FE

Para la Biblia es la fe la fuente de toda la vida religiosa. Al designio que realiza Dios en el tiempo, debe el hombre responder con la fe. Siguiendo las huellas de Abraham, «padre de todos los creyentes» Rom 4,11, los personajes ejemplares del AT vivieron y murieron en la fe Heb 11, que Jesús «lleva a su perfección» Heb 12,2. Los discípulos de Cristo son «los que han creído» Act 2,44 y «que creen» 1Tes 1,7.

La variedad del vocabulario hebreo de la fe refleja la complejidad de la actitud personal del creyente. Dos raíces dominan sin embargo: aman (amén) evoca la solidez y la seguridad; batah, la seguridad y la confianza. El vocabulario griego es todavía más diverso. La religión griega, en efecto, no dejaba prácticamente lugar para la fe; los LXX, que no disponían por tanto de palabras apropiadas para reproducir el hebreo, procedieron a tientas. A la raíz hatah corresponden sobre todo: elpis, elpizo, pepoitha (Vulg.: spes, sperare, conf ido); a la raíz aman: pistis, pisteuo, aletheia (Vulg.: lides, credere, veritas). En el NT las últimas palabras griegas, relativas a la esfera del conocimiento, resultan netamente predominantes. El estudio del vocabulario revela ya que la fe según la Biblia tiene dos polos: la confianza que se dirige a una persona «fiel» y reclama al hombre entero; y por otra parte un proceso de la inteligencia, a la que una palabra o signos sirven para acercarse a realidades que no se ven Heb 11,1.

Abraham, padre de los creyentes. Yahveh llama a Abraham, cuyo padre «servía a otros dioses» en Caldea Jos 24,2 Jdt 5,6ss, y le promete una tierra y una descendencia numerosa Gen 12,1s. Contra toda verosimilitud Rom 4,19, Abraham «cree en Dios» Gen 15,6 y en su palabra, obedece a esta vocación y pone toda su existencia en función de esta promesa. El día de la prueba su fe será capaz de sacrificar al hijo, en el que se está realizando ya la promesa Gen 22; en efecto, para ella la palabra de Dios es todavía más verdadera que sus frutos: Dios es fiel Heb 11,11 y todo poderoso Rom 4,21.

Abraham es desde ahora el tipo mismo del creyente Eclo 44,20. Es el precursor de los que descubrirán al verdadero Dios Sal 47,10 Gal 3,8 o a su Hijo Jn 8,31-41.56, a los que para su salud se remitirán únicamente a Dios y a su palabra 1Mac 2,52-64 Heb 11,8-19. Un día se cumplirá la promesa en la resurrección de Jesús, descendencia de Abraham Gal 3,16 Rom 4,18-25. Abraham será entonces el «padre de una multitud de pueblos» Rom 4,17s Gen 17,5: todos los que en la fe se unirán con Jesús.

AT

La fe de Israel tiene por objeto primero un acontecimiento: la liberación de Egipto, y se expresa en una serie de fórmulas. Con ocasión de las grandes fiestas del año, el israelita recuerda su Credo Dt 26,5-10 y lo transmite a sus hijos Ex 12,26 13,8 Dt 6,20. Israel no cree más que en su Dios: su historia es la de las vicisitudes y del desarrollo de su fe.

I. LA FE, EXIGENCIA DE LA ALIANZA

El Dios de Abraham visita en Egipto a su infortunado pueblo Ex 3,16. Llama a Moisés, se le revela y le promete «estar con él» para llevar a Israel a su tierra Ex 3,1-15. Moisés, «como si viera lo invisible», responde a este gesto divino con una fe que «se mantendrá firme» Heb 11,23-29 pese a eventuales flaquezas Num 20,1-12 Sal 106,32s. Como mediador comunica al pueblo el designio de Dios, mientras que sus milagros indican el origen de su misión. Israel es así llamado a «creer en Dios y en Moisés, su servidor» E 14,31 Heb 11 19 con absoluta confianza Num 14,11 Ex 19,9.

La alianza consagra esta implicación de Dios en la historia de Israel. En cambio, pide a Israel que obedezca a la palabra de Dios Ex 19,3-9. Ahora bien, «escuchar a Yahveh» es ante todo «creer en él» Dt 9,23 Sal 106,24s; la alianza exige, pues, la fe Sal 78,37. La vida y la muerte de Israel dependerán en adelante de su libre fidelidad Dt 30,15-20 28 Heb 11,33 en mantener el amén de la fe Dt 27,9-26 que ha hecho de él el pueblo de Dios. A pesar de las innumerables infidelidades de que está entretejida la historia de la travesía del desierto, de la conquista de la tierra prometida y del establecimiento en Canaán, esta epopeya pudo resumirse así: «Por la fe cayeron las murallas de Jericó… y me falta tiempo para hablar de Gedeón, Baraq, Sansón, Jefté, David» Heb 11,30ss.

Según las promesas de la alianza Dt 7,17-24 31,3-8, la omnipotente fidelidad de Yahveh se había manifestado siempre al servicio de Israel, cuando Israel había tenido fe en ella. Así pues, proclamar estas maravillas del pasado como la gesta del Dios invisible era para Israel confesar su fe Dt 26,5-9 Sal 78 105 conservando la memoria del amor de Yahveh Sal 136.

II. LOS PROFETAS DE LA FE DE ISRAEL EN PELIGRO

Las dificultades de la existencia de Israel hasta su ruina fueron una dura tentación para su fe. Los profetas denunciaron la idolatría Os 2,7-15 Jer 2,5-13 que suprimía la fe en Yahveh, el formalismo cultual Am 5,21 Jer 7,22s que limitaba mortalmente sus exigencias, la prosecución de la salud por la fuerza de las armas Os 1,7 Is 31,1ss.

Isaías fue el más señalado de estos heraldos de la fe Is 30,15. Llama a Ajaz del temor a la confianza tranquila en Yahveh 7,4-9 8,5-8 que mantendrá sus promesas la casa de David 2Sa 7 Sal 89,21-38. Inspira a Ezequías la fe que permitirá a Yahveh salvar a Jerusalén 2Re 18-20. Por la fe descubre él la paradójica sabiduría de Dios Is 19,11-15 29,13-30,6 1Cor 1,19s.

La fe de Israel estuvo especialmente amenazada en la ocasión de la toma de Jerusalén y del exilio. Israel, «miserable y pobre» Is 41,17, corría peligro de atribuir su suerte a la impotencia de Yahveh y de volverse hacia los dioses de Babilonia victoriosa. Los profetas proclaman entonces la omnipotencia del Dios de Israel Jer 32,27 Ez 37,14, creador del mundo Is 40,28s Gen 1, señor de la historia Is 41,1-7 44,24s, roca de su pueblo 44,8 50,10. Los ídolos no son nada 44,9-20. «No hay dios fuera de Yahveh» 44,6ss 43,8-12 Sal 115,7-11: pese a todas las apariencias, merece siempre una confianza total Is 40,31 49,23.

