Tristeza

La tristeza, contrariamente a la alegría (gozo) que está ligada a la salvación y a la presencia de Dios, es un fruto amargo del pecado que separa de Dios. Sus causas aparentes son variadas: una prueba que significa que Dios oculta su rostro (Sal 13,2s), una esposa que decepciona por su malicia (Eclo 25,23), un hijo mal educado (30,9s), un amigo traidor (37,2), la propia locura de uno (22,10ss) o su perversidad (36,20), la maledicencia de otros (Prov 25,23). La Biblia no se contenta con referir la continua decepción del hombre, condenado a «alimentarse de un pan de lágrimas» (Sal 80, 6), sin hallar consolador (Ecl 4,1); tras la inmensa pena de los hombres descubre el pecado que es su verdadera causa y muestra su remedio en el Salvador: si la tristeza viene del pecado, la alegría es fruto de la salvación (Sal 51,14).

AT. 1. Sentido común y tristeza. La revelación no se eleva de golpe a tales alturas; acusa también la reacción vulgar, de tipo estoico, que trata de esquivar la tristeza, aun sabiendo que sólo el temor del Señor asegura la alegría de la vida (Eclo 1, 12s). La tristeza deprime el corazón (Prov 12,25), abate el espíritu (15,13), deseca los huesos (17,22), todavía más que la enfermedad (18,14). Consiguientemente aconsejan los sabios: «No te abandones a tus ideas sombrías» (Eclo 30,21), «expulsa la tristeza que ha perdido a muchos» y los cuidados que hacen envejecer antes de tiempo (30,22). Desde luego, hay que «afligirse con los afligidos» (Eclo 7,34; cf. Prov 25,20); pero ante la pérdida de un ser querido no hay que lamentarse desmesuradamente: «consuélate una vez que ha partido su espíritu» (Eclo 38,16-23); el vino consuela no pocas amarguras (Prov 31,6s; Ecl 9,7; 10, 19); y si bien «toda alegría se cambia pronto en pesar» (Prov 14,13), no olvides «que hay tiempo para llorar y tiempo para reír» (Ecl 3,4). Estos consejos, por muy prosaicos que sean, pueden ayudar a desenmascarar el artificio que se insinúa solapadamente en la tristeza; preparan para una revelación más alta.

La tristeza, signo del pecado. En efecto, la historia de la alianza es en cierto respecto educación de Israel partiendo de la tristeza que causan los castigos merecidos: significa que se ha tomado conciencia de la separación de Dios. La sanción del pecado de idolatría en el Sinaí consiste en que Yahveh «no acompañará en persona» al pueblo; habrá que quitarse los vestidos de fiesta en señal de duelo y de separación (Éx 33,4ss). A la entrada de la tierra prometida (Jos 7,6s.11s), durante el período de los Jueces (Jue 2), se deja sentir el mismo ritmo: pecado, alejamiento de Dios, castigo, que engendra tristeza. Los profetas están encargados de revelar esta tristeza, denunciando la paz ilusoria del pueblo pecador; lo hacen primero dejándose sumergir ellos mismos en un abismo de tristeza. Jeremías es modelo, y sus propios gritos de dolor debieran ser los del pueblo: ante la guerra que se acerca (Jer 4,19), ante el hambre (8,18), la desgracia (9,1), es Jeremías la con-ciencia contrita del pueblo pecador (9,18; 13,17; 14,17). Vive separado del pueblo, en testimonio contra él (15,17s; 16,8s); Ezequiel también, pero al revés: no debe llorar por «la alegría de sus ojos», su mujer; hasta tal punto está endurecido el corazón de piedra de Israel (Ez 24,15-24).

La tristeza según Dios. Los profetas tienen también por misión procurar una verdadera compunción. En efecto, la tristeza se expresa con cantidad de gritos y gestos: ayuno (Jue 20,26), vestidos rasgados (Job 2,12), saco y ceniza (2Sa 12,16; 1Re 20,31s; Lam 2,10: Jl 1,13s; Neh 9, 1; Dan 9,3), gritos y lamentaciones (Is 22,12; Lam 2,18s; Ez 27,30ss; Est 4,3). Estas liturgias de penitencia merecen a veces ser estigmatizadas por los profetas (Os 6,1-6; Jer 3,21-4,22), porque si hay que llorar, no es tanto por los dones perdidos cuanto por la ausencia del Señor (Os 7,14), a condición de ser fieles a la ley (Mal 2,13), para expresar una auténtica contrición: «Desgarrad vuestros corazones, no vuestros vestidos» (Jl 2,12s). Entonces son valederas estas demostraciones (Neh 9, 6-37; Esd 9,6-15; Dan 9,4-19; Bar 1,15-3,8; Is 63,7-64,11); los llantos atraen la compasión de Dios (Lam 1,2; 2,11.18; Sal 6,7s); la tristeza es una confesión del pecador: «Señor, recoge mis lágrimas en tu odre» (Sal 56,9).

4. Tristeza y esperanza. El quebrantamiento del corazón no mata la esperanza, sino al contrario: recurre al Salvador que no quiere la muerte, sino la vida del pecador (Ez 18,23). A través del exilio, reconocido como el castigo ejemplar de los pecados cometidos, Israel entrevé que un día cesará definitivamente la tristeza. Raquel lloró sus hijos deportados; rio quería ser consolada, pero Yahveh interviene: «¡Cesa de lamentarte! ¡Enjúgate los ojos!» (Jer 31,15ss). En efecto, un arma de esperanza es lo que maneja el profeta de las lamentaciones, convertido de repente en mensajero de consolación: «Salieron entre llantos, yo los hago volver consolados… trocaré en júbilo su tristeza, convertiré su pena en alegría, los consolaré, los alegraré después de sus penas» (31,9.13). Entonces en el corazón de Sión, que no quería cantar jubilosamente en el exilio (Sal 137), derramará su bálsamo el libro de la consolación (Is 40-55; 35,10; 57,18; 60,20; 61, 2s; 65,14; 66,10.19). «Los que siembran con lágrimas siegan cantando» (Sal 126,5; cf. Bar 4,23; Tob 13, 14). Cierto que todavía podrán sobrevenir el pecado y la tristeza (Esd 10,1), pero se espera que no sumerjan ya sino a la ciudad del mal (Is 24,7-11), mientras que en la montaña de Dios «enjugará el Señor las lágrimas de todos los rostros» (25, 8). Pero no es ésta la últimoa palabra del AT. Esta perspectiva paradisíaca, que reasumirá el Apocalipsis, no ve-la todavía la realidad dolorosa del camino de la alegría sin fin: un día habrá que hacer una lamentación sobre el «traspasado» para que se abra en el flanco de la ciudad la fuente inagotable de alegría (Zac 12,10s).

NT. 1. La tristeza de Jesucristo. Era preciso que aquél que quitaba el pecado del mundo fuera abrumado de la inmensa tristeza de los hombres, aunque sin quedar aplastado por ella. Como los profetas, se entristeció profundamente por el endurecimiento de los fariseos (Mc 3,5), se lamentó por la inconsciencia de Jerusalén que desconocía la hora de su visita (Le 19,41). Además de esta tristeza por el pueblo elegido, lloró Jesús por la muerte, por Lázaro, su amigo muerto hacía algunos días (Jn 11,35). No se trata sencillamente de la amistad puramente humana que en ello creían ver los judíos (11,36s), pues Jesús se estremece interiormente de nuevo (11,38), sin duda porque amaba a Lázaro con un amor que viene del Padre (15,9). Pero se había estremecido ya una vez y se había turbado (11,33.38) con ocasión de los sollozos que expresaban en todo su horror la realidad de la muerte con que iba a enfrentarse en la tumba de un Lázaro ya en putrefacción.

No sólo frente a la muerte, sino en la muerte misma quiso Jesús sufrir «tristeza y angustia», «estar triste hasta la muerte» (Mt 26,37s p), con una tristeza que equivalía a la muerte: ¿no iba a hallarse su voluntad en conflicto con la del Padre, cavando un foso que sólo sería capaz de colmar una oración obstinada? Pero habiendo así recogido en su súplica los clamores y las lágrimas de los hombres frente a la muerte, fue escuchado (Heb 5,7); cuando en la cruz exprese el abandono del Padre en que se siente morir, lo hará por medio del salmo del justo perseguido (Mt 27,46 p): como lo interpretó Lucas, será para abandonarse a aquel que parecía abandonarle (Lc 23,46). Entonces queda vencida la tristeza por aquel que, sin ser pecador. se entregó a ella.

2. Bienaventurados los que lloran. (Lc 6,21). El que así debía sumergirse en el abismo de la tristeza podía por adelantado beatificar no al dolor en cuanto tal, sino a la tristeza unida con su gozo de redentor. Conviene distinguir tristeza y tristeza. «La tristeza según Dios produce una penitencia de la que no hay que arrepentirse; la tristeza del mundo lleva a la muerte» (2Cor 7,10). Esta sentencia paulina está ilustrada con ejemplos conocidos. Por una parte vemos al joven que se va triste porque prefiere sus riquezas a Jesús (Mt 19,22), anunciando de lejos a los ricos, que condena Santiago prometiéndoles la muerte eterna (Sant 5,1); ahí están los discípulos de Getsemaní, agobiados de sueño y de pesadumbre, es decir, maduros para abandonar a su maestro (Lc 22,45); finalmente, ahí está Judas, desesperado por haberse separado de Jesús por la traición (Mt 27,3ss): tal es la tristeza del mundo. Viceversa, la tristeza según Dios aflige a los discípulos cuando piensan en la traición que amenaza a Jesús (Mt 26,22), a Pedro que solloza por haber renegado a su Señor (26,75), a los discípulos de Emaús que caminan tristes recordando a Jesús que los ha dejado (Lc 24, 17). María solloza porque se han llevado a su Señor (Jn 20,11ss). Lo que distingue las dos tristezas es el amor de Jesús; el pecador debe pasar por la tristeza que le separa del mundo para adherirse a Jesús, mientras que el convertido no quiere conocer más tristeza que la de la separación de Jesús.

