1. Planteamiento
a) El tema: Teresa de
Jesús y la religiosidad popular puede estudiarse desde diversos puntos de
vista. Ella vivió y fue protagonista de formas, manifestaciones y prácticas de
religiosidad popular = r. p., heredadas de los siglos precedentes. Fomentó y
garantizó con su conducta algunas prácticas características, y las recomendó en
sus libros y en su epistolario. Quiso también corregir algunos defectos o abusos,
de lo que ella calificó como devociones a bobas (V 13,16).
Por otra parte Teresa
de Jesús vivió y enseñó una espiritualidad elitista, centrada en la práctica de
la oración mental, y es testigo cualificado de una elevada experiencia mística.
Lo «elitista» y lo «popular» presentan en ella una perfecta simbiosis, operada
por el amor incondicional a Dios, y por un conocimiento sapiencial de lo
sagrado y de la misma vida del espíritu.
Dada la complejidad
que presenta este tema en su doble vertiente: r. p. por una parte, y testimonio
de Teresa de Jesús, por otra, conviene hacer un planteamiento correcto y
adecuada del mismo, y marcar con precisión los objetivos de nuestra exposición.
b) La biografía
teresiana registra múltiples datos y momentos especiales, que manifiestan al
vivo el sentido profundo de la devoción y la religiosidad de la Santa
reformadora. Ella es, por una parte, testimonio vivo de una r. p., vivida en el
seno de su familia, y mamada con su primera educación social y religiosa. Por
otra parte, a lo largo de su vida maduró y enriqueció esa religiosidad
tradicional con nuevas aportaciones, al hilo de su progreso espiritual y de sus
vivencias místicas más elevadas.
Su figura nos interesa
aquí como testigo cualificado de una r. p. en línea de continuidad con el
pasado; pero, también, como Santa y Doctora de la Iglesia, que supo construir
sobre ese fundamento común el edificio luminoso de la más alta espiritualidad:
las siete Moradas de su Castillo Interior. En ella se funden r. p. y la más
alta espiritualidad.
2. Religiosidad
popular
a) En estas últimas
décadas se ha incrementado notablemente la bibliografía sobre la r. p., que se
ha estudiado en todas sus líneas y derivaciones, y desde todos sus ángulos. Han
visto la luz largas listas, o catálogos de libros y artículos científicos de
carácter doctrinal, histórico, pastoral… que analizan el tema en sus variadas
perspectivas.
Los estudiosos
encuentran dificultades a la hora de describir, y más aún de definir la r. p. o
de fijar sus notas características y diferenciales. Algunos autores adoptan en
su análisis un procedimiento histórico, más que doctrinal. Pero, en más o en
menos todos coinciden en señalar unas mismas características fundamentales.
b) Al margen de
consideraciones que no son de este lugar, entiendo aquí la r. p. como un
fenómeno que forma parte del mismo ser eclesial. Los sujetos y protagonistas de
esta religiosidad constituyen, y han constituido lo que se llama hoy el
Catolicismo popular, que se ha manifestado de una forma bastante uniforme a lo
largo de todos los tiempos.
Religiosidad popular
–como escribí en otra ocasión– es la forma de manifestar el pueblo cristiano
sus creencias y sus vivencias de lo sagrado, en expresiones concretas y conexas
con la cultura y la idiosincrasia de cada época y cada etnia, a pesar de la
inculturación religiosa. Vivencia del pueblo, masa organizada que subsiste en
los individuos particulares, que actúan en virtud de unos mismos principios:
una misma fe y un mismo amor sobrenatural.
La r. p. está lejos de
los conceptualismos y de las especulaciones teológicas. Utiliza lo concreto, y
prefiere la mediación de los ritos y de las ceremonias, de los símbolos y los
gestos cultuales. Las imágenes y los iconos de lo sagrado cobran aquí una
importancia capital, lo mismo que las fiestas y las celebraciones litúrgicas.
