Lucas 2,15-20

Por Raniero Cantalamessa

Los pastores personifican la respuesta de fe ante el anuncio del misterio. Ellos abandonan su rebaño, interrumpen su reposo, lo dejan todo; todo pasa a un segundo término frente a la invitación dirigida por Dios a ellos: «Los pastores se decían unos a otros: “Vamos derechos a Belén, a ver eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor”. Fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño».

María personifica el planteamiento contemplativo y profundo de quien, en silencio, contempla y adora el misterio: «María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón».

Busquemos recoger la tácita invitación, que nos viene de estos modelos y acerquémonos también nosotros al misterio por los dos caminos de la fe y de la adoración.

Hay verdades y acontecimientos que se pueden entender mejor con el canto que con las palabras y una de ésas es precisamente la Navidad. Nos pueden ayudar a entender algo del misterio de esta fiesta algunos de los cantos navideños más populares del mundo cristiano. Ellos han inspirado a generaciones antes que a nosotros, han encantado nuestra infancia y para muchos permanecen el único reclamo al significado religioso de la fiesta.

El primero es Tu scendi dalle stelle esto es «Tú desciendes de las estrellas», compuesto por san Alfonso María de Ligorio. ¿Cómo se ve la Navidad en este canto navideño, el más popular en Italia? ¿Cuál es el mensaje, que nos quiere transmitir? La Navidad nos aparece en él como la fiesta del Amor, que se hace pobre por nosotros. El rey del cielo nace «en una gruta con frío y hielo»; al creador del mundo le «faltan panes y fuego». Esta pobreza nos conmueve sabiendo que «te has hecho amor pobre aún», que fue el amor quien te hizo pobre. Con palabras sencillísimas, casi infantiles (y ¡es un doctor de la Iglesia quien las escribe!), viene expresado el mismo significado profundo de la Navidad que el apóstol Pablo incluía en las palabras: «Nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de enriqueceros con su pobreza» (2 Corintios 8,9).

Navidad es, por lo tanto, la fiesta de los pobres, de todos los pobres, no sólo de los materiales. Hay infinitas formas de pobreza que, al menos una vez al año, vale la pena recordar, para no permanecer siempre fijos en la sola pobreza de los bienes materiales. Hay la pobreza de afectos, la pobreza de instrucción, la pobreza de quien ha sido privado de lo que tenía como más querido en el mundo, de la mujer rechazada por el marido o del marido rechazado por la mujer. La pobreza de quien no ha tenido hijos, de quien debe depender físicamente de los demás. La pobreza de esperanza, de alegría. En fin, la pobreza peor de todas, que es la pobreza de Dios.

Junto a todas estas pobrezas negativas, hay asimismo sin embargo una pobreza hermosa, que el Evangelio llama pobreza de espíritu. Es la pobreza de quien siente no tener méritos para establecerse delante de Dios y por ello no se apoya orgullosamente sobre sí mismo, no se siente superior a los demás, y está más preparado para poner toda su confianza en Dios.

¿Cuál es, por lo tanto, el mensaje que nos viene a nosotros del misterio de Navidad? Hay pobrezas, nuestras y de otros, contra las cuales es necesario luchar con todas las fuerzas, porque son pobrezas malas, deshumanizadoras, no queridas por Dios, fruto de la injusticia de los hombres; pero, ¡existen tantas formas de pobreza que no dependen de nosotros! Con estas últimas debemos reconciliamos, no dejarlas tirar fuera, sino llevarlas con dignidad. Jesucristo ha escogido la pobreza; hay en ella un valor y una esperanza. Quien ya cree tenerlo todo está satisfecho, no desea y no espera nada, y no esperando nada está triste y aburrido, porque la alegría más pura es la que viene precisamente de la espera y de la esperanza.

Tu scendi dalle stelle, sin embargo, nos recuerda igualmente alguna otra cosa: que hoy hay también niños, a los que «faltan panes y fuego», que están junto «al frío y al hielo», enfermos y abandonados. Ellos son el Niño Jesús de hoy. En Navidad debemos hacer algún gesto de solidaridad hacia los pobres. ¿Para qué nos serviría si construyésemos espléndidos pesebres, encendiésemos luces por todas partes, hiciésemos recogida de niñitos artísticos, si después dejamos junto al frío y al hielo a los «niños Jesús» en carne y huesos, que están junto a nosotros? «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25,40). A este respecto hay en la actualidad tantas iniciativas de solidaridad y sería necesario darlas a conocer más, para no hacer siempre y sólo propaganda del mal y de igual forma para estimularnos a sostenerlas.

Pasemos, ahora, a otro canto navideño, quizás el más estimado en todo el mundo. Se trata del conocidísimo Noche de paz (Stille Nacht, en su lengua original), compuesto una noche de Navidad por un alemán de nombre Gruber. El mensaje fundamental de este canto no está ni en las ideas, que comunica (casi ausentes), sino en la atmósfera que crea. Una atmósfera de asombro, de calma y, sobre todo, de fe. El texto original, traducido, dice:

«¡Noche de silencio, noche santa!

Todo calla, sólo vigilan los dos esposos santos y píos.

Dulce y querido Niño, duerme en esta paz celestial».

Este canto me parece cargado de un mensaje importante para la Navidad. Habla de silencio, de calma; y nosotros tenemos una necesidad vital de silencio. Quizás sea la condición para reencontrar algo sobre la verdadera atmósfera de fiesta, que hemos siempre soñado. «La humanidad, decía Kierkegaard, está enferma de ruidos».

La Navidad podría ser para alguno la ocasión para descubrir la belleza de momentos de silencio, de calma, de diálogo consigo mismo y con las personas, los ojos con los ojos, no cada uno con la oreja colgada del propio teléfono. Cuando pienso en la Navidad de mi infancia, el recuerdo más bello que aflora es el del breve viaje a medianoche hacia la iglesia o el despertar de la mañana, bajo una capa de nieve, que lo cubría todo en un extraordinario y dulcísimo silencio.

Un texto de la liturgia navideña, sacado del libro de la Sabiduría (18, 14-15), dice: «Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra omnipotente, oh Señor, se lanzó desde los cielos, desde el trono real»; y san Ignacio de Antioquía llama Jesucristo a «la Palabra salida del silencio» (Ad Magnesios 8,2). También hoy, la palabra de Dios desciende allá donde encuentra un poco de silencio.

María es el modelo insuperable de este silencio adorador. Se nota una clara diferencia entre su planteamiento y el de los pastores. Los pastores se ponen en camino diciendo: «Vamos derechos a Belén, a ver eso que ha pasado» (Lucas 2,15); y vuelven glorificando a Dios y contando a todos lo que habían visto y oído. María calla. Ella «no tiene palabras». Su silencio no es un simple callar; es maravilla, asombro, adoración, es un «religioso silencio», un estar abrumada por la grandeza de la realidad.

La interpretación más verdadera del silencio de María es la de ciertos iconos orientales, en donde ella está representada frontalmente, inmóvil, con la mirada fija, los ojos desencajados, como quien ha visto cosas que no se pueden volver a expresar. También, algunas célebres representaciones de la Navidad del arte occidental (Della Robbia, Lippi) nos muestran a María así: de rodillas delante del Niño, en un planteamiento de asombro y vencida adoración. Es una invitación a quien mira para hacer lo mismo. Un canto navideño, no menos conocido que los precedentes, el Adeste fideles, repite continuamente: «Venid, fieles, adoremos al Señor».

Termino con una bella leyenda navideña que resume todo el mensaje que hemos recogido de los dos cantos navideños: pobreza y silencio. Entre los pastores, que acudieron la noche de Navidad para adorar al Niño, había uno tan pobre que no tenía absolutamente nada para ofrecer y se avergonzaba mucho. Llegados a la gruta, todos hacían pugna por ofrecer sus dones. María no sabía cómo hacer para recibirlos a todos, debiendo sostener al Niño. Entonces, viendo al pastorcillo con las manos libres, coge y le confía, por un momento, a Jesús a él. Tener las manos vacías fue su suerte.

Es la suerte más bella que nos podría suceder a nosotros. Hacernos encontrar en esta Navidad con el corazón tan pobre, tan vacío y silencioso que María, viéndonos, pueda confiamos también a nosotros al Niño suyo. «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mateo 5,3). De ellos es la Navidad.

Lucas 2,1-14

Por: Raniero Cantalamessa

Tres o cuatro líneas dispuestas de palabras humildes y acostumbradas para describir, en absoluto, el acontecimiento más importante de la historia del mundo, esto es, la venida de Dios sobre la tierra:

«Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada».

El deber de esclarecer el significado y el alcance de este acontecimiento es confiado por el evangelista al canto que los ángeles entonan después de haber facilitado el anuncio a los pastores: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor».

A este breve canto angelical, desde el siglo II, le fueron añadidas algunas aclamaciones a Dios («Te alabamos, te bendecimos…»), seguidas, un poco más tarde, por una serie de invocaciones a Cristo («Señor Dios, cordero de Dios…»). Así, ampliado, el texto fue introducido primero en la misa de Navidad y después en todas las misas de los días festivos, como acontece también hoy. El Gloria, cantado o recitado al inicio de la misa, constituye por ello un anuncio de la Navidad, presente en toda Eucaristía, casi para significar la continuidad vital, que hay entre el nacimiento y la muerte de Cristo, su encarnación y su misterio pascual.

La aclamación angélica está compuesta por dos tramos, en los que cada uno de los elementos se corresponden entre sí en perfecto paralelismo. Tenemos tres parejas de términos en contraste entre sí: gloria-paz; a Dios-a los hombres; en los cielos-en la tierra.

Se trata de una proclamación gramaticalmente en indicativo, no en optativo; los ángeles proclaman una noticia, no expresan sólo un deseo y un voto. El verbo sobreentendido no es sea, sino es; no «haya paz», sino «es paz». En otras palabras, con su canto los ángeles expresan el sentido de lo que ha acontecido, declaran que el nacimiento del Niño realiza la gloria de Dios y la paz a los hombres. Así interpreta las palabras de los ángeles la liturgia, que en el canto de introducción de esta misa repite: «Hoy, desde el cielo, ha descendido la paz sobre nosotros».

Intentemos ahora recoger el significado de cada uno de los términos del cántico. «Gloria» (doxa) no indica aquí sólo el esplendor divino, que forma parte de su misma naturaleza, sino también y más aún la gloria, que se manifiesta en el actuar personal de Dios y que suscita glorificación por parte de sus criaturas. No se trata de la gloria objetiva de Dios, que existe siempre e independientemente de todo reconocimiento, sino del conocimiento o de la alabanza, de la gloria de Dios por parte de los hombres. San Pablo habla, en este mismo sentido, de «la gloria de Dios, que está en la faz de Cristo» (2 Corintios 4,6).

«Paz» (eirené) indica, según el sentido pleno de la Biblia, el conjunto de bienes mesiánicos esperados para la era escatológica; en particular, el perdón de los pecados y el don del Espíritu de Dios. El término es muy cercano al de «gracia», al que está casi siempre unido en el saludo, que se lee al inicio de las cartas de los apóstoles: «A vosotros gracia y paz, de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo» (Romanos 1,7). Indica mucho más que la ausencia o eliminación de guerras y de confrontaciones humanas; indica la restablecida, pacífica y filial relación con Dios, esto es, en una palabra, la salvación. «Habiendo, pues, recibido de la fe la justificación, estamos en paz con Dios» (Romanos 5,1). En esta línea, la paz vendrá identificada con la misma persona de Cristo: «porque él es nuestra paz» (Efesios 2,14).

En fin, el término «beneplácito» (Eudokia) indica la fuente de todos estos bienes y el motivo del actuar de Dios, que es su amor. El término, en pasado, venía traducido como «buena voluntad» (pax hominibus bonae voluntatis esto es, paz a los hombres de buena voluntad) entendiendo con ello la buena voluntad de los hombres o los hombres de buena voluntad. Con este significado la expresión ha entrado en el cántico del Gloria y ha llegado a ser corriente en el lenguaje cristiano. Después del concilio Vaticano II se suele indicar con esta expresión a todos los hombres honestos, que buscan lo verdadero y el bien común, sean o no creyentes.

Pero, es una interpretación inexacta, reconocida hoy como tal por todos. En el texto bíblico original se trata de los hombres, que son queridos por Dios, que son objeto de la buena voluntad divina, no que ellos mismos estén dotados de buena voluntad. De este modo el anuncio resulta aún más consolador. Si la paz fuese concedida a los hombres por su buena voluntad, entonces sería limitada a pocos, a los que la merecen; mas, como es concedida por la buena voluntad de Dios, por gracia, se ofrece a todos. La Navidad no es una llamada a la buena voluntad de los hombres, sino un anuncio radiante de la buena voluntad de Dios para con los hombres.

La palabra-clave para entender el sentido de la proclamación angélica es, por lo tanto, la última, la que habla del «querer bien» de Dios hacia los hombres, como fuente y origen de todo lo que Dios ha comenzado a realizar en la Navidad. Nos ha predestinado a ser sus hijos adoptivos «según el beneplácito de su voluntad», escribe el apóstol (Efesios 1,5); nos ha hecho conocer el misterio de su querer, según cuanto había preestablecido «según el benévolo designio (Eudokia)»(Efesios 1,5.9). Navidad es la suprema epifanía, de lo que la Escritura llama la filantropía de Dios, esto es, su amor por los hombres:

«Se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres» (Tito 3,4).

Hay dos modos de manifestar el propio amor a otro. El primero consiste en hacerle regalos a la persona amada. Dios nos ha amado así en la creación. La creación es toda ella un dádiva: don es el ser que poseemos, don las flores, el aire, el sol, la luna, las estrellas, el cosmos, en el que la mente humana se pierde. Pero, hay un segundo modo de manifestar a otro el propio amor, mucho más difícil que el primero, y es olvidarse de sí mismo y sufrir por la persona amada. Y éste es el amor con el que Dios nos ha amado en su encarnación. San Pablo habla de la encarnación como de una kenosis, de un despojarse de sí mismo, que el Hijo ha realizado al tomar la forma de siervo (Filipenses 2,7). Dios no se ha contentado con amarnos mediante un amor de munificencia, sino que nos ha amado también con amor de sufrimiento.

