ACUSAR

Uno de los fenómenos básicos de la vida humana es la tendencia de acusarse unos a otros, descargando las propias culpas en los demás, como indica el mecanismo del chivo* expiatorio y emisario. El tema aparece expresado de forma clásica en el Génesis, cuando Adán y Eva responden a Dios por lo que han hecho: «Adán le respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí. Entonces Yahvé Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Ella respondió: La serpiente me engañó, y comí» (Gn 3,12-13). El varón echa la culpa a la mujer y la mujer a la serpiente. Por salvarse a sí mismo, el varón es capaz de sacrificar a la mujer. Ella, en cambio, no sacrifica al varón, sino que descarga la violencia en la serpiente, superando de esa forma el plano de las relaciones puramente legales. En un caso (Adán), el juego de las acusaciones se cierra en la disputa humana, de manera que él puede descargar su culpa en Eva, que parece más débil. En el otro (Eva), la acusación se dirige en el fondo en contra del mismo Dios, a quien se hace responsable de la serpiente. Ambos, tanto Adán como Eva, buscan fuera de sí mismos la raíz de su pecado, iniciando una historia llena de disputas sociales y religiosas. En esa línea, el Acusador por excelencia será el mismo diablo, como ha puesto de relieve Ap 12,10: «Ahora ha venido la salvación, el poder y el reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo, porque ha sido expulsado el Acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche». La dinámica de las acusaciones sitúa a los hombres en el nivel del juicio*, en el que se destruyen los unos a los otros. Más allá de ese nivel de acusaciones está la gracia*.

Todos los derechos: Diccionario de la Biblia, historia y palabra, X. Pikaza

ABBA

Abba es una palabra aramea que significa «papá». Con ella se dirigen los niños a sus padres, pero también las personas mayores, cuando quieren tratarles de un modo cariñoso. Jesús la ha utilizado en su oración, al referirse al Padre Dios (cf. Mc 14,26 par), y la tradición posterior ha seguido utilizando esa palabra aramea como nota distintiva de su plegaria (cf. Rom 8,14; Gal 4,6). De todas formas, en la mayoría de los casos, los evangelios han traducido esa palabra y así la utilizan en griego: Patêr. Entre los lugares en que Jesús llama a Dios «Padre» pueden citarse los siguientes: Mc 11,25; 13,32; Mt 6,9.32; 7,11.21; 10,20; 11,25; 12,50; 18,10; Lc 6,39; 23,46; etc. Una parte significativa de los dichos en los que Jesús se dirige a Dios como Padre, especialmente en el evangelio de Mateo, son creaciones de la Iglesia primitiva. Pero en el fondo de esa expresión late una profunda experiencia de Jesús, que podemos destacar como sigue.

Sentido básico. La singularidad de esta palabra consiste, precisamente, en su falta de formalismo y distancia objetiva. Esta palabra expresa la absoluta inmediatez, la total cercanía del hombre antiguo respecto a su ser más querido, al que concibe como fuente de su vida. No es una palabra misteriosa, cuyo sentido deba precisarse con cuidado (como sucede quizá con el Yahvé de la tradición israelita). No es palabra sabia, de eruditas discusiones, que sólo se comprende tras un largo proceso de aprendizaje escolar. Es la más sencilla, aquella que el niño aprende y comprende al principio de su vida, al referirse cariñosamente al padre (madre) de este mundo. No es palabra que sólo puede referirse al padre en cuanto separado de la madre (o superior a la misma madre), sino que alude sobre todo al padre materno: a un padre con amor de madre, como alguien cercano para el niño. Precisamente en su absoluta cercanía se encuentra su distinción, su diferencia. Los hombres y mujeres del entorno buscaban las palabras más sabias para referirse a Dios. Podían llamarle Nuestro Padre, Nuestro Rey, le invocaban como Señor*, dándole el título de Dios y Soberano… Es como si la palabra Abba, papá, propia del niño que llama en confianza a su padre querido, les pareciera irreverente, demasiado osada. Pues bien, Jesús ha osado: él se ha atrevido a dirigirse a Dios con la primera y más cercana de todas las palabras, con aquella que los niños confiados y gozosos utilizan para referirse al padre (madre) bueno de este mundo.

