En la vida y en los escritos de santa Teresa, el amor es tema que se desdobla en dos aspectos fundamentales: la afectividad amorosa (experiencia y pensamiento), y el amor teologal, que en ella adquiere quilates especiales dentro de la experiencia mística. Uno y otro muy vinculados entre sí. Aquí trataremos sólo del primero. Dejamos para otros apartados del Diccionario el aspecto primero así como amigos, amistad, a los que remitimos.
1. La experiencia del
amor en el relato de “Vida”
El amor ocupa puesto
importante en la psique de Teresa. Su afectividad, rica en facetas, es
primordialmente amorosa. De ahí la relevancia que adquiere en el relato de
Vida, teniendo en cuenta, sobre todo, el enfoque introspectivo que la autora ha
dado a ese y a otros ensayos autobiográficos. Al escribir el libro, T tiene
clara conciencia del papel determinante que el amor ha jugado en su historia
humana y en su vida espiritual. Su drama íntimo consistió en cómo pasar del
amor humano al amor divino. Basta seguir su relato para comprobarlo.
a) En el hogar. –
Teresa comienza la narración por el ambiente y los episodios hogareños. Ella
forma parte de una familia numerosa: tres hermanas, y ocho (o nueve) hermanos,
más los padres, y el séquito de domésticos, que alternan vida entre la ciudad
de Ávila y la aldea de Gotarrendura. En la familia, ella es “la más querida” de
todos. Infancia sin lagunas afectivas. La docena de hermanos es oriunda de dos
madres (en primeras y segundas nupcias de don Alonso). Muy querida ella, sin
reticencias, por su medio-hermana mayor, María. Cuando T quede huérfana de
madre a los 13/14 años, esta su hermana seguirá desempeñando funciones de
madre. Don Alonso no alejará del hogar a T para internarla en un pensionado,
sino cuando falte de casa María, casada y residente en una aldea. Aún después
del matrimonio de ésta, T recuerda y subraya el amor con que ella y su marido
la acogen en Castellanos de la Cañada: “era extremo el amor que me tenía… y
su marido también me amaba mucho” (3,3). Amor fraterno con predilecciones
normales: primero para Rodrigo, que es el hermano que la precede en edad (“era
el que yo más quería”: 1,4), y luego para Lorenzo, que es el que la sigue. La
afectividad familiar de T sufre el impacto de la orfandad, al perder a su
madre: “comencé a entender lo que había perdido…” (1,7).
Sólo que entre tanto
–entre adolescencia y juventud–, T ha caído en la red de los amoríos juveniles
a primos y a otros que le hacen la corte. Es entonces cuando ella conoce el
amor pasional y algo turbio de una o varias parientas de su edad (V 2,3-4).
Amores juveniles con clara orientación hacia un posible matrimonio: “era el
trato con quien por vía de casamiento me parecía podía acabar en bien” (2,9).
En el plano
imaginativo y emocional, ese panorama afectivo había sido precedido y
alimentado por la lectura de las fantasiosas novelas de caballerías, que no
eran cortas en idilios de amor, sin excluir escenas escabrosas. También esas
lecturas se sumarán al substrato afectivo de infancia y adolescencia, tan
importante para integrar el tejido psicológico de los años de madurez.
b) En la Encarnación.
– Para dar el paso hacia la vida religiosa, T no tuvo problema en desligarse
del afecto de los supuestos jóvenes pretendientes. Ese sector afectivo parece netamente
definido y rebasado a sus veinte años. En cambio, tiene que imponerse un
esfuerzo heroico en la dependencia del afecto paterno: “era tanto lo que me
quería (mi padre), que en ninguna manera pude acabar con él” la licencia para
ingresar (3,7). Tiene que fugarse de casa (4,1). Pero es tal su “sentimiento”,
que “no creo será más cuando me muera” (4,1). Si éste no es el primer caso de
conflicto entre amor y voluntad, sí es la primera vez en que ésta se impone
reciamente al corazón. En adelante, afectividad y volitividad (“determinación”,
dirá ella) alternarán en el drama humano de Teresa.
