Bien y mal

«Vio Dios cuanto había hecho, y era muy bueno» (Gén 1,31). Sin embargo, para acelerar la venida del reino escatológico nos invita Cristo a pedir en el padrenuestro: «Líbranos del mal» (Mt 6,13). La oposición de estas dos fórmulas plantea al creyente de nuestros días, para el que la Biblia misma ofrece elementos de solución: ¿de dónde viene el mal en este mundo creado bueno?, ¿cuándo y cómo se le vencerá?

I. EL BIEN Y EL MAL EN EL MUNDO.

1. Para el que las ve o las experimenta, ciertas cosas son subjetivamente buenas o malas. La palabra hebrea tób (traducida indistintamente por las palabras griegas kalos y agathos, bello y bueno [cf. Lc 6, 27-35]) designa primitivamente a las personas o a los objetos que provocan sensaciones agradables o la euforia de todo el ser: una buena comida (Jue 19,6-9; 1Re 21,7; Rut 3,7), una muchacha hermosa (Est 1,11), personas benéficas (Gén 40,14), en una palabra, todo lo que procura la felicidad o facilita la vida en el orden físico o psicológico (cf. Dt 30,15); por el contrario, todo lo que conduce a la enfermedad, al sufrimiento en todas sus formas y sobre todo a la muerte, es malo (hebr. ra; gr. poneros y kakos).

2. ¿Se puede también hablar de una bondad objetiva de las criaturas en el sentido en que la entendían los griegos? Éstos imaginaban para cada cosa un arquetipo a imitar o a realizar; proponían al hombre un ideal, el kalos kagathos que, poseyendo en sí mismo todas las cualidades morales, estéticas y sociales, ha llegado a su pleno desarrollo, es agradable y útil a la república. En esta óptica particular, ¿cómo concebir el mal? ¿Cómo imperfección, pura negatividad, ausencia de bien, o, por el contrario, como una realidad que tiene su existencia propia y deriva del principio malo que desempeñaba tan gran papel en el pensamiento iranio? Cuando la Biblia atribuye bondad real a las cosas, no lo entiende así. Diciendo: «Vio Dios que era bueno» (Gén 1,4…) muestra que esta bondad no se mide en función de un bien abstracto, sino en relación con el Dios creador, único que da a las cosas su bondad.

3. La bondad del hombre constituye un caso particular. En efecto, depende en parte de él mismo. Ya en la creación, le situó Dios ante «el árbol del conocimiento del bien y del mal», dejándole la posibilidad de obedecer y de gozar del árbol de la vida, o de desobedecer y de ser arrastrado a la muerte (Gén 2,9.17), prueba decisiva de la libertad, que se repite para cada hombre. Si rechaza el mal y hace el bien (Is 7,15; Am 5,14; cf. Is 1,16s), observando la ley de Dios y conformándose con su voluntad (cf. Dt 6,18; 12,28; Miq 6,8), será bueno y le agradará (Gén 6,8); si no, será malo y le desagradará (Gén 38,7). Su elección determinará su calificación moral y, consiguientemente, su destino.

4. Ahora bien, desde los orígenes, el hombre, seducido por el maligno (cf. Satán), escogió el mal. Buscó su bien en las criaturas «buenas para comer y seductoras a la vista» (Gén 3,6), pero fuera de la voluntad de Dios, lo cual es la esencia misma del pecado. En ello no halló sino los frutos amargos del sufrimiento y de la muerte {Gén 3,16-19). A consecuencia de su pecado se introdujo; pues, el mal en el mundo y luego proliferó. Cuando Dios mira a los hijos de Adán los halla tan malos que se arrepiente de haberlos hecho (Gén 6,Sss): no hay ni uno que haga el bien aquí en la tierra (Sal 14,1ss; Rom 3,10ss). Y el hombre hace la misma experiencia: se siente frustrado en sus deseos insaciables (Ecl 5,9ss; 6,7), impedido de gozar plenamente de los bienes de la tierra (Ecl 5,14; 11,2-6), incapaz hasta de «hacer el bien sin jamás pecar» (Ecl 7,20), pues el mal sale de su propio corazón (Gén 6,5; Sal 28,3; Jer 7, 24; Mt 15,19s).

Viciando el orden de las cosas, llama al bien mal y al mal bien (Is 5,20; Rom 1,28.32). Finalmente, hastiado y decepcionado, se hace cargo de que «todo es vanidad» (Ecl 1,2); experimenta duramente que «el mundo entero está en poder del maligno» (1Jn 5,19; cf. In 7,7). El mal, en efecto, no es una mera ausencia de bien, sino una fuerza positiva que esclaviza al hombre y corrompe el universo (Gén 3,17s). Dios no lo creó, pero ahora que ha aparecido, se opone a él. Comienza una guerra incesante, que durará tanto tiempo como la historia: para salvar al hombre, Dios todopoderoso deberá triunfar del mal y del maligno (Ez 38-39; Ap 12,7-17).

II. SÓLO Dios ES BUENO. La bondad de Dios es una revelación capital del AT. Habiendo conocido el mal en su paroxismo durante la servidumbre de Egipto, Israel descubre el bien en Yahveh su libertador. Dios lo arranca a la muerte (Éx 3, 7s; 18,9), luego lo conduce a la tierra prometida, aquel «buen país» (Dt 8,7-10), «en el que fluyen leche y miel» y «en el que Yahveh tiene constantemente los ojos», y donde Israel hallará la felicidad (cf. Dt 4,40) si se mantiene fiel a la alianza (Dt 8,11-19; 11,8-12.18-28).

2. Dios pone una condición a sus dones. Israel, como Adán en el paraíso, se ve situado frente a una elección que determinará su destino. Dios pone ante él la bendición y la maldición (Dt 11,26ss), puesto que el bien físico y el bien moral están igualmente ligados con Dios: si Israel «olvidara a Yahveh», cesara de amarle, no observara ya sus mandamientos y rompiera la alianza, sería inmediatamente privado de estos bienes terrenales (Dt 11,17) y enviado en servidumbre, mientras que su tierra se convertiría en un desierto (Dt 30,15-20; 2Re 17,7-23; Os 2,4-14). A lo largo de su historia experimenta Israel la verdad de esta doctrina fundamental de la alianza: como en el drama del paraíso, la experiencia de la desgracia sigue a la del pecado.

3. La felicidad de los impíos y la desgracia de los justos. Pero en este punto capital parece fallar la doctrina: ¿no parece Dios favorecer a los impíos y dejar a los buenos en la desgracia? Los justos sufren, el servidor de Yahveh. Es perseguido, los profetas son entregados a muerte (cf. Jer 12,1s; 15,15-18; Is 53; Sal 22; Job 23-24). Dolorosa y misteriosa experiencia del sufrimiento cuyo sentido no aparece inmediatamente. Sin embargo, por ella aprenden poco a poco los pobres de Yahveh a despegarse de los «bienes de este mundo», efímeros e inestables (Sof 3,11ss; cf. Mt 6,19ss; Lc 12, 33s), para hallar su fuerza, su vida y su bien en Dios, único que les queda cuando todo se ha perdido, y al que se adhieren con una fe y una esperanza heroicas (Sal 22,20; 42,6; 73,25; Jer 20,11). Ciertamente están todavía sometidos al mal, pero tienen consigo a su salvador, que triunfará en el día de la salvación; entonces recibirán esos bienes que ha prometido Dios a sus fieles (Sal 22,27; Jer 31,10-14). En toda verdad, Dios «solo es bueno» (Mc 10, 18 p).

III.Dios TRIUNFA DEL MAL. 1. De la ley al llamamiento de la gracia. Al revelarse como salvador anunciaba Dios ya su futura victoria sobre el mal. Pero todavía debía afirmarse ésta en forma definitiva, haciendo al hombre bueno y sustrayéndolo al poder del maligno (1Jn 5,18s), «príncipe de este mundo» (Lc 4,6; Jn 12,31; 14,30). Es cierto que Dios había dado ya la ley, que era buena y estaba destinada a la vida (Rom 7,12ss); si practicaba el hombre los mandamientos, haría el bien y obtendría la vida eterna (Mt 19,16s). Pero esta ley era por sí misma ineficaz, en tanto no cambiara el corazón del hombre, prisionero del pecado. Querer el bien está al alcance del hombre, pero no realizarlo: no hace el bien que quiere, sino el mal que no quiere (Rom 7,18ss). La concupiscencia le arrastra como contra su voluntad, y la ley, hecha para su bien, redunda finalmente en su mal (Rom 7,7.12s; Gál 3,19). Esta lucha interior lo hace infinitamente desgraciado; ¿quién, pues, lo libertará? (Rom 7,14-24).

2. Sólo «Jesucristo Nuestro Señor» (Rom 7,25) puede atacar al mal en la raíz, triunfando de él en el corazón mismo del hombre (cf. Ez 36,26s). Es el nuevo Adán (Rom 5,12-21), sin pecado (Jn 8,46), sobre el que Satán no tiene ningún poder. Se hizo obediente hasta la muerte de cruz (,Flp 2,8), dio su vida a fin de que sus ovejas hallen pasto (Jn 10,9-18). Se hizo «maldición por nosotros a fin de que por la fe recibiéramos el Espíritu prometido» (Gál 3,13s).

3. Los bienes otorgados. Así, renunciando Cristo a la vida y a los bienes terrenales (Heb 12,2) y enviándonos el Espíritu Santo, nos procuró las «buenas cosas» que debemos pedir al Padre (Mt 7,11; cf. Lc 11,13). No se trata ya de los bienes materiales, como los que estaban prometidos en otro tiempo a los hebreos; son los «frutos del Espíritu» en nosotros (Gál 5,22-25). Ahora ya el hombre, transformado por la gracia, puede «hacer el bien» (Gál 6,9s); «hacer buenas obras» (Mt 5,16; 1Tim 6,18s; Tit 3,8.14), «vencer el mal por el bien» (Rom 12,21). Para hacerse capaz de estos nuevos bienes, debe pasar por el desasimiento, «vender sus bienes» y seguir a Cristo {Mt 19,21), «negarse a sí mismo y llevar su cruz con él» (Mt 10,38s; 16,24ss).

4.La victoria del bien sobre el mal. Escogiendo el cristiano vivir así con Cristo para obedecer a los impulsos del Espíritu Santo, se desolidariza de la opción de Adán. Así el mal moral queda verdaderamente vencido en él. Desde luego, sus consecuencias físicas y psicológicas permanecen mientras dura el mundo presente, pero el cristiano se gloría en sus tribulaciones, adquiriendo con ellas la paciencia (Rom 5,4), estimando que «los sufrimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria futura que se ha de revelar» (8,18-25). Así desde ahora está por la fe y la esperanza en posesión de las riquezas incorruptibles (Lc 12, 33s) que se otorgan por mediación de Cristo «sumo sacerdote de los bienes venideros» (Heb 9,11; 10,1). Es sólo un comienzo, pues creer no es ver; pero la fe garantiza los bienes esperados (Heb 11,1), los de la patria mejor (Heb 11,16), los del mundo nuevo que Dios creará para sus elegidos (Ap 21,1ss).

Todos los derechos: Vocabulario de teología bíblica, X. Léon-Dufour

La Vida de Cristo

LUDOLFO DE SAJONIA

La Vida de Cristo

Madrid, Universidad de Comillas, 2010, 2 vols., IXXVIII + 766 y 895 p.

Introducción, traducción y notas de EMILIO DE RÍO, SJ

Los amantes de la espiritualidad del siglo XIV están de enhorabuena al saber que se ha hecho una nueva edición de la Vita Christi del “Cartujano”, una de las obras más clásicas de toda la historia de la espiritualidad de la edad media, leída y aprovechada por todos los grandes espirituales del siglo XVI y también leída en los hogares cristianos. La transmisión textual se hizo primero en copias manuscritas y después difundida por la imprenta en muchas ediciones en la lengua latina original y en traducciones a las lenguas nacionales que no puedo especificar en esta breve recensión.

El autor es alemán, nacido hacia 1295-1300. Fue primero dominico y después cartujo en la Cartuja de Coblenza y de Estrasburgo, donde murió, probablemente, en 1378, con fama de santidad. Su producción literaria es amplia, pero adquirió fama, sobre todo, por esta obra que presentamos. En castellano existe una edición de principios del siglo XVI, realizada por un clásico de la lengua, el franciscano Ambrosio de Montesino, una verdadera joya de la literatura ascético-mística que se estrenaba entonces para exponer los caminos de la espiritualidad y la mística para acercarla al pueblo.

¿De qué trata esta obra y cuáles son las condiciones y novedades de esta edición? Basta una somera presentación para que el lector se haga una idea de ella y se aproveche de su contenido.

El trabajo del editor de esta obra ha sido inmenso. En primer lugar, ha acometido la empresa de traducir de nuevo el texto latino original al castellano actual. El lector, sobre todo conocedor de la clásica traducción del franciscano Ambrosio de Montesino, se preguntará por qué el editor no ha reproducido esa traducción ya clásica, sobre todo porque fue leída y utilizada por los autores espirituales del siglo XVI, entre otros por san Ignacio de Loyola y santa Teresa de Jesús. En su favor tenía el hecho de que en esta edición tiene en cuenta la referencia constante al autor de los Ejercicios Espirituales.

Personalmente, y en principio, fui favorable a la opinión de que debería haber reproducido aquella edición del siglo XVI por la razón obvia de que era un clásico de espiritualidad y un monumento de la lengua castellana, y, sobre todo, porque es la que leyeron y citaron nuestros autores; pero, en un segundo momento y pensándolo más en profundidad, he llegado a la conclusión de que también hay razones, y ahora pienso que más valiosas, para hacer lo que ha hecho el traductor.

La primera es que la traducción de Montesino constaba de cuatro gruesos volúmenes en folio. Y segunda, que no es una traducción literal del latín sobrio del original, sino libre, y más bien termina siendo una paráfrasis al texto latino, una redundancia verbal propia de un poeta y embellecedor de la lengua. La traducción de Emilio del Río se atiene con rigor al texto latino del autor. Si queremos comprobar los textos mismos citados por nuestros clásicos del siglo XVI, habrá que acudir a la floreada prosa del franciscano. Así que el lector de hoy pierde algo, pero también gana. Desde entonces no había tenido la suerte de una edición completa.

La presente traducción se hace desde la edición latina del siglo XIX, de. L. M. Rigollot, París, 1878. El traductor divide en dos partes la obra original, el volumen primero con 92 capítulos (desde la generación eterna del Verbo hasta la curación del ciego de Betsaida) y el segundo, de 89 (desde la confesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo hasta el infierno y la gloria).

La obra de Ludulfo es de valor inmenso; lo fue en el siglo XVI, cuando el laico no podía leer las Escrituras en la lengua vulgar, sobre todo a partir del Índice de Valdés, de 1559. Y en esta obra, el privilegiado que sabía leer y poseía medios económicos suficientes, tenía aquí no sólo la traducción de los textos de los cuatro Evangelios y otros textos del N. y del A. Testamento, sino un amplísimo y riquísimo comentario de este sabio dominico-cartujo, enriquecido, además, con comentarios de los santos Padres y escritores medievales. Y presentaba al lector culto, o lectores sencillos, un comentario exegético de propia cosecha, con mucho ingenio y sentido pastoral, según las normas de los cuatro sentidos, tradicionales desde los SS. Padres: literal-histórico, alegórico-teológico, antropológico-moral, anagógico-místico. De este modo el lector, tenía ante sí una verdadera enciclopedia del saber bíblico, de exégesis culta para aquel momento, un encuentro con los Padres de la Iglesia y escritores posteriores y un verdadero manual de vida espiritual.