Experiencia de Jesús. Conocer a Dios resulta, para Jesús, lo más fácil y cercano. No necesita argumentos para comprender su esencia. No tiene que emplear demostraciones: Dios Padre resulta, a su juicio, lo más inmediato, lo más conocido, lo primero que aprenden y saben los niños. Para hablar así de Dios hay que cambiar mucho (¡si no os volvéis como niños!: cf. Mt 18,3), pero, al mismo tiempo, hay que olvidar o desaprender muchas cosas que se han ido acumulando en la historia religiosa de los pueblos. Jesús nos pide volver a la infancia, en gesto de neotenia creadora, es decir, de recuperación madura de la niñez, en apertura a Dios. Para muchos de sus contemporáneos, la religión era ascender místicamente hacia la altura suprahumana, o cumplir unas normas sacrales y/o sociales. Por el contrario, como niño que empieza a nacer, como hombre que ha vuelto al principio de la creación (cf. Mc 10,6), Jesús se atreve a situar su vida y la vida de aquellos que le escuchan en el mismo principio de Dios, a quien descubre y llama ¡Padre! La religión es para él una especie de parábola de hijo y padre (cf. Mt 11,25-27); no trata de algo que está fuera, sino que expresa el sentido de su misma vida como presencia de Dios. La religión no es algo que se sabe y resuelve de antemano, sino misterio en que se vive, camino que se recorre, gracia que se va acogiendo y cultivando día a día. Por eso, la experiencia de Dios como Padre se encuentra entrelazada con el mismo camino concreto, diario, de su vida. Jesús se ha confiado en Dios Padre y de esa forma ha vivido. Ha dialogado con la tradición de su pueblo y de su entorno religioso, pero, de un modo especial, él ha descubierto personalmente el sentido y don del Padre-Dios, en la tarea y gracia de su vida. Para ello ha necesitado la más honda inteligencia, la más clara y decidida voluntad… Pero esta inteligencia y voluntad son para él, al mismo tiempo, un amor de niño: algo que se sabe y siente desde el fondo de la propia vida.

Camino de Padre. Descenso y ascenso. Partiendo de esa base, Jesús ha podido trazar eso que pudiéramos llamar el camino del padre, que ahora presentamos de manera descendente y ascendente. Éste es un camino que viene de Dios, desciende del gran Padre, fundando en su don nuestra vida. Pero es, al mismo tiempo, un camino que sube hacia Dios, que nos permite buscarle y hallarle, a partir de la vida y personas del mundo. (a) Dirección descendente. El Dios de Jesús es Abba, Padre, porque alimenta, sostiene y ofrece un futuro de vida a los niños y, con ellos, a todos los hombres. Éste es un Padre materno, que alienta la vida de los hombres que corrían el riesgo de hallarse perdidos en el mundo. Filón*, el más sabio judío, contemporáneo de Jesús, interpretaba a Dios como Padre cósmico, creador y ordenador de cielo y tierra, dentro de un esquema ontológico que distinguía nítidamente las funciones del padre y de la madre. En contra de eso, Jesús le presenta como padre-materno, amigo de los pobres y excluidos de la sociedad, de los niños y necesitados. (b) Dirección ascendente. El modelo para hablar de ese Dios Padre no son los grandes padres varones de este mundo, sacerdotes y rabinos, presbíteros y sanedritas, en general muy patriarcalistas, sino aquellos varones y mujeres que, como Jesús, han abierto un espacio de vida para los demás y especialmente los niños. Interpretado así, el mensaje de Jesús sobre el Padre resulta revolucionario. No es mensaje de intimidad, que avala el orden establecido. No es anuncio de verdad interior, certeza contemplativa que los hombres y mujeres de este mundo pueden descubrir y cultivar de forma aislada. Siendo Padre de todos los humanos, Dios viene a mostrarse como iniciador de reino.