III.Los PROFETAS Y LA FE DEL ISRAEL FUTURO

En conjunto, Israel no escuchó el llamamiento lanzado por los profetas Jer 29,19. Para oirlo hubiera debido primero creer en los profetas Tob 14,4, como en otro tiempo en Moisés Ex 14,31. Pero también le hablaban falsos profetas Jer 28,15 29,31: ¿cómo discernir los verdaderos de los falsos 23,9-32 Dt 13,2-6 18,9-22? Sin embargo, la verdadera dificultad se hallaba en la fe misma, por razón de su contenido, de su objeto, de sus exigencias.

1. La fe personal de los profetas

En primer lugar en los profetas mismos se transmite la autenticidad de la fe. El fracaso de su predicación los forzaba a renovar su fe en la vocación y en la misión recibida de Dios Heb 11,33-40. A veces se mantenía inquebrantable desde los orígenes Is 6 8.17 12,2 30,18; a veces vacilaba antes de afirmarse frente a un llamamiento exigente Jer 1 o era probada por una aparente ausencia de Dios 1Re 19 Jer 15,10-21 20,7-18, antes de llegar a una tranquila firmeza Jer 26 37-38. Esta fe irradiaba en un grupo más o menos amplio de discípulos Is 8,16 Jer 45, que constituía por adelantado el resto prometido.

2. La fe del pueblo venidero

El fracaso del llamamiento a arrastrar a Israel entero por el camino de la fe induce a los profetas a profundizar las promesas del Dios fiel y a aguardar en el futuro la fe perfecta. El Israel futuro será reunido por la fe en la piedra misteriosa de Sión Is 28,16 1Pe 2,6s; el resto de Israel será un pueblo de pobres a los que reúne su confianza en Dios Miq 5,6s Sof 3,12-18. En efecto, sólo «el justo vivirá, por su fidelidad (LXX = su fe)» Hab 2,4; la salvación es para los que superan la prueba Mal 3,13-16. En estas visiones del futuro la fe se llama conocimiento Jer 31,33s, y supone que Dios ha renovado definitivamente los corazones 32,39s Ez 36,26 haciéndolos perfectamente obedientes 36,27. Supone finalmente el sacrificio del siervo de Yahveh: en una prueba que va hasta la muerte Is 50,6 53, la fe «endurece su rostro» en una confianza absoluta en Dios 50,7ss Lc 9,51, que el porvenir justificará plenamente Is 53,14ss Sal 22.

Ahora bien, el pueblo venidero no comprende solamente al Israel histórico, sino que se extiende incluso a las naciones. La misión del siervo las alcanza efectivamente Is 42,4 49,6. El Israel futuro, pueblo de la fe, se abre a todos los que reconocen al Dios único 43,10, lo confiesan 45,14 52,15s Rom 10,16 y cuentan con su poder para ser salvos Is 51,5s.

IV. HACIA LA REUNIÓN DE LOS CREYENTES

En los siglos que siguen al exilio la comunidad judía tiende a configurarse al Israel futuro anunciado por los profetas, aunque sin llegar a vivir en una verdadera «asamblea de creyentes» 1Mac 3,13.

1. La fe de los sabios, de los pobres y de los mártires.

Como los profetas, también los sabios de Israel sabían hacía tiempo que para ser «salvos» sólo podían contar con Yahveh Prov 20,22. Cuando toda salvación resulta inaccesible en el plano visible, la sabiduría requiere una confianza total en Dios Job 19,25s, con una fe que sabe que Dios es siempre omnipotente Job 42,2. En esto están los sabios muy cerca de los pobres que cantaron su confianza en los salmos.

El salterio entero proclama la fe de Israel en Yahveh, Dios único Sal 18,32 115, creador 8 104 todopoderoso 29, señor fiel 89 y misericordioso 136 para con su pueblo 105, rey universal del futuro 47 96-99. No pocos salmos expresan la confianza de Israel en Yahveh 44 74 125. Pero los más altos testimonios de fe son oraciones, en las que la fe de Israel se expansiona en una confianza individual de rara calidad. Fe del justo perseguido, en Dios que lo salvará tarde o temprano (7; 11; 27; 31; 62); confianza del pecador en la misericordia de Dios 40,13-18 51 130; seguridad apacible en Dios 4 23 121 131 más fuerte que la muerte 16 49 73: tal es la oración de los pobres, reunidos por la certeza de que por encima de toda prueba 22 les reserva Dios la buena nueva Is 61,1 Lc 4,18 y la posesión de la tierra Sal 37,11 Mt 5,4.

Por primera vez sin duda en su historia Dan 3 se enfrenta Israel después del exilio con una sangrienta persecución religiosa 1Mac 1,62ss 2,29-38 Heb 11,37s. Los mártires mueren no sólo a pesar de su fe, sino por causa de la misma. Sin embargo, la fe de los mártires no flaquea al afrontar esta suprema ausencia de Di s 1Mac 1,62; incluso se profundiza hasta esperar, por la fidelidad de Dios, la resurrección 2Mac 7 Dan 12,2s y la inmortalidad Sab 2,19s 3,1-9. Así la fe personal, afirmándose cada vez más, reúne poco a poco el resto, beneficiario de las promesas Rom 11,5.

2. La fe de los paganos convertidos

Por la misma época pasa por Israel una corriente misionera. Como en otro tiempo Naamán 2Re 5, no pocos paganos creen en el Dios de Abraham Sal 47,10. Entonces se escribe la historia de los ninivitas, a los que la predicación de un solo profeta, para vergüenza de Israel, induce a «creer en Dios» Jon 3,4s Mt 12,41; la de la conversión de Nabucodonosor Dan 3-4 o de Ajior, que «cree y entra en la casa de Israel» Jdt 14,10 5,5-21: Dios deja a las naciones el tiempo de «creer en él» Sab 12,2 Eclo 36,4.

3. Las imperfecciones de la fe de Israel

La persecución suscita mártires, pero también combatientes que se niegan a morir sin luchar 1Mac 2,39ss para liberar a Israel 2,11. Contaban con Dios para que les procurase la victoria en una lucha desigual 2,49-70 Jdt 9,11-14. Fe, admirable en sí misma Heb 11,34.39, pero que coexistía con una cierta confianza en la fuerza humana.

