Enfermedad

La situación corporal de la enfermedad se traslada metafóricamente al ámbito de la mística para describir sensaciones psicológicas y espirituales parecidas a las somáticas. Como existe la enfermedad física, se da una enfermedad espiritual producida por el amor. La enfermedad comprende todas los demás sensaciones vinculadas al dolor, como la  herida, la  llaga, la  dolencia, etc. En su aplicación a la mística el Santo se sirve de esta definición elemental: “La enfermedad no es otra cosa sino falta de salud” (CB 11,11).

Con su aguda capacidad de observación, J. de la Cruz pudo comprobar que la enfermedad física condiciona inevitablemente el temple de ánimo y la disposición para obrar espiritualmente. Aplica en este caso su doctrina de la interferencia e inferencia necesaria entre  sentido y  espíritu, porción inferior y porción superior, dada la unidad en el “supuesto”-persona. Es un principio básico de su  antropología. A propósito de la enfermedad y su incidencia en la actividad espiritual hay que leer atentamente algunos capítulos de la Subida (cf. especialmente S 3,25-26).

Recuerda, a título de ejemplo, que del “destemple corporal” proceden las enfermedades con repercusión en el espíritu: “Nacen los malos movimientos, porque crecen los incentivos de la  lujuria. Críase derechamente gran torpeza en el espíritu, y estrágase el  apetito de las cosas espirituales, de manera que no puede gustar de ellas, ni aun estar en ellas ni tratar de ellas” (S 3,25,5).

No es este aspecto de la enfermedad el destacado en la pluma sanjuanista; la realidad física de la misma sirve simplemente de soporte para sus consideraciones o aplicaciones espirituales, de manera particular para trasladar al ámbito de la mística los síntomas y remedios de la enfermedad corporal. Desde esta perspectiva hay que distinguir dos acepciones fundamentales: una tradicional de índole moral y ascética; otra de carácter típicamente místico, vinculada al amor.

a) En su sentido más corriente la enfermedad de espíritu se identifica con la  culpa, la falta, el pecado o los defectos que dañan al alma. Los apetitos desordenados son la raíz o causa fundamental de las enfermedades morales; son como la fiebre en la enfermedad: “Cánsase y fatígase el alma que tiene apetitos, porque es como el enfermo de calentura, que no se halla bien hasta que no se le quite la fiebre, y cada rato le crece la sed” (S 1,6,6). Según el Santo, “no hay mal humor que tan pesado y dificultoso ponga a un enfermo para caminar, o hastío para comer, cuanto el apetito de criatura hace al alma pesada y triste para seguir la virtud” (S 1,10,4).

El remedio o cura radical de esta enfermedad no es otro que la purificación de todos los apetitos, hasta los más pequeños, como enseñan los capítulos finales del primer libro de la Subida. Es, al fin, aplicación del principio invocado por el Santo: los contrarios se curan con sus contrarios. El pecado con la virtud; el amor desordenado con el amor bien ordenado. Mientras no se arranque la raíz de toda enfermedad moral que son los apetitos desordenados persistirá el peligro de la recaída. Solamente la acción divina es capaz de llegar con su virtud hasta las raíces más recónditas del mal humano. Cuando el hombre se somete dócilmente a la acción catártica, Dios “está medicinando y curando al alma en sus muchas enfermedades para darle salud”. En medio de la pena purificativa “van saliendo a luz sus enfermedades, poniéndoselas a cura y delante de sus ojos a sentir” (LlB 1,21).

La virtud curativa de la purificación se resuelve en última instancia en capacidad para amar más intensa y auténticamente a Dios. El desarrollo del amor puede alcanzar tales niveles que produzca situaciones penosas en el alma, no por razón de culpa o pecado sino por sed inapagada de presencia y posesión del Amado. Es la otra vertiente de la “enfermedad”, la que se sitúa en la experiencia mística.

Puente de enlace con la anterior es esta afirmación base del simbolismo sanjuanista: “Así como el enfermo está debilitado para obrar, así el alma que está flaca en amor lo está también para obrar las virtudes heroicas” (CB 11,13).

b) La enfermedad de amor. Tiene indudablemente antecedentes bien conocidos en la lírica profana y en la literatura renacentista, pero J. de la Cruz “vuelve a lo divino” el topos tradicional inspirándose directamente en el Cantar de los Cantares e incorporándolo al simbolismo nupcial.

A medida que el alma va inflamándose en el amor divino, crece el deseo de la presencia y posesión del Amado. El amor imperfecto es de por si impaciente e insatisfecho; no descansa ni se serena con nada; las cosas terrenas no le complacen y, por otra parte, no disfruta de la anhelada presencia de Dios. El ansia permanente se vuelve lamento y gemido, hasta producir la sensación típica del enfermo (cf. CB 6.10.11.12 enteras). Hay momentos en que la enfermedad o herida de amor se vuelve deseo de morir, ya que “hace estar muriendo al alma de amor” (CB 7,1).

Justifica el Santo semejante situación con este argumento: “El corazón no puede estar en paz y sosiego sin alguna posesión, y, cuando está bien aficionado, ya no tiene posesión de sí ni de alguna cosa” (CB 9,6). Este es el estado del “bien enamorado” que todavía no posee plenamente a Dios. “En este término de amor, está como un enfermo muy fatigado que, teniendo perdido el gusto y el apetito, de todos los manjares fastidia y todas las cosas le molestan y enojan” (CB 10,1). Dibuja la angustiosa situación de enfermedad con una serie de comparaciones: “Entonces está el alma como el vaso vacío, que espera el lleno, y como el hambriento, que desea el manjar, y como el enfermo, que gime por la salud, y como el que está colgado en el aire, que no tiene en qué estribar” (CB 9,6).

En la cadena alegórica de la enfermedad de amor pueden distinguirse manifestaciones variadas, entre ellas la simple  dolencia (CB 11,11), y tres maneras de penar por el Amado:  la herida, la  llaga y la llaga afistolada o fístula (CB 7,2-4). Son otras tantas manifestaciones o efectos de la enfermedad de amor; corresponden a diversos grados del mismo, ya que como en la enfermedad corporal existen mejorías y agravamientos. El caso más caracterizado en este sentido es la llaga y la fístula (CB 7,3-4).

En realidad, la enfermedad comienza con el primer grado de amor, ya que éste es el que “hace enfermar al alma provechosamente”, aunque esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, porque en esta enfermedad desfallece el alma al pecado y a todas las cosas que no son Dios, por el mismo Dios”. Prosigue el Santo, copiando aquí al famoso apócrifo De decem gradibus amoris: “Porque así como el enfermo pierde el apetito y gusto de todos los manjares y muda de color primero, así también en este grado de amor pierde el alma el gusto y apetito de todas las cosas, y muda como amante el color y accidente de la vida pasada”. Pero advierte de inmediato: “Esta enfermedad no cae en ella el alma si de arriba no le envían el exceso de amor” (N 2,19,1).

La dolencia y la enfermedad de amor, lo mismo que sus manifestaciones en heridas y llagas, se diferencian de le enfermedad corporal en lo relativo a la cura. Tal diferencia afecta también a la enfermedad moral del pecado. Todo tipo de enfermedades, a excepción de la enfermedad de amor, dice el Santo que siguen el principio de filosofía, según el cual “cúranse contrarios con contrarios” (CB 11,11), mientras “la enfermedad de amor no tiene otra cura sino la presencia y la figura del Amado” (ib.).

c) Muerte de amor. J. de la Cruz anota además otra peculiaridad del amor en relación a la salud y la vida. Sin que se considere factor de enfermedad, el amor de Dios puede llegar a tales límites que termine con la vida del hombre. Es tesis sostenida con decisión por el Santo: “Es de saber que el morir natural de las almas que llegan a este estado –de  matrimonio espiritual– aunque la condición de su  muerte, en cuanto el natural, es semejante a las demás, pero en la causa y en el modo de la muerte hay mucha diferencia; porque, si las otras mueren muerte causada por enfermedad o por longura de días, éstas, aunque en enfermedad mueran o en cumplimiento de edad, no les arranca el alma sino algún ímpetu y encuentro de amor” (LlB 1,30).

Si es natural y obligado buscar y cuidar la salud corporal, otro tanto rige en el ámbito espiritual. La receta sanjuanista es convincente: “La salud del alma es el amor de Dios, y así, cuando no tiene cumplido amor, no tiene cumplida salud, y por, eso está enferma … cuanto más amor se le fuere aumentando, más salud tendrá y, cuando tuviere perfecto amor, será su salud cumplida” (CB 11,11).  Dolencia, herida, llaga, medicina, pena.

Eulogio Pacho

Enemigos del alma

No sólo en las  Cautelas habla J. de la Cruz de los enemigos del alma. A lo largo de sus libros vuelven a aparecer los tres clásicos:  mundo, demonio y carne. Pero no son los únicos, pues con este nombre designa también a los  apetitos desordenados que viven en el alma y la vencen (S 1,7,2) Y estas pasiones y apetitos que son la gente de su casa, o sus domésticos, el mismo Señor en el Evangelio los llama “los enemigos del hombre” (Mt 10, 36: N 2,14,1). Enemigos son, pues, también “los apetitos imperfectos” que andan quitando “la vida espiritual” al alma (LlB 2,31). En realidad, los apetitos o pasiones desordenadas vendrían a identificarse con la carne, como enemigo del alma, en cuanto que se trata más que nada del egoísmo, del amor propio, del yo imperfecto que se busca a sí mismo.

De los tres enemigos clásicos dice que son de tal naturaleza que siempre contrarían el  camino de la perfección que pueda llevar el alma (N 1, dclr 2). Están siempre alerta y al ataque. Por eso la persona ha de tomar posición ante ellos y afianzarse en sus propósitos. En los versos ni temeré las fieras, / y pasaré los fuertes y fronteras (CB 3, 5) se refiere a los tres enemigos “que son los que hacen guerra y dificultan el camino”. Y precisa: “Por las fieras entiende el mundo; por los fuertes, el demonio, y por las fronteras, la carne”. En el comentario se especifica el porqué de esos calificativos: el mundo se presenta ante quien comienza el camino de Dios como “a manera de fieras, haciéndole amenazas y fieros”. Tres son las fieras principales: 1ª) Faltará el favor del mundo, perderá los amigos, el crédito, valor y aun la hacienda. 2ª) Ya no tener nunca contentos ni deleites del mundo y privarse de todos sus regalos, le será insoportable. 3ª) Se levantarán contra ella las lenguas, será objeto de burlas, de dimes y diretes, de desprecios. Hay gente que encuentra “dificultosísimo no sólo el perseverar contra estas fieras, mas aun poder comenzar el camino”.