2. De la tristeza nace la alegría. La bienaventuranza prometía la consolación a los que lloran; sin embargo, Jesús había anunciado que se lloraría cuando fuera retirado el esposo (Mt 9,15). El sermón después de la cena revela el sentido profundo de la tristeza. Jesús había sido la causa de los llantos renovados de Raquel por los niños inocentes (Mt 2,18); ni siquiera había temido contristar a su madre cuando lo exigían los asuntos de su Padre (Lc 2,48s). Ahora no niega que su partida sea causa de tristeza, pues de lo contrario no sería él aquel sin quien la vida no es sino muerte; sabe también que el mundo se regocijará de su desaparición (Jn 16, 20). Volviendo a la comparación utilizada para describir el nacimiento de un mundo nuevo (Is 26,17; 66,7-14; Rom 8,22), evoca el gozo de la mujer que ha atravesado la tristeza de su hora trayendo un hombre al mundo (Jn 16,21). Así «vuestra tristeza se convertirá en alegría» (16,20): ya ha pasado, o más bien ha pasado a la alegría, como las llagas que marcan para siempre al cordero celestial, como degollado (Ap 5,6); ahora ya la tristeza se consuma en una alegría que nadie puede arrebatar (Jn 16,22), pues proviene de aquel que se mantiene en pie más allá de las puertas de la muerte. Brota de la turbación fatal (14,27), de las tribulaciones (16,33). Los discípulos de Jesús no están ya tristes porque no se hallan nunca en aquella soledad de huérfanos, en que parecían haber quedado (14,18), entregados al mundo perseguidor (16, 2s): el resucitado les da su propio gozo (17,13; 20,20).

En adelante, pruebas (Heb 12,5-11; 1Pe 1,6ss; 2,19), separación de los hermanos difuntos (1Tes 4,13) o aún incrédulos (Rom 9,2), nada puede ya hacer mella al gozo del creyente ni separarle del amor de Dios (Rom 8, 39). El discípulo del Salvador, aparentemente triste, en realidad siempre gozoso (2Cor 6,10), aun pisando los caminos de la tristeza conoce el gozo celestial, el que colmará a los elegidos, con los que Dios permanecerá para siempre, enjugando toda lágrima de sus ojos (Ap 7,17; 21,4).

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Sufrimiento

«Me complazco… en las aflicciones, en las angustias» (2Cor 12,10) osa escribir Pablo a los convertidos de Corinto. El cristiano no es un estoico que cante «la majestad de los sufrimientos humanos», sino discípulo del «jefe de nuestra fe» que «en lugar del gozo que se le proponía soportó la cruz» (Heb 12,2). El cristiano mira todo sufrimiento a través de Jesucristo; en Moisés «que estimó el oprobio de Cristo como una riqueza superior a los tesoros de Egipto» (Heb 11,26) reconoce la pasión del Señor.

¿Pero qué significados tiene el sufrimiento en Cristo? ¿Cómo el sufrimiento, tan frecuentemente maldición en el AT, se convierte en bienaventuranza en el NT? ¿Cómo puede Pablo «sobreabundar de gozo en todas las tribulaciones» (2Cor 7, 4; cf. 8,2)? ¿Será la fe insensibilidad o exaltación enfermiza?

AT. I. LO SERIO DEL SUFRIMIENTO. La Biblia toma en serio el sufrimiento; no lo minimiza, lo compadece profundamente y ve en él un mal que no debiera haber.

Los gritos del sufrimiento. Lutos, derrotas y calamidades hacen que se eleve en la Escritura un inmenso concierto de gritos y de quejas. Es tan frecuente el gemido en ella que dio origen a un género literario propio, la lamentación. Las más de las veces estos gritos se elevan a Dios. Cierto, el pueblo grita ante el faraón para obtener pan (Gén 41,55), y los profetas gritan contra los tiranos. Pero los esclavos de Egipto gritan a Dios (Éx 1,23s), los hijos de Israel gritan a Yahveh (14,10; Jue 3,9) y los salmos están llenos de estos gritos de aflicción. Esta letanía del sufrimiento se prolonga hasta el «gran clamor y hasta las lágrimas» de Cristo ante la muerte (Heb 5,7).

El juicio pronunciado sobre el sufrimiento responde a esta rebelión de la sensibilidad: el sufrimiento es un mal que no debiera ser. Desde luego, se sabe que es universal: «El hombre nacido de la mujer tiene una vida breve repleta de miserias» (Job 14,1; cf. Eclo 40,1-9), pero uno no se re-signa a ello. Se sostiene que sabiduría y salud van de la mano (Prov 3,8; 4,22; 14,30), que la salud es un beneficio de Dios (Eclo 34,20) por razón del cual se le alaba (Eclo 17, 27) y se le pide (Job 5,8; 8,5ss; Sal 107,19). Diversos salmos son oraciones de enfermos que piden la curación (Sal 6; 38; 41; 88). La Biblia no es dolorista; hace el elogio del médico (Eclo 38); aguarda la era mesiánica como un tiempo de curación (Is 33,24) y de resurrección (26,19; 29,18; 61,2). La curación es una de las obras de Yahveh (19,22; 57,18) y del Mesías (53,4s). La serpiente de bronce (Núm 21,6-9) ¿no viene a ser una figura del Mesías (Jn 3,14)?

EL ESCÁNDALO DEL SUFRIMIENTO. La Biblia, profundamente sensible al sufrimiento, no puede, como tantas religiones en torno a ella, recurrir para explicarlo a querellas entre los diferentes dioses o a soluciones dualistas. Cierto que para los exilados de Babilonia, abrumados por sus calamidades «inmensas como el mar» (Lam 2,13), era muy grande la tentación de creer que Yahveh había sido vencido por uno más fuerte; sin embargo, los profetas, para defender al verdadero Dios, no piensan en excusarlo, sino en sostener que el sufrimiento no se le escapa: «Yo hago la luz y creo las tinieblas, yo hago la felicidad y provoco la desgracia» (Is 45,7; cf. 63,3-6). La tradición israelita no abandonará jamás el atrevido principio formulado por Amós: «¿Sucede alguna desgracia en una ciudad sin que Dios sea su autor?» (Am 3,6; cf. Éx 8,12- 28; Is 7,18). Pero esta intransigencia desencadena reacciones tremendas: « ¡No hay Dios!» (Sal 10,4; 14,1) concluye el impío ante el mal del mundo, o sólo un Dios «incapaz de conocimiento» (73,11); y la mujer de Job, consecuente: «¡Maldice a Dios!» (Job 2,9).

Sin duda se sabe distinguir en el sufrimiento lo que comporta alguna explicación. Las heridas pueden ser producidas por agentes naturales (Gén 34,25; Jos 5,8; 2Sa 4,4), los achaques de la vejez son normales (Gén 27,1; 48,10). Hay en el universo poderes malignos, hostiles al hombre, los de la maldición y de Satá El pecado acarrea la desgracia (Prov 13,8; Is 3,11; Eclo 7,1), y se tiende a descubrir una falta como origen de toda desgracia (Gén 12,17s; 42, 21; Jos 7,6- 13): tal es la convicción de los amigos de Job. Como fuente de la desgracia que pesa sobre el mundo hay que señalar el primer pecado (Gén 3,14-19).

Sin embargo, ninguno de estos agentes, ni la naturaleza, ni el azar (Éx 21,13), ni la funesta fecundidad del pecado, ni la maldición (Gén 3, 14; 2Sa 16,5) ni Satán mismo se sus-traen al poder de Dios, de modo que fatalmente resulta implicado Dios. Los profetas no pueden comprender la felicidad de los impíos y la des-gracia de los justos (Jer 12,1-6; Hab 1,13; 3,14-18), y los justos perseguidos se creen forzosamente olvidados (Sal 13,2; 31,13; 44,10-18). Job entabla un proceso contra Dios y le intima a explicarse (Job 13,22; 23,7).

EL MISTERIO DEL SUFRIMIENTO. Profetas y sabios, deshechos por el sufrimiento, pero sostenidos por su fe, entran progresivamente «en el misterio» (Sal 73,17). Descubren el valor purificador del sufrimiento, como el del fuego que separa el metal de sus escorias (Jer 9,6; Sal 65,10), su valor educativo, el de una corrección paterna (Dt 8,5; Prov 3,11s; 2Par 32,26.31), y acaban por ver en la prontitud del castigo un como efecto de la benevolencia divina (2Mac 6,12-17; 7,31-38). Aprenden a acoger en el sufrimiento la revelación de un designio divino que nos confunde (Job 42,1-6; cf. 38,2). Antes que Job, José lo reconocía delante de sus hermanos (Gén 50,20). Semejante designio puede explicar la muerte prematura del sabio, preservado así de pecar (Sab 4,17-20). En este sentido el AT conoce ya una bienaventurada de la mujer estéril y del eunuco (Sab 3,13s).

El sufrimiento, incluido por la fe en el designio de Dios, viene a ser una prueba de alto valor que Dios reserva a los servidores de quienes está orgulloso, Abraham (Gén 22), Job (1,11; 2,5), Tobías (Tob 12,13) para enseñarles lo que vale Dios y lo que se puede sufrir por él. Así Jeremías pasa de la rebelión a una nueva conversión (Jer 15,10-19).

Finalmente, el sufrimiento tiene valor de intercesión y de redención. Este valor aparece en la figura de Moisés, en su oración dolorosa (Éx 17,11ss; Núm 11,1s) y en el sacrificio que ofrece de su vida para salvar a un pueblo culpable (32,30-33). No obstante, Moisés y los profetas más probados por el sufrimiento, como Jeremías (Jer 8,18.21; 11,19; 15,18), no son sino figuras del siervo de Yahveh.

