ODIO

Tomado de: LEON-DUFOUR. Xavier, Vocabulario de teología bíblica

El odio es lo contrario del amor, pero le está también muy próximo. Si el amor de Amnón a Tamar se vuelve de repente aversión violenta, es que su pasión era ardiente 2Sa 13,15. No pocas fórmulas bíblicas que oponen en forma absoluta esta pareja de amor y odio Gen 29,18.31 Mt 5,43 6,24, suponen esta reacción natural del amor de aborrecer lo que antes era todo para él. Este estado de ánimo supone el Dt en el caso del marido que repudia a su mujer Dt 22,13.16. Esta violencia de las reacciones es una de las bases del lenguaje semítico, que recurre fácilmente a parejas de palabras opuestas sin notar los matices intermedios. Pero la realidad no responde siempre al vigor del lenguaje, y así en un matrimonio polígamo se puede decir que la mujer que no es la preferida, o que sencillamente es menos amada, es odiada Dt 21,15 Gen 29,31ss. Estas observaciones pueden explicar ciertas fórmulas sorprendentes Lc 14,26 Mt 10,37, pero dejan intacto el problema religioso que plantea el odio: ¿Por qué y cómo se presenta el odio en la humanidad? ¿Qué quiere decir la Biblia cuando aplica la noción de odio a Dios? ¿Qué actitud adoptó Cristo frente al odio?

I. EL ODIO ENTRE LOS HOMBRES

1. El mundo entregado al odio.

El odio entre los hombres es un hecho de todos los tiempos. El Génesis señala su presencia desde la primera generación humana Gen 4,2-8 y los sabios lo observan con mirada penetrante Prov 10,12 14,20 19,7 26,24ss Eclo 20,8. Pero acerca de este hecho pronuncia la Biblia un juicio de valor. El odio es un mal, fruto del pecado, pues Dios hizo a los hombres hermanos para que vivieran en el amor mutuo. El caso tipo de Caín muestra bien cuál es el proceso del odio: nacido de la envidia, tiende a la supresión del otro y conduce al homicidio. Esto basta para denunciar su origen satánico, como lo explica el libro de la Sabiduría: el diablo, envidioso de la suerte del hombre, le tomó odio y provoco su muerte Sab 2,24. Desde entonces está el mundo entregado al odio Tit 3,3.

2. El justo es objeto de odio.

Desde sus orígenes remotos, el esquema «envidia-odio-homicidio» se aplica siempre en el mismo sentido: el impío odia al justo y se conduce como su enemigo. Así Caín con Abel, Esaú con Jacob, los hijos de Jacob con José, los egipcios con Israel Sal 105,25, los reyes impíos con los profetas 1Re 22,8, los malos con los piadosos de los salmos, los extranjeros con el ungido de Yahveh Sal 18 21, con Sión Sal 129, con Jerusalén Is 60,15. Es, pues, una ley permanente: al que Dios ama es odiado, sea porque su preferencia suscite envidia, sea porque represente un reproche viviente para los pecadores Sab 2,10-20. En todo caso Dios mismo, a través de su elegido, es tomado por blanco y hecho’ objeto de odio 1Sa 8,7 Jer 17,14s.

3. ¿Puede odiar el justo?

¿Puede odiar el justo en respuesta al odio de que es víctima? En el interior del pueblo de Dios está prescrito amar al prójimo Lev 19,17s; así la legislación ordena dar muerte al asesino que ha matado a otro por odio Dt 19,11ss, precisamente en el momento en que se esfuerza por afinar la práctica de la venganza de la sangre instituyendo ciudades de refugio Dt 19,1-10.

Hay, sin embargo, otros casos: el de los malos que odian a los justos, el de los enemigos del pueblo de Dios; unos y otros se conducen como enemigos de Dios Num 10,35 Sal 83,3. La conducta que dicta aquí el amor de Dios puede parecer sorprendente. Israel odiará a los enemigos de Dios para no imitar su conducta: tal es el sentido de la guerra santa Dt 7,1-6. El justo desgraciado, que podría verse tentado a envidiar a los malos y a imitarlos Prov 3,31 Sal 37 73, para guardarse del pecado odiará al partido de los pecadores Sal 26,4s 101,3ss. «Amar a los que odian a Yahveh» 2Par 19,2 sería pactar con los impíos y hacerse infiel Sal 50,18-21. Al amor celoso de Dios debe responder un amor no dividido Sal 119,113 97,10. En todas las cosas hay que abrazar su causa: amar lo que él ama, odiar lo que él odia Am 5,15 Prov 8,13 Sal 45,8. ¿Cómo, pues, no odiar a los que le odian Sal 139,21s?