El Padre Dios es gracia creadora. Él es ante todo «El que Hace Ser», es el que actúa siempre de manera creadora, gratuita, gozosa, abierta a la comunión de todos los hombres. No controla, no vigila, no calcula: simplemente ama, haciéndonos libres. Es Creador de libertad, por eso le llamamos Padre. Esto lo sabían los antiguos israelitas, pero algunos habían mezclado y confundido esta experiencia, concibiendo muchas veces a este Padre Dios como alejado, justiciero, impositivo o vengador de injurias. Jesús le ha descubierto de nuevo y presentado, de manera muy sencilla y profunda, como amor creador: como Madre que da su propia vida, haciendo que surjan sus hijos, como Padre que luego les alienta y sostiene (les acoge y perdona) porque les ama. De forma consecuente, Jesús llama a Dios «Padre». Podría haberle llamado Padre/Madre, pues le concibe como Voluntad de Amor. Es amor universal y creativo, que no mueve simplemente las estrellas (como Aristóteles decía), sino que atrae y potencia, mantiene y eleva a los pobres y pequeños de la tierra, fundando en ellos la existencia y plenitud de todo lo que existe; por eso le llama Padre. El Dios pagano, y a veces el mismo Señor del judaísmo, corría el riesgo de identificarse con el orden cósmico, apareciendo de forma impersonal o fatalista. Por el contrario, Jesús presenta al Padre Dios como realidad íntima y cercana: es Señor que funda nuestra vida, Amigo que llega hasta nosotros porque quiere iluminar nuestra existencia; viene porque lo deseo, se acerca gozosamente y en gozo nos asiste, para que podamos nacer, crecer y morir en su compañía. Actúa de esa forma porque quiere, porque nos quiere. Por todo eso, le llamamos Fuente de amor.

El Padre acompaña impulsándoles a vivir en amor de Alianza. No se limita a hacernos, sino que «hace que hagamos»: que podamos asumir la propia tarea de la vida y así nos realicemos, de manera personal. Eso significa que es fuente de Ley, como sabe todo el judaísmo: pero de Ley que se hace gracia y se hace vida en nuestra misma vida, dentro de nosotros, como Libertad de amor, para que nosotros nos hagamos, existiendo así en su mismo seno materno. Por eso, la Buena Noticia del Padre se expande y expresa como Buena Noticia de fraternidad creadora para los hombres. No estamos condenados a existir y morir bajo una norma externa, para fracasar al fin, envueltos en pecados. No somos impotentes, simples niños en manos de un padre envidioso, siempre impositivo (que nos impide crecer), sino amigos y colaboradores de ese Padre, en alianza de amor, en compromiso de vida compartida. Dios se define, por tanto, como principio de realización e impulso vital para aquellos que le acogen. No es señor que está cerrado en sí, cuidando su grandeza. No es un tirano que actúa y sanciona a capricho a quienes le están sometidos, ni un tipo de ley que se impone de modo inflexible en la vida del pueblo. En la raíz de su mensaje, Jesús ha presentado al Padre/Madre, Dios de amor, como fuente y creador de vida para todos los humanos, a partir de los pobres y perdidos de la tierra. Por eso, la palabra «hay Dios, existe y viene el Padre» (¡viene Dios!) debe traducirse de esta forma: ¡podéis vivir y realizaros como humanos hijos, en libertad filial y esperanza!

El Padre es principio de futuro (promesa). No estamos condenados a mirar hacia el pasado, a retornar hacia el origen, para allí perdernos de nuevo en la inconsciencia, como si no hubiéramos sido. Al contrario, lo que Dios hace en nosotros y lo que nosotros hacemos con él permanece y culmina en la vida, de forma que Dios vendrá a mostrarse en verdad como Padre al engendrarnos al fin, para la vida eterna. Por eso decimos que es promesa de futuro. De esa forma, el Padre del principio viene a presentarse como Padre final, fuente y fuerza de futuro. Jesús le ha presentado como Aquel que viene hacia nosotros, ofreciendo su Reino a los humanos, haciendo que ellos puedan venir y realizarse plenamente. Eso significa que nuestra vida no está hecha, no se encuentra todavía terminada. El valor primordial de nuestra existencia, aquella plenitud que buscamos, nos viene del futuro: de la acción plena del Padre y sólo puede desvelarse en la medida en que sigamos abiertos a su gracia. Eso significa que Dios no ha llegado a engendrarnos plenamente todavía. Lo hará cuando se exprese plenamente como Padre/Madre, realizando en nosotros aquello que ha empezado a realizar en Cristo, su Hijo.

