Abnegación

No aparece en el léxico teresiano este cultismo latino, pero sí el morfema homónimo de “negación” (una vez) y otros de significado equivalente: “mortificación”, “renuncia”, “desasimiento”, etc. La negación aludida por T tiene un sentido puramente evangélico y dinámico, como nos recuerda el pleonasmo de términos que usa: “Parecerá esto imposible a los que somos sentidos y poco mortificados. A los principios dificultoso es; mas yo sé que se puede alcanzar esta libertad y negación y desasimiento de nosotros mismos, con el favor del Señor” (C 15,7; id en CE 23,2). El “negarse a sí mismo” complementa la lógica del “seguimiento de Cristo”, imperativo fundamental y condición indispensable (Mt 16,24; Mc 8,34; Lc 9,3) para alcanzar la plena libertad o “estar perfectas”, según el contexto teresiano (C 15,6). La “abnegación” y la “cruz de cada día” son, pues, signos de la decisión amorosa de seguir al Señor, según condensa T en este verso: “Abracemos bien la cruz y sigamos a Jesús” (Po 20,1).

De este “abrazo a la cruz”, que T urge en todos sus escritos, es preciso destacar un par de sugerencias axiológicas y pedagógicas.

1) Disposición radical: Afecta a todo cristiano (LG 42), y es exigencia particular del consagrado a Cristo: “¿Ya no sabéis, hermanas, que la vida del buen religioso y que quiere ser de los allegados de Dios es un largo martirio?” (C 12,2). En estos cc. anteriores de Camino, la Santa ha minutado en qué consiste este “martirio”, sin importarle la tilden de que “va con rigor” pues escribe para quienes están decididas a llegar hasta el “amor perfecto” (C 6) y desean “desasirse de todo” dándose “todas al Todo sin hacernos partes” (C 8,1).

Dejar, en primer lugar, todo lo que se tiene: bienes, honras y deudos que pudieran impedir la entrega al Señor: “por Vos han dejado lo poco que tenían y quisieran tener más para serviros con ello” (C 3,7; cf cc. 2.3.8.9). Pero, en segundo lugar y no menos radical, la abnegación que implica la renuncia a sí mismos, lo que se es: “no basta desasirse de lo dicho si no nos desasimos de nosotras mismas” (C 10, tít). Es decir, nuestro amor propio, nuestras enfermedades y hasta el miedo de morir por Cristo: “determinaos, hermanas, que venís a morir por Cristo y no a regalaros por Cristo” (C 10,5; cf C 11,4; V 13,7; F 27,12). Así la determinación de dar la vida por el Señor expresa la máxima radicalidad del amor personal que intenta acompañar al Maestro hasta el final.

2) Disponibilidad constante: En el sentir teresiano no se oculta que exigencias tan radicales de la abnegación evangélica pueden sonar a exageradas (C 12,4). Las consignas tan drásticas de “ponerse desnudo de todo”, “negarse a sí mismos”, “tragar de una vez la muerte”, etc. coinciden de hecho con la “caridad perfecta”. Por eso llama más la atención que T insista en estas disposiciones como premisa inicial sin la cual “nunca haremos nada” (C 11,4).

Esta pedagogía, que proclama sin paliativos la abnegación desde el principio del camino, la deduce la Santa de la misma formulación evangélica. Su intención es sentar bien a las claras el camino espiritual, desde los “comienzos”. Se podrán matizar las exigencias, acomodarlas a cada itinerario personal, pero nunca perderlas de vista: “Quien de verdad comienza a servir al Señor, lo menos que puede ofrecer es la vida. Pues le ha dado su voluntad, ¿qué teme?” (C 12,2). Así lo había escrito ya en distintos pasajes: “Gran fundamento es el comenzar con determinación de llevar camino de cruz desde el principio” (V 15,13), “pues no han de ser nuestros deseos descansar sino padecer por imitar en algo a nuestro verdadero Esposo” (F 28,43).

Bibl. – Díez, Miguel Ángel, Vivir en obsequio de Cristo: sugerencias teresianas, en MteCarm 88 (1980) 125-182; Herráiz, Maximiliano, Solo Dios basta, Madrid 1981, 142-168.