El siervo conoce el sufrimiento bajo sus formas más tremendas, más escandalosas. Ejerció sobre él todos sus estragos, lo desfiguró, hasta el punto de no provocar ya ni siquiera compasión, sino horror y desprecio (Is 52,14s; 53,3); no es en él un accidente, un momento trágico, sino su existencia cotidiana y su signo distintivo: «hombre de dolores» (53,3); parece no poder explicarse sino por una falta monstruosa y por un castigo ejemplar del Dios santo (53,4). En realidad hay falta, y de proporciones increíbles, pero no precisamente en él: en nosotros, en todos nosotros (53,6). Él es inocente, lo cual es el colmo del escándalo.

Ahora bien, ahí está precisamente el misterio, «el logro del designio de Dios» (53,10). Inocente, «intercede por los pecadores» (53,12) ofreciendo a Dios no sólo la súplica del corazón, sino «su propia vida en expiación» (53,10), dejándose confundir entre los pecadores (53,12) para tomar sobre sí sus faltas. De este modo el escándalo supremo se convierte en la maravilla inaudita, en la «revelación del brazo de Yahveh» (53,1). Todo el sufrimiento y todo el pecado del mundo se han concentra do en él y, por haber él cargado con ellos en la obediencia, obtiene para todos la paz y la curación (53,5), el fin de nuestros sufrimientos.

NT. I. JESÚS Y EL SUFRIMIENTO DE LOS HOMBRES. Jesús no puede ser testigo de un sufrimiento sin quedar profundamente conmovido, con una misericordia divina (Mt 9,36; 14,14; 15,32; Lc 7,13; 15,20); si hubiese estado allá, no habría muerto Lázaro: Marta y María se lo repiten (Jn 11,21.32) y él mismo lo había dado a entender a los doce (11,14). Pero entonces, ante una emoción tan evidente – «¡cómo le amaba!» – ¿cómo explicar este escándalo?, «¿no podía hacer que este hombre no muriera?» (11,36s).

Jesucristo, vencedor del sufrimiento. Las curaciones y las resurrecciones son signos de su misión mesiánica (Mt 11,4; cf. Le 4,18s), preludios de la victoria definitiva. En los milagros realizados por los doce ve Jesús la derrota de Satán (Lc 10,19). Cumple la profecía del siervo «cargado con nuestras enfermedades» (Is 53,4) curándolas todas (Mt 8,17). A sus discípulos les da el poder de curar en su nombre (Me 15,17), y la curación del tullido de la Puerta Hermosa testimonia la seguridad de la Iglesia naciente en este sentido (Act 3,1-10).

Jesucristo dignifica el sufrimiento. Sin embargo, Jesús no suprime en el mundo ni la muerte, que él ha ve-nido, no obstante, a «reducir a la impotencia» (Heb 3,14) ni el sufrimiento. Si bien se niega a establecer un nexo sistemático entre la enfermedad o el accidente y el pecado (Le 13,2ss; Jn 9,3), deja, sin embargo, que la maldición del Edén produzca sus frutos. Es que él es capaz de cambiarlos en gozo; Jesús no suprime el sufrimiento, pero lo consuela (Mt 5,5); no suprime las lágrimas, únicamente enjuga algunas a su paso (Lc 7,13), en signo del gozo que unirá a Dios y a sus hijos el día en que «enjugue las lágrimas de todos los rostros» (Is 25,8; Ap 7,17; 21, 4). El sufrimiento puede ser una bienaventuranza, pues prepara para acoger el reino, permite «revelar las obras de Dios» (Jn 9,3), «la gloria de Dios» y la «del Hijo de Dios» (11,4).

LOS SUFRIMIENTOS DEL HIJO DEL HOMBRE. A pesar del escándalo de Pedro y de sus discípulos, Jesús les repite que «el Hijo del hombre debe sufrir mucho» (Mc 8,31; 9,31; 10, 33 p). Mucho antes de la pasión Jesús «tiene familiaridad con el sufrimiento» (Is 53,3); sufre a causa de la multitud «incrédula y perversa» (Mt 17,17) como «engendros de víboras» (Mt 12,34; 23,33), por ser desechado por los suyos (Jn 1,11). Llora delante de Jerusalén (Le 19, 41; cf. Mt 23,37); se «turba» al re-cuerdo de la pasión (Jn 12,27). Su sufrimiento resulta entonces una aflicción mortal, una «agonía», un combate en medio de la angustia y del miedo (Mc 14,33s; Lc 22,44). La pasión concentra todo el sufrimiento humano posible, desde la traición hasta el abandono por Dios (Mt 27, 46). Pero prueba en forma decisiva el amor de Cristo a su Padre (Jn 14, 30) y a sus amigos (15,13), es la revelación de su gloria de Hijo (Jn 17,1; 12,31s), reúne en torno a él «en la unidad a los hijos de Dios dispersos» (11,52), le hace capaz «de socorrer a los que se ven probados» (Heb 2,18) y de identificarse con todos los que sufren (Mt 25,35.40).

LOS SUFRIMIENTOS DE LOS DISCÍPULOS, Una ilusión amenaza a los cristianos con la victoria de pascua: se acabó la muerte, se acabó el sufrimiento; corren peligro de ver vacilar su fe, debido a las realidades trágicas de la existencia (cf. 1Tes 4,13). La resurrección no deroga las enseñanzas del Evangelio, sino que las confirma. El mensaje de las bienaventuranzas, la exigencia de la cruz cotidiana (Lc 9,23) revisten toda su urgencia a la luz del destino del Señor. Si a su propia madre no se le ahorró el dolor (Lc 2,35), si el Maestro «para entrar en su gloria» (Lc 24,26) pasó tribulaciones y persecuciones, los discípulos han de seguir el mismo camino (Jn 15,20; Mt 10,24), y la era mesiánica es un tiempo de tribulaciones (Mt 24,8; Act .14,22; 1Tim 4,1).

Sufrir con Cristo. Así como, si el cristiano vive, «no es ya [él] quien vive, sino que Cristo vive en [él]» (Gál 2,20), así también los sufrimientos del cristiano son «los sufrimientos de Cristo en [él]» (2Cor 1, 5). El cristiano pertenece a Cristo por su cuerpo mismo y el sufrimiento configura con Cristo (Flp 3,10). Así como Cristo, «con ser el Hijo, aprendió por sus padecimientos la obediencia» (Heb 5,8), del mismo modo es preciso que nosotros «corramos al combate que se nos ofrece, puestos los ojos en el autor y consumador de nuestra fe… que soportó la cruz» (Heb 12,1s). Cristo, que se hizo solidario de los que sufren, deja a los suyos la misma ley (1Cor 12,26; Rom 12,15; 2Cor 1,7).

Para ser glorificados con Cristo. Si «sufrimos con él», es «para ser también glorificados con él» (Rom 8,17); «si llevamos en nuestro cuerpo siempre y en todas partes los sufrimientos de muerte de Jesús», es «a fin de que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2Cor 4,10). «El favor de Dios que se nos ha otorgado es no sólo creer en Cristo, sino sufrir por él» (Flp 1,29). Del sufrimiento sobrellevado con Cristo no solamente nace «el peso eterno de gloria preparado por encima de toda medida» (2Cor 4,17) más allá de la muerte, sino también, ya desde ahora, el gozo. Gozo de los apóstoles que hacen en Jerusalén su primera experiencia y descubren «el gozo de ser juzgados dignos de sufrir ultrajes por el nombre» (Act 5, 41); llamamiento de Pedro al gozo de «participar en los sufrimientos de Cristo» para conocer la presencia del «Espíritu de Dios, del Espíritu de gloria» (1Pe 4,13s); gozó de Pablo «en los sufrimientos que soporta», por poder «completar en [su] carne lo que falta a las pruebas de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24).

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Soledad

El hombre, creado a imagen de Dios que, como Padre, Hijo y Espíritu Santo,ces fecundidad sobreabundante de amor, debe vivir en comunión con Dios y con sus semejantes, y de esta manera llevar fruto. La soledad es, por tanto, en sí misma un mal que viene del pecado; puede, sin embargo, convertirse en fuente de comunión y de fecundidad si se une a la soledad redentora de Jesucristo.

SOLEDAD DEL HOMBRE. 1. «No es bueno que el hombre esté solo» (Génc2,18). Según Dios, la soledad es un mal. Entrega a la merced de los malos al pobre, al extranjero, a la viuda y al huérfano (Is 1,17.23); por eso exige Dios que se les proteja particularmente (Éx 22,21ss); tiene, a los que los protegen, por sus hijos y les profesa más cariño que una madre (Eclo 4,10); a falta de apoyos humanos, se constituirá Dios en vengador de estos pobres (Prov 23,10s; Sal 146,9).

La soledad entrega también a la vergüenza al que permanece estéril; mientras no se revela el sentido de la virginidad invita Dios a remediar esta vergüenza mediante la ley del levirato (Dt 25,5-10); a veces él mismo interviene en persona para regocijar a la abandonada (1Sa 2,5; Sal 113,9; Is 51,2). La prueba de la soledad es un llamamiento a la confianza absoluta en Dios (Est 14,14).

2. Dios quiere que el pecador esté solo. La soledad revela también al hombre su ser de pecador; entonces se convierte en un llamamiento a la conversión. Esto puede enseñar la experiencia de la enfermedad, del sufrimiento y de la muerte prematura: el desgraciado, viéndose descartado de la sociedad de los hombres (Job 19,13-22), se reconoce en estado de pecado. Por otro camino revela Dios también que entrega al pecador a la soledad. Abandona a su esposa infiel (Os 2,5; 3,3); el profeta Jeremías debe significar con el celibato que Israel es estéril (Jer 16,2; 15,17);finalmente, el exilio hace comprender que sólo Dios puede librar de la soledad proporcionando fecundidad (Is 49,21; 54,Iss).

