Mt 10, 17-22

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No os fiéis de la gente, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán com­ parecer ante gobernadores y reyes, por mi causa; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Cuando os arresten no os preocupéis delo que vais a decir o de cómo lo diréis: en su momento se os sugerirá lo que tenéis que decir; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. Los hermanos entregarán a sus hermanos para que los maten, los padres a los hijos; se rebelarán los hijos contra los padres y los matarán. Todos os odiarán por mi nombre; el que persevere hasta el final se salvará».

Comenta: José María Castillo

  1. Cuando uno se convence en serio de que Dios es como el «Niño acostado en el pesebre», es seguro que, entonces, el que está convencido de eso se verá metido en situaciones inesperadas, probablemente peligrosas, y puede ser que muy peligrosas. Porque un Dios así no interesa. Y pone nerviosos a gobernantes y mandatarios, a los jefes de las sinagogas y a los dirigentes de la religión. A los de entonces y a los de ahora. Esta historia empezó con Esteban, asesinado por los sacerdotes y por el fariseo Saulo, que estaba allí (Hech 7, 1 – 8, 1).
  2. Así las cosas, lo primero que hay que superar es el miedo. Y vencer los fantasmas de la inevitable preocupación que sobreviene al que toma en se­ rio el Evangelio. Porque uno no sabe qué decir. Y tiene el peligro de recortar su propia libertad. Cuando uno se ve así, es seguro que el Espíritu pone pala­bras, en la boca, ante las que ningún poder tiene respuesta. El problema está en que entonces al poder sólo le queda la fuerza. Y eso es muy peligroso.
  3. Pero lo peor de todo es cuando el poder se disfraza de religión que rompe los lazos de la carne. Y divide y enfrenta a los hermanos, a los padres y a los hijos, hasta crear odio entre ellos. Es la religión que genera intolerancia hasta el extremo de despreciar al que no piensa y vive «como Dios manda», aunque eso le cueste a tu hermano sentirse solo y despreciado. Es la religión que des­ troza a todo el que no se somete al modelo oficial. Esto justamente es lo que le sucedió a Esteban. El era el líder de los cristianos de habla griega (Hech 6, 5). Y no comulgaba con la religiosidad de los judíos más aferrados a la Ley y al Tem­plo (Hech 7, 48-53). A Esteban le pasó lo mismo que a Jesús: su libertad frente a la religión más fanática y tradicional le costó la vida. La Religión de los más intolerantes e integristas no tolera libertades. Ni quiere cambios. Ni dialoga con la cultura. Esto sobre todo es lo que nos enseña la muerte de Esteban.

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Jn 1, 1-18 – JMC

«En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La palabra era la luz verdadera, que alum­bra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la palabra se hizo car­ne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da tes­timonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: el que viene detrás de pasa delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su pleni­tud todos hemos recibido gracia tras gracia: porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer».

  1. Según este himno del IV evangelio, Dios se nos presenta como «Pala­bra», es decir, como comunicación, explicación. Toda  palabra  comunica o explica algo. Este himno nos viene a decir que Dios se nos comunica y se nos explica en Jesús. Algo asombroso. Porque acabamos de oír, en la misa de medianoche, que Jesús se presentó como el ser más abandonado y débil. Así se nos comunica Dios. Y eso es lo que Dios nos dice de Sí mis­mo. El problema, que presenta este himno, está en que utiliza un término tomado del pensamiento griego. Con lo que la historia sencilla del «niño» quedó absorbida por la filosofía especulativa del «Lagos» griego. Con el paso de los siglos, esto dio pie a una teología sobre Cristo demasiado alejada de la mentalidad del pueblo y de lo que puede entender la gente sencilla.
  2. Esta «Palabra», este «Lógos», «se hizo carne». La encarnación de Dios en Jesús significa que Dios se despoja de todo su poder y autoridad. Es el vaciamiento de Dios (Fil 2, 7), que se funde con lo humano. Dios salva des­cendiendo, despojándose, privándose de medios, poderes y dignidades. Hay futuro y esperanza, no en la exaltación y aumento del poder, sino en la dignificación de lo humano. He aquí la gran lección de la Navidad.
  3. «A Dios nadie lo ha visto jamás». Dios está fuera de lo que nosotros podemos conocer. Desde el momento en que decimos que lo conoce­mos, eso que conocemos ya no es Dios, sino un «objeto» que nosotros elaboramos. Lo que nosotros podemos conocer de Dios es lo que se nos ha revelado en el niño «envuelto en pañales y acostado en un pesebre». La grandeza de Dios es la grandeza de este niño, que no tiene otra grandeza que la grandeza de su humanidad.