Para comprender el misterio de la Navidad es necesario tener el corazón de los santos. Ellos no se paraban en la superficie de la Navidad, sino que penetraban lo íntimo del misterio. «La encarnación, escribía la beata Ángela de Foligno, realiza en nosotros dos cosas: la primera es que nos llena de amor; la segunda, que nos hace seguros de nuestra salvación. ¡Oh caridad que nadie puede comprender! ¡Oh amor sobre el que no hay amor mayor: mi Dios se ha hecho carne para hacerme Dios! ¡Oh amor apasionado: te has deshecho para hacerme a mí! El abismo de tu hacerte hombre arranca a mis labios palabras tan apasionadas. Cuando tú, Jesús, me haces entender que has nacido para mí, ¡cómo está lleno de gloria para mí entender un hecho tal!» Durante las fiestas de la Navidad, en que tuvo lugar su tránsito de este mundo, esta insuperable escrutadora de los abismos de Dios, una vez, dirigiéndose a los hijos espirituales, que la rodeaban, exclamó: «¡El Verbo se ha hecho carne!» Y después de una hora, en que había permanecido absorta en este pensamiento, como volviendo desde muy lejos, añadió: «Cada criatura viene a menos. ¡Toda la inteligencia de los ángeles no basta!» Y a los presentes, que le preguntaban en qué cosa cada criatura viene a menos y en qué cosa la inteligencia de los ángeles no basta, respondió: «¡En comprenderlo!»

Sólo después de haber contemplado la «buena voluntad» de Dios hacia nosotros, podemos ocupamos también de la «buena voluntad» de los hombres, esto es, de nuestra respuesta al misterio de la Navidad. Esta buena voluntad se debe expresar mediante la imitación del misterio del actuar de Dios. Y la imitación es ésta: Dios ha hecho consistir su gloria en amarnos, en renunciar a su gloria por amor: también nosotros debemos hacer lo mismo. Escribe el apóstol: «Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor» (Efesios 5,1-2).

Imitar el misterio, que celebramos, significa abandonar todo pensamiento de hacernos justicia por sí solos, cada recuerdo de ofensa recibida, cancelar del corazón cualquier resentimiento, incluso justo, hacia todos. No admitir voluntariamente ningún pensamiento hostil contra nadie: ni contra los cercanos, ni contra los lejanos, ni contra los débiles, ni contra los fuertes, ni contra los pequeños, ni contra los grandes de la tierra, ni contra criatura alguna, que exista en el mundo. Y esto para honrar la Navidad del Señor; porque Dios no ha guardado rencor, no ha mirado la ofensa recibida, no ha esperado que los demás dieran el primer paso hacia él. Si esto no es siempre posible, durante todo el año, hagámoslo al menos en el tiempo navideño. No hay modo mejor de expresar la propia gratitud a Dios que imitándole.

Hemos visto al inicio que el Gloria a Dios no expresa un deseo, un voto, sino una realidad; no supone un haya, sino un hay. Sin embargo, nosotros podemos y debemos hacer de él igualmente un deseo, una plegaria. Se trata, en efecto, de una de las más bellas y completas plegarias que existen: «Gloria a Dios en lo alto del cielo» acumula la mejor plegaria de alabanza y «paz en la tierra a los hombres que ama el Señor» recoge la mejor plegaria de intercesión.

En el cántico de los ángeles el acontecimiento se hace presente, la historia se hace liturgia. Ahora y aquí, por ello, viene proclamado y es para nosotros para lo que viene proclamado por parte de Dios: ¡Paz a los hombres que él ama! Que de lo más íntimo de la Iglesia este anuncio dulcísimo llegue hoy al mundo entero al que está destinado: ¡Paz en la tierra a los hombres que ama el Señor!

Lucas 1,26-38

Por: Raniero Cantalamessa

El fragmento evangélico comienza con unas sencillas palabras: «En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret». Sin embargo, como de costumbre, nosotros debemos centramos en un punto y este punto son las palabras que pronuncia María al final de todo:

«Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Con estas palabras María ha consumado su acto de fe. Ha creído, ha aceptado a Dios en su vida, se ha entregado a Dios. Con aquella su respuesta al ángel es como si María hubiese dicho: «Heme aquí, soy como una pequeña mesa encerada: que Dios escriba sobre mí todo lo que quiera». En la antigüedad se escribía sobre pequeñas mesas enceradas; nosotros hoy diríamos: «Soy un folio en blanco: que Dios escriba sobre mí todo lo que él quiera».

Se podría hasta pensar que la de María fue una fe fácil. Llegar a ser madre del Mesías: ¿no era éste el sueño de toda joven hebrea? Pero nos equivocamos con mucho. Aquél ha sido el acto de fe más difícil de la historia. ¿A quién puede explicarle María lo que a ella le ha sucedido? ¿Quién le va a creer cuando diga que el niño que lleva en su seno es «obra del Espíritu Santo»? Esto no ha acaecido nunca antes de ella y no sucederá nunca después de ella. El filósofo Kierkegaard decía que creer es como «perderse por una calle en la que todos los rótulos dicen: ¡Atrás, atrás!; es como llegar a encontrarse con el abierto mar, allí donde hay setenta estadios de profundidad por debajo de ti; es realizar un acto tal que por ello mismo uno se encuentra completamente arrojado en brazos del Absoluto». En verdad, así ha estado para con María. Ella se ha venido a encontrar en una total soledad sin nadie con quien hablar más que con Dios.

María conocía bien lo que estaba escrito en la ley mosaica. Una muchacha que el día de bodas no fuese encontrada en estado de virginidad, debía ser llevada inmediatamente a la puerta de la casa paterna y ser lapidada (Deuteronomio 22,20s.). María sí que ha conocido el «¡riesgo de la fe!» Carlo Carretto, que pasó distintos años en el desierto, narra este suceso. Entre un grupo de Tuareg, que estaban de paso, había conocido un día a una muchacha «casada» con un joven; pero que según la costumbre no vivía aún con él como su mujer. Entonces, se acordó de María cuando estaba ella también desposada con José, pero aún no había ido a vivir con él. Después de un tiempo, encontró de nuevo a la gente de aquella tribu y preguntó qué había sido de la muchacha. Notó un silencio embarazoso; después, alguien se le acercó aparte e hizo un gesto significativo: se pasó la mano por debajo la mandíbula. ¡Degollada! El día de la boda se descubrió que no era virgen. De golpe, escribe Carretto, entendí a María: las miradas despiadadas de la gente de Nazaret y los guiños; entendí su soledad y aquella misma tarde la escogí para siempre como mi maestra de fe y compañera de mi vida.

La fe de María no ha consistido en el hecho de que haya dado su asentimiento a un cierto número de verdades, como cuando nosotros recitamos nuestro Credo. Ha consistido en el hecho de que se ha fiado de Dios, se ha encomendado completamente a él. Ha admitido a Dios en su vida. Ha dicho su «fiat» a ojos cerrados. Ha creído que «no hay nada imposible para Dios».

Verdaderamente María nunca ha dicho «fiat». Fiat es una palabra latina y María no hablaba latín y ni siquiera griego. ¿Qué habrá dicho en aquel momento?, ¿qué palabra habrá salido de sus labios? Se trata de una palabra que todos, sin quizás estar al tanto de ello, conocemos y repetimos frecuentemente. Ha dicho «amén». Amén era la palabra con la que un hebreo expresaba su consentimiento a Dios. Junto con Abbá, Maranatha, ésta es una de las pocas palabras que los cristianos no se han atrevido a traducir, sino que las han conservado en la lengua en que María y Jesús las habían pronunciado. Con esta breve palabra se dicen muchas cosas: «Si así te place, Señor, así lo quiero también yo». Es como el «sí» alegre y total que pronuncia la esposa al esposo el día de las bodas.

María no ha dado su asentimiento con una triste resignación, como quien dice dentro de sí: «Si no se puede hacer de otra manera, pues bien, que se haga la voluntad de Dios». El verbo puesto en boca de la Virgen por el evangelista (genoito) está en optativo, un modo que se usa en griego para expresar alegría, deseo, impaciencia de que algo suceda. Que haya sido el momento más feliz de la vida de María, lo deducimos también por el hecho de que María, inmediatamente después, entona el Magníficat: «Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador». Se alegra, esto es, se alboroza, explota de felicidad. La fe hace felices, ¡creer está dotado de hermosura! Es el momento en que la criatura realiza la finalidad por la que ha sido creada libre e inteligente.

Pero, precisamente, esto es lo que el hombre de hoy encuentra difícil y que les mantiene a muchos en la incredulidad. Decirle amén a alguien, que fuese hasta Dios, se cree que sea como lesivo para la propia libertad e independencia. Disentir, no consentir, parece ser la palabra de orden o mandato; en todos los ámbitos: político, cultural, social, familiar.

Pero, ¿cuál es la alternativa? El pensamiento moderno, que parte de estas premisas, ha llegado después, por su cuenta, a la conclusión de que decir amén en la vida exigida es inevitable. Y, si no se le dice a Dios, es necesario decirlo a cualquier otro: a la fatalidad, al destino. El hombre no tiene otro medio para forjar la auténtica propia existencia que aceptar su destino, que está fijado para siempre por la historia y por la sociedad a la que uno pertenece. Existencia auténtica es «vivir para la muerte» (Heidegger). La famosa libertad, que se buscaba, se reduce a…hacer de la necesidad una virtud, a una inevitable resignación. «El amor del destino: que esto sea de ahora en adelante mi amor», ha escrito uno de estos filósofos, Nietzsche.

Pero, dejemos aparte a los demás, los no creyentes, y más bien respetemos su libertad de conciencia. La fe es el secreto para hacer o vivir una verdadera Navidad y expliquemos en qué sentido. San Agustín ha dicho que «María ha concebido por la fe y ha parido por la fe»; «concibió a Cristo antes en el corazón que en el cuerpo». Nosotros no podemos imitar a María en el concebir y dar a luz físicamente a Jesús; podemos y debemos, por el contrario, imitarla en concebirlo y darlo a la luz espiritualmente, mediante la fe. Creer es «concebir» y dar carne a la palabra. Nos lo asegura Jesús mismo diciéndonos que quien acoge su palabra llega a ser para él «hermano, hermana y madre» (Marcos 3,33).

Veamos, por lo tanto, cómo actuar para concebir y dar a luz a Cristo. Concibe Cristo a la persona, que toma la decisión de cambiar de conducta, de dar un cambio a su vida. Jesús da a luz a la persona que, después de haber tomado aquella resolución, la traduce en acto con algún cambio concreto y visible en su vida y en sus costumbres. Por ejemplo, si blasfema, ya no blasfema más; si tenía una relación ilícita, la rompe; si cultivaba el rencor, hace la paz; si no se acercaba nunca a los sacramentos, vuelve; si era impaciente en casa, busca mostrarse más comprensivo; etc.

Al sentarse a la mesa en la última cena, Jesús dijo: «He deseado ardientemente celebrar esta Pascua con vosotros» (Lucas 2,15). Ahora, quizás, dice lo mismo respecto a la Navidad: «He deseado ardientemente celebrar esta Navidad con vosotros». Esta Navidad que tiene por pesebre y cuna el corazón y que no se celebra fuera sino dentro.

La conclusión práctica de esta nuestra reflexión es decir también nosotros un hermoso amén, sí, en la situación en que nos encontramos en este momento. Si queremos estar aún más cercanos a María, usemos sus mismas palabras y digamos: «He aquí la esclava (o el esclavo) del Señor: hágase en mí según tu palabra».

¿Qué regalo le llevaremos este año al Niño que nace? Sería extraño que hiciéramos regalos a todos, excepto al agasajado. Una oración de la liturgia ortodoxa nos sugiere una idea maravillosa: «¿Qué te podemos ofrecer, oh Cristo, a cambio de haberte hecho hombre por nosotros?» Toda criatura te ofrece el testimonio de su gratitud: los ángeles su canto, los cielos la estrella, los Magos los dones, los pastores la adoración, la tierra una cueva o gruta, el desierto el pesebre. Pero ¡nosotros, nosotros te ofrecemos a una Madre Virgen!»

¡Nosotros, esto es, la humanidad entera te ofrecemos a María!

Juan 1,6-8.19-28

Por: Raniero Cantalamessa

El Evangelio tiene al centro en todos los tres ciclos a la figura de Juan el Bautista, a quien Jesús define como «más que un profeta» (Mateo 11,9). Nosotros le hemos dedicado a Juan el Bautista y a su mensaje la reflexión del Domingo pasado. El Evangelio de hoy reproduce el mismo «testimonio» del Precursor («Voz que clama en el desierto…») con la sola diferencia de que esta vez es Juan, más que Marcos, el que lo refiere.

Esto nos permite valorar otro tema presente en las lecturas y que precisamente da nombre a este Domingo. El tercer Domingo de Adviento se llama Domingo «de la alegría» y sella el paso de la primera parte del Adviento, prevalentemente austera y penitencial, a la segunda parte dominada por la misma espera de la salvación cercana. El título le viene de las palabras «alegraos» (gaudete), que se escuchan al inicio de la Misa:

«Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres… El Señor está cerca» (Filipenses 4,4-5).

Pero el tema de la alegría penetra también al resto de la liturgia de la palabra. En la primera lectura escuchamos el grito del profeta:

«Yo me alegro plenamente en el Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador».

El Salmo responsorial es el Magníficat de María, intercalado por el estribillo: «Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador». En fin, la segunda lectura comienza con las palabras de Pablo: «Hermanos, estad siempre alegres».