Miguel Ángel Díez

Todos los derechos: Diccionario Teresiano, Gpo.Ed.FONTE

Definidores Generales

Definidores2015Elección de los Definidores generales. L a votación ha tenido lugar esta mañana en el aula capitular. Los resultados de la misma han sido:
P. Vicario General: Agustì Borrell (Ibérica)
P. Segundo Definidor: Lukasz Kansy (Varsovia)
P. Tercer Definidor: George Tambala (Navarra-Malawi)
P. Cuarto Definidor: Johannes Gorantla (Andra-Pradesh)
P. Quinto Definidor: Daniel Chowning (Washington)
P. Sexto Definidor: Fco. Javier Mena (Caribe)
P. Séptimo Definidor: Mariano Agruda (Filipinas)

Saverio Cannistrà reelegido prepósito General OCD

El Padre Saverio Cannistrà reelegido prepósito General OCD

Estimados hermanos y hermanas, es un gozo para nosotros transmitirles la noticia de que hace una hora en el aula capitular ha sido reelegido como Prepósito General de nuestra Orden nuestro hermano el padre Saverio Cannistrà. Fue elegido General en abril de 2009 en Fátima y hoy en Ávila se ha confiado de nuevo en él para que guíe nuestra Orden y nos acompañe en nuestro camino durante otros seis años.

Recordamos que el padre Saverio (Antonio Gennaro) Cannistrà del Sagrado Corazón, nació en la ciudad calabresa de Catanzaro el 3 de octubre de 1958. Cursó estudios de Filología en la Scuola Normale y después trabajó para la editorial Einaudi.

Ingresó en el noviciado de la Provincia italiana de Toscana en la Orden de los Carmelitas Descalzos en 1985 y realizó su profesión simple el 17 de septiembre de 1986. Emitió su profesión Solemne en 1990 y fue ordenado sacerdote el 24 de octubre de 1992.

Doctor en Teología Dogmática por la Universidad Gregoriana de Roma, Saverio Cannistrà, es miembro de la Conferencia Teológica Italiana (área septentrional) y ha participado en numerosos congresos de la Orden. Conocedor de varios idiomas, ha impartido clases en la Facultad de Teología del Teresianum de Roma y la actualidad era profesor de Cristología y Antropología teológica en la Facultad de Teología de Italia central cerca de Florencia.

El P. Saverio fue elegido por primera vez Superior Provincial en el Capítulo Provincial de Toscana del año 2008.

Les pedimos su oración por nuestro hermano P. Saverio y le pedimos a Santa Teresa de Jesús que desde el cielo le ayude para seguir guiando a nuestra familia por los caminos que nos conduzcan a Dios y para que junto a ella, todos nosotros, sepamos demostrar con nuestra vida que: Solo Dios Basta.

Todo sobre el Capítulo General

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Síntesis de la Bula “Misericordiae Vultus”

Síntesis de la Bula “Misericordiae Vultus” con la que el Papa ha convocado el Jubileo Extraordinario de la Misericordia

Ciudad del Vaticano, 12 de abril 2015 (Vis). Ofrecemos a continuación una síntesis de la Bula “Misericordiae Vultus” con la que el Papa ha convocado el Jubileo Extraordinario de la Misericordia.

La Bula de convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia titulada “Misericordiae vultus se compone de 25 números. El Papa Francisco describe los rasgos más sobresalientes de la misericordia situando el tema, ante todo, bajo la luz del rostro de Cristo. La misericordia no es una palabra abstracta, sino un rostro para reconocer, contemplar y servir. La Bula se desarrolla en clave trinitaria (números 6-9.) y se extiende en la descripción de la Iglesia como un signo creíble de la misericordia: «La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia» (n. 10).

Francisco indica las etapas principales del Jubileo. La apertura coincide con el quincuagéismo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II: ”La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo este evento. Para ella iniciaba un nuevo periodo de su historia. Los Padres reunidos en el Concilio habían percibido intensamente, como un verdadero soplo del Espíritu, la exigencia de hablar de Dios a los hombres de su tiempo en un modo más comprensible. Derrumbadas las murallas que por mucho tiempo habían recluido la Iglesia en una ciudadela privilegiada, había llegado el tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo”.(n. 4). La conclusión tendrá lugar «en la solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo, el 20 de noviembre de 2016. En ese día, cerrando la Puerta Santa, tendremos ante todo sentimientos de gratitud y de reconocimiento hacia la Santísima Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia. Encomendaremos la vida de la Iglesia, la humanidad entera y el inmenso cosmos a la Señoría de Cristo, esperando que difunda su misericordia como el rocío de la mañana para una fecunda historia, todavía por construir con el compromiso de todos en el próximo futuro. «(n. 5).

Una peculiaridad de este Año Santo es que se celebra no sólo en Roma, sino también en todas las demás diócesis del mundo. La Puerta Santa será abierta por el Papa en San Pedro el 8 de diciembre y el domingo siguiente en todas las iglesias del mundo. Otra de las novedades es que el Papa da la posibilidad de abrir la Puerta Santa también en los santuarios, meta de muchos peregrinos.