Cf. J. JEREMIAS, Abba. El mensaje central del Nuevo Testamento, Sígueme, Salamanca 1981; J. SCHLOSSER, El Dios de Jesús. Estudio exegético, Sígueme, Salamanca 1995; H. SCHÜRMANN, Padre Nuestro, Sec. Trinitario, Salamanca 1982; A. TORRES QUEIRUGA, Del Terror de Isaac al Abba de Jesús, Verbo Divino, Estella 2001.

Todos los derechos: Diccionario de la Biblia, historia y palabra, X. Pikaza

 

La cuestión del ser en Hans Urs von Baltasar, Nicolás de Cusa y Juan de la Cruz

MEIS, A, HUBERT A., PINILLA, J. F.

La cuestión del ser en Hans Urs von Baltasar, Nicolás de Cusa y Juan de la Cruz

Chile, Pontificia Universidad Católica de Chile, 2011, 279 pp.

Se trata de tres investigaciones en torno a la vieja cuestión metafísica del ser, tomando como referentes a un teólogo moderno, como Han Urs von Baltasar, y a otros dos autores medievales, pertenecientes a la esfera mística: Nicolás de Cusa y Juan de la Cruz. El planteamiento pone a confronto la noción de ser y no-ser en sus distintas expresiones; ser-nada, ser-negatividad. La tesis que preside los trabajos está formulada en los siguientes términos: ‘La negatividad del ser es positiva en la medida en que se constituye don en el Espíritu Santo’.

Para Urs von Baltasar el ser es una ‘plenitud atravesada por la nada’, y esta noción de ser halla su sentido a la luz del misterio de Dios. La nada pertenece al acontecer del hombre, en cuanto criatura que se mueve, que deviene, llegando a ser consciente de la distinción tomasiana de esencia y existencia. Dios al hacerse hombre asume este modo del ser. La experiencia de Cristo es a la vez revelación y ocultación de Dios, su anonadamiento y humillación constituyen a la vez su glorificación y plenitud.

Nicolás de Cusa, mediante un discurso metafísico trata de expresar su experiencia mística, fijada en su obra De Visione Dei; su lenguaje apela a una vida en Dios y desde Dios, forzando la lógica del razonamiento, hasta la coincidencia de los opuestos. A Dios que es infinito e incomprensible se asciende por la ignorancia y oscuridad de nuestro intelecto. Saber e ignorar se potencian cuando van unidos, con lo que la tiniebla es a la vez luz.

En el caso de Juan de la Cruz el binomio ser-nada, todo-nada abunda a la hora de describir el camino del alma a Dios. Las criaturas son más bien nada, comparadas con Dios, que es el ser en plenitud. Conceptos como nada, desnudez, vacío, negación, etc., se aplican a la condición humana. El autor se detiene en analizar la obra Llama de amor viva del místico carmelita, prefiriendo centrarse en el término ‘sustancia’: sustancia del alma y sustancia de Dios. Calificando la culminación de la experiencia mística de ‘toque de sustancias’, allí donde el ser de Dios es participado por el ser de las criaturas.

– Ezequiel García Rojo.

El poder de la religión en la esfera pública

MENDIETA, E., VANANTWERPEN, J., (eds.)

 El poder de la religión en la esfera pública

Madrid, Trotta, 2011, 145 pp.

El libro recoge las intervenciones de cuatro destacados pensadores de la filosofía y de la política, fruto de un coloquio cruzado entre ellos. Se trata de Jürgen Habermas, Charles Taylor, Judith Butler y Cornel West.