A personas más generosas las acometen fieras “más interiores y espirituales: dificultades y tentaciones, tribulaciones y trabajos de muchas maneras” por las que, según las disposiciones de Dios tendrán que pasar los “que quiere levantar a alta perfección, probándolos y examinándolos como al oro en el fuego”. El secreto para superar todo esto, y más, es el enamoramiento del Amado, estimado más que todas las cosas. Con su amor y favor todo se supera (CB 3,8).

Los fuertes que son los demonios “con grande fuerza procuran tomar el paso de este camino”. Son más astutos, fuertes, engañadores, duros de vencer. Y sólo se les vence con el poder divino: humildad, oración, mortificación y la cruz de Cristo, que son “las armas de Dios” (ib. 9).

Las fronteras, que tiene que pasar son las repugnancias y rebeliones de la carne que “se pone como en frontera resistiendo al  camino espiritual”. Aquí la lucha contra “todos los apetitos sensuales y afecciones naturales” (ib. 10). En el estilo que quiere llevar el alma hacia Dios entra el “ánimo para no temer las fieras, y fortaleza para pasar los fuertes y fronteras” (ib.10).

Ha J. aludido anteriormente a las pruebas interiores dispuestas y enviadas por Dios, lo que en otros términos llama  noche oscura. En el caso de la noche pasiva del sentido en virtud de tales pruebas asumidas el alma “admirablemente se libra de las manos de los tres enemigos”, es decir, la va librando Dios, dejándose ella librar por él (N 1,13,11).

El camino más seguro para que el alma salga victoriosa de los tres enemigos es el de las virtudes teologales. J. lo explica poética y espiritualmente al comentar la palabra disfrazada. El  disfraz que escoge el alma tiene como motivación principal agradar al Amado y también la de ir más segura. Con las virtudes teologales cae, de hecho, en gracia al Amado y va “muy amparada y segura de sus tres enemigos” (N 2,21,3). Esta afirmación general va acompañada de las explicaciones sucesivas acerca de cada una de las virtudes y del enemigo más directo de cada una de ellas. Vestida de  fe, va “muy amparada, más que con todas las demás virtudes, contra el demonio, que es el más fuerte y astuto enemigo”. Vestida de  esperanza se libra del mundo, y va muy segura de él con este “yelmo de salud” (1 Tes 5,8).

Finalmente, revestida o disfrazada de  caridad, “que es ya la del amor que en el Amado hace más amor, no sólo se ampara y encubre del tercer enemigo que es la carne (porque donde hay verdadero amor de Dios, no entrará amor de sí ni de sus cosas), pero aun hace válidas a las demás virtudes, dándoles vigor y fuerza para amparar al alma” (ib. 10).

Contrariando siempre como por instinto la vida y el camino del alma a Dios, hay puntos o momentos, o encrucijadas donde su acción enemiga se muestra con más fuerza o astucia. Un campo fácil para estos engaños del demonio es el de las “cosas extraordinarias” de  visiones y revelaciones. El alma nunca se ha de atrever a admitirlas, “aunque sean de Dios, porque si las quiere admitir, hay seis inconvenientes” (S 2,11,7). El sexto de tales inconvenientes es como abrir “puerta al demonio para que le engañe en otras semejantes”, sirviéndose de sus astucias. Ese mundo de comunicaciones hay que desecharlo “a ojos cerrados, sean de quien se fueren”. Si no se obra así, el demonio irá entremezclando sus visiones con las de Dios y todo se vendrá “a quedar en demonio y nada de Dios”. La experiencia lo demuestra, y para quienes se han dejado engañar y seducir les resulta dificilísimo volver a la  pureza de la fe, “habiendo ya el demonio echado en ellas muchas raíces” (S 2,11,8). Un nuevo daño que hace el demonio por ese camino es “injerir en el alma satisfacción de sí oculta, y a veces harto manifiesta”, creyéndose ya algo delante de Dios (S 2,11,5).

Otro campo de batalla se sitúa en el paso de la  meditación a la contemplación. El demonio acude con sus ardides al sentido de la imaginación y fantasía para ofrecer en esta “puerta y plaza de provisión” del entendimiento, “sus joyas de imágenes y formas sobrenaturales”, lo mismo que acude Dios (S 2,16,4); y no hay que olvidar que el demonio es un gran tratante (S 3,38,3).

Todos los daños y provechos que articula el Santo en S 3 (cc. 18-45) y que se originan positiva o negativamente de vivir desapegados o apegados a las clases de bienes que va examinando en esos capítulos, tienen que ver particularmente con el mundo, como enemigo vencido o vencedor. Con un par de ejemplos nos podrá bastar: por bienes temporales entiende riquezas, estados, oficios y otras pretensiones, etc.

Cuando comienza a enumerar los daños que se le pueden seguir al alma de poner el gozo en esos bienes temporales, dice que son tantos que “ni tinta ni papel bastaría, y el tiempo sería corto” para hablar de ellos. Apartarse de Dios es la raíz de un daño privativo que engendra otros muchos (S 3,19,1-2). Apartarse de Dios equivale a juntarse indebidamente con las criaturas y dejarse vencer y esclavizar por el mundo como enemigo del alma (ib. nn. 3-11).

De los bienes naturales:  hermosura, donaire, dotes corporales, etc., abrazados con  gozo desordenado nace otra serie de daños con las mismas o peores consecuencias, y a través de esa complacencia guerrea y vence al mundo (S 3,22). Cuando el  hombre que es superior en dignidad a cualquier bien creado se sirve de él indebidamente está siendo enemigo de sí mismo. Y la gama de esas posibles y tantas veces reales esclavitudes es inmensa e interminable.  Apetitos, carne, demonio, mundo.

José Vicente Rodríguez

Endiosamiento

EUnión

La  unión transformante, meta del camino espiritual enseñado por J. de la Cruz, tiene como remate la conversión de lo humano en divino. Equivale a endiosarse o “endivinarse” (LlA 2,18), según expresiones del Santo. El hombre se vuelve deiforme cuando está totalmente poseído de Dios. “El alma, unida a la Santísima Trinidad, se ha deiforme y Dios por participación” en la medida en que ello es posible en esta vida (CB 49,4).

Las expresiones preferidas por J. de la Cruz para expresar esa realidad aparecen siempre vinculadas a la doctrina sobre la unión o transformación. Cuando alude a una situación o estado se designa con la clásica fórmula del  matrimonio espiritual. En este estado el alma “no tiene ya afectos de voluntad, ni inteligencias de entendimiento, ni cuidado ni obra alguna que todo no sea inclinado a Dios, junto con sus apetitos, porque está como divina, endiosada” (CB 27,7).

Ese endiosamiento reproduce el ser divino tal como se ha revelado por la fe, es decir, uno y trino. No seria transformación auténtica en Dios ni no fuese en la Trinidad (CB 39,3-4). Ese es el remate de la obra del  Espíritu Santo en el hombre, ya que con sus “embestimientos” le va penetrando siempre más, “endiosando la sustancia del alma, haciéndola divina, en lo cual absorbe al alma sobre todo ser a ser de Dios” (LlB 1,35).  Deiforme, endiosar, endivinar, transformación, unión.

Eulogio Pacho

Juan 1,1-18

Por: Raniero Cantalamessa

De las tres misas de Navidad, la última, llamada «del día», está reservada a una reflexión más profunda sobre el misterio. Un deber de este género no podía ser confiado más que a Juan, del cual está sacado en efecto el Evangelio de la misa. Lucas (misa de la medianoche y de la aurora) narra el nacimiento de Cristo desde María, Juan su nacimiento desde Dios.

Esta revelación está introducida, en la segunda lectura, por las palabras de la carta a los Hebreos. La venida de Cristo al mundo ha señalado el gran cambio en las relaciones entre Dios y el hombre. Dios, que antes de ahora, hablaba con los hombres sólo mediante una persona interpuesta por medio de los profetas ahora nos habla «en persona», porque el Hijo no es más que «el reflejo de su gloria, impronta de su sustancia».

Vayamos directos al vértice del prólogo de Juan: «Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros» y, de inmediato, planteémonos la pregunta, que debe ayudarnos a penetrar en el corazón del misterio de la Navidad: ¿Por qué la Palabra o Verbo se ha hecho carne? ¿Por qué Dios se ha hecho hombre? En el Credo hay una frase que en este día de Navidad se recita poniéndose de rodillas: «Por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre».

Es la respuesta fundamental y perennemente válida a nuestra pregunta: «¿Por qué la Palabra se ha hecho carne?» Pero, tiene necesidad ella misma de ser comprendida a fondo. La pregunta, en efecto, se puede plantear bajo otra forma: ¿Y por qué se ha hecho hombre «para nuestra salvación»? ¿Sólo porque nosotros teníamos pecado y teníamos necesidad de ser salvados? No somos los primeros en planteamos esta pregunta. Ella ha apasionado a generaciones de creyentes y de teólogos en los pasados siglos y es bonito, ahora que hemos entrado desde hace poco en el tercer milenio de la encarnación, ver el camino por ellos recorrido y las soluciones a las que han llegado. No son conceptos imposibles de entender, con un poco de esfuerzo, asimismo para un simple creyente y en compensación abren horizontes nuevos a la fe y a la alabanza.

En el Medioevo se hace camino una explicación de la encarnación, que traslada el acento del hombre y de su pecado a Dios y a su gloria. Se comenzó a preguntarse: ¿puede la venida de Cristo, que es llamado «el primogénito de toda creación» (Colosenses 1, 15), depender totalmente del pecado del hombre, realizado a continuación de la creación? San Anselmo parte de la idea del honor de Dios, ofendido por el pecado, que debe ser reparado y del concepto de la «justicia» de Dios, que debe ser «satisfecha». Escribe un tratado con el título ¿Por qué Dios se ha hecho hombre? (Cur Deus homo?), en donde dice entre otras cosas: «La restauración de la naturaleza humana no hubiera podido suceder, si el hombre no hubiese pagado a Dios lo que le debía por el pecado. Pero, la deuda era tan grande que, para satisfacerlo, era necesario que aquel hombre fuese Dios. Por lo tanto, era necesario que Dios asumiese al hombre en la unidad de su persona, para hacer, sí, que aquel que debía pagar y no podía según su naturaleza, fuese personalmente idéntico con aquel que lo podía».

La situación, de la que se hace eco un autor oriental, era ésta. Según la justicia, el hombre debiera haber asumido la deuda y traer la victoria, pero era siervo de aquellos a quienes debía haber vencido en la guerra; Dios, por el contrario, que podía vencer, no era deudor de nada a nadie. Por lo tanto, uno debía traer la victoria sobre Satanás; pero, sólo el otro podía hacerlo. He aquí, pues, el prodigio de la sabiduría divina que se realiza en la encarnación: los dos, el que debía combatir y el que podía vencer, se encuentran unidos en la misma persona, Cristo, Dios y hombre, y alcanza la salvación (N. Cabasilas).