Quiero insistir también en la idea de que la Vita Christi es, además de todo lo que vengo diciendo, un manual para hacer oración y meditación, ya que sigue el triple estadio clásico de la Lectio, Meditatio, Oratio, que concluye en la Contemplatio. Y, a partir del capítulo 59 de la parte II, casi todo el relato de la pasión, añade la conformatio, me parece que es una novedad en el método oración, y que sitúa al orante ante Cristo paciente para sacar conclusiones prácticas.

Me parece que se trata de una obra gigantesca que renace ahora de las cenizas y será útil no sólo para los especialistas en la historia de la espiritualidad y de la exégesis, sino para un cristiano que quiera estar bien informado de un patrimonio cultural de la Iglesia.

Los trabajos del editor, además de la paciencia y los años de trabajo empleados en la traducción, han sido varios. En primer lugar, una jugosa y suficiente “introducción” (pp. VIIXXVIII), útil para cualquier lector, también para los especialistas, que podrán seguir leyendo las citas bibliográficas utilizadas si lo desean. Y, al final del segundo volumen, unos “Índices” muy útiles. I Los textos de los Evangelios y algunos otros libros del N. T. que comenta Ludulfo, con las referencias a la parte y capítulos de la obra (pp. 783789). II Citas del A. y del N. Testamento (pp. 791-827), con las mismas referencias. III “Índice de materias”, abundantísimo (pp. 829863). IV “Índice general de la vida de Cristo” (pp. 865-894).

Quisiera resaltar también la confrontación que el editor hace del texto con el uso que de él hicieron algunos autores del siglo XVI, especialmente la confrontación constante con san Ignacio y sus Ejercicios Espirituales.

Por todo ello, me parece que esta obra puede hacer historia en la actual publicística, tan necesitada de obras antiguas o modernas que de verdad hagan ciencia, ayuden al conocimiento de la historia y también a la reflexión y a la oración meditada. Gracias al editor que ha puesto tanto esfuerzo e ilusión en este trabajo y le deseo que tenga mucha difusión. Que, al menos, no falte en las grandes librerías y bibliotecas.-

Daniel de Pablo Maroto.

HUMILDAD

I. LA HUMILDAD Y SUS GRADOS

La humildad bíblica es primeramente la modestia que se opone a la vanidad. El modesto, sin pretensiones irrazonables, no se fía de su propio juicio (Prov 3,7 Rom 12,3.16 Sal 131,1). La humildad que se opone a la soberbia se halla a un nivel más Profundo: es la actitud de la criatura pecadora ante el omnipotente y el tres veces santo: el humilde reconoce que ha recibido de Dios todo lo que tiene (1Cor 4,7); siervo inútil Lc 17,10, no es nada por sí mismo (Gal 6,3), sino pecador (Is 6,3ss Lc 5,8). A este humilde que se abre a la gracia (Sant 4,6=Prov 3,34), Dios le glorificará (1Sa 2,7s Prov 15,33).

Incomparablemente más profunda todavía es la humildad de Cristo, que por su rebajamiento nos salva y que invita a sus discípulos a servir a sus hermanos por amor (Lc 22,26s) a fin de que Dios sea glorificado en todos (1Pe 4,10s).

II. LA HUMILDAD DEL PUEBLO DE DIOS

Israel aprende primeramente la humildad haciendo la experiencia de la omnipotencia (poder) del Dios que le salva y que es el único altísimo. Conserva viva esta experiencia conmemorando las gestas de Dios en su culto; este culto es una escuela de humildad; el israelita, al alabar y dar gracias imita la humildad de David que danza delante del arca (2Sa 6,16.22) para glorificar a Dios, al que todo le debe (Sal 103).

Israel hizo también la experiencia de la pobreza en la prueba colectiva de la derrota y del exilio o en la prueba individual de la enfermedad y de la opresión de los débiles. Estas humillaciones le hicieron adquirir conciencia de la impotencia radical del hombre y de la miseria del pecador que se separa de Dios. Así se inclina el hombre a volverse a Dios con corazón contrito (Sal 51,19), con esa humildad, hecha de dependencia total y de docilidad confiada, que inspira las súplicas de los salmos (Sal 25 106 130 131). Los que alaban a Dios y le suplican que los salve se dan con frecuencia el nombre de «pobres» (Sal 22,25.27 34,7 69,33s); esta palabra que designaba primeramente la clase social de los infortunados, adopta un sentido religioso a partir de Sofonías: buscar a Dios es buscar la pobreza, que es la humildad (Sof 2,3). Después del día de Yahveh, el «resto» del pueblo de Dios será «humilde y pobre» (Sof 3,12; gr. praus y tapeinos; Mt 11,29 Ef 4,2.)

En el AT los modelos de esta humildad son Moisés, el más humilde de los hombres (Num 12,3) y el misterioso siervo que, por su humilde sumisión hasta la muerte, realiza el designio de Dios (Is 53,4-10). Al retorno del exilio, profetas y sabios predicarán la humildad. El Altísimo habita con aquél que es humilde de espíritu y tiene corazón contrito (Is 57,15 66,2). «El fruto de la humildad es el temor de Dios, riqueza, gloria y vida» Prov 22,4. «Cuanto más grande seas, más debes abajarte para hallar gracia delante del Señor» (Eclo 3,18 Dan 3,39): la oración del ofertorio «In spiritu humilitatis». Finalmente, al decir del último profeta, el Mesías será un rey humilde; entrará en Sión montado en un pollino (Zac 9,9). Verdaderamente el Dios de Israel, rey de la creación, es el «Dios de los humildes» (Jdt 9,11s).

III. LA HUMILDAD DEL HIJO DE DIOS

Jesús es el Mesías humilde anunciado por Zacarías (Mt 21,5). Es el Mesías de los humildes, a los que proclama bienaventurados (Mt 5,4 Sal 37,11; gr. praus): el humilde al que su sumisión a Dios hace paciente y manso. Jesús bendice a los niños y los presenta como modelos (Mc 10,15s). Para ser como uno de esos pequeñuelos, a quienes Dios se revela y que son los únicos que entrarán en el reino (Mt 11,25 18,3s), hay que aprender de Cristo, «maestro manso y humilde de corazón» (Mt 11,29) Ahora bien, este maestro no es solamente un hombre; es el Señor venido a salvar a los pecadores tomando una carne semejante a la suya (Rom 8,3). Lejos de buscar su gloria (Jn 8,50), se humilla hasta lavar los pies a sus discípulos Jn 13,14ss; él, igual a Dios, se anonada hasta morir en cruz por nuestra redención (Flp 2,6ss Mc 10,45 Is 53).

En Jesús no sólo se revela el poder divino, sin el cual no existiríamos, sino también la caridad divina, sin la cual estaríamos perdidos (Lc 19,10).

Esta humildad («signo de Cristo», dice san Agustín) es la del Hijo de Dios, la de la caridad. Hay que seguir el camino de esta humildad «nueva» para practicar el mandamiento nuevo de la caridad (Ef 4,2 1Pe 3,8s); «donde está la humildad, allí está la caridad», dice san Agustín. Los que «se revisten de humildad en sus relaciones mutuas» (1Pe 5,5 Col 3,12) buscan los intereses de los otros y se ponen en el último lugar (Flp 2,3s 1Cor 13,4s). En la serie de los frutos del Espíritu pone Pablo la humildad al lado de la fe Gal 5,22s; estas dos actitudes (rasgos esenciales de Moisés, según Eclo 45,4) están, en efecto, conexas, siendo ambas actitudes de abertura a Dios, de sumisión confiada a su gracia y a su palabra.

IV. LA OBRA DE DIOS EN LOS HUMILDES

Dios mira a los humildes y se inclina hacia ellos (Sal 138,6 113,6s); en efecto, no gloriándose sino en su flaqueza (2Cor 12,9), se abren al poder de la gracia, que no es en ellos estéril (1Cor 15,10). No sólo el humilde obtiene el perdón de sus pecados (Lc 18,14), sino que la sabiduría del todopoderoso gusta de manifestarse por medio de los humildes, a los que el mundo desprecia (1Cor 1,25.28s). De una virgen humilde, que sólo quiere ser su sierva, hace Dios la madre de su Hijo nuestro Señor (Lc 1,38.43).

El que se humilla en la prueba bajo la omnipotencia del Dios de toda gracia y participa en las humillaciones de Cristo crucificado, será, como Jesús, exaltado por Dios a su hora y participará de la gloria del Hijo de Dios (Mt 23,12 Rom 8.17 Flp 2,9ss 1Pe 5,6-10). Con todos los humildes cantará eternamente la santidad y el amor del Señor, que ha hecho en ellos cosas grandes (Lc 1,46-53 Ap 4.8-11 5,11-14).

En el AT la palabra de Dios lleva al hombre a la gloria por el camino de una humilde sumisión a Dios, su creador y su salvador. En el NT, la palabra de Dios se hace carne para conducir al hombre a la cima de la humildad que consiste en servir a Dios en los hombres, en humillarse por amor para glorificar a Dios salvando a los hombres.

Todos los derechos: Vocabulario de teología bíblica, X. Léon-Dufour

HIJO

En hebreo la palabra «hijo» no expresa sólo las relaciones de parentesco en línea recta, sino que designa también ya la pertenencia a un grupo: «hijo de Israel», «hijo de Babilonia» (Ez 23,17), «hijo de Sión» (Sal 149,2), «hijos de los profetas» (2Re 2.5), «hijo del hombre» (Ez 2,1; Dan 8,17); ya la posesión de una cualidad: «hijo de paz» (Lc 10,6), «hijo de luz» (Lc 16,8 Jn 12,36).

Aquí sólo nos interesa la utilización de la palabra para traducir las relaciones entre los hombres y Dios.

AT

En el AT la expresión «hijo de Dios» designa esporádicamente a los ángeles que forman la corte divina (Dt 32,8 Sal 29,1 89,7 Job 1,6). Es probable que este empleo refleje lejanamente la mitología de Canaán, en que la expresión se entendía en sentido fuerte. En la Biblia, dado que Yahveh no tiene esposa, sólo tiene una significación atenuada: únicamente subraya la participación de los ángeles en la vida celestial de Dios.

I. ISRAEL, HIJO DE DIOS

Esta expresión, aplicada a Israel, traduce en términos de parentesco humano las relaciones entre Yahveh y su pueblo. A través de los acontecimientos del Éxodo experimentó Israel la realidad de esta filiación adoptiva (Ex 4,22 Os 11,1 Jer 3,19 Sab 18,13); Jeremías la recuerda cuando anuncia como un nuevo éxodo la liberación escatológica (Jer 31,9.24). A partir de esta experiencia, el título de hijo (en plural) puede atribuirse a todos los miembros del pueblo de Dios, sea para insistir en su consagración religiosa al que es su Padre (Dt 14,1s Sal 73,15), sea para reprocharles con más vigor su infidelidad (Os 2,1 Is 1,2 30,1.9 Jer 3,14). Finalmente, la conciencia de la filiación adoptiva viene a ser uno de los elementos esenciales de la piedad judía. Ella funda la esperanza de las restauraciones futuras (Is 63,8 63,16 64,7), así como la de la retribución de ultratumba Sab 2,13.18: los justos, hijos de Dios, serán asociados para siempre a los ángeles, hijos de Dios (Sab 5,5).

II. EL REY, HIJO DE DIOS

Cuando el antiguo Oriente celebraba la filiación divina de los reyes, era siempre en una perspectiva mítica, en que la persona del monarca era propiamente divinizada. El AT excluye esta posibilidad. El rey no es sino un hombre como los demás, sometido a la misma ley divina y sujeto al mismo juicio. Sin embargo, David y su raza fueron objeto de una elección particular que los asocia definitivamente al destino del pueblo de Dios. Precisamente para traducir esta relación creada entre Yahveh y el linaje regio dice Dios por el profeta Natán: «Yo seré padre para él y él será hijo para mí» 2Sa 7,14 Sal 89,27. En adelante el título de «hijo de Yahveh» es un título regio, que muy naturalmente vendrá a ser un título mesiánico (Sal 2,7) cuando la escatología profética enfoque el nacimiento futuro del rey por excelencia (Is 7,14 9,1).

NT

I. JESÚS, HIJO ÚNICO DE DIOS

1. En los sinópticos el título de Hijo de Dios, fácilmente asociado al de Cristo (Mt 16,16 Mc 14,61 p), aparece en primer lugar como un título mesiánico. Así está expuesto a equívocos, que Jesús habrá de disipar. Desde su preludio, la escena de la tentación acusa la oposición entre dos interpretaciones. Para Satán ser hijo de Dios significa gozar de un poder prodigioso y de una protección invulnerable (Mt 4,3.6); para Jesús significa no hallar alimento ni apoyo sino en la voluntad de Dios (Mt 4,4.7). Jesús, rechazando toda sugestión de mesianismo terreno, deja aparecer el vínculo indisoluble que le une al Padre. De la misma manera procede ante las declaraciones de los posesos (Mc 3,11; 5, p): éstas muestran en los demonios un reconocimiento involuntario de su persona (Mc 1,34); pero son ambiguas, por lo cual Jesús impone silencio. La confesión de fe de Pedro, «tú eres Cristo, Hijo de Dios vivo», proviene de una auténtica adhesión de fe Mt 16,16s, y el evangelista que la refiere puede darle sin dificultad todo su sentido cristiano. Sin embargo, Jesús previene inmediatamente un equívoco: su título no le garantiza un destino de gloria terrena; el Hijo del hombre morirá para tener acceso a su gloria (16,21).

Cuando, finalmente, Caifás plantea solemnemente la cuestión esencial: «¿Eres tú el Cristo, Hijo del bendito?» (Mt 26,63 Mc 14,61), Jesús siente que la expresión podría todavía entenderse en sentido de un mesianismo temporal. Así responde indirectamente abriendo otra perspectiva: anuncia su venida como soberano juez bajo los rasgos del Hijo del hombre. A los títulos de Mesías y de Hijo del hombre da así un alcance propiamente divino, bien subrayado en el evangelio de Lucas: «¿Tú eres, pues, el Hijo de Dios? — Tú lo has dicho, lo soy» (Lc 22,74). Revelación paradójica: despojado de todo y aparentemente abandonado por Dios (Mt 27,46) mantiene Jesús intactas sus reivindicaciones; hasta la muerte permanecerá seguro de su Padre (Lc 23,46). Por lo demás, esta muerte acaba de disipar todo equívoco: los evangelistas, al referir la confesión del centurión (Mc 15,39), subrayan que la cruz es el fundamento de la fe cristiana.

