Jn 1, 29-34 – JAP

HAMBRE DE ESPIRITUALIDAD

Las primeras generaciones cristianas sabían muy bien que «bautizarse» significa literalmente sumergirse en el agua, bañarse o limpiarse. Por eso, diferenciaban muy bien el «bautismo de agua» que impartía el Bautista en las aguas del Jordán y el «bautismo de Espíritu Santo» que reciben de Jesús.

El bautismo de Jesús no es un baño corporal que se recibe sumergiéndose en el agua, sino un baño interior en el que nos dejamos empapar y penetrar por su Espíritu, que se convierte dentro de nosotros en un manantial de vida nueva e inconfundible.

Por eso, los primeros cristianos  bautizaban invocando el nombre de Jesús sobre cada bautizado. Pablo de Tarso dice que los cristianos están bautizados en «Cristo» y, por eso, han de sentirse llamados a «vivir en Cristo», animados por su Espíritu, interiorizando su experiencia de Dios y sus actitudes más profundas.

No es difícil observar en la sociedad moderna signos que manifiestan un hambre profunda de espiritualidad. Está creciendo el número de personas que buscan algo que les dé fuerza interior para afrontar la vida de manera diferente. Es difícil vivir una vida que no apunta hacia meta alguna. No basta tampoco pasarlo bien. La existencia termina haciéndose insoportable cuando todo se reduce a pragmatismo y frivolidad.

Otros sienten necesidad de paz interior y de seguridad para hacer frente a sentimientos de miedo y de incertidumbre que nacen en su interior. Hay quienes se sienten mal por dentro: heridos, maltratados por la vida, desvalidos, necesitados de sanación interior.

Son cada vez más los que buscan algo que no es técnica, ni ciencia, ni ideología religiosa. Quieren sentirse de manera diferente en la vida. Necesitan experimentar una especie de «salvación»; entrar en contacto con el Misterio que intuyen en su interior.

Nos inquieta mucho que bastantes padres no bauticen ya a sus hijos. Lo que nos ha de preocupar es que muchos y muchas se marchan de nuestra Iglesia sin haber oído hablar del «bautismo del Espíritu» y sin haber podido experimentar a Jesús como fuente interior de vida.

Es un error que en el interior mismo de la Iglesia se esté fomentando, con frecuencia, una espiritualidad que tiende a marginar a Jesús como algo irrelevante y de poca importancia. Los seguidores de Jesús no podemos vivir una espiritualidad seria, lúcida y responsable si no está inspirada por su Espíritu. Nada más importante podemos hoy ofrecer a las personas que una ayuda a encontrarse interiormente con Jesús, nuestro Maestro y Señor.

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Jn 1, 5-8.19-28 – JAP

TESTIGOS DE LA LUZ

La fe cristiana ha nacido del encuentro sorprendente que ha vivido un grupo de hombres y mujeres con Jesús. Todo comienza cuando estos discípulos y discípulas se ponen en contacto con él y experimentan «la cercanía salvadora de Dios». Esa experiencia liberadora, transformadora y humanizadora que viven con Jesús es la que ha desencadenado todo.

Su fe se despierta en medio de dudas, incertidumbres y malentendidos mientras lo siguen por los caminos de Galilea. Queda herida por la cobardía y la negación cuando es ejecutado en la cruz. Se reafirma y vuelve contagiosa cuando lo experimentan lleno de vida después de su muerte.

Por eso, si a lo largo de los años, no se contagia y se transmite esta experiencia de unas generaciones a otras, se introduce en la historia del cristianismo una ruptura trágica. Los obispos y presbíteros siguen predicando el mensaje cristiano. Los teólogos escriben sus estudios teológicos. Los pastores administran los sacramentos. Pero, si no hay testigos capaces de contagiar algo de lo que se vivió al comienzo con Jesús, falta lo esencial, lo único que puede mantener viva la fe en él.

En nuestras comunidades estamos necesitados de estos testigos de Jesús. La figura del Bautista, abriéndole camino en medio del pueblo judío, nos anima a despertar hoy en la Iglesia esta vocación tan necesaria. En medio de la oscuridad de nuestros tiempos necesitamos «testigos de la luz».

Creyentes que despierten el deseo de Jesús y hagan creíble su mensaje. Cristianos que, con su experiencia personal, su espíritu y su palabra, faciliten el encuentro con él. Seguidores que lo rescaten del olvido y de la relegación para hacerlo más visible entre nosotros.

Testigos humildes que, al estilo del Bautista, no se atribuyan ninguna función que centre la atención en su persona robándole protagonismo a Jesús. Seguidores que no lo suplanten ni lo eclipsen. Cristianos sostenidos y animados por él, que dejan entrever tras sus gestos y sus palabras la presencia inconfundible de Jesús vivo en medio de nosotros.

Los testigos de Jesús no hablan de sí mismos. Su palabra más importante es siempre la que le dejan decir a Jesús. En realidad el testigo no tiene la palabra. Es  solo «una voz» que anima a todos a «allanar» el camino que nos puede llevar a él. La fe de nuestras comunidades se sostiene también hoy en la experiencia de esos testigos humildes y sencillos que en medio de tanto desaliento y desconcierto ponen luz pues nos ayudan con su vida a sentir la cercanía de Jesús.

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Jn 1,6-8. 19.28 – CMM

En medio de ustedes hay uno al que ustedes no conocen

  1. Vivimos en un mundo de injusticias, de violencia, de marginación, de guerras, de odios de todo tipo, de problemas económicos. Sentimos la impotencia frente a tantos problemas que hoy conocemos mejor por los medios de comunicación. Nos parece caminar a la deriva. Estar metidos en un desierto: lugar árido, donde no hay agua, vegetación, lugares donde habitar, símbolos de esperanza. Muchos piensan que no hay solución; que todo está perdido porque el mal domina en la sociedad y en todas partes dejando secuelas de muerte, marginación, angustia existencial. Tenemos la impresión, como se dice, de estar dejados de la mano de Dios.
  2. El Adviento, tiempo de conversión y de esperanza, debería abrirnos al esfuerzo por superar esos problemas que agobian a la humanidad. Podemos hacerlo en nuestro pequeño medio, como el Bautista, siendo una voz que clama en este desierto y que con el testimonio de vida proclama la presencia y la acción de Cristo resucitado en medio de nosotros aunque no lo experimentemos sensiblemente. La segunda lectura nos invita a estar siempre alegres en medio de las tribulaciones. La alegría es compatible con el sufrimiento; no lo es con la tristeza. Podemos y debemos estar alegres porque tenemos la certeza de la fidelidad de Dios que cumplirá su promesa de ayudarnos en todo momento; de acompañarnos hasta el fin de los tiempos.
  3. Todos estamos llamados a ser precursores de la venida del Señor, testigos de su presencia invisible pero real que renueva nuestra confianza. Estamos llamados a ser una voz de esperanza en el desierto de nuestro mundo. Nosotros no somos capaces de transformar el desierto, pero sí de preparar la venida del Señor al corazón de las personas. Él es la luz, nosotros sus testigos. Podemos hacer poco, pero eso poco nos lo pide el Señor: que reanimemos la confianza en nuestros hermanos con el testimonio de una vida que contribuye a crear un mundo más justo y más humano. Que nuestro Adviento sea la esperanza y el compromiso en hacer que la luz de Cristo ilumine y transforme poco a poco el desierto. No olvidemos que Dios nos pide preparar el camino de su llegada. Estamos llamados a ser como el Bautista.

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