is 66.24). «fuego y gusano estarán en su carne» (Jdt 16,17).

Pero también aquí descubrimos la ambivalencia del símbolo: mientras que los impíos son entregados a su fuego interior y a los gusanos (Eclo 7,17), los salvados del fuego se ven rodeados por la muralla de fuego que es Yahveh para ellos as 4,4s; Zac 2,9). Jacob e Israel, purificados, se convierten a su vez en un fuego (Abd 18). como si participaran de la vida de Dios. NT. Con la venida de Cristo han comenzado los últimos tiempos, aun cuando todavía no ha llegado el fin de ¡os tiempos. Así en el NT conserva el fuego su valor escatológico tradicional, pero la realidad religiosa que significa se actualiza ya en el tiempo de la Iglesia.

PERSPECTIVOS ESCATOLÓGICAS. 1. Jesús. Jesús, anunciado como el cernedor que echa la paja al fuego (Mt 3,10) y bautiza en el fuego (3,1Is). aun rehusando el carácter de justiciero, mantuvo a sus oyentes en la espera del fuego del juicio adoptando el lenguaje clásico del AT. Habla de la «gehena del fuego» (5.22), del fuego al que será arrojada la cizaña improductiva (13,40; cf. 7,19), como también los sarmientos (Jn 15,6): será un fuego que no se extingue nunca (Mc 9,43s), donde «su gusano» no muere (9,48), verdadero horno ardiente (Mt 13,42.50). Sencillamente, un eco solemne del AT (cf. Lc 17,29).

Los primeros cristianos conservaron este lenguaje adaptándolo a diversas situaciones. Pablo lo utiliza para describir el fin de los tiempos (2Tes 1,8); Santiago describe la riqueza podrida, mohosa, entregada al fuego destructor (Sant 5,3); la epístola a los Hebreos muestra la perspectiva tremenda del fuego que ha de devorar a los rebeldes (Heb 10, 27). Otras veces se evoca la conflagración final, en vista de la cual «los cielos y la tierra son tenidos en reserva» (2Pe 3,7.12). En función de este fuego escatológico debe purificarse la fe (1Pe 1,7), así como también la obra apostólica (1Cor 3,15) y la existencia cristiana perseguida (1Pe 4,12-17).

El Apocalipsis conoce los dos aspectos del fuego: el de las teofanías y el del juicio. El Hijo del hombre, dominando la escena, aparece con los ojos llameantes (Ap 1,14; 19,12). Por una parte, he aquí el castigo: es el estanque de fuego y de azufre para el diablo (20,10), que es la muerte segunda (20;14s). Por otra, he aquí la teofanía: es el mar de cristal mezclado con fuego (15,2).

EN EL TIEMPO DE LA IGLESIA. 1. Jesús inauguró una época nueva. No obró inmediatamente como lo preveía Juan Bautista, hasta el punto de que la fe de éste pudo hacerse problemática (Mt 11,2-6). Se opuso a los hijos del Trueno, que querían hacer bajar el fuego del cielo sobre los inhospitalarios samaritanos (Lc 9,54s). Pero si no fue durante su vida terrestre instrumento del fuego vengador, realizó, sin embargo, a su manera el anuncio de Juan. Es lo que proclamaba en unas palabras difíciles de interpretar: «He venido a traer fuego a la tierra. y ¿qué he de querer sino que se encienda? Tengo que recibir un bautismo… (Lc 12, 49s). La muerte de Jesús ¿no es su bautismo en el espíritu y en el fuego?

2. Desde ahora la Iglesia vive de este fuego que abrasa al mundo gracias al sacrificio de Cristo. Este fuego ardía en el corazón de los peregrinos de Emaús mientras oían hablar al resucitado (Lc 24,32). Descendió sobre los discípulos reunidos el día de pentecostés (Act 2,3). Este fuego del cielo no es el del juicio, es el de las teofanías, que realiza el bautismo de fuego y de espíritu (Act 1,5): el fuego simboliza ahora el Espíritu, y si no se dice que este Espíritu es la caridad misma, el relato de pentecostés muestra que tiene como misión la de transformar a los que han de propagar a través de todas las naciones el mismo lenguaje, el del Espíritu.