Lo de ser felices es quizás el deseo humano más universal. Todos quieren ser felices. El poeta alemán Schiller ha cantado este anhelo universal de la alegría en una oda o poesía, que, después, Beethoven ha inmortalizado, creando el famoso himno a la alegría con el que concluye la Novena Sinfonía. Quizás muchos conocen esta música, pero no han podido conocer las palabras más que en el alemán original. Traduzco algunas frases:

«Alegría, centella divina / hija del Elíseo…/ Todos los hombres se sienten hermanos, /cuando son deshojados de tu gentil ala… / Cada criatura sorbe la alegría / de los senos de la naturaleza. / Buenos y malos, todos persiguen su perfume. / También el gusano tiene su placer, / y los querubines tienen Dios».

Igualmente el Evangelio es, a su modo, un largo himno a la alegría. El mismo nombre «Evangelio» significa, como sabemos, alegre noticia, anuncio de alegría. Pero, la alocución de la Biblia sobre la alegría es un discurso real, no ideal y veleidoso. Jesús, a este propósito, trae la comparación de la mujer al parir. Dice:

«Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar» (Juan 16,20-22).

Con la comparación de la mujer al parir, Jesús nos ha dicho muchas cosas. La gravidez no es en general un período fácil para la mujer. Es más bien un tiempo de fastidios, de limitaciones de todo género: no se puede hacer, ni comer, ni vestir todo lo que se quiere, ni ir allá donde se quiera. Y precisamente cuando se trata de un embarazo a la vez querido y vivido en un clima sereno, no es un tiempo de tristeza, sino de alegría. El porqué es sencillo: se mira hacia adelante, se pregunta el momento en el que se podrá tener en brazos a la propia criatura. He escuchado decir a distintas madres que ninguna otra experiencia humana puede ser comparada a la felicidad que se siente al llegar a ser madre.

Todo esto nos dice una cosa bien determinada: las verdaderas y duraderas alegrías maduran siempre con el sacrificio. ¡No hay rosa sin espinas! En el mundo, placer y dolor (lo hemos observado ya otra vez) se siguen uno al otro con la misma regularidad con la que al elevarse una ola que empuja al nadador hacia la playa, le sigue un hundimiento y un vacío que lo aspira hacia atrás. El hombre busca desesperadamente separar a estos dos «hermanos siameses», aislar el placer del dolor. Pero, no lo consigue porque es el mismo desordenado placer el que se transforma en amargura. O de improviso y trágicamente, como nos narran las crónicas cotidianas, o un poco a la vez, a causa de su incapacidad de durar y del aburrimiento que engendra. Basta pensar, para dar ejemplos más evidentes, qué queda de la excitación de la droga un minuto después que ha cesado su efecto, o dónde lleva, también desde el punto de vista de la salud, el abuso desenfrenado del sexo. Pero, esto no lo decimos sólo nosotros los sacerdotes; es una constatación presente en tantas obras literarias. El poeta pagano Lucrecio tiene dos versos poderosos a este respecto: «Un no sé qué de amargo surge desde lo íntimo mismo de todo placer nuestro y nos angustia también en medio de nuestras complacencias» (De rerum natura IV, 1129 s.).

Por lo tanto, no pudiendo separar placer y dolor, se trata de escoger: o un placer pasajero que conduce a un dolor duradero, o un dolor pasajero que lleva a un placer duradero. Esto no vale sólo para el placer espiritual, sino para toda alegría humana honesta: la de un nacimiento, de una familia unida, de una fiesta, del trabajo llevado felizmente a término, la alegría de un amor bendito, de la amistad, de una buena cosecha para la agricultura, de la creación artística para el artista, de una victoria deportiva para el atleta.

Todas estas alegrías también ellas exigen sacrificio, renuncias, fidelidad al deber, constancia, esfuerzo; pero, el resultado es bien distinto del placer fácil y finalidad de sí mismo. Entre otras cosas, en el primer caso, la felicidad de uno es también la felicidad de los demás, es una alegría compartida; en el segundo, casi siempre la felicidad de uno es pagada por la infelicidad de otro, o hasta de otros. La alegría es como el agua: puede ser o limpia o turbia.

Alguno podría objetar: pero, ¿entonces para el creyente la alegría en esta vida será siempre y sólo objeto de espera, sólo una alegría «del más allá que ha de venir»? No, hay una alegría secreta y profunda, que consiste precisamente en la espera. Es más, en el mundo es quizás esta la forma más pura de la alegría; la alegría que se tiene en el esperar. Leopardi lo ha dicho maravillosamente en la poesía 1l sabato del villaggio. La alegría más intensa no es la del domingo, sino la del sábado; no la de la fiesta, sino la de su espera. La diferencia está en que la fiesta que espera el creyente no durará sólo algunas horas, para ceder después de nuevo el puesto a la «tristeza y aburrimiento»; sino que durará para siempre.

He recordado con admiración algunos versos del himno a la alegría de Beethoven. Hay sin embargo en aquel himno un concepto que nos hace reflexionar. Dice: «Quien ha conseguido establecer una amistad duradera; quien ha tenido la suerte de tener una mujer fiel, que se una a nuestro coro. Pero, quien no tiene nada de todo esto, que se retire llorando de nuestro entorno». Palabras, pensándolo bien, terribles. La alegría que se celebra aquí no es para todos, sino sólo para algunos privilegiados. La alegría evangélica es para todos, sobre todo, dirá María en el Magníficat, para los «humildes y hambrientos». Precisamente en la aclamación al Evangelio de este Domingo Jesús define su mensaje como «para dar la Buena Noticia a los pobres» (Isaías 61,1).

Una de las mentiras con las que el maligno seduce a muchas personas es hacerles creer que Dios sea enemigo del placer, mientras que por el contrario el placer es un invento de Dios. En las Cartas del Diablo a su Sobrino, de C.S. Lewis, oímos a un diablo vetusto que desde el infierno instruye así al sobrino aprendiz de tentador, encargado de seducir a un valiente joven en la tierra: «No olvidéis nunca que cuando estamos tratando con el placer, con cualquier placer, en su forma sana y normal y satisfactorio, estamos, en un cierto sentido, en el terreno del Enemigo [el Enemigo aquí naturalmente es Dios]. Los placeres los ha inventado Él. Todo cuanto se nos permite hacer es animar a los humanos a servirse de los placeres que ha producido el Enemigo, o en los modos, o en la medida que él ha prohibido».

Quisiera, sin embargo, sacar también una pequeña conclusión práctica de esta reflexión sobre la alegría. No revirtamos sobre los demás siempre y sólo nuestras tristezas, nuestros achaques y preocupaciones. Hay gente que cree cometer pecado o echarse encima quizás algún castigo divino por decir con sencillez: ¡soy feliz! Por el contrario, por otra parte cuánto bien hace en casa, al marido, a la mujer, a los hijos, a los ancianos, escuchar decir: ¡Estoy contento, estoy precisamente contento!

Dirijo esta llamada sobre todo a las mujeres. En un tiempo se decía que ellas son «el sol de la casa». He aquí el mejor modo para concluir esta bella misión. Sobre todo los niños tienen necesidad de respirar aire de alegría en casa. Como las flores brotan con el calor, así los niños con la alegría. Es el mejor regalo que podéis hacerles en la Navidad, sin el cual todos los regalos no son más que sustitutos inútiles, si no hasta dañosos.

VERDAD

Tomado de: LEON-DUFOUR. Xavier,Vocabulario de teología bíblica

En el lenguaje corriente se dice verdadero un pensamiento, una palabra conforme con lo real, o también la realidad misma que se desvela, que resulta clara, evidente al espíritu (verdadero, a-lethés: no oculto). Es la concepción intelectualista de los griegos, que es ordinariamente la nuestra. La noción bíblica de verdad es diferente, pues está fundada en una experiencia religiosa, la experiencia del contacto con Dios. Sin embargo, esta noción experimentó una evolución notable: mientras que en la Biblia es la verdad ante todo la fidelidad a la alianza, en el NT vendrá a ser la plenitud de la revelación centrada en Cristo.

AT

El verbo aman (el amén litúrgico, p. e. 2Cor 1,20), de donde se formó emes (verdad), significa fundamentalmente: ser sólido, seguro, digno de confianza; la verdad es por tanto la cualidad de lo que es estable, probado, en lo que uno se puede apoyar. Una paz de verdad Jer 14,13 es una paz sólida, duradera; un camino de verdad Gen 24,48 es un camino que conduce seguramente a la meta; «en verdad» significa a veces: en forma estable, para siempre. Aplicada a Dios o a los hombres deberá con frecuencia traducirse la palabra por fidelidad, pues la fidelidad de una persona es la que nos induce a fiarnos de ella.

1. La «emes» de Dios está ligada con su intervención en la historia en favor de su pueblo. Yahveh es el Dios fiel Dt 7,9 32,4 Sal 31,6 Is 49,7. La importancia de este atributo no se explica bien más que en el contexto de la alianza y de las promesas: «Yahveh tu Dios es Dios, el Dios fiel que guarda su alianza y su amor hasta mil generaciones a los que lo aman» Dt 7,9. El Salmo 89, a propósito de la alianza davídica, está consagrado todo entero a celebrar la fidelidad de Dios. El sentido básico del término aparece claro en Sal 132,11 («Yahveh juró a David emes y no se apartará de ella»), donde el juramento, llamado emes, se califica por el hecho mismo de infrangible.

Con frecuencia se asocia emet a hesed (p.e. Sal 89 138,2) para indicar la actitud fundamental de Dios en la alianza: es una alianza de gracia, a la que Dios no faltó nunca Ex 34,6s Gen 24,27 2Sa 2,6 15,20. Otras veces la fidelidad va unida con los atributos de justicia Os 2,21s Neh 9,33 Zac 8,8 o de santidad Sal 71,22 y tiene un significado más general, sin referencia a la alianza. En diversos salmos se presenta la estabilidad divina como una protección, un refugio para el justo que implora el auxilio divino: de ahí las imágenes de la muralla, de la armadura, del escudo Sal 91 que ponen en evidencia la solidez del apoyo divino Sal 40,12 43,2s 54,7 61,8.

La emet caracteriza además la palabra de Dios y su ley. David dice a Yahveh: «Tus palabras son verdad» 2Sa 7,28, pues las promesas divinas aseguran la perpetuidad a su casa. Los salmos celebran la verdad de la ley divina Sal 19,10 111,7s 119,86.138.142.151.160; según el último texto citado la verdad es lo que hay de esencial, de fundamental en la palabra de Dios: es irrevocable, permanece para siempre.

2. La «emet» de los hombres. También aquí se trata de una actitud fundamental de fidelidad Os 4,2. «Hombres de verdad» Ex 18,21 Neh 7,2 son hombres de confianza, pero los dos textos añaden «que temen a Dios», lo que enlaza esta apreciación moral con el contexto religioso del yahvismo. De ordinario la «verdad» de los hombres designa directamente su fidelidad a la alianza y a la ley divina. Describe, pues, el conjunto del comportamiento de los justos; de ahí el paralelismo con perfección Jos 24,14, corazón íntegro 2Re 20,3, el bien y el derecho 2Par 31,20, derecho y justicia Is 59,14 Sal 45,5, santidad Zac 8,3. «Hacer la verdad» 2Par 31,20 Ez 18,9 y «caminar en la verdad» 1Re 2,4 3,6 2Re 20,3 Is 38,3 es ser fiel observador de la ley del Señor Tob 3,5.

En cuanto a las relaciones mutuas entre los hombres reaparece la fórmula «hacer la bondad y la verdad» Gen 47,29 Jos 2,14: es obrar con benevolencia y lealtad, con una bondad fiel. La emet es igualmente el respeto de las normas del derecho en el ejercicio de la justicia Prov 29,14 Ez 18,8 Zac 7,9 o la perfecta sinceridad en el lenguaje; pero también aquí se descubre el matiz básico: una lengua sincera «permanece para siempre» Prov 12,19.

3. La verdad revelada. En la tradición sapiencial y apocalíptica la noción de verdad adopta un sentido parcialmente nuevo que prepara el NT: designa la doctrina de sabiduría, la verdad revelada. En ciertos salmos Sal 25,5 26,3 86,11 la expresión «caminar en la verdad de Dios» deja entender que esta verdad no es sencillamente el comportamiento moral, sino la ley misma que Dios enseña a observar. Los sacerdotes deben transmitir «una doctrina de verdad» Mal 2,6: es la enseñanza que viene de Dios. «Verdad» se convierte en sinónimo de sabiduría: «Adquiere la verdad, no la vendas: sabiduría, disciplina e inteligencia» Prov 23,23 8,7 22,21 Ecl 12,10; «Hasta la muerte lucha por la verdad» Eclo 4,28 LXX.

Puesto que «verdad» designa el plan y el querer de Dios, la palabra se relaciona también con misterio Tob 12,11 Sab 6,22. En el juicio los justos «comprenderán la verdad» Sab 3,9: no ya que hayan de experimentar la fidelidad de Dios a sus promesas o ver el ser mismo de Dios, sino que comprenderán su designio providencial sobre los hombres. Para Daniel «el libro de la verdad» Dan 10,21 es el libro en que está inscrito el designio de Dios; la verdad de Dios es la revelación de su designio 9,13, es también una visión celestial o la explicación de su sentido 8,26 10,1 11,2, es la verdadera fe, la religión de Israel 8,12.

Este empleo del término se mantiene en el judaísmo apocalíptico y sapiencial. En Qumrán «la inteligencia de la verdad de Dios» es el conocimiento de los misterios (Himnos de Qumrán: 1QH 7,26s), pero éste se obtiene por la interpretación verdadera de la ley: «convertirse a la verdad» (Manual de disciplina: 1QS 6,15) es «convertirse a la ley de Moisés» 5,8. La verdad, doctrina revelada, tiene también un alcance moral, se opone a la iniquidad: los «hijos de la verdad» 4,5 son los que siguen «los caminos de la verdad» 4,17. La verdad acaba así por designar en Qumrán el conjunto de las concepciones religiosas de los hijos de la alianza.

