I. Noción y
aspectos de la fe
La fe teologal es
un don gratuito, que ayuda al hombre en el conocimiento de la realidad divina,
la Trinidad y toda la economía salvífica. Juan de la Cruz,
como creyente que ha experimentado las gracias místicas, es consciente de la
importancia de la fe y de la necesidad de tenerla viva y operante para poder
llegar a la experiencia de la unión. “Dios es la sustancia de la fe y el
concepto de ella” (CB 1,10). Por tanto, “la fe es el secreto y el misterio”
(ib.). Al hablar del “abismo de la fe” (S 2,4,1) en el pensamiento sanjuanista
lo primero que sale al paso es la presencia de dos sentidos básicos de la fe:
uno amplio y otro más restringido.
En una acepción
amplia y genérica, y en perspectiva personal o subjetiva, la fe se equipara, en
ocasiones, a la “noche espiritual” (S 2,1,3) y a la “negación de todas las
potencias y gustos y apetitos espirituales” (S 2,1,2). En este
sentido, la fe es comprensiva de las tres virtudes teologales. Habitualmente,
sin embargo, la fe tiene en los escritos sanjuanistas un significado más
estricto: “Hábito del alma cierto y oscuro … porque hace creer verdades
reveladas por el mismo Dios” (S 2,3,1). En esta definición, tomada en sus
elementos esenciales de la teología escolástica, se contienen los dos aspectos
fundamentales de la fe: en cuanto acto (“fides qua creditur”) y en cuanto
contenido (“fides quae creditur”).
El contenido hace
referencia a las “verdades reveladas por el mismo Dios” a la Iglesia (S 2,27,4;
cf. S 2,27,1; 2,27,2; 2,27,6; 2,22,3) y sintetizadas en la “enseñanza de Cristo hombre” (S
2,22,7). Tales verdades “exceden todo juicio y razón, aunque no son contra
ella” (S 2,22,13). La causa hay que buscarla en el hecho de no ser “del mismo
hombre sino de boca de Dios” (S 2,22,3) de donde proceden esas verdades,
permaneciendo incapaz el hombre en su condición natural de aprehenderlas
exhaustivamente con el entendimiento.
Sin duda, la
afirmación más interesante de la doctrina sanjuanista, en este punto, se
refiere a la centralidad de Cristo como Palabra única y
definitiva de Dios, en la cual se agota toda la revelación. “En darnos como nos
dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló
junto y de una vez en esta sola Palabra y no tiene más que hablar” (S 2,22,3;
2,22,4-5). Dios ha quedado mudo después de la Encarnación del Hijo, pues
“acabando de hablar toda la fe en Cristo, no hay más fe que revelar ni la habrá
jamás” (S 2,22,7). Las consecuencias son manifiestas: toda verdad revelada
adquiere su pleno significado en Cristo, Palabra de Dios, revelado en
la plenitud de los tiempos; la Palabra definitiva de Dios no es una verdad
sobre “algo” sino sobre “alguien” pudiendo decirse que la Palabra definitiva no
es la verdad sobre Cristo sino el mismo Cristo. El mismo Dios en Cristo se entrega
sobrenaturalmente al hombre cuando se revela (S 2,3,5).
En el segundo
aspecto, la fe como acto-hábito, hace referencia a su dimensión subjetiva: el
creer. Supone e implica un “consentimiento del alma de lo que entra por el
oído” (S 2,3,3). En el campo religioso significa una acción voluntariamente
humana, del entendimiento y de la voluntad, por la que se acoge y acepta lo
revelado por Dios. Y aunque expresamente no se diga, puede considerarse como el
auténtico fundamento de tal asentimiento a la autoridad de Dios. En
consecuencia el asentimiento al contenido de la fe, a la palabra y a las
verdades que exceden todo entendimiento, debe otorgarse sin haber aprehendido
con claridad lo revelado (S 2,27,5). J. de la Cruz no ofrece un análisis
pormenorizado de la fe como acto. Lo presupone, limitándose a presentar
aquellos datos que le interesan para la comprensión del dinamismo de la fe en
la vida teologal.
II. Dinamismo de
la fe
La función de la
fe en el proceso hacia la unión con Dios puede sintetizarse en las siguientes
palabras de la Subida 2,23,4: “Desembarazar el entendimiento encaminándole y
enderezándole … en la noche espiritual de la fe a la unión con Dios” (S
2.23,4). En esta afirmación encontramos los elementos necesarios para
comprender el dinamismo de la fe en el sistema teologal sanjuanístico: la “divina unión”
como único fin hacia el que se encamina el alma; la “noche espiritual de la fe”
como medio y ámbito esencial para alcanzar la unión; el “entendimiento” como
potencia sobre la fe que ejerce una doble misión: “desembarazar” y “encaminar”.