Los misterios de la
vida de Jesús –lejanos en el tiempo– se hacen cercanos en las representaciones
plásticas –a veces al vivo–, de modo particular en el ciclo de Navidad y en el
de la Pasión. Podemos decir que existía un modo popular de organizar las
celebraciones festivas. Incluso, una idea, o concepto popular de Cristo, un
poco distinto del concepto de los teólogos (cf Guerrero, A., «El Cristo
popular», Nuevo Mundo (Caracas) 26 (1990) 213.306).
3. Religiosidad
popular en la España del s. XVI
a) Nuestro objetivo
concreto es analizar los rasgos, o destellos de r. p. que irradia la imagen de
Teresa de Jesús, o que afloran en las páginas de sus libros. Se trata de una
constatación, más que de un análisis. Nos interesa, por tanto, conocer el
ambiente y las expresiones de la religiosidad vivida en el tiempo y el lugar en
que se desarrolla la vida y la actividad de Teresa; con qué formas, o en qué
prácticas se expresaba entonces el sentimiento religioso del pueblo.
La expresión oficial
de la r. p. ha sido siempre en la Iglesia la liturgia, estructurada
inicialmente a partir del siglo III, con relación a algunos tiempos especiales.
En la Edad Media se configuró una r. p. no oficial, como complemento y
prolongación de aquella liturgia, que por sus textos y el uso exclusivo de la
lengua latina en todos sus actos, no satisfacía las legítimas aspiraciones del
pueblo fiel, para expresar el dinamismo de su fe y de su devoción (cf Rosmini,
A., Delle cinque piaghe della Santa Chiesa, Brescia, 1971, 18 y 21).
De ahí nacieron, por
inspiración también de algunas situaciones de carácter social, los santuarios y
las ermitas, como réplica a las iglesias parroquiales; los festejos y los
«gozos» en honor del Santo Patrón o de la Virgen Abogada, como prolongación de
las fiestas litúrgicas; incluso las asociaciones y las cofradías cultuales y de
asistencia, como otras formas de practicar las obras de misericordia.
Expresiones todas de la más pura r. p.
b) El siglo XVI heredó
éstas y otras formas de r. p., y las universalizó y las potenció. Entre las
formas más arraigadas destacan la devoción a Jesucristo, a la Virgen María y a
los Santos, representados en iconos e imágenes, en pasos de Semana Santa … en
los que la belleza y el sentimiento religioso rivalizan con la fuerza de la
piedad y la devoción.
Este es el corazón de
la r. p., que late todavía hoy lleno de vitalidad. G. de Rosa afirmaba en 1980:
“En la religión popular, Jesucristo juntamente con la Virgen María y los Santos
ocupan un lugar destacado, lo mismo que los actos de culto y de devoción, que
se practican en su honor” (G. de Rosa, «EvÁngelizzare»…., 547).
Junto con esto se
difunde el culto a la Eucaristía, como réplica a las doctrinas luteranas; a la
Santa Cruz y a las reliquias. Se generaliza la piadosa práctica del Via Crucis,
que al paso del tiempo evoluciona hasta tomar la forma actual. Son frecuentes
las procesiones penitenciales, cultuales y de rogativas, y las de exaltación de
los Santos, lo mismo que las peregrinaciones y las romerías a ermitas y
santuarios famosos.
La devoción en esta
época, como siempre, comprendía el amor, la veneración y la imitación de los
Santos y de la Virgen María, como actos interiores de culto; y también la
celebración de sus fiestas y la veneración y el culto tributado a sus imágenes.
A este propósito dice
De la Rosa: “Hay que poner de relieve que en la religiosidad popular el culto
de María y de los Santos tiene un carácter festivo. Se les honra haciendo
fiestas en su honor” (G. de Rosa, «Evangelizzare»…, 548). Pancheri insiste en
esta idea clave y fundamental: “La fiesta, con sus celebraciones rituales
simbólicas, llenas de colorido y fantasías, es el momento típico y sumamente
expresivo de la religiosidad popular” (F. S. Pancheri, 86).
c) En el terreno de
las creencias el homo religiosus del siglo XVI, protagonista de la r. p., vive
intensamente, con amor y temor su vinculación con Dios, con Jesucristo
Redentor, con la Virgen María, los Santos y la Iglesia. Vive en un ambiente de
«sacralización».