Esta actitud no está exenta de ambigüedad y de peligro: ¿no se llegará fácilmente a ver en todo enemigo personal o nacional un enemigo de Dios para acaparar en forma egoísta los privilegios de la elección divina? El peligro no era quimérico: los sectarios que Qumrán, al declarar «odio eterno» al partido de Belial, identificaban de hecho el «partido de Dios» con su grupo cerrado. «Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo» Mt 5,43: no era tal la letra de la antigua ley, pero muchos admitían esta interpretación abusiva, dictada por un exclusivismo estrecho.

II. ¿EXISTE ODIO EN DIOS?

¿Cómo se puede hablar de odio a propósito del Dios de amor? Efectivamente, Dios no puede odiar a ninguno de los seres que él mismo ha hecho Sab 11,24, y sería una injuria acusarle de odiar a su pueblo Dt 1,27 9,28. Pero el Dios de amor es también el Dios santo, el Dios celoso. Su mismo amor implica una repulsión violenta hacia el pecado. Odia la idolatría, la de los cananeos Dt 12,31 16,22 o la de Israel Jer 44,4. Odia la hipocresía cultual Am 5,21 Is 1,14, la rapiña y el crimen Is 61,8, el falso juramento Zac 8,17, el repudio Mal 2,16, y más en general la colección de pecados que enumera Prov 5,16-19. Ahora bien, el pecador forma en cierta manera cuerpo con su pecado; se pone en posición de enemigo (es decir, de «odiador» de Dios: Ex 20,5 Dt 7,10 Sal 139,21 Rom 1,30). La incompatibilidad total que por su falta establece entre Dios y él se traduce también en la Biblia en términos de odio: Dios odia al violento Sal 11,5, al idólatra Sal 31,7, al hipócrita Eclo 27,24 y en general a todos los malhechores Sal 5,6ss. Odia a Israel infiel Os 9,15 Jer 12,8, como odió a los cananeos a causa de sus crímenes Sab 12,3. El caso es algo más complejo cuando declara: «He amado a Jacob y odiado a Esaú» Mal 1,2 Rom 9,13: este odio es todavía provocado por las violencias de Edom para con Israel Sal 137,7 Ez 25,12ss Abd 10-14, pero traduce también las preferencias de la elección, semejante a la del hombre que «ama» a una de sus esposas y «odia» a la otra.

Pero si esta preferencia y esta repulsión son realidades muy positivas y en las que se afirma Dios con toda su fuerza, sin embargo, sólo se les puede dar el nombre de odio a condición de purgar esta palabra de todo lo que, en nuestro mundo pecador, comporta en materia de rencor malvado, de voluntad de perjudicar y de destruir. Así pues, si Dios odia el pecado ¿se puede decir que odia verdaderamente al pecador, él que «no quiere su muerte, sino que se convierta y viva» Ez 18,23? Dios, a través de la elección y del castigo, persigue un único designio de amor para todos los hombres; su amor tendrá la última palabra. Se ha revelado plenamente en Jesús. Así el NT no habla nunca de odio en Dios.

III. JESÚS FRENTE AL ODIO

1. El odio del mundo contra Jesús.

Jesús, que aparece en un mundo agitado por la pasión del odio, ve converger hacia él todas las formas de éste: odio del elegido de Dios, al que se envidia Lc 19,14 Mt 27,18 Jn 5,18, odio del justo cuya presencia condena Jn 7,7 15,24; los jefes de Israel le odian también porque quieren acaparar ellos mismos la elección divina Jn 11,50. Por lo demás, tras ellos le odia todo el mundo malvado Jn 15,18: en él odia la luz porque sus obras son malas Jn 3,20. Así se realiza el misterio anunciado en la Escritura, del odio ciego, inmotivado Jn 15,25: por encima de Jesús apunta al Padre mismo Jn 15,23s. Jesús muere, pues, víctima del odio; pero con su muerte mata al odio Ef 2,14.16, pues esta muerte es un acto de amor que reintroduce el amor en el mundo.

2. El odio del mundo contrae los cristianos.

Todo el que siga a Jesús conocerá la misma suerte. Los discípulos serán odiados «por causa de su nombre» Mt 10,22 24,9. No deben extrañarse de ello 1Jn 3,13; deben incluso regocijarse Lc 6,22, pues así son asociados al destino de su maestro; el mundo los odia porque no son de este mundo Jn 15,19 17,14. Así se revela el enemigo, que estaba en actividad desde los orígenes Jn 8,44; pero Jesús oró por ellos, no para que fueran retirados del mundo, sino para que fueran preservados del maligno.

