VIDA

Dios, que vive, nos llama a la vida eterna. De un extremo a otro de la Biblia un sentido profundo de la vida en todas sus formas y un sentido muy puro de Dios nos revelan en la vida, que el hombre persigue con una esperanza infatigable, un don sagrado en el que Dios hace brillar su misterio y su generosidad.

I. EL DIOS VIVIENTE

Invocar «al Dios viviente» Jos 3,10 Sal 42,3, presentarse como el «servidor del Dios viviente» Dan 6,21 1Re 18,10.15, jurar «por el Dios viviente» Jue 8,19 1Sa 19,6 es no sólo proclamar que el Dios de Israel es un dios poderoso y activo, es también darle uno de los nombres que más estima Num 14,21 Jer 22,24 Ez 5,11, es evocar su extraordinaria vitalidad, su ardor  devorador «que no se fatiga ni se cansa» Is 40,28, «el rey eterno… ante cuya ira se es impotente» Jer 10,10, el «que perdura para siempre… que salva y libera, obra signos y maravillas en los cielos y en la tierra» Dan 6,27s. La estima que la Biblia asigna a este nombre es signo del valor que para ella tiene la vida.

II. VALOR DE LA VIDA

1. La vida es cosa preciosa. La vida aparece en las últimas etapas de la creación para coronarla. El día quinto nacen los «monstruos marinos, los seres vivos que bullen en las aguas» Gen 1,21 y las aves. La tierra a su vez produce otros seres vivos 1,24. Finalmente Dios crea a su imagen al más perfecto de los vivientes, al hombre. Y para garantizar la continuidad y el crecimiento a esta vida naciente le hace Dios el don de su bendición 1,22.28. Así, aun cuando la vida es un tiempo de servicio penoso Job 7,1, el hombre está pronto a sacrificarlo todo por salvarla 2,4. La suerte del alma en los infiernos aparece tan lamentable que desear la muerte no puede ser sino el contragolpe de una desgracia inaudita y desquiciante Job 7,15 Jon 4,3. El ideal es gozar largos años de la existencia presente Ecl 10,7 11,8s en «la tierra de los vivos» Sal 27,13 y morir como Abraham «en una vejez dichosa, de edad avanzada y saciado de días» Gen 25,8 35,29 Job 42,17. Si la posteridad es ardientemente deseada Gen 15,1-6 2Re 4,12-17, es porque los hijos son el sostén de los padres Sal 127 128 y prolongan en cierto modo su vida. También gusta ver numerosos en las plazas públicas a los ancianos de edad avanzada y a los niños pequeños Zac 8,4s.

2. La vida es cosa frágil. Todos los seres vivos, sin excluir al hombre, poseen la vida sólo a título precario. Están por naturaleza sujetos a la muerte. En efecto, esta vida depende de la respiración, es decir, de un soplo frágil, independiente de la voluntad y que una cosilla de nada es capaz de extinguir (espíritu). Este soplo, don de Dios Is 42,5, depende incesantemente de él Sal 104,28ss, «que da la muerte y da la vida» Dt 32,39. Efectivamente, la vida es corta Job 14,1 Sal 37,36, sólo humo Sab 2,2, una sombra Sal 144,4, una nada Sal 39,6. Parece incluso haber disminuido constantemente desde los orígenes Gen 47,8s. Ciento veinte, cien años, y hasta setenta u ochenta han venido a ser el máximo Gen 6,3 Eclo 18,9 Sal 90,10.

3. La vida es cosa sagrada. Toda vida viene de Dios, pero el hálito del hombre viene de Dios en forma muy especial: para hacerlo alma viva insufló Dios en sus narices un soplo de vida Gen 2,7 Sab 15,11 que vuelve a retirar en el instante de la muerte Job 34,14s Ecl 12,7, después de la vacilación de 3,19ss. Por esto toma Dios bajo su protección la vida del hombre y prohíbe el homicidio Gen 9,5s Ex 20,13, aunque sea el de Caín Gen 4,11-15. Hasta la vida del animal tiene algo sagrado; el hombre puede alimentarse con su carne, a condición de que se haya vaciado toda la sangre, pues «la vida de la carne está en la sangre» Lev 17,11, sede del alma viva que respira Gen 9,4; y por esta sangre entra el hombre en contacto con Dios en los sacrificios.

III. LAS PROMESAS DE VIDA

1. Fracaso de la vida. Dios, «que no se complace en la muerte de nadie» Ez 18,32, no había creado al hombre para dejarlo morir, sino para que viviera Sab 1,13s 2,23; por eso le había destinado el paraíso terrenal y el árbol de la vida, cuyo fruto debía hacerle «vivir para siempre» Gen 3,22. Aun después de haber debido vedar el acceso al árbol de vida al hombre pecador, que pensaba hallarlo por sus propias fuerzas, no renuncia Dios a garantizar al hombre la vida. Antes de que llegue a dársela por la muerte de su Hijo, propone a su pueblo «los caminos de la vida» Prov 2,19. Sal 16,11 Dt 30,15 Jer 21,8.

2.La ley de vida. Estos caminos son «las leyes y costumbres» de Yahveh; «quien las cumpla hallará en ellas la vida» Lev 18,5 Dt 4,1 Ex 15,26; verá «consumarse el número de sus días» Ex 23,26; hallará «días y vida largos, luz de los ojos y paz» Bar 3,14. Porque estos caminos son los de la justicia, y «la justicia conduce a la vida» Prov 11,19 2,19s, «el justo vivirá por su fidelidad» Hab 2,4, mientras que los impíos serán borrados del libro de la vida Sal 69,29.

Durante largo tiempo esta vida no es, en la esperanza de Israel, sino una vida en la tierra; pero, como su tierra es la que Dios ha dado en don a su pueblo, «la vida y los días largos» que Dios le reserva, si es fiel Dt 4,40… Ex 20,12, representan una felicidad única en el mundo, «superior a la de todas las naciones de la tierra» Dt 28,1.

3. Dios, fuente de vida. Esta vida, aun cuando se vive enteramente en la tierra, no se nutre, sin embargo, en primer lugar de los bienes de la tierra, sino de la adhesión a Dios. Él es «la fuente de agua viva» Jer 2,13 17,13, «la fuente de vida» Sal 36,10 Prov 14,27 y «su amor vale más que la vida» Sal 63,4. Por eso los mejores acaban por preferir a cualquier otro bien la dicha de habitar toda su vida en su templo, donde un solo día pasado delante de su rostro y consagrado a celebrarlo «vale más que mil» Sal 84,11 23,6 27,4. Para los profetas la vida está en «buscar a Yahveh» Am 5,4s Os 6,1s.