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Lc 2, 1-14 – JMC

«En aquel tiempo salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mien­tras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogé­nito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada. En aquella región había unos pastores  que pasaban  la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: «No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha naci­do un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababan a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama».

  1. Lo que interesa, en este relato, no son los datos históricos, sino el men­saje religioso. No está demostrado que Jesús naciera el 25 de diciembre. Ni que fuera en Belén porque no se sabe nada del censo de Augusto. Lo más probable es que todo eso es un montaje para justificar que Jesús nació en la ciudad del rey David (Belén). Seguramente Jesús nació en su pueblo, Nazaret. Por eso le llamaron siempre «el Nazareno» (Mt 2, 23; 21, 11; Mc 1, 9; Lc 1, 26; 2, 4. 39. 51; Jn 1, 45 s; Hech 10, 38). Incluso a los cris­tianos se les llamó «la secta de los nazarenos» (Hech 24, 5). El cristianismo nació como un movimiento ligado, no a la realeza de Judea, sino al pue­blo sencillo de Galilea.
  2. El dato capital que el relato destaca es que Jesús entra en la historia vinculado, no sólo a la pobreza e incluso a la marginación, sino sobre  todo a la exclusión. La señal que dan los ángeles, para encontrar a Jesús, no está entre los pobres, sino entre las bestias. Jesús deja claro, desde el primer instante de su vida en este mundo, que la salvación está vinculada a lo último, a lo marginal, a lo excluido. ¿Qué significa esto
  3. Significa, ante todo, que en el mundo hay salvación en la medida en que nos acercamos a lo excluido, a lo que nadie quiere acercarse y con lo que nadie quiere solidarizarse. Jesús tomó en serio, desde el primer ins­tante, que los últimos tienen que ser los primeros. Porque en los últimos es donde se encuentra «lo mínimamente humano», lo que es común a todos los seres humanos, aquello en lo que todos coincidimos y somos iguales. En lo mínimamente humano está lo que nos une, no lo que nos divide. La «buena noticia», la «gran alegría», la clave de la felicidad no se encuentra en lo que nos separa y nos distancia, sino en lo que nos funde en la unidad. La felicidad está donde se encuentra lo más entrañablemen­te humano (un niño en pañales), esté donde esté, aunque se le encuentre donde menos podemos imaginarlo.

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Lc 1, 67-79 – JMC

«En aquel tiempo, Zacarías, padre de Juan, lleno del Espíritu Santo, pro­fetizó diciendo: «Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza  de salvación  en  la casa de David, su siervo, según Jo había prometido desde antiguo por boca de sus santos profetas. Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; realizando la miseri­cordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán. Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos en santidad y justicia, en su presencia todos nuestros días. Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor, a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de los pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz».

  1. Zacarías había estado mudo varios meses. Cuando pudo hablar, no se quejó. Ni le pidió explicaciones a Dios. Lo primero que hizo fue bendecir al Señor. Zacarías veía el lado positivo de la vida. No se lamentaba de los males que le sobrevenían. Y agradecía los bienes de los que disfrutaba. Zacarías era un hombre bueno. Y esa bondad se manifestaba, ante todo, en que lo primero que veía era lo positivo que tiene la vida de cada día. Era un hombre de Espíritu, motivado por buenos deseos. En todo esto, Zacarías es un ejemplo a seguir; y una buena lección que es importante aprender.
  2. Pero con frecuencia ocurre que también las buenas personas, quizá sin darse cuenta de lo que les pasa, abrigan  sentimientos  equivocados  o torcidos. Zacarías creía en un Dios nacionalista, para el que son enemi­gos los enemigos que odian a un pueblo determinado. Para Zacarías, los enemigos de Israel eran enemigos de Dios. Y es que, con frecuencia, las religiones dividen, separan y hasta enfrentan a los pueblos y a las perso­nas. En los evangelios, páginas adelante, veremos que el Dios de Jesús no es así. Porque Jesús fue el primero que mostró una ejemplar predilección por los extranjeros y extraños en general. El Dios de Jesús no es naciona­lista y, menos aún, xenófobo.
  3. Como decimos que Dios es trascendente y, por tanto no está a nuestro alcance, cada pueblo, cada nación, cada grupo humano y cada individuo se lo imagina como puede o quizá como le conviene. Por eso hay tanta gente, que son buenas personas y, sin embargo, creen en un Dios que se identifica con los de mi país, los de mi partido o los de mi grupo. Y recha­za a mis enemigos o a los que me odian. Todo esto entraña una lección fuerte, dura, que da que pensar. Se trata de que, a veces, las personas religiosas, los que son vistos como los «buenos», utilizan a Dios como un argumento o un motivo que favorece sus intereses y mantiene sus privi­legios. Esto hace mucho daño a la religión y a las personas religiosas.

