Desierto

La significación religiosa del desierto se orienta diferentemente según que se piense en un lugar geográfico o en una época privilegiada de la historia de la salvación. Desde el primer punto de vista es el desierto una tierra que no ha bendecido Dios: allí es rara el agua, como en el huerto del paraíso, antes de la lluvia (Gén 2,5), la vegetación raquítica, la habitación imposible (Is 6, 11); hacer de un país un desierto es hacerlo semejante al caos de los orígenes (Jer 2,6; 4,20-26), lo que merecen los pecados de Israel (Ez 6,14; Lam 5,18; Mt 23,38). En esta tierra infértil habitan demonios (Lev 16, 10; Lc 8,29; 11,24), sátiros (Lev 17,7) y otras bestias maléficas (Is 13,21; 14,23; 30,6; 34,11-16; Sof 2,13s). En resumen, en esta perspectiva el desierto se opone a la tierra habitada como la maldición a la bendición.

Ahora bien, y tal es el punto de vista bíblico dominante, Dios quiso hacer pasar a su pueblo por esta «tierra espantosa» (Dt 1,19), para hacerle entrar en la tierra en la que fluyen leche y miel. Este acontecimiento va a transformar el simbolismo precedente. Si el desierto sigue conservando el carácter de lugar desolado, sobre todo evoca una época de la historia sagrada: el nacimiento del pueblo de Dios. El simbolismo bíblico del desierto no puede, pues, confundirse con tal o cual mística de la soledad o de la fuga de la civilización; no enfoca una vuelta al desierto ideal, sino un paso por el tiempo del desierto, análogo al de Israel.

AT.

1. EN MARCHA HACIA LA TIERRA PROMETIDA. A diferencia de los recuerdos ligados con la salida de Egipto propiamente dicha, los que conciernen al paso por el desierto sólo fueron idealizados tardíamente. Las tradiciones, en su forma actual, muestran a la vez que fue un tiempo de prueba para el pueblo y hasta de apostasía, pero en todo caso un tiempo de gloria para el Señor. Tres elementos dominan estos recuerdos: el designio de Dios, la infidelidad del pueblo, el triunfo de Dios.

El designio de Dios. El paso por el desierto está regido por una intención doble. Es un camino expresamente escogido por Dios, aunque no era el más corto (Éx 13,17), porque Dios quería ser el guía de su pueblo (13,21). Luego, en el desierto del Sinaí es donde los hebreos deben adorar a Dios (Éx 3,17s = 5, lss); de hecho, en él reciben la ley y concluyen la alianza que hace de aquellos hombres errantes un verdadero pueblo de Dios: se lo puede incluso computar (Núm 1,lss). Dios quiso, por tanto, que su pueblo naciera en el desierto; sin embargo, le prometió una tierra, haciendo así de la permanencia en el desierto una época privilegiada, pero provisional.

La infidelidad del pueblo. El camino de Dios no tenía nada comparable con la buena tierra de Egipto, en la que no faltaban alimento y seguridad; era el camino de la fe pura en el que guiaba a Israel. Ahora bien, desde las primeras etapas murmuran los hebreos contra la disposición del Señor: ni seguridad, ni agua, ni carne… Esta murmuración corre por todo lo largo de los relatos (Éx 14,11; 16,2s; 17,2s; Núm 14,2ss; 16,13s; 20,4s; 21,5), suscitada tanto por la primera como por la segunda generación del desierto. El motivo es claro: se echa de menos la vida ordinaria; por penosa que fuera en Egipto, se la prefería a esta vida extraordinaria confiada únicamente al cuidado de Dios; vale más una vida de esclavos que la muerte que amenaza, el pan y la carne más que el insípido maná. El desierto revela así el corazón del hombre, incapaz de triunfar de la prueba a que se le somete.

El triunfo de la misericordia divina. Pero si Dios deja perecer en el desierto a todos los que se han endurecido en su infidelidad y en su falta de confianza, no por eso abandona su designio, sino que saca bien del mal. Al pueblo que murmura le da un alimento y un agua maravillosos; si debe castigar a los pecadores, les ofrece también medios inesperados de salvación, como la serpiente de bronce (Núm 21,9). Es que Dios hace siempre resplandecer su santidad y su gloria (20,13). Ésta se mostrará sobre todo cuando con Josué entre en la tierra prometida un verdadero pueblo. Este triunfo final permite ver en el desierto no tanto la época de la infidelidad del pueblo cuanto el tiempo de la misericordiosa fidelidad de Dios, que previene siempre a los rebeldes y hace que prospere su designio.

II. RETROSPECCIÓN SOBRE EL TIEMPO DEL DESIERTO. El pueblo, instalado en la tierra prometida, no tardó en transformarla en un lugar de prosperidad idolátrica e impía, con tendencia a preferir los dones de la alianza a la alianza del donador. Entonces el tiempo del desierto aparecerá como privilegiado y se aureolará de la gloria divina.