Entonces se aclara retrospectivamente más de una palabra misteriosa, en que Jesús había revelado la naturaleza de sus relaciones con Dios. Frente a Dios, es «el Hijo» (Mt 11,27; 21,37 24,36 ); fórmula familiar que le permite dirigirse a Dios llamándolo «Abba! ¡Padre!» (Mc 14,36 Lc 23,46). Entre Dios y él reina la profunda intimidad que supone un perfecto conocimiento mutuo y una comunicación de todo (Mt 11,25ss). Así Jesús da todo su sentido a las proclamaciones divinas: «Tú eres mi Hijo» (Mc 1,11: 9,7).

2. Por la resurrección de Jesús comprendieron finalmente los apóstoles el misterio de su filiación divina: la resurrección era la realización del (Sal 2,7: Act 13,33); aportaba la confirmación dada por Dios a las reivindicaciones de Jesús delante de Caifás y en la cruz. Así pues, ya al día siguiente de pentecostés el testimonio apostólico y la confesión de fe cristiana tienen por objeto a «Jesús, Hijo de Dios» (Act 8,37 9,20). Mateo y Lucas, presentando la infancia de Jesús, subrayan discretamente este tema (Mt 2,15 Lc 1,35). En Pablo viene a ser el punto de partida de una reflexión teológica mucho más avanzada. Dios envió acá abajo a su Hijo (Gal 4,4 Rom 8,3) a fin de que fuéramos reconciliados por su muerte (Rom 5,10). Actualmente lo ha establecido en su poder (Rom 1,4) y nos llama a la comunión con él (1Cor 1,9), pues nos ha transferido a su reino Col 1,13. La vida cristiana es una vida «en la fe en el Hijo de Dios que nos amó y se entregó por nosotros» (Gal 2,20), y una espera del día en que regrese de los cielos para «librarnos de la ira» (1Tes 1,10). Las mismas certezas atraviesan la epístola a los Hebreos (Heb 1,2.5.8).

3. En san Juan la teología de la filiación divina viene a ser un tema dominante. Algunas confesiones de fe de los personajes del evangelio pueden todavía comportar un sentido restringido (Jn 1,34 1,51); sobre todo (11,27). Pero Jesús habla en términos claros de las relaciones entre el Hijo y el Padre; hay entre ellos unidad de operación y de gloria (Jn 5,19.23 1Jn 2,22s); el Padre comunica todo al Hijo porque lo ama (Jn 5,20): poder de vivificar (5,21.25s) y poder de juzgar (5,22.27); cuando Jesús retorna a Dios, el Padre glorifica al Hijo para que el Hijo le glorifique (Jn 17,1 14,13). Así se precisa la doctrina de la encarnación: Dios envió al mundo a su Hijo único para salvar al mundo (1Jn 4,9s.14); este Hijo único es el revelador de Dios (Jn 1,18), comunica a los hombres la vida eterna que viene de Dios (1Jn 5,11s). La obra que hay que realizar es, pues, la de creer en él (Jn 6,29 20,31 1Jn 3,23 5,5.10): quien cree en el Hijo tiene la vida eterna (Jn 6,40); quien no cree, está condenado (Jn 3,18).

II. LOS HOMBRES, HIJOS ADOPTIVOS DE DIOS

1. En los sinópticos se afirma repetidas veces la filiación adoptiva de que hablaba ya el AT: Jesús no sólo enseña a los suyos a llamar a Dios «Padre nuestro», sino que da el título de «hijos de Dios» a los pacíficos (Mt 5,9), a los caritativos (Lc 6,35), a los justos resucitados (Lc 20,36).

2. El fundamento de este título se precisa en la teología paulina. La adopción filial era ya uno de los privilegios de Israel (Rom 9,4), pero ahora los cristianos son hijos de Dios, en un sentido mucho más fuerte, por la fe en Cristo (Gal 3,26 Ef 1,5). Tienen en sí mismos el Espíritu que los hace hijos adoptivos (Gal 4,5ss Rom 8,14-17); están llamados a reproducir en sí mismos la imagen del Hijo único (Rom 8,29); han sido instituidos coherederos con él (Rom 8,17). Esto supone en ellos una verdadera regeneración (Tit 3,5 1Pe 1,3 2,2) que los hace partícipes de la vida del Hijo; tal es, en efecto, el sentido del bautismo, vida que hace que viva el hombre con una vida nueva (Rom 6,4). Así somos hijos de adopción en el Hijo por naturaleza y Dios nos trata como a tales, incluso cuando se da el caso de enviarnos sus correcciones (Heb 12,5-12).

3. La doctrina de los escritos joánnicos tiene exactamente el mismo tono. Hay que renacer, dice Jesús a Nicodemo (Jn 3,3.5) del agua y del Espíritu. Es que, en efecto, a los que creen en Cristo les da Dios poder de venir a ser hijos de Dios (Jn 1,12). Esta vida de hijos de Dios es para nosotros una realidad actual, aun cuando el mundo lo ignore (1Jn 3,1). Vendrá un día en que se manifestará abiertamente y entonces seremos semejantes a Dios porque lo veremos tal como es (1Jn 3,2). No se trata, pues, ya únicamente de un título que muestra el amor de Dios a sus criaturas: el hombre participa de la naturaleza de aquel que lo ha adoptado por hijo (2Pe 1,4).

Todos los derechos: Vocabulario de teología bíblica, X. Léon-Dufour

Hermano

La palabra «hermano», en el sentido más fuerte, designa a los hombres nacidos de un mismo seno materno Gen 4,2. Pero en hebreo, como en otras muchas lenguas, se aplica por extensión a los miembros de una misma familia Gen 13.8 Lev 10,4 Mc 6,3, de una misma tribu 2Sa 19,13, de un mismo pueblo Dt 25,3 Jue 1,3, por oposición a los extranjeros Dt 1,16 15,2s, y finalmente a los pueblos descendientes de un mismo antepasado, como Edom e Israel Dt 2,4 Am 1,11. Al lado de esta fraternidad fundada en la carne conoce la Biblia otra, cuyo vínculo es de orden espiritual: fraternidad por la fe Act 2,29, la simpatía 2Sa 1,26, la función semejante 2Par 31,15 2Re 9,2, la alianza contraída Am 1,9 1Re 20.32 1Mac 12,10… Este uso metafórico de la palabra muestra que la fraternidad humana, como realidad vivida, no se limita al mero parentesco de sangre, aun cuando ésta constituya su fundamento natural. La revelación no parte de la reflexión filosófica sobre la «comunidad de naturaleza» que hace a todos los hombres hermanos. No ya que rechace el ideal de fraternidad universal, sino que sabe que es irrealizable y considera engañosa su prosecución mientras no se lo busca en Cristo. Además, en éste pone ya la mira el AT a través de las comunidades elementales, familia, pueblo, religión; y finalmente el NT comienza a realizarlo en la comunidad de la Iglesia.

AT. HACIA LA FRATERNIDAD UNIVERSAL

1. En los orígenes.

Al crear Dios el género humano «de un solo principio» Act 17,26 Gen 1-2, depositó en el corazón de los hombres la aspiración a una fraternidad en Adán; pero este sueño no se hace realidad sino a través de larga preparación. En efecto, para comenzar, la historia de los hijos de Adán es la de una fraternidad rota: Caín mata a Abel por envidia; no quiere ni siquiera saber dónde está su hermano Gen 4,9. Desde Adán era la humanidad pecadora. Con Caín se desenmascara en ella un rostro de odio, que ella misma tratará de velar tras el mito de una bondad humana original. El hombre debe reconocer que el pecado está agazapado a la puerta de su corazón Gen 4,7: tendrá que triunfar de él si no quiere que él lo domine.

2. La fraternidad en la alianza

Antes de que Cristo asegure este triunfo, el pueblo elegido va a pasar por un largo aprendizaje de la fraternidad. No ya de golpe la fraternidad con todos los hombres, sino la fraternidad entre hijos de Abraham, por la fe en el mismo Dios y por la misma alianza. Tal es el ideal definido por la ley de santidad: «No odiarás a tu hermano…, amarás a tu prójimo» Lev 19,17s. ¡Nada de disputas, de rencores, de venganzas! Asistencia positiva, como la que exige la ley del levirato a propósito del deber esencial de fecundidad: cuando un hombre muere sin hijos, el pariente más próximo debe «suscitar posteridad a su hermano» Dt 25,5-10 Gen 38,8.26. Las tradiciones patriarcales refieren hermosos ejemplos de esta fraternidad: Abraham y Lot evitan las discordias Gen 13,8, Jacob se reconcilia con Esaú 33,4, José perdona a sus hermanos 45,1-8.

Pero la puesta en práctica de tal ideal tropieza siempre con la dureza de los corazones humanos. La sociedad israelita, tal como la ven los profetas dista bastante de esta meta. Nada de amor fraterno Os 4,2; «nadie tiene consideraciones con su hermano» Is 9,18ss; la injusticia es universal, ya no hay confianza posible Miq 7,2-6; no puede uno «fiarse de ningún hermano, pues todo hermano quiere suplantar al otro» Jer 9,3, y Jeremías mismo es perseguido por sus propios hermanos Jer 11,18 12,6 Sal 69,9. A este mundo duro hacen presentes los profetas las exigencias de la justicia. de la bondad, de la compasión Zac 7,9s. El hecho de tener a su creador por padre común Mal 2,10, ¿no confiere a todos los miembros de la alianza una fraternidad más real todavía que su común descendencia de Abraham Is 63,16? Igualmente, los sabios ensalzan la verdadera fraternidad. Nada más doloroso que el abandono de los hermanos Prov 19,7 Job 19,13; pero un verdadero hermano ama siempre, aunque sea en la adversidad Prov 17,17; no se lo puede cambiar por oro Eclo 7,18, pues «un hermano ayudado por su hermano es una plaza fuerte» Prov 18,19 LXX. Dios odia las querellas Prov 6,19, ama la concordia Eclo 25,1.

«¡Oh! ¡qué bueno y agradable es vivir los hermanos juntos!» Sal 133,1.

3. Hacia la reconciliación de los hermanos

El don de la ley divina no basta, sin embargo, para rehacer un mundo fraterno. A todos los niveles se echa de menos la fraternidad humana. Más allá de las querellas individuales ve Israel disolverse el vínculo de las tribus 1Re 12,24, y el cisma tiene como consecuencia guerras fratricidas (p.e., Is 7,1-9). Al exterior tropieza con los pueblos-hermanos más próximos, como Edom, al que tiene el deber de amar Dt 23,8, pero que por su parte no tiene la menor consideración con él Am 1,11 Num 20,14-21. ¿Qué decir de las naciones más alejadas, divididas por un odio riguroso? En presencia de este pecado colectivo, los profetas se vuelven a Dios. Él solo podrá restaurar la fraternidad humana cuando realice la salvación escatológica. Entonces reunirá a Judá y a Israel en un solo pueblo Os 2,2s.25, pues Judá y Efraím no se tendrán ya envidia Is 11,13s; reunirá a Jacob entero Miq 2,12, será el Dios de todos los clanes Jer 31,1; los «dos pueblos» caminarán de acuerdo Jer 3,18, gracias al rey de justicia 23,5s, y ya no habrá sino un solo reino Ez 37,22. Esta fraternidad se extenderá finalmente a todas las naciones: reconciliadas entre sí, recobrarán la paz y la unidad Is 2,1-4 66,18ss.

NT.  TODOS, HERMANOS EN JESUCRISTO

El sueño profético de fraternidad universal se convierte en realidad en Cristo, nuevo Adán. Su realización terrena en la Iglesia, por imperfecta que sea todavía, es el signo tangible de su cumplimiento final.

1. El primogénito de una multitud de hermanos

Con su muerte en la cruz vino a ser Jesús el «primogénito de una multitud de hermanos»   Rom 8,29: reconcilió con Dios y entre ellas a las dos fracciones de la humanidad: el pueblo judío y las naciones Ef 2,11-18. Juntas tienen ahora acceso al reino, y el hermano mayor, el pueblo judío, no debe tener celos del pródigo, regresado por fin a la casa del Padre Lc 15,25-32. Pero para entrar en esta nueva fraternidad no basta ya ser hijo de Abraham según la carne: por la fe y por el cumplimiento de la voluntad del Padre viene uno a ser hermano de Jesús Mt 12.46- 50 p 21,28-32. Fraternidad real y profunda que permite al resucitado designar a sus discípulos como sus hermanos Mt 28,10 Jn 20,17; pero él mismo es quien la ha recreado, al hacerse por su muerte semejante en todo a ellos Heb 2,17.

2. La comunidad de los hermanos en Cristo

Jesús mismo, mientras vivía, echó los fundamentos y enunció la ley de la nueva comunidad fraternal: reiteró y perfeccionó los mandamientos concernientes a las relaciones entre hermanos Mt 5,21-26, dando un lugar importante a la corrección fraterna Mt 18,15ss. Si este último texto deja entrever una comunidad limitada, de la que se puede excluir al hermano infiel, en otro pasaje se puede ver que está abierta a todos Mt 5,47: cada uno debe ejercitar su amor para con el más pequeño de sus hermanos desgraciados, pues en ellos encuentra siempre a Cristo Mt 25,40. Después de la resurrección, una vez que Pedro ha «fortalecido a sus hermanos» Lc 22,31s, los discípulos constituyen, pues, entre ellos una «fraternidad» 1Pe 5,9. Al principio continúan, sí, dando el nombre de «hermanos» a los judíos, sus compañeros de raza Act 2,29 3,17.. Pero Pablo no ve ya en ellos sino a sus hermanos «según la carne» Rom 9,3. En efecto, una nueva raza ha nacido á partir de los judíos y de las naciones Act 14,1s, reconciliada en la fe en Cristo. Nada divide ya entre sí a los miembros, ni siquiera la diferencia de condición social entre amos y esclavos Flm 16; todos son uno en Cristo, todos hermanos, fieles muy amados de Dios (p.e., Col 1,2). Tales son los verdaderos hijos de Abraham Gal 3,7-29: constituyendo el cuerpo de Cristo 1Cor 12,12-27 han hallado en el nuevo Adán el fundamento y la fuente de su fraternidad.

3. El amor fraterno

El amor fraterno se practica en primer lugar en el seno de la comunidad creyente. Esta «filadelfia sincera» no es una mera filantropía natural: no puede proceder sino del «nuevo nacimiento» 1Pe 1,22s. No tiene nada de platónico, pues si trata de alcanzar a todos los hombres, se ejerce en el interior de la pequeña comunidad: huida de las disensiones Gal 5,15, apoyo mutuo Rom 15,1, delicadeza 1Cor 8,12. Este amor fraterno es el que consuela a Pablo a su llegada a Roma Act 28,15. En su epístola parece Juan haber dado a la palabra «hermano» una extensión universal que otras veces se reserva más bien a la palabra «prójimo». Pero su enseñanza es la misma y el autor sitúa netamente el amor fraterno en los antípodas de la actitud de Caín 1Jn 3,12-16, haciendo de él el signo indispensable del amor para con Dios 1Jn 2,9-12.

4. Hacia la fraternidad perfecta

Sin embargo, la comunidad de los creyentes no se realizó jamás perfectamente ya aquí en la tierra: en ella pueden hallarse indignos 1Cor 5,11, pueden introducirse falsos hermanos Gal 2,4s 2Cor 11,26. Pero sabe que un día el diablo, el acusador de todos los hermanos delante de Dios, será derrocado Ap 12,10. La comunidad, en tanto llega esta victoria final, que le permitirá realizarse con plenitud, da ya testimonio de que la fraternidad humana está en marcha hacia el hombre nuevo, por el que se suspiraba desde los orígenes.