3 Odiar el mal y no a los hombres.

Como Jesús, en quien no tiene nada el príncipe de este mundo Jn 14,30 8,46 como el Dios santo, el Padre santo Jn 17,11, también los discípulos tendrán odio al mal. Sabrán que hay incompatibilidad radical entre Dios y el mundo 1Jn 2,15 Sant 4,4, entre Dios y la carne Rom 8,7, entre Dios y el dinero Mt 6,24. Para suprimir en sí mismos toda complicidad con el mal, renunciarán a todo y llegarán hasta a odiarse a sí mismos Lc 14,26 Jn 12,25. Pero frente a los otros hombres no habrá el menor odio en su corazón: «el que odia a su hermano está en las tinieblas» 1Jn 2,9.11 3,15. El amor es la única regla, incluso para con los enemigos Lc 6,27. Así, al final de la historia se ha esclarecido la situación. Con su venida cambió el Señor la faz del mundo: en otro tiempo reinaba en él el odio Tit 3,3; ahora ha pasado ya el tiempo de Caín. Sólo el amor da la vida y nos hace semejantes a Dios 1Jn 3,11-24.

OBEDIENCIA

Tomado de: LEON-DUFOUR. Xavier,Vocabulario de teología bíblica

La obediencia, lejos de ser una sujeción que se soporta y una sumisión pasiva, es una libre adhesión al designio de Dios todavía encerrado en el misterio, pero propuesto por la palabra de la fe, que permite por tanto al hombre hacer de su vida un servicio de Dios y entrar en su gozo.

I. LA CREACIÓN OBEDECE A DIOS. En la creación misma, fuera del hombre, aparece como un presentimiento de esta obediencia y de este gozo. Que el Señor ponga un garfio a Behemot Job 40,24 o divida a Rahab Sal 89,11, es prueba de su dominio soberano: Que Jesús calme la tempestad o expulse a los demonios es prueba de que, al igual que los demonios, «los vientos y el mar le obedecen» Mt 8,27 p Mc 1,27, y es tos gestos de poder provocan un temor religioso; pero lo que, más que el silencio del universo que reconoce a su dueño, maravilla a la Biblia y la hace prorrumpir en acciones de gracias, es el ímpetu gozoso con que las criaturas acuden a la voz de Dios: «Los astros brillan… complacidos; él los llama y dicen: ‘Henos aquí’ y brillan con gozo para el que los creó» Bar 3,34s Sal 104,4 Eclo 42,23 43,13-26. Ante este ardor con que las más bellas de las criaturas cumplen la misión que Dios les asigna en el universo, la humanidad «encerrada en la desobediencia» Rom 11.32 evoca inconsciente y dolorosamente lo que habría debido ser su obediencia. y Dios le hace entrever y esperar lo que puede ser la obediencia espontánea y unánime de la creación liberada por la obediencia de su Hijo Rom 8,19-22.

II. EL DRAMA DE LA DESOBEDIENCIA. 1. Ya en los orígenes desobedece Adán a Dios, arrastrando en su rebelión a todos sus descendientes Rom 5,19 y sujetando la creación a la vanidad 8,20. La rebelión de Adán muestra por contraste lo que es la obediencia y lo que Dios aguarda de ella: es la sumisión del hombre a la voluntad de Dios, la ejecución de un mandamiento, cuyo sentido y cuyo precio no vemos nosotros, pero cuyo carácter de imperativo divino percibimos. Si Dios exige nuestra obediencia, es que tiene un designio que realizar, un universo que construir, y que necesita nuestra colaboración, nuestra adhesión en la fe. La fe no es la obediencia, sino su secreto; la obediencia es el signo y el fruto de la fe. Si Adán desobedece, es que olvidando la palabra de Dios ha escuchado la voz de Eva y la del tentador Gen 3,4ss.

2. Para salvar a la humanidad suscita Dios la fe de Abraham, y para asegurarse de esta fe la hace pasar por la obediencia: «Deja tu país» Gen 12,1, «Camina en mi presencia y sé perfecto» 17,1, «Toma a tu hijo… ofrécelo en holocausto» 22,2. Toda la existencia de Abraham reposa en la palabra de Dios, pero esta palabra le impone constantemente avanzar a ciegas y realizar gestos cuyo sentido no se le alcanza. De este modo la obediencia es para él una prueba, una tentación de Dios 22,1, y para Dios un testimonio sin precio: «Tú no me has rehusado a tu hijo único» 22,16.