El Papa Francisco, recupera la enseñanza de San Juan XXIII, que hablaba de la «medicina de la Misericordia» y de Pablo VI que identificó la espiritualidad del Vaticano II con la del samaritano. La Bula también explica algunos aspectos sobresalientes del Jubileo: primero el lema «Misericordiosos como el Padre», a continuación el sentido de la peregrinación y sobre todo la necesidad del perdón. El tema particular que interesa al Papa se encuentra en el n. 15: las obras de misericordia espirituales y corporales deben redescubrirse «para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina.». Otra indicación atañe a la Cuaresma con el envío de los «Misioneros de la Misericordia» (n. 18). Nueva y original iniciativa con la que el Papa quiere resaltar de forma aún más concreta su cuidado pastoral. El Papa trata en los nn. 20-21 el tema de la relación entre la justicia y la misericordia, demostrando que no se detiene en una visión legalista, sino que apunta a un camino que desemboca en el amor misericordioso.

El n. 19 es un firme llamamiento contra la violencia organizada y contra las personas “promotoras o cómplices” de la corrupción. Son palabras muy fuertes con las que el Papa denuncia esta «llaga putrefacta» e insiste para que en este Año Santo haya una verdadera conversión: «¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón. Delante a tantos crímenes cometidos, escuchad el llanto de todas las personas depredadas por vosotros de la vida, de la familia, de los afectos y de la dignidad. Seguir como estáis es sólo fuente de arrogancia, de ilusión y de tristeza. La verdadera vida es algo bien distinto de lo que ahora pensáis. El Papa os tiende la mano. Está dispuesto a escucharos. Basta solamente que acojáis la llamada a la conversión y os sometáis a la justicia mientras la Iglesia os ofrece misericordia.»(n. 19).

La referencia a la Indulgencia como tema tradicional del Jubileo se expresa en el n. 22. Un último aspecto original es el de la misericordia como tema común a Judios y Musulmanes: «Este Año Jubilar vivido en la misericordia pueda favorecer el encuentro con estas religiones y con las otras nobles tradiciones religiosas; nos haga más abiertos al diálogo para conocerlas y comprendernos mejor; elimine toda forma de cerrazón y desprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de discriminación. «(n. 23).

El deseo del Papa es que este Año, vivido también en la compartición de la misericordia de Dios, pueda convertirse en una oportunidad para «vivir en la vida de cada día la misericordia que desde siempre el Padre dispensa hacia nosotros. En este Jubileo dejémonos sorprender por Dios. Él nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida. En este Año Jubilar la Iglesia se convierta en el eco de la Palabra de Dios que resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor. Nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar. La Iglesia se haga voz de cada hombre y mujer y repita con confianza y sin descanso: “Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos”.

Misericordiae Vultus(word)
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Mensaje del Papa Francisco a la Orden del Carmelo Descalzo

SSFranciscobAl Revdmo. P. Saverio Cannistrà

Prepósito general de la Orden de los Hermanos Descalzos
de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo

Querido Hermano:

Al cumplirse los quinientos años del nacimiento de santa Teresa de Jesús, quiero unirme, junto con toda la Iglesia, a la acción de gracias de la gran familia del Carmelo descalzo -religiosas, religiosos y seglares- por el carisma de esta mujer excepcional.

Considero una gracia providencial que este aniversario haya coincidido con el año dedicado a la Vida Consagrada, en la que la Santa de Ávila resplandece como guía segura y modelo atrayente de entrega total a Dios. Se trata de un motivo más para mirar al pasado con gratitud, y redescubrir «la chispa inspiradora» que ha impulsado a los fundadores y a sus primeras comunidades (cf. Carta a los Consagrados, 21 noviembre 2014).

¡Cuánto bien nos sigue haciendo a todos el testimonio de su consagración, nacido directamente del encuentro con Cristo, su experiencia de oración, como diálogo continuo con Dios, y su vivencia comunitaria, enraizada en la maternidad de la Iglesia!

1. Santa Teresa es sobre todo maestra de oración. En su experiencia, fue central el descubrimiento de la humanidad de Cristo. Movida por el deseo de compartir esa experiencia personal con los demás, escribe sobre ella de una forma vital y sencilla, al alcance de todos, pues consiste simplemente en «tratar de amistad con quien sabemos nos ama» (Vida 8,5). Muchas veces la misma narración se convierte en plegaria, como si quisiera introducir al lector en su diálogo interior con Cristo.

La de Teresa no fue una oración reservada únicamente a un espacio o momento del día; surgía espontánea en las ocasiones más variadas: «Cosa recia sería que sólo en los rincones se pudiera traer oración» (Fundaciones 5, 16). Estaba convencida del valor de la oración continua, aunque no fuera siempre perfecta. La Santa nos pide que seamos perseverantes, fieles, incluso en medio de la sequedad, de las dificultades personales o de las necesidades apremiantes que nos reclaman.

Para renovar hoy la vida consagrada, Teresa nos ha dejado un gran tesoro, lleno de propuestas concretas, caminos y métodos para rezar, que, lejos de encerrarnos en nosotros mismos o de buscar un simple equilibrio interior, nos hacen recomenzar siempre desde Jesús y constituyen una auténtica escuela de crecimiento en el amor a Dios y al prójimo.

