Hermano

La palabra «hermano», en el sentido más fuerte, designa a los hombres nacidos de un mismo seno materno Gen 4,2. Pero en hebreo, como en otras muchas lenguas, se aplica por extensión a los miembros de una misma familia Gen 13.8 Lev 10,4 Mc 6,3, de una misma tribu 2Sa 19,13, de un mismo pueblo Dt 25,3 Jue 1,3, por oposición a los extranjeros Dt 1,16 15,2s, y finalmente a los pueblos descendientes de un mismo antepasado, como Edom e Israel Dt 2,4 Am 1,11. Al lado de esta fraternidad fundada en la carne conoce la Biblia otra, cuyo vínculo es de orden espiritual: fraternidad por la fe Act 2,29, la simpatía 2Sa 1,26, la función semejante 2Par 31,15 2Re 9,2, la alianza contraída Am 1,9 1Re 20.32 1Mac 12,10… Este uso metafórico de la palabra muestra que la fraternidad humana, como realidad vivida, no se limita al mero parentesco de sangre, aun cuando ésta constituya su fundamento natural. La revelación no parte de la reflexión filosófica sobre la «comunidad de naturaleza» que hace a todos los hombres hermanos. No ya que rechace el ideal de fraternidad universal, sino que sabe que es irrealizable y considera engañosa su prosecución mientras no se lo busca en Cristo. Además, en éste pone ya la mira el AT a través de las comunidades elementales, familia, pueblo, religión; y finalmente el NT comienza a realizarlo en la comunidad de la Iglesia.

AT. HACIA LA FRATERNIDAD UNIVERSAL

1. En los orígenes.

Al crear Dios el género humano «de un solo principio» Act 17,26 Gen 1-2, depositó en el corazón de los hombres la aspiración a una fraternidad en Adán; pero este sueño no se hace realidad sino a través de larga preparación. En efecto, para comenzar, la historia de los hijos de Adán es la de una fraternidad rota: Caín mata a Abel por envidia; no quiere ni siquiera saber dónde está su hermano Gen 4,9. Desde Adán era la humanidad pecadora. Con Caín se desenmascara en ella un rostro de odio, que ella misma tratará de velar tras el mito de una bondad humana original. El hombre debe reconocer que el pecado está agazapado a la puerta de su corazón Gen 4,7: tendrá que triunfar de él si no quiere que él lo domine.

2. La fraternidad en la alianza

Antes de que Cristo asegure este triunfo, el pueblo elegido va a pasar por un largo aprendizaje de la fraternidad. No ya de golpe la fraternidad con todos los hombres, sino la fraternidad entre hijos de Abraham, por la fe en el mismo Dios y por la misma alianza. Tal es el ideal definido por la ley de santidad: «No odiarás a tu hermano…, amarás a tu prójimo» Lev 19,17s. ¡Nada de disputas, de rencores, de venganzas! Asistencia positiva, como la que exige la ley del levirato a propósito del deber esencial de fecundidad: cuando un hombre muere sin hijos, el pariente más próximo debe «suscitar posteridad a su hermano» Dt 25,5-10 Gen 38,8.26. Las tradiciones patriarcales refieren hermosos ejemplos de esta fraternidad: Abraham y Lot evitan las discordias Gen 13,8, Jacob se reconcilia con Esaú 33,4, José perdona a sus hermanos 45,1-8.

Pero la puesta en práctica de tal ideal tropieza siempre con la dureza de los corazones humanos. La sociedad israelita, tal como la ven los profetas dista bastante de esta meta. Nada de amor fraterno Os 4,2; «nadie tiene consideraciones con su hermano» Is 9,18ss; la injusticia es universal, ya no hay confianza posible Miq 7,2-6; no puede uno «fiarse de ningún hermano, pues todo hermano quiere suplantar al otro» Jer 9,3, y Jeremías mismo es perseguido por sus propios hermanos Jer 11,18 12,6 Sal 69,9. A este mundo duro hacen presentes los profetas las exigencias de la justicia. de la bondad, de la compasión Zac 7,9s. El hecho de tener a su creador por padre común Mal 2,10, ¿no confiere a todos los miembros de la alianza una fraternidad más real todavía que su común descendencia de Abraham Is 63,16? Igualmente, los sabios ensalzan la verdadera fraternidad. Nada más doloroso que el abandono de los hermanos Prov 19,7 Job 19,13; pero un verdadero hermano ama siempre, aunque sea en la adversidad Prov 17,17; no se lo puede cambiar por oro Eclo 7,18, pues «un hermano ayudado por su hermano es una plaza fuerte» Prov 18,19 LXX. Dios odia las querellas Prov 6,19, ama la concordia Eclo 25,1.