La vida cristiana está también bajo el signo del fuego cultual, no ya el del Sinaí (Heb 12,18), sino del que consume el holocausto de nuestras vidas en un culto agradable a Dios (12,29). Transponiendo los celos divinos en una consagración cultual de cada instante, este fuego viene a ser un fuego consumidor. Pero para los que han dado acogida al fuego del Espíritu, la distancia entre el hombre y Dios es superada por Dios mismo, que se ha interiorizado perfectamente en el hombre; quizá sea éste el sentido de la palabra enigmática: uno se vuelve fiel cuando ha sido «salado al fuego», al fuego del juicio y al del Espíritu (Mc 9,48s). Según una expresión atribuida por Orígenes a Jesús: «Quien está cerca de mí está cerca del fuego; quien está lejos de mí está lejos del reino.»

Todos los derechos: Vocabulario de teología bíblica, X. Léon-Dufour

Vive agradeciendo. Ahondar en la gratitud

Vive agradeciendo. Ahondar en la gratitud

CHITTISTER, J. WILLIAMS, R.,

Sal Terrae, Santander, 2011, 190 pp.

El presente libro trata de presentar el pensamiento de Chittister y Williams sobre el agradecimiento. Y el título es sugerente, es un mandato: “vive agradeciendo”. Los autores invitan a agradecer al Dios de la vida, no a quejarse. Hay muchos motivos para ello, aunque aparentemente los haya también para quejarse.

Los textos están divididos en tres partes: Descubrir lo que somos, llegar a ser quienes somos y adentrarse en lo desconocido.

Chittister y Williams muestran cómo es posible, con absoluto realismo, asombrarse y prorrumpir en alabanzas ante cuanto ocurre en la vida diaria, a menudo incierta o desalentadora. Sus reflexiones tienen su origen en el convencimiento de que Dios es bueno, y que todo en la vida –incluyendo la duda, la muerte, el conflicto, la riqueza, la pobreza, las divisiones…– contribuye a su manera a dar vida. “La oscuridad revela que no todo crecimiento tiene lugar a plena luz, y que Dios se sirve incluso de nuestra vulnerabilidad y falta de control”.

“¡Alabado sea Alá!”, oyeron los investigadores gritar a los terroristas. Este fue el último sonido que se registró en la cabina del piloto, y era jubiloso y extático. ¿“Alabado sea Ala”?, se preguntó atónita la gente.

¿Qué clase de religión era aquella que consideraba la injustificable destrucción del inocente un acto de alabanza religiosa?

En el último tema sobre Dios, el libro trae la oración de un niño: “Y querido Dios -finalizó el niño su letanía de peticiones nocturnas-, por favor, cuida de ti mismo, porque, si algo te sucediera, estaríamos todos perdidos”.

Dios es bueno y está presente en nuestra vida, pero ¿cómo puede permitir tanto sufrimiento y no hacer nada para impedirlo? ¿Dónde estaba Dios cuando ocurrieron los terremotos, tsunamis, ciclones…? ¿Por qué alabar a un Dios así? Y, después de reflexionar el autor termina con estas palabras: “Aleluya al Dios que exige de nosotros que de nuestro barro hagamos mármol, a fin de sacar todo cuanto podemos ser del aliento de la Nada”. Todo en la vida es don, y al mismo tiempo, desafío y responsabilidad. El agradecimiento surge de una vida de fe y “la fe es un largo aleluya cantado en una noche oscura, cuyo único fin es otra desafiante aurora más”.

Los autores de este libro son: Joan Chittister, OSB., es una religiosa benedictina conocida en todo el mundo por sus escritos sobre espiritualidad durante más de treinta años. Rowan Williams, Arzobispo de Canterbury, ha formado parte de numerosas comisiones teológicas, ecuménicas y educativas y ha escrito abundantemente sobre temas de filosofía, teología, espiritualidad y estética religiosa. Desde su nombramiento como arzobispo se ha centrado principalmente en temas culturales y de diálogo interreligioso.