Otra imperfección amenazaba a la fe de Israel. Mártires y combatientes habían muerto por fidelidad a Dios y a la ley 1Mac 1,52-64. Israel, en efecto, había acabado por comprender que la fe implicaba la obediencia a las exigencias de la alianza. En esta línea estaba amenazada por el peligro al que sucumbirán no pocos fariseos: el formalismo que se interesaba más por las exigencias rituales que por los llamamientos religiosos y morales de la Escritura Mt 23,13-30, soberbia que se fiaba más del hombre y de sus obras para su justificación, que de Dios sólo Lc 18,9-14.

La confianza de Israel en Dios no era, pues, pura, en parte porque seguía subsistiendo un velo entre su fe y el designio de Dios anunciado por la Escritura 2Cor 3,14. Por lo demás, la verdadera fe sólo se había prometido al Israel futuro. Por su parte los paganos podían compartir difícilmente una fe que por lo pronto desembocaba en una esperanza nacional o en exigencias rituales demasiado pesadas. Además, ¿qué hubieran ganado con ello Mt 23,23? Finalmente, adherirse a la fe de los pobres no podía hacer a los paganos participar en una salvación que no era todavía más que una esperanza. Así pues, Israel, y las naciones, no tenían otra salida sino esperar a aquel que llevaría la fe a su perfección Heb 12,2 11,39s y recibiría el Espíritu «objeto de la promesa» Act 2,33.

NT

I. LA FE EN EL PENSAMIENTO Y EN LA VIDA DE JESÚS

1. Las preparaciones

La fe de los pobres Lc 1,46-55 es la que acoge el primer anuncio de la salvación. Imperfecta en Zacarías 1,18ss Gen 15,8, ejemplar en María Lc 1,35ss.45 Gen 18,4, compartida poco a poco por otros Lc 1-2 p. no se deja ocultar la iniciativa divina por la humildad de las apariencias. Los que creen en Juan Bautista son también pobres, conscientes de su pecado, y no fariseos soberbios Mt 21,23-32. Esta fe los reúne sin que ellos se percaten alrededor de Jesús, venido en medio de ellos (3,11-17 p), y los orienta hacia la fe en él (Act 19,4 Jn 1,7).

2. La fe en Jesús y en su palabra

Todos podían «oír y ver» Mt 13,13 p la palabra y los milagros de Jesús, que proclamaban la venida del reino 11,3-6 p 13,16-17 p. Pero «escuchar la palabra» 11,15 p 13,19-23 p v «hacerla» 7,24-27 p Dt 5,27, ver verdaderamente, en una palabra: creer Mc 1,15 Lc 8,12 Dt 9,23, fue cosa propia de los discípulos Lc 8,20 p. Por otra parte, palabra y milagros planteaban la cuestión: «¿Quién es éste?» Mc 5,41 6,1-6.14ss p. Esta cuestión fue una prueba para Juan Bautista Mt 11,2s y un escándalo para los fariseos 12,22-28 p 21,23 p. La fe requerida para los milagros Lc 7,50 8,48 sólo respondía a esta cuestión parcialmente reconociendo la omnipotencia de Jesús Mt 8,2 Mc 9,22s. Pedro dio la verdadera respuesta: «Tú eres el Cristo» Mt 16,13-16 p. Esta fe en Jesús une ya desde ahora a los discípulos con él y entre sí haciéndoles compartir el secreto de su persona (16,18-20 p).

En torno a Jesús que es pobre (11,20) y se dirigió a los pobres (5,2-10 p 11,5 p) se constituyó así una comunidad de pobres, de «pequeños» 10,42, cuyo vínculo, más precioso que nada, es la fe en él y en su palabra 18,6-10 p. Esta fe viene de Dios 11,25 p 16,17 y será compartida un día por las naciones 8,5-13 p 12,38-42 p. Las profecías se cumplen.

3. La perfección de la fe

Cuando Jesús, el siervo, emprende el camino de Jerusalén para obedecer hasta la muerte Flp 2,7s, «endurece su rostro» Lc 9,51 Is 50,7. En presencia de la muerte «lleva a su perfección» la fe Heb 12,2 de los pobres Lc 23,46=Sal 31,6 Mt 27,46 p=Sal 22, mostrando una confianza absoluta en «el que podía», por la resurrección, «salvarle de la muerte» Heb 5,7.

Los discípulos, a pesar de su conocimiento de los misterios del reino Mt 13,11 p, se lanzaron con dificultad por el camino, per el que debían seguir en la fe al Hijo del hombre 16,21-23 p. La confianza que excluye todo cuidado y todo temor Lc 12,22-32 p no les era habitual Mc 4,35-41 Mt 16,5-12 p. Consiguientemente, la prueba de la pasión Mt 26,41 será para ellos un escándalo 26,33. Lo que entonces ven exige mucho a la fe Mc 15,31s. La misma fe de Pedro, aunque no desapareció, pues Jesús había orado por ella Lc 22,32, no tuvo el valor de afirmarse 22,54-62 p. La fe de los discípulos tenía todavía que dar un paso decisivo para llegar a ser la fe de la Iglesia.

II. LA FE DE LA IGLESIA

1. La fe pascual

Este paso lo dieron los discípulos cuando, después de no pocas vacilaciones Mt 28,17 Mc 16,11- 14 Lc 24,11, creyeron en la resurrección de Jesús. Testigos de todo lo que había dicho y hecho Jesús Act 10,39, lo proclaman «Señor y Cristo», en quien se cumplen invisiblemente las promesas 2,33-36. Su fe es ahora capaz de ir «hasta la sangre» Heb 12,4. Hacen llamamiento a sus oyentes para que la compartan a fin de participar de la promesa obteniendo la remisión de sus pecados Act 2,38s 10,43. Ha nacido la fe de la Iglesia.

2. La fe en la palabra

Creer es, en primer lugar, acoger esta predicación de los testigos, el Evangelio Act 15,7 1Cor 15,2, la palabra Act 2,41 Rom 10,17 1Pe 2,8, confesando a Jesús como señor 1Cor 12,3 Rom 10,9 1Jn 2,22. Este mensaje inicial, transmitido como una tradición 1Cor 15,1-3, podrá enriquecerse y precisarse en una enseñanza 1Tim 4,6 2Tim 4,1-5: esta palabra humana será siempre para la fe la palabra misma de Dios 1Tes 2,13. Recibirla es para el pagano abandonar los ídolos y volverse hacia el Dios vivo y verdadero 1Tes 1,8ss, y para todos es reconocer que el Señor Jesús realiza el designio de Dios Act 5,14 13,27-37 1Jn 2,24. Es confesar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo recibiendo el bautismo Mt 28,19.