1. PURIFICACIÓN POR LA FE. De
lo dicho anteriormente se desprende la incapacidad del entendimiento humano
para llegar por sus propias fuerzas naturales a la unión. Así lo afirma
explícitamente J. de la Cruz: “Es imposible que el entendimiento pueda dar en
Dios por medio de las criaturas … por cuanto no hay proporción de semejanza”
(S 2,8,3), y “todo lo que pueda entender el entendimiento es muy disímil … a
Dios” (S 2,8,5). El fundamento hay que buscarlo en la imposibilidad natural del
entendimiento para entender aquellas cosas que no se reciben por los sentidos
corporales y en la incapacidad de recibir en esta vida una noticia clara de
Dios (S 2,8,4). La consecuencia clara es que “el entendimiento se ha de cegar a
todas las sendas que él pueda alcanzar para unirse con Dios” (S 2,8,6), y
“quedar limpio y vacío de todo lo que puede caer en el sentido, y desnudo y
desocupado de todo lo que pueda caer en claridad en él” (S 2,9,1). Es la fe la
encargada de realizar este vacío intelectual y llenar del entendimiento con
Dios mediante el asentimiento a las verdades reveladas.
El entendimiento,
“que es el candelero donde se asienta esta candela de la fe” (S 2,16,15), es
purificado por ella. El proceder natural del entendimiento necesita ser purificado
a través de un proceso de negación, realizado por la mutua colaboración entre
el hombre (“despojarse de lo que no es Dios”) y Dios (que “asiste al hombre en
este despojamiento”) a través de la fe. De esta forma se lleva a cabo el “pasar
al no saber” de que habla en S 2,4,4
La labor de la fe
en esa purificación radical del entendimiento, tiene gran riqueza terminológica
en la pluma del Santo: “desnudar” (S 2,4,2), “angostar” (S 2,7,2), “vaciar” (S 2,6,1),
“desapropiar” (S 2,7,3), “desembarazar” (S 2,7,3), “aniquilar” (S 2,7,4),
“enajenar” (S 2,7,7), “desasir” (S 2,5,4), “morir a la naturaleza” (S 2,7,7).
Negación por la que se priva al entendimiento de su luz y de todos los objetos
visibles gracias a esa luz, quedando dicha potencia a oscuras y sin nada (S
1,3,1). Expresiones gráficas para expresar la negación radical operada por la
fe en las aprehensiones del entendimiento: de lo mundano, pero también de lo
procedente de Dios.
En relación a las noticias naturales
o sobrenaturales provenientes de Dios, la recomendación es tajante: “En éstas
el alma hallará su propiedad y asimiento y embarazo, como en las cosas del
mundo, si no las sabe renunciar como a ellas” (S 2,16,4). Por tanto, “sólo ha
de poner los ojos en aquel buen espíritu que causan, procurando conservarle en
obrar y poner en ejercicio lo que es de servicio de Dios ordenadamente, sin
advertencia de aquellas representaciones ni de querer gusto sensible” (S
2,17,9). Negación donde no basta el número de privaciones sino la desnudez del
gusto y apetito en ellas, pues es la estimación de la voluntad (S 2,7,6; S
1,3,4) y la motivación teologal (“despojarse por Dios” S 2,5,7.8) la que
determina la calidad de la negación. En este sentido, lo nuclear no es tanto lo que
se niega como la actitud y motivación del sujeto que niega. Mientras no exista
voluntad y apetito de las cosas, éstas no dañan al alma (S 1,3,4; 1,13,4).
2. LA OSCURIDAD DE LA FE. Para
hacer fácil y perseverante esta actitud de negación radical es necesario un
amor grande a Dios y a Cristo. De lo contrario, no “tendrá ánimo para quedar a
oscuras de todas las cosas, privándose del apetito de todas ellas” (S 1,14,2).
La negación produce una profunda “noche oscura” en el alma. El entendimiento se
ve sumido en oscuras tinieblas al verse privado de su goce natural y del
descanso en lo conocido de acuerdo con su capacidad natural. Se queda “a
oscuras y sin nada” (S 1,3,1). Una oscuridad más densa de la existente en la
noche del sentido, debido a la mayor interioridad de la noche al verse privada
de la “luz racional” (S 2,2,2), invade el alma. Nos encontramos en la “media
noche” sanjuanista (S 1,2,5) donde es preferible hablar de “oscuridad” –en la
cual no se ve nada– en lugar de “noche oscura” –en la que todavía queda alguna
luz– (S 2,1,3).