4. Vida más allá de la muerte. Más que de la vida dichosa en su tierra hizo Israel pecador la experiencia de la muerte, pero desde el seno mismo de la muerte descubre que Dios persiste en llamarlo a la vida. Desde el fondo del exilio proclama Ezequiel que Dios «no se complace en la muerte del malvado», sino que lo llama a «convertirse y a vivir» Ez 33,11; sabe que Israel es como un pueblo de cadáveres, pero anuncia que sobre estas osamentas áridas insuflará Dios su espíritu, y revivirán 37,11-14. Todavía desde el exilio el segundo Isaías contempla al siervo de Yahveh: «Arrancado de la tierra de los vivos… por el malhecho de su pueblo» Is 53,8, «ofrece su vida en sacrificio de expiación» y más allá de la muerte «ve una descendencia y prolonga sus días» 53,10. Subsiste, pues, una fisura en la asociación fatal pecado/muerte: uno puede morir por sus pecados y aguardar todavía algo de la vida, uno puede morir por otra cosa que por sus pecados y hallar la vida

Las persecuciones de Antíoco Epífanes vinieron a confirmar estas visiones proféticas mostrando que se podía morir para ser fiel a Dios. Esta muerte aceptada por Dios no podía separar de él, no podía conducir sino a la vida por la resurrección: «Dios les devolverá el espíritu y la vida… Beben de la vida que no se agota» 2Mac 7,23.36. Del polvo en que duermen «despertarán… resplandecerán como el esplendor del firmamento», mientras que sus perseguidores se sumergirán «en el horror eterno» Dan 12,2s. En el libro de la Sabiduría esta esperanza se amplía y transforma toda la vida de los justos: mientras que los impíos, «apenas nacidos dejan de ser» Sab 5,13, son muertos vivos, los justos están desde ahora «en la mano de Dios» 3,1 y de ella recibirán «la vida eterna… la corona real de gloria» 5,15s.

IV. JESUCRISTO: YO SOY LA VIDA

Con la venida del Salvador las promesas se convierten en realidad.

1. Jesús anuncia la Para Jesús es la vida cosa preciosa, «más que el alimento» Mt 6,25; «salvar una vida» prevalece incluso sobre el sábado Mc 3,4, porque «Dios no es un Dios de muertos sino de vivos» Mc 12,27 p. Él mismo cura y devuelve la vida, como si no pudiera tolerar la presencia de la muerte: si hubiera estado allí, Lázaro no habría muerto Jn 11,15.21. Este poder de dar la vida es el signo de que tiene poder sobre el pecado Mt 9,6 y de que aporta la vida que no muere, la «vida eterna» 19,16 p 19,29. Es la verdadera vida, y hasta se puede decir que es «la vida» a secas 7,14 18,8s. Para entrar en ella y poseerla hay que seguir el camino estrecho, sacrificar todas las riquezas, y hasta los propios miembros y la vida presente Mt 16,25s.

2. En Jesús está la vida. Cristo, Verbo eterno, poseía la vida desde toda la eternidad Jn 1,4. Encarnado, es «el Verbo de vida» 1Jn 1,1; dispone de la vida en plena propiedad Jn 5,26 y la da con superabundancia 10,10 a todos los que le ha dado su Padre 17,2. Él es «el camino, la verdad y la vida» 14,6, «la resurrección y la vida» 11,25. «Luz de la vida» 8,12, da un agua viva que en él que la recibe se convierte en «una fuente que brota en vida eterna» 4,14. «Pan de vida», al que come su cuerpo le otorga vivir por él, como él vive por el Padre 6,27-58. Lo cual supone la fe: «el que viva y crea en mí no morirá» 11,25s; de lo contrario «no verá nunca la vida» 3,36; una fe que recibe sus palabras y las ejecuta, como él mismo obedece a su Padre, porque «su orden es vida eterna» 12,47-50.

3. Jesucristo, príncipe de la vida. Lo que Jesús pide lo hace él el primero; lo que anuncia, lo da. Libremente, por amor del Padre y de los suyos, como el Buen pastor por sus ovejas, «da su vida» (= «su alma», Jn 10,11.15.17s 1Jn 3,16). Pero es «para volverla a tomar» Jn 10,17s y, después de tomada, hecho «espíritu vivificante» 1Cor 15,45, hacer don de la vida a todos los que crean en él. Jesucristo, muerto y resucitado, es «el príncipe de la vida» Act 3,15, y la Iglesia tiene por misión «anunciar osadamente al pueblo… esta vida» Act 5,20: tal es la primera experiencia

4. Vivir en Este paso de la muerte a la vida se repite en quien cree en Cristo Jn 5,24 y, «bautizado en su muerte» Rom 6,3, «retornado de la muerte» 6,13, «vive en adelante para Dios en Cristo Jesús» 6,10s. Ahora conoce con un conocimiento vivo al Padre y al Hijo al que el Padre ha enviado, lo cual es la vida eterna Jn 17,3 10,14. Su «vida está escondida con Cristo en Dios» Col 3,3, el Dios vivo cuyo templo es 2Cor 6,16. Así participa de la vida de Dios, a la que en otro tiempo era extraño (extranjero) Ef 4,18, y por tanto de su naturaleza 2Pe 1,4. Habiendo recibido de Cristo el Espíritu de Dios, su propio espíritu es vida Rom 8,10. No está ya sometido a la sujeción de la carne; puede atravesar indemne la muerte y vivir para siempre 8,11.38, no ya para sí mismo, «sino para aquél que ha muerto y resucitado» por él 2Cor 5,15; para él «la vida es Cristo» Flp 1,21.

5. La muerte absorbida por la vida. Ya en esta tierra, cuanto mayor participación tiene el cristiano en la muerte de Cristo y cuanto más lleva en sí sus sufrimientos, tanto más manifiesta su vida aun en su cuerpo 2Cor 4,10. Es necesario, en efecto, que la muerte sea absorbida por la vida 2Cor 5,4; lo que es corruptible debe revestirse de la inmortalidad, cambio que casi para todos supone la muerte corporal 1Cor 15,35-55. Ésta, lejos de significar un fracaso en la vida, la fija y la dilata en Dios, absorbiendo a la muerte en su victoria 15,54s.

El Apocalipsis ve ya a las almas de los mártires en el cielo Ap 6,9 y Pablo desea morir para «estar con Cristo» Flp 1,23 2Cor 5,8. La vida con Cristo, esperada de la resurrección 1Tes 5,10, es, pues, posible inmediatamente después de la muerte. Entonces puede uno ser semejante a Dios y verle tal como es 1Jn 3,2, cara a cara (rostro) 1Cor 13,12, lo cual es la esencia de la vida eterna.