2. A partir de su encuentro con Jesucristo, Santa Teresa vivió «otra vida»; se convirtió en una comunicadora incansable del Evangelio (cf. Vida 23,1). Deseosa de servir a la Iglesia, y a la vista de los graves problemas de su tiempo, no se limitó a ser una espectadora de la realidad que la rodeaba. Desde su condición de mujer y con sus limitaciones de salud, decidió -dice ella- «hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo» (Camino 1,2). Por eso comenzó la reforma teresiana, en la que pedía a sus hermanas que no gastasen el tiempo tratando «con Dios negocios de poca importancia» cuando estaba «ardiendo el mundo» (Camino 1,5). Esta dimensión misionera y eclesial ha distinguido desde siempre al Carmelo descalzo.

Como hizo entonces, también hoy la Santa nos abre nuevos horizontes, nos convoca a una gran empresa, a ver el mundo con los ojos de Cristo, para buscar lo que Él busca y amar lo que Él ama.

3. Santa Teresa sabía que ni la oración ni la misión se podían sostener sin una auténtica vida comunitaria. Por eso, el cimiento que puso en sus monasterios fue la fraternidad: «Aquí todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar» (Camino 4,7). Y tuvo mucho interés en avisar a sus religiosas sobre el peligro de la autorreferencialidad en la vida fraterna, que consiste «todo o gran parte en perder cuidado de nosotros mismos y de nuestro regalo» (Camino 12,2) y poner cuanto somos al servicio de los demás. Para evitar este riesgo, la Santa de Ávila encarece a sus hermanas, sobre todo, la virtud de la humildad, que no es apocamiento exterior ni encogimiento interior del alma, sino conocer cada uno lo que puede y lo que Dios puede en él (cf. Relaciones 28). Lo contrario es lo que ella llama la «negra honra» (Vida 31,23), fuente de chismes, de celos y de críticas, que dañan seriamente la relación con los otros. La humildad teresiana está hecha de aceptación de sí mismo, de conciencia de la propia dignidad, de audacia misionera, de agradecimiento y de abandono en Dios.

Con estas nobles raíces, las comunidades teresianas están llamadas a convertirse en casas de comunión, que den testimonio del amor fraterno y de la maternidad de la Iglesia, presentando al Señor las necesidades de nuestro mundo, desgarrado por las divisiones y las guerras.

Querido hermano, no quiero terminar sin dar las gracias a los Carmelos teresianos que encomiendan al Papa con una especial ternura al amparo de la Virgen del Carmen, y acompañan con su oración los grandes retos y desafíos de la Iglesia. Pido al Señor que su testimonio de vida, como el de Santa Teresa, transparente la alegría y la belleza de vivir el Evangelio y convoque a muchos jóvenes a seguir a Cristo de cerca.
A toda la familia teresiana imparto mi Bendición Apostólica.

Vaticano, 28 de marzo de 2015

Eres un ángel para mí

GRÜN, A.

Eres un ángel para mí

Sal Terrae, Santander, 2012, pp. 114.

Anselm Grün, doctor en teología y administrador de la abadía de Münsterschwarzach, conocido por unir la espiritualidad tradicional cristiana con la psicología moderna, es uno de los escritores cristianos más populares y leídos del momento. Sus libros son sencillos, instructivos y amenos.

Eres un ángel para mí es uno de los libros más breves escritos por Grün (119 pp.) En doce largos artículos nos habla de los distintos ángeles: El ángel de la ayuda, el ángel de la guarda, el ángel del consuelo…

Los ángeles son servidores y mensajeros de Dios. Por el hecho que “ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt 18, 10), estos son “poderosos ejecutores de sus órdenes, listos a la voz de su palabra” (Sal 103, 20).

El Antiguo Testamento describe varias intervenciones de ángeles en la vida del Pueblo de Israel. Cito algunas:

La lucha con el ángel de Jacob (Gn 32, 25-29); la escalera recorrida por los ángeles, soñada por Jacob (Gn 28, 12); los tres ángeles huéspedes de Abraham (Gn 18); la intervención del ángel que detiene la mano de Abraham que está por sacrificar a Isaac…

En la introducción nos habla el autor de que muchas veces decimos a alguien: «Eres un ángel para mí. Has llegado en el momento exacto. Contigo a mi lado me siento feliz. Me haces mucho bien». Cuando hablamos así, no entendemos las expresiones solo como puras metáforas. Podemos ser ángeles unos para otros.

Los ángeles son mensajeros de Dios, este es su oficio, afirmaba san Agustín. A veces son personas humanas que nos ayudan en un momento de dificultad. El ángel que Dios nos envía transforma nuestros sentimientos, cambia nuestro punto de vista, renueva nuestro corazón, nos pone en contacto con el potencial de energías y sentimientos que tenemos sedimentado en el alma.