Todos los derechos: Vocabulario de teología bíblica, X. Léon-Dufour

GLORIA

I. LA GLORIA EN GENERAL

En la Biblia hebraica la palabra que significa gloria implica la idea de peso. El peso de un ser en la existencia define su importancia, el respeto que inspira, su gloria. Para el hebreo, pues, a diferencia del griego y de nosotros mismos, la gloria no designa tanto la fama cuanto el valor real, estimado conforme a su peso.

Las bases de la gloria pueden ser las riquezas. A Abraham se le llama «muy glorioso» porque posee «ganado, plata y oro» Gen 13,2. La gloria designa también la elevada posición social que ocupa un hombre y la autoridad que le confiere. José dice a sus hermanos: «Contad a mi padre toda la gloria que tengo en Egipto» Gen 45,13. Job, arruinado y humillado, exclama: «¡Me ha despojado de mi gloria!» Job 19,9 29,1-25. Con el poder Is 8,7 16,14 17,3s 21,16 Jer 48,18, implica la gloria la influencia que irradia una persona. Designa el resplandor de la belleza. Se habla de la gloria del vestido de Aarón Ex 28,2.40, de la gloria del templo Ag 2,3.7.9 o de Jerusalén Is 62,2, de la «gloria del Líbano» 1s 35,1s 60,13.

La gloria es, por excelencia, patrimonio del rey. Dice, con su riqueza y su poder, el esplendor de su reinado Par 29,28 2Par 17,5. Salomón recibe de Dios «riqueza y gloria como nadie entre los reyes» 1Re 3,9-14 Mt 6,29. El hombre, rey de la creación, es «coronado de gloria» por Dios Sal 8,6.

II. CRÍTICA DE LA GLORIA HUMANA

El AT vio la fragilidad de la gloria humana: «No temas cuando se enriquece el hombre, cuando se acrecienta la gloria de su casa. Al morir no puede llevarse nada, su gloria no desciende con él» Sal 49,17s. La Biblia supo ligar la gloria a valores morales y religiosos Prov 3,35 20,3 29,23.

La obediencia a Dios está por encima de toda gloria humana Num 22,17s. En Dios se halla el único fundamento sólido de la gloria Sal 62,6.8. El sabio que ha meditado sobre la gloria efímera de los impíos, no quiere ya «tener» más gloria que a Dios: «En tu gloria me asumirás» Sal 73.24s. Esta actitud, llevada a su perfección, será la de Cristo. Cuando Satán le ofrezca «todos los reinos del mundo con su gloria», responderá Jesús: «Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo rendirás culto» Mt 4,8ss.

III. LA GLORIA DE YAHVEH

La expresión «la gloria de Yahveh» designa a Dios mismo, en cuanto se revela en su majestad, su poder, el Resplandor de su santidad, el dinamismo de su ser. La gloria de Yahveh es, pues, epifánica. El AT conoce dos tipos de manifestaciones o de epifanías de la gloria divina: las altas gestas de Dios y sus apariciones.

1. Las altas gestas de Dios.

Dios manifiesta su gloria por sus deslumbrantes intervenciones, sus juicios, sus «signos» Num 14,22. Tal es por excelencia el milagro del mar Rojo Ex 14,18; tal, el del maná y de las codornices: «Por la mañana veréis la gloria de Yahveh» Ex 16,7. Dios viene en socorro de los suyos. La gloria es entonces casi sinónimo de salvación Is 35,1-4 44,23 Is 40,5 Lc 3,6. El Dios de la alianza pone su gloria en salvar y levantar a su pueblo; su gloria es su poder al servicio de su amor y de su fidelidad: «Cuando Yahveh reconstruya a Sión, se le verá en su gloria»     Sal 102,17 Ex 39,21-29. También la obra creadora manifiesta la gloria de Dios. «La gloria de Yahveh llena toda la tierra» Num 14.21; entre los fenómenos naturales, la tormenta es uno de los más expresivos de su gloria Sal 29,3-9 97,1-6.

2. Las apariciones de «la gloria de Yahveh».

En el segundo tipo de manifestaciones divinas la gloria, realidad visible Ex 16,10, es la irradiación fulgurante del Ser divino. De ahí la oración de Moisés: «¡Hazme, por favor, ver tu gloria!» Ex 33,18. En el Sinaí la gloria de Yahveh adoptaba el aspecto de una llama que coronaba la montaña Ex 24,15ss Dt 5,22ss. Moisés, por haberse acercado a ella en la nube, retorna «con la piel del rostro radiante» Ex 34,29 «con una gloria tal, dirá san Pablo, que los hijos de Israel no podían contemplarlo fijamente» 2Cor 3,7. Después del Sinaí, la gloria invade el santuario: «Será consagrado por mi gloria» Ex 29,43 40,34. Consiguientemente Israel está al servicio de la gloria Lev 9,6.23s, vive, camina y triunfa bajo su irradiación Num 16,1-17,15 1 20,1-13 40,36ss. Más tarde la gloria llenará el templo 1Re 8,10ss. Entre esta concepción local y cultual de la gloria y la concepción activa y dinámica hay una relación muy estrecha. En uno y otro caso Dios se revela presente a su pueblo para salvarlo, santificarlo y regirlo. El vínculo entre las dos nociones aparece claramente en la consagración del santuario. Dios dijo entonces: «Sabrán que yo, Yahveh, su Dios, soy quien los sacó del país de Egipto para permanecer entre ellos» Ex 29,46.

Isaías contempla la gloria de Yahveh bajo el aspecto de una gloria regia. El profeta ve al Señor, su trono elevado, la cola de su ropaje que llena el santuario, su corte de serafines que clama su gloria Is 6,1ss. Ésta es un fuego devorador, santidad que pone al descubierto la impureza de la criatura, su nada, su radical fragilidad. Sin embargo, no triunfa destruyendo, sino purificando y regenerando, y quiere invadir toda la tierra. Las visiones de Ezequiel dicen la libertad trascendente de la gloria, que abandona el templo Ez 11,22s y luego irradia sobre una comunidad renovada por el Espíritu 36,23ss 39,21-29.

La última parte del libro de Isaías une los dos aspectos de la gloria: Dios reina en la ciudad santa, a la vez regenerada por su poder e iluminada por su presencia: «¡Levántate y resplandece, que ya se alza tu luz, y la gloria de Yahveh resplandece para ti» Is 60,1. Jerusalén se ve «erigida en gloria en medio de la tierra» 62,7 Bar 5,3. De ella irradia la gloria de Dios sobre todas las naciones, que vienen a ella deslumbradas Is 60,3. En los profetas del exilio, en los salmos del reino, en los apocalipsis alcanza la gloria esta dimensión universal, de carácter escatológico: «Vengo a reunir las naciones de todas las lenguas. Ellas vendrán a ver mi gloria» 66,18s    Sal 97,6 Hab 2,14.

Sobre este fondo luminoso se destaca la figura «sin belleza, sin esplendor» Is 52,14 del personaje que, sin embargo, está encargado de hacer irradiar la gloria divina hasta las extremidades de la tierra: «Tú eres mi siervo, en ti revelaré mi gloria» 49,3.

IV. LA GLORIA DE CRISTO

La elevación esencial del NT está en el nexo de la gloria con la persona de Jesús. La gloria de Dios está totalmente presente en él. Siendo Hijo de Dios, es «el resplandor de su gloria, la efigie de su sustancia» Heb 1,3. La gloria de Dios está «sobre su rostro» 2Cor 4,6; de él irradia a los hombres 3.18. Él es «el Señor de la gloria» 1Cor 2,8. Su gloria la contemplaba ya Isaías y «de él hablaba» Jn 12,41. La gloria es una de las líneas de la revelación de la divinidad de Jesús.

1. Gloria escatológica.

La manifestación plenaria de la gloria divina de Jesús tendrá lugar en la parusía. «El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles» Mc 8,38 Mt 24.30 25,31 y manifestará su gloria por la consumación de su obra, a la vez juicio y salvación. El NT está orientado hacia esta «aparición de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús» Tit 2,13s hacia la «gloria eterna en Cristo» 1Pe 5,10 a la que Dios nos ha llamado 1Tes 2,12 y que «ha sido revelada» 1Pe 5,1: «la ligera tribulación de un momento nos prepara, muy por encima de toda medida, un peso eterno de gloria» 2Cor 4,17. La creación entera aspira a la revelación de esta gloria Rom 8.19. Juan ve a la nueva Jerusalén descender del cielo bañada de claridad: «La gloria de Dios la ha iluminado y el cordero le sirve de lumbrera» Ap 21,23.

2. Gloria pascual.

Por la resurrección y la ascensión ha «entrado» ya Cristo Lc 24,26 en la gloria divina, que el Padre, en su amor, le había dado «antes de la creación del mundo» Jn 17,24 y que le pertenece como a Hijo al igual que al Padre. El Hombre-Dios fue tomado en la nube divina, arrebatado Act 1,9.11, «ensalzado en la gloria» 1Tim 3.16. «Dios lo resucitó… y le dio la gloria» 1Pe 1.21.

«Glorificó a su siervo Jesús» Act 3,13. Esta gloria, como la «gloria de Yahveh» en el AT, es esfera de pureza trascendente, de santidad, de luz, de poder, de vida. Jesús resucitado irradia esta gloria en todo su ser. Esteban ve al morir «la gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios» 7,55. Saulo queda deslumbrado y cegado por su «gloria luminosa» 22,11. En su comparación no es nada la gloria del Sinaí 2Cor 3,10. La gloria de Cristo resucitado deslumbra a Pablo como la luz de una nueva creación: «El Dios que dijo:;Brille la luz del seno de las tinieblas!, es el que ha brillado en nuestros corazones para hacer resplandecer el conocimiento de la gloria de Dios, que está en el rostro de Cristo» 4,6.

3. La gloria en el ministerio terrenal y en la pasión de Cristo.

La gloria de Dios se manifestó no sólo en la resurrección, sino en la vida, en el ministerio y en la muerte de Jesús. Los evangelios son doxofanías, sobre todo, entre los sinópticos, el de Lucas. En la escena de la anunciación, la venida del Espíritu Santo sobre María evoca el descenso de la gloria al santuario del AT Lc 1,35. En la natividad «la gloria del Señor» circunda de claridad a los pastores 2,9s. Esta gloria se transparenta en el bautismo de Jesús y en su transfiguración 9,32.35 2Pe 1,17s, en sus milagros, en su palabra, en la santidad eminente de su vida, en su muerte. Ésta no es sólo el pórtico que introduce al Mesías en su «gloria» Lc 24,26; los signos que la acompañan revelan en el crucificado mismo al «Señor de la gloria» 1Cor 2,8.

En Juan aparece todavía más explícita la revelación de la gloria en la vida y en la muerte de Jesús. Jesús es el Verbo encarnado. En su carne habita y se revela la gloria del Hijo único de Dios Jn 1,14.18. Se manifiesta desde el primer «signo» 2,11. Aparece en la unión trascendente de Jesús con el Padre que le envía, más todavía en su unidad 10,30. Las obras de Jesús son las obras del Padre que, en el Hijo, las «cumple» o realiza 14,10 y revela su gloria 11,40, luz y vida para el mundo. Esta gloria resplandece por encima de todo en la pasión. Ésta es la hora de Jesús, la más alta de las teofanías. Jesús se «consagra» a su muerte 17,19 con toda lucidez 13,1.3 18,4 19,28 por obediencia al Padre 14,31 y para gloria de su nombre 12,28. Hace libre don de su vida 10,18 por amor a los suyos 13,1. La cruz, transfigurada, se convierte en el signo de «la elevación» del Hijo del hombre 12,23.31. El Calvario ofrece a las miradas de todos 19,37 el misterio del YO SOY divino de Jesús 8,27. El agua y la sangre, que manan del costado de Cristo, simbolizan la fecundidad de su muerte, fuente de vida: tal es su gloria 7,37ss 19,34.36.

4. La gloria eclesial.

La glorificación de Cristo se consuma en los cristianos Jn 17,10. En ellos el sacrificio de Jesús da su fruto para gloria del Padre y del Hijo 12,24 15,8. El Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo es, con el agua y la sangre sacramentales 1Jn 5,7, el artífice de esta glorificación. Los cristianos entran por él en el conocimiento y en la posesión de las riquezas de Cristo Jn 16,14s 2Cor 1,22 5,5. La gloria de Cristo resucitado se refleja ya en ellos, transformándolos a su imagen «de gloria en gloria» 3,18 Col 1,10s 2Tes 1,12. Por el Espíritu queda transfigurado el mismo sufrimiento 1Pe 4,14.

5. El honor cristiano.

La conciencia de esta gloria engendra el sentimiento de la dignidad cristiana y del honor cristiano. Ya en el AT la grandeza de Israel consiste en ser el pueblo al que Dios ha revelado su gloria. A Israel «pertenece la gloria» Rom 9,4. Dios es «su gloria» Sal 106,20. La fidelidad a Dios se matiza ya en Israel con un sentido religioso del honor. El mandamiento divino es la gloria de Israel Sal 119,5s, la idolatría, su suprema degradación, como su supremo pecado: Israel «cambia» entonces «su gloria por el ídolo» Sal 106,20. En medio de un mundo que se había perdido por no querer dar a Dios la gloria que le es debida Rom 1,21s, los cristianos saben que ellos son «ciudadanos de los cielos» Flp 3,20; «resucitados con Cristo» Col 3,1, «brillan como focos de luz» Flp 2,15s. Su honor consiste en que «los hombres, viendo sus buenas obras, glorifiquen a su Padre, que está en los cielos» Mt 5,16. Ante la gloria del nombre cristiano desaparece todo sentimiento de inferioridad social: «El hermano de humilde condición se gloriará en su exaltación, y el rico en su humillación» Sant 1,9, pues no hay lugar para «consideraciones de personas» Sant 2,1ss. El sentimiento del orgullo cristiano se extiende hasta el cuerpo, en el que los cristianos deben «glorificar a Dios» 1Cor 6,15.19s. Finalmente, padecer por el nombre cristiano es una gloria 1Pe 4,15s. La ambición del honor mundano es, según san Juan, la que ha cerrado a más de uno el acceso a la fe Jn 5,44 12,43. Jesús, en cambio, indiferente a la gloria de los hombres 5,41, «despreció la infamia de la cruz» Heb 12,2. Su único honor consistía en cumplir su misión, «no buscando su gloria», sino «la gloria del que le ha enviado» Jn 7,18, dejando su honor en las solas manos de su Padre 8,50.54.

V. LA ALABANZA DE LA GLORIA

El deber del hombre es reconocer y celebrar la gloria divina. El AT canta la gloria del creador, rey, salvador y santo de Israel Sal 147,1. Deplora el pecado que la empaña Is 52,5 Ez 36,20ss Rom 2,24. Arde en deseos de verla reconocida por todo el universo Sal 145,10s 57,6.12.