Sobre esta nueva línea, un teólogo franciscano, Duns Scoto, da el paso decisivo, liquidando la encarnación de su ligamen esencial con el pecado del hombre y asignándole, como motivo primario, la gloria de Dios. Escribe: «En primer lugar, Dios se ama a sí mismo; en segundo lugar, se ama a través de otros distintos a sí con un puro amor; en tercer lugar, quiere ser amado por otro que lo pueda amar en un grado sumo, hablando, se entiende, del amor de alguno fuera de él». El motivo de la encarnación es, por lo tanto, que Dios quiere tener, fuera de sí, a alguno que lo ame en un modo sumo y digno de él. Y éste no puede ser otro que el hombre-Dios, Jesucristo. Cristo se hubiera encarnado incluso si Adán no hubiese pecado, porque él es la coronación misma de la creación, la obra suprema de Dios.

El problema del porqué Dios se ha hecho hombre llega a ser rápidamente el objeto de una de las más encendidas disputas de la historia de la teología. Por una parte, los tomistas sostenían el motivo de la redención por el pecado; por otra, los escotistas sostenían el motivo que podríamos llamar por la gloria de Dios. Hoy no nos apasionamos más en estas disputas antiguas. Pero, la pregunta: «¿Por qué Dios se ha hecho hombre?» es demasiado vital para que pueda pasarnos en silencio. Permanecemos siempre en la superficie de la Navidad, sin comprender el sentido profundo, el único capaz de rellenar de veras el corazón de gratitud y de alegría.

El descubrimiento del verdadero rostro de Dios en la Biblia, en acto en la teología moderna, junto con el abandono de ciertos trazos hereditarios del «dios de los filósofos», nos ayuda a descubrir el alma de la verdad encerrada en la intuición de los pensadores medievales; pero, para completarla y superarla. En su respuesta a la pregunta: «¿Por qué Dios se ha hecho hombre?», san Anselmo parte del concepto de la justicia de Dios, que hay que satisfacer. Ahora bien, es cierto que nos encontramos delante de un residuo de la concepción griega de Dios, en la cual Dios viene experimentado «como justicia y como sumo principio de compensación». La justicia es la esencia de este Dios, al que, en sentido estricto, no es posible dirigir la plegaria. Para Aristóteles, Dios es esencialmente la condición última y suficiente para la existencia del orden cósmico.

También la Biblia conoce el concepto de la «justicia de Dios» e insiste frecuentemente. Pero hay una diferencia fundamental: la justicia de Dios, especialmente en el Nuevo Testamento y en Pablo, no indica tanto el acto mediante el cual Dios restablece el orden moral trastornado por el pecado, castigando al trasgresor, cuanto más bien el acto mediante el cual Dios comunica al hombre su justicia, lo hace justo. La reparación o expiación de la culpa no es la condición para el perdón de Dios, sino su consecuencia.

También, en la solución de Duns Scoto el punto débil está en el hecho de que se parte de una idea de Dios más aristotélica que bíblica. Scoto dice que Dios decreta la encarnación del Hijo para tener a alguno, fuera de sí, que lo ame en un modo sumo. Mas que Dios «sea amado» esto es lo más importante y, más bien, lo solo posible para Aristóteles y la filosofía griega, no para la Biblia. Para la Biblia lo más importante es que Dios «ama» y ama primero (Juan 4,10.19). Por lo tanto, en teología, hasta que, en el puesto de «un Dios que ama», dominaba la idea de «un Dios que tiene que ser amado», no se podía dar una respuesta satisfactoria a la pregunta por qué Dios se ha hecho hombre. La revelación del Dios-amor cambia todo lo que el mundo hasta entonces había pensado sobre la divinidad.

Estas premisas allanan el camino a una nueva solución del problema del porqué de la encarnación. Dios ha querido la encarnación del Hijo no tanto por tener a alguno fuera de la Trinidad, que lo amase en un modo digno de sí, cuanto más bien para tener fuera de sí a alguno para amar en un modo digno de sí, esto es, sin medida; a alguno, que fuese capaz de acoger la medida de su amor, que es ¡ser sin medida! He aquí el porqué de la encarnación. En Navidad, cuando nace en Belén el Niño Jesús, Dios Padre tiene a alguno a quien amar fuera de la Trinidad en un modo sumo e infinito, porque Jesús es hombre y Dios a la vez. Pero no sólo a Jesús, también a nosotros junto con él. Nosotros estamos incluidos en este amor, habiendo llegado a ser miembros del cuerpo de Cristo, «hijos en el Hijo». Nos lo recuerda el mismo prólogo de Juan: «A cuantos la recibieron [la Palabra], les da poder para ser hijos de Dios» (Juan 1,12).

Esta respuesta al porqué de la encarnación estaba escrita en letras claras en la Escritura, por el mismo evangelista, que ha escrito el prólogo; pero, ha sido necesario todo este tiempo (y no estamos todavía en el final) para comprenderla a fondo: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Juan 3,16).

Sí. Cristo ha bajado del cielo «para nuestra salvación»; pero lo que le ha empujado a descender del cielo para nuestra salvación ha sido el amor, nada más que el amor. Navidad es la prueba suprema de la «filantropía» de Dios, como la llama la Escritura (Tito 3,4), esto es, a la letra, de su amor para con los hombres.

¿Cuál debe ser entonces nuestra respuesta última a la Navidad? «Amor sólo con amor se paga»: al amor no se puede responder de otro modo que volviendo a amar. En el canto navideño Adeste fideles hay una expresión profunda: «¿Cómo no volver a amar a uno que tanto nos ha amado?» (Sic nos amantem quis non redamaret?). Se pueden hacer tantas cosas para solemnizar la Navidad; pero, ciertamente, lo más verdadero y más profundo está sugerido por estas palabras. Ésta es la Navidad a la que el Espíritu Santo desea conducir a los verdaderos creyentes. Un pensamiento sincero de gratitud, de conmoción y de amor para aquel que ha venido a habitar en medio de nosotros, es ciertamente el don más exquisito que podemos dar al Niño Jesús, el adorno más bello en torno a su pesebre. Y no es difícil; basta meditar un poco sobre su amor para con nosotros, sentir cuánto nos ha amado. El amor, ha dicho Dante, «a ningún amado amar perdona»: hace, sí, que quien se siente amado no pueda menos que volver a amar.

El amor tiene necesidad de traducirse en gestos concretos. El más sencillo y universal (cuando es limpio e inocente) es el beso. ¿Queremos dar un beso a Jesús, como se desea hacer con todos los niños apenas nacidos? No nos contentemos de darlo sólo a su figurilla de yeso o de porcelana, démoslo a un Jesús-niño en carne y huesos. ¡Démoslo a un pobre, a uno que sufre y se lo habremos dado a él! Un beso, en este sentido, es una ayuda concreta; pero, también, una palabra buena, un desear ánimo, una visita, una sonrisa. Son las luces más bellas que podemos encender en nuestro pesebre.

Lucas 2,15-20

Por Raniero Cantalamessa

Los pastores personifican la respuesta de fe ante el anuncio del misterio. Ellos abandonan su rebaño, interrumpen su reposo, lo dejan todo; todo pasa a un segundo término frente a la invitación dirigida por Dios a ellos: «Los pastores se decían unos a otros: “Vamos derechos a Belén, a ver eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor”. Fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño».

María personifica el planteamiento contemplativo y profundo de quien, en silencio, contempla y adora el misterio: «María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón».

Busquemos recoger la tácita invitación, que nos viene de estos modelos y acerquémonos también nosotros al misterio por los dos caminos de la fe y de la adoración.

Hay verdades y acontecimientos que se pueden entender mejor con el canto que con las palabras y una de ésas es precisamente la Navidad. Nos pueden ayudar a entender algo del misterio de esta fiesta algunos de los cantos navideños más populares del mundo cristiano. Ellos han inspirado a generaciones antes que a nosotros, han encantado nuestra infancia y para muchos permanecen el único reclamo al significado religioso de la fiesta.

El primero es Tu scendi dalle stelle esto es «Tú desciendes de las estrellas», compuesto por san Alfonso María de Ligorio. ¿Cómo se ve la Navidad en este canto navideño, el más popular en Italia? ¿Cuál es el mensaje, que nos quiere transmitir? La Navidad nos aparece en él como la fiesta del Amor, que se hace pobre por nosotros. El rey del cielo nace «en una gruta con frío y hielo»; al creador del mundo le «faltan panes y fuego». Esta pobreza nos conmueve sabiendo que «te has hecho amor pobre aún», que fue el amor quien te hizo pobre. Con palabras sencillísimas, casi infantiles (y ¡es un doctor de la Iglesia quien las escribe!), viene expresado el mismo significado profundo de la Navidad que el apóstol Pablo incluía en las palabras: «Nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de enriqueceros con su pobreza» (2 Corintios 8,9).

Navidad es, por lo tanto, la fiesta de los pobres, de todos los pobres, no sólo de los materiales. Hay infinitas formas de pobreza que, al menos una vez al año, vale la pena recordar, para no permanecer siempre fijos en la sola pobreza de los bienes materiales. Hay la pobreza de afectos, la pobreza de instrucción, la pobreza de quien ha sido privado de lo que tenía como más querido en el mundo, de la mujer rechazada por el marido o del marido rechazado por la mujer. La pobreza de quien no ha tenido hijos, de quien debe depender físicamente de los demás. La pobreza de esperanza, de alegría. En fin, la pobreza peor de todas, que es la pobreza de Dios.

Junto a todas estas pobrezas negativas, hay asimismo sin embargo una pobreza hermosa, que el Evangelio llama pobreza de espíritu. Es la pobreza de quien siente no tener méritos para establecerse delante de Dios y por ello no se apoya orgullosamente sobre sí mismo, no se siente superior a los demás, y está más preparado para poner toda su confianza en Dios.

¿Cuál es, por lo tanto, el mensaje que nos viene a nosotros del misterio de Navidad? Hay pobrezas, nuestras y de otros, contra las cuales es necesario luchar con todas las fuerzas, porque son pobrezas malas, deshumanizadoras, no queridas por Dios, fruto de la injusticia de los hombres; pero, ¡existen tantas formas de pobreza que no dependen de nosotros! Con estas últimas debemos reconciliamos, no dejarlas tirar fuera, sino llevarlas con dignidad. Jesucristo ha escogido la pobreza; hay en ella un valor y una esperanza. Quien ya cree tenerlo todo está satisfecho, no desea y no espera nada, y no esperando nada está triste y aburrido, porque la alegría más pura es la que viene precisamente de la espera y de la esperanza.