No siempre ha sido fácil deslindar el ámbito de competencias, la legitimidad y los influjos tanto de la religión hacia la política, como de la política hacia la religión. Se admite que la religión no ha de reducirse a la esfera privada y que el conocimiento que brinda no de rechazarse por irracional, en contraposición a la política, que habría de abarcar la escena pública y regirse por criterios de legalidad y por principios convincentes y pragmáticos. Los autores traídos son filósofos de escuelas y estilos diferentes. Habermas, defiende una sociedad postsecular, en la que los valores religiosos ya han sido asumidos por aquella, y que gracias a los mismos, es posible no sucumbir a la presión de ese monstruo contemporáneo que es el mercado, la fuerza económica que parece extender sus tentáculos por doquier. Charles Taylor aboga por una sociedad en la que prime un orden moral moderno, obligando a redefinir el ‘secularismo’ dominante, en beneficio de una sociedad plural, en la que el elemento religioso sea respetado. Según el estudio de Butler la multiplicidad de formas políticas obedece a diferentes tradiciones religiosas, lo que obliga a asumir la cohabitación como supuesto de vida pública. Por su parte Cornel West, crítico norteamericano de la religiosidad pero también de las formas políticas reinante en su país, apuesta por un humanismo existencialista, en el que el aporte religiosoprofético tiene mucho que decir. Un epílogo de Craig Calhoun examina el lugar que corresponde a la religión en la sociedad norteamericana, destacando el papel positivo de la misma en la organización de la vida pública de los EEUU. La idea principal que aúna los diversos artículos se concreta en el poder y el papel que la religión desempeña en la esfera pública.

– Ezequiel García Rojo.

Buenos días, esperanza

MERINO SANTOS, L.

Buenos días, esperanza

Guadarrama (Madrid), Edit. Agustiniana, 2009, 257 pp.

“Mientras respiro, espero”, decían los romanos. Y nosotros podemos afirmar que respiramos porque esperamos; si no esperáramos moriríamos. Igual que el que no ama no tiene vida, el que no espera, muere. La esperanza da fuerzas, rejuvenece, allana las dificultades. Un hombre sin esperanza es un hombre muerto. Mientras hay esperanza, hay vida. Y hay esperanza mientras seamos capaces de sufrir, comprometernos, orar y llorar. Y todos podemos esperar si es que creemos en el amor, y al esperar seremos capaces de hacer de las espadas arados, de las lanzas podaderas.

Quien cree, ama y espera, tiene vida y comunica vida. Por muy malos que corran los tiempos, no cabe el desaliento, la desesperación, para el que cree, ama y espera. El creer, el amar y el esperar los recibimos como don de Dios y es, al mismo tiempo, una tarea de cada momento. Cada día podemos renovar y avivar nuestra fe, esperanza y amor.

No se puede entender la esperanza cristiana sin la fe y el amor. La esperanza se realiza en la vida concreta de cada uno. “Somos pasajeros en ruta. Estamos en libertad. Cada día es un instante que nos regalan, una oportunidad para soñar, para jugar, para recordar y para compartir”. Son palabras tomadas de la contraportada.

Buenos días, esperanza, nació en momentos de agobio, turbulencia y soledad. Esta era la noche por la que pasaba Licesio cuando se encontró con una niña que se llamaba Esperanza. Y de este encuentro brotó la sonrisa y el deseo de saludar a cada mañana con una esperanza nueva y “mirar a la esperanza como una tabla de salvación que nos permita ser diferentes, sentir mejor, pensar mejor, trabajar mejor”.

Este libro se lee con gusto y es útil para nuestro caminar por la vida. 50 pequeños artículos invitan a sembrar vida, a luchar, a soñar, a levantarse y caminar, a valorarse, a perdonar, a la “operación esperanza”. A pesar de todos los problemas y crisis, no hay que dejarse amilanar por las noches, hay que vivir el presente con una esperanza viva y activa.-

Eusebio Gómez Navarro.

Una carta de consuelo

NOUWEN, H. J. M.,

Una carta de consuelo,

Santander, Sal Terrae, 2009, 101 pp.

Cualquier muerte provoca un dolor inenarrable. Henri Nouwen, uno de los mayores maestros y escritores de espiritualidad de nuestro tiempo, reflexiona sobre el significado de la muerte y de la vida en el horizonte de la fe en la resurrección.

Unos meses después de la muerte de su madre, Nouwen escribe una larga carta a su padre. Al meditar sobre las complejas cuestiones que surgen a raíz de esa muerte lleva a Henri de vuelta a la cruz, a la idea de que de alguna forma, en alguna parte, Dios está compartiendo la angustia de cada muerte. Sólo la promesa de la resurrección, la sólida garantía de que el amor es más fuerte que la muerte, puede hacer que la separación sea tolerable e incluso una fuente de gracia.