Esta vida no tendrá, sin embargo, toda su perfección sino el día en que también el cuerpo, resucitado y glorioso, tenga participación en ella, cuando se manifieste «nuestra vida, Cristo» Col 3,4, en la Jerusalén celeste, «morada de Dios con los hombres» Ap 21,3, donde brotará el río de vida, donde crecerá el árbol de vida 22.1s 22,14.19. Entonces ya no habrá muerte 21,4, será «arrojada al estanque de fuego» 20,14. Todo quedará plenamente sometido a Dios, que «será todo en todos» 1Cor 15,28. Será un nuevo paraíso, donde los santos gustarán para siempre la vida misma de Dios en Cristo Jesús.

Todos los derechos: Vocabulario de teología bíblica, X. Léon-Dufour

EJEMPLO

1. A ejemplo de Dios y de su santidad.

Si «entre los dioses no hay ninguno como Yahveh» y si «nada semeja a sus obras» Sal 86,8, ¿cómo podría el hombre imitar a Dios? Sin embargo, creado a imagen de Dios mismo Gen 1,27, asemejándosele en su ser, debe imitarle en su acción. Se le asemejará en primer lugar gracias al culto, pues según la creencia común uno viene a ser semejante al que adora: vanidad con los ídolos Sal 115,8 2Re 17,15 Jer 2,5, santo con Yahveh, cuyo culto debe copiar un modelo celeste Ex 25,40 26,30. Debe luego asemejársele, sobre todo, en su existencia misma: «Sed santos porque yo, Yahveh, soy santo» Lev 19,2. El pueblo elegido debe, pues, seguir a Yahveh Dt 13,5, es decir, caminar por el camino del amor y de la fidelidad que traza Dios en persona Sal 25,9s 26,3 Ex 34,6, en una justicia llena de amor, cuyo modelo halla en Dios Dt 15,12-15 Jer 9,23 Miq 6,8, y hasta en la observancia del reposo sabático, del que dio ejemplo el Creador Ex 20,11. Pero, fuera de algunos justos propuestos a la imitación de los judíos Eclo 44-50, ¿se puede decir que Israel fuera fiel a las prescripciones de la ley y al llamamiento de los profetas? El ejemplo estaba a su alcance, muy cerca de él Dt 30,14, pero era preciso que su corazón fuera cambiado interiormente para convertirse en el de un hijo que imita a su Padre.

2. A ejemplo de Cristo y de su caridad.

Jesús no se contentó con repetir el mandamiento: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» Mt 5,48, sino que vino al mundo para dar una fisonomía al modelo divino.  Siendo «la imagen del Dios invisible» Col 1,15, al que sólo él conoce Mt 11,27, «el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino lo que ve hacer al Padre» Jn 5,19, «dice lo que ha visto en su Padre» 8,38, realiza las obras que el Padre le dio hacer 5,36. Ver al Hijo es ver al Padre 14,9. Así ahora ya imitar al Padre es imitar al Hijo. No ya que se trate sencillamente de copiar un modelo celestial, del que, por lo demás, sólo se puede reproducir una sombra Heb 8,5, sino que hay que responder a la predestinación divina: «ser conformes con la imagen del Hijo» Rom 8,29. El discípulo participa en los gestos mismos de Jesús y en el amor que los anima; en efecto, el ejemplo mayor que nos dejó fue el del amor que va hasta el sacrificio total Jn 13,15.34; por otra parte, la imitación sólo está a nuestro alcance si el maestro nos da su Espíritu; así viene a ser posible seguir sus huellas en su pasión Jn 13,36 1Pe 2,21 e incluso realizar las obras hechas por Jesús e incluso mayores Jn 14,12.

3. El ejemplo cristiano.

Las obras del discípulo son a su vez ejemplos para todos Mt 5,14ss. De ello no debiera dimanar la menor vanagloria, pues, a diferencia de la actitud farisaica Mt 6,1-18 23,5 Jn 12,43, el creyente, a ejemplo de Jesús que no busca la gloria del Padre Jn 8,49s, piensa únicamente en manifestar el amor mismo del Padre que él ha recibido por el Hijo Jn 17,26. Entonces se realiza la paradoja que a menudo repite Pablo: «Sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo» 1Cor 11,1. Es lo que hicieron los tesalonicenses, que a su vez resultaron «modelo para los creyentes de Macedonia y de Acaya» 1Tes 1,7. Si Pablo pudo ser su modelo e irradiar así por medio de ellos, fue sin duda porque se «hizo semejante a ellos» Gal 4,12, «todo a todos»  1Cor 9,19-22, pero sobre todo porque su vida es conforme con la pasión de Cristo Flp 3,17s. Imitar al Apóstol es, pues, imitar a Cristo y por él al Padre. En fin, es revelar lo que un día seremos cuando, en la manifestación final, «seremos semejantes a Dios» por razón de nuestra condición de hijos de Dios 1Jn 3,2.

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CONFIANZA

El hombre, que tiene que habérselas con la vida y con sus peligros, necesita apoyos con que poder contar (heb. hatah) refugios donde acogerse (hasah); para perseverar en medio de las pruebas y esperar llegar a la meta hay que tener confianza. Pero ¿en quién habrá que confiar?

1. Confianza y fe en Dios.

Desde los principios se plantea el problema, y Dios revela la respuesta; al prohibir al hombre el fruto del árbol de la ciencia, lo invita a fiarse de él solo para discernir el bien del mal Gen 2,17. Creer en la palabra divina es escoger entre dos sabidurías, fiarse de la de Dios y renunciar a poner la confianza en el propio sentir Prov 3,5; es también fiarse de la omnipotencia del Creador, porque todo es obra suya en el cielo como en la tierra Gen 1,1 Sal 115,3.15; el hombre no tiene, pues, nada que temer de las criaturas, teniendo más bien la misión de dominarlas   Gen 1,28.

Pero el hombre y la mujer, que prefirieron fiarse de una criatura, aprenden por experiencia que eso es fiarse de la mentira Gen 3,4ss Jn 8,44 Ap 12,9; ambos gustan los frutos de su vana confianza; tienen miedo de Dios y vergüenza el uno frente al otro; la fecundidad de la mujer y de la tierra se vuelven dolorosas; en fin, pasarán por la experiencia de la muerte Gen 3,7.10.16- 19.