Invitación a la conversión. Con el tema de la memoria actualiza el Deuteronomio los acontecimientos del desierto (Dt 8,2ss.15-I8): tiempo maravilloso de la solicitud paternal de Dios; el pueblo no pereció, pero fue puesto a prueba a fin de que reconociera que el hombre no vive sólo de pan, sino de todo lo que sale de la boca de Dios. Así también la sobriedad del culto en el tiempo del desierto invita a Israel a no contentarse con una piedad formalista (Am 5,25 = Act 7,42). Y viceversa, el recuerdo de las desobediencias es un llamamiento a la conversión y a la confianza en solo Dios: no tener ya dura la cerviz ni tentar a Dios (Sal 78,17s.40; Act 7, 51), adaptarse con paciencia al ritmo de Dios (Sal 106,13s), contemplar el triunfo de la misericordia (Neh 9; Sal 78; 106; Ez 20).;Por lo menos hoy no tienten a Dios! (Sal 95,7ss).

Mirabilia Dei. Ni aun recordando estas infidelidades se pensaba en presentar como un castigo la permanencia en el desierto. Y menos todavía recordando las maravillas que marcaron el tiempo de los desposorios de Dios con su pueblo: es el tiempo idílico del pasado por oposición al tiempo presente de Canaán. Así Elías, al ir al Horeb, no va sólo a buscar un refugio en el desierto, sino el lugar de aprovisionamiento (1Re 19). Puesto que los castigos no bastan para hacer que vuelva la esposa infiel, Dios va a conducirla al desierto y hablarle al corazón (Os 2,16), y será de nuevo el tiempo de los desposorios (2,21s). Los dones pasados se embellecen en las memorias: el maná se convierte en un alimento celeste (Sal 78,24), un pan de sabores variados (Sab 16,21). Ahora bien, estos dones son también prenda de una presencia actual, pues Dios es fiel. Es un padre amoroso (Os 11), un pastor (Is 40,11; 63, 11-14; Sal 78,52). En atención a esta época en que el pueblo vivió tan cerca de Dios, ¿cómo no tener plena confianza en aquel que nos guía y nos alimenta (Sal 81,11)?

2. El desierto ideal. Si el tiempo del desierto es un tiempo ideal, ¿por qué no prolongarlo sin cesar? Así los rekabitas vivían bajo la tienda, a fin de manifestar su reprobación de la civilización cananea (Jer 35). Esta mística de la fuga al desierto tiene su grandeza, pero en la medida en que se aislara del acontecimiento concreto que la originó, tendería a degenerar en una evasión estéril: Dios no nos ha llamado a vivir en el desierto, sino a atravesar el desierto para vivir en la tierra prometida. Por lo demás, el desierto conserva su valor figurativo. La salvación esperada por los deportados de Babilonia es concebida como un nuevo éxodo: el desierto florecerá bajo sus pasos (Is 32,15s; 35,Is; 41,18; 43,19s). La salvación del fin de los tiempos se presenta en ciertos apocalipsis como la transformación del desierto en paraíso; el Mesías aparecerá entonces en el desierto (cf. Mt 24,26; Act 21,38; Ap 12,6.14).

NT.

1. CRISTO Y EL DESIERTO. Mientras que las comunidades esenias, como la de Qumrán, promovían una separación de la ciudad y se refugiaban en el desierto, Juan Bautista no quiere consagrar una mística del desierto. Si proclama en él su mensaje, es para revivir el tiempo privilegiado y una vez que el agua ha renovado los corazones, envía de nuevo a los bautizados a su trabajo (Lc 3,10- 14). El desierto no es sino una ocasión de convertirse con miras al Mesías que viene.

Cristo en el desierto. Jesús quiso revivir las diferentes etapas del pueblo de Dios. Así, como en otro tiempo los hebreos, es llevado por el Espíritu de Dios al desierto para ser allí sometido a la prueba (Mt 4, 1-11). Pero, a diferencia de sus padres, supera la prueba y permanece fiel a su Padre, prefiriendo la palabra de Dios al pan, la confianza al milagro maravilloso, el servicio de Dios a toda esperanza de dominación terrena. La prueba que había fracasado en los tiempos del éxodo, halla ahora su sentido: Jesús es el Hijo primogénito, en el que se cumple el destino de Israel. No es imposible que en el relato de Marcos (Mc 1,12s) se lea el tema del paraíso recobrado.

Cristo, nuestro desierto. En el transcurso de su vida pública utilizó sin duda Jesús el desierto como refugio contra las muchedumbres (Mt 14,13; Mc 1,45; 6,31; Lc 4,42), propicio a la oración solitaria (Mc 1,35 p); pero estos gestos no entran directamente en el simbolismo del desierto. En cambio, Jesús se presenta como quien realiza en su persona los dones maravillosos de otro tiempo. Es el agua viva, el pan del cielo, el camino y el guía, la luz en la noche, la serpiente que da la vida a todos los que la miran para ser salvos; es finalmente aquel en quien se realiza el conocimiento íntimo de Dios por la comunión de su carne y de su sangre. En cierto sentido se puede decir que Cristo es nuestro desierto: en él hemos superado la prueba, en él tenemos la comunión perfecta con Dios. Ahora ya el desierto como lugar y como tiempo se ha realizado en Jesús: la figura cede a la realidad.

LA IGLESIA EN EL DESIERTO. LOS simbolismos del desierto siguen desempeñando un papel en la inteligencia de la condición de la Iglesia. Ésta vive oculta en el desierto hasta el retorno de Cristo que pondrá fin al poder de Satán (Ap 12,6.14). Sin embargo, el símbolo está en relación más estrecha con su trasfondo bíblico cuando Jesús multiplica los panes en el desierto a fin de mostrar a sus discípulos, no ya que hay que vivir en el desierto, sino que se ha inaugurado un tiempo nuevo, en el que se vive maravillosamente de la palabra de Cristo (Mt 14,13-21 p).