En el monasterio
sobrevendrá una jornada crucial a lo largo de casi veinte años. En la
Encarnación T tiene una “gran amiga”, Juana Juárez (3,2). Y probablemente otras
más. Ninguna de ellas enturbia su proceso de maduración afectiva. Tampoco le es
óbice el creciente amor de su padre. En cambio, entre los 29 y los 39 de edad,
T tiene que batirse por definir su relación afectiva con seglares que se
prendan de ella. Son probablemente antiguos amigos de juventud, que ahora
reanudan y distorsionan la afectividad de la joven religiosa. Con alternativas
de superación y retroceso. Y con más de un episodio simbólico de gran carga
emotiva, referido por ella con tintes coloristas: la visión del rostro de
Cristo, y el episodio del sapo (7, 6.8). Ni siquiera el hecho de su
“conversión” logra aclarar del todo esa situación de afectividad dispersiva y
mal definida. Ella misma sigue percibiéndola como una rémora en su maduración
personal, o más bien como un diversivo que le impide centrar y unificar su
afectividad a nivel religioso, en dirección cristológica, único rumbo posible
en coherencia con su condición de consagrada.
c) La liberación del
corazón. – En su autobiografía, T misma señala el momento cimero que fija la
división de vertientes en la dinámica de su amor. Lo refiere con todo detalle
en el capítulo 24. “Fue la primera vez que el Señor me hizo esta merced de
arrobamientos” (24,5). Es decir, fue su primer éxtasis el que le permitió
recuperar “en un punto (=en un instante) la libertad” de amar, “libertad que
yo, con todas cuantas diligencias había hecho muchos años había, no pude
alcanzar conmigo” (24,8). Ahora, según ella, ya no podrá amar “con amor
particular, sino a personas que entiendo le tienen a Dios” (24,6). Lo cual no
supondrá una reducción de fronteras. En adelante, el número de personas
realmente amadas por ella será incontable: monjas, letrados, directores
espirituales, obispos y superiores, parientes cercanos y lejanos, colaboradores
de viaje o de fundación o de ideales… Con claras predilecciones para algunos
y algunas como cuando era niña: ahora serán Báñez, Juan de la Cruz, Gracián,
María de san José, Ana, Teresita… Pero su mundo afectivo ha quedado definido
y unificado. Y su amor, “sacralizado”. Seguirá siendo humanísimo y femenino,
pero inmerso en su enamoramiento místico y condicionado por él.
2. Afectividad y
sexualidad
Esa secuencia de
hechos alternantes plantean el problema de “amor y sexualidad” en Teresa. Psicólogos
y biógrafos se lo han formulado expresamente desde enfoques contrapuestos. No
se trata únicamente de la consabida interpretación psicoanalítica del
enmascaramiento místico del amor o del instinto sexual. La pregunta del
psicólogo recae sobre la normalidad o la anomalía de la evolución afectiva y
sexual de T.
En el relato de Vida,
ya hemos notado que hubo momentos en que se perfiló un posible proyecto de amor
conyugal. Pero más de una vez ella misma ha testificado que nunca experimentó
los normales movimientos instintivos de la sexualidad. Cuando en la intimidad
de la dirección espiritual fraterna, su hermano Lorenzo pide consejo
reiteradamente a T sobre “movimientos sensuales que a él le sobrevienen en el
fervor de la oración” (c 182,5), ya antes le había respondido ella: “De esas
torpezas después, de que vuestra merced me da cuenta, ningún caso haga; que,
aunque eso yo no lo he tenido –porque siempre me libró Dios, por su bondad, de
esas pasiones–, entiendo debe ser que, como el deleite del alma es tan grande,
hace movimiento en el natural; iráse gastando con el favor de Dios, como no
haga caso de ello. Algunas personas lo han tratado conmigo” (cta 177,7: 17 de
enero de 1577).