En el NT la doxología tiene por centro a Cristo. «Por él decimos nuestro amén a la gloria de Dios» 2Cor 1,20. Por él asciende «al Dios solo sabio… la gloria por los siglos de los siglos» Rom 16,27 Heb 13,15. A Dios se le da gloria por su nacimiento Lc 2,20, por sus milagros   Mc 2,12. y por su muerte Lc 23,47. Las doxologías jalonan el progreso de su mensaje Act 11,18 13,48 21,20, como van puntuando las exposiciones dogmáticas de Pablo Gal 1,3s. Las doxologías del Apocalipsis recapitulan en una liturgia solemne todo el drama redentor Ap 15,3s. Finalmente, como la Iglesia es «el pueblo que Dios ha adquirido para alabanza de su gloria»   Ef 1,14, al Padre se da «gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las edades y por todos los siglos» 3,21.

A la doxología litúrgica añade el mártir la doxología de la sangre. El creyente, «despreciando la muerte hasta morir» Ap 12,11, profesa así que la fidelidad a Dios está por encima de toda gloria y todo valor humano. Como Pedro, al precio de su sangre «glorifica a Dios» Jn 21,18.

La última doxología, al final de la historia, es el canto de las «bodas del cordero» Ap 19,7. La esposa aparece vestida de «una túnica de lino de una blancura resplandeciente» 19,8. En el fuego de la «gran tribulación» la Iglesia se ha ataviado para las bodas eternas con la única gloria digna de su esposo, las virtudes, las ofrendas, los sacrificios de los santos.

No obstante, la gloria de la esposa le viene enteramente del esposo. En su sangre se han «blanqueado» las túnicas de los elegidos 7,14 15,2, y si la esposa lleva este deslumbrante atavío, es porque «le ha sido dado» hacerlo así 19,8. Se ha dejado revestir día tras día por las «buenas obras que Dios ha preparado de antemano para que las practiquemos» Ef 2,10. En el amor de Cristo está el origen de esta gloria; en efecto, «Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella…; quería presentársela a sí mismo toda resplandeciente de gloria, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino santa e inmaculada» 5,25.27. En este misterio de amor y de santidad se consuma la revelación de la gloria de Dios.

Todos los derechos: Vocabulario de teología bíblica, X. Léon-Dufour

Fidelidad

La fidelidad (hebr. emet), atributo mayor de Dios Ex 34,6, se asocia con frecuencia a su bondad paternal (hebr. hesed) para con el pueblo de la alianza. Estos dos atributos complementarios indican que la alianza es a la vez un don gratuito y un vínculo cuya solidez resiste la prueba de los siglos Sal 119,90. A estas dos actitudes, en las que se resumen los caminos de Dios Sal 25,10, debe el hombre responder conformándose a ellas; la piedad filial que debe a Dios tendrá como prueba de su verdad la fidelidad en observar los preceptos de la alianza.

A lo largo de la historia de la salvación la fidelidad divina se revela inmutable, frente a la constante infidelidad del hombre, hasta que Cristo, testigo fiel de la verdad Jn 18,37 Ap 3,14, comunica a los hombres la gracia de que está lleno Jn 1,14.16 y los hace capaces de merecer la corona de la vida imitando su fidelidad hasta la muerte Ap 2,10.

AT

1. Fidelidad de

Dios es la «roca» de Israel Dt 32,4; este nombre simboliza su inmutable fidelidad, la verdad de sus palabras, la solidez de sus promesas. Sus palabras no pasan Is 40,8, sus promesas son mantenidas Tob 14,4; Dios no miente ni se retracta Num 23,19; su designio se ejecuta Is 25,1 por el poder de su palabra que, salida de su boca, no vuelve sino después de haber cumplido su misión Is 55,11; Dios no varía Mal 3,6. Así la esposa que se ha escogido, quiere unírsela con el lazo de una fidelidad perfecta Os 2.22, sin la cual no se puede conocer a Dios 4,2.

No basta, pues, con alabar la fidelidad divina que rebasa los cielos Sal 36,61, ni con proclamarla para invocarla Sal 143,1 o para recordar a Dios sus promesas Sal 89,1-9.25-40. Hay que orar al Dios fiel para obtener de él la fidelidad 1Re 8,56ss, y cesar de responder a su fidelidad con la impiedad Neh 9,33. En efecto, sólo Dios puede convertir a su pueblo infiel y darle la felicidad haciendo germinar de la tierra la felicidad que debe ser su fruto Sal 85,5.11 ss.

2. Fidelidad del hombre

Dios exige a su pueblo la fidelidad a la alianza que él renueva libremente Jos 24,14; los sacerdotes deben ser especialmente fieles 1Sa 2,35. Si Abraham y Moisés Neh 9,8 Eclo 45,4 son modelos de fidelidad, Israel en su conjunto imita la infidelidad de la generación del desierto Sal 78,8ss 36s 106,6. Y donde no se es fiel a Dios, desaparece la fidelidad para con los hombres; entonces no se puede contar con nadie Jer 9,2-8. Esta corrupción no es propia de Israel, pues en todas partes vale este proverbio: «¿Quién hallará un hombre de fiar?» Prov 20,6.

Israel, escogido por Dios para ser su testigo, no fue, pues, un servidor fiel; permaneció ciego y sordo Is 42,18ss. Pero Dios eligió a otro siervo, en quien depositó su espíritu Is 42,1 ss. al que hizo e! don de oir y de hablar; este elegido proclama fielmente la justicia, sin que las pruebas puedan hacerlo infiel a su misión Is 50,4-7, pues su Dios es su fuerza Is 49,5.

NT

1. Fidelidad de Jesús.

El siervo fiel así anunciado es Cristo Jesús, Hijo y Verbo de Dios, el verdadero y el fiel, que quiere cumplir la Escritura y la obra de su Padre Mc 10,45 Lc 24,44 Jn 19,28.30 Ap 19,11ss. Por él son mantenidas todas las promesas de Dios 2Cor 1,20; en él están la salvación y la gloria de los elegidos 2Tim 2,10; con él son llamados los hombres por el Padre a entrar en comunión; y por él serán los creyentes fortalecidos y hechos fieles a su vocación hasta el fin 1Cor 1,8s. La fidelidad de Dios 1Tes 5,23s, cuyos dones son irrevocables Rom 11,29, se manifiesta, pues, en él con plenitud, y para confirmar en la fidelidad invita a seguir la constancia de Cristo 2Tes 3,3ss.

Debemos imitar la fidelidad de Cristo manteniéndonos firmes hasta la muerte, y contar con su fidelidad para vivir y reinar con él 2Tim 2,11s. Más aún: aun siendo nosotros infieles, él permanece fiel, pues aunque pueda renegarnos, no puede renegarse a sí mismo 2Tim 2,13; hoy, como ayer y para siempre, no deja de ser lo que es Heb 13,8, el pontífice misericordioso y fiel Heb2,17 que otorga poder acercarse con seguridad al trono de la gracia Heb 4,14ss a los que, apoyados en la fidelidad de la promesa divina, conservan una fe y una esperanza indefectibles Heb 10,23.

2. Los fieles de Cristo

El título de «fieles» hasta para designar a los discípulos de Cristo, a los que tienen fe en él Act 10,45 2Cor 6,15 Ef 1,1. Este título incluye seguramente las virtudes naturales de lealtad y de buena fe que los cristianos deben poner empeño en practicar Flp 4,8; pero designa además la fidelidad religiosa, que es una de las prescripciones mayores cuya observancia exige Cristo Mt 23,23 y que caracteriza a los que son movidos por el Espíritu Santo Gal 5,22; aparece en el detalle de la existencia Lc 16,10ss y domina así toda la vida social.

En la nueva alianza esta fidelidad tiene un alma, que es el amor; y viceversa, la fidelidad es la prueba del amor auténtico. Jesús insiste en este punto: «Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi padre y permanezco en su amor» Jn 15,9s 14,15.21.23s. Juan, fiel a la lección de Cristo. la inculca a sus «hijos» invitándolos a «caminar en la verdad», es decir, en la fidelidad al mandamiento del amor mutuo 2Jn 4s; pero añade en seguida: «Ahora bien, el amor consiste en vivir según los mandamientos de Dios» 2Jn 6.

A esta fidelidad es a la que está reservada la recompensa de tener parte en el gozo del Señor Mt 25,21.23 Jn 15,11. Pero esta fidelidad exige una lucha contra el tentador, el maligno, que requiere vigilancia y oración Mt 6,13 26,41 1Pe 5,8s. En los últimos tiempos será tremenda la prueba de esta fidelidad: los santos tendrán que ejercer en ella una constancia Ap 13,10 14,12, cuya gracia les viene de la sangre del cordero Ap 7,14 12,11.

Todos los derechos: Vocabulario de teología bíblica, X. Léon-Dufour

FE

Para la Biblia es la fe la fuente de toda la vida religiosa. Al designio que realiza Dios en el tiempo, debe el hombre responder con la fe. Siguiendo las huellas de Abraham, «padre de todos los creyentes» Rom 4,11, los personajes ejemplares del AT vivieron y murieron en la fe Heb 11, que Jesús «lleva a su perfección» Heb 12,2. Los discípulos de Cristo son «los que han creído» Act 2,44 y «que creen» 1Tes 1,7.

La variedad del vocabulario hebreo de la fe refleja la complejidad de la actitud personal del creyente. Dos raíces dominan sin embargo: aman (amén) evoca la solidez y la seguridad; batah, la seguridad y la confianza. El vocabulario griego es todavía más diverso. La religión griega, en efecto, no dejaba prácticamente lugar para la fe; los LXX, que no disponían por tanto de palabras apropiadas para reproducir el hebreo, procedieron a tientas. A la raíz hatah corresponden sobre todo: elpis, elpizo, pepoitha (Vulg.: spes, sperare, conf ido); a la raíz aman: pistis, pisteuo, aletheia (Vulg.: lides, credere, veritas). En el NT las últimas palabras griegas, relativas a la esfera del conocimiento, resultan netamente predominantes. El estudio del vocabulario revela ya que la fe según la Biblia tiene dos polos: la confianza que se dirige a una persona «fiel» y reclama al hombre entero; y por otra parte un proceso de la inteligencia, a la que una palabra o signos sirven para acercarse a realidades que no se ven Heb 11,1.

Abraham, padre de los creyentes. Yahveh llama a Abraham, cuyo padre «servía a otros dioses» en Caldea Jos 24,2 Jdt 5,6ss, y le promete una tierra y una descendencia numerosa Gen 12,1s. Contra toda verosimilitud Rom 4,19, Abraham «cree en Dios» Gen 15,6 y en su palabra, obedece a esta vocación y pone toda su existencia en función de esta promesa. El día de la prueba su fe será capaz de sacrificar al hijo, en el que se está realizando ya la promesa Gen 22; en efecto, para ella la palabra de Dios es todavía más verdadera que sus frutos: Dios es fiel Heb 11,11 y todo poderoso Rom 4,21.

Abraham es desde ahora el tipo mismo del creyente Eclo 44,20. Es el precursor de los que descubrirán al verdadero Dios Sal 47,10 Gal 3,8 o a su Hijo Jn 8,31-41.56, a los que para su salud se remitirán únicamente a Dios y a su palabra 1Mac 2,52-64 Heb 11,8-19. Un día se cumplirá la promesa en la resurrección de Jesús, descendencia de Abraham Gal 3,16 Rom 4,18-25. Abraham será entonces el «padre de una multitud de pueblos» Rom 4,17s Gen 17,5: todos los que en la fe se unirán con Jesús.

AT

La fe de Israel tiene por objeto primero un acontecimiento: la liberación de Egipto, y se expresa en una serie de fórmulas. Con ocasión de las grandes fiestas del año, el israelita recuerda su Credo Dt 26,5-10 y lo transmite a sus hijos Ex 12,26 13,8 Dt 6,20. Israel no cree más que en su Dios: su historia es la de las vicisitudes y del desarrollo de su fe.

I. LA FE, EXIGENCIA DE LA ALIANZA

El Dios de Abraham visita en Egipto a su infortunado pueblo Ex 3,16. Llama a Moisés, se le revela y le promete «estar con él» para llevar a Israel a su tierra Ex 3,1-15. Moisés, «como si viera lo invisible», responde a este gesto divino con una fe que «se mantendrá firme» Heb 11,23-29 pese a eventuales flaquezas Num 20,1-12 Sal 106,32s. Como mediador comunica al pueblo el designio de Dios, mientras que sus milagros indican el origen de su misión. Israel es así llamado a «creer en Dios y en Moisés, su servidor» E 14,31 Heb 11 19 con absoluta confianza Num 14,11 Ex 19,9.

La alianza consagra esta implicación de Dios en la historia de Israel. En cambio, pide a Israel que obedezca a la palabra de Dios Ex 19,3-9. Ahora bien, «escuchar a Yahveh» es ante todo «creer en él» Dt 9,23 Sal 106,24s; la alianza exige, pues, la fe Sal 78,37. La vida y la muerte de Israel dependerán en adelante de su libre fidelidad Dt 30,15-20 28 Heb 11,33 en mantener el amén de la fe Dt 27,9-26 que ha hecho de él el pueblo de Dios. A pesar de las innumerables infidelidades de que está entretejida la historia de la travesía del desierto, de la conquista de la tierra prometida y del establecimiento en Canaán, esta epopeya pudo resumirse así: «Por la fe cayeron las murallas de Jericó… y me falta tiempo para hablar de Gedeón, Baraq, Sansón, Jefté, David» Heb 11,30ss.

Según las promesas de la alianza Dt 7,17-24 31,3-8, la omnipotente fidelidad de Yahveh se había manifestado siempre al servicio de Israel, cuando Israel había tenido fe en ella. Así pues, proclamar estas maravillas del pasado como la gesta del Dios invisible era para Israel confesar su fe Dt 26,5-9 Sal 78 105 conservando la memoria del amor de Yahveh Sal 136.

II. LOS PROFETAS DE LA FE DE ISRAEL EN PELIGRO

Las dificultades de la existencia de Israel hasta su ruina fueron una dura tentación para su fe. Los profetas denunciaron la idolatría Os 2,7-15 Jer 2,5-13 que suprimía la fe en Yahveh, el formalismo cultual Am 5,21 Jer 7,22s que limitaba mortalmente sus exigencias, la prosecución de la salud por la fuerza de las armas Os 1,7 Is 31,1ss.

Isaías fue el más señalado de estos heraldos de la fe Is 30,15. Llama a Ajaz del temor a la confianza tranquila en Yahveh 7,4-9 8,5-8 que mantendrá sus promesas la casa de David 2Sa 7 Sal 89,21-38. Inspira a Ezequías la fe que permitirá a Yahveh salvar a Jerusalén 2Re 18-20. Por la fe descubre él la paradójica sabiduría de Dios Is 19,11-15 29,13-30,6 1Cor 1,19s.

La fe de Israel estuvo especialmente amenazada en la ocasión de la toma de Jerusalén y del exilio. Israel, «miserable y pobre» Is 41,17, corría peligro de atribuir su suerte a la impotencia de Yahveh y de volverse hacia los dioses de Babilonia victoriosa. Los profetas proclaman entonces la omnipotencia del Dios de Israel Jer 32,27 Ez 37,14, creador del mundo Is 40,28s Gen 1, señor de la historia Is 41,1-7 44,24s, roca de su pueblo 44,8 50,10. Los ídolos no son nada 44,9-20. «No hay dios fuera de Yahveh» 44,6ss 43,8-12 Sal 115,7-11: pese a todas las apariencias, merece siempre una confianza total Is 40,31 49,23.