 – Eusebio Gómez Navarro

Ventanas que dan a Dios. Experiencia humana y ejercicio espiritual

Ventanas que dan a Dios. Experiencia humana y ejercicio espiritual

GARCÍA, J. A.,

Sal Terrae, Santander, 2011, 269 pp.

Dios está vivo, él camina entre nosotros, y en él “nos movemos y existimos”. Así es, porque creemos en un Dios que es «Padre de todo, lo trasciende todo, lo penetra todo y lo invade todo». De esta premisa de fe, tan presente en la espiritualidad ignaciana, parte José A. García para descubrir en las experiencias humanas que conforman la realidad, las ventanas abiertas hacia el descubrimiento y saboreo del amor de Dios Padre a través de personas, acontecimientos y cosas, repensando el misterio desde dentro de la cultura actual, porque todo, fuera y dentro de nosotros, puede convertirse en lugar de encuentro con Dios.

“Este libro hunde sus raíces en la espiritualidad ignaciana”. Como el mundo procede de Dios, Ignacio no querrá ya amar y servir a Dios, sino en la creación. Todo será para él lugar de encuentro con Dios. Él trata de “buscar y hallar a Dios en todas las cosas”. Precisamente, “el hilo conductor que recorre este libro desde su comienzo hasta el final es que Dios es una Presencia real, y que las experiencias humanas, todas ellas, están llamadas a ser ventanas que dan a Él”. Así nos lo indica José A. El mismo afirma que la realidad no es atea y que tampoco lo son nuestras experiencias dentro de ella. Más bien constituyen el umbral de la presencia misteriosa de Dios, siendo su sacramento y las compara con «ventanas abiertas» hacia su contemplación, aunque no podemos olvidar que la realidad también puede esconderlo y ocultarlo. Pero ahí es justamente de donde arranca el proceso espiritual que, perforando la libertad hacia dentro y hacia fuera, puede hacernos transparentes las huellas de Dios.

El autor recoge algunas experiencias humanas básicas para mostrar en ellas el carácter de «medio divino» que esconden, redescubriéndolas como lugar de encuentro y adoración de Dios, de llamada y también de envío.

Al final del libro, en el epílogo, se ofrece como en un espejo, la síntesis de la vida espiritual, a través de Teilhar, Rahner y von Balthasar, una elección que el autor confiesa como «muy personal». Tres grandes figuras que provienen de la espiritualidad ignaciana y a las que les une una pasión ardorosa por buscar y hallar a Dios en todas las cosas. Una búsqueda que José A. García convierte en el objetivo de su libro.

José A. García es jesuita y director de la revista Manresa. Ha publicado varios libros. Creo que en este libro ha cumplido ampliamente uno de sus objetivos que se propone, en cuanto a la lectura se refiere, que “resulte agradable y fecunda”, que ilumine, inspire y provoque para vivir más radicado en Dios.

– Eusebio Gómez Navarro

Escucha su latido. Encuentro con Cristo

Escucha su latido. Encuentro con Cristo

GÓMEZ NAVARRO, E.

Desclée De Brouwer, 2012, 211 pp.

Tal como ocurre en nuestra sociedad con los sondeos de opinión, también Jesús en su día preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» (Mt 16,13); pero a Jesús no le interesaba medir el nivel de su popularidad, sino ver lo que pensaban sus discípulos y, por eso, les lanzó la misma pregunta a ellos.

Jesús nos sigue pidiendo nuestro parecer. Las respuestas varían según las personas, pues cada uno tiene su propia visión de Cristo y ésta, a veces, es un tanto sesgada. Es cierto que cada época y cada persona presenta a Jesús desde su vida y desde

su historia, y a la hora de hablar de Jesús se destacan ciertos aspectos, dependiendo desde dónde se habla: Europa, África, América, Asia. Aunque todos los cristianos creen en Jesús, existe un gran abanico en las cristologías actuales.