3. La alianza supone exactamente el mismo proceso «Todo lo que ha dicho Yahveh lo haremos, y obedeceremos», responde Israel adhiriéndose al pacto que Dios le propone Ex 24,7. La alianza implica un tratado, la ley, una serie de mandamientos e instituciones que encuadran la existencia de Israel y que están destinados a hacerle vivir como pueblo de Dios. Varias de estas disposiciones imponen deberes de obediencia a los hombres, para con los padres Dt 21,18-21, los reyes, los profetas, los sacerdotes 17,14-18.22. Con frecuencia estos deberes están ya inscritos en la naturaleza del hombre, pero la palabra de Dios, incorporándolos a su alianza, hace de la sumisión del hombre una obediencia en la fe. Dado que la fidelidad a la ley no es verdadera sino en la adhesión a la palabra y a la alianza de Dios, la obediencia a sus preceptos no es una sumisión de esclavos, sino un proceso de amor. Ya el primer Decálogo opera el enlace: «…los que me aman y guardan mis mandamientos» Ex 20,6; el Deuteronomio la reasume y la desarrolla Dt 11,13-22: los salmos celebran en la ley el gran don de amor de Dios a los hombres y la fuente de una obediencia de amor Sal 19,8-11 119.

III. CRISTO, NUESTRA OBEDIENCIA. Pero nadie obedece a Dios. Israel es «una casa rebelde» Ez 2,5, son «hijos rebelados» Is 1,2; «gloriándose en su ley, deshonra a Dios infringiéndola» Rom 2,23; no puede hacer valer superioridad alguna sobre el pagano, pues como él está «incluido en la desobediencia» 3.10 11,32. El hombre, esclavo del pecado, aunque desde el fondo de él mismo aspira a obedecer a Dios, es incapaz de hacerlo 7.14. Para llegar a ello, para que halle «la ley en el fondo de su ser» Jer 31,33, es preciso que Dios envíe a su siervo, que «todas las mañanas despierte [su] oído» Os 50.4 a fin de que pueda decir «Heme aquí que vengo… a hacer tus voluntades» Sal 40,7ss.

«Así como por la desobediencia de uno solo la multitud fue constituida pecadora, así por la obediencia de uno solo la multitud será constituida justa» Rom 5,19. La obediencia de Jesucristo es nuestra salvación y por ella nos es dado volver a la obediencia a Dios. La vida de Jesucristo fue, desde «su entrada en el mundo» Heb 10,5 y «hasta la muerte de cruz» Flp 2,8, obediencia, es decir, adhesión a Dios a través de una serie de intermediarios: personajes, acontecimientos, instituciones, Escrituras de su pueblo, autoridades humanas. Venido «para hacer no [su] voluntad, sino la voluntad del que [le] ha enviado» Jn 6,38 Mt 26,39, pasa toda su vida en los deberes normales de la obediencia a los padres Lc 2.51, a las autoridades legítimas Mt 17,27. En su pasión llega al colmo su obediencia, al entregarse sin resistir a poderes inhumanos e injustos, «haciendo a través de todos estos sufrimientos la experiencia de la obediencia» Heb 5,8 haciendo de su muerte el sacrificio más precioso a Dios, el de la obediencia 10.5-10 1Sa 15,22.

IV. LA OBEDIENCIA DEL CRISTIANO. Jesucristo, que por su obediencia fue constituido «el Señor» Flp 2,11 revestido de «todo poder en el cielo y en la tierra» Mt 28,18, tiene derecho a la obediencia de toda criatura. Por él, por la obediencia a su Evangelio y a la palabra de su Iglesia 2Tes 3.14 Mt 10,40 p alcanza el hombre a Dios en la fe Act 6,7 Rom 1,5 10,3 2Tes 1,8 escapa a la desobediencia original y entra en el misterio de la salvación: Jesucristo es la única ley del cristiano 1Cor 9,21. Esta ley comprende también la obediencia a las autoridades humanas legítimas: padres Col 3,20, maestros 3,22 esposos 3,18 poderes públicos. Reconociendo en todas partes la «autoridad de Dios» Rom 13,1-7. Pero como el cristiano no obedece nunca sino para servir a Dios, es capaz, si es preciso, de enfrentarse con una orden injusta y «obedecer a Dios más que a los hombres» Act 4,19.

MISERICORDIA

Tomado de: LEON-DUFOUR. Xavier, Vocabulario de teología bíblica

El lenguaje corriente, influenciado sin duda por el latín de iglesia, identifica la misericordia con la compasión o el perdón. Esta identificación, aunque valedera, podría velar la riqueza concreta que Israel, en virtud de su experiencia, encerraba en la palabra. En efecto, para él la misericordia se halla en la confluencia de dos corrientes de pensamiento, la compasión y la fidelidad.

El primer término hebreo (ra’hamim) expresa el apego instintivo de un ser a otro. Según los semitas, este sentimiento tiene su asiento en el seno materno (rehem: 1Re 3,26), en las entrañas (rahamim) — nosotros diríamos: el corazón— de un padre Jer 31,20 Sal 103,13, o de un hermano Gen 43,30: es el cariño o la ternura; inmediatamente se traduce por actos: en compasión con ocasión de una situación trágica Sal 106,45, o en perdón de las ofensas Dan 9,9.