Pasaba el tiempo y Nouwen seguía ocupado en sus tareas diarias y trató de prestar la atención debida a su familia, pero se dio cuenta de que no había derramado una sola lágrima antes o después de la muerte de su madre. Le parecía como si las voces de quienes le rodeaban le estuvieran diciendo: “Tienes que seguir adelante, la vida continúa. Las personas mueren, pero tú tienes que seguir viviendo, trabajando, luchando. El pasado no se puede cambiar. Mira hacia delante”. El había obedecido.

Fue, precisamente, en un retiro que hizo donde empezó a derramar lágrimas y, en aquellos momentos, se dio cuenta que el duelo había comenzado. Al sentir el consuelo que recibía cuando leía las cartas de su padre, decidió compartir su dolor con el suyo. Decidió escribir para su padre, para él y, tal vez, para muchas personas que se hacían las mismas preguntas que ellos. Así nacieron las nueve cartas de este libro.

En las últimas palabras de este escrito confiesa: “No sé si he sido capaz de alcanzarte en tu soledad y en tu duelo. Tal vez mis palabras hayan sido más útiles para mí que para ti. Pero, aunque así fuera, espero de todas formas que el simple hecho de que estas palabras hayan sido escritas por tu hijo sobre la persona a la que tanto hemos amado ambos sea para ti fuente de consuelo”.

Como la muerte alcanza a todos, es bueno prepararse para la muerte, aunque no encontremos apoyo en nuestra cultura. Nouwen sabe que la mayoría de la gente aspira a vivir el mayor tiempo posible en nuestra tierra y, de alguna forma, no trata de pensar en la muerte, porque la considera como un trago amargo. Así afirma en otro de sus libros, Pan Para El Viaje. La Muerte: un nuevo nacimiento: “Sin embargo, morir, como dar a luz, es un camino hacia una nueva vida… Debemos prepararnos para nuestra muerte con el mismo cuidado y atención con que nuestros padres se prepararon para nuestro nacimiento».

– Eusebio Gómez Navarro

15 días con Ramón Llul

PONS, G.,

15 días con Ramón Llull

Madrid, Ciudad Nueva, 2005, 125 pp.

Dentro de la colección “15 días con” dirigida por el P. José-Damián Gaitán, OCD, el número 16 se encuentra dedicado a la figura del beato Ramón Llull (1232-1316), el filósofo, misionero, teólogo y místico medieval, conocido también como el Doctor iluminado, que es autor de obras tan fundamentales y diversas como Blanquerna, el Libro del gentil y los tres sabios, Horas de Nuestra Señora, Libro de la contemplación, el Libro de la Orden de Caballería, Félix o maravillas del mundo y Ars magna entre otras muchas, hasta un total de 243. Resultan innegables para la historia y la cultura universal su ingenio, su labor enciclopédica escrita en árabe y latín, y la creación del catalán literario.

Sin embargo, en esta colección de “15 días con”, el objetivo consiste en acercar al gran público, el tesoro de los grandes maestros de la vida espiritual a través de quince temas que han sido escogidos especialmente para poder acompañarnos en medio de nuestro caminar cotidiano. El lector irá descubriendo a lo largo de sus páginas la vida y obra de este laico mallorquín, casado y padre de familia. Lull a raíz de su conversión, que algunos han querido comparar con la de san Pablo, manifestó un deseo ardiente por salir de su isla para llevar la palabra de Dios a todos los pueblos y gentes, hasta el punto de anhelar el martirio como de hecho llegó a experimentar. Aunque, si bien es cierto, que no hay datos suficientes para conocer si su muerte tuvo lugar en las tierras del norte de África o mas bien de regreso a su patria, el martirio le llegó como consecuencia de haber sufrido persecución precisamente por su afán apostólico.

Ramón Llull fue un hombre de fe y muy devoto de la Virgen María, prueba de ello son sus numerosas peregrinaciones y viajes por los distintos santuarios de la cristiandad. Desde el amor que profesó por la Iglesia y por la unidad de los cristianos, hasta el ideario de caballero cristiano que elaboró, pasando por las descripciones de la vida eremítica y de las mirabilia Dei que podemos contemplar en la naturaleza. Todos ellos temas que desprenden el bonus odor Christi de quien ha decidido seguir verdaderamente a Cristo. Pero Ramón Llull, muy influido por el franciscanismo, fue también un hombre racional, profesor en la Universidad de París en donde aprendió y enseñó que el diálogo y la razón son siempre necesarios para el ejercicio de la actividad ecuménica. En resumen, la lectura de este pequeño libro, muy recomendable, nos sumerge por tanto en la vida del beato Ramón Llull por medio de sus textos y de los comentarios realizados por su autor.