El título de este libro es Escucha su latido. Jesús era todo amor, todo bondad, todo corazón y san Juan tuvo la gran suerte de escuchar su latido. Muchos se acercan fríamente a los evangelios desde la mente, sin emoción y, por lo tanto, no perciben ese palpitar amoroso que resuena en el mensaje escrito, en el rostro de un niño, en el del necesitado, en el Universo.

El subtítulo es Encuentro con Jesús. Esta es la pretensión de Eusebio: acercar al lector a Jesucristo, a su vida y a su mensaje, para que descubra a Jesús como el Dios hecho hombre por amor. Quien se encuentra con él, quien opta por él, entra en un nuevo estilo de vida y acepta los valores y los criterios del reino y se convierte en un soñador.

El libro está dividido en seis pequeños capítulos, precedidos por una introducción. Los temas tratados versan sobre Jesucristo, su persona, su rostro, sus sentimientos, sus entrañas de misericordia hacia los pecadores y más necesitados. Él era el buen pastor, la verdad, la vida; el hombre bueno, el amigo de todos, el liberador, el salvador, el que curaba con sus manos, con su mirada, con su presencia. Con su mensaje y su vida nos habló del corazón del Padre, de su amor, de su cercanía a todos, de su reino, de su unión con él. Jesús era el Hijo del Amor. Él invitó a un puñado de gente sencilla a seguirle, a vivir con él, a dar la vida por los demás.

Creo que la temática del presente estudio es de interés para muchas personas, ya que está dirigida al gran público, al hombre sencillo que, a pesar de todos los pesares, sigue buscando un sentido a su vida y quiere caminar tras las huellas del Maestro. «Yo», decía Lamennais, «escribo libros sencillos para gente sencilla». Éste ha sido también el propósito del autor. – Eusebio, carmelita descalzo, tiene publicados en esta misma editorial otros dos libros: Si perdonas, vivirás y ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora? ¿Por qué no? Sentido del sufrimiento.

– Ezequiel García Rojo

Una mujer en camino

Una mujer en camino,

GÓMEZ NAVARRO, E.,

Monte Carmelo, Burgos, 2012, 267 pp.

En la basílica de San Pedro en Roma, luce una estatua de Teresa de Jesús con una inscripción debajo que reza: “Maestra de los espirituales”. En la mano derecha sostiene una pluma, en la izquierda un libro y su mirada se pierde vuelta hacia lo alto como el que espera la inspiración del cielo. Es doctora de la Iglesia, y más que en dogmas y en teorías, lo es en la praxis. Su testimonio vivido nos entusiasma, nos hace crecer en el anhelo de Dios.

Teresa de Jesús, es, sin duda, una de las grandes mujeres de la historia. “Ocupa un lugar importante en la literatura española por la gracia y facilidad de su escritura y por su enorme capacidad para expresar en un lenguaje sencillo y cotidiano, profundas y complejas experiencias espirituales. Pero además son muchos los que ven en ella, una pionera de los movimientos de emancipación de la mujer por su original forma de vivir la condición femenina” (Juan Martín Velasco).

Teresa es buscadora y andariega, orante y comprometida, amada y amante. Su vida deslumbra y entusiasma, por ser una mujer fuerte, por ser una castellana recia, por ser una andariega incansable y por ser una apasionada de Dios. Muchos corazones se identifican y palpitan al unísono con el de Teresa en ese inmenso amor de Dios.

“Una mujer en camino” es el título de este libro. Teresa fue una mujer en camino, “hizo camino al andar” y en cada recodo de sus andanzas, oró y enseñó a orar. Y de tanto estar y tratar con Jesús, Teresa se convirtió en maestra en el sentido de poder decir y enseñar aquello que aprendía sin cesar en su trato amistoso con el Maestro.

El autor nos habla, a lo largo del libro, de la infancia y la maduración humano-espiritual de Teresa como mujer fuerte, de las virtudes teresianas, de su conversión, del Cristo de Teresa, de sus obras, de su compromiso con la iglesia y de la oración.