Este sujeto de la r.
p, vivía inmerso en la realidad de Dios, que daba sentido a su misma vida.
Interpretaba en sentido de providencia la pobreza, el trabajo y la
enfermedad…, dominado por los misterios de la escatología, por el
«maravillosismo», y por un espíritu de «localismo», o de sacralización del
espacio y del tiempo. Hasta los Santos, san Juan de la Cruz, por ejemplo, son
deudores a las influencias del ambiente. El entusiasmo incluso que todos
sentían por la práctica de la oración mental es un tema que pertenece a este
capítulo, porque en esa época, como dice M. Bataillon, “todo el pueblo se
precipitaba en la oración”.
Hay que añadir aquí un
capítulo sobre los milagros de carácter físico y moral, como integrantes de la
r. p. La «miIagrería» estaba como profesionalizada. Y los videntes, curanderos
y taumaturgos eran unos profesionales más, en aquella sociedad cargada de
conductas extrañas y sorprendentes.
Añadamos también, como
contrapunto al «maravillosismo» religioso el tema del «demonismo». La figura
del demonio, su presencia y su influencia en la vida espiritual, en particular
en las personas que se dedicaban a la práctica de la oración mental, es una
nota distintiva del siglo XVI español, tanto que la actitud de muchas personas
en este contexto rayaba en lo morboso.
A este propósito
escribía D. Chicarro en la Introducción al libro de la Vida de santa Teresa
(1979): “Es un rasgo de la época. La figura del demonio, como personificación
del mal, que engaña a las almas, ocupa un lugar relevante en los escritos de
espiritualidad del siglo XVI. Su figura estaba rodeada de sugestión y de
misterio, que llegaba a lo morboso, por lo incomprensible. Nadie veía raro en
la España del XVI los frecuentes casos de posesión diabólica, y estudiaban con
detalle las relaciones entre magia y profecía, sólo por considerar que el
demonio era el agente impulsor. Teresa de Jesús, hija del ambiente –nadie lo
ignora– fue víctima de bastantes de estas actitudes y convicciones” (pp.87-88).
d) La época del
«maravillosismo» es al mismo tiempo la de las prácticas penitenciales y de la
exaltación de los Santos; de procesiones y peregrinaciones a santuarios y a
otros lugares de especial significación. Las celebraciones de las grandes
solemnidades litúrgicas incluían la predicación de sermones prolijos y de
relumbrón, que los fieles escuchaban atentos y devotamente, y que cumplían una
función catequética y de instrucción religiosa.
4. Teresa de Jesús,
testigo de r. p.
Sobre esta falsilla,
que hemos dibujado, podemos situar en línea las diversas y más importantes
manifestaciones de r. p., que nos ofrece Teresa de Jesús. Haremos una selección
de los datos más significativos, agrupados bajo títulos generales.
En el terreno de las
creencias, T vive motivada por los grandes principios de la vida cristiana, que
determinan su modo de pensar, de sentir y de actuar frente a Dios y a
Jesucristo, frente a lo «sacro» en general, y frente a las cosas terrenas. En
estos principios se funda la valoración que ella hace de todo cuando existe y
de su propia existencia.
Teresa de Jesús se mueve
en ese clima de r. p., que no reduce la actividad, ni el trabajo material, sino
que lo estimula y lo acentúa, con el deseo de conseguir lo que es definitivo:
la vida eterna. Su preocupación dominante desde niña fue vivir en esa verdad:
“Estaba tan puesta en ganar bienes eternos, dice, que por cualquier medio me
determinara a ganarlos” (V 5,2; cf V 1, 4).