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Lc 1, 57-66 – JMC

«A Isabel se le cumplió el tiempo y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericor­dia y la felicitaban. A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo:  «No, se va a llamar Juan». Le replicaron: «Ninguno de tus parientes se llama así». Entonces preguntaron por señas al padre cómo quería que se lla­mase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Todos se que­daron extrañados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogi­dos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: «¿Qué va a ser este niño?» Porque la mano de Dios estaba con él».

  1. El nacimiento de Juan prepara el nacimiento de Jesús. Juan recibió la circuncisión, como también Jesús. Así queda claro que ambos, no sólo na­cieron en el pueblo de Israel, sino además que pertenecían a la religión de Israel. Pero los dos -cada uno en su papel- no se limitaron a ser meros «cumplidores» de aquella religión, sino que fueron audaces «innovadores».
  2. La primera innovación, en el caso de Juan, fue el nombre. No le llama­ron Zacarías, como esperaba la gente, sino Juan, que significa «Yahvé es clemente». Ya en Juan Bautista se esboza una nueva imagen de Dios. La clemencia, y no la rigidez o la condena, es lo que caracteriza al Dios que se anuncia en Juan y precede a Jesús.
  3. Juan nació en una familia en la que el padre (Zacarías) era sacerdote. Y la madre (Isabel) era de la familia de Aarón (Lc 1, 5), la principal familia sacerdotal de Israel. Es decir, Juan pertenecía al clero judío por los cuatro costados. Y sin embargo, Juan no se fue al templo, sino al desierto (Lc 1, 80). Ya con eso anunció que la salvación no viene ni del clero ni del tem­plo, sino de donde menos se imagina la gente. Con frecuencia, Dios nos habla donde menos esperamos y de la forma que menos podemos ima­ginar. Lo que importa, en la vida del creyente, es la atención a los signos de la presencia de Dios. Y, sobre todo, la apertura de corazón para estar dispuesto a escuchar a Dios en todo y en todos.

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Lc 1, 46-56 – JMC

«En aquel tiempo, María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humilla­ción de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo. Y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres-, en favor de Abrahán y su descendencia para siempre. María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa».

  1. Sea cual sea el origen histórico de este himno, lo que interesa es saber que el evangelio pone en boca de María el sentimiento de alabanza a Dios. Sólo ese sentimiento, aunque ella se veía como una «esclava hu­millada». Mucha gente, cuando se ve así, se desespera y hasta maldice la hora en que nació. María era una mujer en la que no había ni desespera­ción, ni amargura, ni resentimiento. ¿Por qué?
  2. Porque María no cree en el Dios terrible, amenazante y violento que aparece muchas veces en la Biblia. María sólo cree en el Dios de la mise­ricordia. Según es el Dios que da sentido a nuestra vida, así son los senti­mientos que cada cual alimenta y contagia a los demás. La gente religio­sa, que juzga, rechaza y desprecia, demuestra así que cree en un Dios que nada tiene que ver con el Evangelio.
  3. El problema preocupante, que plantea el Magníficat, está en que nuestro comportamiento en la vida no coincide con el proyecto de Dios. Dios quiere cambiar por completo las situaciones (sociales y económicas) establecidas. Pero nosotros no colaboramos con su proyecto, sino que hacemos (con demasiada frecuencia) lo contrario. Por eso los soberbios, poderosos y ricos siguen en sus tronos, mientras que los humildes y ham­brientos aumentan cada día. La Navidad es así una invitación, un reclamo, una voz que grita en el desierto, entre tanto consumismo y deseos de disfrute, para que aceptemos que el sistema de este «orden» es un profundo «desorden».

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Lc 1, 39-45 – JMC

«Unos días después, María se puso en camino y fue aprisa a la mañana, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú, que has creí­ do!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».