Esta fe, como lo verá Pablo, abre a la inteligencia «los tesoros de la sabiduría y de conocimiento» que hay en Cristo Col 2,3: la sabiduría misma de Dios revelada por el Espíritu 1Cor 2, tan diferente de la sabiduría humana 1Cor 1,17-31 Sant 2,1-5 3,13-18 Is 29,14 y el conocimiento de Cristo y de su amor Flp 3,8 Ef 3,19 1Jn 3,16.

3. La fe y la vida del bautizado

El que ha creído en la palabra, introducido en la Iglesia por el bautismo, participa en la enseñanza, en el espíritu, en la «liturgia» de la Iglesia Act 2,41-46. En efecto, en ella realiza Dios su designio obrando la salvación de los que creen 2,47 1Cor 1,18: la fe se desarrolla en la obediencia a este designio Act 6,7 2Tes 1,8. Se despliega en la actividad 1Tes 1,3 Sant 1,21s de una vida moral fiel a la ley de Cristo Gal 6,2 Rom 8,2 Sant 1,25 2,12; actúa por medio del amor fraterno Gal 5,6 Sant 2,14-26. Se mantiene en una fidelidad capaz de afrontar la muerte a ejemplo de Jesús Heb 12 Act 7,55-60, en una confianza absoluta en aquel «en quien ha creído» 2Tim 1,12 4,17s. Fe en la palabra, obediencia en la confianza: tal es la fe de la Iglesia, que separa a los que se pierden de los que se salvan 2Tes 1,3-10 1Pe 2,7s Mc 16,16.

III. SAN PABLO Y LA SALVACIÓN POR LA

Para la Iglesia naciente como para Jesús, la fe era un don de Dios Act 11,21ss 16,14 1Cor 12,3. Cuando se convertían paganos, era, pues, Dios mismo quien «purificaba su corazón por la fe» Act 11,18 14,27 15,7ss. «Por haber creído» recibían el mismo Espíritu que los judíos creyentes 11,17. Fueron por tanto acogidos en la Iglesia.

1. La fe y la ley judía.

Pero no tardó en surgir un problema: ¿había que someterlos a la circuncisión y a la ley judía Act 15,5 Gal 2,4? Pablo, de acuerdo con los responsables Act 15 Gal 2,3-6, estima absurdo forzar a los paganos a «judaizar», pues la fe en Jesucristo es la que ha salvado a los judíos mismos Gal 2,15s. Así pues, cuando se quiso imponer la circuncisión a los cristianos de Galacia 5,2 6,12, comprendió Pablo fácilmente que aquello era anunciar otro Evangelio 1,6-9. Esta nueva crisis fue para él ocasión de una reflexión en profundidad acerca del carácter de la ley y de la fe en la historia de la salvación.

Desde Adán Rom 5,12-21 todos los hombres, paganos o judíos, son culpables delante de Dios 1,18-3,20. La ley misma, hecha para la vida, no ha engendrado sino el pecado y la muerte 7,7- 10 Gal 3,10-14.19-22. La venida Gal 4,4s y la muerte de Cristo ponen fin a esta situación manifestando la justicia de Dios Rom 3,21-26 Gal 2,19ss que se obtiene por la fe Gal 2,16 Rom 3,22 5,2. Ha terminado, pues, la función de la ley Gal 3,23-4,11. Se vuelve al régimen de la promesa realizada ahora en Jesús Gal 3,15-18: como Abraham, los cristianos son justificados por la fe, sin la ley Rom 4 Gal 3,6-9 Gen 15,6 17,11. Además, según los profetas, el justo debía vivir por la fe Hab 2,4=Gal 3,11 Rom 1,17, y el resto de Israel Rom 11,1-6 debía salvarse por la sola fe en la piedra asentada por Dios Is 28,16=Rom 9,33 10,11, lo cual le permitía abrirse a las naciones Rom 10,14-21 1Pe 2,4-10.

1. La fe y la gracia

«El hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley» Rom 3,28 Gal 2,16. Esta afirmación de Pablo descarta la ley judía; pero, todavía más profundamente, significa que la salvación no es nunca algo debido, sino una gracia de Dios acogida por la fe Rom 4,4-8. Cierto que Pablo no ignora que la fe debe «obrar» Gal 5,6 Sant 2,14-26 en la docilidad al Espíritu recibido en el bautismo Gal 5,13-26 Rom 6 8,1-13. Pero subraya enérgicamente que el creyente no puede ni «gloriarse» de «su propia justicia» ni apoyarse en sus obras, como lo hacía Saulo el fariseo Flp 3,4.9 2Cor 11,16-12,4. Aun cuando «su conciencia no le reproche nada» delante de Dios 1Cor 4,4, cuenta sólo con Dios, que «obra en él el querer y el hacer» Flp 2,13. Realiza, pues, su salvación «con temor y temblor» Flp 2,12, pero también con una gozosa esperanza Rom 5,1-11 8 14-39: su fe le asegura «el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús» Rom 8,38s Ef 3,19. Gracias a Pablo. !a fe pascual, vivida por la comunidad primitiva, adquirió clara conciencia de sí misma. Se deshizo de las impurezas y de los límites que afectaban a la fe de Israel. Es plenamente la fe de la Iglesia.

IV. LA FE EN EL VERBO HECHO CARNE

Al final del NT la fe de la Iglesia medita con san Juan sobre sus orígenes. Como para mejor afrontar el porvenir, vuelve a aquel que le ha dado su perfección. La fe de que habla Juan es la misma de los sinópticos. Agrupa a la comunidad de los discípulos en torno a Jesús Jn 10,26s 17,8. Orientada por Juan Bautista 1,34s 5,33s, descubre la gloria de Jesús en Caná 2,11.

«Recibe sus palabras» 12,46s y «escucha su voz» 10,26s Dt 4,30. Se afirma por la boca de Pedro en Cafarnaum Jn 6,70s. La pasión es para ella una prueba 14,1-28s 3,14s y la resurrección su objeto decisivo 20,8.25-29.

Pero el cuarto evangelio es, mucho más que los sinópticos, el evangelio de la fe. Por lo pronto en él está la fe explícitamente centrada en Jesús y en su gloria divina. Hay que creer en Jesús 4,39 6,35 y en su nombre 1,12 2,23. Creer en Dios v en Jesús es una misma cosa 12,44 14,1 8,24=Ex 3,14. Porque Jesús y el Padre son uno 10,30 17,21; esta misma unidad es objeto de fe 14,10s. La fe debería llegar a la realidad invisible de la gloria de Jesús sin tener necesidad de ver los signos (milagros) que la manifiestan 2,11s 4,48 20,29. Pero si en realidad tiene necesidad de ver 2,23 11,45 y de tocar 20,27, esto no quita que esté llamada a explayarse en el conocimiento 6,69 8,28 y en la contemplación 1,14 11,40 de lo invisible.