El segundo término hebreo (hesed), traducido ordinariamente en griego por una palabra que también significa misericordia (eleos), designa de suyo la piedad, relación que une a dos seres e implica fidelidad. Con esto recibe la misericordia una base sólida: no es ya únicamente el eco de un instinto de bondad, que puede equivocarse acerca de su objeto o su naturaleza, sino una bondad consciente, voluntaria; es incluso respuesta a un deber interior, fidelidad con uno mismo.

Las traducciones de las palabras hebreas y griegas oscilan de la misericordia al amor, pasando por la ternura, la piedad o conmiseración, la compasión, la clemencia, la bondad y hasta la gracia (heb. len), que, sin embargo, tiene una acepción más vasta. A pesar de esta variedad, no es, sin embargo, imposible circunscribir el concepto bíblico de la misericordia. Desde el principio hasta el fin manifiesta Dios su ternura con ocasión de la miseria humana; el hombre, a su vez, debe mostrarse misericordioso con el prójimo a imitación de su Creador.

AT

I. EL DIOS DE LAS MISERICORDIAS

Cuando el hombre adquiere conciencia de ser desgraciado o pecador, entonces se le revela con más o menos claridad el rostro de la misericordia infinita.

1. En socorro del miserable.

No cesan de resonar los gritos del salmista: «¡Piedad conmigo, Señor!» Sal 4,2 6,3 9,14 25,16; o bien las proclamaciones de acción de gracias: «Dad gracias a Yahveh, pues su amor (hesed) es eterno» Sal 107,1, esa misericordia que no cesa de mostrar con los que claman a él en su aflicción, por ejemplo, los navegantes en peligro Sal 107,23, con los «hijos de Adán» cualesquiera que sean. Se presenta, en efecto, como el defensor del pobre, de la viuda y del huérfano: éstos son sus privilegiados.

Esta convicción inquebrantable de los hombres piadosos parece tener su origen en la experiencia por que pasó Israel en el momento del éxodo. Aun cuando el término misericordia no se halla en el relato del acontecimiento, la liberación de Egipto se describe como un acto de la misericordia divina. Las primeras tradiciones sobre el llamamiento de Moisés lo sugieren en forma inequívoca: «He visto la miseria de mi pueblo. He prestado oído a su clamor… conozco sus angustias. Estoy resuelto a liberarlo» Ex 3,7s.16s. Más tarde el redactor sacerdotal explicará la decisión de Dios por su fidelidad a la alianza 6,5. En su misericordia no puede Dios soportar la miseria de su elegido; es como si al contraer alianza con él lo hubiera convertido en un ser «de su raza» Act 17,28s: un instinto de ternura lo une a él para siempre.

2. La salud del pecador.

Pero ¿qué sucederá, sin embargo, si este elegido se separa de él por el pecado? La misericordia se impondrá todavía, por lo menos si el pecador no se endurece; porque, conmovida por el castigo que acarrea el pecado, quiere salvar al pecador. Así, con ocasión del pecado, entra el hombre más profundamente en el misterio de la ternura divina.

a. La revelación central. En el Sinaí es donde Moisés oye a. Dios revelar el fondo de su ser. El pueblo elegido acaba de apostatar. Pero Dios, después de haber afirmado que es libre para usar gratuitamente de misericordia con quien le plazca Ex 33,19, proclama que sin hacer mella a su santidad, la ternura divina puede triunfar del pecado: «Yahveh es un Dios de ternura (rahum) y de gracia (hanun), lento para la ira y abundante en misericordia (hesed) y fidelidad (emet), manteniendo su misericordia (hesed) hasta la milésima generación, soportando falta, transgresión y pecado, pero sin disculparla, castigando la falta… hasta la tercera y cuarta generación» Ex 34,6s. Dinos no pasa la esponja por el pecado: deja que repercutan sus consecuencias en el pecador hasta la cuarta generación, lo cual muestra qué cosa tan seria es el pecado. Pero su misericordia, conservada intacta hasta la milésima generación, le hace aguardar con paciencia infinita. Tal es el ritmo que marcará las relaciones de Dios con su pueblo hasta la venida de su Hijo.