“El ángel del Señor es siempre nuestro fiel compañero por los caminos de la vida. Él nos protege y nos guarda. Él nos recuerda que Dios nunca nos abandona. El amor de Dios nos sostiene y nos conduce. En él podemos sentirnos seguros. Podemos dejarle a él todos los miedos, las necesidades y los problemas que nos preocupan. Dios nos llena de valor y seguridad por medio de su ángel” (contraportada).

Se cierra el libro con unos pensamientos finales. El último de ellos nos habla de la fe en los ángeles, que tiene que ser una fe llena de esperanza, de humanismo y seguridad. “Dios no nos deja nunca en la estacada. Nos contempla y vela siempre por nosotros. Y si se lo pedimos –o él lo considera necesario-, nos envía el ángel que más necesitamos para que nuestra vida sea plena”. – Eusebio Gómez Navarra.

Ayuno penitencial

La práctica penitencial del ayuno estaba religiosamente codificada en la vida del Carmelo cuando Teresa entró en la Encarnación a sus veinte años. La rúbrica 6ª de la primera parte de las Constituciones trataba “del ayuno y del comer”. Y prescribía: “Ayunarán las Hermanas desde las octavas de Pascua hasta la exaltación de la Cruz (=14 de septiembre), y en el día de Sant Marco…, y en los días de las rogaciones, en la vigilia de Pascua del Espíritu Santo y en el ayuno de las cuatro témporas. En la vigilia de sant Juan Bautista e de san Pedro y de san Pablo e de sant Iago, sant Lorenzo, sant Barto­lomé, e la vigilia de la Asunción y Natividad de santa María. Desde la exaltación de la Cruz hasta la Pascua, salvo tres días en la semana, las Hermanas se contenten con una comida en el día… Queriendo alguna beber agua fuera de la común refección, tome licencia para ello” (BMC t.9, pp. 487-488).

La Regla Carmelitana, que se limitaba a prescribir el ayuno todos los viernes del año y además todos los días feriales desde el 14 de septiembre hasta Pascua de Resurrección, agravaba esa práctica penitencial con la prescripción de perpetua abstinencia de carnes. En la primera fase de la vida carmelitana de Teresa, en la Encarnación (de los 20 a los 47 años) esta última práctica penitencial estaba mitigada: “Podrán, fuera de la Cuaresma y del Adviento, tres veces en la semana comer carne” (rúbrica 6ª de las Constituciones: BMC, T 9, p. 487).

Al fundar San José, Teresa optó por el regreso a las taxativas prescripciones de la Regla en materia de abstinencia y ayuno.. “Ahora… no se come jamás carne sin necesidad, y ayuno de ocho meses… como se ve en la primera Regla” (V 36,27). Ella misma lo prescribirá formalmente en las Constituciones del nuevo Carmelo (c. 9), calcando la norma de la Regla. Pero no tendrá inconveniente en prescindir formalmente de la Regla, en cuanto al “no comer carne”, apenas funde un primer Carmelo en población pobre, como es la de Malagón (BMC 5, 377).

Con todo, en la vida cotidiana de sus comunidades, la Santa estuvo siempre atenta a la salud de las Hermanas, para introducir normalmente excepciones en esas prácticas penitenciales, de acuerdo con el espíritu de la Regla del Carmelo, que ya preveía y normalizaba ese margen de excepción. Ante la “flaqueza física” de alguna Hermana, “quitar los ayunos” (F 6, 5). Mucho más cuando se trata de debilidad psíquica (depresión, “melancolía”): para las melancólicas “en los ayunos es menester no ser continuos como las demás” (F 7,9), y así lo repite en casos concretos a lo largo de su epistolario (ctas 59,3; 136,9; 248,9…). Personalmente, ella se atiene a esa rigurosa praxis penitencial, no sólo en la vida ordinaria, sino incluso en sus viajes. Pero también en su salud hicieron mella más de una vez los ayunos.

Desde el punto de vista doctrinal, no cabe duda que la Santa concedió importancia a la ascesis de ayuno y abstinencia, como penitencia física. Al llegar la fiesta de la Exaltación de la Cruz (14 de septiembre), fecha en que comenzaba la “observancia” o cuaresma carmelitana, ella misma la celebró con varios poemas que expresan la relación existente entre penitencia corporal y cruz de Cristo: “Cami­nemos para el cielo / monjas del Carmelo. / Abracemos bien la cruz, / y sigamos a Jesús / que es nuestro camino y luz / lleno de todo consuelo…” (poema 20).