NT

1. Herencia bíblica. En Pablo, más que en el resto del NT, la noción de verdad (aletheia) ofrece los matices que tenía en los Setenta. El apóstol se sirve de ella en sentido de sinceridad 2Cor 7,14 11,10 Flp 1,18 1Cor 5,8 o en la expresión «decir la verdad» Rom 9,1 2Cor 12,6 Ef 4,25 1Tim 2,7. Profundamente bíblica es la fórmula «la verdad de Dios» para designar la fidelidad de Dios a sus promesas Rom 3,7 3,3 15,8 2Cor 1,l8ss: las promesas del Dios fiel tienen su «sí» en Cristo; así también aletheia en sentido de verdad moral, de rectitud: opuesta a injusticia 1Cor 13,6, sinónima de justicia Ef 5,9 6,14, caracteriza el comportamiento que Pablo aguarda de los cristianos Col 1,6 2Cor 13,8. El juicio de Dios estará también marcado de verdad, de justicia Rom 2,2.

La antítesis entre «la verdad de Dios» y la mentira de los ídolos Rom 1,25 1Tes 1,9 se inspira en la polémica judía contra la idolatría pagana Jer 10,14 13,25 Bar 6,7.47.50: el verdadero Dios es el Dios vivo, con el que se puede contar, el que escucha a su pueblo y lo salva.

2. La verdad del Evangelio. Aquí aparece la noción de verdad cristiana. Se relaciona con el tema sapiencial y apocalíptico de verdad revelada. Los judíos se jactaban de poseer en su ley la expresión misma de esta verdad Rom 2,20, de hallar en ella consignada toda la voluntad de Dios 2,18. Pablo reemplaza la expresión judía «la verdad de la ley» por «la verdad del Evangelio» Gal 2,5.14 o «la palabra de verdad» Col 1,5 Ef 1,13 2Tim 2,15. Objeto de una revelación 2Cor 4,2 con el mismo título que el misterio Rom 16,26 Col 1,26 4,3, esta palabra es la palabra de Dios predicada por el Apóstol 2Cor 4,2.5.

a. La verdad y la fe. Los hombres a los que se dirige este mensaje deben oír la palabra Ef 1,13 Rom 10,14, deben convertirse para llegar al conocimiento de la verdad 2Tim 2,25.

La aceptación de la verdad del Evangelio se efectúa por la fe 2Tes 2,13 Tit 1,1 2Tes 2,12 Gal 5,7 Rom 2,8, pero esta fe requiere al mismo tiempo el amor de la verdad 2Tes 2,10. «Llegar al conocimiento de la verdad» viene a ser en los textos tardíos 1Tim 2,4 2Tim 3,7 Heb 10,26 una expresión estereotipada para decir: adherirse al Evangelio, abrazar el cristianismo, pues los creyentes son precisamente los que conocen la verdad 1Tim 4,3; ésta no es otra cosa que la fe cristiana Tit 1,1.

b. Verdad y vida cristiana. Según las epístolas católicas los creyentes han sido engendrados a la nueva vida por la palabra de verdad Sant 1,18 1Pe 1,23; por la obediencia a la verdad en el momento del bautismo han santificado sus almas 1Pe 1,22. Por consiguiente, no hay que alejarse de esta verdad una vez que se ha abrazado Sant 5,19, hay que afianzarse en la verdad presente en vista de la parusía 2Pe 1,12; hay que continuar deseando esta leche de la palabra a fin de crecer para la salvación 1Pe 2,2 Así, añade Pablo, es como el cristiano se reviste del hombre nuevo y realiza la santidad que pide la verdad Ef 4,24.

c. La sana doctrina y el error. En las pastorales la polémica contra los herejes confiere al tema un nuevo matiz: ahora ya la verdad es la buena doctrina 1Tim 1,10 4,6 2Tim 4,3 Tit 1,9 2,1 opuesta a las fábulas 1Tim 1,4 4,7 2Tim 4,4 Tit 1,14 de los doctores de mentira 1Tim 4,2. Estos han vuelto la espalda a la verdad Tit 1,14 1Tim 6,5 2Tim 2,18 4,4, se alzan incluso contra ella 2Tim 3,8. Pero la Iglesia del Dios vivo sigue siendo «la columna y el fundamento de la verdad» 1Tim 3,15.

d. Entre la verdad y Cristo existe un nexo estrecho. El objeto del mensaje del Apóstol no es una doctrina abstracta, es la persona misma de Cristo 2Cor 4,5 Gal 1,16 1Cor 1,23 2Cor 1,19 11,4 Ef 4,20 Flp 1,15; Cristo, «manifestado en la carne… proclamado entre los paganos, creído en el mundo», es la verdad misma cuya guardiana es la Iglesia, es el misterio mismo de la piedad 1Tim 3,16. El Cristo-verdad, al que anuncia el Evangelio, no es, pues, un ser celestial en sentido gnóstico, sino el Jesús de la historia, muerto y resucitado por nosotros: «la verdad está en Jesús» Ef 4,21.

3. San Juan. La teología de Juan era ante todo una teología de revelación, la noción de verdad ocupa en ella un lugar considerable. Frecuentemente se interpreta la aletheia joánnica en el sentido dualista metafísico, platónico o gnóstico de ser subsistente y eterno, de realidad divina que se desvela. Pero Juan no llama nunca a Dios mismo la verdad, cosa que sería esencial en estos sistemas. En realidad no hace sino desarrollar el tema apocalíptico y sapiencial de la verdad revelada —reasumido por lo demás en el NT—, pero insistiendo más en el carácter revelado y en la fuerza interior de la verdad.

a. La palabra del Padre y el Cristo-verdad. Para Juan la verdad no es el ser mismo de Dios, sino la palabra del Padre Jn 17,17 1Jn 1,8: «la verdad no está en vosotros» y 1,10: «su palabra no está en vosotros». La palabra que Cristo ha oído al Padre Jn 8,26.40 3,33 ésa es la verdad que él viene a «proclamar» 8,40.45s y de la que viene a «dar testimonio» 18,37 5,33. La verdad es, pues, al mismo tiempo la palabra que Cristo mismo nos dirige y que debe inducirnos a creer en él 8,31s.45s. La diferencia entre esta revelación y la del AT se subraya enérgicamente: «La ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han venido por Jesucristo» 1,17, porque con él y en él apareció la revelación total, definitiva. Mientras que el diablo es el padre de la mentira 8,44, Cristo proclama la verdad 8,45, está «lleno de gracia y de verdad» 1,14. La gran novedad cristiana es que Cristo en persona es la verdad 14,6: la es, no en cuanto posee la naturaleza divina, sino porque, siendo el Verbo hecho carne, nos revela al Padre 1,18. Jesús mismo explica el sentido de este título uniéndolo a otros dos: él es «el camino, la verdad y la vida»; él es el camino que conduce al Padre, precisamente porque él es la verdad y transmite la palabra y la revelación del Padre 17,8.14.17 y así comunica la vida divina 1,4 3,16 6,40.47.63 17,2 1Jn 5,11ss. Este título revela por tanto algo de la persona divina de Cristo: él es la verdad porque es la palabra, el Verbo del Padre, el Hijo único.

b. El Espíritu de verdad. Una vez terminada la revelación al mundo Jn 12,50, anuncia Jesús a sus discípulos la venida del Paráclito, el Espíritu de verdad 14,17 15,26 16,13. Para Juan la función fundamental del Espíritu consiste en dar testimonio de Cristo 15,26 1Jn 5,6, en conducir a los discípulos hacia la verdad entera Jn 16,13, en traerles a la memoria todo lo que Cristo había dicho, es decir, hacerles captar su verdadero sentido 14,26. Dado que su papel consiste en hacer comprender en la fe la verdad de Cristo, a él también se le llama «la verdad» 1Jn 5,6; es en la Iglesia «el que testimonia» y con ello suscita nuestra fe.

c. Verdad y santidad. Juan subraya con fuerza el papel de la verdad en la vida del creyente. Éste debe «ser de la verdad» Jn 18,37 1Jn 3,19: no debe únicamente haber llegado de una vez para siempre a la vida nueva por la fe Sant 1,18 1Pe 1,22s, sino nacer del Espíritu Jn 3,5.8 y estar habitualmente bajo el influjo de la verdad que mora en nosotros 2Jn 4. Sólo el que permanezca así en la palabra de Jesús llegará a conocer verdaderamente la verdad y a verse interiormente liberado del pecado por esta verdad Jn 8,31s: porque la fe purifica Act 15,9, por tanto también la palabra de Cristo Jn 15,3; ésta nos hace vencer al maligno 1Jn 2,14; cuando el creyente deja que la semilla de la palabra «permanezca» activamente en él, se hace impecable 1Jn 3,9, se santifica en la verdad Jn 17,17.19.

Así Juan ve en la aletheia el principio interior de la vida moral; vuelve a las antiguas expresiones bíblicas «hacer la verdad» 3,21 1Jn 1,6, «caminar en la verdad» 2Jn 4 3Jn 3s, pero les da una plenitud de sentido cristiano: es caminar en el precepto de Cristo 2Jn 6, dejarse dirigir en su acción por la verdad, por la fe. Amar a los hermanos «en verdad» 2Jn 1 3Jn 1 es amarlos por la fuerza de la verdad que mora en nosotros 2Jn 1ss 1Jn 3,18; la adoración «en espíritu y en verdad» Jn 4,23s es una adoración que brota del interior sin por ello excluir todo culto exterior; es un culto inspirado por el Espíritu y por la verdad de Jesús, que el Espíritu de verdad hace activa en aquellos a quienes ha hecho renacer. Finalmente, la verdad implica también para el creyente obligaciones apostólicas: colaborar con la verdad 3Jn 8 es cooperar con la Iglesia en la fuerza interna de expansión del mensaje evangélico.

La verdad en sentido cristiano no es, pues, la esfera inmensa de lo real que hubiéramos de conquistar con un esfuerzo de pensamiento: es la revelación del Padre, aparecida en Cristo e iluminada por el Espíritu, a la que debemos acoger en la fe: entonces únicamente transformará nuestras existencias, y por ella, como lo pide la liturgia, «manifestaremos en nuestras obras la luz de la verdad».

UNIDAD

Tomado de: LEON-DUFOUR. Xavier,Vocabulario de teología bíblica

Reconociendo por la fe al Dios único, Padre, Hijo y Espíritu Santo se abre el hombre a la caridad que une al Padre con el Hijo y le comunica el Espíritu Jn 15,9 17,26 Rom 5,5. Esta caridad, uniéndole al Dios único, le convierte en su testigo en el mundo y en cooperador de su designio: unir en el Hijo único a todos los hombres y a todo el universo Rom 8,29 Ef 1,5.10.

I. LA FUENTE DE LA UNIDAD Y SU RUPTURA POR EL PECADO

El universo, en su diversidad maravillosa, es obra del Dios creador, cuyo designio se revela en el mandamiento que da al hombre y a la mujer: «Sed fecundos, multiplicaos, llenad la tierra y dominadla» Gen 1,28. Se ve cómo en la obra divina se alían multiplicidad y unidad. Para que la creación llegue a su unidad bajo el dominio del hombre, debe éste multiplicarse, y para que el hombre sea fecundo es preciso que se realice en el amor su unidad con la mujer Gen 2,23s. Pero para realizar este designio debe el hombre mantenerse unido con Dios, reconociendo su dependencia con una fidelidad confiada.

Rehusar esta fidelidad es el pecado fundamental: el hombre lo comete para igualarse con Dios, lo que equivale a negar al Dios único; así rompe con el que, siendo todo amor 1Jn 4,16, es la fuente de la unidad. De esta ruptura dimanan las divisiones que van a romper la unidad del matrimonio con el divorcio y la poligamia Gen 4,19 Dt 24,1, la unidad de los hermanos con la envidia homicida Gen 4,6ss.24, la unidad de la sociedad con un desacuerdo, cuyo símbolo expresivo es la diversidad de las lenguas 11,9.

II. EN BUSCA DE LA UNIDAD POR LA ALIANZA

Para remediar esta ruptura escoge Dios a hombres, a los que propone su alianza sellada en la fe Os 2,22; la fe es, en efecto, la condición de la unión con él y de la colaboración en su obra, esa obra de unidad que no cesa de reanudar llamando a nuevos elegidos: Noé, Abraham Is 51,2, Moisés, David, el siervo. La ley que da a su pueblo, el rey que le escoge en la casa de David, el templo donde habita con él en Jerusalén, el siervo; al que le da por modelo de fidelidad, tienen por fin procurar la unidad de Israel y permitirle así realizar su misión de pueblo sacerdote Ex 19,6 y de pueblo testigo Is 43,10ss.

En efecto, si Dios hace de Israel un pueblo aparte, es para manifestarse por él a las naciones y reunirlas en la unidad de su culto. Incluso la dispersión, con la que debió castigar la infidelidad de Israel, sirve a fin de cuentas para dar a conocer a los paganos el único Dios creador y salvador Is 45. Sin embargo, para cumplir la misión del pueblo elegido, para devolverle su unidad rota por el cisma a consecuencia de la infidelidad de Salomón al Dios único 1Re 11,31ss y para reunir a las naciones con él en el mismo culto Is 56,6ss, será preciso que venga aquel que será a la vez el siervo encargado de unificar a Israel y de salvar con su muerte a la multitud de los pecadores Is 42,1 49,6 53,10ss, el nuevo David que apacentará el rebaño del Señor, reunido bajo su realeza Ez 34,23s 37,21-24, y el Hijo del hombre, cabeza del pueblo de los santos, cuyo reinado eterno se extenderá al universo Dan 7,13s.27. Gracias a él Sión, esposa única de Yahveh que la ama con un amor eterno, vendrá a ser la madre común de todas las naciones Sal 87,5 Is 54,1-10 55,3ss, cuyo único rey será Yahveh Zac 14,9.