Este es un libro sencillo que habla de Teresa, del Evangelio, de nuestra vida. Cristo era “el libro vivo” de Teresa y Teresa es, también, un libro vivo para quienes desean conocer profundamente a Cristo, vivir con él, de él y para él.

– Ezequiel García Rojo

El alimento del amor. Relaciones humanas y espiritualidad

El alimento del amor. Relaciones humanas y espiritualidad

GRÜN‚ A.,

Sal Terrae, Santander, 2011, 183 pp.

 “El amor es una palabra que por mucho que se diga no se repite nunca” (Bossuet). Pero, como ha dicho Benedicto XVI, “la palabra amor está hoy tan deslucida, tan ajada, y es tan abusada, que casi da miedo pronunciarla con los propios labios”. Sin embargo, habrá que retomarla, purificarla y volverle a dar su mejor y más espléndido significado.

Sabemos que el ser humano ha sido creado por amor y ha nacido para amar, esa es su vocación más profunda. Y sólo amando puede ser plenamente persona. Amar consiste no tanto en recibir como en dar y entregarse, en hacer de la propia vida un don para los demás.

El mandamiento del amor es el compendio de la ley y síntesis de la vida: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas; y a tu prójimo como a ti mismo… Haz esto y vivirás” (Lc 10, 27-28). Se trata, sencillamente, de amar con todo lo que hay en nuestro ser: corazón, alma, mente y fuerzas. El amor es una fuerza, es vida y quien ama engendra vida.

Anselm Grün al cumplir 19 años decide ser monje benedictino en la Abadía Münsterschwarzach cerca de Würzburg. Meditando la regla de San Benito de Nursia aprende el difícil arte de guiar y acompañar personas. Él es compañero de ruta de muchas personas y conoce bien las amenazas contra la felicidad. Él compagina maravillosamente psicología y espiritualidad y sabe que la espiritualidad nos indica un camino para llegar a un contacto más íntimo con nuestros deseos más profundos, y nos enseña a reaccionar frente a las experiencias de heridas y decepciones.

¿Cuál es el alimento del amor? ¿Cómo pueden las relaciones vivir de la fuente del amor también en la vida ordinaria? A estas preguntas que el mismo autor se hace, no da recetas y afirma que no existe un método concreto con garantía de éxito para el amor entre hombre y mujer, ni para el amor entre amigos. Él trata de las relaciones humanas y de la espiritualidad en el marco de la vida ordinaria.

«El presente libro está realmente lleno de competencia y humanismo. Anselm Grün escribe sobre la espiritualidad como la fuente del amor, y sobre el erotismo y la sexualidad, que mantienen en nosotros vigilante la mirada del amor; pero aborda también las emboscadas contra el amor ocultas tras los celos, altercados y malentendidos. Un panorama espectacular» (Jürg Willi).

– Eusebio Gómez Navarro

Orad en todo momento

Orad en todo momento

GRÜN, A.,

Sal Terrae, Santander, 2011, 173 pp.

En nuestro alrededor vemos, a pesar del secularismo y consumismo, cómo hay un gran deseo de oración, de entusiasmo por conocer nuevos métodos y nuevas técnicas. Por todas partes surgen grupos de oración, comprometidos, a su vez en la tarea del anuncio del Reino.

La oración es diálogo, trato amoroso con el Creador. A través de estos momentos se puede conocer mejor a Dios, al otro y a uno mismo. Para que cualquier oración produzca frutos verdaderos, es necesario que vaya acompañada de actitudes de fe, sencillez y paciencia. Sólo se puede orar desde la fe, abriendo y disponiendo el corazón a la acción de Dios. La oración no es tarea para un momento, es para toda la vida. Grün recuerda la exhortación de san Benito y san Pablo de orar constantemente (1Tes 5, 17).