b. Misericordia y castigo. En efecto, a todo lo largo de la historia sagrada muestra Dios que si debe castigar al pueblo que ha pecado, se llena de conmiseración tan luego éste clama a él desde el fondo de su miseria. Así el libro de los Jueces está marcado por el ritmo de la ira que se inflama contra el infiel y de la misericordia que le envía un salvador Jue 2,18. La experiencia profética va a dar a esta historia acentos extrañamente humanos. Oseas revela que si Dios ha decidido no usar ya misericordia con Israel Os 1,6 y castigarlo, su «corazón se revuelve dentro de él, sus entrañas se conmueven» y decide no dar ya desahogo «al ardor de su ira» 11,8s; así un día el infiel será de nuevo llamado «Ha recibido misericordia» (Ruhama: 2,3). En el momento mismo en que los profetas anuncian las peores catástrofes conocen la ternura del corazón de Dios: «¿Es, pues, Efraím para mí un hijo tan querido, un niño tan mimado, para que cuantas veces trato de amenazarle, me enternezca su memoria, se conmuevan mis entrañas y no pueda menos de desbordarse mi ternura?» Jer 31,20 Is 49,14s 54,7.

c. Misericordia y conversión. Si Dios mismo se conmueve de tal manera ante la miseria que acarrea el pecado, es que desea que el pecador se vuelva hacia él, que se convierta. Si de nuevo conduce a su pueblo al desierto, es porque quiere «hablarle al corazón» Os 2,16; después del exilio se comprenderá que Yahveh quiere simbolizar con la vuelta a la tierra la vuelta a él, a la vida Jer 12,15 33,26 Ez 33,11 39,25 Is 14,1 49,13. Sí, Dios «no guarda rencor eterno» Jer 3,12s, pero quiere que el pecador reconozca su malicia; «que el malvado se convierta a Yahveh, que tendrá piedad de él, a nuestro Dios, que perdona abundantemente» Is 55,7.

d. El llamamiento del pecador. Israel conserva, pues, en el fondo del corazón la convicción de una misericordia que no tiene nada de humano: «Él ha herido, él vendará nuestras llagas» Os 6,1. «¿Qué Dios como tú, que borra la falta, que perdona lo mal hecho, que no excita para siempre su ira, sino que se complace en otorgar gracia? Una vez más, ten piedad de nosotros, conculca nuestras iniquidades y arroja a lo hondo del mar nuestros pecados» Miq 7,18s. Así resuena constantemente el grito del salmista resumido en el Miserere: «Apiádate de mí en tu bondad. En tu gran ternura borra mi pecado» Sal 51,3.

3. Misericordioso con toda carne.

Aunque la misericordia divina no conoce más límite que el endurecimiento del pecador Is 9,16 Jer 16,5.13, sin embargo, durante mucho tiempo se la tuvo como reservada a sólo el pueblo elegido. Pero Dios, con su sorprendente magnanimidad, acabó por fin con este residuo de tacañería humana (ya Os 11,9). Después del exilio se comprendió la lección. La historia de Jonás es la sátira de los corazones estrechos que no aceptan la inmensa ternura de Dios Jon 4,2. El Eclesiástico dice claramente: «la piedad del hombre es para su prójimo, pero la piedad de Dios es para toda carne» Eclo 18,13.

Finalmente, la tradición unánime de Israel Ex 34,6 Nah 1,3 Jl 2,13 Neh 9,17 Sal 86,15 145,8 es magníficamente recogida por el salmista, sin la menor nota de particularismo: «Yahveh es ternura y gracia, lento para la ira y abundante en misericordia; no disputa a perpetuidad, no guarda rencor para siempre; no nos trata según nuestras faltas… Cuan tierno es un padre para con su hijo, así lo es Yahveh para con el que le teme; sabe de qué hemos sido amasados, se acuerda del polvo que somos» Sal 103,8ss.13s. «Dichosos los que esperan en él, pues de ellos se apiadará» Is 30,18, porque «eterna es su misericordia» Sal 136, porque en él está la misericordia Sal 130,7.

II. «LO QUE YO QUIERO ES MISERICORDIA»

Si Dios es ternura, ¿cómo no exigirá a sus criaturas la misma ternura mutua? Ahora bien, este sentimiento no es natural al hombre: homo homini lupus! Lo sabía muy bien David, que prefería «caer en las manos de Yahveh, porque es grande su misericordia, antes que en las manos de los hombres» 2Sa 24,14. También en este punto va Dios progresivamente educando a su pueblo.

Condena a los paganos, que sofocan la misericordia Am 1,11. Lo que quiere es que se observe el mandamiento del amor fraterno Ex 22,26, muy preferible a los holocaustos Os 4,2 6,6; quiere que la práctica de la justicia sea coronada por un «amor tierno» Miq 6,8. Si se quiere verdaderamente ayunar, hay que socorrer al pobre, a la viuda, al huérfano, no hurtar el cuerpo ante el que es nuestra propia carne Is 58,6-11 Job 31,16-23. Cierto que el horizonte fraterno está todavía limitado a la raza o a la creencia Lev 19,18, pero el ejemplo mismo de Dios ensanchará poco a poco los corazones humanos hasta las dimensiones del corazón de Dios: «Yo soy Dios, no hombre» Os 11,8 Is 55,7. El horizonte se extenderá sobre todo gracias al mandamiento de no saciar la sed de venganza, de no guardar rencor. Pero sólo quedará realmente despejado con los últimos libros de sabiduría, que en este punto esbozan ya el mensaje de Jesús; el perdón debe ejercerse con «todo hombre» Eclo 27,30-28,7.