III. LA REALIZACIÓN DE LA UNIDAD EN LA IGLESIA

Este elegido de Dios es su Hijo único, Cristo Jesús Lc 9,35. Une a los que lo aman y creen en él, dándoles su Espíritu y su madre Rom 5,5 Jn 19,27 y alimentándolos con un solo pan, cuerpo sacrificado en la cruz 1Cor 10,16s. Así hace de todos los pueblos un solo cuerpo Ef 2,14-18; hace de los creyentes sus miembros, dotando a cada uno de ellos con carismas diversos con miras al bien común de su cuerpo que es la Iglesia 1Cor 12,4-27 Ef 1,22s, insertándoles como piedras vivas en el único templo de Dios Ef 2,19-22 1Pe 2,4s. Es el único pastor que conoce a sus ovejas en su diversidad Jn 10,3 y, dando su vida, quiere reunir en su rebaño a los hijos de Dios dispersos Jn 10,14ss 11,51s.

Por él se restaura la unidad en todos los planos: unidad interior del hombre desgarrado por sus pasiones Rom 7,14s 8,2.9; unidad de la pareja conyugal, cuyo modelo es la unión de Cristo y de la Iglesia Ef 5,25-32; unidad de todos los hombres, a los que el Espíritu hace hijos del mismo Padre Rom 8,14ss Ef 4,4ss y que no teniendo sino un corazón y un alma Act 4,32, alaban con una sola voz a su Padre Rom 15,5s Act 2,4.11.

Hay por tanto que promover esta unidad que desgarran toda clase de cismas 1Cor 1,10, pero cuyo fundamento es la única fe en el único Se-ñor Ef 4,5.13 Mt 16,16ss. El signo de la única Iglesia, confiada al amor de Pedro Jn 21,15ss, es su unidad, fruto que llevan los que permanecen en el amor de Cristo y observan fielmente su mandamiento único: «Amaos unos a otros como yo os he amado» 13,34s; su fidelidad y su fecundidad se miden por su unión con Cristo, semejante a la de los sarmientos con la cepa 15,5-10. La unidad de los cristianos es necesaria para que se revele en ellos al mundo el amor del Padre manifestado por el don de su Hijo único 3,16 y para que todos los hombres sean unos en Cristo Ef 4,13; entonces se realizará el supremo deseo de Jesús: «Padre, que todos sean uno, como nosotros somos uno» Jn 17,21ss.

TEMOR DE DIOS

Tomado de: LEON-DUFOUR. Xavier,Vocabulario de teología bíblica

Al AT se le caracteriza como ley de temor y al NT como ley de amor. Fórmula aproximativa que descuida muchos matices. Si el temor representa un valor importante en el AT, la ley de amor tiene ya en él sus raíces. Por otra parte, el temor no es abrogado por la ley nueva, dado que constituye el fondo de toda auténtica actitud religiosa. Así pues, en los dos Testamentos el temor y el amor se dibujan realmente, aunque en forma diversa. Importa más distinguir el temor religioso del miedo que todo hombre puede experimentar en presencia de los estragos de la naturaleza o de los ataques del enemigo Jer 6,25 20,10. Sólo el primero tiene lugar en la revelación bíblica.

I. DEL MIEDO HUMANO AL TEMOR DE DIOS. Ante los fenómenos grandiosos, desacostumbrados, aterradores, el hombre experimenta espontáneamente el sentimiento de una presencia que lo desborda y ante la cual se abisma en su pequeñez. Sentimiento ambiguo, en el que lo sagrado aparece bajo el aspecto de lo tremendo sin todavía revelar su naturaleza profunda. En el AT este sentimiento es equilibrado por el conocimiento auténtico del Dios vivo, que manifiesta su temerosa grandeza a través de los signos de que está llena su creación. El temor de Israel ante la teofanía del Sinaí Ex 20,18s tiene primero por causa la majestad del Dios único, al igual que el temor de Moisés ante la zarza ardiendo Ex 3,6 y el de Jacob después de la visión nocturna Gen 28,17. Sin embargo, cuando se produce con ocasión de signos cósmicos que evocan la ira divina (tormenta, temblor de tierra), se mezcla con él un pavor de origen menos puro. Pertenece a la escenificación habitual del día de Yahveh Is 2,10.19 Sab 5,2. Tal es también el terror de los guardianes del sepulcro la mañana de pascua Mt 28,4. Por el contrario, el temor reverencial es el reflejo normal de los creyentes ante las manifestaciones divinas: el de Gedeón Jue 6,22s, de Isaías Is 6,5, o de los espectadores de los milagros operados por Jesús Mc 6,51 p Lc 5,9-11 7,16 y por los apóstoles Act 2,43. El temor de Dios comporta modalidades diversas que contribuyen, cada una en su rango, a encaminar al hombre hacia una fe más profunda.

II. TEMOR DE DIOS Y CONFIANZA EN DIOS. Por lo demás, en la auténtica vida de fe el temor se equilibra gracias a un sentimiento contrario: la confianza en Dios. Aun cuando Dios aparece a los hombres, no quiere aterrorizarlos. Los tranquiliza: «¡No temas!» Jue 6,23 Dan 10,12 Lc 1,13.30, frase que repite Cristo caminando sobre las aguas Mc 6,50. Dios no es un potentado celoso de su poder; rodea a los hombres de una providencia paternal que atiende a sus necesidades. «¡No temas!» dice a los patriarcas al notificarles sus promesas Gen 15,1 26,24; la misma expresión acompaña las promesas escatológicas aportadas al pueblo que sufre Is 41,10.13s 43,1.5 44,2, así como las promesas de Jesús al «pequeño rebaño» que recibe del Padre el reino Lc 12,32 Mt 6,25-34. En términos semejantes anima Dios a los profetas al confiarles su dura misión: tendrán que habérselas con los hombres, pero no deben temerlos Jer 1,8 Ez 2,6 3,9 2Re 1,15.

Así la fe en él es la fuente de una seguridad que destierra hasta el mero miedo humano. Cuando Israel en guerra ha de afrontar al enemigo, el mensaje divino vuelve a ser: «¡No temas!» Num 21,34 Dt 3,2 7,18 20,1 Jos 8,1. En lo más fuerte del peligro repite Isaías lo mismo a Ajaz Is 7,4 y a Ezequías Is 37,6. A los apóstoles, a quienes aguarda la persecución, repite Jesús que no teman a los que matan el cuerpo Mt 10,26-31. Una lección tantas veces repetida acaba por incorporarse a la vida. Los verdaderos creyentes, apoyados en su confianza en Dios, destierran de su corazón todo temor Sal 23,4 27,1 91,5-13.

III. TEMOR DE LOS CASTIGOS DIVINOS. Hay, sin embargo, un aspecto de Dios que puede inspirar a los hombres un temor saludable. En el AT se reveló como juez, y la proclamación de la ley sinaítica va acompañada de una amenaza de sanciones Ex 20,5ss 23,21. Por todo lo largo de la historia los sinsabores de Israel son presentados por los profetas como otros tantos signos providenciales que traducen la cólera de Dios: motivo serio de temblar delante de él… En este sentido la ley divina aparece como una ley de temor. Asimismo el salmo 2 recuerda la amenaza de los castigos divinos para invitar a las naciones extranjeras a someterse al ungido de Yahveh Sal 2,11s.

Este aspecto de la doctrina no se puede eliminar, puesto que el mismo NT da un puesto importante a la ira y al juicio de Dios. Pero ante esta perspectiva terrible sólo tienen que temblar los pecadores endurecidos en el mal Sant 5,1 Ap 6,15s Lc 23,30. En cuanto a los otros, que se reconocen profundamente pecadores Lc 5,8, pero que tienen confianza en la gracia justificante de Dios Rom 3,23s, el NT ha inaugurado una nueva actitud: no más temor de esclavos, sino un espíritu de hijos adoptivos de Dios Rom 8,15, una disposición de amor interior que destierra -el temor, pues el temor supone un castigo 1Jn 4,18, pero el que ama no tiene ya miedo del castigo, incluso si su corazón le condena 1Jn 3,20s. En este sentido es el NT una ley de amor. Pero ya en los tiempos del AT había personas que vivían bajo la ley de amor, como actualmente las hay todavía que no han superado la ley de temor.

IV. TEMOR DE DIOS Y RELIGIÓN. Después de todo el temor de Dios se puede comprender en un sentido bastante amplio y profundo, que lo identifique sin más con la religión. El Deuteronomio lo asocia ya en forma característica al amor de Dios, a la observancia de sus mandamientos, a su servicio Dt 6,2.5.13, mientras que Is 11,2 ve en él uno de los frutos del Espíritu de Dios. Es, como dicen los sabios, el principio de la sabiduría Prov 1,7 Sal 111,10, y el Eclesiástico formula unas loas sobre el temor que lo presentan como el equivalente práctico de la piedad Edo 1,11-20. En este sentido merece la bienaventuranza con que la adornan diferentes salmos Sal 112,1 128,1, porque «la misericordia de Dios se extiende de generación en generación sobre los que le temen» Lc 1,50 Sal 103,17; el tiempo del juicio, que hará temblar de miedo a los pecadores, será también el tiempo en que Dios «recompensará a los que temen su nombre» Ap 11,18. El NT, aun conservando a veces a la palabra un matiz de temor reverencial, del que no está totalmente ausente la perspectiva del Dios-Juez 2Cor 7,1 Ef 5,21 Col 3,22, sobre todo si se trata de personas que «no temen a Dios» Lc 18,2.4 23,40, la entiende más bien en este sentido profundo que hace del temor una virtud esencial: «En Dios no hay acepción de personas, sino que en toda nación el que teme a Dios y practica la justicia le es acepto» Act 10,34s. El temor así entendido es el camino de la salvación.

PROFETA

Tomado de: LEON-DUFOUR. Xavier,Vocabulario de teología bíblica

I. DIVERSIDAD Y UNIDAD DEL PROFETISMO DE ISRAEL

En todas partes existen en el antiguo Oriente hombres que ejercen la adivinación Num 22,5s Dan 2,2 4,3s y son juzgados aptos para recibir mensajes de la divinidad. A veces se acude a ellos antes de comenzar una empresa. Sucederá que los profetas de Israel hayan de cumplir funciones análogas 1Re 22,1-29; pero la fuente divina, la continuidad, el objeto de su mensaje los separan de estos adivinos Dt 18,14s.

1. Orígenes. ¿Dónde comienza el profetismo bíblico? A Abraham se da el título de profeta, pero esto es una transposición tardía Gen 20,7. En cuanto a Moisés, auténtico enviado divino Ex 3-4, es una fuente por lo que atañe a la profecía Ex 7,1 Num 11.17-25 y por tanto más que un profeta Num 12,6-8. El Deuteronomio es el único libro de la ley que le da este nombre Dt 18,15; pero no como a un profeta como los otros: después de él nadie le igualó Dt 34,10. Al final de la época de los jueces surgen bandas de «hijos de profetas» 1Sa 10,5s, cuyo exterior agitado 1Sa 19,20-24 tiene resabios de ambiente cananeo. Con ellos entra en uso la palabra nabi: (¿«llamado»?). Pero al lado de este título subsisten los antiguos: «vidente» 1Sa 9,9 o «visionario» Am 7,12, «hombre de Dios» 1Sa 9,7s, título principal de Elías y sobre todo de Eliseo 2Re 4,9. Por lo demás el título de nabi no está reservado a los profetas auténticos de Yahveh: al lado de ellos hay nabim de Baal 1Re 18,22; hay también hombres que hacen del profetismo un oficio, aunque hablan sin que Dios les inspire 1Re 22,5s... El estudio del vocabulario muestra, pues, que el profetismo tiene aspectos muy variados; pero al desarrollarse manifestará su unidad.

2. Continuidad. Existió una verdadera tradición profética que se perpetuó gracias a los discípulos de los profetas. El Espíritu, como en el caso de Moisés Num 11,17, se comunica: así por ejemplo de Elías a Eliseo 2Re 2. Isaías menciona a sus discípulos Is 8,16, y Jeremías va acompañado de Baruc. El siervo de Yahveh, cuya figura, más aún que la de Moisés, desborda el profetismo, asume los rasgos de un profeta-discípulo docente Is 50,4s 42,2ss. En este marco de una tradición viva, la escritura desempeña naturalmente un papel Is 8,16 Jer 36,4, que crece con el tiempo: Yahveh no pone ya en la boca de Ezequiel sus solas palabras, sino un libro. Sobre todo a partir del exilio se impone retrospectivamente a Israel la conciencia de una tradición profética Jer 7,25 25,4 29,19 35,15 44,4. El libro de la Consolación (de escuela isaiana) se apoya en esta tradición cuando recuerda las predicciones antiguas de Yahveh Is 45,21 48,5. Pero la tradición profética tiene una fuente de unidad que es de orden distinto del de estas relaciones mensurables: los profetas, desde los orígenes, están todos animados por el mismo Espíritu de Dios, (aun cuando varios no mencionen al Espíritu como origen de su profecía; cf., sin embargo, 1Sa 10,6 Miq 3,8; Os 9,7Jl 3,1sEz 11,5). Sean cuales fueren sus dependencias mutuas, de Dios es de quien reciben la palabra. El carisma profético es un carisma de revelación Am 3,7Jer 23,182Re 6,12, que da a conocer al hombre lo que no podría descubrir por sus propias fuerzas. Su objeto es a la vez múltiple y único: es el designio de salvación que se cumplirá y se unificará en Jesucristo Heb 1,1s.

3. El profeta en la comunidad. El profetismo, constituyendo una tradición, tiene también un puesto preciso en la comunidad de Israel: forma una parte integrante de la misma, pero sin absorberla; vemos que el profeta desempeña un papel, con el sacerdote, en la consagración del rey 1Re 1. Rey, sacerdote, profeta son durante largo tiempo como los tres ejes de la sociedad de Israel, bastante diversos para ser a veces antagónicos, pero normalmente necesarios los unos a los otros. Mientras existe un Estado se hallan profetas para iluminar a los reyes: Natán, Gad, Eliseo, sobre todo Isaías, y por momentos Jeremías. Les incumbe decir si la acción emprendida es la que Dios quiere, si tal política se encuadra exactamente dentro de la historia de la salvación. Sin embargo, el profetismo en el sentido fuerte de la palabra no es una institución como la realeza o el sacerdocio: Israel puede procurarse un rey Dt 17,14s, pero no un profeta; éste es puro don de Dios, objeto de promesa Dt 18,14-19, pero otorgado libremente. Esto se siente bien en el período en que se interrumpe el profetismo 1Mac 9,27 Sal 74,9: Israel vive entonces en la espera del profeta prometido 1Mac 4,46 14,41. En estas circunstancias se comprende la acogida entusiasta dispensada por los judíos a la predicación de Juan Bautista Mt 3,1-12.