Repitió esa misma
constatación en confidencias personales a monjas amigas. La más íntima de
todas, María de san José, cuenta que “deseando esta testigo saber… de ella en
esta materia de castidad, se lo preguntó; y que la dicha madre Teresa le
respondió: doy gracias a nuestro Señor, hija mía, que nunca en toda mi vida fui
molestada de tentaciones ni pensamientos deshonestos… Y dijo más esta
testigo: oía decir de una religiosa de mucho crédito que, tratando con la dicha
madre Teresa y comunicándole cierta aflicción que acerca de esta materia tenía,
le había respondido la dicha madre: cierto, hija, que como no sé de eso, no la
puedo satisfacer” (BMC 18, 500). Otra de sus íntimas, Ana de Jesús (Lobera),
declara: “diciéndole una de nosotras había leído que los deleites espirituales
despertaban alguna vez los corporales, que ¿cómo era eso?, respondió: no sé;
cierto, jamás me aconteció ni pensé que podía ser” (ib p. 470. – Cf el
testimonio de su sobrina Teresita, en p. 194). Afirmación que se repetirá
rutinariamente en los posteriores procesos de la Santa, una vez que la pregunta
se formule expresamente en el articulado procesal de 1610, en estos términos:
“Nunca tuvo tentaciones de la carne, y así, a manera de ángel, ignoraba
semejantes pasiones por especial gracia de Dios. Por cuya causa, si alguna
monja, atormentada con las tentaciones de la carne, se acogía por remedio a la
sierva de Dios, decía que ella no podía aconsejarla, porque jamás había
experimentado en sí estos movimientos” (BMC 20, p. XL: “Rótulo”, artículo 60).
A los psicólogos de
hoy esa constatación les ha planteado el problema de la sexualidad de T,
¿normal o no? Para responder, se subraya –quizás desmesuradamente– la
afirmación de ella misma ante la disyuntiva entre opción por el matrimonio o
por la vida religiosa: “deseaba no ser monja, que esto no fuese Dios servido de
dármelo, aunque también temía el casarme” (V 3,2). Se insiste en el último
inciso: “¡Temía casarme! ¡Desconcertante confesión de una adolescente que vivía
la explosión del primer enamoramiento serio!” (¡Notemos que se trata de una
“adolescente” de 17 a 18 años!) Y la conclusión a que se llega es: “la no
normal evolución de la sexualidad de ella”, debida a la educación recibida en
el hogar, a la lectura de los fantásticos e irreales libros de caballerías, y
al contexto cultural de Ávila y de la época. Quizás el historiador no coincida
con el veredicto del psicólogo. (Remitimos al estudio más reciente: J.
Sanmiguel Eguiluz: Límites sin fronteras. Teresa de Jesús y Juan de la Cruz a
la luz de la psicología, especialmente pp. 63-70). En todo caso, es en ese humus
donde arraigará y florecerá el sobrenatural amor místico de Teresa. Y también
ese dato habrá de ser tenido en cuenta cuando psicólogos y psicoanalistas pasan
de extremo a extremo al encontrarse con los fenómenos místicos narrados por
ella, concretamente con la transverberación del corazón (V 29,13; M 6,2,4; R
5,15-17), tantas veces leída por el envés del testimonio de la autora.
3. Amor y poesía
En Teresa, como en
ciertos místicos, la experiencia de Dios produjo una sublimación del amor.
(“Sublimación”, en la acepción corriente del término.) A ella le cuadra
exactamente la definición del “amor loco” de J. Maritain. Algunos de sus
éxtasis se producen por suprema exaltación del amor. Las heridas místicas que
culminan en la “gracia del dardo” (V 29), son traumas de amor. Es altamente
indicativo el grupo de vocablos utilizados por T al referir esa última
experiencia: corazón, entrañas, fuego, dardo de oro, toda abrasada en amor
grande de Dios… Todo ello enmarcado en el enunciado global: “crecía en mí un
amor tan grande de Dios, que no sabía quién me lo ponía, porque era muy
sobrenatural ni yo lo procuraba… Dábanme unos ímpetus grandes de amor” (V
29,8).