Los conocimientos que
T tenía de Dios, de Jesucristo, de la Iglesia y, en general, de las realidades
sobrenaturales, hasta una edad madura, hacia los 40 años, por ejemplo, no eran
muy profundos ni ilustrados, sin restar ningún valor a sus comportamientos.
Dice de sí misma, que no conocía bien cómo estaba Dios presente en todas las
cosas, por esencia, presencia y potencia, hasta que no recibió una merced
especial del Señor (M 5,1,10; V 18,16). Esto mismo le hacía estar abierta a
recibir y aceptar con facilidad lo «maravilloso» y a ser proclive a la
«milagrería», aunque aconseje que no debemos pedir a Dios que realice sin más
milagros (cta 174,2). Ella estaba persuadida de que la fundación de algunos de
sus conventos se había realizado con algún milagro (F 14,10; R 9).
La actitud que T
mantuvo frente al demonio y cuanto dice sobre él, sobre su influencia y
apariciones… lleva el signo de la más pura r. p. de su tiempo. Su modo de
pensar y de actuar en parte difiere del de san Juan de la Cruz. Su actitud y
las descripciones que hace de algunos fenómenos demoníacos obedecen al parecer
a ideas obsesivas y rayan en lo morboso. Por lo mismo, Teresa de Jesús es testigo
singular del ambiente de la época.
El demonio es para
santa Teresa la personificación del mal, de todo el mal. Todo lo malo que le
sucede personalmente a ella, o a la Reforma de la Orden, o a sus amigos y
colaboradores, o a las comunidades reformadas, es obra del demonio. Su
protagonismo para lo malo, de manera particular en las almas de oración, está
al mismo nivel que el de Dios, de quien proceden todos los bienes (V 8 y 11, y
passim).
Santa Teresa fue
testigo de muchas apariciones e insidias del demonio. Describe con precisión su
«abominable figura» (V 38,23; 31,2,4-5), «con cuernos» (V 38,23), y el
contexto, o escenario de sus acciones diabólicas, con imágenes y terminología
del tiempo: hedor, olor a piedra azufre (V 31,6), llamas del infierno, tridente
en sus manos. Como era frecuente en autores espirituales y en personas
dedicadas a la oración, también T traduce las sugestiones diabólicas en
visiones corporales, insistentes y agobiantes. Ella lo veía en circunstancias
inverosímiles y en los momentos menos indicados, como un negrillo abominable (V
31,4-5); se le ponía sobre el breviario abierto, para impedirle el rezo del
oficio divino (V 31,10). En una ocasión presenció una contienda de demonios con
ángeles (V 31,11), y los vio en otras actitudes y circunstancias (V 38,4, y
39,24-25).
Santa Teresa habla en
más de una ocasión de la posesión diabólica, o del señorío que tiene el demonio
sobre algunas almas (V 5,4-5; 38,23-25), y de los hechizos diabólicos, como
reminiscencias y eco de la literatura religiosa de la época. La página sobre el
cura de Becedas rezuma sabor de un relato de pura r. p. (cf M. Lepée, «Sainte
Thérèse de Jesus et le Démon», EtCarm, Satan (1948), 98-103).
En el terreno
devocional son innumerables los datos y argumentos que manifiestan la actitud
de Teresa de Jesús, como expresión de r. p. Su devoción tuvo estos puntos de
referencia más intensos e importantes: Jesucristo en los misterios de la
infancia, de la Pasión y muerte, y de la Eucaristía; la Virgen María y san
José; los Santos en general, y las reliquias. Todo esto pertenece a la
expresión más pura de la r. p.