II. DESTINO PERSONAL DEL PROFETA

1. Vocación. Al profeta corresponde un lugar en la comunidad, pero lo que lo constituye es la vocación. Se ve a ojos vistas en el llamamiento de Moisés, de Samuel, Amós, Isaías, Jeremías, Ezequiel, sin olvidar al Siervo de Yahveh. Las confidencias líricas de Jeremías giran en torno al mismo tema. Dios tiene la entera iniciativa; domina a la persona del profeta: «El Señor Yahveh habla, ¿quién no profetizará?» Am 3,8 7,14s. Jeremías, consagrado desde el seno de su madre 1,5 Is 49,1, habla de seducción 20,7ss. Ezequiel siente que la mano de Dios pesa fuertemente sobre él Ez 3,14. El llamamiento despierta en Jeremías la conciencia de su debilidad Jer 1,6; en Isaías, la del pecado Is 6,5. Este llamamiento lleva siempre a una misión, cuyo instrumento es la boca del profeta que dirá la palabra de Dios Jer 1,9 15,19 Is 6,6s Ez 3,1ss.

2. El mensaje del profeta y su vida. Anuncios en forma de gestos (más de treinta) preceden o acompañan a las exposiciones orales Jer 28,10 51,63. Ez 3,24-5,4 Zac 11,15. Es que la palabra revelada no se reduce a vocablos; es vida, va acompañada de una participación simbólica (no mágica) en el gesto de Yahveh que realiza lo que dice. Algunos de estos actos simbólicos tienen efectos inmediatos: compra de un campo Jer 32, enfermedades y angustias Ez 3,25s 4,4-8 12,18. Sin embargo, es de notar que en los más grandes la vida conyugal y familiar hace cuerpo con la revelación. Tal es el caso del matrimonio de Oseas 1-3. Isaías se limita a mencionar a la «profetisa» Is 8,3, pero él y sus hijos son signos para el pueblo 8,18. En el momento del exilio los signos se hacen negativos: celibato de Jeremías Jer 16,1-9, viudez de Ezequiel Ez 24,15-27. Otros tantos símbolos no imaginados, sino vividos y de esta manera enlazados con la verdad. El mensaje no puede ser exterior a su portador: no es un concepto de que pueda disponer éste; es la manifestación en él del Dios vivo (Elías), del Dios santo (Isaías).

3. Pruebas. Los que hablan en su propio nombre Jer 14,14s 23,16, sin haber sido enviados Jer 27,15, siguiendo su propio espíritu Ez 13,3, son falsos profetas. Los verdaderos profetas tienen conciencia de que otro les hace hablar, tanto que se da el caso de tener que corregirse alguna vez cuando han hablado de su propia cosecha 2Sa 7. La presencia de este otro Jer 20,7ss, el peso de la misión recibida Jer 4,19, causan a menudo una lucha interior. La serenidad de Isaías deja traslucir poco de esto: «guardo a Yahveh que oculta su rostro» Is 8,17… Pero Moisés Num 11,11-15 y Elías 1Re 19,4 conocen la crisis de depresión. Sobre todo Jeremías se queja amargamente, y un momento parece retraerse de su vocación Jer 15,18s 20,14-18. Ezequiel está «lleno de amargura y de furor», «pasmado» Ez 3,14s. El siervo de Yahveh atraviesa una fase de aparente esterilidad y de inquietud Is 49,4. En fin, Dios apenas si deja a los profetas esperar el éxito de su misión Is 6,9s Jer 1,19 7,27 Ez 3,6s. La de Isaías no logrará sino endurecer al pueblo Is 6,9s=Mt 13,14s Jn 15,22. Ezequiel deberá hablar, «se le escuche o no» Ez 2,5.7 3.11.27; así los hombres «sabrán que yo soy Yahveh» Ez 36,38; pero este reconocimiento del Señor sólo tendrá lugar posteriormente: La palabra profética trasciende en todos sentidos sus resultados inmediatos, pues su eficacia es de orden escatológico: en último término nos interesa a nosotros 1Pe 1,10ss.

4. Muerte. Se exterminó a los profetas bajo Ajab 1Re 18,4.13 19,10.14, probablemente bajo Manasés 2Re 21,16, ciertamente bajo Yayaquim Jer 26,20-23. Jeremías no ve nada excepcional en estas matanzas Jer 2,30; en tiempos de Nehemías su mención ha venido a ser un tópico Neh 9,26, y Jesús podrá decir: «Jerusalén, que matas a los profetas» Mt 23,37… La idea de que la muerte de los profetas es el coronamiento de todas sus profecías, de hecho va abriéndose paso a través de esta experiencia. La misión del Siervo de Yahveh, remate de la serie, comienza en la discreción Is 42,2, y se consuma en el silencio del cordero, al que se sacrifica Is 53,7. Ahora bien, este fin es una cima entrevista: desde Moisés los profetas intercedían por el pueblo Is 37,4 Jer 7,17 10,23s Ez 22,30; el siervo, intercediendo por los pecadores, los salvará con su muerte Is 53,5.11s.

III. EL PROFETA FRENTE A LOS VALORES ADMITIDOS

El encuentro dramático entre el profeta y el pueblo sucede primero en el terreno de las condiciones de la antigua alianza: la ley, las instituciones, el culto.

1. La ley. Profetismo y ley no expresan dos opciones, dos corrientes divergentes: se trata de funciones distintas, de sectores, que no son en modo alguno compartimientos estancos, en el interior de una totalidad. La ley declara lo que debe ser en todo tiempo y para todo hombre. El profeta, para comenzar, denuncia las faltas que surgen contra la ley. Lo que le distingue aquí de los representantes de la ley es que no aguarda a que se le someta un caso para pronunciarse, y que lo hace sin referirse a un poder que le ha transmitido la sociedad ni a un saber aprendido de otros. En razón de lo que Dios le revela para el momento presente asocia la ley con la existencia; pone nombres, dice al pecador, como Natán a David: «Tú eres ese hombre» 2Sa 12,7, coge a las personas en el acto mismo 1Re 21,20, a menudo por sorpresa 1Re 20,38-43. Oseas 4,2, Jeremías 7,9, hacen alusión al decálogo; Ezequiel 18,5-18 a las leyes y costumbres. El no pagar el salario Jer 22,13 Mal 3,5, el fraude Am 8,5 Os 12,8 Miq 6,10s, la venalidad de los jueces Miq 3,11 Is 1,23 5,23, el negarse a manumitir a los esclavos en el tiempo debido Jer 34,8-22, la inhumanidad de los prestamistas Am 2,8 y de los que «machacan el rostro de los pobres» Is 3,15 Am 2,6-8 4,1 8,4ss: he aquí otras tantas faltas contra la alianza. Pero la esencia de la ley que hacen presente los profetas no se reduce al texto escrito; en todo caso lo escrito no puede operar lo que opera el profeta en sus oyentes. Por su carisma alcanza en cada persona ese punto secreto en que se escoge o se rechaza la luz. Ahora bien, en la situación de hecho en que surge la palabra profética no sólo se rehúsa el derecho, sino que se retuerce Miq 3,9s Jer 8,8 Hab 1,4, se cambia en amargura Am 5,7 6,12; al bien se le llama mal, y viceversa Is 5,20 32,5; tal es la mentira condenada incesantemente por Jeremías Jer 6,6.. Los pastores enturbian el agua a las ovejas Ez 34,18s, se extravía a los débiles Is 3,12-15 9,15 Am 2,7. El pueblo, también culpable, no merece contemplaciones Os 4,9 Jer 6,28 Is 9,16: pero los profetas vituperan más violentamente a los sacerdotes y a todos los responsables Is 3,2 Jer 5,4s que representan las normas Os 5,1 Is 10,1 y las falsean. Contra tal situación se halla la ley desarmada. En la perversión de los signos el único recurso está en el discernimiento entre dos espíritus, el del mal y el de Dios: es la situación en que se ve enfrentarse profeta contra profeta Jer 28.

2. Las tradiciones. El pecado no tiene toda la culpa; la sociedad ha cambiado. Los profetas tienen conciencia de la novedad del estado de las costumbres, ya sea en los vestidos Is 3,16-23, en la música Am 6,5 o en las relaciones sociales. Habiendo aumentado los intercambios de todas clases, Israel conoce la situación que había previsto Samuel 1Sa 8,10-18: la relación de amo a esclavo se ha transferido, desde la permanencia en Egipto, al interior del pueblo. A pesar de ciertas posiciones antimonárquicas Os 13,11, los profetas no tratan de hacer volver a un estado anterior de cosas. No es ése su papel. Se oponen incluso al pueblo, aferrado como a su propio bien a una imagen venturosa del pasado, cuya reproducción indefinida considera como asegurada. Es la euforia de los que dicen: «¿No está Yahveh en medio de nosotros?» Miq 3,11, que llaman a Yahveh «el amigo de su juventud» Jer 3,4 Os 8,2, que piensan obtener a poca costa que «Yahveh reproduzca para ellos todos sus prodigios» Jer 21,2, para quienes no ha pasado nada: «mañana será como hoy» Is 56,12 47,7… Éstos se hallan en su centro en la predicación tranquilizadora de los falsos profetas Jer 23,17 y se niegan a que se les abran los ojos acerca de la realidad presente. Sin embargo los profetas de Dios son el extremo opuesto de una ruptura radical con el pasado: Elías vuelve al Horeb; Oseas 11,1-5 y Jeremías 2,2s están prendados de los recuerdos del desierto, el Déutero-Isaías Is 43,16-21, de los del Éxodo. Los profetas no confunden este pasado con sus sobrevivencias muertas. Les sirve para centrar en su verdadero eje la religión del pueblo.

3. El culto. Los profetas tienen palabras radicales contra los sacrificios Jer 7,21s Is 1,11ss Am 5,21-25, el arca Jer 3,16 y el templo Jer 7,4 26,1-15; ese templo en el que Isaías recibió su vocación Is 6 y en el que predica Jeremías Jer 7, como predicaba Amós en el santuario de Betel Am 7.13. Estas palabras se refieren a la actualidad: condenan sacrificios que en realidad son sacrilegios; en condiciones análogas podrían aplicarse igualmente a los actos del culto cristiano. Recuerdan también el valor relativo de estos signos que no han sido siempre ni tampoco serán siempre tales como son Am 5,25 Jer 7,22, que no son capaces por sí mismos de purificar ni de salvar Heb 10,1. Estos sacrificios no tienen sentido sino en relación con el sacrificio único de Cristo; a la revelación de este sentido definitivo da paso la crítica de los profetas. Por lo demás, a partir del exilio, organización del culto y profetismo coinciden en Ezequiel Ez 40-48 Is 58,13, Malaquías, Ageo. El culto judío de baja época es un culto purificado, lo cual es debido en gran parte a la acción de los profetas, que no se imaginaron nunca una religión sin culto, como tampoco una sociedad sin ley.

IV. LA PROFECÍA Y LA NUEVA ECONOMÍA

Los profetas ponen en conexión al Dios vivo con su criatura en la singularidad del momento presente. Pero precisamente por esta razón su mensaje está orientado hacia el futuro. Lo ven acercarse con su doble semblante, de juicio y de salvación.

1. El juicio. Isaías, Jeremías, Ezequiel ven, por encima de la multiplicidad de las transgresiones, la continuidad del pecado nacional Miq 7,2 Jer 5,1, dato histórico y radical Is 48,8 Ez 20 Is 64,5. Está grabado Jer 17,1, adherido como el orín o el color de la piel Jer 13,23 Ez 24,6. Como profetas que son, expresan esta situación en términos de momentos históricos. Dicen que el pecado. hoy, ha llegado a su colmo; Dios se lo ha hecho ver como se lo hizo ver a Abraham en el caso de Sodoma Am 4,11 Is 1,10... Por eso su mensaje comporta, junto con exhortaciones, el enunciado de una sentencia, con o sin fecha, pero nunca indeterminado: Israel ha roto la alianza Is 24,5 Jer 11,10; a los profetas toca significárselo con sus consecuencias. El pueblo aguarda como un triunfo el día de Yahveh; ellos anuncian que viene bajo la forma contraria Am 5,18ss. La viña que ha decepcionado será destruida por el viñador Is 5,1-7.

2. La salvación. Sin embargo, los profetas, desde los tiempos de Amós, saben que Dios es ante todo salvador. Jeremías ha sido establecido «para destruir, arrancar, arruinar y asolar, para levantar, edificar y plantar» Jer 1,10. Israel ha roto la alianza, pero con esto no está dicho todo: Dios, que es el autor de esta alianza, ¿tiene intención de romperla? Ningún sabio podría responder a esta cuestión, pues en el pasado especuló Israel con la fidelidad de Dios a fin de serle infiel y así se encerró en el pecado. Pero cuando se calla el sabio Am 5,13, habla el profeta. Él es el único que puede decir que después del castigo triunfará Dios perdonando, sin estar obligado a ello Ez 16,61, sólo por su gloria Is 48,11. Esta perspectiva se comprende mejor cuando, a partir de Oseas, se desarrolla la doctrina de la alianza bajo la figura del matrimonio, como la respuesta profética a las aporías de la alianza: el matrimonio es, sí, un contrato, pero sólo tiene sentido por el amor; ahora bien, el amor hace imposible el cálculo y concebible el perdón.