Teresa prefiere taxativamente la mortificación interior a la otra, que ella suele denominar con el plural penitencias: “En demasiadas penitencias ya sabéis que os voy a la mano” (C 15,3). A lo largo del Camino de perfección insistirá en esa consigna, en contra de las “penitencias desconcertadas” (C 39,3), o las “penitencias indiscretas” (19,9), incluso contra el deseo de practicarlas “sin camino ni concierto” (10,6). En las Constituciones dará a la maestra de novicias la doble consigna: “que ponga más en lo interior que en lo exterior”, y que “haga más caso de que no haya falta en las virtudes, que en el rigor de la penitencia” (Cons 11,6).

Todo lo cual no impedirá que cuando ella se encuentre con el extremoso caso penitencial de una ermitaña como Catalina de Cardona, capaz de sobrevivir con sólo “unas tortillas (de harina) cocidas en la lumbre y no otra cosa” (F 28, 27…), se le llenen de admiración los ojos y la pluma: ante la penitencia de “esta santa… cuán atrás nos quedamos” (F 28,21); la que hizo “penitencia tan áspera, era mujer como yo, y más delicada… y no tan pecadora como yo soy” (F 28,35). Tanta admiración por ese derroche de ayunos y penitencias tuvo un correctivo desde la vida mística de Teresa. Lo cuenta ella en una de sus confidencias íntimas: “Estando pensando una vez en la gran penitencia que hacía doña Catalina de Cardona y cómo yo pudiera haber hecho más según los deseos que me da el Señor, si no fuera por obedecer a los confesores, que si sería mejor no les obedecer de aquí adelante en eso, me dijo (el Señor): Eso no, hija; buen camino llevas. ¿Ves toda la penitencia que hace? En más tengo tu obediencia” (R 23). Era el refrendo categórico de la línea doctrinal propuesta en las Constituciones: dar más importancia a las virtudes que a las penitencias.

T. Álvarez

Avemaría

Juntamente con el Padrenuestro, el Avemaría es para T una de las plegarias fundamentales del cristiano (C 21,2-3). En el rezo de esas dos oraciones ejemplifica ella la “oración vocal” ordinaria (C 25,3). Son oraciones que “forzado hemos de rezar” (C 24,2), es decir, presentes en la oración ordinaria del grupo de lectoras del Camino.

Al proyectar la composición de este libro como manual pedagógico de la vida contemplativa de la carmelita, la Santa se propuso basar su lección en esas dos oraciones modélicas (C 24,2). De hecho, comentó por extenso la oración del Padre­nuestro (cc. 27-42). Pero al terminar la glosa de esta oración dominical, el libro se le había crecido tanto, que renunció a su proyecto inicial de comentar el Avemaría: “Mas heme alargado tanto, que se quedará…” (CE 73,2: omitido en el pasaje paralelo de C 42,4-5).

En el ambiente carmelitano de la Santa, aparte el rezo del rosario (V 1,6; 29,7; 38,1; C 23,3), era normal el rezo del Avemaría en pro de otras personas. Ella misma lo solicita para sí a las lectoras de uno de sus libros: “Un Avemaría pido, por su amor, a quien esto leyere, para que me sea ayuda a salir del purgatorio y llegar a ver a Jesucristo nuestro Señor…” (F pról. 4). Y en la Respuesta a un desafío, que tan al vivo refleja las prácticas de piedad estiladas en la comunidad de la Encarnación bajo el magisterio de T y de san Juan de la Cruz, son varias las ofertas de Ave­marías por los contrincantes de uno y otro bando (nn. 17 y 20). En cambio, en los escritos teresianos no queda constancia de la clásica invocación “Ave María purísima”.

Índice de la popularidad del rezo del Avemaría es que Teresa –lo mismo que la gente del pueblo– la utiliza lexicalmente como unidad de medida del tiempo (V 4,7; R 1,24…), lo mismo que el Credo, en significación del “breve espacio” en que se puede recitar un Avemaría (V 38,1).

T. Álvarez

Autoridad y comunidad

Conviene aclarar también que el tema de la autoridad convendría tratarlo junto con la obediencia, pues una y otra son «dos aspectos complementarios de la misma participación en la oblación de Cristo» (ET 25). Con todo, la autoridad tiene entidad propia y en los escritos teresianos un lugar de relieve. El concepto de autoridad está ligado no sólo al de obediencia; entra de lleno en su idea de comunidad. Para que una comunidad teresiana cumpla con su misión, elemento base es cómo se ejerce la autoridad. Prescindir de ésta o reducirla a segundo plano, por considerarla como opuesta a la libertad personal o como contraria a la cultura de hoy, sería olvidar la idea de Teresa sobre lo que es un grupo de vocacionadas que pretenden hacer el camino de la oración para servicio de la Iglesia. La autoridad, en medio de la comunidad teresiana, se hace imprescindible para cumplir con los objetivos para los cuales juntó el Señor a unas personas. Desde la fundación de San José, la comunidad teresiana comenzó siendo una familia-escuela. En familia cada persona debe encontrar lo que necesita para llegar a ser ella misma. En la escuela se aprende a vivir. La comunidad, familia-escuela acoge a los nuevos miembros, los enseña a amar y a vivir un programa de perfección, bien definido por Teresa de Jesús. Toda familia, necesita a uno que la presida. Y la escuela, a uno que haga de maestro. La responsabilidad primera recae sobre quien preside, esto es, la autoridad, que tiene la misión de crear un hogar y aceptar cuanto favorezca a que todos se sientan como en casa propia. Y también procurar que sea escuela de perfección, a la que van a asistir a diario cada uno de los miembros del grupo. Es así como ella se presenta al desempeñar el oficio de priora en San José: como madre y como maestra (cf C 24,2).