SOLEDAD DE JESUCRISTO. 1. La compañía de Jesús solo. Dios dio su Hijo único a los hombres (Jn 3,16) para que los hombres recobren a través del Emmanuel (= «Dios con nosotros», Is 7,14) la comunión con Dios. Jesús llama, pues, a los discípulos a «estar con él» (Mc 3,14). Ve-nido para buscar a la oveja perdida, sola (Lc 15,4), restaura la comunión rota entablando diálogos «a solas» con sus discípulos (Mc 4,10; 6,2), con las pecadoras (Jn 4,27; 8,9). El amor que exige es único, superior a cualquier otro (Lc 14,26), semejante al que prescribía Yahveh, Dios único (Dt 6,4; Neh 9,6).

2. De la soledad a la comunión. Para realizar la comunión de los hombres tomó Jesús sobre sí su soledad, y ante todo la de Israel pecador. Estuvo en el desierto para vencer al adversario (Mt 4,1-11; cf. 14,23), oró en la soledad (Mc 1,35.45; Lc 9,18; cf. 1Re 19,10). Finalmente, en Getsemaní choca con el sueño de los discípulos que se niegan a participar en su oración (Mc 14,32-41) y afronta solo la angustia de la muerte. Dios mismo parece abandonarle (Mt 27,46). En realidad no está solo, y el Padre está siempre con él (Jn 8, 16.29; 16,32); así, como grano de trigo caído en tierra, no permanece solo, sino lleva fruto (Jn 12,24): «reúne en la unidad a los hijos de Dios dispersos» (11,52) y «atrae a todos los hombres a sí» (12,32). La comunión ha triunfado.

La Iglesia a su vez se halla sola en un mundo al que no pertenece (17,16) y debe huir al desierto (Ap 12,6); pero ahora ya no hay verdadera soledad: Cristo, gracias a su Espíritu, no ha dejado «huérfanos» a los discípulos (Jn 14,18), hasta el día en que, habiendo triunfado de la soledad que impone la muerte de los seres queridos «nos reunamos con ellos … y con el Señor para siempre» (1Tes 4,17).

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Soberbia

1. La soberbia y sus efectos. La soberbia, «odiosa al Señor y a los hombres» (Eclo 10,7), es también ridícula en el hombre «que es polvo y ceniza» (Eclo 10,9). Tiene formas más o menos graves. Existe el vanidoso que ambiciona honores (Lc 14, 7; Mt 23,6s), que aspira a las grandezas, a veces de orden espiritual (Rom 12,16.3), que envidia a los otros (Gál 5,26); el insolente de mirada altiva (Prov 6,17; 21,24); el rico arrogante que hace ostentación de su lujo (Am 6,8) y al que su riqueza lo hace presuntuoso (Sant 4, 16; Un 2,16); el orgulloso hipócrita, que hace todo para ser visto y cuyo corazón está corrompido (Mt 23,5.25-28); el fariseo que confía en su pretendida justicia y desprecia a los demás (Lc 18,9-14).

Finalmente, en la cúspide se halla el soberbio, que rechazando toda de- pendencia, pretende ser igual a Dios (Gén 3,5; cf. Flp 2,6; Jn 5,18); no gusta de las reprensiones (Prov 15,12)y le horroriza la humildad (Eclo 13,20); peca descaradamente (Núm 15,30s) y se ríe de los servidores y de las promesas de Dios (Sal 119,51; 2Pe 3,3s).

Dios maldice al soberbio y le tiene horror (Sal 119,21; Lc 16,15); el que está contaminado de soberbia (Me 7, 22) está cerrado a la gracia (1Pe 5, 5) y a la fe (Jn 5,44); ciego por su culpa (Mt 23,24; Jn 9,39ss), no puede hallar la sabiduría (Prov 14,6) que lo llama a la conversión (Prov 1,22-28). Tratándolo se hace uno semejante a él (Eclo 13,1); por eso, el que lo evita es bienaventurado (Sal 1,1).

La soberbia de los paganos, opresores de Israel. Donde reinan los soberbios, que ignoran al verdadero Dios, los débiles son reducidos a servidumbre. Israel lo experimentó en Egipto, donde el faraón intentó oponerse a su liberación por Dios (Éx 5,2). Israel se verá constantemente bajo la amenaza de ser esclavizado por los paganos, cuyo soberbio poder «lanza un reto al Dios vivo» (lSa 17,26). Desde el gigante Goliat hasta el perseguidor Antíoco (1Sa 17,4; 2Mac 9,4-10), pasando por Senaquerib (2Re 18,33ss), es la misma la soberbia expresada por el intolerable dicho de Holofernes: «¿Quién es Dios, sino Nabucodonosor? (Jdt 6,2).

El tipo de esta soberbia dominadora de los Estados que hoy se llaman totalitarios, es Babilonia, a la que se designaba como «la soberana de los reinos» (cf. Is 13,19) y que pretendía serlo «para siempre» diciendo en su corazón: «Yo, y nada más que yo» (Is 47,5-10). Soberbia colectiva, cuyo símbolo es la torre de Babel, que se yergue sin acabar en los umbrales de la historia bíblica: sus constructores pretendían crearse un nombre llegando hasta el cielo (Gén 11,4).

La soberbia de los impíos, opresores de los pobres. En Israel mismo puede producir la soberbia frutos de opresión y de impiedad. La ley prescribía la bondad con los débiles (Éx 22,21-27) e invitaba al rey a no ensoberbecerse, ya acumulando demasiada plata y oro, ya elevándose por encima de sus hermanos (Dt 17, 17.20). El soberbio, para enriquecer-se, no vacila en aplastar al pobre, cuya sangre paga el lujo del rico (Am 8,4-8; Jer 22,13ss). Pero este desprecio del pobre es desprecio de Dios y de su justicia. Los soberbios son impíos, como los paganos. Los perseguidos (Sal 10,2ss) y henchidos por ellos de desprecio (Sal 123,4) hacen llamamiento a Dios en los salmos, subrayando la arrogancia de sus perseguidores (Sal 73,6-9), cuyo corazón es insensible (Sal 119,70). A los fariseos que tienen en el corazón la soberbia y el amor del dinero, les recuerda Jesús que no se puede servir a dos señores: quien se apega a la riqueza no puede menos de despreciar a Dios (Lc 16,13ss).

El castigo de los soberbios. Dios se burla de los soberbios (Prov 3,34), de los potentados que pretenden sacudir su yugo (Sal 2,2ss). Escuchen la terrible sátira del tirano que se pudre sin sepultura en el campo de batalla donde ha hecho matanza de su Pueblo, él que pretendía señorear sobre las estrellas, semejante al Altísimo (Is 14,3-20; Ez 28,17ss; 31). Los imperios, como sus tiranos, serán derribados. A veces son los instrumentos de que se sirve Dios para castigar a su pueblo; pero Dios los castiga luego por la soberbia con que han cumplido su misión; tal es el caso de Asur (Is 10,12) y el de babilonia, abatida repentinamente por un golpe inevitable, imprevisible (Is 47,9.11).

El pueblo de Dios y la ciudad santa de Jerusalén, donde se ha dilatado la soberbia (Jer 13,9; Ez 7,10), serán castigados también el día de Yahveh. «En aquel día será abajado el orgullo del hombre, su arrogancia humillada; Yahveh, él solo, será exaltado» (Is 2,6-22). Dios dará con creces a los soberbios lo que les es debido (Sal 31,24). Ellos, que se burlaban de los justos (Sab 5,4; cf. Lc 16,14), pasarán como humo (Sab 5,8-14). Su elevación no es sino el preludio de su ruina (Prov 16,18; Tob 4,13): «El que se ensalza será humillado» (Mt 23,12).

El vencedor dé la soberbia: el salvador de los humildes. ¿Cómo «dispensa el Señor a los hombres de corazón soberbio» (Lc 1.51)? ¿Cómo triunfa de Satán, antigua serpiente que incitó al hombre a la soberbia (Gén 3,5), el diablo que quiere seducir al mundo entero para ser adorado por él como su dios (Ap 12,9; 13,5; 2Cor 4,4)? Por medio de una Virgen humilde (Lc 1,48) y de su recién nacido, Cristo Señor, que tiene por cuna un pesebre (Lc 2,11s; cf. Sal 8,3).

Éste, al que habría querido matar la soberbia de Herodes (Mt 2,i3), inaugura su misión desechando la gloria del mundo que le ofrece Satán, y todo mesianismo que pudiera estar falseado por la soberbia (Mt 4, 3-10). Se le echa en cara hacerse igual a Dios (Jn 5,18); ahora bien, lejos de prevalerse de esta igualdad, no busca su gloria (Jn 8,50), sino únicamente la exaltación de la cruz (Jn 12,31 ss; Flp 2,6ss). Si pide al Padre que le glorifique, es para que el Padre sea glorificado en él (J., 12,28; 17,1).

Sus discípulos, y especialmente los pastores de su Iglesia, deberán seguirle por este camino (Lc 22,26s; 1Pe 5,3; Tit 1,7). En su nombre triunfarán del demonio en la tierra (Lc I0,18ss); pero los poderes de la soberbia no serán derrocados sino el día del Señor, por la manifestación de su gloria (2Tes 1,7s). Entonces el impío que se hacía igual a Dios será destruido por el soplo del Señor (2Tes 2,4.8); entonces la gran Babilonia, símbolo del Estado deificado, será abatida de un golpe (Ap 18,10. 21). Entonces también los humildes, y sólo ellos, aparecerán, semejantes a Dios, cuyos hijos son (Mt 18,3s; 1Jn 3,2).

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Servir

La palabra servicio adopta dos significados opuestos en la Biblia, según designe la sumisión del hombre a Dios o la sujeción del hombre por el hombre bajo la forma de esclavitud. La historia de la salvación enseña que la liberación del hombre depende de su sumisión a Dios y que «servir a Dios es reinar» (Bendición de los ramos).