3. Los heraldos de la nueva alianza. El exilio y la dispersión que le sigue ejecutaron la sentencia. Si la ley hizo a Israel pasar por la experiencia de su impotencia Rom 7, es porque los profetas le abrieron los ojos. Entonces vino la hora de la misericordia. Desde los tiempos del exilio lo dicen los profetas cuando hacen promesas para el futuro. Lo que prometen no es la restauración Jer 31,32 de instituciones ahora ya caducas; habrá una nueva alianza. Jeremías la anuncia Jer 31,31-34; Ezequiel Ez 36,16-38 y el Déutero-Isaías Is 55,3 54,1-10 lo repiten. En esta nueva perspectiva no se suprime la ley, sino que cambia de puesto: de condición de la promesa pasa a ser objeto de la misma Jer 31,33 32,39s Ez 36 27. Es ésta una gran novedad; pero los profetas aportan otras muchas, en todos los puntos de la revelación bíblica: la experiencia profética se extiende a todos para renovarlos todos. Por su género de vida como por su doctrina son los profetas los jefes de fila de los que Pascal llamó los «cristianos de la antigua ley».

4. El hoy definitivo. Esta refundición de las condiciones de la salvación es inseparable de las circunstancias del exilio y del retorno, pues el profeta ve con una sola mirada las verdades eternas y los hechos en que se manifiestan. Las unas como los otros le son revelados por la gracia de su carisma, pero entre los conocimientos que el hombre no puede alcanzar por sí mismo, este del porvenir es un caso particular y privilegiado. Su predicción adopta formas diversas. A veces se refiere a hechos próximos, cuyo alcance es menor, pero su realización más impresionante Am 7,17 Jer 28,15s 44,29s 1Sa 10,1s Lc 22,10ss. Semejantes predicciones, una vez realizadas, son signos respecto al futuro lejano, que es el único decisivo. Este futuro, este fin de la historia, es el objeto esencial al que mira la profecía. La forma como se evoca anticipadamente se enraíza siempre en la historia del Israel carnal, pero hace resaltar su alcance definitivo y universal. Si los videntes describen la salvación a la escala de los acontecimientos que ellos mismos viven, ello depende de la limitación de su experiencia, pero también del hecho de que el futuro está en acción en el presente; los profetas enlazan el presente con el futuro porque éste es el hoy por excelencia; el empleo de la hipérbole muestra bien que la realidad rebasará todos los objetivos históricos enfocados en lo inmediato. Este lenguaje no pretende tanto hacernos admirar un ropaje literario cuanto ponerse a la altura de un acontecimiento absoluto. Éste es el que la apocalíptica, esa revelación por excelencia, más desgajada de las opciones políticas que la antigua profecía, enfocará directamente en sus arquitecturas de tiempos, sus números, sus representaciones figuradas (Dan). Más allá de la historia presente dejará presentir el acontecimiento absoluto, centro y fin de la historia.

NT

I. EL CUMPLIMIENTO DE LAS PROFECÍAS

El Nuevo Testamento tiene conciencia de dar cumplimiento a las promesas del Antiguo. Entre uno y otro el libro de Isaías, que es ya una suma de la profecía, y sobre todo los Cantos del Siervo, parecen ser un eslabón privilegiado que anuncia no sólo el cumplimiento, sino también su modo. Por eso los evangelios toman de él los textos que describen la mala acogida hecha a la salvación realizada Is 6,9 es citado por Mt 13,14s; Jn 12,39s y Act 28,26s; Is 53,1 por Rom 10,16 y Jn 12,38; Is 65,2 por Rom 10,21.

En efecto, si el NT subraya fácilmente los rasgos particulares de la vida de Jesús que cumplen las Escrituras, esto no debe hacernos olvidar la conformidad global de «todos los profetas» Act 3,18-24 Lc 24,27 con lo esencial de los misterios: la pasión y la resurrección. La primera se menciona sola varias veces como objeto de las profecías Mt 26,54-56 Act 3,18 13,27; más a menudo, las dos juntas. La lección de exégesis de Emaús, que se puso en práctica en la redacción de los evangelios, reúne las expresiones de que están salpicados los otros libros cuando se trata de anunciar el misterio de Cristo: «los profetas», «Moisés y todos los profetas», «todas las Escrituras», «la ley de Moisés, los profetas y los salmos» Lc 24,25.27.44; comparar Act 2,30 26,22 28,23 Rom 1,2 1Pe 1,11 2Pe 3,2.. Todo el Antiguo Testamento se convierte en una profecía del Nuevo, una «escritura profética» 2Pe 1,19s.

II. LA PROFECÍA EN LA NUEVA ECONOMÍA

1. En torno a Jesús. Jesús aparece por decirlo así en medio de una red de profetismo, representada por Zacarías Lc 1,67, Simeón Lc 2,25ss, la profetisa Ana Lc 2,36 y por encima de todo Juan Bautista. Precisaba la presencia de Juan para hacer sentir la diferencia entre el profetismo y su objeto, Cristo. Todo el mundo mira a Juan como a un profeta. Efectivamente, como los profetas de antaño, traduce la ley en términos de existencia vivida Mt 14,4 Lc 3,11-14. Anuncia la inminencia de la ira y de la salvación Mt 3,2.8. Sobre todo, discierne proféticamente a aquel que está aquí y no se le conoce, y lo designa Jn 1,26.31. Por él todos los profetas dan testimonio de Jesús: «todos los profetas, así como la ley, profetizaron hasta Juan» Mt 11,13 Lc 16,16.

2. Jesús. Aunque el comportamiento de Jesús es claramente distinto del de Juan Bautista Mt 9,14, se reconocen en él muchos rasgos proféticos; revela el contenido de los «signos de los tiempos» Mt 16,2s y anuncia su fin Mt 24-25. Su actitud frente a los valores recibidos reasume la crítica de los profetas: severidad para con los que tienen la llave, pero no dejan entrar Lc 11,52; ira contra la hipocresía religiosa Mt 15,7 Is 29,13; discusión de la calidad de hijos de Abraham de que se glorían los judíos Jn 8,39 9,28; clarificación de una herencia espiritual enmarañada, cuyas grandes líneas son ya difíciles de distinguir; purificación del templo Mc 11,l5ss p Is 56,7 Jer 7,11 y anuncio de un culto perfecto después de la destrucción del santuario material Jn 2,16 Zac 14,21. Finalmente, un rasgo que lo enlaza particularmente con los profetas de otro tiempo: ve denegado su mensaje Mt 13,13ss p, rechazado por aquella Jerusalén que había matado a los profetas Mt 23,37s p 1Tes 2,15. A medida que se acerca este término, lo anuncia y explica su sentido, siendo él mismo su propio profeta, mostrando así que es dueño de su destino, que lo acepta para realizar el designio del Padre, formulado en las Escrituras.

En presencia de tales actitudes, acompañadas de signos milagrosos, se comprende que la multitud dé espontáneamente a Jesús el título de profeta Mt 16,14 Jn 4,19 9,17, que en ciertos casos designa al profeta por excelencia anunciado en las Escrituras Jn 1,21 6,14 7,40. Jesús mismo no adopta este título sino incidentalmente Mt 13,57 p; tampoco la Iglesia naciente le asignará gran lugar Act 3,22s. Es que la personalidad de Jesús desborda en todos los sentidos la tradición profética: él es el Mesías, el Siervo de Dios, el Hijo del hombre. La autoridad que recibe de su Padre es también totalmente suya: es la del Hijo, lo cual le sitúa por encima de toda la serie de los profetas Heb 1,1ss. Recibe sus palabras, pero es, como dirá Juan, la palabra de Dios hecha carne Jn 1,14. En efecto, ¿qué profeta se habría presentado nunca como fuente de verdad y de vida? Los profetas decían: «Oráculo de Yahveh.» Jesús dice: «En verdad, en verdad os digo…» Su misión y su persona no son, pues, ya del mismo orden.

3. La Iglesia. «Las profecías desaparecerán un día», explica Pablo 1Cor 13,8. Pero esto será al fin de los tiempos. La venida de Cristo acá abajo, muy lejos de eliminar el carisma de profecía, provocó la extensión del mismo, que había sido predicha. «¡Ojalá que todo el pueblo fuera profeta!», era el deseo de Moisés Num 11,29. Y Joel veía realizarse este deseo «en los últimos tiempos» Jl 3,1-4. El día de pentecostés declara Pedro cumplida esta profecía: el Espíritu de Jesús se ha derramado sobre toda carne: visión y profecía son cosas comunes en el nuevo pueblo de Dios. El carisma de las profecías es efectivamente frecuente en la Iglesia apostólica Act 11,27s 13,1 21,10s. Pablo quiere que no sea depreciado en las Iglesias que ha fundado 1Tes 5,20. Lo sitúa muy por encima del don de lenguas 1Cor 14,1-5; sin embargo, tiene empeño en que se ejerza dentro del orden y para el bien de la comunidad 14,29-32. El profeta del NT, lo mismo que el del AT, no tiene por única función predecir el porvenir: «edifica, exhorta, consuela» 1Cor 14,3, funciones que se acercan mucho a la predicación. El autor profético del Apocalipsis comienza por desvelar a las siete iglesias lo que ellas mismas son Ap 2-3, tal como lo hacían los antiguos profetas. El profeta, también sometido al control de los otros profetas 1Cor 14,32 y a las órdenes de la autoridad 14,37, no puede pretender agrupar en torno a sí a la comunidad 12,4-11 ni gobernar la Iglesia. Hasta el final el profetismo auténtico se podrá reconocer gracias a las reglas de discreción de espíritus. Ya en el AT ¿no veía el Deuteronomio en la doctrina de los profetas el signo auténtico de su misión divina Dt 13,2-6? Lo mismo sucede ahora. Porque el profetismo no se extinguirá con la edad apostólica. Sería difícil comprender la misión de muchos santos en la Iglesia sin referirse al carisma profético, el cual está sometido a las reglas dictadas por san Pablo.

PERSECUCIÓN

Tomado de: LEON-DUFOUR. Xavier,Vocabulario de teología bíblica

El pueblo de Dios a lo largo de su historia pasa por la experiencia de la persecución; ésta no perdona al Hijo de Dios venido a salvar al mundo, y odiado por él Jn 3,17; 15,18, y culmina incluso en su pasión Mt 23,31s; finalmente, será también el destino de sus discípulos: «Si me han perseguido a mí, os perseguirán a vosotros» Jn 15.20.

El misterio de la persecución, aunque en conexión con el del sufrimiento, se diferencia de él; el sufrimiento crea un problema porque alcanza a todos los hombres, incluso a los justos; el problema es más agudo frente a la persecución que alcanza a los justos precisamente porque son justos. Entonces aparece que la persecución se distingue de las otras tribulaciones por su origen oculto. Por medio del sufrimiento quiere Dios purificar al pecador y probar al justo en un designio de amor; por medio de la persecución, un ser maligno trata de oponerse a este designio y separar al hombre de Dios. El hecho es que la persecución, como todo sufrimiento, es utilizada por Dios: «Al crucificar al Señor de la gloria los príncipes de este mundo» no sabían que eran instrumentos de su sabiduría 1Cor 2,6ss. Y el justo perseguido Act 3,14 venció para siempre al mundo Jn 16.33. Sus discípulos, seguros de verse perseguidos 2Tim 3,12, se regocijan de ello Mt 5,11s; ésta es la señal de que no son del mundo perseguidor Jn 15,19, sino del número de aquellos en quienes será glorificado el Señor Jesús el día en que triunfe de toda persecución 2Tes 1,4-12.

I. EL MISTERIO DE LA PERSECUCIÓN

1. En el AT no sólo el conjunto del pueblo santo sufre la oposición violenta de los paganos, desde la permanencia en Egipto Ex 1,8-14 hasta la dominación romana, pasando por las diversas crisis de su historia Sal 44,10-17 79,1-4 80,5ss, sino que los grandes personajes, jefes, reyes, y sobre todo profetas, son frecuentemente perseguidos por causa de su amor a Yahveh y de su fidelidad a su palabra: Moisés es desechado por los suyos Act 7.27; David es perseguido 1Sa 19-24, y asimismo Elías 1Re 19, Amós Am 7,10-17, Jeremías Jer 11,18-12,6, los mártires Macabeos 2Mac 6-7 1Mac 1,57-64, etc. Estas persecuciones aparecen a Jeremías inseparables de su misión, y gracias a ellas el siervo realiza el designio de Dios Is 53,10. Asimismo el libro de Daniel muestra que la persecución de los justos, su resistencia y su fidelidad preparan el día del juicio y la venida del reino Dan 7,25ss. Finalmente, el libro de la Sabiduría pone en claro el motivo profundo de toda persecución: el impío odia al justo porque es para él un «reproche viviente» Sab 2,12ss, al mismo tiempo que un testigo del Dios al que él desconoce 2,16-20: como el perseguidor pertenece al diablo, apunta a Dios a través de su testigo, y la salvación del justo el último día juzgará la incredulidad del perseguidor 2.24 5,1-6.

2. Jesús perseguido remata y corona esta serie de sufrientes injustamente oprimidos por aquellos mismos a quienes habían sido enviados. Los jefes de Israel, al condenarle, colman la medida de los crímenes de sus padres y dan prueba de ser ciertamente hijos de los que asesinaron a los profetas Mt 23,31s. Pero esta persecución, como todos los sufrimientos de Cristo, es necesaria para el cumplimiento de su misión y para la realización del plan de salvación.

3. Los discípulos no pueden aspirar a otro tratamiento distinto que su maestro: en seguimiento suyo, como él y por causa de él, son perseguidos Jn 15,20 16,1ss, tienen que beber su cáliz (copa) y ser bautizados con su bautismo Mc 10,39 p; en ellos revive Jesús su persecución Act 9,4s Col 1,24: para ellos es una gracia Flp 1,29 y por tanto una fuente de gozo 1Pe 4,12ss.

Primeramente los judíos los oprimen Act 4,1; 5.17; 8,1; 13.50, de la misma manera que en otro tiempo «el hijo de la carne perseguía al hijo del espíritu» Gal 4.29. Como Jesús entregado por los suyos Jn 13.18 18,35 Jer 12,6, los discípulos deben ser perseguidos por su propia familia Mt 10.34ss. Hay aquí más que un mero paralelismo de situaciones: «Los judíos, que dieron muerte al Señor Jesús y a los profetas, y nos han perseguido…, colman así la medida de sus pecados en todos los tiempos» 1Tes 2.15s.

