Conviene aclarar también que el tema de la autoridad convendría tratarlo junto con la obediencia, pues una y otra son «dos aspectos complementarios de la misma participación en la oblación de Cristo» (ET 25). Con todo, la autoridad tiene entidad propia y en los escritos teresianos un lugar de relieve. El concepto de autoridad está ligado no sólo al de obediencia; entra de lleno en su idea de comunidad. Para que una comunidad teresiana cumpla con su misión, elemento base es cómo se ejerce la autoridad. Prescindir de ésta o reducirla a segundo plano, por considerarla como opuesta a la libertad personal o como contraria a la cultura de hoy, sería olvidar la idea de Teresa sobre lo que es un grupo de vocacionadas que pretenden hacer el camino de la oración para servicio de la Iglesia. La autoridad, en medio de la comunidad teresiana, se hace imprescindible para cumplir con los objetivos para los cuales juntó el Señor a unas personas. Desde la fundación de San José, la comunidad teresiana comenzó siendo una familia-escuela. En familia cada persona debe encontrar lo que necesita para llegar a ser ella misma. En la escuela se aprende a vivir. La comunidad, familia-escuela acoge a los nuevos miembros, los enseña a amar y a vivir un programa de perfección, bien definido por Teresa de Jesús. Toda familia, necesita a uno que la presida. Y la escuela, a uno que haga de maestro. La responsabilidad primera recae sobre quien preside, esto es, la autoridad, que tiene la misión de crear un hogar y aceptar cuanto favorezca a que todos se sientan como en casa propia. Y también procurar que sea escuela de perfección, a la que van a asistir a diario cada uno de los miembros del grupo. Es así como ella se presenta al desempeñar el oficio de priora en San José: como madre y como maestra (cf C 24,2).
Teresa no limita la
autoridad a «mandar», «a hacer cumplir lo mandado», a ordenar; rechaza siempre
todo lo que signifique dominio. En una familia todos tienen derechos y unas
obligaciones. Lo mismo que en cualquier comunidad religiosa. Los derechos se
respetan; las obligaciones se cumplen, sin mediar la imposición. La comunidad
como familia y escuela no es sólo del superior, sino de todos los miembros que
la integran, aunque el responsable primero sea siempre quien ha sido
constituido en autoridad. En alguna época de la historia de la vida religiosa,
por ejemplo antes del Concilio Vaticano II, prevalecía la idea de la
autoridad-dominio. La idea que se tenía de la autoridad era que estaba para
mandar, ordenar, disponer. Esta postura originó después del Concilio otra
totalmente contraria. Hoy está bastante generalizada la idea de suprimir la
presencia de la autoridad, o mantenerla como recuerdo o algo decorativo. Se
trata de dos extremos. Todo porque a veces se ha perdido el auténtico sentido
de lo que es la autoridad en todo grupo humano y también religioso. Toda
autoridad está siempre, como la misma palabra lo indica, para promover, animar,
mejorar, ayudar a crecer. «La persona constituida en autoridad debe ser más
dinamizadora de esperanzas que controladora de realidades» (J. M.ª Guerrero,
en: DTVC, palabra «autoridad», p. 84b).
Funciones de la
autoridad
Para Teresa de Jesús
las funciones de la autoridad, representada en la priora de cada comunidad, son
claras y precisas.
1.ª Hacer de madre. Es
la primera característica, sin la cual, ni se entiende lo que es la autoridad,
ni puede funcionar bien cualquier comunidad y mucho menos una comunidad
teresiana. Ha de proceder en todo «con amor de madre» (CP XI,1). «Procure ser
amada, para que sea obedecida» (ib). Y enseñar como madre en el oficio de
priora (cf C 24,2). La primera frase la escribió santa Teresa después de haber
precisado cuál es el oficio de la priora. Viene a decir que todo lo que haga
quien está al frente de una comunidad lo ha de hacer con sentido de madre. Y la
segunda, cuando va a explicar cómo se ha de rezar vocalmente. En este caso no
aconseja, enseña como madre. La autoridad de una madre radica en el amor que
ofrece. Está llamada a mantener la unión entre todas. Va siempre por delante,
guía y acompaña. Ayuda a madurar a los miembros de la comunidad, «ayudando a
cada una, según el talento les da Dios de entendimiento, y de espíritu» (F
18,8). Atiende a las necesidades materiales y espirituales (CP XI,1). Ama a
todas sin hacer distinciones ni tener preferencias, excepto las que su
intuición descubre como necesarias; a todas las trata con igualdad (cf Proceso
de Valladolid, Francisca de Jesús, en BMC 19, p.35). Procura «llevar a cada una
por donde Su Majestad la lleva» (F 18,93, favoreciendo la libertad personal,
siendo cada una responsable ante el Señor. Enseña con la palabra y sobre todo
con las obras (Cons VII,1). Tiene en cuenta el desarrollo de cada una, para no
exigir más de lo que cada una puede dar (F 18,10). Se preocupa de la formación
(Cons II,7). Sabe escuchar incluso cuando las hermanas van a excusarse (cf
María de San José, Humor y espiritualidad, Avisos 31-32, Burgos 1966). Una
madre ofrece vida y está en todo. En estos puntos hay que centrar la postura de
servicio de la autoridad o superior, de lo que tanto se habla hoy.