Teresa no limita la autoridad a «mandar», «a hacer cumplir lo mandado», a ordenar; rechaza siempre todo lo que signifique dominio. En una familia todos tienen derechos y unas obligaciones. Lo mismo que en cualquier comunidad religiosa. Los derechos se respetan; las obligaciones se cumplen, sin mediar la imposición. La comunidad como familia y escuela no es sólo del superior, sino de todos los miembros que la integran, aunque el responsable primero sea siempre quien ha sido constituido en autoridad. En alguna época de la historia de la vida religiosa, por ejemplo antes del Concilio Vaticano II, prevalecía la idea de la autoridad-dominio. La idea que se tenía de la autoridad era que estaba para mandar, ordenar, disponer. Esta postura originó después del Concilio otra totalmente contraria. Hoy está bastante generalizada la idea de suprimir la presencia de la autoridad, o mantenerla como recuerdo o algo decorativo. Se trata de dos extremos. Todo porque a veces se ha perdido el auténtico sentido de lo que es la autoridad en todo grupo humano y también religioso. Toda autoridad está siempre, como la misma palabra lo indica, para promover, animar, mejorar, ayudar a crecer. «La persona constituida en autoridad debe ser más dinamizadora de esperanzas que controladora de realidades» (J. M.ª Guerrero, en: DTVC, palabra «autoridad», p. 84b).

Funciones de la autoridad

Para Teresa de Jesús las funciones de la autoridad, representada en la priora de cada comunidad, son claras y precisas.

1.ª Hacer de madre. Es la primera característica, sin la cual, ni se entiende lo que es la autoridad, ni puede funcionar bien cualquier comunidad y mucho menos una comunidad teresiana. Ha de proceder en todo «con amor de madre» (CP XI,1). «Procure ser amada, para que sea obedecida» (ib). Y enseñar como madre en el oficio de priora (cf C 24,2). La primera frase la escribió santa Teresa después de haber precisado cuál es el oficio de la priora. Viene a decir que todo lo que haga quien está al frente de una comunidad lo ha de hacer con sentido de madre. Y la segunda, cuando va a explicar cómo se ha de rezar vocalmente. En este caso no aconseja, enseña como madre. La autoridad de una madre radica en el amor que ofrece. Está llamada a mantener la unión entre todas. Va siempre por delante, guía y acompaña. Ayuda a madurar a los miembros de la comunidad, «ayudando a cada una, según el talento les da Dios de entendimiento, y de espíritu» (F 18,8). Atiende a las necesidades materiales y espirituales (CP XI,1). Ama a todas sin hacer distinciones ni tener preferencias, excepto las que su intuición descubre como necesarias; a todas las trata con igualdad (cf Proceso de Valladolid, Francisca de Jesús, en BMC 19, p.35). Procura «llevar a cada una por donde Su Majestad la lleva» (F 18,93, favoreciendo la libertad personal, siendo cada una responsable ante el Señor. Enseña con la palabra y sobre todo con las obras (Cons VII,1). Tiene en cuenta el desarrollo de cada una, para no exigir más de lo que cada una puede dar (F 18,10). Se preocupa de la formación (Cons II,7). Sabe escuchar incluso cuando las hermanas van a excusarse (cf María de San José, Humor y espiritualidad, Avisos 31-32, Burgos 1966). Una madre ofrece vida y está en todo. En estos puntos hay que centrar la postura de servicio de la autoridad o superior, de lo que tanto se habla hoy.