Pero la oscuridad
de la fe llena al mismo tiempo que vacía; a medida que aleja de lo caduco
acerca a Dios: “El entendimiento ciego y a oscuras en fe sólo … debajo de
esta tiniebla se junta con Dios el entendimiento, y debajo de ella está Dios
escondido” (S 2,9,1). El vaciamiento del entendimiento no es un fin en sí
mismo, sino que viene determinado por el deseo de unirse a Dios. Así lo exige
la relación intrínseca entre el vacío de aprehensiones cognoscitivas
desordenadas y la presencia de una “luz serena y limpia” (S 2,15,3), “pura y
sencilla” (S 2,15,4) a través de la cual se comunica pasiva y sobrenaturalmente
Dios (S 2,15,2). A facilitar la acogida de esta luz divina van dirigidos los
esfuerzos purificadores de la fe, constituida en “el próximo y proporcionado
medio para que el alma se una con Dios (S 2,9,1).
Ello es posible
por la semejanza esencial existente entre la fe y Dios, hasta poder afirmarse
“que no hay otra diferencia sino ser visto Dios y creído” (ib.). Así como “Dios
es infinito, así ella nos lo propone infinito, y así como es Trino y Uno, nos
lo propone Trino y Uno; y así como es tiniebla para el entendimiento, así ella
también ciega y deslumbra nuestro entendimiento” (Ib.). En el acto de fe, Dios
interviene sobrenaturalmente no sólo ayudando a asentir sino también
“ilustrando el alma sobrenaturalmente con su divina luz” (S 2,2,1). Como estas
ilustraciones divinas “son sobre toda luz natural y exceden todo humano
conocimiento sin ninguna proporción” (S 2,3,1; 2,4,2), el entendimiento no
puede poner activamente su habilidad natural pues modificaría tales
ilustraciones haciéndolas muy naturales y erróneas (S 2,29,7). La única actitud
correcta para J. de la Cruz “es arrimarse a la fe oscura, tomándola por guía y
luz y no hacerlo a ninguna cosa de las que se entiende y siente” (S 2,4,2).
La fe en cuanto
dispone para la unión con Dios también produce oscuridad en el alma, cuando
llega a ser “ilustrada” por la contemplación divina. En este caso es por exceso
de luz. Al ser tan excesiva para el entendimiento le oprime y le vence
sumiéndole en “oscura tiniebla” (S 2,3,1). De modo semejante a como el sol
vence nuestra vista porque su luz es muy desproporcionada a ella (ib.), la luz
de la fe ciega el entendimiento incapaz de “comprehender las verdades ocultas
de Dios que hay en sus dichos” (S 2,20,5). En virtud de la relación entre la fe
como luz y la ceguera del entendimiento se puede afirmar que “cuanto las cosas
de Dios son en sí más altas y más claras, son para nosotros más ignotas y
oscuras” (S 2,8,6) e inversamente, cuanto más oscurece la fe al alma “más luz
le da de sí, porque cegando la da luz” (S 2,3,4).
3. LA FE ILUSTRADÍSIMA. Para
que estas “tinieblas en que estaba Dios encubierto” (S 2,9,3; 2,9,2) dejen paso
a la luz plenamente visible es necesario la consumación de la vida mortal.
Entonces “parecerá la gloria y la luz de la Divinidad que en sí contenía” la fe (S 2,9,3). En la
medida en que el alma acoge la luz contenida en la fe se realiza la unión con
Dios debido a que “esa divina luz … es principio de la perfecta unión” (S
2,2,1), “luz de la divina unión” (S 1,4,2) y “luz, que es la unión de amor, aunque
a oscuras en fe” (S 2,9,4). Desde el punto de vista cognoscitivo, la unión con
Dios se caracteriza por la enseñanza sobrenatural y secreta de Dios al alma (S
2,29,7). Enseñanza, que excede todo conocimiento y, por tanto, imposible de
“entender razonablemente” por un hombre que no sea espiritual (S 2,19,11); es decir,
iluminado por el Espíritu Santo en fe (S
2,29,6).
Respecto a la
gradualidad de esta “iluminación” del hombre, cabe indicar que la perfección en
la unión se logra en esta vida (cada hombre según su capacidad) cuando cesan
todos los apetitos y el alma se encuentre sosegada y acallada (S 1,5,6).