A pesar del ejemplo de Abraham, que confió hasta el sacrificio Gen 22,8-14 Heb 11,17 porque estaba seguro de que «Dios proveerá», el pueblo de Israel no se fía del todopoderoso que lo ha liberado y de su amor que lo ha escogido gratuitamente como hijo Dt 32,6.10ss; privado de todo apoyo creado en medio del desierto Ex 16,3, añora su servidumbre y murmura. A lo largo de su historia no quiere fiarse de su Dios Is 30,15 y prefiere a ídolos, cuya «impostura» Jer 13,25 y cuya «nada» Is 59,4 Sal 115,8 denuncian los profetas. También los sabios afirman que es vano apoyarse en la riqueza Prov 11,28 Sal 49,7s, en la violencia Sal 62,11, en los príncipes Sal 118,8s 146,3; insensato es el hombre que se fía de su propio parecer Prov 28,26. En una palabra, «maldito el hombre que se fía del hombre… Dichoso el que se fía de Yahveh» Jer 17,5.7. Jesús acaba de revelar la exigencia de esta máxima: recuerda la necesidad de la elección inicial que desecha a todo señor, fuera de aquel cuyo poder, sabiduría y amor paterno merecen una confianza absoluta Mt 6,24-34; lejos de confiar en nuestra propia justicia Lc 18,9.14, hay que buscar la del reino Mt 5,20 6,33, que viene de solo Dios y sólo es accesible a la fe Flp 3,4-9.

2. Confianza y oración humilde.

La confianza en Dios, que radica en esta fe, es tanto más inquebrantable cuanto es más humilde. En efecto, para tener confianza no se trata de desconocer la acción en el mundo, de los malos poderes que pretenden dominarlo Mt 4,8s 1Jn 5,19, y menos aún de olvidar que uno es pecador.

Se trata de reconocer la omnipotencia y la misericordia del Creador, que quiere salvar a todos los hombres 1Tim 2,4 y hacerlos sus hijos adoptivos en Jesucristo Ef 1,3ss.

Ya Judit predicaba una confianza incondicional, de la que daba un ejemplo inolvidable Jdt 8,11- 17 13,19; es que invocaba a su Dios, a la vez como el salvador de aquellos cuya situación es desesperada y como el Dios de los humildes 9,11; la confianza y la humildad son, en efecto, inseparables. Se expresan en la oración de los pobres que, como Susana, sin defensa y en peligro mortal, tienen el corazón seguro en Dios Dan 13,35. «Del fondo del abismo» Sal 130,1 brotan, pues, las llamadas confiadas de los salmos: «El Señor piensa en mí, pobre y desgraciado» Sal 40,18: «en tu amor confío» 13,6; «al que confía en Yahveh, le ciñe la gracia» 32,10; «dichoso el que se refugia en él» 2,12. El salmo 131 (Sal 131) es la pura expresión de esta humilde confianza, a la que Jesús va a dar su perfeccionamiento.

Invita, en efecto, a sus discípulos a abrirse como niños al don de Dios Mc 10,15; la oración al Padre celestial está entonces segura de obtener todo Lc 11,9-13 p; por ella obtiene el pecador la justificación y la salvación Lc 7,50 18,13s: por ella recobra el hombre su poder sobre la creación Mc 11,22ss Sab 16,24. Sin embargo, los hijos de Dios deben contar con que los impíos hagan mofa de ellos y los persigan precisamente por razón de confianza filial; Jesús mismo pasó por esta experiencia Mt 27,43 Sab 2,18 en el momento en que, consumandosu sacrificio, expiraba en un grito de confianza Lc 23,46.

3. Confianza y gozosa seguridad.

Por este acto de amor confiado reportaba Jesús la victoria sobre todos los poderes del mal y atraía a todos los hombres a sí Jn 12,31s 16,33. No sólo suscitaba su confianza, sino que fundaba su seguridad. En efecto, el discípulo confiado se convierte en testigo fiel; apoyando su fidelidad en la de Dios, confía que la gracia acabará su obra Act 20,32 2Tes 3,3s Flp 1,6   1Cor 1,7ss. Esta confianza que afirma el Apóstol aun en las horas de crisis Gal 5,10, le da una seguridad indefectible para anunciar con toda libertad (parresía) la palabra de Dios 1Tes 2,2 Act 28,31. Si ya los primeros discípulos habían dado testimonio con tanta seguridad, es que su confianza había obtenido esa gracia por la oración Act 4,24-31.

Esta confianza inquebrantable, condición de la fidelidad Heb 3,14, da a los testigos de Cristo una seguridad gozosa y valiente 3,6; saben que tienen acceso al trono de la gracia 4,16, cuya vía se les abre por la sangre de Jesús 10,19; sus arrestos no tienen nada que temer 13,6; nada los separará del amor de Dios Rom 8,38s que, después de haberlos justificado, les ha sido comunicado y los hace valientes y constantes en la prueba Rom 5,1-5, de modo que todo, lo saben muy bien, contribuye a su bien Rom 8,28.

La confianza, que es condición de la fidelidad, es de rechazo confirmada por ésta. Porque el amor, del que es prueba la fidelidad perseverante Jn 15,10, da a la confianza su plenitud. Sólo los que permanecen en el amor tendrán plena seguridad el día del juicio y del advenimiento de Cristo, pues el amor perfecto destierra el temor 1Jn 2,28 4,16ss. Desde ahora saben que Dios escucha y despacha su oración y que su tristeza presente se cambiará en gozo, un gozo que nadie les podrá quitar, pues es el gozo del Hijo de Dios Jn 16,20ss 17,13.

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CASA

Para vivir tiene el hombre necesidad de un medio favorable y de un abrigo protector: una familia y una casa, ambas designadas con la misma palabra hebrea: bayt (bet en las palabras compuestas: p.e., Bet-el, casa de Dios). Ahora bien, Dios no se contenta con dar al hombre una familia natural y una morada natural; quiere introducirlo en su propia casa, no sólo como servidor, sino a título de hijo; por eso Dios, después de haber habitado en medio de Israel en el templo, envió a su Hijo único a construirle una morada espiritual hecha de piedras vivas y abierta a todos los hombres.

I. LA CASA DE LOS HIJOS DE LOS HOMBRES

1. La casa de familia.

El hombre aspira a tener un lugar donde se halle «en su casa», un nido, como dice el viejo proverbio Prov 27,8, un techo que proteja su vida privada Eclo 29,21; y esto en su país Gen 30,25, allí donde se halla su casa paterna, una herencia que nadie debe sustraerle Miq 2,2 ni siquiera codiciar Ex 20,17 p. En esta casa bien arreglada, en la que reina el encanto de la mujer Eclo 26,16, pero que una mala esposa hace inhabitable 25,16, el hombre vive con sus hijos, que están allí permanentemente, mientras que los servidores pueden abandonarla Jn 8,35; le gusta recibir en ella huéspedes, forzándolos, si es menester Gen 19,2s Act 16,15. Una casa tiene tanto valor que el que acaba de construirla no debe ser privado de disfrutar de ella; así en Israel una ley muy humana le dispensará de los riesgos de la guerra, aunque sea una guerra santa Dt 20,5 1Mac 3,56.