III.Los PROFETAS Y LA FE DEL ISRAEL FUTURO

En conjunto, Israel no escuchó el llamamiento lanzado por los profetas Jer 29,19. Para oirlo hubiera debido primero creer en los profetas Tob 14,4, como en otro tiempo en Moisés Ex 14,31. Pero también le hablaban falsos profetas Jer 28,15 29,31: ¿cómo discernir los verdaderos de los falsos 23,9-32 Dt 13,2-6 18,9-22? Sin embargo, la verdadera dificultad se hallaba en la fe misma, por razón de su contenido, de su objeto, de sus exigencias.

1. La fe personal de los profetas

En primer lugar en los profetas mismos se transmite la autenticidad de la fe. El fracaso de su predicación los forzaba a renovar su fe en la vocación y en la misión recibida de Dios Heb 11,33-40. A veces se mantenía inquebrantable desde los orígenes Is 6 8.17 12,2 30,18; a veces vacilaba antes de afirmarse frente a un llamamiento exigente Jer 1 o era probada por una aparente ausencia de Dios 1Re 19 Jer 15,10-21 20,7-18, antes de llegar a una tranquila firmeza Jer 26 37-38. Esta fe irradiaba en un grupo más o menos amplio de discípulos Is 8,16 Jer 45, que constituía por adelantado el resto prometido.

2. La fe del pueblo venidero

El fracaso del llamamiento a arrastrar a Israel entero por el camino de la fe induce a los profetas a profundizar las promesas del Dios fiel y a aguardar en el futuro la fe perfecta. El Israel futuro será reunido por la fe en la piedra misteriosa de Sión Is 28,16 1Pe 2,6s; el resto de Israel será un pueblo de pobres a los que reúne su confianza en Dios Miq 5,6s Sof 3,12-18. En efecto, sólo «el justo vivirá, por su fidelidad (LXX = su fe)» Hab 2,4; la salvación es para los que superan la prueba Mal 3,13-16. En estas visiones del futuro la fe se llama conocimiento Jer 31,33s, y supone que Dios ha renovado definitivamente los corazones 32,39s Ez 36,26 haciéndolos perfectamente obedientes 36,27. Supone finalmente el sacrificio del siervo de Yahveh: en una prueba que va hasta la muerte Is 50,6 53, la fe «endurece su rostro» en una confianza absoluta en Dios 50,7ss Lc 9,51, que el porvenir justificará plenamente Is 53,14ss Sal 22.

Ahora bien, el pueblo venidero no comprende solamente al Israel histórico, sino que se extiende incluso a las naciones. La misión del siervo las alcanza efectivamente Is 42,4 49,6. El Israel futuro, pueblo de la fe, se abre a todos los que reconocen al Dios único 43,10, lo confiesan 45,14 52,15s Rom 10,16 y cuentan con su poder para ser salvos Is 51,5s.

IV. HACIA LA REUNIÓN DE LOS CREYENTES

En los siglos que siguen al exilio la comunidad judía tiende a configurarse al Israel futuro anunciado por los profetas, aunque sin llegar a vivir en una verdadera «asamblea de creyentes» 1Mac 3,13.

1. La fe de los sabios, de los pobres y de los mártires.

Como los profetas, también los sabios de Israel sabían hacía tiempo que para ser «salvos» sólo podían contar con Yahveh Prov 20,22. Cuando toda salvación resulta inaccesible en el plano visible, la sabiduría requiere una confianza total en Dios Job 19,25s, con una fe que sabe que Dios es siempre omnipotente Job 42,2. En esto están los sabios muy cerca de los pobres que cantaron su confianza en los salmos.

El salterio entero proclama la fe de Israel en Yahveh, Dios único Sal 18,32 115, creador 8 104 todopoderoso 29, señor fiel 89 y misericordioso 136 para con su pueblo 105, rey universal del futuro 47 96-99. No pocos salmos expresan la confianza de Israel en Yahveh 44 74 125. Pero los más altos testimonios de fe son oraciones, en las que la fe de Israel se expansiona en una confianza individual de rara calidad. Fe del justo perseguido, en Dios que lo salvará tarde o temprano (7; 11; 27; 31; 62); confianza del pecador en la misericordia de Dios 40,13-18 51 130; seguridad apacible en Dios 4 23 121 131 más fuerte que la muerte 16 49 73: tal es la oración de los pobres, reunidos por la certeza de que por encima de toda prueba 22 les reserva Dios la buena nueva Is 61,1 Lc 4,18 y la posesión de la tierra Sal 37,11 Mt 5,4.

Por primera vez sin duda en su historia Dan 3 se enfrenta Israel después del exilio con una sangrienta persecución religiosa 1Mac 1,62ss 2,29-38 Heb 11,37s. Los mártires mueren no sólo a pesar de su fe, sino por causa de la misma. Sin embargo, la fe de los mártires no flaquea al afrontar esta suprema ausencia de Di s 1Mac 1,62; incluso se profundiza hasta esperar, por la fidelidad de Dios, la resurrección 2Mac 7 Dan 12,2s y la inmortalidad Sab 2,19s 3,1-9. Así la fe personal, afirmándose cada vez más, reúne poco a poco el resto, beneficiario de las promesas Rom 11,5.

2. La fe de los paganos convertidos

Por la misma época pasa por Israel una corriente misionera. Como en otro tiempo Naamán 2Re 5, no pocos paganos creen en el Dios de Abraham Sal 47,10. Entonces se escribe la historia de los ninivitas, a los que la predicación de un solo profeta, para vergüenza de Israel, induce a «creer en Dios» Jon 3,4s Mt 12,41; la de la conversión de Nabucodonosor Dan 3-4 o de Ajior, que «cree y entra en la casa de Israel» Jdt 14,10 5,5-21: Dios deja a las naciones el tiempo de «creer en él» Sab 12,2 Eclo 36,4.

3. Las imperfecciones de la fe de Israel

La persecución suscita mártires, pero también combatientes que se niegan a morir sin luchar 1Mac 2,39ss para liberar a Israel 2,11. Contaban con Dios para que les procurase la victoria en una lucha desigual 2,49-70 Jdt 9,11-14. Fe, admirable en sí misma Heb 11,34.39, pero que coexistía con una cierta confianza en la fuerza humana.

Otra imperfección amenazaba a la fe de Israel. Mártires y combatientes habían muerto por fidelidad a Dios y a la ley 1Mac 1,52-64. Israel, en efecto, había acabado por comprender que la fe implicaba la obediencia a las exigencias de la alianza. En esta línea estaba amenazada por el peligro al que sucumbirán no pocos fariseos: el formalismo que se interesaba más por las exigencias rituales que por los llamamientos religiosos y morales de la Escritura Mt 23,13-30, soberbia que se fiaba más del hombre y de sus obras para su justificación, que de Dios sólo Lc 18,9-14.

La confianza de Israel en Dios no era, pues, pura, en parte porque seguía subsistiendo un velo entre su fe y el designio de Dios anunciado por la Escritura 2Cor 3,14. Por lo demás, la verdadera fe sólo se había prometido al Israel futuro. Por su parte los paganos podían compartir difícilmente una fe que por lo pronto desembocaba en una esperanza nacional o en exigencias rituales demasiado pesadas. Además, ¿qué hubieran ganado con ello Mt 23,23? Finalmente, adherirse a la fe de los pobres no podía hacer a los paganos participar en una salvación que no era todavía más que una esperanza. Así pues, Israel, y las naciones, no tenían otra salida sino esperar a aquel que llevaría la fe a su perfección Heb 12,2 11,39s y recibiría el Espíritu «objeto de la promesa» Act 2,33.

NT

I. LA FE EN EL PENSAMIENTO Y EN LA VIDA DE JESÚS

1. Las preparaciones

La fe de los pobres Lc 1,46-55 es la que acoge el primer anuncio de la salvación. Imperfecta en Zacarías 1,18ss Gen 15,8, ejemplar en María Lc 1,35ss.45 Gen 18,4, compartida poco a poco por otros Lc 1-2 p. no se deja ocultar la iniciativa divina por la humildad de las apariencias. Los que creen en Juan Bautista son también pobres, conscientes de su pecado, y no fariseos soberbios Mt 21,23-32. Esta fe los reúne sin que ellos se percaten alrededor de Jesús, venido en medio de ellos (3,11-17 p), y los orienta hacia la fe en él (Act 19,4 Jn 1,7).

2. La fe en Jesús y en su palabra

Todos podían «oír y ver» Mt 13,13 p la palabra y los milagros de Jesús, que proclamaban la venida del reino 11,3-6 p 13,16-17 p. Pero «escuchar la palabra» 11,15 p 13,19-23 p v «hacerla» 7,24-27 p Dt 5,27, ver verdaderamente, en una palabra: creer Mc 1,15 Lc 8,12 Dt 9,23, fue cosa propia de los discípulos Lc 8,20 p. Por otra parte, palabra y milagros planteaban la cuestión: «¿Quién es éste?» Mc 5,41 6,1-6.14ss p. Esta cuestión fue una prueba para Juan Bautista Mt 11,2s y un escándalo para los fariseos 12,22-28 p 21,23 p. La fe requerida para los milagros Lc 7,50 8,48 sólo respondía a esta cuestión parcialmente reconociendo la omnipotencia de Jesús Mt 8,2 Mc 9,22s. Pedro dio la verdadera respuesta: «Tú eres el Cristo» Mt 16,13-16 p. Esta fe en Jesús une ya desde ahora a los discípulos con él y entre sí haciéndoles compartir el secreto de su persona (16,18-20 p).

En torno a Jesús que es pobre (11,20) y se dirigió a los pobres (5,2-10 p 11,5 p) se constituyó así una comunidad de pobres, de «pequeños» 10,42, cuyo vínculo, más precioso que nada, es la fe en él y en su palabra 18,6-10 p. Esta fe viene de Dios 11,25 p 16,17 y será compartida un día por las naciones 8,5-13 p 12,38-42 p. Las profecías se cumplen.

3. La perfección de la fe

Cuando Jesús, el siervo, emprende el camino de Jerusalén para obedecer hasta la muerte Flp 2,7s, «endurece su rostro» Lc 9,51 Is 50,7. En presencia de la muerte «lleva a su perfección» la fe Heb 12,2 de los pobres Lc 23,46=Sal 31,6 Mt 27,46 p=Sal 22, mostrando una confianza absoluta en «el que podía», por la resurrección, «salvarle de la muerte» Heb 5,7.

Los discípulos, a pesar de su conocimiento de los misterios del reino Mt 13,11 p, se lanzaron con dificultad por el camino, per el que debían seguir en la fe al Hijo del hombre 16,21-23 p. La confianza que excluye todo cuidado y todo temor Lc 12,22-32 p no les era habitual Mc 4,35-41 Mt 16,5-12 p. Consiguientemente, la prueba de la pasión Mt 26,41 será para ellos un escándalo 26,33. Lo que entonces ven exige mucho a la fe Mc 15,31s. La misma fe de Pedro, aunque no desapareció, pues Jesús había orado por ella Lc 22,32, no tuvo el valor de afirmarse 22,54-62 p. La fe de los discípulos tenía todavía que dar un paso decisivo para llegar a ser la fe de la Iglesia.

II. LA FE DE LA IGLESIA

1. La fe pascual

Este paso lo dieron los discípulos cuando, después de no pocas vacilaciones Mt 28,17 Mc 16,11- 14 Lc 24,11, creyeron en la resurrección de Jesús. Testigos de todo lo que había dicho y hecho Jesús Act 10,39, lo proclaman «Señor y Cristo», en quien se cumplen invisiblemente las promesas 2,33-36. Su fe es ahora capaz de ir «hasta la sangre» Heb 12,4. Hacen llamamiento a sus oyentes para que la compartan a fin de participar de la promesa obteniendo la remisión de sus pecados Act 2,38s 10,43. Ha nacido la fe de la Iglesia.

2. La fe en la palabra

Creer es, en primer lugar, acoger esta predicación de los testigos, el Evangelio Act 15,7 1Cor 15,2, la palabra Act 2,41 Rom 10,17 1Pe 2,8, confesando a Jesús como señor 1Cor 12,3 Rom 10,9 1Jn 2,22. Este mensaje inicial, transmitido como una tradición 1Cor 15,1-3, podrá enriquecerse y precisarse en una enseñanza 1Tim 4,6 2Tim 4,1-5: esta palabra humana será siempre para la fe la palabra misma de Dios 1Tes 2,13. Recibirla es para el pagano abandonar los ídolos y volverse hacia el Dios vivo y verdadero 1Tes 1,8ss, y para todos es reconocer que el Señor Jesús realiza el designio de Dios Act 5,14 13,27-37 1Jn 2,24. Es confesar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo recibiendo el bautismo Mt 28,19.

Esta fe, como lo verá Pablo, abre a la inteligencia «los tesoros de la sabiduría y de conocimiento» que hay en Cristo Col 2,3: la sabiduría misma de Dios revelada por el Espíritu 1Cor 2, tan diferente de la sabiduría humana 1Cor 1,17-31 Sant 2,1-5 3,13-18 Is 29,14 y el conocimiento de Cristo y de su amor Flp 3,8 Ef 3,19 1Jn 3,16.

3. La fe y la vida del bautizado

El que ha creído en la palabra, introducido en la Iglesia por el bautismo, participa en la enseñanza, en el espíritu, en la «liturgia» de la Iglesia Act 2,41-46. En efecto, en ella realiza Dios su designio obrando la salvación de los que creen 2,47 1Cor 1,18: la fe se desarrolla en la obediencia a este designio Act 6,7 2Tes 1,8. Se despliega en la actividad 1Tes 1,3 Sant 1,21s de una vida moral fiel a la ley de Cristo Gal 6,2 Rom 8,2 Sant 1,25 2,12; actúa por medio del amor fraterno Gal 5,6 Sant 2,14-26. Se mantiene en una fidelidad capaz de afrontar la muerte a ejemplo de Jesús Heb 12 Act 7,55-60, en una confianza absoluta en aquel «en quien ha creído» 2Tim 1,12 4,17s. Fe en la palabra, obediencia en la confianza: tal es la fe de la Iglesia, que separa a los que se pierden de los que se salvan 2Tes 1,3-10 1Pe 2,7s Mc 16,16.

III. SAN PABLO Y LA SALVACIÓN POR LA

Para la Iglesia naciente como para Jesús, la fe era un don de Dios Act 11,21ss 16,14 1Cor 12,3. Cuando se convertían paganos, era, pues, Dios mismo quien «purificaba su corazón por la fe» Act 11,18 14,27 15,7ss. «Por haber creído» recibían el mismo Espíritu que los judíos creyentes 11,17. Fueron por tanto acogidos en la Iglesia.

1. La fe y la ley judía.

Pero no tardó en surgir un problema: ¿había que someterlos a la circuncisión y a la ley judía Act 15,5 Gal 2,4? Pablo, de acuerdo con los responsables Act 15 Gal 2,3-6, estima absurdo forzar a los paganos a «judaizar», pues la fe en Jesucristo es la que ha salvado a los judíos mismos Gal 2,15s. Así pues, cuando se quiso imponer la circuncisión a los cristianos de Galacia 5,2 6,12, comprendió Pablo fácilmente que aquello era anunciar otro Evangelio 1,6-9. Esta nueva crisis fue para él ocasión de una reflexión en profundidad acerca del carácter de la ley y de la fe en la historia de la salvación.