– Pedro José Grande Sánchez.

El Evangelio reencontrado

PRONZATO, A.

El Evangelio reencontrado

Santander, Sal Terrae, 2011, pp.

Alessandro Pronzato no necesita presentación. Sacerdote italiano, maestro y periodista, es autor de más de ochenta obras. Es un autor que no se cae de las manos. La lectura de este libro fluye con interés creciente por su estilo ágil, por la manera de presentar los temas y por las ideas que sugiere.

El Evangelio reencontrado no es otro Evangelio más. Lo que propone el autor es el viejo Evangelio que la Iglesia nos ha transmitido y que todos conocemos, pero que no siempre lo presentamos por medio de nuestros comportamientos, nuestro modo de pensar y de hablar.

Si verdaderamente las personas hicieran suyas sus exigencias más radicales, nos dice Pronzato que “lo encontrarían en las calles, lo leerían en los rostros, en la entonación de la voz o en una cierta luz que brilla en los ojos, y se quedarían asombrados, tal vez también seducidos”. Y Dios necesita personas radicales en el amor, locos, locos por Cristo, personas con un corazón enloquecido, ya que el amor verdadero solamente puede ser loco. “El cristiano, y en particular quien se dedica al ejercicio de la caridad, sabe que el Señor exige un amor como el suyo: excesivo, pródigo, loco”

El libro se estructura en un prólogo, 32 temas y un epílogo. Me ha llamado la atención las ideas que usa Pronzato cuando habla del dinero, del Hijo Pródigo, de la vanidad en la Iglesia, de los ídolos…

“Ve adonde el Evangelio te lleve”, es el título del epílogo. Y cita a Marcos, 1,14-15 “convertíos y creed el Evangelio”. Esta invitación de Jesús constituía el núcleo esencial de su predicación y ésta es la receta para nuestros males, según apunta Alessandro. Convertirse es entrar en otro camino y creer en el Evangelio significa ceñirse con un cinturón ajustado a la cintura, que nos ayuda a ponernos en camino, a caminar por rutas imprevisibles. “No es posible decidir, y ni siquiera prever, adónde llegaremos. Pero es seguro que habrá muchas sorpresas en nuestro itinerario. Para nosotros y para los demás”.

– Eusebio Gómez Navarro.

Plenitud y vacío. Cristo y el camino Zen

RAGUIN, Y.

Plenitud y vacío. Cristo y el camino Zen

Madrid, Narcea, 2010, 91 pp.

Este libro comienza con un prólogo de Benoît Vermander. En él nos habla de Yves Raguin. Yves Raguin, jesuita, autor del Diccionario Ricci de la Lengua China y director de Instituto Ricci de Taipei, fue un gran conocedor del mundo oriental, sobre todo Taiwán y Vietnam, donde fue profesor. Gran maestro espiritual, además de su amplia bibliografía, mantuvo una amplia correspondencia con personas de todas las latitudes en las que se trasluce su deseo de integrar la tradición oriental con los valores occidentales.

  1. Vermander, cuando habla de Raguin nos dice que los dos “relatos espirituales” presentados en este volumen es lo mejor de la obra de Yves. Estos textos nos explican con fuerza y exactitud de una cuestión cuya importancia y actualidad no ha cesado de confirmarse: ¿de qué manera la experiencia espiritual cristiana se encuentra con la experiencia espiritual de otras tradiciones, sobre todo con el budismo? La experiencia decisiva para todo ser humano, afirma el autor, es la vivencia de su naturaleza original en su relación con el Absoluto. Esta experiencia la viven de distinto modo el cristiano y el budista. Estas dos experiencias son por una parte semejantes y, por otra, diferentes.