Pablo se sitúa en la misma perspectiva. Enseña que los acontecimientos que tuvieron lugar en otro tiempo se produjeron para nuestra instrucción, la instrucción de los que hemos llegado al fin de los tiempos (1Cor 10,11). Bautizados en la nube y en el mar, somos alimentados con el pan vivo y abrevados con el agua del Espíritu que brota de la roca; y esta roca es Cristo. Nada de ilusiones: vivimos todavía en el desierto, pero sacramentalmente. La figura del desierto es, pues, indispensable para comprender la naturaleza de la vida cristiana.

Esta vida permanece bajo el signo de la prueba en tanto no hayamos entrado en el reposo de Dios (Heb 4,1). Así, acordándonos de los acontecimientos de otro tiempo, no endurezcamos nuestros corazones; nuestro «hoy» está seguro del triunfo, porque somos «partícipes de Cristo» (3,14), que permaneció fiel en la prueba.

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Deseo

En el budismo la perfección suprema es «matar el deseo». ¡Qué alejados de este sueño aparecen los hombres de la Biblia, aun los más próximos a Dios! La Biblia, por el contrario, está llena del tumulto y del conflicto de todas las formas del deseo. Desde luego, está muy lejos de aprobarlas todas, y aun los deseos más puros deben experimentar una purificación radical, pero así es como adquieren toda su fuerza y dan a la existencia del hombre todo su valor.

I. EL DESEO DE VIVIR. Como raíz de todos los deseos del hombre existe la indigencia esencial y su necesidad fundamental de poseer la vida en la plenitud y desarrollo de su ser. Este dato de la naturaleza está dentro del orden, y Dios lo consagra. La máxima del Sirácida: «No te prives del bien del día y no dejes pasar la parte de goce que te toca» (Eclo 14,14) no expresa la más elevada sabiduría bíblica; sin embargo, si Jesucristo no la canoniza como el ideal, por lo menos la presupone como una reacción normal, puesto que si sacrifica su vida, lo hace para que sus ovejas «tengan la vida y la tengan abundantemente» (Jn 10,10).

El lenguaje de la Escritura confirma esta presencia natural y este valor positivo del deseo. Muchas comparaciones evocan los deseos más ardientes: «Como el ciervo desea las aguas vivas» (Sal 42,2), «como los ojos de una sierva están puestos en la mano de su señora» (123,2), «más que espera la aurora un centinela nocturno» (130,6), «dame a sentir el son de la alegría y de la fiesta» (51,10). Más de una vez los profetas y el Deuteronomio apoyan sus amenazas y sus promesas en las aspiraciones permanentes del hombre: plantar, edificar, unirse en matrimonio (Dt 28,30; 20,5ss; Am 5,11; 9,14; Is 65,21). Aun el anciano, al que Dios ha «hecho ver tantos males y aflicciones», no debe renunciar a esperar que venga todavía a «alimentar su vejez y a consolarlo» (Sal 71,20»).

II. LAS PERVERSIONES DEL DESEO. El deseo, por ser algo esencial y que no se puede desarraigar, puede ser para el hombre una tentación permanente y peligrosa. Si Eva pecó, fue por dejarse seducir por el árbol prohibido, que era «bueno para comerse, hermoso a la vista» (Gén 3,6). La mujer, por haber así cedido a su deseo, en adelante será víctima del deseo que la impulsa hacia su marido y sufrirá la ley del hombre (3,16). En la humanidad es el pecado como un deseo selvático pronto a saltar y que hay que tener a raya con la fuerza (4,7). Este deseo desencadenado es la apetencia o concupiscencia, «concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, soberbia de la riqueza» (1Jn 2,16; cf. Sant 1,14s) y su reino en la humanidad es el mundo, reino de Satán.

La Biblia, historia del hombre, está llena de estos deseos que arrastran al hombre; como palabra de Dios describe sus funestas consecuencias. En el desierto, Israel, que sufría de hambre, en lugar de alimentarse de la fe en la palabra de Dios (Dt 8,1-5), no piensa sino en llorar por las carnes de Egipto y en echarse sobre las codornices, y los culpables perecen, víctimas de su concupiscencia (Núm 11,4.34). David, cediendo a su deseo; se apodera de Betsabé (2Sa 11,2ss), desencadenando una serie de ruinas y de pecados. Ajab, por haber seguido el consejo de Jezabel y cedido así a su deseo despojando a Nabot de su viña, condena a muerte a su dinastía (1Re 21). Los dos ancianos desean a Susana «hasta perder la cabeza» (Dan 13,8.20) y pagan con su vida este pecado.

La ley, todavía más categóricamente, apuntando al corazón, fuente de pecado, prohíbe el deseo culpable: «No codiciarás la casa, «la mujer… de tu prójimo» (Éx 20,17). Jesús no creará esta exigencia, sino que revelará su alcance (Mt 5,28).