SERVICIO Y ESCLAVITUD. En las mismas relaciones humanas significa ya servir dos situaciones concretas profundamente diferentes: la del esclavo, tal como aparece en el mundo pagano, en que el hombre en servidumbre está puesto al nivel de los animales y de las cosas, y la del servidor, tal como la define la ley del pueblo de Dios: el esclavo no deja de ser hombre y tiene su puesto en la familia, de modo que siendo verdadero servidor puede llegar a ser en ella hombre de confianza y heredero (Gén 24,2; 15,3). El vocabulario también es ambiguo: abad (hebr.) y duleuein (gr.) se aplican a las dos situaciones. Sin embargo hay servicios, en los que la dependencia tiene carácter honorífico, sea el servicio del rey por sus oficiales (hebr. serat), sean los servicios oficiales, en el primer rango de los cuales se halla el servicio cultual (gr. leiturgein).

AT: SERVICIO CULTUAL U OBEDIENCIA. Servir a Dios es un honor para el pueblo con el que él ha hecho alianza. Pero nobleza obliga. Yahveh es un Dios celoso que no puede soportar rivales (Dt 6,15), como lo dice una Escritura que citará Cristo: «Adorarás al Señor tu Dios y a él solo servirás» (Mt 4,10; cf. Dt 6,13). Esta fidelidad debe manifestarse en el culto y en la conducta. Tal es el sentido del precepto, en que se acumulan los sinónimos del servicio de Dios: «Seguiréis a Yahveh, le temeréis, guardaréis sus mandamientos, le obedeceréis, le serviréis y os allegaréis a él» (Dt 13,4-5).

Servicio cultual. Servir a Dios es primero ofrecerle dones y sacrificios y asumir el cuidado del templo. A este título los sacerdotes y los levitas son «los que sirven a Yahveh» (Núm 18; 1Sa 2,11.18; 3,1; Jer 33,21s). El sacerdote se define, en efecto, como el guardián del santuario, el servidor del dios que lo habita,. el intérprete de los oráculos que pronuncia (Jue 17,5s).

A su vez el fiel que cumple un acto de culto «viene a servir a Yahveh» (2Sa 15,8). Finalmente, la expresión designa el culto habitual de Dios y viene a ser poco a poco sinónimo de adorar (Jos 24,22).

Obediencia. El servicio que exige Yahveh no se limita a un culto ritual; se extiende a toda la vida mediante la obediencia a los mandamientos. Los profetas y el Deuteronomio no cesan de repetirlo: «La obediencia es preferible al mejor sacrificio» (1Sa 15,22; cf. Dt 5,29ss), revelando la exigente profundidad de esta obediencia: «Lo que yo quiero es amor, no sacrificios» (Os 6,6; cf. Jer 7).

SERVIR A DIOS SIRVIENDO A LOS HOMBRES. Jesús utiliza los términos mismos de la ley y de los profetas (Mt 4,10; 9,13) para recordar que el servicio de Dios excluye cualquier otro culto y que en razón del amor que lo inspira debe ser integral. Puntualiza el nombre del rival que puede poner obstáculo a su servicio: el dinero, cuyo servicio hace al hombre injusto (Lc 16,9) y cuyo amor dirá el Apóstol, haciéndose eco del Maestro, que es un culto idolátrico (Ef 5,5). Es preciso escoger: «No se puede servir a dos señores… No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24 p). Si se ama al uno, se odiará y se despreciará al otro. Por eso la renuncia a las riquezas es necesaria a quien quiera seguir a Jesús, que es el siervo de Dios (Mt 19,21).

El servicio de Jesús. El Hijo muy amado, enviado por Dios para coronar la obra de los servidores del AT (Mt 21,33… p), viene a servir. Desde su infancia afirma que le reclaman los asuntos de su Padre (Lc 2,49). El desarrollo de su vida entera está bajo el signo de un «hay que», que expresa su ineluctable dependencia de la voluntad del Padre (Mt 16,21 p; Lc 24,26); pero tras esta necesidad del servicio que lo lleva a la cruz revela Jesús el amor, único que le da su dignidad y su valor: «Es preciso que el mundo sepa que amo a mi Padre y que obro como me lo ha ordenado el Padre» (Jn 14,30).

Sirviendo a Dios salva Jesús a los hombres reparando así su negativa de servir, y les revela cómo quiere ser servido el Padre: quiere que se consuman en el servicio de sus hermanos como Jesús mismo lo hizo, Jesús que es su señor y su maestro: «El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida» (Me 10,45 p); «Yo os he dado ejemplo… El servidor no es mayor que el amo» (Jn 13,15s); «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27).

La grandeza del servicio cristiano. Los servidores de Cristo son en primer lugar los servidores de la palabra (Act 6,4; Lc 1,2), los que anuncian el Evangelio cumpliendo así un servicio sagrado (Rom 15,16; Col 1,23; Flp 2,22), «con toda humildad», y si es preciso «en lágrimas y en medio de las pruebas» (Act 20, 19). En cuanto a los que sirven a la comunidad, como lo hacen en particular los diáconos (Act 6,1-4), Pablo les enseña en qué condiciones este servicio será digno del Señor (Rom 12,7.9-13). Por lo demás, todos los cristianos por el bautismo han pasa-do, del servicio del pecado y de la ley, que era una esclavitud, al servicio de la justicia y de Cristo, que es la libertad (Jn 8,31- 36; Rom 6-7; cf. 1Cor 7,22; Ef 6,6). Sirven a Dios como hijos y no como esclavos (Gál 4), pues sirven en la novedad del Espíritu (Rom 7,6). La gracia, que los hizo pasar de la condición de servidores a la de amigos de Cristo (Jn 15,15) les da poder servir tan fiel-mente a su Señor que están ciertos de participar en su gozo (Mt 25,14-23; Jn 15,10s).

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Sencillo

La sencillez que caracteriza al niño (hebr. peti; gr. nepios; vulg. parvulus, innocens) tiene aspectos diversos: falta de experiencia y de prudencia, docilidad, ausencia de cálculo, rectitud de corazón que lleva consigo la sinceridad del lenguaje y excluye la malevolencia de la mirada y de la acción. Se opone así al discernimiento o a la doblez.

1. Sencillez y sabiduría. La sencillez puede por tanto ser un defecto; si consiste en una ignorancia (Prov 14, 18) que hace obrar imprudentemente (Prov 22,3), creer al primero que se presenta (Prov 14,15), ceder a las seducciones del placer de mala ley (Prov 7,7; 9,16; Rom 16,18), es una ligereza mortal (Prov 1,32), indigna de un cristiano (1Cor 14,20). La sabiduría libra de ella a los que, a su llamamiento (Prov 1,22; 8,5; 9,4ss), escuchan sus palabras (Prov 1,4). Los hace sabios (Sal 19,8) si se abren a la luz de la palabra de Dios (Sal 119, 130s) con la sencillez que faltó a Eva (2Cor 1,3) y que falta a los que se fían de su propia sabiduría (Mt 11,25). Esta fe humilde, condición de la salvación (Mc 10,15; 1 Pe 2,2), es el primer aspecto de la sencillez de los hijos de Dios, que no es infantilismo; implica por el contrario una rectitud e integridad (Flp 2,15). cuyo modelo es Job (Job 1,8; 2,3).

2. Sencillez y rectitud. El que busca a Dios debe evitar toda doblez (Sab 1,1): nada debe dividir su corazón (Sal 119,113; Sant 4,8), falsear su intención (1Re 9,4; Eclo 1,28ss), frenar una generosidad que llega hasta a arriesgar la vida (1Par 29,17; 1 Mac 2,37.60), hacer vacilar la confianza (Sant 1,8). No hay subterfugios en su conducta (Prov 10,9; 28, 6; Eclo 2,12) ni en sus palabras (Echo 5,9). Acoge sencillamente los dones de Dios (Act 2,46) y da sin calcular, con amor sincero (Rom 12,8s; 1Pe 1,22). Es que su mirada es sencilla; incapaz de hacer mal, sólo pone la mira en la voluntad de Dios y de Cristo cuando debe obedecer a los hombres (Col 3,22s; Ef 6,5ss).

Esta intención única ilumina su vida (Mt 6, 22; Lc 11,34); le hace más prudente que la serpiente; esta pureza de intención está simboliza-da por la sencillez de la paloma (Mt 10,16).

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Seguir

Seguir a Dios es andar por los caminos de Dios, por los que condujo a su pueblo en tiempos del éxodo, los que trazará su Hijo para conducir a todos los hombres al término del nuevo y verdadero Éxodo.

1. La vocación de Israel. Saliendo de Egipto respondía el pueblo a Yahveh que lo llamaba a seguirle (cf. Os 11,1). En el desierto camina Israel detrás de Yahveh, que le guía en la columna de nube y en la columna de fuego (Éx 13,21), que envía a su ángel para abrir un camino a su pueblo (Éx 23,20.23). Israel oye sin cesar este llamamiento a seguir a Yahveh, como la prometida sigue a su prometido (Jer 2,2), como el rebaño sigue a su pastor (Sal 80,2), como el pueblo sigue a su rey (2Sa 15,13; 17,9), como el fiel sigue a su Dios (1Re 18,21).

En efecto, seguir significa adhesión total y sumisión absoluta, es decir, fe y obediencia. Por eso el hombre que no dudó jamás, Caleb, es recompensado por haber «seguido plenamente a Yahveh» (Dt 1,36); David, que observó los mandamientos, es el modelo de los que siguen a Dios con todo su corazón (1Re 14,8). Cuando el rey Josías y todo el pueblo se comprometen a vivir según la alianza, deciden «seguir a Yahveh».