«¡Oh! ¡qué bueno y agradable es vivir los hermanos juntos!» Sal 133,1.

3. Hacia la reconciliación de los hermanos

El don de la ley divina no basta, sin embargo, para rehacer un mundo fraterno. A todos los niveles se echa de menos la fraternidad humana. Más allá de las querellas individuales ve Israel disolverse el vínculo de las tribus 1Re 12,24, y el cisma tiene como consecuencia guerras fratricidas (p.e., Is 7,1-9). Al exterior tropieza con los pueblos-hermanos más próximos, como Edom, al que tiene el deber de amar Dt 23,8, pero que por su parte no tiene la menor consideración con él Am 1,11 Num 20,14-21. ¿Qué decir de las naciones más alejadas, divididas por un odio riguroso? En presencia de este pecado colectivo, los profetas se vuelven a Dios. Él solo podrá restaurar la fraternidad humana cuando realice la salvación escatológica. Entonces reunirá a Judá y a Israel en un solo pueblo Os 2,2s.25, pues Judá y Efraím no se tendrán ya envidia Is 11,13s; reunirá a Jacob entero Miq 2,12, será el Dios de todos los clanes Jer 31,1; los «dos pueblos» caminarán de acuerdo Jer 3,18, gracias al rey de justicia 23,5s, y ya no habrá sino un solo reino Ez 37,22. Esta fraternidad se extenderá finalmente a todas las naciones: reconciliadas entre sí, recobrarán la paz y la unidad Is 2,1-4 66,18ss.

NT.  TODOS, HERMANOS EN JESUCRISTO

El sueño profético de fraternidad universal se convierte en realidad en Cristo, nuevo Adán. Su realización terrena en la Iglesia, por imperfecta que sea todavía, es el signo tangible de su cumplimiento final.

1. El primogénito de una multitud de hermanos

Con su muerte en la cruz vino a ser Jesús el «primogénito de una multitud de hermanos»   Rom 8,29: reconcilió con Dios y entre ellas a las dos fracciones de la humanidad: el pueblo judío y las naciones Ef 2,11-18. Juntas tienen ahora acceso al reino, y el hermano mayor, el pueblo judío, no debe tener celos del pródigo, regresado por fin a la casa del Padre Lc 15,25-32. Pero para entrar en esta nueva fraternidad no basta ya ser hijo de Abraham según la carne: por la fe y por el cumplimiento de la voluntad del Padre viene uno a ser hermano de Jesús Mt 12.46- 50 p 21,28-32. Fraternidad real y profunda que permite al resucitado designar a sus discípulos como sus hermanos Mt 28,10 Jn 20,17; pero él mismo es quien la ha recreado, al hacerse por su muerte semejante en todo a ellos Heb 2,17.

2. La comunidad de los hermanos en Cristo

Jesús mismo, mientras vivía, echó los fundamentos y enunció la ley de la nueva comunidad fraternal: reiteró y perfeccionó los mandamientos concernientes a las relaciones entre hermanos Mt 5,21-26, dando un lugar importante a la corrección fraterna Mt 18,15ss. Si este último texto deja entrever una comunidad limitada, de la que se puede excluir al hermano infiel, en otro pasaje se puede ver que está abierta a todos Mt 5,47: cada uno debe ejercitar su amor para con el más pequeño de sus hermanos desgraciados, pues en ellos encuentra siempre a Cristo Mt 25,40. Después de la resurrección, una vez que Pedro ha «fortalecido a sus hermanos» Lc 22,31s, los discípulos constituyen, pues, entre ellos una «fraternidad» 1Pe 5,9. Al principio continúan, sí, dando el nombre de «hermanos» a los judíos, sus compañeros de raza Act 2,29 3,17.. Pero Pablo no ve ya en ellos sino a sus hermanos «según la carne» Rom 9,3. En efecto, una nueva raza ha nacido á partir de los judíos y de las naciones Act 14,1s, reconciliada en la fe en Cristo. Nada divide ya entre sí a los miembros, ni siquiera la diferencia de condición social entre amos y esclavos Flm 16; todos son uno en Cristo, todos hermanos, fieles muy amados de Dios (p.e., Col 1,2). Tales son los verdaderos hijos de Abraham Gal 3,7-29: constituyendo el cuerpo de Cristo 1Cor 12,12-27 han hallado en el nuevo Adán el fundamento y la fuente de su fraternidad.