También los paganos persiguen a los discípulos de Jesús. Roma, nueva Babilonia, va a su vez a «embriagarse con la sangre de los santos y con la sangre de los testigos de Jesús» Ap 17,6: tan cierto es que «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo sufrirán persecución» 2Tim 3,12.

4. El fondo del problema.

a. La persecución de los amigos de Dios no es sino un aspecto de la guerra secular que opone a Satán y a los poderes del mal contra Dios y sus servidores y que se resolverá con el aplastamiento de la serpiente. Desde la aparición del pecado Gen 3 hasta las luchas finales descritas en el Apocalipsis, el dragón «persigue» a la mujer y a su descendencia Ap 12 17 19. Esta lucha se extiende a toda la historia, pero se amplía a medida que avanza el tiempo. Llega a su punto culminante con la pasión de Jesús; entonces es a la vez la hora del príncipe de las tinieblas y la de Jesús, la de su muerte y la de su glorificación Lc 22,53 Jn 12,23 17,1. En la Iglesia las persecuciones son signo y condición de la victoria definitiva de Cristo y de los suyos. Por esta razón poseen un significado escatológico, pues son como un pródromo del juicio 1Pe 4,17ss y de la instauración completa del reino. Verdadero «comienzo de los dolores» Mc 13,8ss p, son preludio del fin del mundo y condicionan el nacimiento de una nueva era Ap 7,13-17.

b. Si los perseguidos que permanecieron fieles en la prueba Ap 7,14 son ahora vencedores y «sobreabundan de gozo», su suerte gloriosa no debe hacer olvidar el aspecto trágico del castigo de los perseguidores. La ira de Dios que ya desde ahora se revela para con los pecadores Rom 1,18, caerá al fin de los tiempos sobre los que se hayan endurecido, en particular sobre los perseguidores 1Tes 2,16 2Tes 1,5-8 Ap 6,9ss 11,17s 16,5s 19,2. Su suerte estaba anunciada ya en el trágico fin de Antíoco Epífanes 2Mac 9, que se repite en Herodes Agripa Act 12,21ss. Este nexo entre los perseguidores y el castigo escatológico se subraya en las parábolas de los viñadores homicidas Mt 21,33-46 p y del banquete nupcial 22,1-14. El último crimen de los viñadores y los malos tratamientos sufridos por los últimos servidores son el colmo de una serie de ultrajes y desencadenan la ira del amo o del rey. «Han derramado sangre de los santos; sangre, pues, les has hecho beber, y bien se lo han merecido» Ap 16,6 19,2.

II. EL CRISTIANISMO FRENTE A LA PERSECUCIÓN

El creyente cuya fe penetra en el misterio de la persecución halla en su esperanza la fuerza para soportarla con gozo; ya el AT le ofrecía modelos de esta actitud, a la que Jesús da su perfeccionamiento con su ejemplo y con sus consejos.

1. Los modelos. Los justos del AT adoptaron todos ante la persecución una actitud de paciencia y de valiente fidelidad en la esperanza. Jeremías es el tipo del perseguido fiel y orante; sus «confesiones» son no menos protestas de fidelidad que quejas dolorosas; sabe que suceda lo que suceda, Yahveh «está con él» para protegerle y salvarle (p.e. Jer 1,8.19). Lo mismo se diga del siervo doliente Is 52-53 y de los salmistas perseguidos: «¡Señor, sálvame de los que me persiguen!» Sal 7,2: este grito de angustia y de confianza resuena a través de todo el salterio. Tal oración, acompañada a menudo de imprecaciones contra los enemigos Sal 35 55 69 70 109 o de llamamientos a la venganza de Dios Jer 11,20 15,15 17,18, se funda en la certeza de la salvación que el Dios fiel otorga a los suyos Sal 31,6 23,4 91,15.

Jesús perseguido no sólo confía en su Padre que está con él Mt 26,53 Jn 16,32, sino que ora por sus perseguidores Lc 23,34; así da a sus discípulos un supremo ejemplo de la caridad que soporta toda persecución 1Cor 13,7.

Los apóstoles y los primeros cristianos, blanco de las persecuciones, oran para verse libres y poder así anunciar el Evangelio Act 4,29 12,5; como su maestro, se muestran pacientes en medio de las persecuciones 2Tes 1,4 y como él piden a Dios que perdone a sus verdugos Act 7,60.

2. Los consejos dados por Jesús corresponden a la actitud cuyo ejemplo dio él mismo. Como él, el discípulo debe orar por los que le persiguen Mt 5,44 p Rom 12,14. Debe afrontar la persecución con valor; aunque no debe ser temerario y debe saber huir de una ciudad donde se le acosa Mt 10,23 Act 13,50s, debe, sin embargo, estar dispuesto a verse encarcelado, herido y entregado a la muerte Mt 10,16-39 Jn 16,1-4. Pero ante tales perspectivas no debe tener miedo: su maestro venció al mundo Jn 16,33 y triunfará finalmente de los impíos perseguidores «con los suyos, los llamados, los escogidos, los fieles» Ap 17,14. Los enemigos del discípulo no pueden nada contra su alma Mt 10,28-31. El Espíritu de Dios le asistirá cuando sea arrastrado ante los tribunales, por lo cual no tiene que preocuparse por su defensa en el momento de su proceso Mt 10,19s. Con todo, hay que velar y orar constantemente, pues la persecución es una prueba, una tentación, y si el espíritu está pronto, la carne es flaca Mt 26,41.

Pablo reitera las consignas de Jesús. Nada, dice, puede separarnos del amor de Cristo, ni siquiera la persecución o la espada Rom 8,35. En resumen, el discípulo afronta la persecución con una esperanza que lo hace fiel, constante y gozoso Rom 12,12 2Tes 1,4 Mt 13,21 p. Sabe en quién ha puesto su confianza 2Tim 1,12. Así, rodeado de los innumerables mártires del AT y del NT, fijos los ojos en Cristo «que soportó tal hostilidad contra su persona por parte de los pecadores», corre hacia la meta, con aguante, sin desanimarse Heb 11,1-12,3.

3. El gozo de la esperanza Rom 12,12 es fruto de la persecución así soportada: «Seréis bienaventurados cuando os ultrajen y os persigan… por causa de mí. Alegraos y regocijaos…» Mt 5,11s. Esta promesa de Jesús se realiza en el cristiano que «se gloría en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce la constancia, la constancia la virtud probada, la virtud probada la esperanza, y la esperanza no defrauda…» Rom 5,3ss Sant 1,2ss. «Sobreabunda de gozo en las tribulaciones» 2Cor 7,4 12,10 Col 1,24 Act 5,41 Heb 10,34. La consolación en la tribulación 2Cor 1,3-10 es fruto del Espíritu 1Tes 1,6 Act 13,52 Gal 5,22, al mismo tiempo que signo de la presencia del reino.

El Apocalipsis, espejo de la vida de la Iglesia, escrito durante una terrible prueba, fomenta esta gozosa esperanza en el corazón de los perseguidos, garantizándoles la victoria de Jesús y la instauración del reino. A cada uno de ellos como a toda la Iglesia no cesa el Señor resucitado de dirigir este mensaje: «No temas los sufrimientos que te aguardan; el diablo se apresta a arrojar a los vuestros en la cárcel para tentaron, y vosotros sufriréis diez días de prueba. Permanece fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de vida» Ap 2,10.

PERMANECER

Tomado de: LEON-DUFOUR. Xavier,Vocabulario de teología bíblica

Israel, siempre en movimiento, nómada y luego exilado, no ha experimentado nunca verdaderamente lo que es «permanecer». Ni siquiera dispone de una palabra que exprese exactamente esta idea. Se ve obligado a describir meramente lo que ve: a un hombre sentado Gen 25,27, al vencedor de pie, único superviviente de una batalla Jos 7,12, o también las tiendas plantadas habitualmente en los mismos pastos Gen 16,12 25,18. Hay que aguardar los equivalentes griegos para lograr nuestras imágenes familiares de casa, estabilidad, permanencia.

Y, sin embargo, este pueblo, siempre en marcha, sueña con reposar de las fatigas del desierto: querría instalarse y vivir en paz en la tierra que le ha prometido Dios Gen 49,9.15 Dt 33,12.20. Al atardecer de cada grande etapa de su historia piensa Israel plantar sus tiendas para una «morada segura» Dt 12,8ss. Y ala mañana de las nuevas partidas cobra alientos escuchando a los profetas que le anuncian un lugar en el que echará raíces Am 9,15, una tienda que ya no se arrancará Is 33,20, o incluso una casa estable y una ciudad bien fundada 2Sa 7,9ss Is 54,2. Pero siempre Yahveh, su pastor, «destruye sus moradas» Am 5,15 Jer 12,14 para castigarlo y volverlo al desierto o, por el contrario, para dirigirlo hacia mejores pastos Sal 23 Jer 50,19 Ez 34,23-31. Así permanecer es un ideal esperado siempre, pero no alcanzado nunca, que no hallará su realización sino en Dios.

I. LO QUE PASA Y LO QUE PERMANECE

1. «Pasa la figura de este mundo» 1Cor 7,31 2Cor 4,18. El hombre, eterno viajero, no puede permanecer en la tierra, no dura: como toda carne, semejante a la hierba, su vida es corta, el hombre se marchita y muere Is 40,8 Job 14,2. El mundo en que vive parece por lo menos más estable 2Pe 3,4, la tierra está sólidamente asentada sobre sus bases Sal 104,5, y Dios garantizó a Noé la regularidad de las leyes de la naturaleza Gen 8,22. Pero esta promesa vale únicamente «mientras dure la tierra», pues «los cielos se conmoverán» Heb 12,26s; y Cristo previno ya a los suyos: «el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» Mt 24,35.

La misma alianza del Sinaí, si bien fundada en la ley y en las palabras de Dios, se demostró caduca: los hebreos, infieles a Yahveh, desobedientes a su ley, no pudieron permanecer en la tierra prometida Dt 8,19s 28,30.36. En una palabra, no «permanecieron en la alianza» Heb 8,913.

Por lo demás, ésta no era sino una figura pasajera de la nueva alianza Jer 31,31 Mt 26,28 Gal 4,21-31.

Incluso entre las realidades de esta nueva economía algunas pasarán, como los carismas de profecía y de ciencia o el don de lenguas; pero «la fe, la esperanza y la caridad permanecerán las tres» 1Cor 13,8-13.

Así, este mundo no es una «ciudad permanente»: hay que salir de él Heb 13,13s; el cristiano mismo sabe que «su morada terrena» no es sino «tienda» que habrá de evacuar para ir a domiciliarse cerca del Señor 2Cor 5,1-8.

2. Sólo Dios permanece, Dios, que es, que era y que viene Ap 4,8 11,17, «él es el Dios vivo, él perdura para siempre» Dan 6,27 Sal 102,27s. Sentado en los cielos inaccesibles, morada santa y eterna, se ríe de las amenazas Sal 2,4 9,8 Is 57,15. Él es la roca estable, sobre la que hay que apoyarse. Su palabra Is 40,8 1Pe 1,23ss, su designio Is 14,24, su promesa Rom 4,16, su realeza Dan 4,31, su justicia Sal 111,3, su amor Sal 136 permanecen para siempre. Él es quien da solidez a todo lo que en la tierra posee alguna estabilidad en el orden físico como en el orden moral Sal 119,89ss 112,3.6.

Así el justo es como un árbol plantado, que se mantiene en pie el día del juicio Sal 1,3ss, o como el hombre que, fiándose de las palabras de Cristo, fundó su casa sobre la piedra Mt 7,249 p. En efecto, el hombre, para subsistir, debe apoyarse en la solidez de Dios, es decir, creer Is 7,9 y perseverar en la fe Jn 8,31 15,5ss 2Tim 3,14 2Jn 9 en aquel que es «el mismo ayer, hoy y para siempre» Heb 13,8.

II. DIOS HABITA EN NOSOTROS Y NOSOTROS EN ÉL

1. Gracias a su presencia, permite Dios a los hombres permanecer. Se ha construido en Sión un templo, en el que reside su nombre y que está lleno de su gloria Dt 12,5-14 1Re 8,11 Mt 23,21. Por lo demás, esta morada es provisional; será, en efecto, profanada por el pecado: entonces la gloria de Yahveh la abandonará y el pueblo será conducido al exilio Ez 8,1-11,12.

2. Ahora bien, «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» Jn 1,14. El Emmanuel Mt 1,23 Is 7,14, cuyo reino no tendrá fin Lc 1,33, debe «permanecer siempre» Jn 12,34, porque el Padre permanece en él y él está en el Padre 14,10. Y sin embargo, debe cesar su presencia sensible; debe abandonar a los suyos 13,33, pues debe preparar para ellos las numerosas moradas de la casa de su Padre 14,2s.

3. Para que se nos dé el Espíritu Santo y permanezca en nosotros Jn 14,17 era necesario el retorno de Cristo a su Padre 16,7. El cristiano, habiendo así recibido la unción de Cristo 1Jn 2,27s, permanece en él si «come su carne» Jn 6,27-56, si vive como él vivió 1Jn 2,6, en su amor Jn 15,9, sin pecar 1Jn 3,6 y guardando su palabra Jn 14,15-23 1Jn 3,24. Por el hecho mismo, el Padre, como Cristo y el Espíritu, permanecen en él Jn 14,23. Una unión tan íntima y tan fecunda como la de los sarmientos y la viña se crea entre Dios y el cristiano Jn 15,4-7; esta unión le permite permanecer, es decir, producir fruto 15,16 y vivir eternamente Jn 6,56ss.

De esta manera Cristo, «en quien habita toda la plenitud de la divinidad» Col 1,19 2.9 inaugura el reino que subsiste pala siempre Heb 12.27s y construye la ciudad sólida Heb 11.10, cuyo único fundamento es él mismo Is 28.16 1Cor 3.11 1Pe 2,4.