Tu scendi dalle stelle, sin embargo, nos recuerda igualmente alguna otra cosa: que hoy hay también niños, a los que «faltan panes y fuego», que están junto «al frío y al hielo», enfermos y abandonados. Ellos son el Niño Jesús de hoy. En Navidad debemos hacer algún gesto de solidaridad hacia los pobres. ¿Para qué nos serviría si construyésemos espléndidos pesebres, encendiésemos luces por todas partes, hiciésemos recogida de niñitos artísticos, si después dejamos junto al frío y al hielo a los «niños Jesús» en carne y huesos, que están junto a nosotros? «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25,40). A este respecto hay en la actualidad tantas iniciativas de solidaridad y sería necesario darlas a conocer más, para no hacer siempre y sólo propaganda del mal y de igual forma para estimularnos a sostenerlas.

Pasemos, ahora, a otro canto navideño, quizás el más estimado en todo el mundo. Se trata del conocidísimo Noche de paz (Stille Nacht, en su lengua original), compuesto una noche de Navidad por un alemán de nombre Gruber. El mensaje fundamental de este canto no está ni en las ideas, que comunica (casi ausentes), sino en la atmósfera que crea. Una atmósfera de asombro, de calma y, sobre todo, de fe. El texto original, traducido, dice:

«¡Noche de silencio, noche santa!

Todo calla, sólo vigilan los dos esposos santos y píos.

Dulce y querido Niño, duerme en esta paz celestial».

Este canto me parece cargado de un mensaje importante para la Navidad. Habla de silencio, de calma; y nosotros tenemos una necesidad vital de silencio. Quizás sea la condición para reencontrar algo sobre la verdadera atmósfera de fiesta, que hemos siempre soñado. «La humanidad, decía Kierkegaard, está enferma de ruidos».

La Navidad podría ser para alguno la ocasión para descubrir la belleza de momentos de silencio, de calma, de diálogo consigo mismo y con las personas, los ojos con los ojos, no cada uno con la oreja colgada del propio teléfono. Cuando pienso en la Navidad de mi infancia, el recuerdo más bello que aflora es el del breve viaje a medianoche hacia la iglesia o el despertar de la mañana, bajo una capa de nieve, que lo cubría todo en un extraordinario y dulcísimo silencio.

Un texto de la liturgia navideña, sacado del libro de la Sabiduría (18, 14-15), dice: «Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra omnipotente, oh Señor, se lanzó desde los cielos, desde el trono real»; y san Ignacio de Antioquía llama Jesucristo a «la Palabra salida del silencio» (Ad Magnesios 8,2). También hoy, la palabra de Dios desciende allá donde encuentra un poco de silencio.

María es el modelo insuperable de este silencio adorador. Se nota una clara diferencia entre su planteamiento y el de los pastores. Los pastores se ponen en camino diciendo: «Vamos derechos a Belén, a ver eso que ha pasado» (Lucas 2,15); y vuelven glorificando a Dios y contando a todos lo que habían visto y oído. María calla. Ella «no tiene palabras». Su silencio no es un simple callar; es maravilla, asombro, adoración, es un «religioso silencio», un estar abrumada por la grandeza de la realidad.

La interpretación más verdadera del silencio de María es la de ciertos iconos orientales, en donde ella está representada frontalmente, inmóvil, con la mirada fija, los ojos desencajados, como quien ha visto cosas que no se pueden volver a expresar. También, algunas célebres representaciones de la Navidad del arte occidental (Della Robbia, Lippi) nos muestran a María así: de rodillas delante del Niño, en un planteamiento de asombro y vencida adoración. Es una invitación a quien mira para hacer lo mismo. Un canto navideño, no menos conocido que los precedentes, el Adeste fideles, repite continuamente: «Venid, fieles, adoremos al Señor».

Termino con una bella leyenda navideña que resume todo el mensaje que hemos recogido de los dos cantos navideños: pobreza y silencio. Entre los pastores, que acudieron la noche de Navidad para adorar al Niño, había uno tan pobre que no tenía absolutamente nada para ofrecer y se avergonzaba mucho. Llegados a la gruta, todos hacían pugna por ofrecer sus dones. María no sabía cómo hacer para recibirlos a todos, debiendo sostener al Niño. Entonces, viendo al pastorcillo con las manos libres, coge y le confía, por un momento, a Jesús a él. Tener las manos vacías fue su suerte.

Es la suerte más bella que nos podría suceder a nosotros. Hacernos encontrar en esta Navidad con el corazón tan pobre, tan vacío y silencioso que María, viéndonos, pueda confiamos también a nosotros al Niño suyo. «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mateo 5,3). De ellos es la Navidad.

Lucas 2,1-14

Por: Raniero Cantalamessa

Tres o cuatro líneas dispuestas de palabras humildes y acostumbradas para describir, en absoluto, el acontecimiento más importante de la historia del mundo, esto es, la venida de Dios sobre la tierra:

«Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada».

El deber de esclarecer el significado y el alcance de este acontecimiento es confiado por el evangelista al canto que los ángeles entonan después de haber facilitado el anuncio a los pastores: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor».

A este breve canto angelical, desde el siglo II, le fueron añadidas algunas aclamaciones a Dios («Te alabamos, te bendecimos…»), seguidas, un poco más tarde, por una serie de invocaciones a Cristo («Señor Dios, cordero de Dios…»). Así, ampliado, el texto fue introducido primero en la misa de Navidad y después en todas las misas de los días festivos, como acontece también hoy. El Gloria, cantado o recitado al inicio de la misa, constituye por ello un anuncio de la Navidad, presente en toda Eucaristía, casi para significar la continuidad vital, que hay entre el nacimiento y la muerte de Cristo, su encarnación y su misterio pascual.

La aclamación angélica está compuesta por dos tramos, en los que cada uno de los elementos se corresponden entre sí en perfecto paralelismo. Tenemos tres parejas de términos en contraste entre sí: gloria-paz; a Dios-a los hombres; en los cielos-en la tierra.

Se trata de una proclamación gramaticalmente en indicativo, no en optativo; los ángeles proclaman una noticia, no expresan sólo un deseo y un voto. El verbo sobreentendido no es sea, sino es; no «haya paz», sino «es paz». En otras palabras, con su canto los ángeles expresan el sentido de lo que ha acontecido, declaran que el nacimiento del Niño realiza la gloria de Dios y la paz a los hombres. Así interpreta las palabras de los ángeles la liturgia, que en el canto de introducción de esta misa repite: «Hoy, desde el cielo, ha descendido la paz sobre nosotros».

Intentemos ahora recoger el significado de cada uno de los términos del cántico. «Gloria» (doxa) no indica aquí sólo el esplendor divino, que forma parte de su misma naturaleza, sino también y más aún la gloria, que se manifiesta en el actuar personal de Dios y que suscita glorificación por parte de sus criaturas. No se trata de la gloria objetiva de Dios, que existe siempre e independientemente de todo reconocimiento, sino del conocimiento o de la alabanza, de la gloria de Dios por parte de los hombres. San Pablo habla, en este mismo sentido, de «la gloria de Dios, que está en la faz de Cristo» (2 Corintios 4,6).

«Paz» (eirené) indica, según el sentido pleno de la Biblia, el conjunto de bienes mesiánicos esperados para la era escatológica; en particular, el perdón de los pecados y el don del Espíritu de Dios. El término es muy cercano al de «gracia», al que está casi siempre unido en el saludo, que se lee al inicio de las cartas de los apóstoles: «A vosotros gracia y paz, de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo» (Romanos 1,7). Indica mucho más que la ausencia o eliminación de guerras y de confrontaciones humanas; indica la restablecida, pacífica y filial relación con Dios, esto es, en una palabra, la salvación. «Habiendo, pues, recibido de la fe la justificación, estamos en paz con Dios» (Romanos 5,1). En esta línea, la paz vendrá identificada con la misma persona de Cristo: «porque él es nuestra paz» (Efesios 2,14).

En fin, el término «beneplácito» (Eudokia) indica la fuente de todos estos bienes y el motivo del actuar de Dios, que es su amor. El término, en pasado, venía traducido como «buena voluntad» (pax hominibus bonae voluntatis esto es, paz a los hombres de buena voluntad) entendiendo con ello la buena voluntad de los hombres o los hombres de buena voluntad. Con este significado la expresión ha entrado en el cántico del Gloria y ha llegado a ser corriente en el lenguaje cristiano. Después del concilio Vaticano II se suele indicar con esta expresión a todos los hombres honestos, que buscan lo verdadero y el bien común, sean o no creyentes.

Pero, es una interpretación inexacta, reconocida hoy como tal por todos. En el texto bíblico original se trata de los hombres, que son queridos por Dios, que son objeto de la buena voluntad divina, no que ellos mismos estén dotados de buena voluntad. De este modo el anuncio resulta aún más consolador. Si la paz fuese concedida a los hombres por su buena voluntad, entonces sería limitada a pocos, a los que la merecen; mas, como es concedida por la buena voluntad de Dios, por gracia, se ofrece a todos. La Navidad no es una llamada a la buena voluntad de los hombres, sino un anuncio radiante de la buena voluntad de Dios para con los hombres.

La palabra-clave para entender el sentido de la proclamación angélica es, por lo tanto, la última, la que habla del «querer bien» de Dios hacia los hombres, como fuente y origen de todo lo que Dios ha comenzado a realizar en la Navidad. Nos ha predestinado a ser sus hijos adoptivos «según el beneplácito de su voluntad», escribe el apóstol (Efesios 1,5); nos ha hecho conocer el misterio de su querer, según cuanto había preestablecido «según el benévolo designio (Eudokia)»(Efesios 1,5.9). Navidad es la suprema epifanía, de lo que la Escritura llama la filantropía de Dios, esto es, su amor por los hombres:

«Se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres» (Tito 3,4).

Hay dos modos de manifestar el propio amor a otro. El primero consiste en hacerle regalos a la persona amada. Dios nos ha amado así en la creación. La creación es toda ella un dádiva: don es el ser que poseemos, don las flores, el aire, el sol, la luna, las estrellas, el cosmos, en el que la mente humana se pierde. Pero, hay un segundo modo de manifestar a otro el propio amor, mucho más difícil que el primero, y es olvidarse de sí mismo y sufrir por la persona amada. Y éste es el amor con el que Dios nos ha amado en su encarnación. San Pablo habla de la encarnación como de una kenosis, de un despojarse de sí mismo, que el Hijo ha realizado al tomar la forma de siervo (Filipenses 2,7). Dios no se ha contentado con amarnos mediante un amor de munificencia, sino que nos ha amado también con amor de sufrimiento.