3. El amor fraterno

El amor fraterno se practica en primer lugar en el seno de la comunidad creyente. Esta «filadelfia sincera» no es una mera filantropía natural: no puede proceder sino del «nuevo nacimiento» 1Pe 1,22s. No tiene nada de platónico, pues si trata de alcanzar a todos los hombres, se ejerce en el interior de la pequeña comunidad: huida de las disensiones Gal 5,15, apoyo mutuo Rom 15,1, delicadeza 1Cor 8,12. Este amor fraterno es el que consuela a Pablo a su llegada a Roma Act 28,15. En su epístola parece Juan haber dado a la palabra «hermano» una extensión universal que otras veces se reserva más bien a la palabra «prójimo». Pero su enseñanza es la misma y el autor sitúa netamente el amor fraterno en los antípodas de la actitud de Caín 1Jn 3,12-16, haciendo de él el signo indispensable del amor para con Dios 1Jn 2,9-12.

4. Hacia la fraternidad perfecta

Sin embargo, la comunidad de los creyentes no se realizó jamás perfectamente ya aquí en la tierra: en ella pueden hallarse indignos 1Cor 5,11, pueden introducirse falsos hermanos Gal 2,4s 2Cor 11,26. Pero sabe que un día el diablo, el acusador de todos los hermanos delante de Dios, será derrocado Ap 12,10. La comunidad, en tanto llega esta victoria final, que le permitirá realizarse con plenitud, da ya testimonio de que la fraternidad humana está en marcha hacia el hombre nuevo, por el que se suspiraba desde los orígenes.

Todos los derechos: Vocabulario de teología bíblica, X. Léon-Dufour

GLORIA

I. LA GLORIA EN GENERAL

En la Biblia hebraica la palabra que significa gloria implica la idea de peso. El peso de un ser en la existencia define su importancia, el respeto que inspira, su gloria. Para el hebreo, pues, a diferencia del griego y de nosotros mismos, la gloria no designa tanto la fama cuanto el valor real, estimado conforme a su peso.

Las bases de la gloria pueden ser las riquezas. A Abraham se le llama «muy glorioso» porque posee «ganado, plata y oro» Gen 13,2. La gloria designa también la elevada posición social que ocupa un hombre y la autoridad que le confiere. José dice a sus hermanos: «Contad a mi padre toda la gloria que tengo en Egipto» Gen 45,13. Job, arruinado y humillado, exclama: «¡Me ha despojado de mi gloria!» Job 19,9 29,1-25. Con el poder Is 8,7 16,14 17,3s 21,16 Jer 48,18, implica la gloria la influencia que irradia una persona. Designa el resplandor de la belleza. Se habla de la gloria del vestido de Aarón Ex 28,2.40, de la gloria del templo Ag 2,3.7.9 o de Jerusalén Is 62,2, de la «gloria del Líbano» 1s 35,1s 60,13.

La gloria es, por excelencia, patrimonio del rey. Dice, con su riqueza y su poder, el esplendor de su reinado Par 29,28 2Par 17,5. Salomón recibe de Dios «riqueza y gloria como nadie entre los reyes» 1Re 3,9-14 Mt 6,29. El hombre, rey de la creación, es «coronado de gloria» por Dios Sal 8,6.

II. CRÍTICA DE LA GLORIA HUMANA

El AT vio la fragilidad de la gloria humana: «No temas cuando se enriquece el hombre, cuando se acrecienta la gloria de su casa. Al morir no puede llevarse nada, su gloria no desciende con él» Sal 49,17s. La Biblia supo ligar la gloria a valores morales y religiosos Prov 3,35 20,3 29,23.

La obediencia a Dios está por encima de toda gloria humana Num 22,17s. En Dios se halla el único fundamento sólido de la gloria Sal 62,6.8. El sabio que ha meditado sobre la gloria efímera de los impíos, no quiere ya «tener» más gloria que a Dios: «En tu gloria me asumirás» Sal 73.24s. Esta actitud, llevada a su perfección, será la de Cristo. Cuando Satán le ofrezca «todos los reinos del mundo con su gloria», responderá Jesús: «Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo rendirás culto» Mt 4,8ss.