LA CONVERSIÓN DEL DESEO. La novedad del Evangelio consiste en primer lugar en despejar con la mayor nitidez lo que todavía estaba involucrado en el AT: «Lo que procede del corazón es lo que hace al hombre impuro» (Mt 15,18); consiste sobre todo en proclamar como una certeza la liberación de los apetitos que tenían encadenado al hombre. Estos apetitos, este «deseo de la carne, son la muerte» (Rom 8,6), pero el cristiano que posee el Espíritu de Dios es capaz de seguir el «deseo del espíritu», de «crucificar la carne con sus pasiones y sus concupiscencias» (Gál 5,24; cf. Rom 6, 12; 13,14; Ef 4,22) y de dejarse «guiar por el Espíritu» (Gál 5,16).

Este «deseo del Espíritu», liberado por Cristo, estaba ya presente en la ley, que es «espiritual» (Rom 7,14). Todo el AT está sostenido por un profundo deseo de Dios. Con el deseo de adquirir la sabiduría (Prov 5,19; Eclo 1,20), con la nostalgia de Jerusalén (Sal 137,5), con el deseo de subir a la ciudad santa (128,5) y al templo (122,1), con el deseo de conocer la palabra de Dios a través de todas sus formas (119, 20.131.174), corre profundamente un deseo que polariza todas las energías, que ayuda a desenmascarar las ilusiones y las falsificaciones (cf. Am 5,18; Is 58,2), a superar todas las decepciones, el único deseo de Dios: «¿Qué otro tengo yo en el cielo? Contigo nada ansío yo sobre la tierra. Mi carne y mis entrañas se consumen, mas el Señor es, para siempre, mi roca y mi porción» (Sal 73, 25s; cf. 42,2; 63,2).

DESEO DE COMUNIÓN. Si nos es posible desear a Dios más que ninguna cosa en el mundo, es en unión con el deseo de Jesucristo. Jesús está poseído de un deseo ardiente, ansioso, que sólo apagará su bautismo, su pasión (Lc 12,49s), el deseo de dar gloria a su Padre (Jn 17,4) y de mostrar al mundo hasta dónde puede amarle (14,30). Pero este deseo del Hijo orientado hacia su Padre es inseparable del deseo que le lleva hacia los suyos y que, mientras avanzaba hacia su pasión, le hacía «desear ardientemente comer la pascua» con ellos (Lc 22,15).

Este deseo divino de una comunión con los hombres, «yo cerca de él y él cerca de mí» (Ap 3,20), suscita en el NT un eco profundo. Las cartas paulinas en particular están llenas del deseo que siente el Apóstol de sus «hermanos tan amados y tan deseados» (Flp 4,1), que «desea a todos en las entrañas de Cristo» (1,8), de su gozo al sentir, a través del testimonio de Tito, el «ardiente deseo» que tienen de él los corintios (2Cor 7,7), fruto cierto de la acción de Dios (7,11). Sólo este deseo es capaz de contrapesar el deseo fundamental de Pablo, el deseo de Cristo y, más exactamente, de la comunión con él, «el deseo de partir y estar con Cristo» (Flp 1,23), «de morar junto al Señor» (2Cor 5,8). Porque el grito del «hombre de deseo», el grito del «Espíritu y de la esposa» es: «¡ven!» (Ap 22,17).

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Cumplir

Nuestras vidas están jalonadas de proyectos abortados y de decisiones mal mantenidas, notas de la debilidad y de la inconstancia humanas. El Dios omnipotente y fiel, en cambio, no se da por satisfecho con obras no acabadas: la Biblia entera da testimonio del cumplimiento de sus designios.

Cumplir dice más que hacer: los términos traducidos por esta palabra evocan la idea de plenitud (hebr. malé; gr. plerun), o de acabamiento (hebr. kalah; gr. telein) y de perfección (hebr. tamm; gr. teleyun). Se cumple, o remata, una obra comenzada (l Re 7,22; Act 14,26), es decir, se la lleva a término. Se cumple una palabra, una orden o una promesa: la palabra es como un molde hueco, en el que debe verterse la realidad; es la primera etapa de una actividad, que debe proseguirse y alcanzar su fin.

AT. PERSPECTIVAS DE 1. Palabra de Dios y ley. La palabra de Dios, más que ninguna otra, tiende a cumplirse: «La palabra que sale de mi boca no vuelve a mí vacía» (Is 55,11). Dios «no habla en vano» (Ez 6,10). Su ley, sus órdenes exigen obediencia (Éx 20, etc.) y finalmente la obtendrán (Dt 4,30s; 30,6ss; Ez 36,27).

1. Profecías. Las profecías divinas, tarde o temprano se realizan: «Ha tiempo predije… de improviso obré, y todo se ha cumplido» (Is 48,3; cf. Zac 1,6; Ez 12,21-28). El cumplimiento es la marca de Dios, que garantiza la vocación de un profeta y la autenticidad de su mensaje (Dt 18,22). El AT afirma más de una vez que de hecho tal acontecimiento se ha producido «para cumplir la palabra de Yahveh» transmitida por un profeta. De esta manera se presenta la conservación del linaje de David y la construcción del templo (1Re 8,24), la marcha a la cautividad y el retorno para la reconstrucción del templo (2Par 36,21ss; Esd l, ls). Estas realizaciones pasadas son prenda de los cumplimientos futuros.