Para comprender el misterio de la Navidad es necesario tener el corazón de los santos. Ellos no se paraban en la superficie de la Navidad, sino que penetraban lo íntimo del misterio. «La encarnación, escribía la beata Ángela de Foligno, realiza en nosotros dos cosas: la primera es que nos llena de amor; la segunda, que nos hace seguros de nuestra salvación. ¡Oh caridad que nadie puede comprender! ¡Oh amor sobre el que no hay amor mayor: mi Dios se ha hecho carne para hacerme Dios! ¡Oh amor apasionado: te has deshecho para hacerme a mí! El abismo de tu hacerte hombre arranca a mis labios palabras tan apasionadas. Cuando tú, Jesús, me haces entender que has nacido para mí, ¡cómo está lleno de gloria para mí entender un hecho tal!» Durante las fiestas de la Navidad, en que tuvo lugar su tránsito de este mundo, esta insuperable escrutadora de los abismos de Dios, una vez, dirigiéndose a los hijos espirituales, que la rodeaban, exclamó: «¡El Verbo se ha hecho carne!» Y después de una hora, en que había permanecido absorta en este pensamiento, como volviendo desde muy lejos, añadió: «Cada criatura viene a menos. ¡Toda la inteligencia de los ángeles no basta!» Y a los presentes, que le preguntaban en qué cosa cada criatura viene a menos y en qué cosa la inteligencia de los ángeles no basta, respondió: «¡En comprenderlo!»

Sólo después de haber contemplado la «buena voluntad» de Dios hacia nosotros, podemos ocupamos también de la «buena voluntad» de los hombres, esto es, de nuestra respuesta al misterio de la Navidad. Esta buena voluntad se debe expresar mediante la imitación del misterio del actuar de Dios. Y la imitación es ésta: Dios ha hecho consistir su gloria en amarnos, en renunciar a su gloria por amor: también nosotros debemos hacer lo mismo. Escribe el apóstol: «Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor» (Efesios 5,1-2).

Imitar el misterio, que celebramos, significa abandonar todo pensamiento de hacernos justicia por sí solos, cada recuerdo de ofensa recibida, cancelar del corazón cualquier resentimiento, incluso justo, hacia todos. No admitir voluntariamente ningún pensamiento hostil contra nadie: ni contra los cercanos, ni contra los lejanos, ni contra los débiles, ni contra los fuertes, ni contra los pequeños, ni contra los grandes de la tierra, ni contra criatura alguna, que exista en el mundo. Y esto para honrar la Navidad del Señor; porque Dios no ha guardado rencor, no ha mirado la ofensa recibida, no ha esperado que los demás dieran el primer paso hacia él. Si esto no es siempre posible, durante todo el año, hagámoslo al menos en el tiempo navideño. No hay modo mejor de expresar la propia gratitud a Dios que imitándole.

Hemos visto al inicio que el Gloria a Dios no expresa un deseo, un voto, sino una realidad; no supone un haya, sino un hay. Sin embargo, nosotros podemos y debemos hacer de él igualmente un deseo, una plegaria. Se trata, en efecto, de una de las más bellas y completas plegarias que existen: «Gloria a Dios en lo alto del cielo» acumula la mejor plegaria de alabanza y «paz en la tierra a los hombres que ama el Señor» recoge la mejor plegaria de intercesión.

En el cántico de los ángeles el acontecimiento se hace presente, la historia se hace liturgia. Ahora y aquí, por ello, viene proclamado y es para nosotros para lo que viene proclamado por parte de Dios: ¡Paz a los hombres que él ama! Que de lo más íntimo de la Iglesia este anuncio dulcísimo llegue hoy al mundo entero al que está destinado: ¡Paz en la tierra a los hombres que ama el Señor!

Lucas 1,26-38

Por: Raniero Cantalamessa

El fragmento evangélico comienza con unas sencillas palabras: «En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret». Sin embargo, como de costumbre, nosotros debemos centramos en un punto y este punto son las palabras que pronuncia María al final de todo:

«Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Con estas palabras María ha consumado su acto de fe. Ha creído, ha aceptado a Dios en su vida, se ha entregado a Dios. Con aquella su respuesta al ángel es como si María hubiese dicho: «Heme aquí, soy como una pequeña mesa encerada: que Dios escriba sobre mí todo lo que quiera». En la antigüedad se escribía sobre pequeñas mesas enceradas; nosotros hoy diríamos: «Soy un folio en blanco: que Dios escriba sobre mí todo lo que él quiera».

Se podría hasta pensar que la de María fue una fe fácil. Llegar a ser madre del Mesías: ¿no era éste el sueño de toda joven hebrea? Pero nos equivocamos con mucho. Aquél ha sido el acto de fe más difícil de la historia. ¿A quién puede explicarle María lo que a ella le ha sucedido? ¿Quién le va a creer cuando diga que el niño que lleva en su seno es «obra del Espíritu Santo»? Esto no ha acaecido nunca antes de ella y no sucederá nunca después de ella. El filósofo Kierkegaard decía que creer es como «perderse por una calle en la que todos los rótulos dicen: ¡Atrás, atrás!; es como llegar a encontrarse con el abierto mar, allí donde hay setenta estadios de profundidad por debajo de ti; es realizar un acto tal que por ello mismo uno se encuentra completamente arrojado en brazos del Absoluto». En verdad, así ha estado para con María. Ella se ha venido a encontrar en una total soledad sin nadie con quien hablar más que con Dios.

María conocía bien lo que estaba escrito en la ley mosaica. Una muchacha que el día de bodas no fuese encontrada en estado de virginidad, debía ser llevada inmediatamente a la puerta de la casa paterna y ser lapidada (Deuteronomio 22,20s.). María sí que ha conocido el «¡riesgo de la fe!» Carlo Carretto, que pasó distintos años en el desierto, narra este suceso. Entre un grupo de Tuareg, que estaban de paso, había conocido un día a una muchacha «casada» con un joven; pero que según la costumbre no vivía aún con él como su mujer. Entonces, se acordó de María cuando estaba ella también desposada con José, pero aún no había ido a vivir con él. Después de un tiempo, encontró de nuevo a la gente de aquella tribu y preguntó qué había sido de la muchacha. Notó un silencio embarazoso; después, alguien se le acercó aparte e hizo un gesto significativo: se pasó la mano por debajo la mandíbula. ¡Degollada! El día de la boda se descubrió que no era virgen. De golpe, escribe Carretto, entendí a María: las miradas despiadadas de la gente de Nazaret y los guiños; entendí su soledad y aquella misma tarde la escogí para siempre como mi maestra de fe y compañera de mi vida.

La fe de María no ha consistido en el hecho de que haya dado su asentimiento a un cierto número de verdades, como cuando nosotros recitamos nuestro Credo. Ha consistido en el hecho de que se ha fiado de Dios, se ha encomendado completamente a él. Ha admitido a Dios en su vida. Ha dicho su «fiat» a ojos cerrados. Ha creído que «no hay nada imposible para Dios».

Verdaderamente María nunca ha dicho «fiat». Fiat es una palabra latina y María no hablaba latín y ni siquiera griego. ¿Qué habrá dicho en aquel momento?, ¿qué palabra habrá salido de sus labios? Se trata de una palabra que todos, sin quizás estar al tanto de ello, conocemos y repetimos frecuentemente. Ha dicho «amén». Amén era la palabra con la que un hebreo expresaba su consentimiento a Dios. Junto con Abbá, Maranatha, ésta es una de las pocas palabras que los cristianos no se han atrevido a traducir, sino que las han conservado en la lengua en que María y Jesús las habían pronunciado. Con esta breve palabra se dicen muchas cosas: «Si así te place, Señor, así lo quiero también yo». Es como el «sí» alegre y total que pronuncia la esposa al esposo el día de las bodas.

María no ha dado su asentimiento con una triste resignación, como quien dice dentro de sí: «Si no se puede hacer de otra manera, pues bien, que se haga la voluntad de Dios». El verbo puesto en boca de la Virgen por el evangelista (genoito) está en optativo, un modo que se usa en griego para expresar alegría, deseo, impaciencia de que algo suceda. Que haya sido el momento más feliz de la vida de María, lo deducimos también por el hecho de que María, inmediatamente después, entona el Magníficat: «Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador». Se alegra, esto es, se alboroza, explota de felicidad. La fe hace felices, ¡creer está dotado de hermosura! Es el momento en que la criatura realiza la finalidad por la que ha sido creada libre e inteligente.

Pero, precisamente, esto es lo que el hombre de hoy encuentra difícil y que les mantiene a muchos en la incredulidad. Decirle amén a alguien, que fuese hasta Dios, se cree que sea como lesivo para la propia libertad e independencia. Disentir, no consentir, parece ser la palabra de orden o mandato; en todos los ámbitos: político, cultural, social, familiar.

Pero, ¿cuál es la alternativa? El pensamiento moderno, que parte de estas premisas, ha llegado después, por su cuenta, a la conclusión de que decir amén en la vida exigida es inevitable. Y, si no se le dice a Dios, es necesario decirlo a cualquier otro: a la fatalidad, al destino. El hombre no tiene otro medio para forjar la auténtica propia existencia que aceptar su destino, que está fijado para siempre por la historia y por la sociedad a la que uno pertenece. Existencia auténtica es «vivir para la muerte» (Heidegger). La famosa libertad, que se buscaba, se reduce a…hacer de la necesidad una virtud, a una inevitable resignación. «El amor del destino: que esto sea de ahora en adelante mi amor», ha escrito uno de estos filósofos, Nietzsche.

Pero, dejemos aparte a los demás, los no creyentes, y más bien respetemos su libertad de conciencia. La fe es el secreto para hacer o vivir una verdadera Navidad y expliquemos en qué sentido. San Agustín ha dicho que «María ha concebido por la fe y ha parido por la fe»; «concibió a Cristo antes en el corazón que en el cuerpo». Nosotros no podemos imitar a María en el concebir y dar a luz físicamente a Jesús; podemos y debemos, por el contrario, imitarla en concebirlo y darlo a la luz espiritualmente, mediante la fe. Creer es «concebir» y dar carne a la palabra. Nos lo asegura Jesús mismo diciéndonos que quien acoge su palabra llega a ser para él «hermano, hermana y madre» (Marcos 3,33).

Veamos, por lo tanto, cómo actuar para concebir y dar a luz a Cristo. Concibe Cristo a la persona, que toma la decisión de cambiar de conducta, de dar un cambio a su vida. Jesús da a luz a la persona que, después de haber tomado aquella resolución, la traduce en acto con algún cambio concreto y visible en su vida y en sus costumbres. Por ejemplo, si blasfema, ya no blasfema más; si tenía una relación ilícita, la rompe; si cultivaba el rencor, hace la paz; si no se acercaba nunca a los sacramentos, vuelve; si era impaciente en casa, busca mostrarse más comprensivo; etc.

Al sentarse a la mesa en la última cena, Jesús dijo: «He deseado ardientemente celebrar esta Pascua con vosotros» (Lucas 2,15). Ahora, quizás, dice lo mismo respecto a la Navidad: «He deseado ardientemente celebrar esta Navidad con vosotros». Esta Navidad que tiene por pesebre y cuna el corazón y que no se celebra fuera sino dentro.

La conclusión práctica de esta nuestra reflexión es decir también nosotros un hermoso amén, sí, en la situación en que nos encontramos en este momento. Si queremos estar aún más cercanos a María, usemos sus mismas palabras y digamos: «He aquí la esclava (o el esclavo) del Señor: hágase en mí según tu palabra».