Desde Adán Rom 5,12-21 todos los hombres, paganos o judíos, son culpables delante de Dios 1,18-3,20. La ley misma, hecha para la vida, no ha engendrado sino el pecado y la muerte 7,7- 10 Gal 3,10-14.19-22. La venida Gal 4,4s y la muerte de Cristo ponen fin a esta situación manifestando la justicia de Dios Rom 3,21-26 Gal 2,19ss que se obtiene por la fe Gal 2,16 Rom 3,22 5,2. Ha terminado, pues, la función de la ley Gal 3,23-4,11. Se vuelve al régimen de la promesa realizada ahora en Jesús Gal 3,15-18: como Abraham, los cristianos son justificados por la fe, sin la ley Rom 4 Gal 3,6-9 Gen 15,6 17,11. Además, según los profetas, el justo debía vivir por la fe Hab 2,4=Gal 3,11 Rom 1,17, y el resto de Israel Rom 11,1-6 debía salvarse por la sola fe en la piedra asentada por Dios Is 28,16=Rom 9,33 10,11, lo cual le permitía abrirse a las naciones Rom 10,14-21 1Pe 2,4-10.

1. La fe y la gracia

«El hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley» Rom 3,28 Gal 2,16. Esta afirmación de Pablo descarta la ley judía; pero, todavía más profundamente, significa que la salvación no es nunca algo debido, sino una gracia de Dios acogida por la fe Rom 4,4-8. Cierto que Pablo no ignora que la fe debe «obrar» Gal 5,6 Sant 2,14-26 en la docilidad al Espíritu recibido en el bautismo Gal 5,13-26 Rom 6 8,1-13. Pero subraya enérgicamente que el creyente no puede ni «gloriarse» de «su propia justicia» ni apoyarse en sus obras, como lo hacía Saulo el fariseo Flp 3,4.9 2Cor 11,16-12,4. Aun cuando «su conciencia no le reproche nada» delante de Dios 1Cor 4,4, cuenta sólo con Dios, que «obra en él el querer y el hacer» Flp 2,13. Realiza, pues, su salvación «con temor y temblor» Flp 2,12, pero también con una gozosa esperanza Rom 5,1-11 8 14-39: su fe le asegura «el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús» Rom 8,38s Ef 3,19. Gracias a Pablo. !a fe pascual, vivida por la comunidad primitiva, adquirió clara conciencia de sí misma. Se deshizo de las impurezas y de los límites que afectaban a la fe de Israel. Es plenamente la fe de la Iglesia.

IV. LA FE EN EL VERBO HECHO CARNE

Al final del NT la fe de la Iglesia medita con san Juan sobre sus orígenes. Como para mejor afrontar el porvenir, vuelve a aquel que le ha dado su perfección. La fe de que habla Juan es la misma de los sinópticos. Agrupa a la comunidad de los discípulos en torno a Jesús Jn 10,26s 17,8. Orientada por Juan Bautista 1,34s 5,33s, descubre la gloria de Jesús en Caná 2,11.

«Recibe sus palabras» 12,46s y «escucha su voz» 10,26s Dt 4,30. Se afirma por la boca de Pedro en Cafarnaum Jn 6,70s. La pasión es para ella una prueba 14,1-28s 3,14s y la resurrección su objeto decisivo 20,8.25-29.

Pero el cuarto evangelio es, mucho más que los sinópticos, el evangelio de la fe. Por lo pronto en él está la fe explícitamente centrada en Jesús y en su gloria divina. Hay que creer en Jesús 4,39 6,35 y en su nombre 1,12 2,23. Creer en Dios v en Jesús es una misma cosa 12,44 14,1 8,24=Ex 3,14. Porque Jesús y el Padre son uno 10,30 17,21; esta misma unidad es objeto de fe 14,10s. La fe debería llegar a la realidad invisible de la gloria de Jesús sin tener necesidad de ver los signos (milagros) que la manifiestan 2,11s 4,48 20,29. Pero si en realidad tiene necesidad de ver 2,23 11,45 y de tocar 20,27, esto no quita que esté llamada a explayarse en el conocimiento 6,69 8,28 y en la contemplación 1,14 11,40 de lo invisible.

Juan insiste además en el carácter actual de las consecuencias invisibles de la fe. Para el que crea no habrá juicio 5,24. Ya ha resucitado 11,25s 6,40, camina en la luz 12,46 y posee la vida eterna 3,16 6,47. En cambio, «el que no cree, ya está condenado» 3,18. La fe reviste así la grandeza trágica de una opción apremiante entre la muerte y la vida, entre la luz y las tinieblas; y de una opción tanto más difícil cuanto que depende de las cualidades morales de aquel al que se propone 3,19-21.

Esta insistencia de Juan en la fe, en su objeto propio, en su importancia, se explica por el fin mismo de su evangelio: inducir a sus lectores a compartir su fe creyendo «que Jesús es Cristo, el Hijo de Dios» 20,30 a venir a ser hijos de Dios por la fe en el Verbo hecho carne 1,9-14. La opción de la fe es posible a través del testimonio actual de Juan 1Jn 1,2s. Esta fe es la fe tradicional de la Iglesia: confiesa a Jesús como Hijo en la fidelidad a la enseñanza recibida 1Jn 2,23-27 5,1 y debe dilatarse en una vida limpia de pecado 3,9s animada por el amor fraternal 4,10ss 5,1-5. Como Pablo Rom 8,31-39; Ef 3,19 estima Juan que la fe induce a reconocer el amor de Dios a los hombres 1Jn 4,16.

Frente a los combates que vienen, el Apocalipsis exhorta a los creyentes a «la paciencia y a la fidelidad de los santos» Ap 13,10 hasta la muerte. Como fuente de esta fidelidad está siempre la fe pascual en el que puede decir: «Estaba muerto y ahora vivo por los siglos de los siglos» 1,18, el Verbo de Dios que establece irresistiblemente su reinado 19,11-16 Act 4,24-30.

El día en que, acabándose la fe, «veamos a Dios como es» 1Jn 3,2, todavía se proclamará la fe de pascua: «Tal es la victoria que ha triunfado del mundo; nuestra fe» 5,4.

Todos los derechos: Vocabulario de teología bíblica, X. Léon-Dufour

ESPERANZA

Hablar de la esperanza es decir el lugar que ocupa el porvenir en la vida religiosa del pueblo de Dios, un porvenir de felicidad, al que están llamados todos los hombres 1Tim 2,4. Las promesas de Dios revelaron poco a poco a su pueblo el esplendor de este porvenir, que no será una realidad de este mundo, sino «una patria mejor, es decir, celestial» Heb 11,16: «la vida eterna», en la que el hombre será «semejante a Dios» 1Jn 2,25 3,2.

La fe es la que garantiza la realidad de este porvenir prometido por Dios Heb 11,1 y de las exigencias que implica. Por la confianza se apoya el hombre en Dios, de quien este porvenir depende Jdt 9,5. La esperanza, enraizada en la fe y en la confianza, puede entonces desplegarse hacia el futuro y activar con su dinamismo toda la vida del creyente. La esperanza mantiene la paciencia y la fidelidad, cuya expresión mayor, según el NT, es el amor. Fe y confianza, esperanza, amor son, pues, diferentes aspectos de una actitud espiritual compleja, pero una. En hebreo, las mismas raíces expresan con frecuencia una u otra de estas nociones: sin embargo, el léxico de la esperanza se refiere más especialmente a las raíces qavah, ya- /ya/ y bgtah, que los traductores expresaron lo mejor que pudieron en griego (elpizo, elpis, pepoitha, hypo-menos) o en latín (spero, spes, confido, sustineo, exspecto…). El NT y probablemente san Pablo 1Tes 1,3 1Cor 13,13 Gal 5,5s establecerá con toda nitidez la tríada: fe, esperanza, caridad.

AT

I. LA ESPERANZA DE LAS BENDICIONES DE YAHVEH

Si la misteriosa promesa hecha ya en los orígenes por Dios a la humanidad pecadora Gen 3,15 9,1-17 atestigua que Dios no la dejó jamás sin esperanza, con Abraham es con quien comienza verdaderamente la historia de la esperanza bíblica. El porvenir garantizado por la promesa es sencillo: una tierra y una posteridad numerosa Gen 12,1s: fecundidad. Durante siglos enteros los objetos de la esperanza de Israel seguirán siendo del mismo orden terrenal: «la tierra que mana leche y miel» Ex 3,8.17, todas las formas de la prosperidad Gen 49 Ex 23,27-33 Lev 26,3- 13 Dt 28.

Este vigoroso ímpetu hacia los bienes de este mundo no hace, sin embargo, de la religión de Israel una simple moral del bienestar. Estos bienes terrestres son para Israel bendiciones Gen 39,5 49,25 y dones Gen 13,15 24,7 28,13 de Dios, que se muestra fiel a la promesa y a la alianza Ex 23,25 Dt 28,2. Cuando la fidelidad a Yahveh lo exige, estos bienes terrenales deben, pues, sacrificarse sin vacilar Jos 6,17-21 1Sa 15; el sacrificio de Abraham quedaba como ejemplo de esperanza perfecta en la promesa del Todopoderoso Gen 22. Esta situación hacía presagiar que un día conocería Israel una «esperanza mejor» Heb 7,19 hacia la que Dios va a conducir lentamente a su pueblo.

II. YAHVEH, ESPERANZA DE ISRAEL Y DE LAS NACIONES

Este progreso fue en primer lugar obra de los profetas que, aun purificando y manteniendo la esperanza de Israel, le abrieron ya nuevas perspectivas.

1. La falsa esperanza

Israel olvidó con frecuencia que un porvenir dichoso era un don del Dios de la alianza Os 2,10 Ez 16,15ss. Consiguientemente, se veía tentado a asegurarse este porvenir de la misma manera que las naciones: con un culto formalista, con la idolatría, el poder o las alianzas. Los profetas denuncian esta esperanza ilusoria Jer 8,15 13,16. Sin fidelidad no hay que esperar la salvación Os 12,7 Is 26,8ss 59,9ss. El día de Yahveh, «sombrío, sin la menor claridad» Am 5,20, será «el día de la ira» Sof 1,15ss. Jeremías 1-29 ilustra típicamente este aspecto del ministerio profético.

2. La verdadera esperanza

El porvenir parece a veces cerrarse delante de Israel, que entonces se ve tentado a decir: «Nuestra esperanza se ha destruido» Ez 37,11 Lam 3,18. Para los profetas queda entonces la esperanza como soterrada (Is 8,16s) pero no debe desaparecer: un resto se salvará Am 9,8s  Is 10,19ss. La realización del designio de Dios podrá así proseguirse. A la hora del castigo, el anuncio de este «porvenir lleno de esperanza» Jer 29,11 31,17 resuena en los oídos de Israel Jer 30-33 Ez 34-48 Is 40-55 para que se consuele y se mantenga su esperanza Sal 9,19. La misma infidelidad de Israel no debe impedir esperar: Dios le perdonará Is 11 Lam 3,22-33 Is 54,4-10 Ez 35,29. Si la salvación puede tardar Hab 2,3 Sof 3,8, es, sin embargo, cierta, pues Yahveh, que es fiel y misericordioso, es «la esperanza de Israel» Jer 14,8 17,13s.

3. Una nueva esperanza

La concepción profética del porvenir es muy compleja. Los profetas anuncian la paz, la salvación, la luz, la curación, la redención. Entrevén la maravillosa y definitiva renovación del paraíso, del éxodo, de la alianza, o del reinado de David. Israel «será saciado de las bendiciones» Jer 31,14 de Yahveh Os 2,23s Is 32,15 Jer 31 y verá afluir a él la riqueza de las naciones Is 61. Los profetas, próximos al antiguo Israel, sitúan en el centro del porvenir a Israel y su felicidad (bienaventuranza) temporal.

Pero suspiran también por el día en que Israel se verá lleno del conocimiento de Dios Is 11,9 Hab 2,14 porque Dios habrá renovado los corazones Jer 31,33ss Ez 36,25ss, mientras que las naciones se convertirán Is 2,3 Jer 3,17 Is 45,14s. Este porvenir será la época de un culto finalmente perfecto Ez 40-48 Zac 14, en el que tomarán parte las naciones Is 56,8 Zac 14,16s Sal 86,8s 102,22s. Ahora bien, la cima del culto es la contemplación de Yahveh Sal 63 84. Para los profetas, la esperanza de Israel y de las naciones es Dios mismo Is 60,19s 63,19 51,5 y su reinado Sal 96-99. Sin embargo, la felicidad de Israel esperada para el porvenir sigue todavía situada en la tierra y, salvo excepción Ez 18, es colectiva, mientras que la fidelidad de la que depende su venida es individual.

III. LA ESPERANZA DE LA SALVACIÓN PERSONAL Y EL MÁS ALLÁ

Estos progresos van a realizarse entre los piadosos y los sabios, en el marco de la fe en la retribución personal. Esta fe tropezaba con el problema planteado por el sufrimiento del justo. Un profeta había, sí, enseñado que este sufrimiento debía engendrar la esperanza en lugar de impedirla, puesto que era redentor Is 53. Pero esta anticipación no tuvo consecuencias en el AT. La esperanza de Job, por ejemplo, a pesar de los presentimientos Job 13,15 19,25ss, desemboca en la noche Job 42,1-6.

La esperanza de los místicos, colmada por la presencia de Dios, se siente llegada a su término: el sufrimiento y la muerte no tienen verdaderamente importancia para ella Sal 73 49,16,139,8-16. La fe de los mártires engendra la esperanza de la resurrección Dan 12,1ss 2Mac 7, mientras que la esperanza colectiva se orienta hacia el Hijo del hombre Dan 7. La esperanza de los sabios se orienta hacia una paz Sab 3,3, un reposo 4,7, una salvación 5,2, que no están ya en la tierra, sino en la inmortalidad 3,4, cerca del Señor 5,15s. De esta manera la esperanza se hace personal (5) y se orienta hacia el mundo venidero.

La esperanza judía del tiempo de Jesús reflejaba las diversas formas de la esperanza de Israel. Esperaba un porvenir a la vez material y espiritual, centrado en Dios y en Israel: temporal y eterno. La realización de este porvenir en Jesús iba a llevar a la esperanza a purificarse todavía más.

NT

I. LA ESPERANZA DE ISRAEL, REALIZADA EN JESÚS

Jesús proclama la venida del reino de Dios a este mundo Mt 4,17. Pero este reino es una realidad espiritual que sólo es accesible a la fe. La esperanza de Israel debe, pues, para ser colmada, renunciar a todo el aspecto material de su espera: Jesús pide a sus discípulos que acepten el sufrimiento y la muerte como él lo hizo Mt 16,24ss. Por otra parte, el reino, ya presente, es, no obstante, todavía futuro. La esperanza continúa, pues, pero orientada únicamente hacia la vida eterna 18,8s, hacia la venida gloriosa del Hijo del hombre «que retribuirá a cada uno según su conducta» 16,27 25,31-46.