Los tiempos se cumplen. El cumplimiento, por muy repentino que sea a veces, no se produce al azar, sino «a su tiempo» (Lc 1,20), al término de una especie de gestación. Para que se realice una palabra es preciso que «se cumpla su tiempo» (p.e., (Jer 25,12), y para que se realice el entero designio de Dios será preciso que llegue la plenitud de los tiempos (Ef 1,10; Gál 4,4; cf. Mc 1,15).

NT. «SE HA CONSUMADO». En efecto, el tiempo por excelencia del cumplimiento es el del Los evangelistas, sobre todo Mateo, se aplican a convencernos de ello.

1. Profecías. La fórmula «para que se cumpla lo que había sido dicho por…» se halla diez veces en Mt, en el caso de la concepción virginal y de la huida a Egipto, de la curación de los enfermos, de la enseñanza en parábolas, de la entrada triunfal en Jerusalén, de los denarios de Judas… Fórmulas análogas se encuentran en los otros evangelios. Estas observaciones de detalle tienen por objetivo hacernos comprender que todo el AT estaba orientado hacia la revelación de Jesús; los cumplimientos que en él se subrayaban no eran sino una lenta preparación para la plena realización del designio de Dios en la existencia terrena de Jesús.

En esta misma existencia no todos los cumplimientos se sitúan al mismo nivel. Uno de ellos, y sólo uno, se designa como una «consumación»: la muerte de Jesús en la cruz. En la fórmula de Jn 19,28 «para que se cumpliese la Escritura», el verbo teleyum reemplaza al habitual plerun,y el contexto insiste mediante la repetición del «se ha consúmado» (19, 30). Lc no emplea este último verbo sino en relación con la pasión (Lc 12,50; 18,31; 22,37), y según la Epístola a los Hebreos Jesús se cumplió, se llevó a término por su pasión (Heb 2,10; 5,8s).

Así pues, todos los cumplimientos de la historia sagrada están orientados hacia la venida de Cristo, y en la vida de Cristo todos los cumplimientos de la Escritura culminan en su sacrificio; así fue como «en él todas las promesas de Dios tuvieron su sí» (2Cor 1,20).

2. La ley. La palabra de Dios no es sólo promesa, sino también exigencia. En el sermón de la montaña, hablando Jesús de la ley proclama que no vino para «abolir, sino para cumplir» (Mt 5,17).

El contexto nos da a entender que Jesús, lejos de suprimir la ley mosaica, profundiza sus preceptos: extiende la exigencia hasta a la intención y al deseo secreto. Pero sobre todo renueva la ley, la hace «perfecta» (Sant 1,25), revelando plenamente su exigencia central, que da la clave de todas las otras, el mandamiento del amor. Allí se encuentran la ley y los profetas, resumidos y elevados a su perfección (Mt 7,12; 22,40 p).

Por lo demás Jesús: para «cumplir la ley», no se contenta con promulgar su mandamiento; él mismo, al que «conviene cumplir toda justicia» (Mt 3,15), realiza en su persona y en la de sus creyentes todo lo que exige: su sacrificio es la culminación del amor (Jn 15,13), como también es su fuente; Cristo, «llegado a su cumplimiento» o consumación (Heb 5,9), por el mismo hecho «consumó (o perfeccionó) a los santificados» (Heb 10,14; cf. Jn 17, 4.23).

Semejante cumplimiento de la antigua ley puede presentarse sin paradoja como su abrogación. Cuando llega lo que es perfecto, halla fin lo que es parcial (cf. 1Cor 13,10). Tal es el punto de vista de san Pablo. Por una parte, la caridad que resume la ley, la domina y la informa, suprimiendo de hecho la esclavización a las prescripciones. «El que ama al otro ha cumplido la ley» (Rom 13,8; cf. Rom 13,10; Gál 5,14). Por otra parte, el espíritu legalista queda minado por su base; el hombre no puede pretender forjarse su perfección cumpliendo la ley. «Para que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros» fue necesario que Dios enviara a su Hijo (Rom 8,3s) y que por su Hijo recibiéramos el Espíritu. Por esta razón «no estamos ya bajo la ley, sino bajo la gracia» (Rom 6,15).

La realización de obras es requerida por el dinamismo mismo de la gracia (Col 1,10s). En las obras se cumple o consuma la fe (Sant 2,22; cf. Gál 5,6), y asimismo el amor de Dios (1Jn 2,5; 4,12). Pero estas realizaciones se sitúan en los antípodas del legalismo combatido por Pablo: no se trata ya de un andamiaje humano, sino de una fecundidad divina (Gál 5,22s; Jn 15,5). 3. Fin de los tiempos. La obra consumada en la cruz de Cristo se despliega de esta manera en el tiempo hasta que venga «el fin del mundo» (Mt 24,3 p) anunciado por el AT y por el NT (día del Señor), que será la manifestación plenaria del cumplimiento del designio de Dios en Cristo (cf. 1Cor 15,23s).

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Cruz

Jesús murió crucificado. La cruz, que fue el instrumento de la redención, ha venido a ser, juntamente con la muerte, el sufrimiento, la sangre, uno de los términos esenciales que sirven para evocar nuestra salvación. No es una ignominia, sino un título de gloria, primero para Cristo, luego para los cristianos.