Este no es un libro que hable sobre la oración. Es más bien una selección de oraciones que invitan y ayudan a orar, a encontrar con mayor hondura a Dios y a la persona humana. En estas páginas el lector encontrará oraciones de alabanza, petición, adoración, acción de gracias e intercesión. El autor las distribuye en nueve capítulos con estos títulos: oraciones para rezar a lo largo del día, oraciones para rezar con la familia y los niños, oraciones para momentos especiales (alegría y tristeza), oraciones para los Ejercicios en la vida diaria, Oraciones para diferentes circunstancias, oraciones para rezar a lo largo del año, orar con Benito de Nursia, orar al Dios uno y Trino, oraciones de bendición. En la introducción nos dice Grün: «En la oración le presento a Dios mis sentimientos, pasiones y temores para que pueda percibirlo, a través de ellos, como el fundamento más profundo de mi alma, en el que finalmente encuentro la paz. Benito significa “el bendecido”, el bendito”. También para él rezar significa ponerlo todo bajo la bendición de Dios: a mí mismo, al resto de los seres humanos y la realidad de este mundo; esta disposición espiritual da sus frutos: como orantes podemos experimentar que todo se convierte en bendición para nosotros, y que nosotros mismos somos una bendición para los demás» (Anselm Grün).

Estas oraciones son la expresión de fe de Grün, quien un día abrió su corazón y se lo entregó al Señor. Las oraciones de este libro pueden ayudarnos a crear un clima de oración, desde el cual nosotros podamos abrir y ofrendar nuestra existencia al Creador.

– Eusebio Gómez Navarro

Dieron razón de su fe. Diecisiete mártires del Carmelo de Cataluña

Dieron razón de su fe. Diecisiete mártires del Carmelo de Cataluña

LÓPEZ MELÚS, R.-M.,

AMACAR, Onda (Castellón), 2007, 302 pp.

“En diversas ocasiones he recordado la necesidad de custodiar la memoria de los mártires. Ellos son la prueba más elocuente de la verdad de la fe, que sabe dar un rostro humano incluso a la muerte más violenta, y manifiesta su belleza aun en medio de atroces padecimientos. Es preciso que las Iglesias (y las Órdenes religiosas) hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio” (Juan Pablo II).

Creo que estas palabras nos revelan el sentido de estas páginas. Hay que custodiar la memoria de estos mártires como testimonio de la fe más auténtica. Ellos son una respuesta profundamente humana en medio de los padecimientos más crueles que uno se puede imaginar. Los mártires y su memoria no son un arma arrojadiza en contra de los enemigos. El mensaje de los mártires es el perdón, la reconciliación y la paz. Si se recuerdan es para que no repitamos de nuevo la barbarie.

¡Nunca más! La vida humana es muy valiosa, siempre hay que respetarla, incluso la de aquellos que no piensan y viven como nosotros. ¿Quiénes son? Son miembros de la Orden del Carmen en Cataluña: P. Ángel María Prat Hostench, P. Eliseo María Maneus Besalduch, P. Anastasio María Dorca Coromina, P. Eduardo María Serrano Buj, Fr. Pedro María Ferrer Marín, Fr. Andrés María Soler Rovira, Fr. Miguel María Soler Sala, Fr. Juan María Puigmitjá Rubió, Fr. Pedro-Tomás María Prat Colldecarrera, Fr. Eliseo María Fontdecava Quiroga, Fr. José María Escoto Ruiz, Fr. Elías María Garre Egea, Fr. Ludovico María Ayet Canós, Fr. Ángel María Presta Batlle, P. Fernando María Llovera Puigsech, Fr. Eufrosino María Raga Nadal y la monja carmelita de clausura, Sor María del Patrocinio de San José Badía Flaquer.

Este libro quiere ser un recuerdo familiar a estos Carmelitas. Una acción de gracias al Señor y a la Virgen del Carmen por sus vidas, entregadas a Dios y a su Madre hasta el extremo del heroísmo.

Una nota importante, el P. Rafael María Melús ha tenido muy en cuenta documentos serios y de primera mano. Testimonios que se han presentado a la Congregación de la Causa de los Santos.

– Lucio del Burgo