Mientras llega ese día, la Iglesia, fuerte con las promesas 16,18 y con la presencia de Jesús 28,20, debe acabar de realizar la esperanza de los profetas, abriendo a las naciones su reino y su esperanza 8,11s 28,19.

II. JESUCRISTO, ESPERANZA DE LA IGLESIA

La esperanza de la Iglesia es, en la fe, una esperanza colmada. En efecto, el don del Espíritu acabó de cumplir o realizar las promesas Act 2,33.39. Toda la fuerza de su esperanza se concentra en su espera de la vuelta de Jesús 11,11 3,20. Este porvenir, llamado parusía Sant 5,8 1Tes 2,19, día del Señor, visita, revelación, parece muy próximo Sant 5,8 1Tes 4,13ss Heb 12,18ss 1Pe 4,7 y fácilmente se muestra extrañeza de que tarde 2Pe 3,8ss. En realidad vendrá «como un ladrón en la noche» 1Tes 5,1ss 2Pe 3,10 Ap 33,3 Mt 24,36. Esta incertidumbre exige que se esté en vela 1Tes 5,6 1Pe 5,8 con una paciencia inquebrantable en las pruebas y en el sufrimiento Sant 5,7ss 1Tes 1,4s 1Pe 1,5ss Lc 21,19.

La esperanza de la Iglesia es gozosa Rom 12,12, incluso en el sufrimiento 1Pe 4.13 Mt 5,11s, pues la gloria que se espera es tan grande 2Cor 4,17 que repercute ya en el presente 1Pe 1,8s. Esta esperanza engendra la sobriedad 1Tes 5,8 1Pe 4,7 y el desasimiento 1Cor 7,29ss 1Pe 1,13 Tit 2,13. ¿Qué son, en efecto, los bienes terrenales en comparación con la esperanza de «participar de la naturaleza divina» 2Pe 1,4? La esperanza, finalmente, suscita la oración y el amor fraterno 1Pe 4,7s Sant 5,8s. Fijada en el mundo venidero Heb 6,18 anima toda la vida cristiana.

III. LA DOCTRINA PAULINA DE LA ESPERANZA

San Pablo comparte la esperanza de la Iglesia, pero la riqueza de su pensamiento y de su vida espiritual aporta elementos de gran valor al tesoro común.

Así, el puesto que reserva a la «redención de nuestro cuerpo» Rom 8,23, ya sea transformación de los vivos 1Cor 15.51 1Tes 4,13-18 o sobre todo resurrección de los muertos. No creer en ésta es para Pablo estar «sin esperanza» 1Tes 4,13 1Cor 15,19 Ef 2,12.

La gloria no coronará sino «la constancia en la práctica del bien» Rom 2,7s Heb 6,12. Ahora bien, la libertad humana es frágil Rom 7,12-25. Siendo ello así, ¿puede el cristiano verdaderamente esperar tomar parte en la herencia prometida Col 4,24? Puede y debe, como Abraham, «esperar contra toda esperanza». Por razón de su fe en las promesas Rom 4,18-25 y de su confianza en la fidelidad de Dios, que garantizará la fidelidad del hombre 1Tes 5,24 1Cor 1,9 Heb 10,23 desde su llamada (vocación) hasta la gloria Rom 8,28-30.

El cumplimiento de las promesas en Jesucristo 1Cor 1,20 tiene un papel fundamental en la reflexión de Pablo. La gloria esperada es una realidad actual 2Cor 3,18-4,6, aunque invisible 2Cor 4,18 Rom 8,24s. Un bautizado está ya resucitado Rom 6,1-7 Col 3,1; el Espíritu es en él las primicias del mundo venidero Rom 8,11.23 2Cor 5,5. Dios ha hecho la gracia de la justificación a hombres, a los que Adán arrastraba a la muerte; «¡cuánto más» los conducirá a la vida su solidaridad con su Hijo Rom 5! Este cumplimiento en Cristo, de la esperanza de Israel es la revelación plenaria del motivo de la esperanza cristiana: un amor tal que nada ni nadie puede separar de él al cristiano Rom 8,31-39.

La esperanza personal de Pablo es, finalmente, un ejemplo admirable. Se despliega en su alma con extremada intensidad. Gime por no estar todavía colmada 2Cor 5,5 Rom 8,23 y se regocija con el pensamiento del porvenir que espera 1Cor 15,54ss. A su, luz, las más legítimas esperanzas humanas pierden todo su valor Flp 3,8. Apoyándose sólo en la gracia de Dios y no en las obras 1Cor 4,4 15,10 Rom 3,27, anima, sin embargo, con su dinamismo la carrera Flp 3,13s y el combate 2Tim 4,7 que sostiene Pablo para cumplir su misión, al mismo tiempo que evita ser «él mismo descalificado» 1Cor 9,26s. Entonces suscita, pero «en el Señor», nuevas esperanzas Flp 2,19 2Cor 1,9s 4,7-18. Cuando su muerte parece próxima, espera el premio Flp 3,14 que coronará su carrera 2Tim 4,6ss 1Cor 3,8. Pero sabe que su recompensa es Cristo mismo Flp 3,8. Su esperanza es ante todo la de estar con él Flp 1,23 2Cor 5,8. El radical desinterés que supone se manifiesta todavía por su abertura a la salvación de los «otros» 2Tim 4,8 2,7, cristianos 1Tes 2,19 o paganos, a los que quiere revelar a Cristo, «esperanza de la gloria» Col 1,24-29. La esperanza de Pablo abraza así en toda su amplitud Rom 8,19ss el designio de Dios y responde «con amor» 2Tim 4,8 al amor del Señor.

IV. LAS NUPCIAS DEL CORDERO

La esperanza joánnica no deja de ser una espera del retorno del Señor Jn 14,3 1Jn 2,18, de la resurrección y del juicio Jn 5,28s 6,39s. Pero prefiere reposar en la posesión de una vida eterna otorgada ya al creyente 3,15 6,54 1Jn 5,11ss, que ya está resucitado Jn 11,25s 1Jn 3.14 y juzgado Jn 3,19 5,24. El paso del cristiano a la eternidad no será sino la apacible manifestación 1Jn 4,18 de una realidad que ya existe 1Jn 3,2.

En el Apocalipsis son las perspectivas profundamente diferentes. El cordero resucitado, rodeado de cristianos Ap 5,11-14 14,1-5 15,2ss. triunfa ya en el cielo, de donde vendrá la Iglesia, su esposa 21,2. Pero esta esposa está al mismo tiempo en la tierra 22.17, donde se desarrolla el drama de la esperanza cristiana que tiene que habérselas con la historia. Los triunfas aparentes de los poderes satánicos pudieran fatigar esta esperanza. En realidad, el Verbo invencible combate y reina al lado de los suyos 19,11-16 20,1-6 y la victoria decisiva está próxima Ap 1,1 2,5 3,11 22,6.12. La esperanza de los cristianos debe, pues, triunfar hasta la venida del «universo nuevo», que realizará por fin plena y definitivamente las profecías del AT Ap 21-22.

Al final del libro promete el esposo: «Mi retorno está próximo.» Y la esposa le responde: «¡Ven, Señor Jesús!» Ap 22,20. Esta llamada reproduce una oración aramea de la Iglesia de los primeros días: Marana tha! 1Cor 16,22. La esperanza cristiana no hallará jamás mejor expresión, puesto que no es en el fondo sino el deseo ardiente de un amor que tiene hambre de la presencia del Señor.

Todos los derechos: Vocabulario de teología bíblica, X. Léon-Dufour

ENEMIGO

I. EL HECHO DE LA ENEMISTAD

1. Constancia y límites.

El hombre bíblico está siempre frente a su enemigo: es un hecho sobre el que ni siquiera se plantea cuestiones. Ya en el círculo familiar una enemistad operante opone a Caín y Abel Gen 4,1-16, a Sara y Agar Gen 16,1-7, a Jacob y a Esaú Gen 27-29, a José y a sus hermanos Gen 37,4, a Ana y Penina 1Sa 1,6s. En la ciudad, los profetas y los salmistas se quejan de sus enemigos Sal 31 35 42,10 Jer 18,18-23. Éstos pueden ser deudos Miq 7,6 Jer 12,6 o antiguos amigos Sal 55,13ss. Ha venido a ser como un esquema de pensamiento: tras toda adversidad se descubre un adversario, y el enfermo de los Salmos es casi siempre un perseguido Sal 13 38,1-16. Sin embargo, si el enemigo pertenece a la comunidad de Israel, la ley ve en él un sujeto de derechos Ex 23,4 Num 35,15. La nación misma se construye en este mundo de la Pero la hostilidad conoce matices: sin piedad en el caso de los cananeos o de los amalecitas Ex 17,16 1Sa 15, acaba por no ser más que una guerra fría para con Moab y Amón Dt 23,4-7, y el Deuteronomio deja entender a propósito de Edom y de Egipto Dt 23,8 que extranjero no significa necesariamente enemigo.

2. Origen.

¿Cómo explicarse en la historia sagrada la permanencia de este fenómeno? En realidad, es sencillamente un fenómeno o dato de la historia desde el día en que el pecado introdujo el odio. Israel adquiere conciencia de sí mismo en un mundo sin piedad. Querer verlo inmune en este aspecto sería querer que fuera de otra esencia que la humanidad de su tiempo. Dios toma al hombre al nivel en que lo halla. Los cananeos son atacados porque son idólatras Gen 15,16 Dt 20,16ss, pero también porque ocupan el territorio, la tierra prometida Dt 2,12. En este estadio se comprueba cierta identificación entre enemigos de Dios y enemigos de la nación: «Yo seré enemigo de tus enemigos» Ex 23,22.

II. LUCES SOBRE EL MUNDO DE LA ENEMISTAD

1. Un caso típico.

La lucha de Saúl contra David es el relato más detallado que nos queda de una enemistad personal. Sólo Saúl es aquí el enemigo. Se la ha tomado con la vida de David 1Sa 18,10s 19,9- 17 y se opone a un designio a la vez divino y terreno: la realeza de su rival. El móvil profundo de su odio es el que presenta la Biblia más frecuentemente: la envidia. En cuanto a David, evita dejarse contaminar por el odio de Saúl, y su actitud es tal que un cristiano, que debería superarla, tiene todavía mucho que hacer para igualarla. No pocos amigos de Dios debieron vivir, a su nivel, un drama semejante al de David, en el que abundan los signos de cierto afinamiento moral. El llamamiento de Dios, insertándose plenamente en su deseo de vivir, los condujo a deshacerse de su egoísmo sin perder sus contactos con la existencia.

2. La experiencia de la derrota

Israel como nación pasó por una experiencia bastante parecida. Por una guerra infligida a los otros (como la de la conquista), ¡qué de guerras tuvieron que afrontar! Con el tiempo la imagen del enemigo se confundió progresivamente con la del opresor; en ello no hay nada con qué alimentar sueños de poder. Así aprendió Israel que Yahveh, lejos de hacer al justo más fuerte, prefiere liberarlo él mismo Ex 14,13s.30. El enemigo no es vencido por el justo al que oprimía; perece víctima de sí mismo Sal 7,13-17; Saúl, Amán… En tanto llega su derrota, no triunfa sin razón; castiga en nombre de Dios y sin quererlo, enseña. Su eliminación completa está ligada con la plenitud de la bendición Gen 22,17 49,8 Dt 28,7. Ahora bien, a través de la historia, Yahveh lo deja subsistir Jue 2,3 2,20-23 Dt 7,22. Esta persistencia señala dos cosas: el nivel de cumplimiento de la promesa y el de la fidelidad del pueblo. Por una parte y por otra no ha llegado todavía el tiempo de la plenitud.

3. La obra del tiempo

Los que repetían las maldiciones del salmista mucho tiempo después de él no podían hacerlo en nombre de los mismos intereses particulares ni respecto a las mismas personas: en ello hay ya cierta purificación. Cierto despego de esta índole se nota en el libro de la Sabiduría Sab 10-19, que en la historia ve más los conflictos ideológicos que los conflictos de intereses. Cuando los Macabeos, reanudando la tradición de la guerra santa, luchan «por su vida y por sus leyes» 1Mac 2,40 3,21, lo hacen con clara conciencia del doble fin que expresa esta fórmula, que une sin confundir. En una palabra, por una parte no se reniega nunca el principio jurídico del talión, que, por lo demás, ponía cierto freno a la venganza Gen 4,15.24, y se concibe la victoria de Israel como la destrucción de sus enemigos (Est); por otra parte, la experiencia y la luz divina orientan los corazones hacia el amor. En medio de los consejos de prudencia, Ben Sira pide que el hombre perdone para ser perdonado por Dios Eclo 28,1-7 Prov 24,29. Es la exigencia de Jesús mismo.

III. JESÚS TRIUNFA DE LA ENEMISTAD

1. El mandamiento y el ejemplo

«Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian» Mt 5,44 p. Este mandamiento destaca entre las exigencias más nuevas 5,43 de Jesús. Él mismo tuvo enemigos, que no «lo quisieron como rey», como dice una parábola Lc 19,27. Le dieron muerte, y él en la cruz los perdonó Lc 23,34. Así debe hacerlo el discípulo a imitación de su maestro 1Pe 2,23, a imitación del Padre que está en los cielos Mt 5,45ss, cuyo perdón podrá obtener así Mt 6,12. El cristiano que perdona no se hace ilusiones acerca del mundo en que vive, como tampoco Jesús se hacía ilusiones acerca de los fariseos y de Herodes. Pero practica a la letra el consejo de la Escritura: amontonar carbones ardientes sobre la cabeza del enemigo Rom 12,20=Prov 25,21s. Esto no es venganza; este fuego se cambiará en amor si el enemigo consiente en ello; el hombre que ama a su enemigo aspira a convertirlo en amigo y toma para ello los medios con prudencia. En estas atenciones Dios mismo le precedió: cuando éramos sus enemigos nos reconcilió consigo por la muerte de su Hijo Rom 5,10.

2. La victoria sobre la enemistad

Jesús no viene, pues, a negar la enemistad, sino a manifestarla en su dimensión completa al momento de vencerla. No es un hecho como los otros; es un misterio, signo del reinado de Satán, el enemigo por excelencia: desde el huerto del Edén una enemistad lo opone a los hijos de Eva Gen 3,15. Enemigo de los hombres y enemigo de Dios, siembra en la tierra la cizaña Mt 13,39; por eso estamos expuestos a sus ataques. Pero Jesús dio a los suyos poder sobre todo poder que venga del enemigo Lc 10,19. Les viene del combate en que Jesús triunfó por su misma derrota, habiéndose ofrecido a los golpes de Satán a través de los de sus enemigos y habiendo vencido a la muerte con la muerte. Así derribó el «muro de enemistad» que cruzaba por la humanidad Ef 2,14-16. En tanto llega el día en que Cristo, para poner «a todos sus enemigos a sus pies», destruye para siempre a la muerte, que es «el último enemigo» 1Cor 15,25s, el cristiano combate con Jesús contra el viejo enemigo del género humano Ef 6,11-17. En torno a él, algunos se conducen como enemigos de la cruz de Cristo Flp 3,18, pero él sabe que la cruz lo lleva al triunfo. Esta cruz es el lugar, fuera del cual no hay reconciliación con Dios ni entre los hombres.

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