Entonces “el alma, ya sencilla y pura se transforma en la sencilla y pura
sabiduría, que es el Hijo de Dios” (S 2,15,4). En el camino de las almas al
sumo conocimiento propio de la unión, la pedagogía divina tiene para cada alma
un designio peculiar. Sin embargo, suele comenzar comunicando lo espiritual
desde las cosas exteriores “según la pequeñez y poca capacidad del alma, para
que mediante la corteza de aquellas cosas sensibles, que de suyo son buenas,
vaya el espíritu haciendo actos particulares y recibiendo tantos bocados de
comunicación espiritual y llegue a la actual sustancia de espíritu, que es
ajena de todo sentido, al cual … no puede llegar el alma sino muy poco a
poco, a su modo … Cuando llegare perfectamente al trato con Dios de espíritu
necesariamente ha de haber evacuado todo lo que acerca de Dios podía caer en el
sentido” (S 2,17,5) y toda inteligencia clara y particular aunque fuese muy
espiritual (S 2,15,3; 2,16,15). Debe tenerse presente el hecho de que “cuanto
más se aniquilare por Dios … tanto más se une a Dios” (S 2,7,11) y mayor es
la luz participada por el hombre en la fe. “El no ir adelante es volver atrás,
y el no ir ganando es ir perdiendo” (S 1,11,5).
Cuando el alma
llega a este estado de “caminar en oscura y pura fe” (N 2,2,5), se encuentra
con la promesa del Esposo: “Yo te desposaré … conmigo por fe” (ib.),
consumando el hecho de “salir de sí misma” (N 2,4,1), “por una escala muy
secreta, que ninguno de casa la sabía” (N 2,15,1) y llevando “una túnica
interior de una blancura tan levantada, que disgrega la vista de todo
entendimiento” (N 2,21,3) para “conseguir la gracia de la unión del Amado” (N
2,21,4). El alma, pues, no podía ponerse mejor vestido, ya que así vestida “no
ve ni atina el demonio a empecerla” (N 2,21,3) y, a la vez, “es imposible dejar
de agradar” a Dios (N 2,21,4). Y este disfraz blanco es el que dispone al alma
“para unirla con la Sabiduría divina” (N 2,21,11) y para “entender admirables
cosas de gracia y misericordia … en las obras de tu Encarnación” (CB 5,7).
Llegada el alma al “matrimonio espiritual”, donde es “confirmada en gracia” (CB
22,3), y donde posee “la pureza y entereza de su fe” (CB 31,3), se siente ya
tan iluminada que le parece entrever la presencia del mismo Dios. Son visos de
gloria; apenas falta romper la tenue tela de la vida mortal para que la plena
claridad de la visión sustituya a la fe. La situación queda descrita por el Santo
así: “Esta es la gran satisfacción y contento del alma, ver que da Dios más que
ella en sí es y vale, con aquella misma luz divina y calor divino que se lo da;
lo cual en la otra vida es por medio de la lumbre de gloria, y en ésta por
medio de la fe ilustradísima” (LlB, 3,80).
4. FE-CARIDAD. La amplitud e
insistencia sobre la virtud de la fe no impide a J. de la Cruz reiterar la
íntima relación con la caridad. No sólo no se excluyen, sino que se recalca la mutua influencia
como esencial en el dinamismo teologal. Por una parte, “cuanto más pura y
esmerada está el alma en fe, más tiene de caridad infusa de Dios”; por otra
parte, “cuanta más caridad tiene tanto más la alumbra y comunica los dones el
Espíritu Santo” (S 2,29,6). La función de la caridad en la unión del alma con
Dios por la fe es verdaderamente trascendental. Viene a ser el “alma” del
proceso de vaciamiento y oscuridad. El amor impulsa a creer “en lo que no se
ve, ni siente ni puede ver ni sentir en esta vida que es Dios” (S 2,24,9) de
tal modo que “el entendimiento … oscuro ha de ir por amor en fe” (S 2,29,6). Cuanta
mayor sea la oscuridad a que se ve sometida el alma mayor
importancia tiene que “ande el alma inflamada con ansias de amor de Dios muy
puro” (S 2,24,8).
El carácter informador
y director de la caridad (S 1,2,3) sobre la vida de fe, lleva a J. de la Cruz a
destacar la primacía del amor en la recepción de comunicaciones espirituales.
En esos momentos es necesario ponerse “la voluntad con amor a Dios” (S 2,29,7),
sin aplicar el entendimiento a lo que se comunica, y “fundar la voluntad en
fortaleza de amor humilde” (S 2,29,9). La primacía del amor sobre las otras dos
virtudes teologales no significa separación o autonomía entre ellas. A lo largo
del itinerario espiritual la fe y el amor son “los dos mozos de ciego” que han
de guiar al alma “por donde no sabe, allá a lo escondido de Dios” (CB 1,11). En
último término hay que reconocer con el Santo que todo se reduce a la caridad,
hasta la misma fe, ya que Dios se comunica como amor incluso a través de las
verdades de la fe. No se comunica “sino por el amor del conocimiento” (CB
13,11).
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Aniano Álvarez-Suárez