Juan insiste además en el carácter actual de las consecuencias invisibles de la fe. Para el que crea no habrá juicio 5,24. Ya ha resucitado 11,25s 6,40, camina en la luz 12,46 y posee la vida eterna 3,16 6,47. En cambio, «el que no cree, ya está condenado» 3,18. La fe reviste así la grandeza trágica de una opción apremiante entre la muerte y la vida, entre la luz y las tinieblas; y de una opción tanto más difícil cuanto que depende de las cualidades morales de aquel al que se propone 3,19-21.

Esta insistencia de Juan en la fe, en su objeto propio, en su importancia, se explica por el fin mismo de su evangelio: inducir a sus lectores a compartir su fe creyendo «que Jesús es Cristo, el Hijo de Dios» 20,30 a venir a ser hijos de Dios por la fe en el Verbo hecho carne 1,9-14. La opción de la fe es posible a través del testimonio actual de Juan 1Jn 1,2s. Esta fe es la fe tradicional de la Iglesia: confiesa a Jesús como Hijo en la fidelidad a la enseñanza recibida 1Jn 2,23-27 5,1 y debe dilatarse en una vida limpia de pecado 3,9s animada por el amor fraternal 4,10ss 5,1-5. Como Pablo Rom 8,31-39; Ef 3,19 estima Juan que la fe induce a reconocer el amor de Dios a los hombres 1Jn 4,16.

Frente a los combates que vienen, el Apocalipsis exhorta a los creyentes a «la paciencia y a la fidelidad de los santos» Ap 13,10 hasta la muerte. Como fuente de esta fidelidad está siempre la fe pascual en el que puede decir: «Estaba muerto y ahora vivo por los siglos de los siglos» 1,18, el Verbo de Dios que establece irresistiblemente su reinado 19,11-16 Act 4,24-30.

El día en que, acabándose la fe, «veamos a Dios como es» 1Jn 3,2, todavía se proclamará la fe de pascua: «Tal es la victoria que ha triunfado del mundo; nuestra fe» 5,4.

Todos los derechos: Vocabulario de teología bíblica, X. Léon-Dufour

ESPERANZA

Hablar de la esperanza es decir el lugar que ocupa el porvenir en la vida religiosa del pueblo de Dios, un porvenir de felicidad, al que están llamados todos los hombres 1Tim 2,4. Las promesas de Dios revelaron poco a poco a su pueblo el esplendor de este porvenir, que no será una realidad de este mundo, sino «una patria mejor, es decir, celestial» Heb 11,16: «la vida eterna», en la que el hombre será «semejante a Dios» 1Jn 2,25 3,2.

La fe es la que garantiza la realidad de este porvenir prometido por Dios Heb 11,1 y de las exigencias que implica. Por la confianza se apoya el hombre en Dios, de quien este porvenir depende Jdt 9,5. La esperanza, enraizada en la fe y en la confianza, puede entonces desplegarse hacia el futuro y activar con su dinamismo toda la vida del creyente. La esperanza mantiene la paciencia y la fidelidad, cuya expresión mayor, según el NT, es el amor. Fe y confianza, esperanza, amor son, pues, diferentes aspectos de una actitud espiritual compleja, pero una. En hebreo, las mismas raíces expresan con frecuencia una u otra de estas nociones: sin embargo, el léxico de la esperanza se refiere más especialmente a las raíces qavah, ya- /ya/ y bgtah, que los traductores expresaron lo mejor que pudieron en griego (elpizo, elpis, pepoitha, hypo-menos) o en latín (spero, spes, confido, sustineo, exspecto…). El NT y probablemente san Pablo 1Tes 1,3 1Cor 13,13 Gal 5,5s establecerá con toda nitidez la tríada: fe, esperanza, caridad.

AT

I. LA ESPERANZA DE LAS BENDICIONES DE YAHVEH

Si la misteriosa promesa hecha ya en los orígenes por Dios a la humanidad pecadora Gen 3,15 9,1-17 atestigua que Dios no la dejó jamás sin esperanza, con Abraham es con quien comienza verdaderamente la historia de la esperanza bíblica. El porvenir garantizado por la promesa es sencillo: una tierra y una posteridad numerosa Gen 12,1s: fecundidad. Durante siglos enteros los objetos de la esperanza de Israel seguirán siendo del mismo orden terrenal: «la tierra que mana leche y miel» Ex 3,8.17, todas las formas de la prosperidad Gen 49 Ex 23,27-33 Lev 26,3- 13 Dt 28.

Este vigoroso ímpetu hacia los bienes de este mundo no hace, sin embargo, de la religión de Israel una simple moral del bienestar. Estos bienes terrestres son para Israel bendiciones Gen 39,5 49,25 y dones Gen 13,15 24,7 28,13 de Dios, que se muestra fiel a la promesa y a la alianza Ex 23,25 Dt 28,2. Cuando la fidelidad a Yahveh lo exige, estos bienes terrenales deben, pues, sacrificarse sin vacilar Jos 6,17-21 1Sa 15; el sacrificio de Abraham quedaba como ejemplo de esperanza perfecta en la promesa del Todopoderoso Gen 22. Esta situación hacía presagiar que un día conocería Israel una «esperanza mejor» Heb 7,19 hacia la que Dios va a conducir lentamente a su pueblo.

II. YAHVEH, ESPERANZA DE ISRAEL Y DE LAS NACIONES

Este progreso fue en primer lugar obra de los profetas que, aun purificando y manteniendo la esperanza de Israel, le abrieron ya nuevas perspectivas.

1. La falsa esperanza

Israel olvidó con frecuencia que un porvenir dichoso era un don del Dios de la alianza Os 2,10 Ez 16,15ss. Consiguientemente, se veía tentado a asegurarse este porvenir de la misma manera que las naciones: con un culto formalista, con la idolatría, el poder o las alianzas. Los profetas denuncian esta esperanza ilusoria Jer 8,15 13,16. Sin fidelidad no hay que esperar la salvación Os 12,7 Is 26,8ss 59,9ss. El día de Yahveh, «sombrío, sin la menor claridad» Am 5,20, será «el día de la ira» Sof 1,15ss. Jeremías 1-29 ilustra típicamente este aspecto del ministerio profético.