  1. Este episodio está situado entre dos anuncios angélicos de concepcio­nes (la de Isabel y la de María) y dos relatos de nacimientos (el de Juan y el de Jesús). Y sirve para unir a los personajes de ambos relatos, mostrando sobre todo la posición subordinada de Juan Bautista respecto a Jesús (R. E. Brown). Fue una preocupación del cristianismo naciente el destacar la superioridad de Jesús respecto a Juan. Porque se sabe que los discípulos de Juan se mantuvieron fieles a su bautismo y doctrina durante bastante tiempo (cf. Hech 19, 4). De ahí la preocupación de los seguidores de Jesús.
  2. ¿Qué se destaca aquí en Jesús? Causa la admiración y la conciencia de pequeñez en Isabel, que era de la familia de Aarón (Lc 1, 5), la más impor­tante de las familias sacerdotales. Lucas apunta ya la mayor importancia del laicado sobre el sacerdocio. Al acercarse Jesús, Juan salta de alegría en el seno materno. Lo primero que provocó la proximidad de Jesús fue una enorme alegría. Es decir, la alegría es signo indicativo de la cercanía de Jesús. Y, sobre todo, la llegada de Jesús a casa de Isabel lleva consigo la plenitud de la presencia del Espíritu Santo en aquella mujer y en aquella casa.
  3. Jesús, ya antes de nacer y en el seno materno, se pone en camino, va a toda prisa, para dar alegría y, más que nada, para transmitir Espíritu. Los signos de la presencia de Jesús en la vida son la prontitud para ponerse en camino, para transmitir felicidad, para enaltecer a las mujeres, para destacar que ya «lo sagrado» no ocupa una posición superior a «lo laico». La cercanía de Jesús anuncia ya cambios muy profundos en la tradicional forma de entender y vivir la religiosidad.

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Lc 1, 26-38 (c) – JMC

En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una Virgen, desposada con un hombre lla­mado José, de la estirpe de David; la Virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo, bendita  tú entre las mujeres». Ella se turbó ante estas palabras  y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu  vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se lla­mará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin». Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra, por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebi­do un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «Aquí está la esclava  del Señor, hágase en mi según tu palabra». Y la dejó el ángel».

  1. Lo que cuenta este relato fue el punto de partida del cambio más asombroso que se ha producido en la historia de las tradiciones religiosas de la humanidad. Se trata, ni más ni menos, que de la «encarnación de Dios». El Trascendente se hace visible, tangible, audible (cf. 1 Jn 1, 1) en lo inmanente. El que nadie había visto jamás (Jn 1, 18) se hace tan visible y patente como lo era Jesús para quienes convivían con él (Jn 14, 8-11). Hasta que ocurrió lo que aquí se cuenta, la gente que creía en el mono­ teísmo pensaba que Dios era invariablemente el Absolutamente-Otro,  y por tanto el «Eterno Desconocido». La «trascendencia» (Dios) y la «inma­nencia» (el ser humano) eran radicalmente distintas y estaban absoluta­ mente separadas.
  2. Así las cosas, los pueblos que creían en un solo Dios, se lo imaginaban como podían y, a veces, como les convenía. Además, lo veían como el Ab­soluto. De ahí nació el Dios nacionalista y xenófobo. Y sobre todo el Dios Absoluto, que legitima las verdades absolutas, las normas intocables y la sumisión total a la religión. Un Dios así, acrecentó la intolerancia y, con ella, la violencia inapelable.
  3. La asombrosa novedad, que vino al mundo con la encarnación de Dios en Jesús, es que Dios se humaniza, se despoja de su rango y se hace como uno de tantos (Fil 2, 7). A Dios lo conocemos, lo vemos, en un ser humano, en su entrañable sencillez y en su bondad sin límites. De forma que toda agresión a lo humano es agresión a Dios. Más aún: a partir de la encarna­ción de Dios, lo más fuerte es que Dios se identifica con la realidad de este mundo. De ahí, la impresionante propuesta de Dietrich Bonhoeffer: «Vivir en la plenitud de las tareas, problemas, éxitos y fracasos, experiencias Y perplejidades, en eso es cómo uno se arroja por completo en los brazos de Dios».

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Lc 1, 5-25 – JMC

«En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote, llamado Zacarías, del turno de Abías, casado con una descendiente de Aarón lla­mada Isabel. Los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin falta según los mandamientos y leyes del Señor. No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos eran de edad avanzada. Una vez que oficiaba delante de Dios con el grupo de su turno, según el ritual de los sacerdotes, le tocó a él entrar en el santuario del Señor a ofrecer el incienso. Y se le apareció el ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zoca­ rías se sobresaltó y quedó sobrecogido de miedo. Pero el ángel le dijo: «No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo y le pondrá por nombre Juan. Te llenarás de alegría y muchos se alegrarán de su nacimiento, pues será grande a los ojos del Señor: no beberá vino ni licor; se llenará del Espíritu Santo ya en el vien­tre materno, y convertirá muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor, con el espíritu y el poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la sensatez de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto». Zacarías replicó al ángel: «¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo y mi mujer es de edad avanzada». El ángel le contestó: «Yo soy Gabriel, que sirvo en presencia de Dios; he sido enviado a hablarte para darte esta buena noticia. Pero mira, guardarás silencio, sin poder hablar, hasta el  día en que esto suceda, porque no has creído mis palabras, que se cum­plirán en su momento».