III. LA GLORIA DE YAHVEH

La expresión «la gloria de Yahveh» designa a Dios mismo, en cuanto se revela en su majestad, su poder, el Resplandor de su santidad, el dinamismo de su ser. La gloria de Yahveh es, pues, epifánica. El AT conoce dos tipos de manifestaciones o de epifanías de la gloria divina: las altas gestas de Dios y sus apariciones.

1. Las altas gestas de Dios.

Dios manifiesta su gloria por sus deslumbrantes intervenciones, sus juicios, sus «signos» Num 14,22. Tal es por excelencia el milagro del mar Rojo Ex 14,18; tal, el del maná y de las codornices: «Por la mañana veréis la gloria de Yahveh» Ex 16,7. Dios viene en socorro de los suyos. La gloria es entonces casi sinónimo de salvación Is 35,1-4 44,23 Is 40,5 Lc 3,6. El Dios de la alianza pone su gloria en salvar y levantar a su pueblo; su gloria es su poder al servicio de su amor y de su fidelidad: «Cuando Yahveh reconstruya a Sión, se le verá en su gloria»     Sal 102,17 Ex 39,21-29. También la obra creadora manifiesta la gloria de Dios. «La gloria de Yahveh llena toda la tierra» Num 14.21; entre los fenómenos naturales, la tormenta es uno de los más expresivos de su gloria Sal 29,3-9 97,1-6.

2. Las apariciones de «la gloria de Yahveh».

En el segundo tipo de manifestaciones divinas la gloria, realidad visible Ex 16,10, es la irradiación fulgurante del Ser divino. De ahí la oración de Moisés: «¡Hazme, por favor, ver tu gloria!» Ex 33,18. En el Sinaí la gloria de Yahveh adoptaba el aspecto de una llama que coronaba la montaña Ex 24,15ss Dt 5,22ss. Moisés, por haberse acercado a ella en la nube, retorna «con la piel del rostro radiante» Ex 34,29 «con una gloria tal, dirá san Pablo, que los hijos de Israel no podían contemplarlo fijamente» 2Cor 3,7. Después del Sinaí, la gloria invade el santuario: «Será consagrado por mi gloria» Ex 29,43 40,34. Consiguientemente Israel está al servicio de la gloria Lev 9,6.23s, vive, camina y triunfa bajo su irradiación Num 16,1-17,15 1 20,1-13 40,36ss. Más tarde la gloria llenará el templo 1Re 8,10ss. Entre esta concepción local y cultual de la gloria y la concepción activa y dinámica hay una relación muy estrecha. En uno y otro caso Dios se revela presente a su pueblo para salvarlo, santificarlo y regirlo. El vínculo entre las dos nociones aparece claramente en la consagración del santuario. Dios dijo entonces: «Sabrán que yo, Yahveh, su Dios, soy quien los sacó del país de Egipto para permanecer entre ellos» Ex 29,46.

Isaías contempla la gloria de Yahveh bajo el aspecto de una gloria regia. El profeta ve al Señor, su trono elevado, la cola de su ropaje que llena el santuario, su corte de serafines que clama su gloria Is 6,1ss. Ésta es un fuego devorador, santidad que pone al descubierto la impureza de la criatura, su nada, su radical fragilidad. Sin embargo, no triunfa destruyendo, sino purificando y regenerando, y quiere invadir toda la tierra. Las visiones de Ezequiel dicen la libertad trascendente de la gloria, que abandona el templo Ez 11,22s y luego irradia sobre una comunidad renovada por el Espíritu 36,23ss 39,21-29.

La última parte del libro de Isaías une los dos aspectos de la gloria: Dios reina en la ciudad santa, a la vez regenerada por su poder e iluminada por su presencia: «¡Levántate y resplandece, que ya se alza tu luz, y la gloria de Yahveh resplandece para ti» Is 60,1. Jerusalén se ve «erigida en gloria en medio de la tierra» 62,7 Bar 5,3. De ella irradia la gloria de Dios sobre todas las naciones, que vienen a ella deslumbradas Is 60,3. En los profetas del exilio, en los salmos del reino, en los apocalipsis alcanza la gloria esta dimensión universal, de carácter escatológico: «Vengo a reunir las naciones de todas las lenguas. Ellas vendrán a ver mi gloria» 66,18s    Sal 97,6 Hab 2,14.