2. La verdadera esperanza

El porvenir parece a veces cerrarse delante de Israel, que entonces se ve tentado a decir: «Nuestra esperanza se ha destruido» Ez 37,11 Lam 3,18. Para los profetas queda entonces la esperanza como soterrada (Is 8,16s) pero no debe desaparecer: un resto se salvará Am 9,8s  Is 10,19ss. La realización del designio de Dios podrá así proseguirse. A la hora del castigo, el anuncio de este «porvenir lleno de esperanza» Jer 29,11 31,17 resuena en los oídos de Israel Jer 30-33 Ez 34-48 Is 40-55 para que se consuele y se mantenga su esperanza Sal 9,19. La misma infidelidad de Israel no debe impedir esperar: Dios le perdonará Is 11 Lam 3,22-33 Is 54,4-10 Ez 35,29. Si la salvación puede tardar Hab 2,3 Sof 3,8, es, sin embargo, cierta, pues Yahveh, que es fiel y misericordioso, es «la esperanza de Israel» Jer 14,8 17,13s.

3. Una nueva esperanza

La concepción profética del porvenir es muy compleja. Los profetas anuncian la paz, la salvación, la luz, la curación, la redención. Entrevén la maravillosa y definitiva renovación del paraíso, del éxodo, de la alianza, o del reinado de David. Israel «será saciado de las bendiciones» Jer 31,14 de Yahveh Os 2,23s Is 32,15 Jer 31 y verá afluir a él la riqueza de las naciones Is 61. Los profetas, próximos al antiguo Israel, sitúan en el centro del porvenir a Israel y su felicidad (bienaventuranza) temporal.

Pero suspiran también por el día en que Israel se verá lleno del conocimiento de Dios Is 11,9 Hab 2,14 porque Dios habrá renovado los corazones Jer 31,33ss Ez 36,25ss, mientras que las naciones se convertirán Is 2,3 Jer 3,17 Is 45,14s. Este porvenir será la época de un culto finalmente perfecto Ez 40-48 Zac 14, en el que tomarán parte las naciones Is 56,8 Zac 14,16s Sal 86,8s 102,22s. Ahora bien, la cima del culto es la contemplación de Yahveh Sal 63 84. Para los profetas, la esperanza de Israel y de las naciones es Dios mismo Is 60,19s 63,19 51,5 y su reinado Sal 96-99. Sin embargo, la felicidad de Israel esperada para el porvenir sigue todavía situada en la tierra y, salvo excepción Ez 18, es colectiva, mientras que la fidelidad de la que depende su venida es individual.

III. LA ESPERANZA DE LA SALVACIÓN PERSONAL Y EL MÁS ALLÁ

Estos progresos van a realizarse entre los piadosos y los sabios, en el marco de la fe en la retribución personal. Esta fe tropezaba con el problema planteado por el sufrimiento del justo. Un profeta había, sí, enseñado que este sufrimiento debía engendrar la esperanza en lugar de impedirla, puesto que era redentor Is 53. Pero esta anticipación no tuvo consecuencias en el AT. La esperanza de Job, por ejemplo, a pesar de los presentimientos Job 13,15 19,25ss, desemboca en la noche Job 42,1-6.

La esperanza de los místicos, colmada por la presencia de Dios, se siente llegada a su término: el sufrimiento y la muerte no tienen verdaderamente importancia para ella Sal 73 49,16,139,8-16. La fe de los mártires engendra la esperanza de la resurrección Dan 12,1ss 2Mac 7, mientras que la esperanza colectiva se orienta hacia el Hijo del hombre Dan 7. La esperanza de los sabios se orienta hacia una paz Sab 3,3, un reposo 4,7, una salvación 5,2, que no están ya en la tierra, sino en la inmortalidad 3,4, cerca del Señor 5,15s. De esta manera la esperanza se hace personal (5) y se orienta hacia el mundo venidero.

La esperanza judía del tiempo de Jesús reflejaba las diversas formas de la esperanza de Israel. Esperaba un porvenir a la vez material y espiritual, centrado en Dios y en Israel: temporal y eterno. La realización de este porvenir en Jesús iba a llevar a la esperanza a purificarse todavía más.

NT

I. LA ESPERANZA DE ISRAEL, REALIZADA EN JESÚS

Jesús proclama la venida del reino de Dios a este mundo Mt 4,17. Pero este reino es una realidad espiritual que sólo es accesible a la fe. La esperanza de Israel debe, pues, para ser colmada, renunciar a todo el aspecto material de su espera: Jesús pide a sus discípulos que acepten el sufrimiento y la muerte como él lo hizo Mt 16,24ss. Por otra parte, el reino, ya presente, es, no obstante, todavía futuro. La esperanza continúa, pues, pero orientada únicamente hacia la vida eterna 18,8s, hacia la venida gloriosa del Hijo del hombre «que retribuirá a cada uno según su conducta» 16,27 25,31-46.

Mientras llega ese día, la Iglesia, fuerte con las promesas 16,18 y con la presencia de Jesús 28,20, debe acabar de realizar la esperanza de los profetas, abriendo a las naciones su reino y su esperanza 8,11s 28,19.

II. JESUCRISTO, ESPERANZA DE LA IGLESIA

La esperanza de la Iglesia es, en la fe, una esperanza colmada. En efecto, el don del Espíritu acabó de cumplir o realizar las promesas Act 2,33.39. Toda la fuerza de su esperanza se concentra en su espera de la vuelta de Jesús 11,11 3,20. Este porvenir, llamado parusía Sant 5,8 1Tes 2,19, día del Señor, visita, revelación, parece muy próximo Sant 5,8 1Tes 4,13ss Heb 12,18ss 1Pe 4,7 y fácilmente se muestra extrañeza de que tarde 2Pe 3,8ss. En realidad vendrá «como un ladrón en la noche» 1Tes 5,1ss 2Pe 3,10 Ap 33,3 Mt 24,36. Esta incertidumbre exige que se esté en vela 1Tes 5,6 1Pe 5,8 con una paciencia inquebrantable en las pruebas y en el sufrimiento Sant 5,7ss 1Tes 1,4s 1Pe 1,5ss Lc 21,19.

La esperanza de la Iglesia es gozosa Rom 12,12, incluso en el sufrimiento 1Pe 4.13 Mt 5,11s, pues la gloria que se espera es tan grande 2Cor 4,17 que repercute ya en el presente 1Pe 1,8s. Esta esperanza engendra la sobriedad 1Tes 5,8 1Pe 4,7 y el desasimiento 1Cor 7,29ss 1Pe 1,13 Tit 2,13. ¿Qué son, en efecto, los bienes terrenales en comparación con la esperanza de «participar de la naturaleza divina» 2Pe 1,4? La esperanza, finalmente, suscita la oración y el amor fraterno 1Pe 4,7s Sant 5,8s. Fijada en el mundo venidero Heb 6,18 anima toda la vida cristiana.