¿Qué regalo le llevaremos este año al Niño que nace? Sería extraño que hiciéramos regalos a todos, excepto al agasajado. Una oración de la liturgia ortodoxa nos sugiere una idea maravillosa: «¿Qué te podemos ofrecer, oh Cristo, a cambio de haberte hecho hombre por nosotros?» Toda criatura te ofrece el testimonio de su gratitud: los ángeles su canto, los cielos la estrella, los Magos los dones, los pastores la adoración, la tierra una cueva o gruta, el desierto el pesebre. Pero ¡nosotros, nosotros te ofrecemos a una Madre Virgen!»

¡Nosotros, esto es, la humanidad entera te ofrecemos a María!

Juan 1,6-8.19-28

Por: Raniero Cantalamessa

El Evangelio tiene al centro en todos los tres ciclos a la figura de Juan el Bautista, a quien Jesús define como «más que un profeta» (Mateo 11,9). Nosotros le hemos dedicado a Juan el Bautista y a su mensaje la reflexión del Domingo pasado. El Evangelio de hoy reproduce el mismo «testimonio» del Precursor («Voz que clama en el desierto…») con la sola diferencia de que esta vez es Juan, más que Marcos, el que lo refiere.

Esto nos permite valorar otro tema presente en las lecturas y que precisamente da nombre a este Domingo. El tercer Domingo de Adviento se llama Domingo «de la alegría» y sella el paso de la primera parte del Adviento, prevalentemente austera y penitencial, a la segunda parte dominada por la misma espera de la salvación cercana. El título le viene de las palabras «alegraos» (gaudete), que se escuchan al inicio de la Misa:

«Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres… El Señor está cerca» (Filipenses 4,4-5).

Pero el tema de la alegría penetra también al resto de la liturgia de la palabra. En la primera lectura escuchamos el grito del profeta:

«Yo me alegro plenamente en el Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador».

El Salmo responsorial es el Magníficat de María, intercalado por el estribillo: «Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador». En fin, la segunda lectura comienza con las palabras de Pablo: «Hermanos, estad siempre alegres».

Lo de ser felices es quizás el deseo humano más universal. Todos quieren ser felices. El poeta alemán Schiller ha cantado este anhelo universal de la alegría en una oda o poesía, que, después, Beethoven ha inmortalizado, creando el famoso himno a la alegría con el que concluye la Novena Sinfonía. Quizás muchos conocen esta música, pero no han podido conocer las palabras más que en el alemán original. Traduzco algunas frases:

«Alegría, centella divina / hija del Elíseo…/ Todos los hombres se sienten hermanos, /cuando son deshojados de tu gentil ala… / Cada criatura sorbe la alegría / de los senos de la naturaleza. / Buenos y malos, todos persiguen su perfume. / También el gusano tiene su placer, / y los querubines tienen Dios».

Igualmente el Evangelio es, a su modo, un largo himno a la alegría. El mismo nombre «Evangelio» significa, como sabemos, alegre noticia, anuncio de alegría. Pero, la alocución de la Biblia sobre la alegría es un discurso real, no ideal y veleidoso. Jesús, a este propósito, trae la comparación de la mujer al parir. Dice:

«Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar» (Juan 16,20-22).

Con la comparación de la mujer al parir, Jesús nos ha dicho muchas cosas. La gravidez no es en general un período fácil para la mujer. Es más bien un tiempo de fastidios, de limitaciones de todo género: no se puede hacer, ni comer, ni vestir todo lo que se quiere, ni ir allá donde se quiera. Y precisamente cuando se trata de un embarazo a la vez querido y vivido en un clima sereno, no es un tiempo de tristeza, sino de alegría. El porqué es sencillo: se mira hacia adelante, se pregunta el momento en el que se podrá tener en brazos a la propia criatura. He escuchado decir a distintas madres que ninguna otra experiencia humana puede ser comparada a la felicidad que se siente al llegar a ser madre.

Todo esto nos dice una cosa bien determinada: las verdaderas y duraderas alegrías maduran siempre con el sacrificio. ¡No hay rosa sin espinas! En el mundo, placer y dolor (lo hemos observado ya otra vez) se siguen uno al otro con la misma regularidad con la que al elevarse una ola que empuja al nadador hacia la playa, le sigue un hundimiento y un vacío que lo aspira hacia atrás. El hombre busca desesperadamente separar a estos dos «hermanos siameses», aislar el placer del dolor. Pero, no lo consigue porque es el mismo desordenado placer el que se transforma en amargura. O de improviso y trágicamente, como nos narran las crónicas cotidianas, o un poco a la vez, a causa de su incapacidad de durar y del aburrimiento que engendra. Basta pensar, para dar ejemplos más evidentes, qué queda de la excitación de la droga un minuto después que ha cesado su efecto, o dónde lleva, también desde el punto de vista de la salud, el abuso desenfrenado del sexo. Pero, esto no lo decimos sólo nosotros los sacerdotes; es una constatación presente en tantas obras literarias. El poeta pagano Lucrecio tiene dos versos poderosos a este respecto: «Un no sé qué de amargo surge desde lo íntimo mismo de todo placer nuestro y nos angustia también en medio de nuestras complacencias» (De rerum natura IV, 1129 s.).

Por lo tanto, no pudiendo separar placer y dolor, se trata de escoger: o un placer pasajero que conduce a un dolor duradero, o un dolor pasajero que lleva a un placer duradero. Esto no vale sólo para el placer espiritual, sino para toda alegría humana honesta: la de un nacimiento, de una familia unida, de una fiesta, del trabajo llevado felizmente a término, la alegría de un amor bendito, de la amistad, de una buena cosecha para la agricultura, de la creación artística para el artista, de una victoria deportiva para el atleta.

Todas estas alegrías también ellas exigen sacrificio, renuncias, fidelidad al deber, constancia, esfuerzo; pero, el resultado es bien distinto del placer fácil y finalidad de sí mismo. Entre otras cosas, en el primer caso, la felicidad de uno es también la felicidad de los demás, es una alegría compartida; en el segundo, casi siempre la felicidad de uno es pagada por la infelicidad de otro, o hasta de otros. La alegría es como el agua: puede ser o limpia o turbia.

Alguno podría objetar: pero, ¿entonces para el creyente la alegría en esta vida será siempre y sólo objeto de espera, sólo una alegría «del más allá que ha de venir»? No, hay una alegría secreta y profunda, que consiste precisamente en la espera. Es más, en el mundo es quizás esta la forma más pura de la alegría; la alegría que se tiene en el esperar. Leopardi lo ha dicho maravillosamente en la poesía 1l sabato del villaggio. La alegría más intensa no es la del domingo, sino la del sábado; no la de la fiesta, sino la de su espera. La diferencia está en que la fiesta que espera el creyente no durará sólo algunas horas, para ceder después de nuevo el puesto a la «tristeza y aburrimiento»; sino que durará para siempre.

He recordado con admiración algunos versos del himno a la alegría de Beethoven. Hay sin embargo en aquel himno un concepto que nos hace reflexionar. Dice: «Quien ha conseguido establecer una amistad duradera; quien ha tenido la suerte de tener una mujer fiel, que se una a nuestro coro. Pero, quien no tiene nada de todo esto, que se retire llorando de nuestro entorno». Palabras, pensándolo bien, terribles. La alegría que se celebra aquí no es para todos, sino sólo para algunos privilegiados. La alegría evangélica es para todos, sobre todo, dirá María en el Magníficat, para los «humildes y hambrientos». Precisamente en la aclamación al Evangelio de este Domingo Jesús define su mensaje como «para dar la Buena Noticia a los pobres» (Isaías 61,1).

Una de las mentiras con las que el maligno seduce a muchas personas es hacerles creer que Dios sea enemigo del placer, mientras que por el contrario el placer es un invento de Dios. En las Cartas del Diablo a su Sobrino, de C.S. Lewis, oímos a un diablo vetusto que desde el infierno instruye así al sobrino aprendiz de tentador, encargado de seducir a un valiente joven en la tierra: «No olvidéis nunca que cuando estamos tratando con el placer, con cualquier placer, en su forma sana y normal y satisfactorio, estamos, en un cierto sentido, en el terreno del Enemigo [el Enemigo aquí naturalmente es Dios]. Los placeres los ha inventado Él. Todo cuanto se nos permite hacer es animar a los humanos a servirse de los placeres que ha producido el Enemigo, o en los modos, o en la medida que él ha prohibido».

Quisiera, sin embargo, sacar también una pequeña conclusión práctica de esta reflexión sobre la alegría. No revirtamos sobre los demás siempre y sólo nuestras tristezas, nuestros achaques y preocupaciones. Hay gente que cree cometer pecado o echarse encima quizás algún castigo divino por decir con sencillez: ¡soy feliz! Por el contrario, por otra parte cuánto bien hace en casa, al marido, a la mujer, a los hijos, a los ancianos, escuchar decir: ¡Estoy contento, estoy precisamente contento!

Dirijo esta llamada sobre todo a las mujeres. En un tiempo se decía que ellas son «el sol de la casa». He aquí el mejor modo para concluir esta bella misión. Sobre todo los niños tienen necesidad de respirar aire de alegría en casa. Como las flores brotan con el calor, así los niños con la alegría. Es el mejor regalo que podéis hacerles en la Navidad, sin el cual todos los regalos no son más que sustitutos inútiles, si no hasta dañosos.

VERDAD

Tomado de: LEON-DUFOUR. Xavier,Vocabulario de teología bíblica

En el lenguaje corriente se dice verdadero un pensamiento, una palabra conforme con lo real, o también la realidad misma que se desvela, que resulta clara, evidente al espíritu (verdadero, a-lethés: no oculto). Es la concepción intelectualista de los griegos, que es ordinariamente la nuestra. La noción bíblica de verdad es diferente, pues está fundada en una experiencia religiosa, la experiencia del contacto con Dios. Sin embargo, esta noción experimentó una evolución notable: mientras que en la Biblia es la verdad ante todo la fidelidad a la alianza, en el NT vendrá a ser la plenitud de la revelación centrada en Cristo.

AT

El verbo aman (el amén litúrgico, p. e. 2Cor 1,20), de donde se formó emes (verdad), significa fundamentalmente: ser sólido, seguro, digno de confianza; la verdad es por tanto la cualidad de lo que es estable, probado, en lo que uno se puede apoyar. Una paz de verdad Jer 14,13 es una paz sólida, duradera; un camino de verdad Gen 24,48 es un camino que conduce seguramente a la meta; «en verdad» significa a veces: en forma estable, para siempre. Aplicada a Dios o a los hombres deberá con frecuencia traducirse la palabra por fidelidad, pues la fidelidad de una persona es la que nos induce a fiarnos de ella.