Por otra parte, las
formas y el estilo de vivir su devoción, hacen de T una testigo y un testimonio
cualificado de la religiosidad del pueblo. Su devoción no se reducía a rezos y
recitación de oraciones vocales, a obsequios espirituales, a fórmulas de
alabanza y gestos de imitación. Integró también la celebración de las fiestas y
la veneración de las imágenes llevadas en ocasiones en procesión. Era el modo
de vivir entonces la auténtica r. p., como hemos visto más arriba.
a) Todos los
tratadistas consideran el culto y la devoción a Jesucristo como el centro de la
r. p. En la vida y en la espiritualidad de Teresa de Jesús. El ocupa el lugar
más íntimo. El centró todas sus aspiraciones. Toda su vida fue muy “devota de
Cristo” (V 22, 4). Celebraba con solemnidad y con gran alegría los misterios de
su infancia: el nacimiento y la presentación en el templo. Se ha hecho clásico
el estilo teresiano de vivir esos misterios. En la misma línea celebraba los
misterios de la pasión de Jesús, asociada a su dolor y a los desgarros que
sufrió su humanidad sacratísima.
Al margen de
conceptualismos y especulaciones sobre su divinidad, ella consideraba
fundamentalmente a Jesucristo como un amigo fiel (V 22,10; 37,5), con el que
trataba con gran familiaridad y confianza. A Teresa de Jesús le gustaba meditar
los misterios de la Pasión del Señor. Le causaba gran efecto la oración del
huerto (V 9, 3-4; cf V. 3,1; 10,2; 13,13; 23,17; 24,3; C 26,5). Le gustaba
también con preferencia meditar y representarse la escena del Cristo atado a la
columna (V 13,12-22; C 26,5), y era muy devota de una imagen de este misterio,
que se veneraba en una ermita. Ante otra imagen de un Cristo muy llagado tuvo
lugar en un día de la Cuaresma su conversión definitiva al Señor (V 9,1). De
aquí procede su devoción a la Santa Cruz, a la que hizo un bello poema.
La devoción que
profesó a la Samaritana se debe a la cercanía y a la relación que tuvo con
Jesús, como lo recuerda la escena junto al pozo de Jacob (Jn 4,7). Desde niña
había contemplado esta escena en un cuadro que se veneraba en casa de sus
padres.
La devoción de T a la
Eucaristía es proverbial, y demuestra también su r. p. La comunión era para
ella el momento más importante del día. Por otra parte, todo su deseo era
glorificar a Cristo Sacramentado y extender su culto. Esto la animó a fundar
sus conventos, para que hubiera una iglesia más, en la que se rindiese culto a
Jesús Eucaristía, oculto en el sagrario: “Para mí es grandísimo consuelo ver
una iglesia más donde haya Santísimo Sacramento” (F 3, 9).
b) La devoción de T a
la Virgen María, a su esposo san José y a los Santos presenta las rasgos más
característicos de la r. p. Con relación a la Virgen María resaltan las
actitudes de súplica, de confianza y amor filial. La invoca como mediadora y
protectora; y la amaba e imitaba como Madre espiritual. Desde niña Teresa de
Cepeda fue educada por su madre en esta devoción, que practicó durante toda su
vida. Como rasgo típico, a Ella acudió con la ingenuidad de una niña
angustiada, cuando quedó huerfana de madre, ‘suplicándola con lágrimas que
hiciese Ella las veces de una madre’ (V 1,7).
Profesó grande
devoción a algunas imagenes de María, ante las que protagonizó algunos gestos
significativos. Cuando fue nombrada priora del monasterio de la Encarnación de Ávila
colocó una imagen de la Virgen en la silla prioral del coro (R 25). Envió una
imagen devota a la fundación del convento de Caravaca. A la fundación de
Villanueva de la Jara llevó la imagen de la Virgen, conocida como La Paloma. En
la sala de la recreación del primer monasterio reformado, el de San José de Ávila,
colocó la piadosa imagen de Nuestra Señora Hilandera. En sus viajes portaba
cruces, imágenes, agua bendita y otros objetos religiosos. Muchas veces llevaba
como compañera una imagen de Nuestra Señora de la Consolación.