En adelante el ideal del fiel será siempre seguir «los caminos del Señor» (Sal 18,22; 25,…). Seguir a Yahveh es por tanto exigencia de fidelidad. Yahveh es, en efecto, un Dios celoso: prohíbe seguir a otros dioses, es decir, darles culto e imitar las prácticas de sus fieles (Dt 6,14). Ahora bien, Israel presta oído a los llamamientos de los dioses locales; apenas llegado a Canaán, los Baales disputan su corazón al Dios del Sinaí (Dt 4,3). Así «cojea de las dos piernas» hasta que resuena violentamente la voz profética: «Si Yahveh es Dios, seguidle; si lo es Baal, seguidle» (1Re 18,21). A ejemplo de Elías los profetas reprochan sin cesar a Israel «el prostituirse y desviar-se de seguir a Yahveh» (Os 1,2) y «seguir a dioses extranjeros» (Jer 7, 6.9; 9,13; 11,10). Predicando la conversión invitan a volver al camino que había seguido Israel en los tiempos del Éxodo (Os 2,17), a volver en pos de Yahveh.

2. En seguimiento de Cristo.

a) Los primeros pasos. «¡Seguidme!», dijo Jesús a Simón y a Andrés, a Santiago y a Juan, a Mateo, y su palabra, llena de autoridad, arrancó su adhesión (Mc 1,17- 20; 2,14). Una vez discípulos de Jesús, serán iniciados progresivamente en el secreto de su misión y en el misterio de su persona. En efecto, seguir a Jesús no es sólo adherirse a una enseñanza moral y espiritual, sino compartir su destino. Ahora bien, los discípulos están sin duda prontos a compartir su gloria: «Hemos dejado todo para seguirte; ¿qué nos corresponderá, pues?» (Mt 19,27) -pero deben aprender que antes han de compartir sus pruebas, su pasión. Jesús exige el desasimiento total: renuncia a las riquezas y a la seguridad, abandono de los suyos (Mt 8, 19-22; 10,37; 19,16-22), sin reservas ni miradas atrás (Lc 9,61s). Exigencia a la que todos pueden ser llamados, pero a la que no todos responden, como en el caso del joven rico (Mt 19,22ss).

b) Hasta el sacrificio. El discípulo, habiendo así renunciado a los bienes y a los lazos del mundo, aprende que debe seguir a Jesús hasta la cruz. «Si alguien quisiere venir en pos de mí, renuncie a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24 p). Jesús, exigiendo a sus discípulos tal sacrificio, no sólo de los bienes, sino también de su persona, se revela como Dios y acaba de revelar hasta dónde van las exigencias de Dios. Pero a estas exigencias no podrán responder los discípulos sino cuando Jesús haya hecho el primero el gesto del sacrificio. Esto es lo que Pedro, pronto en espíritu a querer seguir a Jesús a dondequiera que vaya, y no menos pronto a abandonarlo como los otros discípulos (Mt 26,35.56), sólo podrá comprender «más tarde» (Jn 13,36ss), cuando haya abierto Jesús el camino con su muerte y su resurrección: entonces irá Pedro adonde no había pensado antes (Jn 21,18s).

c) Imitar y creer. Los teólogos del NT transpusieron la metáfora. Para Pablo, seguir a Cristo es conformarse con él en su misterio de muerte y de resurrección. Esta conformidad, a la que estamos predestinados por Dios desde toda la eternidad (Rom 8,29), se inaugura en el bautismo (Rom 6,2ss) y debe profundizarse por la imitación (1Cor 11,1), la comunión voluntaria en el sufrimiento, en medio del cual se despliega el poder de la resurrección (2Cor 4,10s; 13, 4; Flp 3,10s; cf. 1Pe 2,21).

Según Juan, seguir a Cristo es entregarle la fe, una fe entera, fundada en su sola palabra y no en signos exteriores (Jn 4,42), fe que sabe superar las vacilaciones de la sabiduría humana (Jn 6,2.66-69); es seguir la luz del mundo tomándola por guía (Jn 8,12; es situarse entre las ovejas que reúne en un solo rebaño el único pastor (Jn 10,1-16).

Finalmente, el creyente que sigue a los apóstoles (Act 13,43) comienza así a seguir a Cristo «dondequiera que va» (Ap 14,4; cf. Jn 8,21s) hasta penetrar en pos de él, «en el otro lado del velo, donde entró él como precursor» (Heb 6,20). Entonces se realizará la promesa de Jesús: «Si alguien me sirve, sígame, y don-de yo estoy, allí estará también mi servidor» (Jn 12,26).

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Sabiduría

La búsqueda de la sabiduría es común a todas las culturas del antiguo Oriente. Colecciones de literatura sapiencial nos fueron legadas tanto por Egipto como por Mesopotamia, y los siete sabios eran legendarios en la antigua Grecia. Esta sabiduría tiene un objetivo práctico: se trata de que el hombre se conduzca con prudencia y habilidad para prosperar en la vida. Esto implica cierta reflexión sobre el mundo; esto conduce también a la elaboración de una moral, de lo cual no está ausente la referencia religiosa (particularmente en Egipto). En la Grecia del siglo vii tomará la reflexión un sesgo más especulativo y la sabiduría se transformará en filosofía. Al lado de una ciencia embrional y de técnicas que se desarrollan, constituye la sabiduría un elemento importante de civilización. Es el humanismo de la antigüedad.

En la revelación bíblica también la palabra de Dios reviste una forma de sabiduría. Hecho importante, pero que conviene interpretar correctamente. No quiere decir que la revelación, en cierto estadio de su desarrollo, se convierta en humanismo. La sabiduría inspirada, aun en los casos en que integra lo mejor de la sabiduría humana, es de distinta naturaleza que ésta. Este hecho, sensible ya en el AT, es palmario en el NT.

SABIDURÍA HUMANA Y SABIDURÍA SEGÚN DIOS. 1. Implantación de la sabiduría en Israel. Si se exceptúan los casos de José (Gén 41,39s) y de Moisés (Éx 2,10; cf. Act 7,21s), Israel no tuvo contacto con la sabiduría de Oriente sino después de su establecimiento en Canaán, y hay que aguardar a la época de la monarquía para verlo abrirse ampliamente al humanismo del tiempo: «La sabiduría de Salomón fue mayor que la de todos los orientales y que toda la de Egipto» (1Re 5,9-14; cf. 10, 6s.23s). El dicho se refiere a la vez a su cultura personal y a su arte del buen gobierno. Ahora bien, para los hombres de fe esta sabiduría regia no crea ningún problema: es un don de Dios, que Salomón obtuvo por su oración (1Re 3,6-14). Apreciación optimista, cuyos ecos se renuevan en otras partes; mientras que los escribas de la corte cultivan los géneros sapienciales (cf. Los elementos antiguos de Prov 10-22 y 25-29), los historiadores sagrados hacen el elogio de José, el administrador avisado que tenía su sabiduría de Dios (Gén 41; 47).

La sabiduría en cuestión. Pero hay sabiduría y sabiduría. La verdadera sabiduría viene de Dios; él es quien da al hombre «un corazón capaz de discernir el bien y el mal» (1Re 3,9). Pero todos los hombres se ven tentados, como su primer padre, a usurpar este privilegio divino, a adquirir por sus propias fuerzas «el conocimiento. del bien y del mal» (Gén 3,5s). Sabiduría engañosa, a la que los atrae la astucia de la serpiente (Gén 3,1). Es la de los escribas que juzgan de todo según modos de ver humanos y «cambian en mentira la ley de Yahveh» (Jer 8,8), la de los consejeros regios que hacen una política totalmente humana (cf. Is 29,15ss). Los profetas se alzan contra tal sabiduría: «¡Ay de los que son sabios a sus propios ojos, avisados según su propio sentido!» (Is 5,21). Dios hará que su sabiduría quede confundida (Is 29,14). Caerán en el lazo por haber despreciado la palabra de Yahveh (Jer 8,9). Es que esta palabra es la única fuente de la auténtica sabiduría. Aquélla la aprenderán después del castigo los espíritus extraviados (Is 29,24). El rey hijo de David que reinará «en los últimos tiempos» la poseerá con plenitud, pero la tendrá del Espíritu de Yahveh (Is 11,2). Así la enseñanza profética rechaza la tentación de un humanismo que pretendiera bastarse a sí mismo: la salvación del hombre viene de solo Dios.

Hacia la verdadera sabiduría. La ruina de Jerusalén confirma las amenazas de los profetas: la falsa sabiduría de los consejeros regios es la que ha conducido el país a la catástrofe. Una vez disipado así el equívoco, la verdadera sabiduría podrá dilatarse libremente en Israel. Su fundamento será la ley divina, que hace de Israel el único pueblo sabio e inteligente (Dt 4,6). El temor de Dios será su principio y su coronamiento (Prov 9,10; Eclo 1,14-18; 19,20). Los escribas inspirados, sin abandonar nunca las perspectivas de esta sabiduría religiosa, van a integrar ahora en ella todo lo que puede ofrecerles de bueno la reflexión humana. La literatura sapiencial editada o compuesta después del exilio es el fruto de este esfuerzo. El humanismo, curado de estas pretensiones soberbias, se dilata aquí a la luz de la fe.

ASPECTOS DE LA SABIDURÍA. 1. Un arte de bien vivir. El sabio de la Biblia tiene curiosidad por las cosas de la naturaleza (1Re 5,13). Las admira, y su fe le enseña a ver en ellas la mano poderosa de Dios (Job 36,22-37,18; 38-41; Eclo 42,15-43, 33). Pero se preocupa ante todo por saber cómo conducir su vida para obtener la verdadera felicidad. Todo hombre experto en su oficio merece ya el nombre de sabio (Is 40,20; Jer 9,16; 1Par 22,15); el sabio por excelencia es el experto en el arte de bien vivir. Lanza al mundo que le rodea una mirada lúcida y sin ilusión; conoce sus taras, lo cual no quiere decir que las apruebe (p.e. Prov 13,7; Eclo 13,21ss). Como psicólogo que es, sabe lo que se oculta en el corazón humano, lo que es para él causa de gozo o de pena (p.e. Prov 13,12; 14,13; Ecl 7,2-6). Pero no se confina en este papel de observador. Educador nato, traza reglas para sus discípulos: prudencia, moderación en los deseos, trabajo, humildad, ponderación, mesura, lealtad de lenguaje, etc. Toda la moral del Decálogo está contenida en estos consejos prácticos. El sentido social del Deuteronomio y de los profetas le inspira recomendaciones sobre la limosna (Eclo 7,32ss; Tob 4,7-11), el respeto de la justicia (Prov 11,1; 17,15), el amor de los pobres (Prov 14,31; 17,5; Eclo 4,1-10). Para apoyar sus pareceres recurre siempre que puede a la experiencia; pero su inspiración profunda le viene de algo más alto que la experiencia. Habiendo adquirido la sabiduría a costa de rudos esfuerzos, nada desea tanto como transmitirla a los otros (Eclo 51,13-20), e invita a sus discípulos a emprender con ánimo su difícil aprendizaje (Eclo 6,18-37).