Sobre este fondo luminoso se destaca la figura «sin belleza, sin esplendor» Is 52,14 del personaje que, sin embargo, está encargado de hacer irradiar la gloria divina hasta las extremidades de la tierra: «Tú eres mi siervo, en ti revelaré mi gloria» 49,3.

IV. LA GLORIA DE CRISTO

La elevación esencial del NT está en el nexo de la gloria con la persona de Jesús. La gloria de Dios está totalmente presente en él. Siendo Hijo de Dios, es «el resplandor de su gloria, la efigie de su sustancia» Heb 1,3. La gloria de Dios está «sobre su rostro» 2Cor 4,6; de él irradia a los hombres 3.18. Él es «el Señor de la gloria» 1Cor 2,8. Su gloria la contemplaba ya Isaías y «de él hablaba» Jn 12,41. La gloria es una de las líneas de la revelación de la divinidad de Jesús.

1. Gloria escatológica.

La manifestación plenaria de la gloria divina de Jesús tendrá lugar en la parusía. «El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles» Mc 8,38 Mt 24.30 25,31 y manifestará su gloria por la consumación de su obra, a la vez juicio y salvación. El NT está orientado hacia esta «aparición de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús» Tit 2,13s hacia la «gloria eterna en Cristo» 1Pe 5,10 a la que Dios nos ha llamado 1Tes 2,12 y que «ha sido revelada» 1Pe 5,1: «la ligera tribulación de un momento nos prepara, muy por encima de toda medida, un peso eterno de gloria» 2Cor 4,17. La creación entera aspira a la revelación de esta gloria Rom 8.19. Juan ve a la nueva Jerusalén descender del cielo bañada de claridad: «La gloria de Dios la ha iluminado y el cordero le sirve de lumbrera» Ap 21,23.

2. Gloria pascual.

Por la resurrección y la ascensión ha «entrado» ya Cristo Lc 24,26 en la gloria divina, que el Padre, en su amor, le había dado «antes de la creación del mundo» Jn 17,24 y que le pertenece como a Hijo al igual que al Padre. El Hombre-Dios fue tomado en la nube divina, arrebatado Act 1,9.11, «ensalzado en la gloria» 1Tim 3.16. «Dios lo resucitó… y le dio la gloria» 1Pe 1.21.

«Glorificó a su siervo Jesús» Act 3,13. Esta gloria, como la «gloria de Yahveh» en el AT, es esfera de pureza trascendente, de santidad, de luz, de poder, de vida. Jesús resucitado irradia esta gloria en todo su ser. Esteban ve al morir «la gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios» 7,55. Saulo queda deslumbrado y cegado por su «gloria luminosa» 22,11. En su comparación no es nada la gloria del Sinaí 2Cor 3,10. La gloria de Cristo resucitado deslumbra a Pablo como la luz de una nueva creación: «El Dios que dijo:;Brille la luz del seno de las tinieblas!, es el que ha brillado en nuestros corazones para hacer resplandecer el conocimiento de la gloria de Dios, que está en el rostro de Cristo» 4,6.

3. La gloria en el ministerio terrenal y en la pasión de Cristo.

La gloria de Dios se manifestó no sólo en la resurrección, sino en la vida, en el ministerio y en la muerte de Jesús. Los evangelios son doxofanías, sobre todo, entre los sinópticos, el de Lucas. En la escena de la anunciación, la venida del Espíritu Santo sobre María evoca el descenso de la gloria al santuario del AT Lc 1,35. En la natividad «la gloria del Señor» circunda de claridad a los pastores 2,9s. Esta gloria se transparenta en el bautismo de Jesús y en su transfiguración 9,32.35 2Pe 1,17s, en sus milagros, en su palabra, en la santidad eminente de su vida, en su muerte. Ésta no es sólo el pórtico que introduce al Mesías en su «gloria» Lc 24,26; los signos que la acompañan revelan en el crucificado mismo al «Señor de la gloria» 1Cor 2,8.