I. LA CRUZ DE JESUCRISTO.

1. El escándalo de la cruz. «Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos» (1Cor 1,23). Con estas palabras expresa Pablo la reacción espontánea de todo hombre puesto en presencia de la cruz redentora. ¿Cómo podría venir la salvación al mundo grecorromano por la crucifixión, aquel suplicio reservado a los esclavos (cf. Flp 2,8), que no sólo era una muerte cruel, sino además una ignominia (cf. Heb 12, 2; 13,13)? ¿Cómo podría procurarse la redención a los judíos por un cadáver, aquella impureza de la que había que deshacerse lo antes posible (Jos 10,26s; 2Sa 21,9ss; Jn 19, 31), por un condenado colgado del patíbulo y marcado con el estigma de la maldición divina (Dt 21,22s; Gál 3,13)? En el calvario era fácil a los presentes chancearse con él invitándole a bajar de la cruz (Mt 27, 39-44 p). En cuanto a los discípulos, podemos imaginarnos su reacción horrorizada. Pedro, que, sin embargo, acababa de reconocer en Jesús al Mesías, no podía tolerar el anuncio de su sufrimiento y de su muerte (Mt 16,21ss p; 17,22s p): ¿cómo hubiera admitido su crucifixión? Así, la víspera de la pasión anunció Jesús que todos se escandalizarían a causa de él (Mt 26,31 p).

2. El misterio de la cruz. Si Jesús, y los discípulos después de él, no dulcificaron el escándalo de la cruz, es que un misterio oculto le confería sentido. Antes de pascua era Jesús el único que afirmaba su necesidad, para obedecer a la voluntad del Padre (Mt 16,21 p). Después de pentecostés los discípulos, ilusionados por la gloria del resucitado, proclaman a su vez esta necesidad, situando el escándalo de la cruz en su verdadero puesto en el designio de Dios. Si el Mesías fue crucificado (Act 2,23; 4,10), «colgado del leño» (5,30; 10,39) en una forma escandalosa (cf. Dt 21,23), fue sin duda a causa del odio de sus hermanos. Pero este hecho, una vez esclarecido por la profecía, adquiere una nueva dimensión: realiza «10 que se había escrito acerca de Cristo» (Act 13,29). Por esto los relatos evangélicos de la muerte de Jesús encierran tantas alusiones a los salmos (Mt 27,33-60 p; Jn 19, 24.28.36s): «era necesario que el Mesías sufriera», conforme con las Escrituras, como lo explicará el resucitado a los peregrinos de Emaús (Lc 24,25s).

3. La teología de la cruz. Pablo había recibido de la tradición primitiva que «Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras» (1Cor 15,3). Este dato tradicional suministra un punto de partida a su reflexión teológica; reconociendo en la cruz la verdadera sabiduría, no quiere conocer sino a Jesús crucificado (2,2). En ello, en efecto, resplandece la sabiduría del designio de Dios, anunciada ya en el AT (1,19s); a través de la debilidad del hombre se manifiesta la fuerza de Dios (1,25). Desarrollando esta intuición fundamental descubre Pablo un sentido incluso en las modalidades de la crucifixión. Si Jesús fue «colgado del árbol» como un maldito, era para rescatarnos de la maldición de la ley Gál 3,13). Su cadáver expuesto sobre la cruz, «carne semejante a la del pecado», permitió a Dios «condenar el pecado en la carne» (Rom 8,3); la sentencia de la ley ha sido ejecutada, pero al mismo tiempo Dios «la ha suprimido clavándola en la cruz, y ha despojado a los poderes» (Col 2,14s). Así, «por la sangre de su cruz» se ha reconciliado Dios a todos los seres (1,20); suprimiendo las antiguas divisiones causadas por el pecado, ha restablecido la paz y la unidad entre judíos y paganos para que no formen ya sino un solo cuerpo (Ef 2,14-18). La cruz se yergue, pues, en la frontera entre las dos economías del AT y del NT.

4. La cruz, elevación a la gloria. En el pensamiento de Juan no es la cruz sencillamente un sufrimiento, una humillación, que halla con todo cierto sentido por razón del designio de Dios y por sus efectos saludables; es ya la gloria de Dios anticipada. Por lo demás, la tradición anterior no la mencionaba nunca sin invocar luego la glorificación de Jesús. Pero, según Juan, en ella triunfa ya Jesús. Utilizando para designarla el término que hasta entonces indicaba la exaltación de Jesús al cielo (Act 2,33; 5,31), muestra el momento en que el Hijo del hombre es «elevado» (Jn 8,28; 12,32s), como una nueva serpiente de bronce, signo de salvación (3,14; cf. Núm 21, 4-9). Se diría que en su relato de la pasión avanza Jesús hacia ella con majestad. Sube a ella triunfalmente, ya que allí funda su Iglesia «dando el Espíritu» (19,30) y haciendo que mane de su costado la sangre y el agua (19,34). En adelante habrá que «mirar al que han atravesado» (19,37), pues la fe se dirige al crucificado, cuya cruz es el signo vivo de la salvación. Parece que en el mismo espíritu vio el Apocalipsis a través de este «leño» salvador el «leño de la vida», a través del «árbol de la cruz» «el árbol de vida» (Ap 22,2.14.19).