Reflexión sobre la existencia. Del maestro israelita de sabiduría no hay que esperar una reflexión de carácter metafísico sobre el hombre, su naturaleza, sus facultades, etc. Por el contrario, tiene un sentido agudo de su situación en la existencia y escudriña con atención su destino. Los profetas se interesaban sobre todo por la suerte del pueblo de Dios en cuanto tal; los textos de Ezequiel sobre la responsabilidad individual pueden considerarse como excepciones (Ez 14,12-20; 18; 33, 10-20). Los sabios, sin dejar de estar atentos al destino global del pueblo de la alianza (Eclo 44-50; 36,1-17; Sab 10-12; 15-19), se interesan sobre todo por la vida de los individuos. Son sensibles a la grandeza del hombre (Eclo 16,24-17,14) como a su miseria (Eclo 40,1-11), a su soledad (Job 6,11-30; 19,13-22), a su angustia ante el dolor (Job 7; 16) y la muerte (Ecl 3; Eclo 41,1- 4), a la impresión de vaciedad que le deja su vida (Job 14,1-12; 17; Ecl 1,4-8; Eclo 18,8-14), a su inquietud delante de Dios que le parece incomprensible (Job 10) o ausente (23; 30,20-23). En esta perspectiva no podía menos de abordarse el problema de la retribución, pues las concepciones tradicionales acaban por contradecir a la justicia (Job 9,22-24; 21,7-26; Ecl 7,15; 8-14; 9,2s). Pero serán necesarios largos esfuerzos para que más allá de la retribución terrenal, tan engañosa, se resuelva el problema en la fe en la resurrección (Dan 12,2s) y en la vida eterna (Sab 5,15).

Sabiduría y revelación. La enseñanza de los sabios, que concede tanto lugar a la experiencia y a la reflexión humana, es evidentemente de otro tipo que la palabra profética, procedente de una inspiración divina, de la que el profeta mismo es consciente. Esto no es obstáculo para que haga también progresar la doctrina proyectando sobre los problemas la luz de las Escrituras largamente meditadas (cf. Eclo 39,1ss). Ahora bien, en baja época profecía y sabiduría convergen en el género apocalíptico para revelar los secretos del futuro. Si Daniel «revela los misterios divinos» (Dan 2,28ss. 47), no es por sabiduría humana (2,30), sino porque el Espíritu divino, que reside en él, le da una sabiduría superior (5,11.14). La sabiduría religiosa del AT reviste aquí una forma característica, de la que la antigua tradición israelita presentaba ya un ejemplo significativo (cf. Gén 41, 38s). El sabio aparece aquí como inspirado por Dios al igual que el profeta.

LA SABIDURÍA DE DIOS. 1. La sabiduría personificada. Los escribas de después del exilio tienen tal culto por la sabiduría que se complacen en personificarla para darle más relieve (ya Prov 14,1). Es una amada a la que se busca con avidez (Eclo 14,22ss), una madre protectora (14,26s) y una esposa nutricia (15, 2s), un ama de casa hospitalaria que invita a su festín (Prov 9,1-6), contrariamente a dama locura, cuya casa es el vestíbulo de la muerte (9, 13-18).

La sabiduría divina. Ahora bien, esta representación femenina no debe comprenderse como mera figura de lenguaje. La sabiduría del hombre tiene una fuente divina. Dios puede comunicarla a quien le place porque él mismo es el sabio por excelencia. Así pues, los autores sagrados contemplan en Dios esta sabiduría, de la que dimana la suya. Es una realidad divina que existe desde siempre y para siempre (Prov 8,22-26; Eclo 24,9). Habiendo brotado de la boca del Altísimo como su hálito o su palabra (Eclo 24,3), es «un soplo del poder divino, una efusión de la gloria del todopoderoso, un reflejo de la luz eterna, un espejo de la actividad de Dios, una imagen de su excelencia» (Sab 7,25s). Habita en el cielo (Eclo 24,4), comparte el trono de Dios (Sab 9,4), vive en su intimidad (8,3).

La actividad de la sabiduría. Esta sabiduría no es un principio inerte. Está asociada a todo lo que hace Dios en el mundo. Presente en el momento de la creación, retozaba a sus lados (Prov 8, 27-31; cf. 3, 19s; Eclo 24,5) y todavía sigue rigiendo el universo (Sab 8,1). A todo lo largo de la historia de la salvación la ha enviado Dios en misión acá a la tierra. Se instaló en Israel, en Jerusalén, como un árbol de vida (Eclo 24,7-19), manifestándose bajo la forma concreta de la ley (Eclo 24,23-34). Desde entonces reside familiarmente entre los hombres (Prov 8,31; Bar 3,37s). Es la providencia que dirige la historia (Sab 10,1-I1, 4) y ella es la que proporciona a los hombres la salvación (9,18). Desempeña un papel análogo al de los profetas, dirigiendo reproches a los despreocupados cuyo juicio anuncia (Prov 1,20-33), invitando a los que son dóciles a sacar provecho de todos sus bienes (Prov 8,1-21.32-36), a sentarse a su mesa (Prov 9,4ss; Eclo 24,19-22). Dios obra por ella como obra por su Espíritu (cf. Sab 9,17); así pues, lo mismo es acogerla que ser dóciles al Espíritu. Si estos textos no hacen todavía de la Sabiduría una persona divina en el sentido del NT, por lo menos escudriñan en profundidad el misterio del Dios único y preparan una revelación más precisa del mismo.

Los dones de la sabiduría. No es sorprendente que esta sabiduría sea para los hombres un tesoro superior a todo (Sab 7,7-14). Siendo ella misma un don de Dios (8,21), es la distribuidora de todos los bienes (Prov 8,21; Sab 7,11): vida y felicidad (Prov 3,13-18; 8,32-36; Eclo 14,25-27), seguridad (Prov 3,21-26), gracia y gloria (4,8s), riqueza y justicia (8,18ss), y todas las virtudes (Sab 8,7s)… ¿Cómo no se esforzará el hombre por tenerla por esposa (8, 2)? Ella es, en efecto, la que hace a los amigos de Dios (7,27s). La intimidad con ella no se distingue de la intimidad con Dios mismo. Cuando el NT identifique la sabiduría con Cristo, Hijo y palabra de Dios, hallará en esta doctrina la exacta preparación para una revelación plenaria: el hombre, unido a Cristo; participa en la Sabiduría divina y se ve introducido en la intimidad de Dios.

NT. 1. JESÚS Y LA SABIDURÍA. 1. Jesús, maestro de sabiduría. Jesús se presentó a sus contemporáneos bajo complejos aspectos exteriores: profeta de penitencia, pero más que profeta (Mt 12,41); mesías, pero que debe pasar por el sufrimiento del siervo de Yahveh antes de conocer la gloria del Hijo del hombre (Mc 8,29ss); doctor, pero no a la manera de los escribas (Mc 1,21s). Lo que mejor recuerda su manera de enseñar es la de los maestros de sabiduría del AT: adopta fácilmente sus géneros (proverbios, parábolas), da como ellos reglas de vida (cf. Mt 5-7). Los espectadores no se engañan al maravillarse de esta sabiduría sin segunda, acreditada por obras milagrosas (Mc 6,2); Lucas la hace notar incluso en la infancia de Cristo (Lc 2,40.52). Jesús mismo da a entender que tal sabiduría plantea un problema: la reina del Mediodía acudió a oír la sabiduría de Salomón: pues bien, aquí hay más que Salomón (Mt 12,42 p).

2. Jesús, Sabiduría de Dios. Efectivamente, en su propio nombre promete Jesús a los suyos el don de la sabiduría (Lc 21,15). Desconocido por su generación incrédula, pero acogido por los corazones dóciles a Dios, concluye misteriosamente: «La sabiduría ha sido justificada por sus hijos» (Le 7,35; o «por sus obras» Mt 11,19). Su secreto se trasluce más cuando modela su lenguaje conforme a lo que el AT atribuye a la sabiduría divina: «Venid a mí…» (Mt 11,28ss; cf. Eclo 24,19); «Quien venga a mí no tendrá ya hambre, quien crea en mí no tendrá ya sed» (Jn 6,35; cf. 4,14; 7,37; Is 55,1ss; Prov 9,1- 6; Eclo 24,19-22). Estos llamamientos rebasan lo que se espera de un sabio como otro cual-quiera; hacen entrever la misteriosa personalidad del Hijo (cf. Mt 11, 25ss p). La lección fue recogida por los escritos apostólicos. Si en ellos se llama a Jesús «sabiduría de Dios» (1Cor 1.24.30), no es sólo porque comunica la sabiduría a los hombres; es porque él mismo es la Sabiduría. Igualmente, para hablar de su preexistencia junto al Padre se usan los mismos términos que en otro tiempo definían la sabiduría divina: él es el primogénito anterior a toda criatura y el artífice de la creación (Col 1,15ss; cf. Prov 8,22-31), cl resplandor de la gloria de Dios y la efigie de su substancia (Heb 1,3; cf. Sab 7,25s). El Hijo es la sabiduría del Padre, como es también su palabra (Jn 1,lss). Esta sabiduría personal estaba en otro tiempo oculta en Dios, aun cuando gobernaba el universo, dirigía la historia, se manifestaba indirectamente en la ley y en la enseñanza de los sabios. Ahora se ha revelado en Jesucristo. Así todos los textos sapienciales del AT adquieren en él su alcance definitivo.