De suerte que el amor
constituye la esencia misma de la mística teresiana. Estar “enamorada” es el
estado subyacente de la psique de Teresa. “Enamorarse / enamorada” son vocablos
con relativa frecuencia en sus escritos. En todo caso, con estadística muy
inferior a los textos de fray Juan de la Cruz. Pero es igualmente determinante
la presencia del motivo amoroso en los poemas de ambos, en cuanto exponente
lírico de lo profundo.
En los poemas de
Teresa, el amor es una constante de sus poemas líricos. Vida, amor y muerte de
amor son el argumento del Poema 1º, que comienza: “Vivo ya fuera de mí /
después que muero de amor”. El Poema 2º es igualmente un canto de amor: “hoy os
canta amor así…” (estrofa primera). El Poema 3º glosa el verso del bíblico
Cantar de los Cantares: “dilectus meus mihi”: “rendida en los brazos del amor”
(estrofa primera), herida “con una flecha enherbolada de amor / ya yo no quiero
otro amor…” (estrofa segunda). El “coloquio amoroso” del Poema 4º comienza:
“si el amor que me tenéis, / Dios mío, es como el que os tengo…”, pretensión
amorosa que ya había sido codificada en un atrevido pasaje de Vida (37,8).
Siguen todavía, entre madrigal e idilio, los poemas 5º (“Dichoso el corazón
enamorado…”), 6º y 8º.
Esa especie de
sinfonía poética hace comprensible la sensibilidad de Teresa frente a poemas
como el Cantar de los Cantares, cuya imaginería le resulta obvia, hasta el
punto de no permitirle comprender -ni tolerar- ciertos gestos escandalísticos
de su época: “he oído a algunas personas decir que antes (=más bien) huían de
oírlas (oír o leer esos versos de los Cantares). ¡Oh válgame Dios, qué gran
miseria la nuestra! Que como a las cosas ponzoñosas, que cuanto comen se vuelve
en ponzoña, así nos acaece…” (Conc 1,3). Esa sensibilidad de T explica
igualmente la franca acogida que ella hace al Cántico espiritual de fray Juan
de la Cruz, apenas tiene noticia de las canciones del Santo, que también eran
“canciones que tratan del ejercicio de amor entre el alma y el Esposo Cristo”
(título de la glosa).
4. La lección
doctrinal
Es difícil sintetizar
aquí la pedagogía del amor en la praxis y en los escritos teresianos. Habría
que recorrer su epistolario y espigar detenidamente los testimonios de los
procesos de canonización de la Santa. Por ello, nos limitamos a la sola línea
doctrinal seguida por ella en el Camino y en las Moradas. Educación ascética
del amor, en el primero. Mística del amor, en las segundas.
Al principiante de
oración ya le había aconsejado ella en Vida (12,2) lo mucho que le conviene
“enamorarse” de la Humanidad de Jesús, desde los primeros pasos del camino
espiritual. También en el Camino comienza con la consigna de educar el amor.
Teresa escribe ese libro para lectoras principiantes: aprendices de vida
comunitaria en el nuevo estilo de la pequeñísima comunidad de San José; y
aprendices de oración y vida contemplativa. En uno y otro aspecto, ese
aprendizaje deberá comenzar por el amor. “Amor de unas con otras” (4,4) es la
primera de las tres virtudes o actitudes básicas que les propone. Sin amor no
habrá comunidad: “aquí todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se
han de querer, todas se han de ayudar” (4,7). Es cosa absurda convivir sin
amarse: cosa de “gente bruta” (4,10). Igualmente, el amor fraterno a nivel
horizontal será la base para el amor teologal, ya que la oración no consistirá
tanto en pensar mucho como en amar mucho.
A las jóvenes
aprendices del Camino les propone desde el primer momento el ideal del “amor
puro” o “amor puro espiritual”. Según ella, amor puro es, ante todo, el amor
desinteresado, libre de egoísmo, practicado con obras y no sólo con sentimientos.