Algo parecido podemos
decir de la celebración de las fiestas. Le gustaba participar en las
celebraciones de los grandes misterios del calendario litúrgico. Más de una vez
asistió en la iglesia del convento de los Dominicos de Ávila, escuchando el
sermón de circunstancias. Así lo hizo en la fiesta de la Asunción de 1561. Ella
instituyó también para su Reforma la celebración solemne de la fiesta de la
Presentación de la Virgen (R 60,2).
En esta misma línea
debemos interpretar su devoción a san José, y a algunos Santos, Los capítulos
4-6 del libro de su Vida –sobre todo este último– son un claro exponente de r.
p. en el terreno de los sentimientos y creencias religiosas, y en el de las
devociones.
Su devoción popular
alcanza su mayor expresividad con relación al Patriarca san José. La joven
Teresa –apenas tenía cumpidos 25 años– a los pocos meses de haber abrazado la
vida religiosa cayó gravemente enferma. Su enfermedad era un misterio. Se
ensayaron en ella numerosos fármacos y curas; pero, nada consiguió remediar su
situación. Estuvo a la muerte. Viendo que todas las medicinas naturales
resultaban ineficaces para curar las dolencias que venía padeciendo, acudió al
Patriarca san José, que de manera milagrosa remedió todos sus males. Una página
del cap. VI de su autobiografía nos da a conocer sus sentimientos, y revela el
ambiente de su fe y de su devoción, en el contexto de la r. p. (V 6,6.7).
En el mismo contexto
hay que interpretar su devoción a algunos Santos, a los que acudía para que la
librasen del demonio, en particular a san Miguel (V 22,4). Profesaba gran
devoción a santa Clara (V 33,13) y al Rey David, cuya fiesta figuraba en el
calendario litúrgico carmelitano (F 29,11). Era devota también de san Martín de
Tours (cta 201), y de los santos Elías y Eliseo (cf M 6,7,8; F 27,17).
La sacralización del
tiempo y del espacio es otra de las notas características de la r. p. desde la
Edad Media, que se acentuó en la época de Teresa de Jesús. A este concepto
responden la institución y celebración de fiestas, los rezos, etc., así como la
construcción de monasterios, iglesias, santuarios, ermitas, capillas,
oratorios, y las peregrinaciones y romerías…
Santa Teresa de Jesús
–como hemos visto– era amiga de celebrar las fiestas de Jesucristo y de la
Virgen María, de san José y otros Santos; las fiestas de Navidad y del Corpus
Christi (V 30,11); la fiesta del Nombre de Jesús (cta 172,14) y del Espíritu Santo
(V 38,9-11; F 24,12).
a) Era muy aficionada
a rezar oraciones vocales, costumbre que había heredado de su madre (V 1,1;
3,2). Incluso se apartaba con frecuencia “a soledad a rezar” (V 7,2). Con este
espíritu cumplía con la obligación de recitar el Oficio divino: maitines,
prima, vísperas y completas…
b) En forma parecida
trabajó con celo incansable por la sacralización del espacio, o del suelo. La
fundación de conventos reformados, que la ocupó de lleno durante más de veinte
años –los últimos de su vida– obedeció en gran parte a su deseo, que era una
aspiración eficaz, de abrir nuevas iglesias, donde haya Santísimo Sacramento (F
3,10). Esto era para ella de grandísimo consuelo y satisfacción.
Ante este acuciente
deseo, no dejó de hacer una fundación por trabajos y contratiempos que
surgieran, con tal de que en aquella casa se alabase a Dios, y hubiera un
sagrario más con el Santísimo Sacramento (cf F 18,5). Por esto, sentía dolor
por haber realizado la fundación en Salamanca, y no haber puesto el Santísimo
(F 19,6): “Aunque no sea sino haber otra iglesia adonde está el Santísimo
Sacramento más, es mucho” (F 29, 27).
En esta misma línea
podemos interpretar esa auto-confesión que hizo la Santa: “Me veían… amiga de
hacer pintar su imagen (de Dios) en muchas partes, y de tener oratorio y
procurar en él cosas que hiciesen devoción” (V 7,2).