2. Lo que edifica y lo que arruina.

Así pues, construir una casa no es sólo edificar sus muros, es fundar un hogar, engendrar una descendencia y transmitirle lecciones religiosas y ejemplos de virtud; es obra de sabiduría Prov 14,1 y quehacer en el que una mujer virtuosa es irreemplazable 31,10-31; es incluso obra divina que el hombre solo no puede llevar a término Sal 127,1. Pero el hombre con su malicia es capaz de atraer la desgracia sobre su casa Prov 17,13, y la mujer insensata trastorna la suya 14,1. Es que el pecado, antes de destruir la casa, ha provocado ya otra ruina: la del hombre mismo, frágil morada de arcilla Job 4,19, vivificada por el hálito de Dios Gen 2,7. El hombre pecador debe morir y entregar a Dios su hálito antes de ir a reunirse con sus padres en la tumba, casa de eternidad Gen 25,8 Sal 49,12.20 Ecl 12,5ss; no obstante, sobrevive en su descendencia, casa que Dios construye a sus amigos Sal 127. Se ve por qué construir una casa y no poder habitarla es un símbolo del castigo de Dios que merece la infidelidad Dt 28,30, mientras que los elegidos, en el gozo escatológico, habitarán sus casas para siempre Is 65,21ss.

II. LA CASA SIMBÓLICA DE DIOS

1. Casa de Israel y casa de David.

Dios quiere habitar de nuevo entre los hombres, a los que el pecado ha separado de él; inaugura su designio llamando a Abraham a servirle y sacándolo del ambiente de los hombres que sirven a otros dioses Jos 24,2; por eso debe Abraham abandonar su país y la casa de su padre Gen 12,1. Vivirá bajo la tienda, como viajero, y sus hijos como él Heb 11,9.13, hasta el día en que Jacob y sus hijos se instalen en Egipto; pero luego aspirará Israel a salir de esta «casa de servidumbre» y Dios lo liberará de ella para hacer alianza con él y habitar en medio de su pueblo en la tienda que se hace preparar; allí reposa la nube que vela su gloria y que manifiesta su presencia a toda la casa de Israel Ex 40,34-38. Este nombre conviene todavía a los descendientes de Jacob, hechos más numerosos que las estrellas Dt 10,22.

Este pueblo se reúne alrededor de la tienda de su Dios, llamada por esto tienda de la reunión  Ex 33,7; allí habla Dios a Moisés, su servidor, que tiene constantemente acceso a su casa 33,9ss Num 12,7 y que guiará a su pueblo hasta la tierra prometida; Yahveh quiere hacer de esta tierra, que es toda entera «su casa» Os 8,1 9,15 Jer 12,7 Zac 9,8, el domicilio estable de su pueblo 2Sa 7,10. David a su vez quiere instalar a Dios en una casa semejante al palacio que habita él mismo 7,2. Sin embargo, Dios descarta este proyecto porque le basta la tienda 7,Sss; pero bendice la intención de su ungido: si no desea habitar en una casa de piedra, quiere, en cambio, construir a David una casa y afirmar a su descendencia en su trono 7,11-16; construir una casa a Dios está reservado al hijo de David, que tendrá a Dios por Padre 7,13s.

2. De la casa de piedra al templo celestial.

Salomón se aplicará esta misteriosa profecía; aun proclamando que los cielos de los cielos no pueden contener a Dios que los habita 1Re 8,27, construirá una casa para el nombre de Yahveh, al que se invocará allí, y para el arca, símbolo de su presencia 8,19ss.29. Pero Dios no se restringe a ningún lugar ni a ninguna casa; lo hace proclamar por Jeremías en la casa misma que lleva su nombre Jer 7,2-14 y lo prueba a Ezequiel con dos visiones: en una de ellas la gloria de Dios abandona su casa profanada Ez 10,18 11,23; en la otra, la misma gloria aparece al profeta en la tierra pagana en que está desterrada la casa de Israel Ez 1. Pero a esta casa que ha mancillado su nombre anuncia Dios que va a purificarla, a reunirla, a unificarla y a establecer en ella de nuevo su morada 36,22-28 37,15s.26ss. Todo esto será efecto de la efusión de su Espíritu sobre la casa de Israel 39,29. Esta profecía mayor deja entrever cuál es la verdadera casa de Dios: no ya el templo material y simbólico, descrito minuciosamente por el profeta 40- 43, sino la misma casa de Israel, morada espiritual de su Dios.

3. La morada del Dios de los humildes.

Por otra parte, al retorno del exilio, se va a dar una doble lección al pueblo para liberarlo de su particularismo y de su formalismo; por una parte, Dios abre su casa a todas las naciones Is 56,5ss Mc 11,17; por otra parte, proclama que su casa es trascendente y eterna y que, para ser introducido en ella, hay que tener un corazón humilde y contrito Is 57,15 66,1s Sal 15. Pero e esta morada celestial, ¿quién puede, pues, introducir al hombre? La misma sabiduría divina que va a venir a construir su casa entre los hombres y a invitarlos a entrar en ella Prov 8,31 9,1-6.

III. LA CASA ESPIRITUAL DEL PADRE Y DE SUS HIJOS

1. Cristo Jesús es, en efecto, la Sabiduría de Dios 1Cor 1,24. Es la palabra de Dios que viene a habitar entre nosotros haciéndose carne Jn 1,14. Es de la casa de David y viene a reinar en la casa de Jacob Lc 1,27.33; pero en Belén, ciudad de David, donde nace, no halla casa en que lo reciban 2,4.7. Si en Nazaret vive en la casa de sus padres 2,51, a los doce años testimonia ya que debe dedicarse a los asuntos de su Padre 2,49, cuya casa es el templo Jn 2,16. En esta casa intervendrá con la autoridad del Hijo, que en ella se halla en su casa Mc 11,17 p; pero sabe que está abocada a la ruina 13,1s p y viene a construir una nueva: su Iglesia Mt 16,18 1Tim 3,15.

2. En el cumplimiento de esta misión no tendrá «casa» Lc 9,58 ni familia 8,21; será invitado y se invitará en casa de los pecadores y de los publicanos 5,29-32 19,5-10; en los que le reciban hallará una acogida unas veces fría, otras veces amistosa 7,36-50 10,38ss; pero siempre llevará a estas casas el llamamiento a la conversión, la gracia del perdón, la revelación de la salvación, única cosa necesaria. A los discípulos que, siguiendo su llamamiento, dejen su casa y renuncien a todo para seguirle Mc 10,29s, les dará la misión de llevar la paz a las casas en que los acojan Lc 10,5s, al mismo tiempo que el llamamiento a seguir a Cristo, camino que lleva a la casa del Padre y promete introducirnos en ella Jn 14,2-6.

Para abrirnos el acceso a esta casa, cuyo constructor es Dios y a la cabeza de la cual se halla él mismo en calidad de hijo Heb 3,3-6, nos precede Cristo, nuestro sumo sacerdote, penetrando en ella con su sacrificio 6,19s 10,19ss. Por lo demás, esta casa del Padre, este santuario celeste es una realidad espiritual que no está lejos de nosotros; «es nosotros mismos», si por lo menos nuestra esperanza es indefectible 3,6.