En Juan aparece todavía más explícita la revelación de la gloria en la vida y en la muerte de Jesús. Jesús es el Verbo encarnado. En su carne habita y se revela la gloria del Hijo único de Dios Jn 1,14.18. Se manifiesta desde el primer «signo» 2,11. Aparece en la unión trascendente de Jesús con el Padre que le envía, más todavía en su unidad 10,30. Las obras de Jesús son las obras del Padre que, en el Hijo, las «cumple» o realiza 14,10 y revela su gloria 11,40, luz y vida para el mundo. Esta gloria resplandece por encima de todo en la pasión. Ésta es la hora de Jesús, la más alta de las teofanías. Jesús se «consagra» a su muerte 17,19 con toda lucidez 13,1.3 18,4 19,28 por obediencia al Padre 14,31 y para gloria de su nombre 12,28. Hace libre don de su vida 10,18 por amor a los suyos 13,1. La cruz, transfigurada, se convierte en el signo de «la elevación» del Hijo del hombre 12,23.31. El Calvario ofrece a las miradas de todos 19,37 el misterio del YO SOY divino de Jesús 8,27. El agua y la sangre, que manan del costado de Cristo, simbolizan la fecundidad de su muerte, fuente de vida: tal es su gloria 7,37ss 19,34.36.

4. La gloria eclesial.

La glorificación de Cristo se consuma en los cristianos Jn 17,10. En ellos el sacrificio de Jesús da su fruto para gloria del Padre y del Hijo 12,24 15,8. El Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo es, con el agua y la sangre sacramentales 1Jn 5,7, el artífice de esta glorificación. Los cristianos entran por él en el conocimiento y en la posesión de las riquezas de Cristo Jn 16,14s 2Cor 1,22 5,5. La gloria de Cristo resucitado se refleja ya en ellos, transformándolos a su imagen «de gloria en gloria» 3,18 Col 1,10s 2Tes 1,12. Por el Espíritu queda transfigurado el mismo sufrimiento 1Pe 4,14.

5. El honor cristiano.

La conciencia de esta gloria engendra el sentimiento de la dignidad cristiana y del honor cristiano. Ya en el AT la grandeza de Israel consiste en ser el pueblo al que Dios ha revelado su gloria. A Israel «pertenece la gloria» Rom 9,4. Dios es «su gloria» Sal 106,20. La fidelidad a Dios se matiza ya en Israel con un sentido religioso del honor. El mandamiento divino es la gloria de Israel Sal 119,5s, la idolatría, su suprema degradación, como su supremo pecado: Israel «cambia» entonces «su gloria por el ídolo» Sal 106,20. En medio de un mundo que se había perdido por no querer dar a Dios la gloria que le es debida Rom 1,21s, los cristianos saben que ellos son «ciudadanos de los cielos» Flp 3,20; «resucitados con Cristo» Col 3,1, «brillan como focos de luz» Flp 2,15s. Su honor consiste en que «los hombres, viendo sus buenas obras, glorifiquen a su Padre, que está en los cielos» Mt 5,16. Ante la gloria del nombre cristiano desaparece todo sentimiento de inferioridad social: «El hermano de humilde condición se gloriará en su exaltación, y el rico en su humillación» Sant 1,9, pues no hay lugar para «consideraciones de personas» Sant 2,1ss. El sentimiento del orgullo cristiano se extiende hasta el cuerpo, en el que los cristianos deben «glorificar a Dios» 1Cor 6,15.19s. Finalmente, padecer por el nombre cristiano es una gloria 1Pe 4,15s. La ambición del honor mundano es, según san Juan, la que ha cerrado a más de uno el acceso a la fe Jn 5,44 12,43. Jesús, en cambio, indiferente a la gloria de los hombres 5,41, «despreció la infamia de la cruz» Heb 12,2. Su único honor consistía en cumplir su misión, «no buscando su gloria», sino «la gloria del que le ha enviado» Jn 7,18, dejando su honor en las solas manos de su Padre 8,50.54.

V. LA ALABANZA DE LA GLORIA

El deber del hombre es reconocer y celebrar la gloria divina. El AT canta la gloria del creador, rey, salvador y santo de Israel Sal 147,1. Deplora el pecado que la empaña Is 52,5 Ez 36,20ss Rom 2,24. Arde en deseos de verla reconocida por todo el universo Sal 145,10s 57,6.12.