1. La «emes» de Dios está ligada con su intervención en la historia en favor de su pueblo. Yahveh es el Dios fiel Dt 7,9 32,4 Sal 31,6 Is 49,7. La importancia de este atributo no se explica bien más que en el contexto de la alianza y de las promesas: «Yahveh tu Dios es Dios, el Dios fiel que guarda su alianza y su amor hasta mil generaciones a los que lo aman» Dt 7,9. El Salmo 89, a propósito de la alianza davídica, está consagrado todo entero a celebrar la fidelidad de Dios. El sentido básico del término aparece claro en Sal 132,11 («Yahveh juró a David emes y no se apartará de ella»), donde el juramento, llamado emes, se califica por el hecho mismo de infrangible.

Con frecuencia se asocia emet a hesed (p.e. Sal 89 138,2) para indicar la actitud fundamental de Dios en la alianza: es una alianza de gracia, a la que Dios no faltó nunca Ex 34,6s Gen 24,27 2Sa 2,6 15,20. Otras veces la fidelidad va unida con los atributos de justicia Os 2,21s Neh 9,33 Zac 8,8 o de santidad Sal 71,22 y tiene un significado más general, sin referencia a la alianza. En diversos salmos se presenta la estabilidad divina como una protección, un refugio para el justo que implora el auxilio divino: de ahí las imágenes de la muralla, de la armadura, del escudo Sal 91 que ponen en evidencia la solidez del apoyo divino Sal 40,12 43,2s 54,7 61,8.

La emet caracteriza además la palabra de Dios y su ley. David dice a Yahveh: «Tus palabras son verdad» 2Sa 7,28, pues las promesas divinas aseguran la perpetuidad a su casa. Los salmos celebran la verdad de la ley divina Sal 19,10 111,7s 119,86.138.142.151.160; según el último texto citado la verdad es lo que hay de esencial, de fundamental en la palabra de Dios: es irrevocable, permanece para siempre.

2. La «emet» de los hombres. También aquí se trata de una actitud fundamental de fidelidad Os 4,2. «Hombres de verdad» Ex 18,21 Neh 7,2 son hombres de confianza, pero los dos textos añaden «que temen a Dios», lo que enlaza esta apreciación moral con el contexto religioso del yahvismo. De ordinario la «verdad» de los hombres designa directamente su fidelidad a la alianza y a la ley divina. Describe, pues, el conjunto del comportamiento de los justos; de ahí el paralelismo con perfección Jos 24,14, corazón íntegro 2Re 20,3, el bien y el derecho 2Par 31,20, derecho y justicia Is 59,14 Sal 45,5, santidad Zac 8,3. «Hacer la verdad» 2Par 31,20 Ez 18,9 y «caminar en la verdad» 1Re 2,4 3,6 2Re 20,3 Is 38,3 es ser fiel observador de la ley del Señor Tob 3,5.

En cuanto a las relaciones mutuas entre los hombres reaparece la fórmula «hacer la bondad y la verdad» Gen 47,29 Jos 2,14: es obrar con benevolencia y lealtad, con una bondad fiel. La emet es igualmente el respeto de las normas del derecho en el ejercicio de la justicia Prov 29,14 Ez 18,8 Zac 7,9 o la perfecta sinceridad en el lenguaje; pero también aquí se descubre el matiz básico: una lengua sincera «permanece para siempre» Prov 12,19.

3. La verdad revelada. En la tradición sapiencial y apocalíptica la noción de verdad adopta un sentido parcialmente nuevo que prepara el NT: designa la doctrina de sabiduría, la verdad revelada. En ciertos salmos Sal 25,5 26,3 86,11 la expresión «caminar en la verdad de Dios» deja entender que esta verdad no es sencillamente el comportamiento moral, sino la ley misma que Dios enseña a observar. Los sacerdotes deben transmitir «una doctrina de verdad» Mal 2,6: es la enseñanza que viene de Dios. «Verdad» se convierte en sinónimo de sabiduría: «Adquiere la verdad, no la vendas: sabiduría, disciplina e inteligencia» Prov 23,23 8,7 22,21 Ecl 12,10; «Hasta la muerte lucha por la verdad» Eclo 4,28 LXX.

Puesto que «verdad» designa el plan y el querer de Dios, la palabra se relaciona también con misterio Tob 12,11 Sab 6,22. En el juicio los justos «comprenderán la verdad» Sab 3,9: no ya que hayan de experimentar la fidelidad de Dios a sus promesas o ver el ser mismo de Dios, sino que comprenderán su designio providencial sobre los hombres. Para Daniel «el libro de la verdad» Dan 10,21 es el libro en que está inscrito el designio de Dios; la verdad de Dios es la revelación de su designio 9,13, es también una visión celestial o la explicación de su sentido 8,26 10,1 11,2, es la verdadera fe, la religión de Israel 8,12.

Este empleo del término se mantiene en el judaísmo apocalíptico y sapiencial. En Qumrán «la inteligencia de la verdad de Dios» es el conocimiento de los misterios (Himnos de Qumrán: 1QH 7,26s), pero éste se obtiene por la interpretación verdadera de la ley: «convertirse a la verdad» (Manual de disciplina: 1QS 6,15) es «convertirse a la ley de Moisés» 5,8. La verdad, doctrina revelada, tiene también un alcance moral, se opone a la iniquidad: los «hijos de la verdad» 4,5 son los que siguen «los caminos de la verdad» 4,17. La verdad acaba así por designar en Qumrán el conjunto de las concepciones religiosas de los hijos de la alianza.

NT

1. Herencia bíblica. En Pablo, más que en el resto del NT, la noción de verdad (aletheia) ofrece los matices que tenía en los Setenta. El apóstol se sirve de ella en sentido de sinceridad 2Cor 7,14 11,10 Flp 1,18 1Cor 5,8 o en la expresión «decir la verdad» Rom 9,1 2Cor 12,6 Ef 4,25 1Tim 2,7. Profundamente bíblica es la fórmula «la verdad de Dios» para designar la fidelidad de Dios a sus promesas Rom 3,7 3,3 15,8 2Cor 1,l8ss: las promesas del Dios fiel tienen su «sí» en Cristo; así también aletheia en sentido de verdad moral, de rectitud: opuesta a injusticia 1Cor 13,6, sinónima de justicia Ef 5,9 6,14, caracteriza el comportamiento que Pablo aguarda de los cristianos Col 1,6 2Cor 13,8. El juicio de Dios estará también marcado de verdad, de justicia Rom 2,2.

La antítesis entre «la verdad de Dios» y la mentira de los ídolos Rom 1,25 1Tes 1,9 se inspira en la polémica judía contra la idolatría pagana Jer 10,14 13,25 Bar 6,7.47.50: el verdadero Dios es el Dios vivo, con el que se puede contar, el que escucha a su pueblo y lo salva.

2. La verdad del Evangelio. Aquí aparece la noción de verdad cristiana. Se relaciona con el tema sapiencial y apocalíptico de verdad revelada. Los judíos se jactaban de poseer en su ley la expresión misma de esta verdad Rom 2,20, de hallar en ella consignada toda la voluntad de Dios 2,18. Pablo reemplaza la expresión judía «la verdad de la ley» por «la verdad del Evangelio» Gal 2,5.14 o «la palabra de verdad» Col 1,5 Ef 1,13 2Tim 2,15. Objeto de una revelación 2Cor 4,2 con el mismo título que el misterio Rom 16,26 Col 1,26 4,3, esta palabra es la palabra de Dios predicada por el Apóstol 2Cor 4,2.5.

a. La verdad y la fe. Los hombres a los que se dirige este mensaje deben oír la palabra Ef 1,13 Rom 10,14, deben convertirse para llegar al conocimiento de la verdad 2Tim 2,25.

La aceptación de la verdad del Evangelio se efectúa por la fe 2Tes 2,13 Tit 1,1 2Tes 2,12 Gal 5,7 Rom 2,8, pero esta fe requiere al mismo tiempo el amor de la verdad 2Tes 2,10. «Llegar al conocimiento de la verdad» viene a ser en los textos tardíos 1Tim 2,4 2Tim 3,7 Heb 10,26 una expresión estereotipada para decir: adherirse al Evangelio, abrazar el cristianismo, pues los creyentes son precisamente los que conocen la verdad 1Tim 4,3; ésta no es otra cosa que la fe cristiana Tit 1,1.

b. Verdad y vida cristiana. Según las epístolas católicas los creyentes han sido engendrados a la nueva vida por la palabra de verdad Sant 1,18 1Pe 1,23; por la obediencia a la verdad en el momento del bautismo han santificado sus almas 1Pe 1,22. Por consiguiente, no hay que alejarse de esta verdad una vez que se ha abrazado Sant 5,19, hay que afianzarse en la verdad presente en vista de la parusía 2Pe 1,12; hay que continuar deseando esta leche de la palabra a fin de crecer para la salvación 1Pe 2,2 Así, añade Pablo, es como el cristiano se reviste del hombre nuevo y realiza la santidad que pide la verdad Ef 4,24.

c. La sana doctrina y el error. En las pastorales la polémica contra los herejes confiere al tema un nuevo matiz: ahora ya la verdad es la buena doctrina 1Tim 1,10 4,6 2Tim 4,3 Tit 1,9 2,1 opuesta a las fábulas 1Tim 1,4 4,7 2Tim 4,4 Tit 1,14 de los doctores de mentira 1Tim 4,2. Estos han vuelto la espalda a la verdad Tit 1,14 1Tim 6,5 2Tim 2,18 4,4, se alzan incluso contra ella 2Tim 3,8. Pero la Iglesia del Dios vivo sigue siendo «la columna y el fundamento de la verdad» 1Tim 3,15.

d. Entre la verdad y Cristo existe un nexo estrecho. El objeto del mensaje del Apóstol no es una doctrina abstracta, es la persona misma de Cristo 2Cor 4,5 Gal 1,16 1Cor 1,23 2Cor 1,19 11,4 Ef 4,20 Flp 1,15; Cristo, «manifestado en la carne… proclamado entre los paganos, creído en el mundo», es la verdad misma cuya guardiana es la Iglesia, es el misterio mismo de la piedad 1Tim 3,16. El Cristo-verdad, al que anuncia el Evangelio, no es, pues, un ser celestial en sentido gnóstico, sino el Jesús de la historia, muerto y resucitado por nosotros: «la verdad está en Jesús» Ef 4,21.