3. Cierto que esta morada de Dios no se acabará sino cuando cada uno de nosotros, habiendo abandonado su morada terrena, se haya revestido de su morada eterna y celestial, de su cuerpo glorioso e inmortal 2Cor 5,1s 1Cor 15,53. Pero desde ahora nos invita Dios a colaborar con él para construir esta casa, cuyo fundamento es Jesucristo 1Cor 3,9ss, piedra angular y viva, y que está hecha con las piedras vivas que son los creyentes 1Pe 2,4ss. Cristo, dándonos acceso cerca del Padre, no nos ha hecho solamente entrar como huéspedes en su casa, nos ha otorgado ser «de casa» Ef 2,18s, ser integrados en la construcción y crecer con ella; porque cada uno viene a ser morada de Dios cuando está unido con sus hermanos en el Señor por el Espíritu 2,21s. He aquí por qué en el Apocalipsis la Jerusalén celestial no tiene ya templo Ap 21,22; toda ella es la morada de Dios con los hombres venidos a ser sus hijos 21,3.7 y que permanecen con Cristo en el amor de su Padre Jn 15,10.

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CAMINO

El antiguo semita es nómada. Camino, vía, y sendero desempeñan en su existencia un papel esencial. Como la cosa más normal utiliza este mismo vocabulario para hablar de la vida moral y religiosa, y tal uso se mantuvo en la lengua hebrea.

I. LAS DOS VÍAS

Existen dos maneras de conducirse, dos caminos: el bueno y el malo Sal 1,6 Prov 4,18s 12,28. El buen camino, el camino recto y perfecto 1Sa 12,23 1Re 8,36 Sal 101,2.6 1Cor 12,31 consiste en practicar la justicia Prov 8,20 12,28, en ser fiel a la verdad Sal 119,30 Tob 1,3, en buscar la paz Is 59,8 Lc 1,79. Los escritos sapienciales proclaman que ése es el camino de la vida Prov 2,19 5,6 6,23 15,24; tal camino asegura una existencia larga y próspera.

El mal camino, tortuoso Prov 21,8, es el que siguen los insensatos Prov 12,15, los pecadores Sal 1,1 Eclo 21,10, los malvados Sal 1,6 Prov 4,14.19 Jer 12,1. Conduce a la perdición Sal 1,6 y a la muerte Prov 12,28. Entre estos dos caminos, el hombre es libre para escoger y sobre él carga la responsabilidad de su elección Eclo 15,12 Mt 7,13s.

II. LOS CAMINOS DE DIOS

Israel no puede contentarse con generalidades de orden moral. Su experiencia religiosa le lleva mucho más lejos. Abraham se puso en camino siguiendo el llamamiento de Dios Gen 12.1-5; desde entonces comenzó una inmensa aventura, en la cual el gran problema consiste en reconocer los caminos de Dios y seguirlos. Caminos desconcertantes («mis caminos no son vuestros caminos», dice el Señor Is 55,8) pero que conducen a realizaciones maravillosas.

1. El éxodo es de ello el ejemplo privilegiado. Entonces experimenta el pueblo lo que es «marchar con su Dios» Miq 6,8 y entrar en su alianza. Dios mismo se pone al frente para abrir el camino, y su presencia se sensibiliza con la columna de nube o con la columna de fuego Ex 13,1s. El mar no le detiene: «Fue el mar tu camino, y tu senda la inmensidad de las aguas» Sal 77,20, tanto que Israel, liberado, se salva de los egipcios. Viene luego la marcha por el desierto Sal 68,8; en él combate Dios por su pueblo y lo sostiene «como un hombre sostiene a su hijo»; le procura alimento y bebida; «busca un lugar para acampar» y procura que nada le falte Dt 1,30-33. Pero interviene también para castigar a Israel por sus faltas de fe. La marcha con Dios es, en efecto, difícil. El tiempo del desierto puede considerarse como un tiempo de prueba, que permite a Yahveh sondear a su pueblo hasta el fondo de su corazón y corregirle en consecuencia Dt 8,2-6. Por eso el camino de Dios se hizo largo y sinuoso Dt 2,1s. Pero no deja de llegar al término: Dios conduce a su pueblo al reposo, a un país dichoso, donde   Israel, colmado, bendecirá a Yahveh Dt 8,7-10. Resulta así manifiesto que «las sendas de Yahveh son amor y verdad» Sal 25,10 Sal 136, como también que «todas sus vías son justísimas» Dt 32,4.

El recuerdo del Éxodo, reanimado cada año con ocasión de la pascua y de la fiesta de los tabernáculos, deja profunda huella en el alma judía. Las peregrinaciones (Siquem, Silo, luego Jerusalén) contribuyen a grabar la noción de camino sagrado que conduce al reposo de Dios. Cuando la idolatría amenaza con suplantar al yahvismo, Elías rehace el camino del Horeb. Más tarde los profetas idealizan el tiempo en que Yahveh marchaba con su hijo Os 11,1ss.

2. La ley. Israel, llegado a la tierra prometida, no debe por ello dejar de seguir «caminando por las vías del Señor» Sal 128,1. Conocerlas es su gran privilegio Sal 147,19s. En efecto, Dios ha revelado a su pueblo «todo camino del conocimiento»; «es el libro de los preceptos de Dios, la ley que subsiste eternamente» Bar 3,37 4,1. Hay, pues, que «caminar en la ley del Señor» Sal 119,1, a fin de mantenerse en su alianza y de avanzar hacia la luz, hacia la paz, hacia la vida Bar 3,13s. La ley es el verdadero camino del hombre, dado que es el camino de

La desobediencia a la ley es un extravío Dt 31,17 que conduce a la catástrofe. Su última sanción será el exilio Lev 26,41, camino que va a la inversa del Éxodo Os 11,5. Pero Dios no puede conformarse con la decadencia de su pueblo Lev 26,44s; de nuevo hay que «preparar en el desierto una vía para Yahveh» Is 40,3; él mismo «trazará sendas en la soledad» Is 43,19 y «de todas las montañas hará caminos» Is 49,11 para un retorno triunfal.