En el NT la doxología tiene por centro a Cristo. «Por él decimos nuestro amén a la gloria de Dios» 2Cor 1,20. Por él asciende «al Dios solo sabio… la gloria por los siglos de los siglos» Rom 16,27 Heb 13,15. A Dios se le da gloria por su nacimiento Lc 2,20, por sus milagros   Mc 2,12. y por su muerte Lc 23,47. Las doxologías jalonan el progreso de su mensaje Act 11,18 13,48 21,20, como van puntuando las exposiciones dogmáticas de Pablo Gal 1,3s. Las doxologías del Apocalipsis recapitulan en una liturgia solemne todo el drama redentor Ap 15,3s. Finalmente, como la Iglesia es «el pueblo que Dios ha adquirido para alabanza de su gloria»   Ef 1,14, al Padre se da «gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las edades y por todos los siglos» 3,21.

A la doxología litúrgica añade el mártir la doxología de la sangre. El creyente, «despreciando la muerte hasta morir» Ap 12,11, profesa así que la fidelidad a Dios está por encima de toda gloria y todo valor humano. Como Pedro, al precio de su sangre «glorifica a Dios» Jn 21,18.

La última doxología, al final de la historia, es el canto de las «bodas del cordero» Ap 19,7. La esposa aparece vestida de «una túnica de lino de una blancura resplandeciente» 19,8. En el fuego de la «gran tribulación» la Iglesia se ha ataviado para las bodas eternas con la única gloria digna de su esposo, las virtudes, las ofrendas, los sacrificios de los santos.

No obstante, la gloria de la esposa le viene enteramente del esposo. En su sangre se han «blanqueado» las túnicas de los elegidos 7,14 15,2, y si la esposa lleva este deslumbrante atavío, es porque «le ha sido dado» hacerlo así 19,8. Se ha dejado revestir día tras día por las «buenas obras que Dios ha preparado de antemano para que las practiquemos» Ef 2,10. En el amor de Cristo está el origen de esta gloria; en efecto, «Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella…; quería presentársela a sí mismo toda resplandeciente de gloria, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino santa e inmaculada» 5,25.27. En este misterio de amor y de santidad se consuma la revelación de la gloria de Dios.

Todos los derechos: Vocabulario de teología bíblica, X. Léon-Dufour

Fidelidad

La fidelidad (hebr. emet), atributo mayor de Dios Ex 34,6, se asocia con frecuencia a su bondad paternal (hebr. hesed) para con el pueblo de la alianza. Estos dos atributos complementarios indican que la alianza es a la vez un don gratuito y un vínculo cuya solidez resiste la prueba de los siglos Sal 119,90. A estas dos actitudes, en las que se resumen los caminos de Dios Sal 25,10, debe el hombre responder conformándose a ellas; la piedad filial que debe a Dios tendrá como prueba de su verdad la fidelidad en observar los preceptos de la alianza.

A lo largo de la historia de la salvación la fidelidad divina se revela inmutable, frente a la constante infidelidad del hombre, hasta que Cristo, testigo fiel de la verdad Jn 18,37 Ap 3,14, comunica a los hombres la gracia de que está lleno Jn 1,14.16 y los hace capaces de merecer la corona de la vida imitando su fidelidad hasta la muerte Ap 2,10.

AT

1. Fidelidad de

Dios es la «roca» de Israel Dt 32,4; este nombre simboliza su inmutable fidelidad, la verdad de sus palabras, la solidez de sus promesas. Sus palabras no pasan Is 40,8, sus promesas son mantenidas Tob 14,4; Dios no miente ni se retracta Num 23,19; su designio se ejecuta Is 25,1 por el poder de su palabra que, salida de su boca, no vuelve sino después de haber cumplido su misión Is 55,11; Dios no varía Mal 3,6. Así la esposa que se ha escogido, quiere unírsela con el lazo de una fidelidad perfecta Os 2.22, sin la cual no se puede conocer a Dios 4,2.

No basta, pues, con alabar la fidelidad divina que rebasa los cielos Sal 36,61, ni con proclamarla para invocarla Sal 143,1 o para recordar a Dios sus promesas Sal 89,1-9.25-40. Hay que orar al Dios fiel para obtener de él la fidelidad 1Re 8,56ss, y cesar de responder a su fidelidad con la impiedad Neh 9,33. En efecto, sólo Dios puede convertir a su pueblo infiel y darle la felicidad haciendo germinar de la tierra la felicidad que debe ser su fruto Sal 85,5.11 ss.