2.ª Servir de
animadora. Aunque la función de animar no sea tarea exclusiva de la autoridad,
pues cada uno de los miembros que forman la comunidad está llamado igualmente a
animar, a ayudar al otro para que consiga su objetivo, se trata de una misión
cuya responsabilidad recae especialmente sobre quien está llamado a promover el
grupo comunitario. Basta leer las Constituciones de 1567, escritas para las
monjas de San José, para darse cuenta de que Teresa de Jesús pensaba en la
priora como la animadora de la comunidad. La presenta en sus múltiples
funciones, hasta dar la impresión de que nada se puede hacer sin que sea controlado
o conocido por la autoridad. Pero no se trata de eso. La priora es la que
anima, en el sentido más propio de la palabra. La autoridad piensa en el porqué
y para qué de la comunidad. No es la que controla todo, sino la que dirige todo
para que la comunidad alcance su misión. Para entender e interpretar con
propiedad los «permisos» que prescribe en la Constitución, hay que hacerlo
partiendo de la ley de la radicalidad. Esta conlleva la capacidad de tomar en
serio el Evangelio, sobre todo en esos matices del olvido de uno mismo, de la
muerte del «yo», de estar a servicio de los demás. No se trata, con tanto
permiso, que habría que revisar hoy día, de privar a sus monjas de actuar con
libertad, de tener iniciativas o de ser responsables, sino de llegar a la
madurez, a la libertad interior. Esto no se consigue a base de pedir permisos,
sino a base del principio válido siempre: la radicalidad aplicada al
vencimiento de la propia voluntad.
Sólo desde el concepto
de comunidad teresiano se comprende a la autoridad actuando en ella. Se trata
de la madre que cuida de todo y en particular de las personas. Hoy se dice que
animar «es hacer actuar, hacer participar, estimular, despertar las fuerzas
internas, incentivar, crear condiciones» (J. M.ª Guerrero, ib p. 83). Una
animación que está dirigida particularmente a promover la vida espiritual tanto
en la comunidad como en cada una de las hermanas. Juan Pablo II presenta a la
autoridad como «guía de los hermanos y hermanas en el camino de espiritual y
apostólico» (VC 43). Teresa establece que la priora «guíe, si no van bien» las
hermanas que van a darle cuenta de su aprovechamiento en la oración (Cons XI,17).
En la formación teresiana entra el «criar almas para que more el Señor» (ib
16), desde una serie de criterios formativos, entre los que está el de «quebrar
la voluntad, aun en cosas menudas» (ib).
La autoridad no anima
pues dando órdenes o imponiendo lo establecido. Y mucho menos mandando cosas al
margen de la Regla y Constituciones, como puede ser rezar o practicar otras
mortificaciones, aparte las establecidas. Teresa de Jesús establece estas
normas llenas de sabiduría: La discreción es gran cosa para el gobierno « (F
18,6). «No las ponen allí para que escojan el camino a su antojo» (ib). «Lo que
a nosotras se nos haría áspero no lo hemos de mandar» (ib). «No perfeccionar a
fuerza de brazos» (F 18,10). Anima «dando ánimos», animando a grandes cosas, infundiendo
valor, creando dinamismos interiores, convenciendo a las personas por el amor,
que es lo que mueve a la persona por dentro.
3.ª Mantener la
unidad. La autoridad, en función de maternidad, está llamada a mantener y
educar para la unidad, defendiendo los valores que definen a la comunidad y
hacen crecer en la fraternidad. No se trata de hacer cumplir las normas, algo
que quizás no resulte difícil por el sentido de obediencia de las hermanas,
sino de salvar la unidad, dentro de un puro pluralismo, desde los valores del
espíritu y desde la fidelidad al espíritu inicial, que es distinto de la
fidelidad a determinadas estructuras, que el tiempo puede cambiar sin peligro
de empobrecer el carisma fundacional. «Querría cumpliesen la Regla, que hay
harto que hacer, y lo demás fuese con suavidad» (F 18,7).
4.ª Promover el
proyecto de vida. Aunque en todo lo que escribe Teresa de Jesús existe un tono
de autoridad, pone particular acento cuando se trata de puntos de los que
depende el futuro de la obra comenzada para servicio de la Iglesia. Con
autoridad se dirige a la que vaya a ser autoridad en cualquier comunidad teresiana,
para precisar: «El oficio de la Madre Priora es tener cuenta grande con que en
todo se guarde la Regla y Constituciones (Cons XI 1). «Las preladas han de
mirar que no las ponen allí para que escojan el camino a su gusto, sino para
que lleven a las súbditas por el camino de la Regla y Constitución» (F 18,6).
En la Regla y
Constituciones encuentra Teresa el proyecto de vida que hay que vivir. Sabemos
que al final de sus días en Alba, pide que sean fieles y guarden los dos libros
que presentan el estilo de vida de una carmelita descalza. A la priora
corresponde fomentar y mantener la comunidad en la fidelidad a lo profesado.
Precisando lo anterior,
bien puede decirse que santa Teresa de Jesús, al presentar a la autoridad
actuando en comunidad, no la convierte en guardián de la observancia de la ley,
sino en promotora de un espíritu, con estilo propio, que contienen la Regla y
las Constituciones. Está para seguir haciendo la historia de un proyecto de
Dios, que Teresa aceptó, dio vida y supo presentar a otras, dispuestas como
ella, a hacer el camino de la oración vivido en comunidad bajo la dirección de
una hermana encargada de animar siempre y actualizar el espíritu teresiano en
la Iglesia.
Evaristo Renedo