III. CRISTO, CAMINO VIVO

El retorno del exilio no es todavía más que una imagen de la realidad definitiva. Ésta es anunciada por Juan Bautista en los mismos términos que empleaba el segundo Isaías acerca del nuevo Éxodo: «Preparad el camino del Señor» Lc 3,4=Is 40,3. La era mesiánica es, en efecto, un nuevo Éxodo, que esta vez conduce efectivamente hasta el reposo de Dios Heb 4,8s. Jesús, nuevo Moisés, es el guía, el acompañante, el que nos arrastra Heb 2,10s 12,2ss. Llama a los hombres a seguirle Mt 4,19 Lc 9,57-62 Jn 12,35s. La transfiguración, que da un gusto anticipado del reino glorioso, ilumina un momento este camino, pero el anuncio de la pasión recuerda que hay que pasar primero por el Calvario; la entrada en la gloria no es posible sino por el camino de la cruz Mt 16,23 Lc 24,26 9,23 Jn 16,28. Jesús se pone, pues, resueltamente en camino hacia Jerusalén, subida cuyo término es su sacrificio. Pero, a diferencia de los ritos antiguos, este sacrificio desemboca en el cielo mismo Heb 9,24 y por el hecho mismo nos despeja el camino: por la sangre de Jesús tenemos ahora ya acceso al verdadero santuario; a través de su carne ha inaugurado Jesús para nosotros un camino nuevo y vivo Heb 10,19ss.

En los Hechos se llama al cristianismo naciente «la vía» Act 9,2 18,25 24,22. De hecho, los cristianos tienen conciencia de haber hallado el verdadero camino, que hasta entonces no se había manifestado Heb 9,8, pero este camino no es una ley, sino una persona, Jesús Jn 14,6. En él se hace su pascua y su éxodo; en él deben marchar Col 2,6, siguiendo la vía del amor Ef 5,2 1Cor 12,31, pues en él judíos y gentiles tienen acceso, en un solo Espíritu, cerca del Padre    Ef 2,8.

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AUTORIDAD

AT

I. «TODA AUTORIDAD VIENE DE DIOS»

Este principio, que formulará Pablo Rm 13,1, se supone constantemente en el AT: el ejercicio de la autoridad aparece en él sometido a las exigencias imperiosas de la voluntad divina.

1. Aspectos de la autoridad terrenal.

En la creación que Dios ha hecho, todo poder procede de él: el del hombre sobre la naturaleza Gen 1,28, el del marido sobre la mujer Gen 3,16, el de los padres sobre los hijos Lev 19,3. Cuando se consideran las estructuras más complejas de la sociedad humana, todos los que mandan tienen también de Dios la responsabilidad del bien común en cuanto al grupo que les está sometido: Yahveh ordena a Hagar la obediencia a su dueña Gen 16,9; él también es quien confiere a Hazael el gobierno de Damasco 1Re 19,15 2Re 8,9-13 y a Nabucodonosor el de todo el Oriente Jer 27,6. Si esto sucede entre los mismos paganos Eclo 10,4, con mayor razón en el pueblo de Dios. Pero aquí el problema planteado por la autoridad terrenal reviste un carácter especial que merece ser estudiado aparte.

2. Condiciones del ejercicio de la autoridad.

La autoridad confiada por Dios no es absoluta; está limitada por las obligaciones morales. La ley viene a moderar su ejercicio, precisando incluso los derechos de los esclavos Ex 21,1-6,26s Dt 15,12-18 Eclo 33,30. En cuanto a los niños, la autoridad del padre debe tener por fin su buena educación Prov 23,13s Eclo 7,22s 30,1. En materia de autoridad política es donde el hombre propende más a traspasar los límites de su poder. Embriagado de su poder, se atribuye el mérito del mismo, como por ejemplo, Asiria victoriosa Is 10,7-11.13s; se diviniza a si misma Ez 98,2-5 y se alza contra el Señor soberano Is 14,13s, hasta enfrentársele en forma blasfematoria Dan 11,36. Cuando llega a esto se asemeja a las bestias satánicas que Daniel veía surgir del mar y a las que daba Dios poder por algún tiempo Dan 7,3-8.19-25. Pero una autoridad pervertida en esta forma se condena por si misma al juicio divino, que no dejará de abatirla en el día prefijado Dan 7,11s.26: habiendo asociado su causa a la de los poderes malvados, caerá finalmente con ellos.

II. LA AUTORIDAD EN EL PUEBLO DE DIOS

Todo lo que ha quedado dicho sobre el origen de la autoridad terrenal y las condiciones de su ejercicio, concierne al orden de la creación. Ahora bien, este orden no lo ha respetado el hombre. Para restaurarlo inaugura Dios en la historia de su pueblo un designio de salvación, en el que la autoridad terrenal adquirirá nuevo sentido, en la perspectiva de la redención.

1. Los dos poderes.

A la cabeza de su pueblo establece Dios apoderados. No son en primer lugar personajes políticos, sino enviados religiosos, que tienen por misión hacer de Israel «un reino sacerdotal y una nación santa» Ex 19,6. Moisés, los profetas, los sacerdotes, son así depositarios de un poder de esencia espiritual, que ejercen en forma visible por delegación divina. Sin embargo, Israel es también una comunidad nacional, un Estado dotado de organización política. Esta es teocrática, pues el poder se ejerce en ella también en nombre de Dios, sea cual fuere su forma: poder de los ancianos que asisten a Moisés Ex 18,21ss Num 11,24s, de los jefes carismáticos, como Josué y los jueces, finalmente de los reyes.

La doctrina de la alianza supone así una estrecha asociación de los dos poderes, y la subordinación del político al espiritual, en conformidad con la vocación nacional. De ahí resultan en la práctica conflictos inevitables: de Saúl con Samuel 1Sa 13,7-15 15, de Ajab con Elías 1Re 21,17-24, y de tantos reyes con los profetas contemporáneos. Así, en el pueblo de Dios, la autoridad humana está expuesta a los mismos abusos que en todas partes. Razón de más para que esté sometida al juicio divino: el poder político de la realeza israelita acabará por naufragar en la catástrofe del destierro.

2. Frente a los imperios paganos.

Cuando el judaísmo se reconstruye después del exilio, sus estructuras recuperan las formas de la teocracia original. La distinción del poder espiritual y del poder político se afirma tanto mejor cuanto que este último está en manos de los imperios extranjeros, de los que los judíos son actualmente súbditos. En esta nueva situación, el pueblo de Dios adopta, según los casos, dos actitudes. La primera es de franca aceptación: de Dios han recibido el imperio Ciro y sus sucesores Is 45,1ss; puesto que favorecen la restauración del culto santo, hay que servirlos lealmente y orar por ellos Jer 29,7 Bar 1,10s. La segunda, cuando el imperio pagano se convierte en perseguidor, es un llamamiento a la venganza divina y finalmente a la rebelión Jdt 1Mac 2,15-28. Pero la restauración monárquica de la época macabea origina de nuevo una concentración equivoca de los poderes que se precipita rápidamente en la peor de las decadencias. Con la intervención de Roma el año 63, el pueblo de Dios se halló de nuevo bajo la férula de los detestados paganos.