2. Fidelidad del hombre

Dios exige a su pueblo la fidelidad a la alianza que él renueva libremente Jos 24,14; los sacerdotes deben ser especialmente fieles 1Sa 2,35. Si Abraham y Moisés Neh 9,8 Eclo 45,4 son modelos de fidelidad, Israel en su conjunto imita la infidelidad de la generación del desierto Sal 78,8ss 36s 106,6. Y donde no se es fiel a Dios, desaparece la fidelidad para con los hombres; entonces no se puede contar con nadie Jer 9,2-8. Esta corrupción no es propia de Israel, pues en todas partes vale este proverbio: «¿Quién hallará un hombre de fiar?» Prov 20,6.

Israel, escogido por Dios para ser su testigo, no fue, pues, un servidor fiel; permaneció ciego y sordo Is 42,18ss. Pero Dios eligió a otro siervo, en quien depositó su espíritu Is 42,1 ss. al que hizo e! don de oir y de hablar; este elegido proclama fielmente la justicia, sin que las pruebas puedan hacerlo infiel a su misión Is 50,4-7, pues su Dios es su fuerza Is 49,5.

NT

1. Fidelidad de Jesús.

El siervo fiel así anunciado es Cristo Jesús, Hijo y Verbo de Dios, el verdadero y el fiel, que quiere cumplir la Escritura y la obra de su Padre Mc 10,45 Lc 24,44 Jn 19,28.30 Ap 19,11ss. Por él son mantenidas todas las promesas de Dios 2Cor 1,20; en él están la salvación y la gloria de los elegidos 2Tim 2,10; con él son llamados los hombres por el Padre a entrar en comunión; y por él serán los creyentes fortalecidos y hechos fieles a su vocación hasta el fin 1Cor 1,8s. La fidelidad de Dios 1Tes 5,23s, cuyos dones son irrevocables Rom 11,29, se manifiesta, pues, en él con plenitud, y para confirmar en la fidelidad invita a seguir la constancia de Cristo 2Tes 3,3ss.

Debemos imitar la fidelidad de Cristo manteniéndonos firmes hasta la muerte, y contar con su fidelidad para vivir y reinar con él 2Tim 2,11s. Más aún: aun siendo nosotros infieles, él permanece fiel, pues aunque pueda renegarnos, no puede renegarse a sí mismo 2Tim 2,13; hoy, como ayer y para siempre, no deja de ser lo que es Heb 13,8, el pontífice misericordioso y fiel Heb2,17 que otorga poder acercarse con seguridad al trono de la gracia Heb 4,14ss a los que, apoyados en la fidelidad de la promesa divina, conservan una fe y una esperanza indefectibles Heb 10,23.

2. Los fieles de Cristo

El título de «fieles» hasta para designar a los discípulos de Cristo, a los que tienen fe en él Act 10,45 2Cor 6,15 Ef 1,1. Este título incluye seguramente las virtudes naturales de lealtad y de buena fe que los cristianos deben poner empeño en practicar Flp 4,8; pero designa además la fidelidad religiosa, que es una de las prescripciones mayores cuya observancia exige Cristo Mt 23,23 y que caracteriza a los que son movidos por el Espíritu Santo Gal 5,22; aparece en el detalle de la existencia Lc 16,10ss y domina así toda la vida social.

En la nueva alianza esta fidelidad tiene un alma, que es el amor; y viceversa, la fidelidad es la prueba del amor auténtico. Jesús insiste en este punto: «Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi padre y permanezco en su amor» Jn 15,9s 14,15.21.23s. Juan, fiel a la lección de Cristo. la inculca a sus «hijos» invitándolos a «caminar en la verdad», es decir, en la fidelidad al mandamiento del amor mutuo 2Jn 4s; pero añade en seguida: «Ahora bien, el amor consiste en vivir según los mandamientos de Dios» 2Jn 6.

A esta fidelidad es a la que está reservada la recompensa de tener parte en el gozo del Señor Mt 25,21.23 Jn 15,11. Pero esta fidelidad exige una lucha contra el tentador, el maligno, que requiere vigilancia y oración Mt 6,13 26,41 1Pe 5,8s. En los últimos tiempos será tremenda la prueba de esta fidelidad: los santos tendrán que ejercer en ella una constancia Ap 13,10 14,12, cuya gracia les viene de la sangre del cordero Ap 7,14 12,11.

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