III. LA DOCTRINA PAULINA DE LA ESPERANZA

San Pablo comparte la esperanza de la Iglesia, pero la riqueza de su pensamiento y de su vida espiritual aporta elementos de gran valor al tesoro común.

Así, el puesto que reserva a la «redención de nuestro cuerpo» Rom 8,23, ya sea transformación de los vivos 1Cor 15.51 1Tes 4,13-18 o sobre todo resurrección de los muertos. No creer en ésta es para Pablo estar «sin esperanza» 1Tes 4,13 1Cor 15,19 Ef 2,12.

La gloria no coronará sino «la constancia en la práctica del bien» Rom 2,7s Heb 6,12. Ahora bien, la libertad humana es frágil Rom 7,12-25. Siendo ello así, ¿puede el cristiano verdaderamente esperar tomar parte en la herencia prometida Col 4,24? Puede y debe, como Abraham, «esperar contra toda esperanza». Por razón de su fe en las promesas Rom 4,18-25 y de su confianza en la fidelidad de Dios, que garantizará la fidelidad del hombre 1Tes 5,24 1Cor 1,9 Heb 10,23 desde su llamada (vocación) hasta la gloria Rom 8,28-30.

El cumplimiento de las promesas en Jesucristo 1Cor 1,20 tiene un papel fundamental en la reflexión de Pablo. La gloria esperada es una realidad actual 2Cor 3,18-4,6, aunque invisible 2Cor 4,18 Rom 8,24s. Un bautizado está ya resucitado Rom 6,1-7 Col 3,1; el Espíritu es en él las primicias del mundo venidero Rom 8,11.23 2Cor 5,5. Dios ha hecho la gracia de la justificación a hombres, a los que Adán arrastraba a la muerte; «¡cuánto más» los conducirá a la vida su solidaridad con su Hijo Rom 5! Este cumplimiento en Cristo, de la esperanza de Israel es la revelación plenaria del motivo de la esperanza cristiana: un amor tal que nada ni nadie puede separar de él al cristiano Rom 8,31-39.

La esperanza personal de Pablo es, finalmente, un ejemplo admirable. Se despliega en su alma con extremada intensidad. Gime por no estar todavía colmada 2Cor 5,5 Rom 8,23 y se regocija con el pensamiento del porvenir que espera 1Cor 15,54ss. A su, luz, las más legítimas esperanzas humanas pierden todo su valor Flp 3,8. Apoyándose sólo en la gracia de Dios y no en las obras 1Cor 4,4 15,10 Rom 3,27, anima, sin embargo, con su dinamismo la carrera Flp 3,13s y el combate 2Tim 4,7 que sostiene Pablo para cumplir su misión, al mismo tiempo que evita ser «él mismo descalificado» 1Cor 9,26s. Entonces suscita, pero «en el Señor», nuevas esperanzas Flp 2,19 2Cor 1,9s 4,7-18. Cuando su muerte parece próxima, espera el premio Flp 3,14 que coronará su carrera 2Tim 4,6ss 1Cor 3,8. Pero sabe que su recompensa es Cristo mismo Flp 3,8. Su esperanza es ante todo la de estar con él Flp 1,23 2Cor 5,8. El radical desinterés que supone se manifiesta todavía por su abertura a la salvación de los «otros» 2Tim 4,8 2,7, cristianos 1Tes 2,19 o paganos, a los que quiere revelar a Cristo, «esperanza de la gloria» Col 1,24-29. La esperanza de Pablo abraza así en toda su amplitud Rom 8,19ss el designio de Dios y responde «con amor» 2Tim 4,8 al amor del Señor.

IV. LAS NUPCIAS DEL CORDERO

La esperanza joánnica no deja de ser una espera del retorno del Señor Jn 14,3 1Jn 2,18, de la resurrección y del juicio Jn 5,28s 6,39s. Pero prefiere reposar en la posesión de una vida eterna otorgada ya al creyente 3,15 6,54 1Jn 5,11ss, que ya está resucitado Jn 11,25s 1Jn 3.14 y juzgado Jn 3,19 5,24. El paso del cristiano a la eternidad no será sino la apacible manifestación 1Jn 4,18 de una realidad que ya existe 1Jn 3,2.

En el Apocalipsis son las perspectivas profundamente diferentes. El cordero resucitado, rodeado de cristianos Ap 5,11-14 14,1-5 15,2ss. triunfa ya en el cielo, de donde vendrá la Iglesia, su esposa 21,2. Pero esta esposa está al mismo tiempo en la tierra 22.17, donde se desarrolla el drama de la esperanza cristiana que tiene que habérselas con la historia. Los triunfas aparentes de los poderes satánicos pudieran fatigar esta esperanza. En realidad, el Verbo invencible combate y reina al lado de los suyos 19,11-16 20,1-6 y la victoria decisiva está próxima Ap 1,1 2,5 3,11 22,6.12. La esperanza de los cristianos debe, pues, triunfar hasta la venida del «universo nuevo», que realizará por fin plena y definitivamente las profecías del AT Ap 21-22.

Al final del libro promete el esposo: «Mi retorno está próximo.» Y la esposa le responde: «¡Ven, Señor Jesús!» Ap 22,20. Esta llamada reproduce una oración aramea de la Iglesia de los primeros días: Marana tha! 1Cor 16,22. La esperanza cristiana no hallará jamás mejor expresión, puesto que no es en el fondo sino el deseo ardiente de un amor que tiene hambre de la presencia del Señor.

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ENEMIGO

I. EL HECHO DE LA ENEMISTAD

1. Constancia y límites.

El hombre bíblico está siempre frente a su enemigo: es un hecho sobre el que ni siquiera se plantea cuestiones. Ya en el círculo familiar una enemistad operante opone a Caín y Abel Gen 4,1-16, a Sara y Agar Gen 16,1-7, a Jacob y a Esaú Gen 27-29, a José y a sus hermanos Gen 37,4, a Ana y Penina 1Sa 1,6s. En la ciudad, los profetas y los salmistas se quejan de sus enemigos Sal 31 35 42,10 Jer 18,18-23. Éstos pueden ser deudos Miq 7,6 Jer 12,6 o antiguos amigos Sal 55,13ss. Ha venido a ser como un esquema de pensamiento: tras toda adversidad se descubre un adversario, y el enfermo de los Salmos es casi siempre un perseguido Sal 13 38,1-16. Sin embargo, si el enemigo pertenece a la comunidad de Israel, la ley ve en él un sujeto de derechos Ex 23,4 Num 35,15. La nación misma se construye en este mundo de la Pero la hostilidad conoce matices: sin piedad en el caso de los cananeos o de los amalecitas Ex 17,16 1Sa 15, acaba por no ser más que una guerra fría para con Moab y Amón Dt 23,4-7, y el Deuteronomio deja entender a propósito de Edom y de Egipto Dt 23,8 que extranjero no significa necesariamente enemigo.