Teresa de Jesús es un
testimonio cualificado también a favor de otros datos y aspectos
característicos de la r. p. Peregrinó, siendo joven, al Santuario de Nuestra
Señora de Guadalupe (Cáceres). Creó en algunos monasterios reformados algunas
ermitas, y era muy aficionada a retirarse a ellas en soledad para orar mejor
(cf V 1,5; 39,3; F 1,7; 39,3; Cons IX, 15). Era devota de tener reliquias de
Santos, y en ocasiones envió algunas a otros monasterios, y a religiosas y
familiares (cta 2,13; 24,14).
Tenía mucha devoción a
Cristo crucificado; y le gustaba tomar en su mano una cruz, porque le parecía
que por este medio Dios le daba ánimo para vencer a todos los demonios (V
25,19; 29,4; 30, 1). En Burgos fue a visitar a un Cristo crucificado, que se
veneraba precisamente en la capilla del Santo Cristo de la magnífica catedral
gótica (F 31,18).
7. Conclusión
A la vista de los
datos y testimonios biográficos de Santa Teresa de Jesús, y de sus enseñanzas
–sólo hemos aportado aquí unos apuntes indicativos– podemos concluir en forma
parecida a como lo hicimos en 1981. La personalidad de T es fruto de sus
profundas vivencias espirituales, que tuvieron su origen en distintas
corrientes de pensamiento; fruto a su vez de una labor consciente y
responsable, continuada y perseverante sobre sí misma, mantenida por la Madre
Teresa con “determinada determinación” (C 21,2).
Esta labor transformó
el estilo y las formas de la religiosidad popular inicial en la joven Teresa
con una disponibilidad abierta a experimentar los más altos fenómenos del
misticismo. Religiosidad popular y mística constituyen en ella una unidad
maravillosa, que irradia desde el vértice de su personalidad indefinible. Por
esto, su testimonio en este campo, está matizado por unas características de
singularidad.
La r. p. fue tan
connatural en la Madre Teresa –como escribí en 1981– como su mismo estilo
literario. No hay en ella nada de artificio. Se educó en ella; se abrió a la
vida estimulada y sostenida por el calor de su ambiente. A lo largo de los años
pudo mantener sin mayor dificultad todos sus postulados fundamentales, y
fomentar sus prácticas más características, vitalizadas con el carisma de su
alta espiritualidad. Ayudada por el conocimiento sapiencial, que ella adquirió
en la práctica de la oración mental, supo discernir la auténtica piedad popular
de las devociones a bobas, y utilizar sus valores positivos para manifestar su
profundo e incondicional amor a Jesucristo y a los Santos.
Esto ha hecho que la
madre Teresa de Jesús, maestra y líder de una espiritualidad cualificada, culta
y elitista, sea al mismo tiempo uno de los testimonios más autorizados en la
práctica de la r. p. Ella fue el fundamento y el soporte, el clima y la
atmósfera en la que floreció y llegó a su más alta expresión su doctrina y su
experiencia espiritual.
BIBL. – Estrada, J.
A., La transformación de la religiosidad popular, Sígueme, Salamanca 1986,
136; Guijarro Álvarez, I. – Morata Barros, J., «Bibliografía sobre religiosidad
popular», Comunidades: Religiosidad popular 81 (1994) 1-39; Llamas, E. «Santa
Teresa de Jesús y la religiosidad popular» RevEspir 159-160 (1981) 215-252;
Maldonado, L., Religiosidad popular. Nostalgia de lo mágico, Cristiandad,
Madrid 1976; Id., Introducción a la religiosidad popular, Sal Terrae, Santander
1985, 227; de Pablo Maroto, D., «San Juan de la Cruz, testigo de la
religiosidad popular, Salmant. 38 (1991) 65-88; Pancheri, F. S., «La
religiosità popolare» Il Santo 20 (1980) 55-93; de Rosa, G., «Evangelizzare la
religione popolare» La CivCat (1980) IV, 540-551 (cf Ib 437- 451).
E. Llamas
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