NT

I. EL ROSTRO DE LA MISERICORDIA DIVINA

1. Jesús, «sumo sacerdote misericordioso» Heb 2,17. Jesús, antes de realizar el designio divino, quiso «hacerse en todo semejante a sus hermanos», a fin de experimentar la miseria misma de los que venía a salvar. Por consiguiente, sus actos todos traducen la misericordia divina, aun cuando no estén calificados así por los evangelistas. Lucas puso muy especial empeño en poner de relieve este punto. Los preferidos de Jesús son los «pobres» Lc 4,18 7,22; los pecadores hallan en él un «amigo» 7,34, que no teme frecuentarlos 5,27.30 15,1s 19,7. La misericordia que manifestaba Jesús en forma general a las multitudes Mt 9,36 14,14 15,32 adquiere en Lucas una fisonomía más personal: se dirige al «hijo único» de una viuda Lc 7,13 o a un padre desconsolado 8,42 9,38.42. Jesús, en fin, muestra especial benevolencia a las mujeres y a los extranjeros. Así queda redondeado y cumplido el universalismo: «toda carne ve la salvación de Dios» 3,6. Si Jesús tuvo así compasión de todos, se comprende que los afligidos se dirijan a él como a Dios mismo, repitiendo: «Kyrie eleison!» Mt 15,22 17,15 20,30s.

2. El corazón de Dios Padre.

Este rostro de la misericordia divina que mostraba Jesús a través de sus actos, quiso dejarlo retratado para siempre. A los pecadores que se veían excluidos del reino de Dios por la mezquindad de los fariseos, proclama el evangelio de la misericordia infinita, en la línea directa de los mensajes auténticos del AT. Los que regocijan el corazón de Dios no son los hombres que se creen justos, sino los pecadores arrepentidos, comparables con la oveja o la dracma perdida y hallada Lc 15,7.10; el Padre está acechando el regreso de su hijo pródigo y cuando lo descubre de lejos «siente compasión» y corre a su encuentro 15,20. Dios ha aguardado largo tiempo, y aguarda todavía con paciencia a Israel, que no se convierte, como una higuera estéril 13,6-9.

3. La sobreabundancia de la misericordia.

Dios es, pues, ciertamente el «Padre de las misericordias» 2Cor 1,3 Sant 5,11, que otorgó su misericordia a Pablo 1Cor 7,25 2Cor 4,1 1Tim 1,13 y la promete a todos los creyentes Mt 5,7 1Tim 1,2 2Tim 1,2 Tit 1,4 2Jn 3. El cumplimiento del designio de misericordia en la salvación y en la paz, tal como lo anunciaban los cánticos al alborear el Evangelio Lc 1,50.54.72.78, lo muestra Pablo claramente en toda su amplitud y sobreabundancia.

El ápice de la epístola á los Romanos está en esta revelación. Mientras que los judíos acababan por desconocer la misericordia divina estimando que ellos se procuraban la justicia a partir de sus obras, de su práctica de la ley, Pablo declara que ellos también son pecadores y que por tanto tienen necesidad de la misericordia por la justicia de la fe. Frente a ellos los paganos, a los que Dios no había prometido nada, son atraídos a su vez a la órbita inmensa de la misericordia. Todos deben, pues, reconocerse pecadores a fin de participar todos de la misericordia: «Dios incluyó a todos los hombres en la desobediencia para usar con todos misericordia» Rom 11,32.

II. SED MISERICORDIOSOS

La «perfección» que Jesús, según Mt 5,48, exige a sus discípulos, consiste según Lc 6,36 en el deber de ser misericordiosos «como vuestro Padre es misericordioso». Es una condición esencial para entrar en el reino de los cielos Mt 5,7, que Jesús reitera después del profeta Oseas Mt 9,13 12,7. Esta ternura debe hacerme prójimo del miserable al que encuentro en mi camino, a ejemplo del buen Samaritano Lc 10,30-37, debe llenarme de compasión para con el que me ha ofendido Mt 18,23-35, porque Dios ha tenido compasión conmigo 18,32s. Así seremos nosotros juzgados según la misericordia que hayamos practicado, quizás inconscientemente, para con Jesús en persona Mt 25,31-46.