SABIDURÍA DEL MUNDO Y SABIDURÍA CRISTIANA. 1. La sabiduría del mundo, condenada. A la hora de esta revelación suprema de la Sabiduría se había entablado el drama que habían puesto ya en evidencia los profetas. La sabiduría de este mundo, que desvariaba desde que había desconocido al Dios vivo (Rom 1,21s; 1Cor 1,21), dio remate a su locura cuando los hombres «crucificaron al Señor de la gloria» (1Cor 2,8). Por eso condenó Dios esta sabiduría de los sabios (1,19s; 3,19s), que es «terrenal, animal, demoníaca» (Sant 3,15); para darle jaque decidió salvar al mundo por la locura de la cruz (1Cor 1,17-25). Así cuando se anuncia a los hombres el Evangelio de la salvación puede dejar a un la-do todo lo que depende de la sabiduría humana, la cultura y las bellas palabras (1Cor 1,17; 2,1-5): no hay que trampear con la locura de la cruz.

2. La verdadera sabiduría. La revelación de la verdadera sabiduría se hace, pues, en forma paradójica. No se otorga a los sabios y a los prudentes, sino a los pequeños (Mt 11,25): para confundir a los sabios orgullosos escogió Dios a lo que había de loco en este mundo (1Cor 1,27).

Por consiguiente hay que volverse loco a los ojos del mundo para hacerse sabio según Dios (3,18). Porque la sabiduría cristiana no se adquiere en modo alguno por el esfuerzo humano, sino por revelación del Padre (Mt 11,25ss). Es en sí misma cosa divina, misteriosa y oculta, imposible de sondear por la inteligencia humana (1Cor 2,7ss; Rom 11,33ss; Col 2,3). Manifestada por la realización histórica de la salvación (Ef 3,10), sólo puede ser comunicada por el Espíritu de Dios a los hombres que le son dóciles (1Cor 2,10-16; 12,8; Ef 1,17).

ASPECTOS DE LA SABIDURÍA CRISTIANA. 1. Sabiduría y revelación. La sabiduría cristiana, tal como se acaba de describir, presenta claras afinidades con los apocalipsis judíos: no es ante todo regla de vida, sino revelación del misterio de Dios (1Cor 2,6ss), cumbre del conocimiento religioso que pide Pablo a Dios para los fieles (Col 1,9) y en la que estos mismos pueden instruirse mutuamente (3,16), «en un lenguaje enseñado por el Espíritu» (1Cor 2,13).

2. Sabiduría y vida moral. Con esto no se evacua el aspecto moral de la sabiduría. A la luz de la revelación de Cristo, sabiduría de Dios, todas las reglas de conducta que el AT atribuía a la sabiduría según Dios, adquieren por el contrario su plenitud de sentido. No solamente lo que concierne a las funciones apostólicas (1Cor 3,10; 2Pe 3,15), sino también lo relativo a la vida cristiana de cada día (Ef 5,15; Col 4,5), donde hay que imitar la conducta de las vírgenes prudentes, no ya la de las vírgenes locas (Mt 25,1-12). Los consejos de moral práctica que enuncia san Pablo en los finales de sus cartas suceden aquí ala enseñanza de los sabios antiguos. El hecho es más evidente todavía en cuanto a la epístola de Santiago, que opone en este punto concreto la falsa sabiduría y la «sabiduría de arriba» (Sant 3,13-17). Esta última implica una perfecta rectitud moral. Hay que esforzarse por conformar con ella los propios actos al mismo tiempo que se la pide a Dios como un don (Sant 1,5).

Tal es la única perspectiva en la que las adquisiciones del humanismo pueden integrarse en la vida y en el pensamiento cristianos. El hombre pecador debe dejarse crucificar con su sabiduría orgullosa si quiere renacer en Cristo. Si lo hace, todo su esfuerzo humano adquirirá nuevo sentido, pues se efectuará bajo la dirección del Espíritu.

Todos los derechos: Vocabulario de teología bíblica, X. Léon-Dufour

Lectio divina, lun, 25 ene, 2021

Marcos 16,15-20

Tiempo ordinario

Oración inicial

Danos, Señor, una plena vivencia del misterio pascual, para que la alegría que experimentamos en estas fiestas sea siempre nuestras fuerza y nuestra salvación. Por nuestro Señor.

Lectura

Del Evangelio según Marcos 16,15-20

Y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estos son los signos que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien.» Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con los signos que la acompañaban.

Reflexión

  • El Evangelio de hoy forma parte del apéndice del Evangelio de Marcos (Mc 16,9-20) que presenta una lista de algunas apariciones de Jesús: a la Magdalena (Mc 16,9-11), los dos discípulos que iban por el campo (Mc 16,12-13) y a los doce apóstoles (Mc 16,1418). Esta última aparición con la descripción de la ascensión al cielo (Mc 16,19-20) constituye el evangelio de hoy.
  • Marcos 16,14: Las señales que acompañan el anuncio de la Buena Nueva. Jesús aparece a los once discípulos y les reprocha el no haber creído en las personas que lo habían visto resucitado. No creyeron en la Magdalena (Mc 16,11), ni a los dos que iban por el campo (Mc 16,13). Varias veces Marcos se refiere a la resistencia de los discípulos en creer en el testimonio de aquellos y aquellas que experimentaron la resurrección de Jesús. ¿Por qué Marcos insiste tanto en la falta de fe de los discípulos? Probablemente, para enseñar dos cosas. Primero, que la fe en Jesús pasa por la fe en las personas que dan testimonio de él. Segundo, que nadie debe desanimarse cuando la duda surge en el corazón. ¡Hasta los once discípulos tuvieron dudas!
  • Marcos 16,15-18: La misión de anunciar la Buena Nueva a toda criatura. Después de haber criticado la falta de fe de los discípulos, Jesús les confiere la misión: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará.” A lo que tienen el valor de creer en la Buena Nueva y que son bautizados, Jesús promete las siguientes señales: expulsarán demonios, hablarán nuevas lenguas, agarrarán serpientes y el veneno no les hará daño, impondrán las manos sobre los enfermos y éstos quedarán sanos. Esto acontece hoy:
    • expulsar demonios: es luchar en contra del poder del mal que mata la vida. La vida de muchas personas es mejor por haber entrado en comunidad y por haber empezado a vivir la Buena Nueva de la presencia de Dios en su vida;
    • hablar lenguas nuevas: es comenzar a comunicarse con los demás de forma nueva. A veces encontramos a una persona que no hemos visto nunca antes, pero parece que la conocemos desde hace mucho tiempo. Es porque hablamos la misma lengua, el lenguaje del amor;
    • vencer el veneno: hay muchas cosas que envenenan la convivencia. Muchos chismes que causa estragos en la relación entre la gente. Quien vive la presencia de Dios vive por encima de todo esto y consigue que este veneno terrible no le moleste;
    • curar a los enfermos: doquiera que aparece una conciencia más clara y más viva de la presencia de Dios, aparece también un cuidado especial con las personas excluidas y marginadas, sobretodo hacia los enfermos. Aquello que más favorece la curación es que la persona se siente acogida y amada.
  • Marcos 16,19-20: A través de la comunidad Jesús continúa su misión. Jesús mismo que vivió en Palestina y acogió a los pobres de su tiempo, revelando así el amor del Padre, este mismo Jesús sigue vivo en medio de nosotros, en nuestras comunidades. A través de nosotros el quiere continuar su misión para revelar la Buena Nueva del amor de Dios a los pobres. La resurrección acontece hasta hoy. Nos lleva a cantar: «¿Quién no separará, quién no separará del amor de Cristo, quién nos separará?» Ningún poder de este mundo es capaz de neutralizar la fuerza que viene de la fe en la resurrección (Rom 8,35-39). Una comunidad que quisiera ser testigo de la Resurrección tiene que ser señal de vida, tiene que luchar en contra de las fuerzas de la muerte, para que el mundo sea un lugar favorable a la vida, tiene que creer que otro mundo es posible. Sobre todo en aquel países donde la vida de la gente corre peligro a causa del sistema de muerte que nos fue impuesto, las comunidades deben ser una prueba viva de la esperanza que vence el mundo, ¡sin miedo a ser feliz!.

Para la reflexión personal

  • ¿Cómo acontecen en mi vida estas señales de la presencia de Jesús?
  • ¿Cuáles son hoy las señales que más convencen a las personas de la presencia de Jesús en medio de nosotros?

Oración final

Cantaré por siempre el amor de Yahvé, anunciaré tu lealtad de edad en edad. Dije: «Firme está por siempre el amor, en ellos cimentada tu lealtad.» (Sal 89,1-2)

Todos los derechos: www.ocarm.org

ESPERANZA

Define la existencia del hombre como ser que está abierto a su propio futuro*, en el que puede realizarse plenamente, alcanzando su identidad. El tema de la esperanza atraviesa todos los estratos de la Biblia y se encuentra especialmente vinculada con la «promesa» de Dios, que ofrece a los hombres una culminación gloriosa (la plena creación). Para Jesús, la esperanza se funda en la llegada del Reino* de Dios y para los cristianos ella resulta inseparable de la historia del mismo Jesús, llamado el Cristo, cuya resurrección* ofrece, impulsa y anticipa un camino de salvación*. Heb 11,1 define la fe como «sustancia» (certeza) de las cosas que se esperan. El tema de la esperanza ha recibido gran importancia en la teología bíblica a partir de la obra programática de J. Moltmann, Teología de la esperanza, Sígueme, Salamanca 1972.

Todos los derechos: Diccionario de la Biblia, historia y palabra, X. Pikaza