NT

I. JESÚS

1. Jesús, depositario de la autoridad.

Durante su vida pública aparece Jesús como depositario de una autoridad (exusía) singular: predica con autoridad Mc 1,22 p, tiene poder para perdonar los pecados Mt 9,6ss, es señor del sábado Mc 2,28 p. Poder absolutamente religioso de un enviado divino, ante el cual los judíos se plantean la cuestión esencial: ¿con qué autoridad hace estas cosas Mt 21.23 p? Jesús no responde directamente a esta cuestión Mt 21,27 p. Pero los signos que realiza orientan los espíritus hacia una respuesta: tiene poder (exusía) sobre la enfermedad Mt 8,8s p, sobre los elementos Mc 4,41 p, sobre los demonios Mt 12,28 p. ¿No es esto indicio, como él mismo lo dirá, de que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra Mt 28,18? Su autoridad se extiende, por tanto, hasta a las cosas políticas; en este terreno, el poder que se negó a tener de Satán Lc 4,5ss, lo recibió en realidad de Dios. Sin embargo, no se prevale de este poder entre los hombres. Mientras que los jefes de este mundo muestran el suyo ejerciendo su dominio, él se comporta entre los suyos como quien sirve Lc 22,25ss. Es maestro y señor Jn 15,13; pero ha venido para servir y para dar su vida Mc 10.42ss p. Y precisamente porque adopta así la condición de esclavo, toda rodilla se doblará finalmente delante de él Flp 2.5-11.

2. Jesús delante de las autoridades terrenas.

Tanto más significativa es la actitud de Jesús frente a las autoridades terrenas. Ante las autoridades judías reivindica su calidad de Hijo del hombre Mt 26,63s p, base de un poder atestiguado por las Escrituras Dan 7.14. Ante la autoridad política, su posición es más matizada. Reconoce la competencia propia del César Mt 22,21 p; pero esto no le cierra los ojos para no ver la injusticia de los representantes de la autoridad Mt 20,25 Lc 13.32. Cuando comparece delante de Pilato no discute su poder, cuyo origen divino conoce, pero destaca la iniquidad de que él es víctima Jn 19,11 y reivindica para si mismo la realeza que no es de este mundo Jn 18,36. Si, pues, lo espiritual y lo temporal cada uno a su manera, dependen en principio de él sin embargo, consagra su distinción neta y da a entender que por el momento lo temporal conserva verdadera consistencia. Los dos poderes se confundían en la teocracia israelita; en la Iglesia no sucederá ya lo mismo.

II. LOS APÓSTOLES

1. Los depositarios de la autoridad de Jesús.

Jesús, al enviar a sus discípulos en misión, les delegó su propia autoridad («el que a vosotros escucha, a mi me escucha», Lc 10,16s) y les confía sus poderes Mc 3,14sp Lc 10,19. Pero les enseñó también que el ejercicio de aquellos poderes era en realidad un servicio Lc 22,26 p Jn 13,14s. Efectivamente, se ve luego a los apóstoles usar de sus prerrogativas, por ejemplo, para excluir de la comunidad a los miembros indignos 1Cor 5,4s. Sin embargo, lejos de hacer sentir el peso de su autoridad, se preocupan ante todo por servir a Cristo y a los hombres 1Tes 2,6-10. Es que, si bien se ejerce esta autoridad en forma visible. no por eso deja de ser de orden espiritual: concierne exclusivamente al gobierno de la Iglesia. Hay aquí una innovación importante: contrariamente a los estados antiguos, se mantiene efectiva la distinción entre lo espiritual y lo político.

2. El ejercicio de la autoridad humana.

Por lo que se refiere al valor de la autoridad humana y a las condiciones de su ejercicio, los escritos apostólicos confirman la doctrina del AT, pero dándole una nueva base. La mujer debe estar sometida a su marido como la Iglesia a Cristo; pero por su parte el marido debe amar a su mujer como Cristo amó a su Iglesia Ef 5,22-33. Los hijos deben obedecer a sus padres Col 3,20s

Ef 6,1ss porque toda paternidad recibe su nombre de Dios Ef 3,15; pero los padres, al educarlos, deben guardarse de exasperarlos Ef 6,4 Col 3,21. Los esclavos deben obedecer a sus amos, incluso duros y molestos 1Pe 2,18 como al mismo Cristo Col 3,22 Ef 6,5.; pero los amos deben acordarse de que también ellos tienen un señor en el cielo Ef 6,9 y aprender a tratar a sus esclavos como a hermanos Flm 16. No basta con decir que esta moral social salvaguarda una justa concepción de la autoridad en la sociedad, sino que le da por base y por ideal el servicio de los otros realizado en la caridad.

3. Las relaciones de la Iglesia con las autoridades humanas.

Los apóstoles, depositarios de la autoridad de Jesús, hallan frente a ellos autoridades humanas con las que hay que ponerse en relación. Entre éstas, las autoridades judías no son autoridades como las otras: tienen un poder de orden religioso y tiene su origen en una institución divina; así los apóstoles las tratan con respeto Act 4,9 23,1-5 en tanto no es manifiesta su oposición a Cristo. Pero estas autoridades han contraído grave responsabilidad al desconocer a Cristo y hacerlo condenar Act 3,13ss 13,27s. Todavía la agravan oponiéndose a la predicación del Evangelio; por eso los apóstoles pasan por encima de sus prohibiciones, pues estiman que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres Act 5,29. Rechazando la autoridad de Cristo han perdido los jefes judíos su poder espiritual.

Las relaciones con la autoridad política plantean un problema diferente. Frente al imperio romano profesa Pablo perfecta lealtad, reivindica su calidad de ciudadano romano Act 16,37 22,25. y apela al César para obtener justicia Act 25,12. Proclama que toda autoridad viene de Dios y que es dada con miras al bien común; la sumisión a los poderes civiles es, pues, un deber de conciencia porque son los ministros de la justicia divina Rm 13,1-7, y se debe orar por los reyes y por los depositarios de la autoridad 1Tim 2,2. La misma doctrina en la primera epístola de Pedro 1Pe 2,13-17. Esto supone que las autoridades civiles, por su parte, se someten a la ley de Dios. Pero en ninguna parte se ve reivindicar para las autoridades espirituales de la Iglesia un poder directo sobre las cosas políticas.

Si, en cambio, la autoridad política, como en otro tiempo el imperio sirio, perseguidor de los judíos, se eleva a su vez contra Dios y contra su Cristo, entonces la profecía cristiana anuncia solemnemente su juicio y su caída: así lo hace el Apocalipsis ante la Roma de Nerón y de Domiciano Ap 17,1-19,10. En el imperio totalitario que pretende encarnar la autoridad divina, el poder político no es ya más que una caricatura satánica, frente a la cual ningún creyente deberá inclinar la cabeza.

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