2.ª Servir de animadora. Aunque la función de animar no sea tarea exclusiva de la autoridad, pues cada uno de los miembros que forman la comunidad está llamado igualmente a animar, a ayudar al otro para que consiga su objetivo, se trata de una misión cuya responsabilidad recae especialmente sobre quien está llamado a promover el grupo comunitario. Basta leer las Constituciones de 1567, escritas para las monjas de San José, para darse cuenta de que Teresa de Jesús pensaba en la priora como la animadora de la comunidad. La presenta en sus múltiples funciones, hasta dar la impresión de que nada se puede hacer sin que sea controlado o conocido por la autoridad. Pero no se trata de eso. La priora es la que anima, en el sentido más propio de la palabra. La autoridad piensa en el porqué y para qué de la comunidad. No es la que controla todo, sino la que dirige todo para que la comunidad alcance su misión. Para entender e interpretar con propiedad los «permisos» que prescribe en la Constitución, hay que hacerlo partiendo de la ley de la radicalidad. Esta conlleva la capacidad de tomar en serio el Evangelio, sobre todo en esos matices del olvido de uno mismo, de la muerte del «yo», de estar a servicio de los demás. No se trata, con tanto permiso, que habría que revisar hoy día, de privar a sus monjas de actuar con libertad, de tener iniciativas o de ser responsables, sino de llegar a la madurez, a la libertad interior. Esto no se consigue a base de pedir permisos, sino a base del principio válido siempre: la radicalidad aplicada al vencimiento de la propia voluntad.

Sólo desde el concepto de comunidad teresiano se comprende a la autoridad actuando en ella. Se trata de la madre que cuida de todo y en particular de las personas. Hoy se dice que animar «es hacer actuar, hacer participar, estimular, despertar las fuerzas internas, incentivar, crear condiciones» (J. M.ª Guerrero, ib p. 83). Una animación que está dirigida particularmente a promover la vida espiritual tanto en la comunidad como en cada una de las hermanas. Juan Pablo II presenta a la autoridad como «guía de los hermanos y hermanas en el camino de espiritual y apostólico» (VC 43). Teresa establece que la priora «guíe, si no van bien» las hermanas que van a darle cuenta de su aprovechamiento en la oración (Cons XI,17). En la formación teresiana entra el «criar almas para que more el Señor» (ib 16), desde una serie de criterios formativos, entre los que está el de «quebrar la voluntad, aun en cosas menudas» (ib).

La autoridad no anima pues dando órdenes o imponiendo lo establecido. Y mucho menos mandando cosas al margen de la Regla y Constituciones, como puede ser rezar o practicar otras mortificaciones, aparte las establecidas. Teresa de Jesús establece estas normas llenas de sabiduría: La discreción es gran cosa para el gobierno « (F 18,6). «No las ponen allí para que escojan el camino a su antojo» (ib). «Lo que a nosotras se nos haría áspero no lo hemos de mandar» (ib). «No perfeccionar a fuerza de brazos» (F 18,10). Anima «dando ánimos», animando a grandes cosas, infundiendo valor, creando dinamismos interiores, convenciendo a las personas por el amor, que es lo que mueve a la persona por dentro.

3.ª Mantener la unidad. La autoridad, en función de maternidad, está llamada a mantener y educar para la unidad, defendiendo los valores que definen a la comunidad y hacen crecer en la fraternidad. No se trata de hacer cumplir las normas, algo que quizás no resulte difícil por el sentido de obediencia de las hermanas, sino de salvar la unidad, dentro de un puro pluralismo, desde los valores del espíritu y desde la fidelidad al espíritu inicial, que es distinto de la fidelidad a determinadas estructuras, que el tiempo puede cambiar sin peligro de empobrecer el carisma fundacional. «Querría cumpliesen la Regla, que hay harto que hacer, y lo demás fuese con suavidad» (F 18,7).

4.ª Promover el proyecto de vida. Aunque en todo lo que escribe Teresa de Jesús existe un tono de autoridad, pone particular acento cuando se trata de puntos de los que depende el futuro de la obra comenzada para servicio de la Iglesia. Con autoridad se dirige a la que vaya a ser autoridad en cualquier comunidad teresiana, para precisar: «El oficio de la Madre Priora es tener cuenta grande con que en todo se guarde la Regla y Constituciones (Cons XI 1). «Las preladas han de mirar que no las ponen allí para que escojan el camino a su gusto, sino para que lleven a las súbditas por el camino de la Regla y Constitución» (F 18,6).

En la Regla y Constituciones encuentra Teresa el proyecto de vida que hay que vivir. Sabemos que al final de sus días en Alba, pide que sean fieles y guarden los dos libros que presentan el estilo de vida de una carmelita descalza. A la priora corresponde fomentar y mantener la comunidad en la fidelidad a lo profesado.

Precisando lo anterior, bien puede decirse que santa Teresa de Jesús, al presentar a la autoridad actuando en comunidad, no la convierte en guardián de la observancia de la ley, sino en promotora de un espíritu, con estilo propio, que contienen la Regla y las Constituciones. Está para seguir haciendo la historia de un proyecto de Dios, que Teresa aceptó, dio vida y supo presentar a otras, dispuestas como ella, a hacer el camino de la oración vivido en comunidad bajo la dirección de una hermana encargada de animar siempre y actualizar el espíritu teresiano en la Iglesia.

Evaristo Renedo