2. Origen.

¿Cómo explicarse en la historia sagrada la permanencia de este fenómeno? En realidad, es sencillamente un fenómeno o dato de la historia desde el día en que el pecado introdujo el odio. Israel adquiere conciencia de sí mismo en un mundo sin piedad. Querer verlo inmune en este aspecto sería querer que fuera de otra esencia que la humanidad de su tiempo. Dios toma al hombre al nivel en que lo halla. Los cananeos son atacados porque son idólatras Gen 15,16 Dt 20,16ss, pero también porque ocupan el territorio, la tierra prometida Dt 2,12. En este estadio se comprueba cierta identificación entre enemigos de Dios y enemigos de la nación: «Yo seré enemigo de tus enemigos» Ex 23,22.

II. LUCES SOBRE EL MUNDO DE LA ENEMISTAD

1. Un caso típico.

La lucha de Saúl contra David es el relato más detallado que nos queda de una enemistad personal. Sólo Saúl es aquí el enemigo. Se la ha tomado con la vida de David 1Sa 18,10s 19,9- 17 y se opone a un designio a la vez divino y terreno: la realeza de su rival. El móvil profundo de su odio es el que presenta la Biblia más frecuentemente: la envidia. En cuanto a David, evita dejarse contaminar por el odio de Saúl, y su actitud es tal que un cristiano, que debería superarla, tiene todavía mucho que hacer para igualarla. No pocos amigos de Dios debieron vivir, a su nivel, un drama semejante al de David, en el que abundan los signos de cierto afinamiento moral. El llamamiento de Dios, insertándose plenamente en su deseo de vivir, los condujo a deshacerse de su egoísmo sin perder sus contactos con la existencia.

2. La experiencia de la derrota

Israel como nación pasó por una experiencia bastante parecida. Por una guerra infligida a los otros (como la de la conquista), ¡qué de guerras tuvieron que afrontar! Con el tiempo la imagen del enemigo se confundió progresivamente con la del opresor; en ello no hay nada con qué alimentar sueños de poder. Así aprendió Israel que Yahveh, lejos de hacer al justo más fuerte, prefiere liberarlo él mismo Ex 14,13s.30. El enemigo no es vencido por el justo al que oprimía; perece víctima de sí mismo Sal 7,13-17; Saúl, Amán… En tanto llega su derrota, no triunfa sin razón; castiga en nombre de Dios y sin quererlo, enseña. Su eliminación completa está ligada con la plenitud de la bendición Gen 22,17 49,8 Dt 28,7. Ahora bien, a través de la historia, Yahveh lo deja subsistir Jue 2,3 2,20-23 Dt 7,22. Esta persistencia señala dos cosas: el nivel de cumplimiento de la promesa y el de la fidelidad del pueblo. Por una parte y por otra no ha llegado todavía el tiempo de la plenitud.

3. La obra del tiempo

Los que repetían las maldiciones del salmista mucho tiempo después de él no podían hacerlo en nombre de los mismos intereses particulares ni respecto a las mismas personas: en ello hay ya cierta purificación. Cierto despego de esta índole se nota en el libro de la Sabiduría Sab 10-19, que en la historia ve más los conflictos ideológicos que los conflictos de intereses. Cuando los Macabeos, reanudando la tradición de la guerra santa, luchan «por su vida y por sus leyes» 1Mac 2,40 3,21, lo hacen con clara conciencia del doble fin que expresa esta fórmula, que une sin confundir. En una palabra, por una parte no se reniega nunca el principio jurídico del talión, que, por lo demás, ponía cierto freno a la venganza Gen 4,15.24, y se concibe la victoria de Israel como la destrucción de sus enemigos (Est); por otra parte, la experiencia y la luz divina orientan los corazones hacia el amor. En medio de los consejos de prudencia, Ben Sira pide que el hombre perdone para ser perdonado por Dios Eclo 28,1-7 Prov 24,29. Es la exigencia de Jesús mismo.

III. JESÚS TRIUNFA DE LA ENEMISTAD

1. El mandamiento y el ejemplo

«Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian» Mt 5,44 p. Este mandamiento destaca entre las exigencias más nuevas 5,43 de Jesús. Él mismo tuvo enemigos, que no «lo quisieron como rey», como dice una parábola Lc 19,27. Le dieron muerte, y él en la cruz los perdonó Lc 23,34. Así debe hacerlo el discípulo a imitación de su maestro 1Pe 2,23, a imitación del Padre que está en los cielos Mt 5,45ss, cuyo perdón podrá obtener así Mt 6,12. El cristiano que perdona no se hace ilusiones acerca del mundo en que vive, como tampoco Jesús se hacía ilusiones acerca de los fariseos y de Herodes. Pero practica a la letra el consejo de la Escritura: amontonar carbones ardientes sobre la cabeza del enemigo Rom 12,20=Prov 25,21s. Esto no es venganza; este fuego se cambiará en amor si el enemigo consiente en ello; el hombre que ama a su enemigo aspira a convertirlo en amigo y toma para ello los medios con prudencia. En estas atenciones Dios mismo le precedió: cuando éramos sus enemigos nos reconcilió consigo por la muerte de su Hijo Rom 5,10.

2. La victoria sobre la enemistad

Jesús no viene, pues, a negar la enemistad, sino a manifestarla en su dimensión completa al momento de vencerla. No es un hecho como los otros; es un misterio, signo del reinado de Satán, el enemigo por excelencia: desde el huerto del Edén una enemistad lo opone a los hijos de Eva Gen 3,15. Enemigo de los hombres y enemigo de Dios, siembra en la tierra la cizaña Mt 13,39; por eso estamos expuestos a sus ataques. Pero Jesús dio a los suyos poder sobre todo poder que venga del enemigo Lc 10,19. Les viene del combate en que Jesús triunfó por su misma derrota, habiéndose ofrecido a los golpes de Satán a través de los de sus enemigos y habiendo vencido a la muerte con la muerte. Así derribó el «muro de enemistad» que cruzaba por la humanidad Ef 2,14-16. En tanto llega el día en que Cristo, para poner «a todos sus enemigos a sus pies», destruye para siempre a la muerte, que es «el último enemigo» 1Cor 15,25s, el cristiano combate con Jesús contra el viejo enemigo del género humano Ef 6,11-17. En torno a él, algunos se conducen como enemigos de la cruz de Cristo Flp 3,18, pero él sabe que la cruz lo lleva al triunfo. Esta cruz es el lugar, fuera del cual no hay reconciliación con Dios ni entre los hombres.

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