Amor sacrificado, como el de Jesús, verdadero “capitán del amor” (6,9). Amor en
comunión, alegrándose y condoliéndose con las alegrías y los sufrimientos de
los otros (7,6-7). Amor basado, no en meras apariencias de belleza y simpatía,
sino en valores consistentes, capaces de eternidad (6,3). Teresa les diseña la
silueta del verdadero amante: “son estas personas que Dios llega a este estado
(al amor puro) almas generosas, almas reales; no se contentan con amar cosa tan
ruin como estos cuerpos, por hermosos que sean, por muchas gracias que tengan,
bien que place a la vista y alaban al Criador; mas para detenerse en ello, no.
Digo ‘‘detenerse’’ de manera que por estas cosas les tengan amor; les parecería
que aman cosa sin tomo y que se ponen a querer sombra; se correrían de sí
mismos y no tendrían cara, sin gran afrenta suya, para decir a Dios que le
aman” (6,4).
En la pedagogía del
Camino, el amor puro es un hito ideal. Pero flanqueado de escollos concretos:
el peligro de los “bandillos”, la sensiblería, el acaparamiento de afectos
ajenos. El más temible de esos escollos es, sin embargo, la carencia de amor.
La redacción primera del libro concluía así el argumento del amor: “quiero más
que se quieran y amen tiernamente y con regalo, aunque no sea tan perfecto como
el amor que queda dicho…, que no que haya un punto de discordia”. La
discordia o el desamor equivaldrían a “echar de casa al Esposo”, es decir, a
frustrar la dimensión vertical del amor, necesaria para la vida contemplativa
(cc. 4-7).
Será este último el
aspecto que T desarrollará en las Moradas, pasando ya de la ascesis del amor a
la mística del amor. Lo hará a base de dos afirmaciones fundamentales: que el
amor es unitivo, en cuanto el amor a los hermanos es medio para la unión mística
con Dios; y que el amor humano sólo puede llegar a plenitud en cuanto implique
el amor a Dios: “porque creo yo que según es malo nuestro natural, si no es
naciendo de raíz del amor de Dios, no llegaremos a tener con perfección el amor
del prójimo” (M 5,3,9). En un mundo marcado por los odios y la violencia, el
amor puro en la comunidad contemplativa se torna auténtico apostolado del amor:
“¿Pensáis que es poca ganancia que sea vuestra humildad tan grande… y el
servir a todas, y una gran caridad con ellas, y un amor del Señor, que ese
fuego las encienda a todas, y con las demás virtudes siempre las andéis
despertando?” Justamente eso será “allegar almas a Dios”, específico apostolado
de la contemplativa (M 7,4,14), apostolado del amor.
Modelo de amor loco
es, para T, el Poverelo de Asís, “cuando le toparon los ladrones, que andaba
por el campo dando voces, y les dijo que era pregonero del gran Rey… ¡Oh qué
locura, hermanas, si nos la diera Dios!” (M 6,6,11). Más aun, como modelos de
amor T preferirá a los dos grandes convertidos bíblicos, san Pablo y la
Magdalena: “en tres días el uno comenzó a entenderse que estaba enfermo de
amor: éste fue san Pablo; la Magdalena desde el primer día, y ¡cuán bien
entendido!” (C 40,3). Modelo excelso sobre todos, la Virgen María, en quien T
ve el sumo ejemplar amoroso de la Esposa de los Cantares. En ella se verificó
el verso “ordenó en mí el amor”: “Oh Señora mía, cuán al cabal se puede
entender por Vos lo que pasa Dios con la Esposa, conforme a lo que dice en los
Cánticos…” (Conc 6,8).
BIBL. – M. Herráiz,
Amor divino y humano en Teresa de Jesús, en «A zaga de tu huella. Estudios
Teresianos», Burgos 2001, pp. 269-283; L. Borriello, Amore, amicizia e Dio in
s. Teresa, en «Teresianum» 33 (1982), 282-330.
T. Álvarez