«El pueblo estaba esperando a Zacarías sorprendido de que tardase tanto en el santuario. Al salir no podía hablarles, y ellos comprendieron que había tenido una visión en el santuario. Él les hablaba por señas, porque seguía mudo. Al cumplirse los días de su servicio en el templo volvió a su casa. Días después concibió Isabel, su mujer, y estuvo sin salir cinco meses, diciendo: «Así me ha tratado el Señor cuando se ha digna­ do quitar mi afrenta ante los hombres».

  1. En los evangelios de la infancia de Jesús, se cuentan dos apariciones de ángeles, que anuncian dos nacimientos prodigiosos. La aparición a Zacarías, para el nacimiento de Juan. Y la aparición a María, para el nacimiento de Jesús. Zacarías era sacerdote y aquella aparición ocurrió en lugar sa­grado, el templo. María era laica y la aparición, que ella tuvo, ocurrió en lugar profano, un pueblo de Galilea.
  2. La respuesta a ambas apariciones fue opuesta: Zacarías se resistió y no creyó, mientras que María aceptó y creyó. El sacerdote, el hombre sagra­do, en el lugar sagrado y en el tiempo sagrado de la oración, no tuvo fe. La mujer del pueblo, en el lugar profano, tuvo fe. Eso es lo que Isabel elogió de su parienta María, la madre de Jesús ( Lc 1, 45).
  3. La consecuencia fue también opuesta: el sacerdote  se quedó  mudo (Lc 1, 20). La mujer del pueblo habló (Lc 1, 46). La venida de Jesús em­pieza a ser desconcertante y trastorna las situaciones establecidas: «lo sagrado» se queda sin palabra y no tiene  nada que decir; mientras que «lo profano» toma la palabra y dice lo más elocuente. Se trata del «Magní­ficat», en el que María explica también el trastorno asombroso que causa la venida de Jesús: los poderosos caen de sus tronos, al tiempo que los humildes son encumbrados (Lc 1, 52). La institución santa enmudece. La mujer humilde y desconocida dice maravillas. Las religiones, hasta en­tonces, habían marginado a las mujeres. A partir de la venida de Jesús,  la mujer empieza a tener una presencia que antes no había tenido en la mayoría de las culturas.

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Lc 1, 26-38 (b) JMC

«En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre lla­mado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando a su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracias, el Señor está contigo, bendita entre las mujeres». Ella se turbó ante estas palabras, y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llama­rá Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre, rei­nará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra, por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel que, a pesar de su vejez, ha concebi­do un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «He aquí la esclava del Señor, hágase en según tu palabra». Y la dejó el ángel».

  1. El sitio: lo que aquí se cuenta, tan trascendental para la humanidad, sucede en Galilea, la región de los que en Israel se tenían por ignorantes, impuros, con los que no había que relacionarse (M. Pérez Fernández). Era famoso el dicho de Yojanán ben Zakkai: «Galilea, Galilea, tú odias la Toráh». En un pueblo perdido, de un sitio así, acontece el hecho estremece­dor, al que se refiere san Pablo, cuando afirma que Dios se despojó de su rango, se vació de sí mismo, y asumió la forma y presencia de un esclavo (Fil 2, 6-7). Dios ya no es como se lo representaron tantas generaciones durante siglos y siglos. Dios se pone en el último lugar. Para empezar, con su propia ejemplo, a decirnos que es verdad eso de que los primeros tienen que irse al último ligar. Se acabaron todos los motivos de orgullos, titulaciones, homenajes y privilegios.
  2. La persona: central en el relato es María, una mujer desconocida y hu­milde, de la que se dice que era «virgen», una palabra que, en el judaísmo de aquel tiempo, designaba a una muchacha, desde su pubertad hasta su primer alumbramiento. El relato de Lucas quiere destacar que el hecho prodigioso, que sucedió en María, es mucho más importante que el de su parienta Isabel. El texto no habla de la virginidad biológica de María, sino de su fidelidad total a Dios.
  3. El mensaje: de María va a nacer el Mesías que esperaba Israel. Y mu­ cho más de lo que esperaba. Este texto se escribió cuando ya se tenía conciencia de lo que dice san Pablo en Rom 1, 3-4: el hijo de David fue constituido, «por su resurrección», Señor e Hijo de Dios. Aunque Lucas no conociera este texto de Pablo, lo que dice el texto era ya conocido en la Iglesia. Y por eso se le aplica aquí ya al niño que María llevó en sus entra­ñas durante nueve meses.

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