Mientras que la ausencia de misericordia entre los paganos desencadena la ira divina Rom 1,31, el cristiano debe amar y «simpatizar» Flp 2,1, tener una auténtica compasión en el corazón Ef 4,32 1Pe 3,8; no puede «cerrar sus entrañas» ante un hermano que se halla en la necesidad: el amor de Dios no mora sino en los que practican la misericordia 1Jn 3,17.

HORA

Tomado de: LEON-DUFOUR. Xavier,

Vocabulario de teología bíblica

En la Biblia se divide sin duda la historia en épocas, en meses, en días y en horas; pero tiempo, día y hora desbordan con frecuencia esta acepción cronológica y presentan un significado religioso. Como el tiempo de la visita de Yahveh o el día de la salvación, la hora marca las etapas decisivas del designio de Dios.

1. La hora escatológica.

La apocalíptica judía, convencida de la proximidad de los últimos tiempos, los tiempos de la plenitud, descompone en días y en horas el tiempo previsto para la intervención divina; todos los instantes importan cuando se acerca el fin. Daniel se entera de que su visión se refiere a «la hora del tiempo» y que la ira actuará «para las horas del tiempo del fin» Dan 8,17.19, «pues el tiempo corre hacia horas» 11,35. En realidad habrá una hora definitiva, la de la consumación, que verá la ruina del enemigo 11,40.45 Ap 18,10.17.19. Igualmente el libro apócrifo de Henoc cuenta las horas en que se suceden los pastores de Judá; en Qumrán se piensa en el «tiempo del fin».

En este clima anuncia Cristo la hora del triunfo final del Hijo del hombre. Hora perfectamente desconocida a los humanos: tal es la hora del juicio Mt 24,36.44.50 p Jn 5,25.28, la de la siega (mies) Ap 14,15ss. No menos imprevista será la hora de las diversas visitas que anunciarán la hora final: pruebas generales Ap 3,10 o particulares 9,15. El creyente debe mantenerse pronto para esta hora precisa, aunque indeterminada Mt 25,13. Por lo demás, sabe que la hora está próxima y que, en cierto sentido, ha llegado ya Jn 4,23 y está en marcha 5,25.28: es la «última hora» 1Jn 2,18, la de la «vigilancia activa» Rom 13,11, pero también del culto perfecto, en la intimidad del Padre, por el Espíritu Jn 4,23.

2. La hora mesiánica.

En realidad, de una manera menos espectacular, la hora viene con Jesús: la hora del anuncio del reino (quizá Jn 2,4), sobre todo la de su pasión y de su gloria, que lleva a remate el desarrollo del plan salvador de Dios.

Los sinópticos la designan con una fórmula sencilla y solemne: «He aquí que ha llegado la hora, etc.» Mt 26,45 p. Más que un preciso momento del tiempo, la hora corona el conjunto de la fase suprema de su actividad, como lo hace la hora de la mujer, cuyos dolores marcan la aparición de una nueva vida Jn 16,21. Es una hora de sufrimiento, cuya aproximación desencadena un rudo combate interior Mc 14,35. Porque es también la hora del enemigo y del triunfo aparente de las tinieblas Lc 22,53. Pero todavía más es la hora de Dios, fijada por él solo y vivida por Jesús según la voluntad del Padre. Venido para hacer esta voluntad, acepta esta hora, a pesar de la angustia que le proporciona Jn 12,27: ¿no es también la de su gloria 12,23 y la de su plena actividad salvífica 12,24?

Según Juan, Jesús la llama una vez «mi hora»: hasta tal punto hace suya esta voluntad de Dios. Toda su actividad de taumaturgo y de profeta la ordena en función de esta hora. Nadie, ni siquiera la madre de Jesús, puede derogar el plan divino y solicitar un milagro sin que Jesús evoque la venida de su hora Jn 2,4 (para afirmarla o negarla, según las opiniones divergentes de los críticos). El evangelista generaliza hablando de «su hora». Todo intento de arresto o de lapidación es vano en tanto no haya llegado su hora 7,30 8,20: las veleidades humanas se estrellan contra esta determinación divina. Pero cuando llega «la hora de pasar de este mundo al Padre» 13,1, hora del amor llevado hasta el extremo, el Señor va a la muerte libremente, dominando los acontecimientos, como un pontífice que ejecuta los ritos de su liturgia 14,29s 17,1.

Así, tras la apariencia, según la cual los acontecimientos se suceden sin coordinación, todo va dirigido hacia un fin que se ha de lograr a su tiempo, en su día, en su hora. Las horas de esta marcha están determinadas, como lo estarían hoy día las de un plan económico o político. Las hay dolorosas, como la hora en que Jesús es abandonado por sus discípulos Jn 16.32; pero todas tienden ala gloria, la hora del retorno del Señor glorificado; en su precisión misma dan todas testimonio del designio de Dios que guía la historia Act 1,7.