II. LA CRUZ, MARCA DEL CRISTIANO.

1. La cruz de Cristo. El Apocalipsis, revelando que los dos testigos habían sido martirizados «allí donde Cristo fue crucificado» (Ap 11,8), identifica la suerte de los discípulos con la del Maestro. Es lo que exigía ya Jesús: «Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y me siga» (Mt 16,24 p). El discípulo no sólo debe morir a sí mismo, sino que la cruz que lleva es signo de que muere al mundo, que ha roto todos sus lazos naturales (Mt 10,33-39 p), que acepta la condición de perseguido, al que quizá se quite la vida (Mt 23, 34). Pero al mismo tiempo es también signo de su gloria anticipada (cf. Jn 12,26).

2. La vida crucificada. La cruz de Cristo que, según Pablo, separaba las dos economías de la ley y de la fe, viene a ser en el corazón del cristiano la frontera entre los dos mundos de la carne y del espíritu. Es la única justificación y la única sabiduría. Si se ha convertido, es porque ante sus ojos se han dibujado los rasgos de Jesucristo en cruz (Gál 3,1). Si es justificado, no lo es en absoluto por las obras de la ley, sino por su fe en , el crucificado; porque él mismo ha sido crucificado con Cristo en el bautismo, tanto que ha muerto a la ley para vivir para Dios (Gál 2,19), y que ya no tiene nada que ver con el mundo (6,14). Así pone su confianza en la sola fuerza de Cristo, pues de lo contrario se mostraría «enemigo de la cruz» (Flp 3,18).

3. La cruz, título de gloria del cristiano. En la vida cotidiana del cristiano, «el hombre viejo es crucificado» (Rom 6,6), hasta tal punto que es plenamente liberado del pecado. Su juicio es transformado por la sabiduría de la cruz (1Cor 2). Por esta sabiduría se convertirá, a ejemplo de Jesús, en humilde y «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,1-8). Mas en general, debe contemplar el «modelo» de Cristo que «llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero para que, muertos al pecado, viviéramos para la justicia» (1Pe 2,21-24). Finalmente, si bien es cierto que debe temer siempre la apostasía, que le induciría a «crucificar de nuevo por su cuenta al Hijo de Dios» (Heb 6,6), puede, sin embargo, exclamar con orgullo con san Pablo: «Cuanto a mí, no quiera Dios que me gloríe sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gál 6,14).

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Crecimiento

AT.

YAHVEH, AUTOR DE TODO

1. Las condiciones del crecimiento. La aspiración de toda vida es realizar su naturaleza; crecer es la ley. Sin embargo, el hombre no es dueño de su progreso. Yahveh, autor de la creación, preside todo crecimiento, el cual viene a ser el signo tangible de su presencia y de su acción. Dios hace crecer al justo como el agua hace crecer a la palmera, al cedro (Sal 92,13s), al papiro (Job 8,11ss). «¡Creced y multiplicaos!»: tal es la bendición que acompaña a todo viviente (Gn 1,22; 8,17), al hombre en primer lugar (Gn 1,28; 9,7). La prosperidad material y la fecundidad del individuo, del clan, de la nación, manifiestan la solicitud de Yahveh (Sal 144,12s). Pero es también un mandamiento: el hombre debe colaborar a su progreso (Ecl 11,1-6) en continuidad con la iniciativa divina (Dt 28,62s; 30,16ss). Su bienaventuranza no será, no obstante, obra de sus manos (Dt 6,10s), no será el salario de un esfuerzo cada vez más tenso: el acceso a la salud no se halla al término de un crecimiento puramente humano (Ecl 2,1-11). Porque el hombre por sí solo no es capaz sino de pecado, y la falta entorpece el crecimiento: las espinas y los abrojos (cf. Is 5,6; 32,13) reemplazan al árbol de vida, y la tierra no da frutos sino a costa de duras fatigas (Gn 3,17ss).

El crecimiento de Israel. La fe asegura la fecundidad a Israel: Dios es quien abre el seno estéril de Sara y promete una posteridad numerosa a Abraham (Gn 17,6) y a sus descendientes (Gn 35,11). La fidelidad a la alianza garantiza la prosperidad del pueblo (Lev 26,9; Dt 30, 5). Por el contrario, el abandono de Yahveh es causa de retroceso, de destrucción (Dt 28,63s; Ag 1,10s); se retorna al caos primitivo (Is 34, 11). Sin embargo, un resto sobrevive (Is 4,2s; 6,13; 10,19ss). El crecimiento detenido un momento volverá, pues, a comenzar (Jer 31,28): en Sión reconstruida, el pueblo mesiánico, de nuevo próspero (Ez 36, 10s) se multiplicará y fructificará (Jer 3,16) como las ovejas (Jer 23,3); y vendrá el Mesías, verdadero germen de Israel (Is 11,1.10; Jer 23,5; Zac 6,12s).