3. San Juan. La teología de Juan era ante todo una teología de revelación, la noción de verdad ocupa en ella un lugar considerable. Frecuentemente se interpreta la aletheia joánnica en el sentido dualista metafísico, platónico o gnóstico de ser subsistente y eterno, de realidad divina que se desvela. Pero Juan no llama nunca a Dios mismo la verdad, cosa que sería esencial en estos sistemas. En realidad no hace sino desarrollar el tema apocalíptico y sapiencial de la verdad revelada —reasumido por lo demás en el NT—, pero insistiendo más en el carácter revelado y en la fuerza interior de la verdad.

a. La palabra del Padre y el Cristo-verdad. Para Juan la verdad no es el ser mismo de Dios, sino la palabra del Padre Jn 17,17 1Jn 1,8: «la verdad no está en vosotros» y 1,10: «su palabra no está en vosotros». La palabra que Cristo ha oído al Padre Jn 8,26.40 3,33 ésa es la verdad que él viene a «proclamar» 8,40.45s y de la que viene a «dar testimonio» 18,37 5,33. La verdad es, pues, al mismo tiempo la palabra que Cristo mismo nos dirige y que debe inducirnos a creer en él 8,31s.45s. La diferencia entre esta revelación y la del AT se subraya enérgicamente: «La ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han venido por Jesucristo» 1,17, porque con él y en él apareció la revelación total, definitiva. Mientras que el diablo es el padre de la mentira 8,44, Cristo proclama la verdad 8,45, está «lleno de gracia y de verdad» 1,14. La gran novedad cristiana es que Cristo en persona es la verdad 14,6: la es, no en cuanto posee la naturaleza divina, sino porque, siendo el Verbo hecho carne, nos revela al Padre 1,18. Jesús mismo explica el sentido de este título uniéndolo a otros dos: él es «el camino, la verdad y la vida»; él es el camino que conduce al Padre, precisamente porque él es la verdad y transmite la palabra y la revelación del Padre 17,8.14.17 y así comunica la vida divina 1,4 3,16 6,40.47.63 17,2 1Jn 5,11ss. Este título revela por tanto algo de la persona divina de Cristo: él es la verdad porque es la palabra, el Verbo del Padre, el Hijo único.

b. El Espíritu de verdad. Una vez terminada la revelación al mundo Jn 12,50, anuncia Jesús a sus discípulos la venida del Paráclito, el Espíritu de verdad 14,17 15,26 16,13. Para Juan la función fundamental del Espíritu consiste en dar testimonio de Cristo 15,26 1Jn 5,6, en conducir a los discípulos hacia la verdad entera Jn 16,13, en traerles a la memoria todo lo que Cristo había dicho, es decir, hacerles captar su verdadero sentido 14,26. Dado que su papel consiste en hacer comprender en la fe la verdad de Cristo, a él también se le llama «la verdad» 1Jn 5,6; es en la Iglesia «el que testimonia» y con ello suscita nuestra fe.

c. Verdad y santidad. Juan subraya con fuerza el papel de la verdad en la vida del creyente. Éste debe «ser de la verdad» Jn 18,37 1Jn 3,19: no debe únicamente haber llegado de una vez para siempre a la vida nueva por la fe Sant 1,18 1Pe 1,22s, sino nacer del Espíritu Jn 3,5.8 y estar habitualmente bajo el influjo de la verdad que mora en nosotros 2Jn 4. Sólo el que permanezca así en la palabra de Jesús llegará a conocer verdaderamente la verdad y a verse interiormente liberado del pecado por esta verdad Jn 8,31s: porque la fe purifica Act 15,9, por tanto también la palabra de Cristo Jn 15,3; ésta nos hace vencer al maligno 1Jn 2,14; cuando el creyente deja que la semilla de la palabra «permanezca» activamente en él, se hace impecable 1Jn 3,9, se santifica en la verdad Jn 17,17.19.

Así Juan ve en la aletheia el principio interior de la vida moral; vuelve a las antiguas expresiones bíblicas «hacer la verdad» 3,21 1Jn 1,6, «caminar en la verdad» 2Jn 4 3Jn 3s, pero les da una plenitud de sentido cristiano: es caminar en el precepto de Cristo 2Jn 6, dejarse dirigir en su acción por la verdad, por la fe. Amar a los hermanos «en verdad» 2Jn 1 3Jn 1 es amarlos por la fuerza de la verdad que mora en nosotros 2Jn 1ss 1Jn 3,18; la adoración «en espíritu y en verdad» Jn 4,23s es una adoración que brota del interior sin por ello excluir todo culto exterior; es un culto inspirado por el Espíritu y por la verdad de Jesús, que el Espíritu de verdad hace activa en aquellos a quienes ha hecho renacer. Finalmente, la verdad implica también para el creyente obligaciones apostólicas: colaborar con la verdad 3Jn 8 es cooperar con la Iglesia en la fuerza interna de expansión del mensaje evangélico.

La verdad en sentido cristiano no es, pues, la esfera inmensa de lo real que hubiéramos de conquistar con un esfuerzo de pensamiento: es la revelación del Padre, aparecida en Cristo e iluminada por el Espíritu, a la que debemos acoger en la fe: entonces únicamente transformará nuestras existencias, y por ella, como lo pide la liturgia, «manifestaremos en nuestras obras la luz de la verdad».

UNIDAD

Tomado de: LEON-DUFOUR. Xavier,Vocabulario de teología bíblica

Reconociendo por la fe al Dios único, Padre, Hijo y Espíritu Santo se abre el hombre a la caridad que une al Padre con el Hijo y le comunica el Espíritu Jn 15,9 17,26 Rom 5,5. Esta caridad, uniéndole al Dios único, le convierte en su testigo en el mundo y en cooperador de su designio: unir en el Hijo único a todos los hombres y a todo el universo Rom 8,29 Ef 1,5.10.

I. LA FUENTE DE LA UNIDAD Y SU RUPTURA POR EL PECADO

El universo, en su diversidad maravillosa, es obra del Dios creador, cuyo designio se revela en el mandamiento que da al hombre y a la mujer: «Sed fecundos, multiplicaos, llenad la tierra y dominadla» Gen 1,28. Se ve cómo en la obra divina se alían multiplicidad y unidad. Para que la creación llegue a su unidad bajo el dominio del hombre, debe éste multiplicarse, y para que el hombre sea fecundo es preciso que se realice en el amor su unidad con la mujer Gen 2,23s. Pero para realizar este designio debe el hombre mantenerse unido con Dios, reconociendo su dependencia con una fidelidad confiada.

Rehusar esta fidelidad es el pecado fundamental: el hombre lo comete para igualarse con Dios, lo que equivale a negar al Dios único; así rompe con el que, siendo todo amor 1Jn 4,16, es la fuente de la unidad. De esta ruptura dimanan las divisiones que van a romper la unidad del matrimonio con el divorcio y la poligamia Gen 4,19 Dt 24,1, la unidad de los hermanos con la envidia homicida Gen 4,6ss.24, la unidad de la sociedad con un desacuerdo, cuyo símbolo expresivo es la diversidad de las lenguas 11,9.

II. EN BUSCA DE LA UNIDAD POR LA ALIANZA

Para remediar esta ruptura escoge Dios a hombres, a los que propone su alianza sellada en la fe Os 2,22; la fe es, en efecto, la condición de la unión con él y de la colaboración en su obra, esa obra de unidad que no cesa de reanudar llamando a nuevos elegidos: Noé, Abraham Is 51,2, Moisés, David, el siervo. La ley que da a su pueblo, el rey que le escoge en la casa de David, el templo donde habita con él en Jerusalén, el siervo; al que le da por modelo de fidelidad, tienen por fin procurar la unidad de Israel y permitirle así realizar su misión de pueblo sacerdote Ex 19,6 y de pueblo testigo Is 43,10ss.

En efecto, si Dios hace de Israel un pueblo aparte, es para manifestarse por él a las naciones y reunirlas en la unidad de su culto. Incluso la dispersión, con la que debió castigar la infidelidad de Israel, sirve a fin de cuentas para dar a conocer a los paganos el único Dios creador y salvador Is 45. Sin embargo, para cumplir la misión del pueblo elegido, para devolverle su unidad rota por el cisma a consecuencia de la infidelidad de Salomón al Dios único 1Re 11,31ss y para reunir a las naciones con él en el mismo culto Is 56,6ss, será preciso que venga aquel que será a la vez el siervo encargado de unificar a Israel y de salvar con su muerte a la multitud de los pecadores Is 42,1 49,6 53,10ss, el nuevo David que apacentará el rebaño del Señor, reunido bajo su realeza Ez 34,23s 37,21-24, y el Hijo del hombre, cabeza del pueblo de los santos, cuyo reinado eterno se extenderá al universo Dan 7,13s.27. Gracias a él Sión, esposa única de Yahveh que la ama con un amor eterno, vendrá a ser la madre común de todas las naciones Sal 87,5 Is 54,1-10 55,3ss, cuyo único rey será Yahveh Zac 14,9.

III. LA REALIZACIÓN DE LA UNIDAD EN LA IGLESIA

Este elegido de Dios es su Hijo único, Cristo Jesús Lc 9,35. Une a los que lo aman y creen en él, dándoles su Espíritu y su madre Rom 5,5 Jn 19,27 y alimentándolos con un solo pan, cuerpo sacrificado en la cruz 1Cor 10,16s. Así hace de todos los pueblos un solo cuerpo Ef 2,14-18; hace de los creyentes sus miembros, dotando a cada uno de ellos con carismas diversos con miras al bien común de su cuerpo que es la Iglesia 1Cor 12,4-27 Ef 1,22s, insertándoles como piedras vivas en el único templo de Dios Ef 2,19-22 1Pe 2,4s. Es el único pastor que conoce a sus ovejas en su diversidad Jn 10,3 y, dando su vida, quiere reunir en su rebaño a los hijos de Dios dispersos Jn 10,14ss 11,51s.

Por él se restaura la unidad en todos los planos: unidad interior del hombre desgarrado por sus pasiones Rom 7,14s 8,2.9; unidad de la pareja conyugal, cuyo modelo es la unión de Cristo y de la Iglesia Ef 5,25-32; unidad de todos los hombres, a los que el Espíritu hace hijos del mismo Padre Rom 8,14ss Ef 4,4ss y que no teniendo sino un corazón y un alma Act 4,32, alaban con una sola voz a su Padre Rom 15,5s Act 2,4.11.

Hay por tanto que promover esta unidad que desgarran toda clase de cismas 1Cor 1,10, pero cuyo fundamento es la única fe en el único Se-ñor Ef 4,5.13 Mt 16,16ss. El signo de la única Iglesia, confiada al amor de Pedro Jn 21,15ss, es su unidad, fruto que llevan los que permanecen en el amor de Cristo y observan fielmente su mandamiento único: «Amaos unos a otros como yo os he amado» 13,34s; su fidelidad y su fecundidad se miden por su unión con Cristo, semejante a la de los sarmientos con la cepa 15,5-10. La unidad de los cristianos es necesaria para que se revele en ellos al mundo el amor del Padre manifestado por el don de su Hijo único 3,16 y para que todos los hombres sean unos en Cristo Ef 4,13; entonces se realizará el supremo deseo de Jesús: «Padre, que todos sean uno, como nosotros somos uno» Jn 17,21ss.