Yves Raguin, se nos dice en la contraportada, nos relata en este libro el proceso de su meditación durante varios años practicando Zen y es la experiencia de quien se atreve pacientemente a descubrir un mundo interior… Con sencillez, reflexiona sobre la plenitud divina que sólo se deja encontrar en el vacío; se pregunta sobre la naturaleza de la palabra que ilumina el silencio más total y sobre el vacío que habita en lo más profundo del ser y que permite que se encienda nuestra llama interior.

Los dos relatos de esta obra son: El vacío interior, camino hacia Dios y Relato de Roucas. En el primero se habla de Cristo en la mismidad de mi ser, el camino del vacío interior, el camino en la plenitud del vacío, más allá del vacío que es el Fuente. El segundo, comprende las siguientes reflexiones: Te necesito, la puerta secreta de la naturaleza, el perfecto amor, el camino recorrido.

El libro se cierra con un Epílogo. En él nos dice Raguin que Dios le había querido hacer comprender su deseo de vivir en él. “Tenía ante mí, agrega el autor, la evidencia de que Dios tenía necesidad de mí, de todo lo que yo era, y que, por otra parte, todo era Él… todo de Él y todo de mí”.

– Eusebio Gómez Navarro

A corazón abierto. Encontrar a Dios en la vida diaria

REUTER, M.,

A corazón abierto.
Encontrar a Dios en la vida diaria.

Santander, Sal Terrae, 2011, 173 pp

Este libro se basa en experiencias, las de la autora, las de los demás, las de la Biblia y otros libros. Se estructura en siete capítulos: todo es santo; las parábolas del despertar; hospitalidad: ¿quién llama a mi puerta?; la obediencia: escuchamos, discernimos y respondemos; estabilidad: nos detenemos mientras caminamos; la espectacularidad de lo cotidiano: para los que gimen; vivir en un lugar santo: vivir de una forma contemplativa. Todos estos capítulos se centran en los valores que san Benito puso más énfasis.

Mary Reuter, benedictina, es una artista, “es experta, además de hábil, a la hora de prestar atención a lo extraordinario y a lo ordinario; a la hora de descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos de la vida diaria. A través de las conmovedoras y joviales historias de Reuter, y gracias a su comprensión de las Escrituras y de la Regla de san Benito, los lectores también podrán dedicarse a la búsqueda de Dios en lugares insospechados; y al hacerlo verán que sus corazones se abren al amor incondicional de Dios, que todo lo abraza” (cubierta contraportada). Y quien se abre al amor incondicional de Dios ve cómo la esperanza de san Benito se convierte en una realidad más plena en las experiencias cotidianas: “porque en todas las cosas Dios puede ser alabado” (1 Pe 4,11) y es, además, consciente de los milagros que acontecen cada día, en los que se puede palpar la mano de Dios.

La vida cotidiana transcurre a un ritmo vertiginoso que, en muchas ocasiones, no nos permite darnos cuenta de todo lo que vemos y vivimos. Cada día tiene que ser un abrir los ojos a lo nuevo; los encuentros cotidianos nos ofrecen la oportunidad para nuestra transformación de poder ver la riqueza de nuestra existencia. Rahner nos ofrece el mensaje de que “un cristiano auténtico que vive el misticismo de la vida cotidiana posee la confianza inquebrantable, aunque a menudo secreta, en que la vida cotidiana es la esencia de una vida auténtica y de un cristianismo verdadero”. Esta esencia está amasada de todas las experiencias de la vida: felices, dolorosas, alegres, tristes… “De hecho, nosotros tejemos la tela de nuestra vida eterna con nuestros días rutinarios” (Eagan). Cada persona podrá dedicarse a la búsqueda de Dios en los lugares más insospechados; y, al hacerlo, descubrirá al Dios que se revela en cada acontecimiento, por insignificante que sea.

Esta búsqueda de Dios no es estática, es dinámica. San Benito consideraba que la vida es un viaje. Reuter invita a seguir corriendo a corazón abierto. “Somos llamados a avanzar en nuestro viaje, tanto si es caminando, tropezando o corriendo, con un corazón abierto que recibe y ofrece amor… Que nuestro corazón asombrado se una al milagro de Dios cuando vivamos en afirmación de Dios: “¡Qué bueno es todo! ¡Todo es sagrado!” (M. Reuter).

– Eusebio Gómez Navarro.