Los modos de crecimiento. Al mismo tiempo que la obra de vida, se despliega también el poder del mal y del error, parásito de la acción divina, formando cuerpo con ella hasta el punto que la discriminación se hace casi imposible. En el Génesis prolifera el pecado: a la falta de Adán sucede la de Caín, y pronto «la tierra se pervirtió y se llenó de violencia» (Gn 6,11). Esta doble corriente atraviesa toda la historia de Israel, que crece pese a la oposición exterior (1Mac 1,9ss) o al mal alimentado en su seno (Esd 9, 6ss; Eclo 47,24); el progreso del mal parece incluso provocar el crecimiento del bien. Pero su desarrollo no es idéntico: al paso que el mal crece hasta un límite en que se extenúa su poder (2Mac 6,14s), el bien abunda y sobreabunda (Éx 1, 12), el amor divino triunfa de la infidelidad humana (Is 1,18; 54,7s). Ezequiel, recordando simbólicamente la historia de Israel, presenta sucesivamente a la elegida, a la que Dios hace crecer (Ez 16,7), a la esposa adúltera que multiplica hasta el colmo sus prostituciones (16,26.29.51), y finalmente el triunfo de Yahveh que da con sobreabundancia (16,60. 63). También Daniel describe el progreso de la iniquidad (Dan 8,8-14), que alcanza una amplitud increíble (8,24s), pero sin poder rebasar «el tiempo del fin» (12,7s). En los días mesiánicos la salud y la vida triunfarán más allá del pecado y de la muerte: la tierra, a pesar de sus faltas, «hará germinar la liberación» (Is 45,8); «en lugar de la espina crecerá el ciprés, en lugar de las zarzas el mirto» (Is 55,13) y el mismo desierto florecerá (Is 35,1s.6s; 41,18s).

NT.

EL CRECIMIENTO EN

1. Crecimiento de Jesús. Jesucristo lleva a su cumplimiento o remate el influjo creciente de Yahveh sobre su pueblo. Dentro del crecimiento físico inaugura el tiempo del crecimiento interior hacia la plenitud total: como Samuel (1Sa 2,26) y Juan Bautista (Lc 1,80) «crece en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y delante de los hombres» (Lc 2,40.52). Luego, al final de su vida, como el grano caído en tierra, que debe morir para fructificar (Jn 12,24), instaura, más allá de la muerte, una nueva posibilidad de crecimiento: su cuerpo se edificará, los cristianos constituirán el hombre perfecto, en el vigor de la edad, que realizará la plenitud de Cristo» (Ef 4,12ss). En adelante el hombre no puede ya progresar sino desapareciendo para dejar que crezca Cristo en él (Jn 3,30).

Crecimiento del reino. En la Iglesia de Cristo es Dios el dueño del crecimiento: el reino es semejante al grano que crece por sí mismo (Mc 4,26-29). El hombre planta y riega, pero Dios hace crecer (1Cor 3,6); el hombre no puede «añadir un codo a la duración de su vida», mientras que Dios hace crecer los lirios de los campos (Mt 6,27s). Ahora su acción se realiza por Cristo (1Tes 3,12). El Señor ha echado la simiente, que es «la palabra de Dios» (Lc 8,11); debe crecer hasta producir el ciento por uno (Mt 13, 23). Como el fermento que trabaja la masa «hasta que todo ha fermentado» (Mt 13,33), la palabra del Señor crece (Act 6,7; 12,24; 19,20). Así venimos a ser en Cristo cooperadores de Dios para hacer crecer y edificar su obra (1Cor 3,9; Ef 2,21; 1Pe 2,2.5). El reino está fundado, pero debe extenderse al universo, como el modesto grano de mostaza que acaba por «albergar a las aves del cielo» (Mc 4,32). El número de los discípulos debe crecer (Act 5,14; 6,7; 11,24), la comunidad debe incrementarse (Act 16,5). Pero el verdadero progreso no es de orden visible: es el del conocimiento de Dios (Col 1,10; 2,19), «en la gracia y en el conocimiento de Jesús» (2Pe 3,18), en la fe (2Cor 10,15; F1p 1,25), que se realiza en obras (2Cor 9,10), pues el verdadero crecimiento se desenvuelve del interior al exterior.

Perspectivas escatológicas. Jesús inaugura así el triunfo definitivo del bien sobre el mal; su resurrección señala el término de los poderes de la muerte. El buen grano y la cizaña seguirán, sin embargo, creciendo juntos hasta la siega; entonces el propietario mandará quemar a la una y entrojar al otro (Mt 13,30ss).

Los evangelios, sobre todo el de Juan, describen el crecimiento de la oposición de los fariseos y del mundo a la revelación creciente de Jesús: el endurecimiento al mismo tiempo que el amor (Jn 12,37ss). Pero después de la hora del «reino de las tinieblas» (Lc 22,53) viene el de la exaltación Jn 17,1). Pablo desarrolla la misma dialéctica; la epístola a los Romanos subraya el dinamismo de la misericordia divina más allá de los progresos del mal: cuando Israel llega al colmo del endurecimiento, la gracia se dirige a los paganos hasta su conversión total; luego, gracias a un pequeño resto, «todo Israel será salvo» (Rom 11,25s), pues «donde se multiplicó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom 5,20). Es sin duda también el sentido de la «apostasía» final: colmo alcanzado por «el misterio de la impiedad ya en acción» (2Tes 2,3-7), después de lo cual el Señor aniquilará al impío (2,8) y salvará a sus elegidos (2,13; cf. Ap 20,7-15).

Esta lucha es el movimiento mismo del crecimiento del reino; caracteriza el tiempo de la Iglesia, hasta que Dios sea «todo en todos» (1Cor 15, 28); se desarrolla también en el corazón del creyente, que «prosigue su carrera para tratar de alcanzar, habiendo él mismo sido alcanzado por Cristo Jesús» (Flp 3,12ss).

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